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Notas de la palabra clave

José de José de Belén (pastor de la Natividad)

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ECR 75

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús, Juan, Simón el Zelote y Judas caminan hacia Hebrón. Oyen el sonido de campanas y descubren que hay pastores cerca. Jesús se dirige entonces a Elías, Leví y José (hijo del pastor José de la Natividad). Los interroga y, al decirles que viene de Nazaret, los pastores le preguntan si ha oído hablar de María, José y Jesús de Nazaret. Le hablan de sus persecuciones, de la Gloria que oyeron, de sus oraciones y de su comportamiento a lo largo de su vida. Cuando declararon que buscaban al Salvador, Jesús se les reveló y los pastores creyeron al instante: se alegraron de encontrar al Niño que habían adorado en el pesebre. Jesús se sentó junto a ellos y les preguntó por los doce pastores. Dos están muertos (Samuel y José), pero los otros ocho - Jonás, Jonatás, Benjamín, Isaac, Daniel, Simeón, Juan y Tobías (ahora Matías) - siguen vivos.

Comen juntos y los pastores preguntan al Maestro sobre María, José, la huida a Egipto, el regreso... Hasta que le preguntaron qué podían hacer para servirle. El Señor les dijo que iba a dar una vuelta por Judea, que los discípulos les mantendrían informados y que podrían venir más tarde. Mientras tanto, podían ir con él a Yutta para ver a Isaac y a Hebrón para reunirse en la tumba de Samuel.

Elías le pregunta si podrán servirle toda la vida, y Jesús predice que le servirán toda la vida. Cuando el pastor responde que morirá antes que Cristo, el Señor lo desengaña: Elías será una de las últimas personas que vea cuando muera, pero el anciano verá su triunfo, tras lo cual esperará la muerte, que será sinónimo de un encuentro eterno con su Jesús.

ECR 75.2-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

75.2

Se ven muchas ovejas en el prado ondulado, rozando la abundante hierba. Tres hombres las custodian. Uno es anciano, ya completamente cano, los otros tienen: uno, aproximadamente, treinta años; el otro, unos cuarenta.

«Cuidado, Maestro. Son pastores...» dice Judas con tono de consejo, al ver que Jesús acelera el paso.

Pero Jesús ni siquiera responde. Continúa, alto, hermoso, dándole el sol de poniente en el rostro, con su túnica blanca. Se le ve tan luminoso, que parece un ángel...

«La paz esté con vosotros, amigos» saluda en llegando al lindero del prado.

Los tres se vuelven sorprendidos. Silencio. Luego el anciano pregunta: «¿Quién eres?».

«Uno que te ama».

«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».

«De Galilea».

«¿De Galilea? ¡Ah!». El hombre le mira atentamente — también los otros se han acercado —. «De Galilea» repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo: «También Él venía de Galilea... ¿De qué lugar, Señor?».

«De Nazaret».

«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que... yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».

«¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?».

«Porque Él era el Salvador, el Mesías, y Herodes le quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre... Cuando tuve noticias de la matanza y volví — porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por Él más que por mi misma carne —, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas... Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino... Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo... hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!... Es duro y cruel... Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: “Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada”. Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena vo­lun­tad”».

«¿Dijeron eso exactamente?».

«Sí, Señor, créelo Tú, Tú al menos, que eres bueno. Conoce Tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten... y nosotros no estábamos borrachos como decían. Éste, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharle a uno? Los ángeles dijeron: “Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Le reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales”».

«¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?».

«¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo — ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones — todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre».

«¡Ah!, ¿decís: “Cristo”?».

«No, Señor. Decimos: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre”».

75.3

«Pero, en definitiva, ¿vosotros a quién buscáis?».

«A Jesucristo, Hijo de María, el Nazareno, el Salvador».

«Soy Yo». A Jesús se le ilumina el rostro al manifestarse a estos tenaces amantes suyos. Tenaces, fieles, pacientes.

«¡Tú! ¡Oh! ¡Señor, Salvador, Jesús nuestro!» — los tres se han arrojado al suelo y besan los pies de Jesús, llorando de alegría —.

«Alzaos. Álzate, Elías, y tú, Leví, y tú, que no sé quién eres».

«José. Hijo de José».

«Éstos son mis discípulos. Juan es galileo; Simón y Judas, judíos».

