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Notas de la palabra clave

Jean d'Endor (Félix)

Tema: Reprobados y esclavos acogidos por Jesús · Página 2 de 3

Comodidad de lectura

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ECR 194.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Como un río que se va enriqueciendo cada vez más por nuevos afluentes, así la vía que conduce de Siquem a Jerusalén se va haciendo cada vez más espesa de gente, en la medida en que los distintos pueblos van aportando, por los caminos secundarios, los fieles que van hacia la Ciudad santa; ello ayuda no poco a Pedro a tener distraído al niño, que pasa muy cerca de las colinas de su tierra natal (bajo cuyos bancales deslizados están sepultados sus padres) sin darse cuenta.

Los viajeros han dejado a su izquierda Silo, enhiesta en la cumbre de su monte. Interrumpen ahora, tras largo camino, su marcha, para descansar y comer en un vasto y verde valle con murmullo de aguas puras y cristalinas. Luego reanudan la marcha. Salvan un montecillo calcáreo, bastante pelado, sobre el cual incide sin misericordia el Sol. Se empieza a bajar atravesando una serie de viñedos preciosos que festonean las escarpadas de estos montes calcáreos soleados en sus cimas.

Pedro sonríe con perspicacia y hace una seña a Jesús, que también sonríe. El niño no se da cuenta de nada, centrado como está en escuchar a Juan de Endor, que le está hablando de otras tierras que ha visto, en las que se dan uvas dulcísimas, las cuales, a pesar de serlo, no sirven tanto para vino cuanto para dulces mejores que las tortas de miel.

ECR 195.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jornada lluviosa. Pedro me parece un Eneas al revés, porque, en vez de cargar con su padre, lleva sobre sus hombros al pequeño Yabés, que va todo arropado en el manto del apóstol. Se ve sobresalir la cabecita por encima de la cabeza cana de Pedro, y los brazos del niño en torno al cuello. Pedro ríe, chapoteando en los charcos.

«Nos podía haber ahorrado este inconveniente» dice malhumorado Judas Iscariote, nervioso por el agua que viene del cielo y rebota contra el suelo y salpica los vestidos.

«¡Ya! ¡Se podrían ahorrar muchas cosas!» responde Juan de Endor, mirando fijamente con su único ojo — que creo que ve por dos — al guapo de Judas.

«¿Qué quieres decir?».

«Quiero decir que es inútil pretender que los elementos sean delicados con nosotros, cuando nosotros no lo somos con nuestros semejantes, y además en materia mucho más grave que no dos gotas de agua o una salpicadura de barro».

«Cierto. Pero yo quiero entrar en la ciudad limpio y en orden; tengo muchas amistades, y además de alta categoría».

«Pues estáte atento a no caer».

«¿Me estás provocando?».

«¡No, no! Pero es que soy veterano, como maestro... y como alumno. Llevo toda mi vida aprendiendo. Primero aprendí a vegetar, luego observé la vida, después conocí la amargura de la vida. Ejercité una justicia inútil, la del “solo” contra Dios y contra la sociedad: Dios me castigó con el remordimiento; la sociedad, con las cadenas. Con lo cual, el ajusticiado, en el fondo, fui yo. Finalmente, ahora, he aprendido, estoy aprendiendo, a “vivir”. Así que, como comprenderás, por mi condición de maestro y de alumno, me viene natural repetir las lecciones».

«Pero yo soy el apóstol...».

«Y yo un desgraciado, ya lo sé, y no debería permitirme enseñarte a ti. Pero, mira, nunca se sabe lo que puede uno ser el día de mañana. Tenía la idea de que moriría como un hombre honrado y un maestro respetado en Chipre, y vine a ser un homicida y un condenado a cadena perpetua. Cuando alzaba el cuchillo para vengarme, cuando arrastraba las cadenas odiando al universo, si me hubieran dicho que sería discípulo del Santo, habría dudado del estado mental de quien me lo hubiera dicho. Y, a pesar de todo... ya lo ves. Por eso, quién sabe, a lo mejor puedo darte alguna lección buena a ti, que eres apóstol; por mi experiencia, no por santidad, que esto último ni siquiera se me pasa por la mente».

«Tiene razón ese romano al llamarte Diógenes».

«Bien... sí. Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró; yo, sin embargo, más afortunado que él, encontré, sí, primero una serpiente donde creía que estaba la mujer y un cuco donde veía al hombre amigo, pero luego, tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo».

«Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel».

«Si es así, ya tienes con qué salvarte; pero ahora tienes también la ciencia, o mejor, la sabiduría, de Dios».

«Es lo mismo».

«¡No, no! Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol».

«En definitiva, ¿quieres darme lecciones? Pues yo no me siento con ganas de ello».

«¡Déjame hablar! Al principio, hablaba a los niños: se distraían; luego a los espectros: me maldecían; luego a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores; ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios. ¿Por qué quieres impedírmelo? Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las minas, el corazón enfermo desde hace muchos años: deja, al menos, que mi mente no se vuelva estéril».

«Jesús es Dios».

«Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarle con la familiaridad con que tú le tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma... y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente».

195.2

«Es verdad, Juan. Siento tu alma — Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría —. Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo...».

