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Notas de la palabra clave

Santiago de Zebedeo (apóstol)

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Comodidad de lectura

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ECR 45

El Evangelio como me ha sido revelado

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Juan bautiza en el Jordán. María le oyó predicar a la multitud. Mientras tanto, Jesús llegó de forma muy sencilla, sin mostrarse a su Precursor. Pero el Precursor parece intuir algo y se vuelve hacia su primo. Inmediatamente se dirige a su Señor y proclama que es el Cordero de Dios. Todo sucedió entonces como nos cuenta el Evangelio. Jesús dio entonces un dictado, diciendo que Juan no necesitaba ninguna señal. Sin embargo, hubo una serie de manifestaciones semejantes a las de Cristo, de modo que su naturaleza de Hombre-Dios no pudo ser negada por sus contemporáneos.

ECR 47

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús camina cerca del vado del Jordán. Pasaba un grupo, entre ellos Juan y Santiago de Zebedeo. Fue Juan quien se fijó en el Maestro y se dirigió naturalmente hacia él, mientras su hermano le seguía detrás. Le saluda llamándole Cordero de Dios. Jesús le pregunta a quién busca y el Amado le responde que busca al Maestro. Lo sabe porque se lo dijo Juan el Bautista, y le llama Cordero porque oyó al Precursor llamarle así. Juan el Bautista está ahora encarcelado y ya no tienen a su guía. Sin embargo, Juan se presenta a sí mismo y a Santiago. Pregunta dónde vive Jesús y Jesús les dice que quien le siga tendrá que dejarlo todo: "casa, padres, forma de pensar e incluso la vida". No es un hombre rico y hay que renacer espiritualmente en Dios para seguirle. No obstante, los dos hombres quieren seguirle y Jesús acepta su petición.

A continuación, Cristo da dos dictados. El primero trata de la pureza y la virginidad, incluida la virginidad consagrada. Explicó que "hay varias maneras de ser virgen" y retomó el tema de los que hacen voto al Señor. Si las almas hacen un voto, pero ceden a la sensualidad (incluso la del pensamiento), sólo son vírgenes a medias.

El Maestro vuelve entonces a su propia tentación en el desierto y a la sensualidad que le propuso el Diablo. Luego se detiene en los puros, que ven a Dios. Por último, se centra en Juan, que es el Puro entre los discípulos, y que fue su primer discípulo.

ECR 47.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

47.1 Veo a Jesús caminando a lo largo de la faja verde que sigue el curso del Jordán. Ha vuelto, aproximadamente, al lugar que vio su bautismo, cerca del vado que parece fuera muy conocido y frecuentado, para pasar a la otra margen, hacia la Perea. Pero el lugar, hace poco tan colmado de gente, ahora se ve desierto. Sólo algún viandante, a pie o montado en asnos o caballos, lo recorre. Jesús parece no darse cuenta siquiera. Continúa por su camino subiendo hacia el Norte, como absorto en sus pensamientos.

Cuando llega a la altura del vado, se cruza con un grupo de hombres de distintas edades que discuten animadamente entre ellos y luego se separan, parte yendo hacia el Sur, parte subiendo hacia el Norte. Entre los que se dirigen hacia el Norte veo a Juan y a Santiago.

47.2 Juan es el primero que ve a Jesús y lo señala mostrándoselo al hermano y a los compañeros. Hablan un poco entre ellos, y Juan se echa a andar de prisa para alcanzar a Jesús. Santiago le sigue más despacio. Los demás no hacen mayor caso; caminan lentamente, en animada conversación.

Juan, cuando llega a no más de unos dos o tres metros detrás de Jesús, grita: «¡Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo!».

Jesús se vuelve y le mira. Los dos están a pocos pasos el uno del otro. Se observan. Jesús con su aspecto serio e indagador. Juan con su ojo puro y risueño en ese hermoso rostro suyo juvenil como de niña. Se le pueden echar veinte años, y en su cara sonrosada no hay más signos que el de una pelusa rubia que parece un velo de oro.

«¿A quién buscas?» pregunta Jesús.

«A ti, Maestro».