Los pastores ya no están rostro en tierra, pero sí todavía de rodillas, echados hacia atrás sobre los calcañares. Adoran al Salvador, con ojos de amor, labios temblorosos de emoción, rostros empalidecidos, o enrojecidos, de alegría.

Jesús se sienta en la hierba.

«No, Señor. En la hierba Tú no, Rey de Israel».

«No os preocupéis, amigos. Soy pobre; un carpintero, para el mundo. Rico sólo de amor para el mundo, y del amor que los buenos me dan. He venido a estar con vosotros, a partir con vosotros el pan de la noche, a dormir a vuestro lado sobre el heno, a recibir consuelo de vosotros...».

«¡Oh, consuelo! Somos incultos y estamos perseguidos».

«Yo también lo estoy. No obstante, vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que resiste durante años y florece. ¿Veis? Habéis sabido esperarme, creyendo sin ninguna duda que era Yo. Y Yo he venido».

«¡Oh, sí! Has venido. Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido».

«No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor.

75.4

¿Y los otros? Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos».

«¡Oh!». Los pastores están cada vez más conmovidos.

«¿Dónde están los demás?».

«El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José le mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por... por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví... le perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel. Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también le mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos... pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio. Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes».

«¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?».

«Me acordé de Zacarías, tu pariente... Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana... y me quedé a su servicio... Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él».

«Pero ahora el Bautista está prisionero».

«Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente».

«Quisiera verlos a todos».

«Sí, Señor. Iremos a decirles: “Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama”».

«Y os quiere entre sus amigos».

«Sí, Señor».

«Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac. Samuel y José ¿dónde están enterrados?».

«Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José... no tiene tumba, Señor. Le quemaron con la casa».

«Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre».

«¿Y mis hijos?».

«Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el “Gloria” cuando el Salvador sea coronado».

«¿Rey?».

«No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires! Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed».

«Sí, Señor».

«Llamadme Maestro.

75.5

Llega la noche, nace la primera estrella. Di tu oración antes de la cena».

«No yo. Tú».

«Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos. El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido. ¡Regocijaos, justos, recocijaos en el Señor! Él, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas, Él, que puso como límite de las tierras los mares, Él, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos, ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid. Venid, vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad para seguirle en santidad y obtener así eterno premio».

Jesús ha orado en pie con los brazos extendidos; los discípulos y los pastores están de rodillas.

Después se distribuye pan y una escudilla de leche acabada de ordeñar, y, dado que son tres los tazones — o calabazas vaciadas, no lo sé —, primero comen Jesús, Simón y Judas; luego Juan (al cual Jesús le pasa su taza) con Leví y José; Elías come el último.

Las ovejas no pastan más, se reúnen en un gran grupo compacto en espera de ser conducidas quizás a su aprisco. Sin embargo, veo que los tres pastores las conducen al bosque, debajo de un rústico cobertizo de ramas cercado con cuerdas. Ellos se ponen a prepararles a Jesús y a los discípulos un lecho de heno. Se encienden algunos fuegos, tal vez para los animales salvajes.

Judas y Juan, cansados, se echan; al poco tiempo ya están dormidos. Simón querría hacerle compañía a Jesús, pero al cabo de un poco él también se queda dormido, sentado en el heno y con la espalda apoyada en un poste.

75.6

Permanecen despiertos Jesús y los pastores. Y hablan: de José, de María, de la huida a Egipto, del regreso... Luego, después de estas preguntas de amor, llegan las preguntas más elevadas: ¿qué hacer para servir a Jesús?, ¿cómo hacerlo ellos, rudos pastores?

Y Jesús instruye y explica: «Ahora Yo voy por Judea. Los discípulos os tendrán siempre al corriente. Después os llamaré. Entretanto, reuníos. Que cada uno tenga noticias de los demás y que sepan que Yo estoy en el mundo, como Maestro y Salvador; y, como podáis, manifestadlo a otras gentes. No os prometo que seréis creídos. Yo he recibido escarnio y golpes, vosotros también los recibiréis. Pero, de la misma forma que habéis sabido ser fuertes y justos en esta espera, sedlo más aún ahora que sois míos. Mañana iremos hacia Yuttá. Luego a Hebrón. ¿Podéis venir?».