Judas, impertinente, observa: «Una vez, Maestro, además no hace mucho, me dijiste que uno no debe hablar con el propio yo».

«Es verdad, lo dije, pero era porque murmurabas con tu propio yo. Este hombre no murmura, medita, y con buen fin: no hace mal».

«¡En definitiva, que estoy en error!». Judas se muestra agresivo.

«No, lo que tienes es tedio en el corazón. Considera que no siempre puede haber cielo sereno. Los campesinos desean la lluvia y también es caridad orar para que llueva; también ella es caridad. Pero, mira, se ve un bonito arco iris, que describe su curva desde Atarot hasta Ramá. Hemos sobrepasado Atarot, la triste hoz ha quedado atrás, aquí ya todo está cultivado y ríe bajo este sol que rasga las nubes. Cuando lleguemos a Rama estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén. Aparecerá de nuevo ante nuestra vista tras ese collado, que señala el lugar del horrendo acto de lujuria cometido por los guibeítas. Tremenda cosa es que la carne haga presa, Judas...».

Judas no responde, sino que se aleja chapoteando con ira en los charcos.

195.3

«¡Pero qué le pasa hoy a ése?» pregunta Bartolomé.

«Calla. Que no lo oiga Simón de Jonás. Evitemos cuestiones y... no le amarguemos a Simón, que está muy contento con su niño».

«Sí, Maestro, pero eso no está bien, y se lo pienso decir».

«Es joven, Natanael. Tú también lo fuiste...».

«Sí... pero... ¡No debe faltarte al respeto!». Sin querer, alza la voz.

Acude Pedro en seguida: «¿Qué pasa? ¿Quién falta al respeto? ¿El nuevo discípulo?» y mira a Juan de Endor, que se había retirado discretamente al comprender que Jesús estaba corrigiendo al apóstol, y que ahora está hablando con Santiago de Alfeo y Simón Zelote.

«No, ni por sueños. Es respetuoso como una niña».

«¡Ah!, ¡bien!, porque si no... peligraba su ojo. Entonces... ¡entonces es Judas!».

«Mira, Simón, ¿por qué no te ocupas de tu niño? Me lo has arrebatado, y ahora quieres meterte en una conversación amistosa entre mí y Natanael... ¿No te parece que quieres hacer demasiadas cosas?».

La tranquilidad con que sonríe Jesús es tanta, que Pedro siente vacilar su juicio; mira a Bartolomé... mas éste tiene levantado su rostro aguileño al cielo... Pedro siente que se desvanece su sospecha. La vista de la Ciudad, ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas, y, especialmente, del Templo; esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerle del todo.

Detalle

Barthélémy y Pierre intervienen más en EMV 195.3, después de lo que ocurre en EMV 195.1-2.

Anotación

- Este romano tiene razón al llamarte Diógenes. En 192.6.

- Es verdad, lo dije. En EMV 183.1.

Cuando lleguemos a Ramá, estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén. 36 x 185 m = 6,6 km.

Gabaa o Gabaa: En tiempos de los jueces, un anciano invitó a un levita de Efraín y a su concubina a pasar la noche con él. Poco después, unos hombres de Gibae, sinvergüenzas, rodearon la casa, exigiendo que se les entregara al levita para poder tener relaciones con él. El anciano les ofreció a su hija, pero ellos se negaron. El levita les entregó a su concubina. Abusaron de ella toda la noche, hasta el punto de que murió por la mañana. Enviaron trozos de su cuerpo a las tribus de Israel como muestra de su infamia (Jueces 19:15-30). Como la tribu de Benjamín se puso del lado de los culpables de Guibeá, las demás tribus les hicieron la guerra. En dos ocasiones sufrieron grandes pérdidas antes de derrotar finalmente a los benjaminitas y entregar Gabaa al fuego (Jueces 20).

ECR 196.2-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús pasea y observa a Yabés, que está jugando, alegre, con Juan y los más jóvenes. También Judas Iscariote — ya se le ha pasado el enojo de ayer — está alegre y juega. Los más mayores observan sonriendo.

«¿Qué dirá tu Madre de este niño?» pregunta Bartolomé.

«Yo digo que dirá: “Está muy delgado”» dice Tomás.

«¡No! Dirá: “¡Pobre niño!”» responde Pedro.

«No, lo que dirá es: “Me alegro de que le quieras”» objeta Felipe.

«La Madre no lo pondría nunca en duda. Yo creo que no hablará. Le estrechará contra su corazón» dice Simón el Zelote.

«¿Y Tú, Maestro, qué dices que dirá?».

«Hará lo que habéis dicho, pero lo pensará y lo dirá sólo en su corazón; al besarle no dirá sino: “¡Bendito seas!”, y le cuidará como si fuera un pajarillo caído del nido. Escuchad.