«¿Cómo sabes que soy maestro?».

«Me lo ha dicho el Bautista».

«Y entonces ¿por qué me llamas Cordero?».

«Porque le he oído a él llamarte así un día en que Tú pasabas, hace poco más de un mes».

«¿Qué quieres de mí?».

«Que nos digas palabras de vida eterna y que nos confortes».

«¿Quién eres?».

«Juan de Zebedeo, y éste es Santiago, mi hermano. Somos de Galilea, pescadores. Somos, además, discípulos de Juan. Él nos decía palabras de vida y nosotros le escuchábamos, porque queremos seguir a Dios y, con la penitencia, merecer el perdón, preparando los caminos del corazón a la venida del Mesías. Tú lo eres. Juan lo dijo, porque vio el signo de la Paloma posarse sobre ti. A nosotros nos lo dijo: “He ahí el Cordero de Dios”. Yo te digo: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz, porque ya no tenemos a nadie que nos guíe y nuestra alma está turbada».

«¿Dónde está Juan?».

«Herodes le ha apresado. Está en prisión, en Maqueronte. Los más fieles de entre los suyos han intentado liberarle, pero no se puede. Nosotros volvemos de allí.

47.3 Déjanos ir contigo, Maestro. Muéstranos dónde vives».

«Venid. Pero ¿sabéis lo que pedís? Quien me siga tendrá que dejar todo: casa, familia, modo de pensar, e incluso la vida. Yo os haré mis discípulos y amigos, si queréis. Pero no tengo riquezas ni seguridades. Soy pobre hasta no tener ni dónde reclinar la cabeza, y lo seré aún más; más perseguido que una oveja perdida, por los lobos. Mi doctrina es todavía más severa que la de Juan, porque prohíbe incluso el resentimiento. No se dirige tanto hacia lo externo cuanto hacia el espíritu. Tendréis que renacer, si queréis ser míos. ¿Queréis hacerlo?».

«Sí, Maestro, Tú sólo tienes palabras que nos dan luz, que descienden y, donde había tinieblas de desolación por carecer de guía, proporcionan claror de sol».

«Venid, entonces. Vamos. Os adoctrinaré por el camino».

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En 47.2, una descripción física de Juan.

Anotación

Juan 1:35-39:

Al día siguiente estaba allí Juan con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que iba y venía, dijo: "He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron lo que decía y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, los vio que le seguían y les dijo: "¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: "Rabí -que significa Maestro-, ¿dónde te hospedas? Él les dijo: "Venid y lo veréis". Fueron, pues, a ver dónde se hospedaba y se quedaron con él aquel día. Era alrededor de la hora décima (las cuatro de la tarde).

ECR 47.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

47.10 Prevengo también una observación. Dice Juan en su Evangelio hablando del encuentro conmigo: “Y al día siguiente”. Parece, por eso, que el Bautista me hubiera indicado al día siguiente del bautismo, y que inmediatamente Juan y Santiago me hubieran seguido. Ello contrasta con lo que dijeron los otros evangelistas acerca de los cuarenta días pasados en el desierto. Leedlo así: “(Una vez acaecido el arresto de Juan) un día después, los dos discípulos de Juan Bautista, a los cuales me había señalado diciendo: ‘He ahí el Cordero de Dios’, viéndome de nuevo, me llamaron y me siguieron”. Después de mi regreso del desierto.

Y juntos volvimos a las orillas del lago de Galilea, donde me había refugiado para empezar desde allí mi evangelización, y los dos hablaron de mí — después de haber estado conmigo durante todo el camino y una jornada entera en la casa hospitalaria de un amigo de mi casa, de la parentela — a los otros pescadores. Pero la iniciativa fue de Juan, a quien la voluntad de penitencia había hecho de su alma, ya de por sí cristalina por su pureza, una obra maestra de pulcritud en que la Verdad se espejaba nítidamente, dándole también la santa audacia de las personas puras y generosas, que no tienen miedo nunca a dar un paso al frente donde ven que está Dios, donde ven que hay verdad, doctrina, caminos de Dios.