«¡Oh, sí! Los caminos son de todos y los pastos son de Dios. Sólo Belén nos está vedada, a causa de un odio injusto. Los otros pueblos saben todo... pero se conforman con burlarse de nosotros llamándonos borrachos. Por eso poco podremos hacer aquí».

«Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré».

«¿Durante toda la vida?».

«Durante toda mi vida».

«No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo».

«¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías. Uno de los últimos será. Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado a causa del dolor por mi muerte. Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal, y con él esperarás la muerte... La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era pequeñito. También entonces los ángeles cantarán el Gloria: “por el hombre de buena voluntad”».

No oigo nada más, la dulce visión se oscurece. Termina.

Detalle

Elías habla en nombre de los tres pastores la mayor parte del tiempo.

ECR 77.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús zanja la cuestión diciendo a Leví: «¿Has estado alguna vez en Galilea?».

«Sí, Señor».

«Vendrás conmigo, para conducirme a donde Jonás. ¿Le cono­ces?».

«Sí. Por Pascua nos veíamos siempre; yo iba a verle entonces».

José baja la cabeza apenado. Jesús se da cuenta. «Juntos no podéis venir. Elías se quedaría solo con las ovejas. Pero tú vendrás conmigo hasta el paso de Jericó, donde nos separaremos por un tiempo. Te diré después lo que tienes que hacer».

Detalle

Judas estaba muy nervioso y tendía a refunfuñar. Cuando señala que Jesús no le quería directamente, el Señor corta la conversación y habla con Leví.

ECR 79.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Dónde vamos a encontrar a los pastores?».

«A cinco millas de Hebrón, en las orillas del río que decías».

«Al otro lado de aquel collado, entonces».

«Al otro lado».

«Hace mucho calor. El verano… ¿A dónde vamos después, Maestro?».

«A un lugar aún más caliente. Pero os ruego que vengáis. Viajaremos de noche. Las estrellas son tan claras, que no hay oscuridad. Os quiero mostrar un lugar…».

«¿Una ciudad?».

«No... Un lugar... que os hará comprender al Maestro... quizás mejor que sus palabras».

ECR 79.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Nos detendremos en las faldas del Valle del Terebinto y allí nos separaremos. Elías volverá a sus pastos con Leví. José vendrá conmigo hasta el vado de Jericó. Luego... nos volveremos a reunir. Tú, Isaac, continúa lo que hiciste en Yuttá, yendo desde aquí, por Arimatea y Lida, hasta llegar a Doco. Allí nos volveremos a ver. Judea debe ser preparada, y tú sabes cómo hacerlo; como has hecho en Yuttá.

Detalle

Jesús da sus instrucciones después de encontrar a Elías y a Isaac.

ECR 81

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús se encuentra por primera vez con los pastores Simeón, Matías y Juan. También le acompañan el pastor José, Simón el Zelote y Juan. Intimidados al principio, los pastores se tranquilizan pronto y le dicen que Juan está en la cárcel. Podrían liberarlo si tuvieran suficiente dinero. Pero el grupo tiene las joyas de Aglaia. Judas es enviado a venderlas con Juan. Simón el Zelote confiesa su malestar por el Iscariote.

ECR 81.1-3.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Vuelvo a ver el vado del Jordán, el camino verde que sigue el curso del río por ambas partes, muy recorrido de viandantes por tener sombra. Filas de asnos van y vienen, y hombres con ellos. En el margen del río tres hombres pastorean algunas, pocas, ovejas. En el camino, José, que está esperando, mira a un lado y a otro.

A lo lejos, en el punto en que otra estrada empalma con ésta del río, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos. José llama a los pastores. Éstos ponen en movimiento por el camino a las ovejas, haciéndolas avanzar por la orilla herbosa. Rápidamente se dirigen hacia Jesús.

«Yo casi no me atrevo... ¿Con qué palabras le voy a saludar?».

«¡Oh, es muy bueno! Dile: “La paz sea contigo”. Él saluda siempre así».

«Él sí... pero nosotros…».

«¿Y yo quién soy? No soy ni siquiera uno de sus primeros adoradores, y me quiere mucho... muchísimo».

«¿Quién es?».

«Aquél más alto y rubio».

«¿Le hablamos del Bautista, Matías?».

«¡Sí!».