196.3

Un día me habló de cuando era pequeñita. Todavía no tenía tres años, pues no estaba aún en el Templo, y ya se le rompía el corazón de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en la prensa, todos sus óleos y perfumes. En un delirio de amor, le decía a su madre que quería ser virgen para agradar más al Salvador, pero que querría ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su madre no la entendía y no sabía darle la solución para ser la “pura” y la “pecadora” al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarillo que había salvado del peligro que corría en el borde de una fuente: le contó la parábola del pajarillo, diciéndole que Dios la había salvado anticipadamente y que, por tanto, Ella debía bendecirle por doble motivo. Y la pequeña Virgen de Dios, la grandísima Virgen María, ejercitó su primera maternidad espiritual hacia ese pajarillo caído del nido, y le echó a volar cuando fue fuerte; este pajarillo no dejó ya jamás el huerto de Nazaret, consoló con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y Joaquín cuando María fue al Templo; murió poco antes de que expirase Ana: había concluido su misión.

196.4

Mi Madre se había consagrado a la virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseía en su sangre y en su espíritu la maternidad; porque la mujer está hecha para ser madre, y comete aberración cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia...».

Poco a poco se han ido acercando también los demás.

«¿Qué quieres decir, Maestro, con “amor de segunda potencia”?» pregunta Judas Tadeo.

«Hermano mío, hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, éste es en dos partes espiritual y en una carnal: se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sólo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que también nutren y aman su mente y su espíritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia — aunque sólo fuere para instruirla — termina por amarla como si fuera su propia carne».

«Efectivamente yo quería mucho a mis discípulos» dice Juan de Endor.

«Debías ser un buen maestro... lo veo por cómo te comportas con Yabés».

El hombre de Endor, sin hablar, se inclina a besar la mano de Jesús.

«¡Sigue, te lo ruego, tu clasificación de los amores!» dice Simón Zelote.

«Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es — me refiero también en este caso a los sanos y santos amores — mitad espíritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre, además de esposa. Éstos son los tres amores más elevados».

196.5

«¿Y el amor al prójimo? ¿No te estás equivocando? ¿O es que te has olvidado de él?» pregunta Judas Iscariote. Los demás le miran perplejos y... con fiereza por la observación que ha hecho.

Jesús, sin embargo, responde sereno:

«No, Judas. Pero observa lo que te digo. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no es necesaria ninguna explicación para persuadir de este amor. Él es el que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada que viene a ser partícipe[1] del Todo por el alma infundida por el Eterno — sin ella el hombre sería uno de tantos animales brutos que viven sobre la faz de la tierra o en las aguas o en el aire —) debe adorar por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la Jerusalén que no conocerá profanación o destrucción algunas por los siglos de los siglos.

El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicación de precepto en las palabras de Dios a Adán y Eva, después de bendecirlos, viendo que era “bueno” lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de lo creado. Les dijo: “Creced y multiplicaos y poblad la tierra...”.

Veo tu tácita objeción... Te respondo inmediatamente: puesto que en la creación, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: “Creced, multiplicaos”. “Amad, por tanto, después de mí, a vuestros hijos”. El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto — porque va con ella —, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos — o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis —, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, hermanos — habían nacido de un Padre común — y, no obstante, esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía amor de padre hacia su compañera “hueso de sus huesos y carne de su carne” (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocía la alegría de ser hija — por tanto, protegida por un amor muy elevado —, porque sentía que tenía en sí algo de aquel espléndido hombre que la amaba, con inocencia y angélico ardor, en los hermosos prados del Edén.

Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados párvulos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera — y, en ella, de todas las mujeres —, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba límpido en el terso espejo del espíritu de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): “El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una carne sola”.

De no haber existido los tres pilones de los amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Estás convencido de esto?».

«Sí maestro. No había reflexionado».

«Efectivamente, es difícil remontarse al hontanar. El hombre está bien hincado ya desde hace siglos, milenios, en el fango, y el hontanar está en las cimas, muy alto. Además, el primero de los manantiales viene de una inmensa altura: Dios... No obstante, de la mano, os conduciré a los manantiales; sé dónde están...».

196.6

«¿Y los otros amores?» preguntan al unísono Simón Zelote y el hombre de Endor.

«El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo».

«¿Y basta?».

«Basta».

«¡Hay otros muchos amores!» exclama Judas Iscariote.

«No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son “desamores”; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negación es odio».

«¿Si niego el consentimiento al mal es odio?» insiste Judas Iscariote.

«¡Pobres de nosotros! Eres más insidioso que un escriba. ¿Me quieres decir lo que te pasa! ¿Es culpa del aire fino de Judea, que te pinza los nervios como un calambre?» exclama Pedro.

«No. Me gusta instruirme y tener muchas ideas, y claras. Dado que has mencionado a los escribas, aquí es fácil hablar con ellos; no quiero quedarme corto de argumentos».

«¿Y piensas que vas a poder, en el momento en que te haga falta, extraer del saco en que estás acumulando esos trapajos la hilacha del color deseado?» pregunta Pedro.

«¡Trapajos las palabras del Maestro? ¡Blasfemas!».

«No te me hagas el escandalizado. En su boca no hay trapajos, pero después de maltratarlas nosotros se transforman en eso. Pon un pedazo de valioso lino cendalí en manos de un niño... Pasado un rato, será un trapajo sucio y roto. Pues es lo mismo que nos pasa a nosotros... Ahora que, si pretendes pescar en el momento oportuno el pingajillo que necesitas, entre que es un pingajillo y que está sucio... pues...¡en fin... no sé yo cuál va a ser el resultado!».

«Tú no te metas, que son cosas mías».