¡Cuánto le amé por esta característica suya sencilla y heroica!».

Anotación

Juan 1:35-39:

Al día siguiente estaba allí Juan con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que iba y venía, dijo: "He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron lo que decía y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, los vio que le seguían y les dijo: "¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: "Rabí -que significa Maestro-, ¿dónde te hospedas? Él les dijo: "Venid y lo veréis". Fueron, pues, a ver dónde se hospedaba y se quedaron con él aquel día. Era alrededor de la hora décima (las cuatro de la tarde).

ECR 48

El Evangelio como me ha sido revelado

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Juan está junto al lago, en Betsaida. Santiago está con él. Llamó a Pedro y a Andrés, que volvían a la orilla, pues estaban en una barca. Cuando se acercaron, Andrés les preguntó por qué no habían venido y Juan les preguntó por qué no habían ido con ellos a ver al Maestro. Pedro refunfuñó; no estaba nada convencido de que fuera Cristo, pero Juan insistió; incluso dijo que era el Mesías y que lo sabía todo. Santiago intervino entonces y le repitió las palabras de Jesús; Juan se metió entonces y Pedro tuvo el tipo de cambio de parecer que tanto nos gusta: quería ir a ver al Señor. Incluso reprochó a Andrés que no fuera con ellos, a pesar de que había visto a Cristo en el bautismo de Juan. Pusieron todo en su sitio y se fueron, pero de pronto Pedro se preocupó: si Jesús lo sabía todo, sabría que Simón había estado a punto de llamarle mentiroso. Pero Juan le tranquilizó y le dijo que el Salvador era muy bueno. Incluso le dijo que Jesús ya sabía cómo había reaccionado la noche anterior y que le animaba a venir, porque era un hombre de buena voluntad.

Pedro se alegró y preguntó por Jesús. Se enteró de que era un artesano de Nazaret y que, cuando Juan y Santiago querían darle monedas, como era costumbre, él las daba directamente a los pobres. Esto tranquilizó aún más al bueno de Simón, que quiso ir a ver al Mesías.

ECR 48.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

48.2 Juan sale de una callecita y va presuroso hacia el lago. Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca. Sí la ve a todavía algunos cientos de metros de la orilla, ocupada en las maniobras para regresar; y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!». que debe ser el reclamo usado. Y luego, cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: «¡Venid, venid!».

Los hombres de la barca, imaginándose quién sabe qué, agarran los remos y la hacen avanzar más de prisa que con la vela (de hecho la amainan, quizás para agilizar la operación). Llegados a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más. Se quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la ingle, sujetándola con una mano, se mete en el agua, y va al encuentro de los que llegan.

ECR 48.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

48.4 ­«Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años y soy — lo sabes — reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios, y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo? Tú lo puedes hacer porque no le has escuchado. Pero yo creo. ¿Que somos pobres e ignorantes?: Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes. Ha dicho: “Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Mas Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo, a los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná, y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, obscuridad, cadenas y desprecio. Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia. Quien quiera verdad y paz, quien quiera vida eterna, venga a mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo”. ¿No se ha expresado así, Juan?».

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Santiago de Zebedeo habla de su encuentro con Jesús. Está con Simón de Jonás y dice:

ECR 49.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.3 Continúan su camino.

«Has dicho que me buscabas...».

«Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte... y porque... ¡oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas... y ya no podía seguir sin ti».

«Entonces, ¿has sido un buen anunciador del Verbo?».

«También Santiago, Maestro, ha hablado de ti de manera... convincente».

«De forma que incluso quien desconfiaba — y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva — se ha persuadido. Vamos a confirmarle del todo».

«Tenía un poco de miedo...».

«¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar. Con los honestos seré todo misericordia».

«¿Y con los pecadores?».

«También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas. Y hacen esas cosas, y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo».

«Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro».

«Así me gusta, y así quiero que seáis todos».

«Simón quiere decirte muchas cosas».

«Le escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva».

ECR 49.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.7 Jesús sale a la placita. En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

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Santiago y Juan estuvieron presentes en la primera predicación de Jesús en Betsaida.