«¡Ah!, ¡claro! Ten por seguro que no me voy a meter en tus cosas. ¡Tengo ya bastante con las mías! Y además, a fin de cuentas, me conformo con que no le perjudiques al Maestro; porque, si lo hicieras, entonces me metería también en tus cosas...».

«Cuando actúe mal, lo harás; pero eso no sucederá nunca porque sé actuar... No soy un ignorante...».

«Yo lo soy, ya lo sé. Pero, precisamente porque lo sé, no acumulo lastre para, en su momento, exhibirlo, sino que me pongo en manos de Dios... y Dios me ayudará por amor a su Mesías, de quien soy el siervo más pequeño y más fiel».

«¡Todos somos fieles!» contrapone, arrogante, Judas.

«¡Malo! ¿Por qué ofendes a mi padre? Es ya mayor. Es bueno. No debes hacerlo. Eres un hombre malo. Me das miedo» dice, severo, Yabés, rompiendo el atento silencio en que estaba.

«¡Y van dos!» exclama en voz baja Santiago de Zebedeo dándole con el codo a Andrés. A pesar de que haya hablado bajo, Judas lo ha oído.

«¿Ves, Maestro, como las palabras de aquel estúpido niño de Magdala han dejado huella?» dice Judas encendido de rabia.

196.7

«¿Pero no sería más bonito continuar la lección del Maestro, más bien que estar como chivos enojados?» pregunta el pacífico Tomás.

«Sí, claro. Maestro, síguenos hablando de tu Madre. ¡Es tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vírgenes a nuestras almas. Y yo, ¡pobre de mí, tengo mucha necesidad de ello!» exclama Mateo.

«¿Qué queréis que os diga... si son muchos los episodios, y a cuál más delicioso...!».

«¿Te los ha contado Ella?».

«Alguno sí, pero muchos más José, que me los contaba, siendo Yo niño, como los más bellos cuentos; y también Alfeo de Sara, que, siendo pocos años más mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret».

«¡Háblanos...!» dice Juan en tono suplicante.

Se han colocado todos en círculo, sentados a la sombra de los olivos; Yabés está en el centro, mirando fijamente a Jesús, como si fuera a escuchar una fábula paradisíaca.

«Os voy a narrar la lección de castidad que dio mi Madre, pocos días antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.

Aquel día se había casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. Joaquín y Ana también habían sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña María, que, junto con otros niños, tenía el encargo de echar pétalos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapísima. Todos se la disputaban después de la festiva entrada de la novia. Era muy difícil ver a María, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba más que cualquier otro lugar una pequeña gruta, que incluso hoy día sigue llamando “la gruta de su desposorio”). Así que, cuando se la veía, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban “la flor de Nazaret”, o “la perla de Galilea”, o también “la paz de Dios”, en memoria de un enorme arco iris que apareció improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y más aún: es la Flor del Cielo y de la creación, es la Perla del Paraíso, es la Paz de Dios... Sí, la Paz. Yo soy el Pacífico porque soy Hijo del Padre e hijo de María: la Paz infinita y la Paz suave.

Pues bien, aquel día todos querían besarla y tenerla en el regazo. Entonces Ella, mostrándose reacia a besos y demás contactos, con delicada gravedad, dijo: “Por favor, no me chaféis”. Creyeron que se refería a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura, en los estrechos puños, en el cuello...; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la había coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: “No me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Dios”. Objetaron: “Pero si te besamos a ti, no a tu alma”. Y Ella replicó: “Mi cuerpo es templo del alma y su sacerdote es el Espíritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal. Por favor, no entréis en el recinto de Dios”.

A Alfeo, que había superado ya los ocho años y que la quería mucho, le impresionó esta respuesta, y, al día siguiente, habiéndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntó: “María, cuando seas mujer, ¿me querrías por esposo?” (todavía le duraba la emoción de la fiesta nupcial a la que había asistido). Ella respondió: “Yo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te diré un secreto: yo veo sólo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazón. Y veo sólo a Dios como ‘verdadero Ser viviente’ a quien ofrecerme”. Bien, éste es un episodio».

«¡¡¡“Verdadero Ser viviente”!!! ¡Sabes que es profunda esa palabra?» exclama Bartolomé.

Y Jesús, humildemente y con una sonrisa: «Era la Madre de la Sabiduría».

«¡Era?... ¡Pero no tenía tres años?».

«Era. Yo vivía ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepción, en la Unidad y Trinidad perfectísima».

196.8

«Pero — y perdona si yo, culpable, oso hablar —, pero, ¿Joaquín y Ana sabían que era la Virgen predestinada?» pregunta Judas Iscariote.

«No lo sabían».

«Y entonces, ¿cómo es que Joaquín dijo que Dios la había salvado anticipadamente? ¿No alude ello, acaso, a su privilegio respecto a la culpa?».

«Alude a ello. Pero Joaquín prestaba su boca a Dios, como todos los profetas. Tampoco él comprendió la sublime verdad sobrenatural que el Espíritu había puesto en sus labios. Joaquín era un justo; tanto, que mereció esa paternidad. Y era humilde. En efecto, no hay justicia donde hay soberbia. Él era justo y humilde. Consoló a su hija por amor de padre. En su sabiduría de sacerdote, la instruyó: que sacerdote era, siendo tutor del Arca de Dios. Como pontífice, la consagró con el título más dulce: “La Sin Mancha”. Día llegará en que otro sabio pontífice dirá al mundo: “Ella es la Concebida sin Mancha”, y dará esta verdad al mundo de los creyentes, como artículo de fe irrebatible, para que en el mundo de entonces — que se irá hundiendo cada vez más en una neblinosa monotonía de herejías y vicios — resplandezca, ante la vista de todos, la Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida de rayos de luna (menos puros que Ella); la Reina de lo creado y del Increado, apoyada en los astros. Porque Dios-Rey tiene por Reina, en su Reino, a María».

«¿Entonces, Joaquín era profeta?».

«Era un justo. Su alma dijo, como hace el eco, lo que Dios decía a su alma, por Dios amada».

196.9

«¿Cuándo vamos a ir a ver a esta Mamá, Señor?» pregunta con ojos anhelantes Yabés.

«Esta tarde, cuando la veas, ¿qué le vas a decir?».

«¿Estaría bien: “Te saludo, Madre del Salvador”?».

«Muy bien» confirma Jesús mientras le acaricia.

«Pero, ¿no vamos a ir hoy al Templo?» pregunta Felipe.

«Iremos antes de salir para Betania. Y tú, ¿estarás aquí tranquilo, no?».

«Sí, Señor».

La mujer de Jonás (el arrendatario del olivar), que lentamente se ha ido acercando, dice: «¿Por qué no le llevas contigo? Lo está deseando...».

Jesús la mira fijamente y con insistencia, aunque sin decir nada.

La mujer comprende, y lo manifiesta: «¡Comprendo!... Creo que tengo todavía un pequeño manto, de Marcos. Voy a buscarlo» y, ligera, se ausenta.

Yabés, tirándole a Juan de una manga, dice: «¿Serán severos los maestros?» a lo que Juan, confortándole, contesta: «¡No, hombre, no! No tengas miedo. Y, además, no es hoy. En pocos días, con la Madre, sabrás más que un doctor».

Los demás, que lo han oído, sonríen por la preocupación de Yabés.

«Pero, ¿quién va a presentarle haciendo las veces de padre?» pregunta Mateo.

«Yo. ¡Es natural! A menos que le quiera presentar el Maestro» dice Pedro.

«No, Simón, no lo haré Yo. Te dejo este honor».

«Gracias, Maestro. Pero... vas a estar presente también Tú?».

«Ciertamente. Todos estaremos presentes: es “nuestro” niño...».

Vuelve María de Jonás con un manto color morado oscuro que todavía está en buenas condiciones. ¡Qué color! Ella misma lo dice: «Marco no lo quiso usar nunca porque no le gustaba el color».

¡Mira tú éste! ¡Es atroz! Y el pobre Yabés, con esa tez suya tan aceitunada, dentro de ese morado violento, parece un ahogado. Pero él no se ve... y se siente feliz con ese manto con que cubrirse como una persona mayor...

«La comida está lista, Maestro. La criada ha sacado ya del asador el cordero».

«Vamos, entonces».

Y, bajando del lugar en que se encuentran, entran en la amplia cocina para comer.

Anotación

Le contó la par ábola del pajarillo: Véase la paradoja del "pecador por amor" expresada por el Sin Pecado y la parábola del pajarillo: véase EMV 7.5.

Él es el que es, es decir, el Todo; y el hombre es la nada que se convierte en parte del Todo gracias al alma que le infunde el Eterno. "Parte" ha sido corregido (según la explicación dada en la nota a EMV 167.9) por "participante" en una copia mecanografiada; añade al final de la página: "Si el alma sabe permanecer en estado de gracia, así deificada, no por identidad de sustancia, sino por elevación al orden sobrenatural. "

Nota de EMV 167: "Parcela de Dios" parece haber sido cambiado por parcela nacida de Dios por una corrección poco clara de María Valtorta en una copia mecanografiada, a la que añadió la siguiente nota: "A la palabra parcela no se le debe dar el significado de "parte de Dios" infundida en nosotros, sino de "lugar del trono", "asiento" infundido o "espirado" (por el "soplo de vida" del que se habla en Génesis 2,7) por Dios, por tanto cosa de Dios venida de Dios al hombre. Santo Tomás de Aquino lo llama "una capacidad de Dios" que Dios llena de sí mismo, para que todos participemos de su vida divina".

Esta explicación de Maria Valtorta (y el texto deEMV 10.9) debe tenerse presente siempre que en la obra se hable del alma como "parte" o "partícula" de Dios.

Puede relacionarse con las notas de EMV 4.6, EMV 54.5, EMV 165.4, EMV 170.4, EMV 365.16, EMV 444.4, EMV 463.4, EMV 524.7, EMV 537.11.

"Creced y multiplicaos, y llenad la tierra... ", según Génesis 1:28.

El hombre amó a la mujer y la mujer amó al hombre, naturalmente, no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos, o más bien como vosotros los hombres la entendéis, sino según la naturaleza de los hijos de Dios: sobrenaturalmente. "Sobrenaturalmente": María Valtorta anota en una copia mecanografiada: sin que el desorden de la malicia se una o incluso "sustituya" a las ordenadas leyes de Dios, inherentes a la multiplicación y población de la tierra. Añade al margen: Mientras el hombre permaneció en este orden, no nació en él el veneno de la triple concupiscencia que lo hizo delirante, luego rebelde, finalmente caído.

El hombre sintió el amor de un padre por su compañera "hueso de sus huesos y carne de su carne", como un hijo por su padre. Según Génesis 2, 23

"Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. " Según Génesis 2, 24.

Libro de Génesis 1, 28

Gn 1, 28 : Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla, y dominad a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo ser viviente que se mueve sobre la tierra."

Libro del Génesis 2, 23-24

Gn 2, 23-24 : Y dijo el hombre: "¡Esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Ésta se llamará mujer, porque del hombre fue tomada. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

ECR 197.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés. Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.

Detrás, en grupo, todos los demás. Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.

Pedro pregunta a su pupilo: «¿Has venido aquí alguna vez?» a lo que recibe como respuesta: «Cuando nací, padre; pero no me acuerdo» lo cual hace reír de satisfacción a Pedro, que repite la respuesta a los compañeros, y éstos se echan a reír también, y dicen, con bondad y perspicacia: «Quizás es que dormías y por eso...» o: «Estamos todos como tú. No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».

197.2

Igualmente hace Jesús con su protegido, y recibe una respuesta análoga (poco más o menos). Juan de Endor, en efecto, dice: «Éramos prosélitos. Vine en brazos de mi madre, precisamente en una Pascua, porque nací a principios de Adar; mi madre — era de Judea — se puso en viaje en cuanto pudo, para ofrecer dentro del tiempo establecido a su hijo varón al Señor... Quizás demasiado prematuramente... De hecho, enfermó y no volvió a recuperar la salud. Yo tenía menos de dos años cuando me quedé sin madre; fue la primera desventura de mi vida. Pero, siendo su primogénito — unigénito, por su enfermedad —, se sentía orgullosa de morir por haber obedecido a la Ley. Mi padre me decía: “Ha muerto contenta por haberte ofrecido al Templo”... ¡Pobre madre mía! ¿Qué ofreciste?: un futuro asesino...».

«Juan, no digas eso. Entonces eras Félix, ahora eres Juan. Ten siempre presente la gran gracia que Dios te ha donado, eso sí; pero que no te desaliente ya más lo que fuiste... ¿No volviste ninguna vez al Templo?».

«¡Sí, sí, a los doce años! Y, a partir de entonces, siempre, mientras... mientras pude hacerlo... Después, aun pudiendo venir, ya no volví, porque... bueno, ya te he dicho cuál era mi único culto: el Odio. Incluso por este motivo no me atrevo a entrar aquí. Me siento extranjero en la Casa del Padre... Le he abandonado durante demasiado tiempo...».

«Tú vuelves al Templo de mi mano, y soy el Hijo del Padre; si Yo te conduzco ante el altar es porque sé que todo está perdonado».

Juan de Endor siente una brusca convulsión de llanto, y dice: «Gracias, Dios mío».

«Sí, da gracias al Altísimo. ¿Ves cómo tu madre, una verdadera israelita, tenía espíritu profético? Eres el varón consagrado al Señor, y que no será rescatado. Eres mío, eres de Dios, discípulo y, por tanto, futuro sacerdote de tu Señor en la nueva era y religión que de mí recibirán el nombre. Yo te absuelvo de todo, Juan. Camina sereno hacia el Santo. En verdad te digo que entre los que viven en este recinto hay muchos más culpables que tú, más indignos que tú, de acercarse al altar»...

Anotación

Nací en los primeros días de Adar. O sea, a mediados de febrero.

ECR 198.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Por el umbrío camino que une el Monte de los Olivos con Betania — podría decir que el monte llega, con sus prolongaciones verdes, hasta los campos de Betania —, Jesús con los suyos camina ligero hacia la ciudad de Lázaro.

No ha entrado aún y ya le han reconocido: emisarios, que lo son por propia iniciativa, corren en todas las direcciones para avisar de su llegada, de forma que empiezan a aparecer: por un lado, Lázaro y Maximino; por otro, Isaac con Timoneo y José; la tercera es Marta con Marcela (que alza su velo para inclinarse a besar la túnica de Jesús); inmediatamente después, llegan María de Alfeo y María Salomé, las cuales reciben al Maestro con un gesto de veneración y luego abrazan efusivamente a los propios hijos. El pequeño Yabés, a quien Jesús sigue llevando de la mano, zarandeado por todas estas impetuosas llegadas, observa esto lleno de asombro. Juan de Endor, sintiéndose extraño, se retira hacia la cola del grupo, aparte. Y, por el sendero que conduce a la casa de Simón, viene la Madre.

Jesús suelta la mano de Yabés y, delicadamente, elude a los amigos para apresurarse a ir a su encuentro. Las ya conocidas palabras rompen el aire, tañendo como un solo de amor que se destaca de entre el murmullo de la gente: «¡Hijo!», «¡Mamá!». Se besan. María expresa en su beso una angustia como de quien ha estado temiendo durante mucho tiempo y llega el momento — éste — en que, al desvanecerse el terror que le tenía apresado, siente el cansancio del esfuerzo realizado y valora en toda su profundidad el peligro que ha corrido...

Jesús la acaricia. Ha comprendido. Dice: «Además de mi ángel, velaba por mí el tuyo, Madre. No podía sucederme nada malo».

«Gloria al Señor por ello. De todas formas he sufrido mucho».

«Mi deseo ha sido venir antes, pero he seguido otro camino por prestarte obediencia a ti. Y ha sido positivo: tu indicación, Madre mía, como siempre, ha sido fructífera».

«¡Tu obediencia, Hijo!».

«Tu sabia indicación, Madre...».

Se sonríen mutuamente como dos enamorados. ¿Pero es posible que esta Mujer sea la Madre de este Hombre? ¿Dónde están los dieciséis años de diferencia? La frescura de su rostro y la gracia de su cuerpo virginal hacen de María la hermana de su Hijo, que está en la plenitud de su bellísima virilidad.

«¿No me preguntas por qué ha sido fructífera?» pregunta Jesús, que sigue sonriendo.

«Sé que mi Jesús no me oculta nada».

«¡Qué encanto eres, Mamá!...» y la vuelve a besar...

La gente se ha mantenido a unos metros de distancia haciendo como que no observa la escena, pero estoy segurísima de que ninguno de estos ojos, que parecen atentos a otra parte, se abstiene de mirar de reojo a este tierno cuadro.

198.2

El que más mira es Yabés. Jesús le había soltado para darse prisa en abrazar a su Madre. Se ha quedado solo. Ahora, con el agolparse de preguntas y respuestas, el pobre niño pasa inadvertido. Mira fijamente, agacha la cabeza, lucha contra el llanto... pero, al final, no pudiendo más, rompe a llorar gimiendo: «¡Mamá! ¡Mamá!».

Todos — los primeros, Jesús y María — se vuelven, todos tratan de poner remedio de alguna forma, o de saber quién es el niño.

María de Alfeo y Pedro se acercan inmediatamente — estaban juntos — y dicen: «¿Por qué lloras?».

Pero, antes de que Yabés, embargado en su llanto, pueda tomar respiro para hablar, ya ha venido María y, tomándole en brazos, ha dicho: «¡Sí, hijito mío, Mamá! No llores más... y perdona si no te he visto antes... Os presento, amigos, a mi hijito...». Se ve que Jesús, en los pocos metros que mediaban, debe haberle dicho: «Es un huerfanito que he tomado conmigo». El resto lo ha intuido María.

El niño llora, pero ya con menos desolación. Al final, dado que María le tiene en brazos y le está besando, sonríe incluso, con esa carita suya todavía bañada de llanto.

«Deja que te seque todas estas lágrimas. ¡No debes llorar más! Dame un beso...».

Era precisamente lo que estaba deseando Yabés; después de tantas caricias de hombres barbudos, se deleita verdaderamente besando la mejilla lisa de María.

198.3

Jesús por su parte busca con su mirada a Juan de Endor, y le ve allá, apartado. Se dirige a él y le lleva hacia María — que está siendo saludada por todos los apóstoles —, y, teniendo sujeta su mano, dice: «Mira, Madre, el otro discípulo. Estos son los dos hijos que has ganado por la indicación que me diste».

«Tu obediencia, Hijo» repite María. Luego saluda al hombre, diciendo: «La Paz está contigo».

El hombre, el rudo, inquieto hombre de Endor, que tanto ha cambiado ya desde aquella mañana en que el capricho de Judas Iscariote le llevó a Jesús a Endor, termina de despojarse de su pasado al inclinarse ante María (yo lo creo así, a juzgar por lo sereno, verdaderamente “pacificado” que se ve su rostro cuando lo alza, una vez cumplido el respetuosísimo saludo).

Se encaminan todos hacia la casa de Simón: María llevando en brazos a Yabés, Jesús — cogida su mano — con Juan de Endor. Luego, a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.

ECR 198.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan. Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.

Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista. Quién dice que está en Maqueronte, quién, que en Tiberíades. Los discípulos no han vuelto aún...

«Pero, ¿no le habían seguido?».

«Sí, pero, cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero, y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte. Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde le llevan. Ciertamente, no le abandonarán».

«Como tú tampoco, Isaac, me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo».

«Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana. Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros. Este año vienen todos; y estaremos con Jonatán».

«¿También los del Líbano».

«También. Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan».

«¿Sabes que vienen los de Jocanán?».

«¿De verdad? Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones. Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo».

«Espéralos para última hora, pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero».

«Yo también. Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para la vuelta».

Anotación

Los pastores del Líbano, es decir, Daniel y Benjamín.

ECR 199.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Cómo te llamas?».

«Margziam».

«¡Vaya! ¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!».

«¡Es casi como el suyo!» exclama Salomé.

«Sí, pero el suyo es más simple. No tiene esas tres letras en medio... Tres son demasiadas...».

Judas Iscariote, que acaba de entrar, dice: «Ha puesto el nombre de significado exacto según la genuina lengua antigua».

«Bueno, bien, pero... es difícil; yo quito una letra y digo Marziam. Es más fácil, y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?».

Pedro, que pasaba en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor, se asoma y dice: «¿Qué quieres?».

«Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil».

«Tienes razón, mujer. Si la Madre me lo permite yo también le llamaré Marziam. Pero... ¡Estás perfectamente así!... ¡Yo también, ¿eh?!... ¡Observad!». En efecto, está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas; ¿y las sandalias?: las ha limpiado tanto y las ha sacado tanto brillo — no sé con qué —, que parecen nuevas. Las mujeres le admiran y él ríe contento.

El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre “padre”.

Detalle

Marie d'Alphée pregunta al joven Marziam cómo se llama.

Anotación

"¿Cómo te llamas?

- Marziam.

- Ya veo. ¡Pero mi bendita María podría haberte dado un nombre más fácil!

- ¡Es casi el suyo! exclama Salomé.

- Sí, pero el de ella es más sencillo. No tiene esas tres consonantes en el medio... Tres son demasiadas... ". MaRGZiam, simplificado a Marziam en la nueva traducción de acuerdo con lo que María de Alfeo y Pedro expresan en el resto del texto.

"Ella tomó el nombre exacto por lo que significaba, de acuerdo con la lengua antigua". Hebreo, sin duda, ya que el arameo (una lengua estrechamente relacionada) se había convertido en la lengua común en la época de Jesús. Esta proximidad queda perfectamente plasmada en la reflexión de Salomé. También conocemos esta proximidad por la oración de Jesús en la cruz: Elôi, elôi, lama sabachthani, una cita aramea que es ligeramente diferente en Mateo 27,46 y Marcos 15,34. Sin embargo, esta proximidad no excluye las diferencias, ya que el capítulo 8 del libro de Nehemías relata que los exiliados que regresaron a Jerusalén oyeron leer la Torá "en la lengua antigua", pero no la entendieron: hubo que traducirla.

ECR 199.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice: «La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz».

El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce.

Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.

«Entonces, podemos empezar a marcharnos — dice Jesús —. Tú, Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema».

«¡Ciertamente! Además... podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor».

«Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos...».

«¡Sí, Maestro? Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos... Me verás allí; total... ya sabes dónde están...».

«De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana. A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada».

«Yo voy contigo, Maestro» dice Juan.

«Yo también» dice Santiago, su hermano.

«Y también nosotros» dicen los dos primos.

«Yo también» dice Mateo, y con él Andrés.

«¿Y yo? También quisiera ir contigo... pero, si voy a hacer las compras, no puedo...» dice Pedro sujeto a dos deseos.

«Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí».

«Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos...» dice Judas Iscariote.

«Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente».

«Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo» dice Tomás.

«¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?».

«Me parece bien» responde éste a Bartolomé.

«¿Y tú, Juan?» le pregunta Jesús al hombre de Endor. «¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?».

«Verdaderamente preferiría ir contigo... Los libros... ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo».

«Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta...».

«No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte».

«Vamos. La paz a vosotras, mujeres».

Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.

Anotación

Tú, Simón, me vas a acompañar con tus amigos leprosos ... Simón el Zelote es un antiguo leproso, curado por Jesús.

Todos son libres hasta el miércoles por la mañana. A la hora de la tercia, todos se dirigen a la Puerta Dorada. Esta puerta conduce directamente al Templo desde Betania y Getsemaní.

Mientras tanto, mi Madre y el niño van a una casa amiga en Ofel. Este barrio está al sur del Templo y, por tanto, al este de la ciudad.

¿Qué te parece, Felipe, que vayamos los dos a casa de Samuel? Probablemente Samuel, el prometido de Annalia.

Probablemente entra en la ciudad por la puerta cercana a la Torre Antonia. La Puerta de Piscis.

ECR 199.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Por la tarde, de nuevo estamos en la casita de Betania. Muchos, cansados, se han retirado ya; Pedro no, que va y viene paseando por el sendero, levantando la cabeza muy frecuentemente hacia la terraza donde están sentados, hablando, Jesús y María. Juan de Endor por su parte está hablando con Simón Zelote, sentados los dos bajo un granado todo en flor.

ECR 200.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús vuelve, solo, a casa de Simón Zelote. La tarde cae, apacible y serena después de tanto sol. Jesús se asoma a la puerta de la cocina, saluda, y sube a meditar a la habitación de arriba, que ya está preparada para la cena.

El Señor no parece muy contento. Suspira bastante y pasea de un lado para otro por la sala, lanzando de vez en cuando una mirada hacia las tierras de los alrededores, visibles desde las muchas puertas de esta amplia habitación, que es un cubo construido encima del piso bajo. Sale también a pasear por la terraza, dando la vuelta a toda la casa, y se queda inmóvil, en el lado posterior, mirando a Juan de Endor, el cual, amablemente, está sacando agua de un pozo para ofrecérsela a Salomé, que está muy atareada. Mira, menea la cabeza y suspira.

La potencia de su mirada despierta la atención de Juan, que se vuelve a mirar, y pregunta: «Maestro, ¿me quieres para algo?».

«No, sólo te estaba mirando».

«Juan es bueno. Me ayuda» dice Salomé.

«Dios le recompensará también esa ayuda».

Jesús, después de estas palabras, entra de nuevo en la habitación y se sienta.