«¿No pensará que le hemos preferido antes que a Él?».

«No, hombre, Simeón. Si es el Mesías, ve dentro de los corazones y en el nuestro verá que en el Bautista seguíamos buscándole a Él».

«Tienes razón».

Los dos grupos están ya a pocos metros el uno del otro. Ya sonríe Jesús, con esa sonrisa suya indescriptible. José acelera el paso. Las ovejas, por su parte, se ponen a trotar azuzadas por los pastores.

«La paz sea con vosotros» dice Jesús alzando los brazos como para abrazar, y especifica: «¡Paz a ti Simeón, Juan y Matías, mis fieles y fieles de Juan el Profeta!; paz a ti, José» y le besa en la mejilla. Los otros tres ahora están de rodillas. «Venid, amigos. Debajo de estos árboles, sobre el guijarral del río. Hablemos».

Bajan. Jesús se sienta en una gruesa raíz que sobresale del terreno, los otros en el suelo. Jesús sonríe y los mira fijamente, fijamente, uno a uno: «Dejad que conozca vuestros rostros. Los corazones ya los conozco como corazones de justos que van tras el Bien, al que amáis frente a todas las utilidades del mundo. Os traigo el saludo de Isaac, Elías y Leví, y otro saludo: el de mi Madre.

81.2

¿Tenéis noticias del Bautista?».

Los hombres, que hasta este momento no habían podido hablar por lo azorados que estaban, toman de nuevo seguridad y encuentran palabras: «Está todavía en la cárcel. Nuestro corazón tiembla por él, porque está en manos de un hombre cruel dominado por un ser infernal y circundado de una corte corrompida. Nosotros le queremos... Tú sabes que le queremos y que él merece nuestro amor. Después de que Tú te alejaste de Belén, padecimos la agresión de los hombres... Pero, más que su odio, lo que nos hacía sentirnos desolados, abatidos, como árboles tronchados por el viento, era el haberte perdido a ti. Luego, después de años de sufrimiento (como quien tuviera los párpados cosidos y buscara el sol y no lo pudiera ver, porque además estuviera dentro de una cárcel y ni siquiera el tibio calor que sintiera en su carne se lo mostrara), oímos que el Bautista era el hombre de Dios anunciado por los Profetas para preparar los caminos a su Cristo, y fuimos adonde él diciéndonos a nosotros mismos: “Si él le precede, yendo adonde él le encontraremos”, porque era a ti, Señor, a quien buscábamos».

«Lo sé. Y me habéis encontrado. Yo estoy con vosotros».

«José nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido, por él, a alguna parte. Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, como con amor le escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú-Verbo; pero decía siempre palabras de Dios».

«Lo sé.

81.3

¿No le conocéis a éste?» y señala a Juan.

«Le vimos con otros galileos entre las muchedumbres más fieles al Bautista. Si no nos equivocamos, tú te llamas Juan y eres aquél de quien él decía, a nosotros, sus íntimos: “Ved: yo, el primero; él, el último; mas luego será: él el primero y yo el último”. Y nunca comprendimos qué quería decir».

Jesús se vuelve hacia su izquierda, donde está Juan, le estrecha contra su corazón, con una sonrisa aún más luminosa, y explica: «Quería decir que sería el primero en declarar: “Éste es el Cordero”, y que éste será el último de los amigos del Hijo del hombre que hablará del Cordero a las multitudes; pero que, en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque le ama más que a ningún otro hombre. Esto quería decir. Pero cuando le veáis al Bautista — le veréis aún y todavía le serviréis hasta la hora signada — decidle que no es él el último en el corazón del Cristo. No tanto por la sangre cuanto por la santidad, a él le quiero como a éste. Y vosotros acordaos de esto. Si la humildad del santo se proclama “última”, la Palabra de Dios le proclama compañero del discípulo que amo. Decidle que amo a éste porque tiene su nombre y porque en él encuentro los signos del Bautista, preparador de corazones para Cristo».

«Se lo diremos... Pero, ¿le volveremos a ver?».

«Le veréis». (...)

[Jesús habla con los Pastores sobre el hecho de que Juan está encarcelado y de que se necesita una cierta cantidad de dinero para liberarlo. Se decide que Judas venderá las joyas de Aglaé. Cuando el Iscariote se marcha, el Maestro se dirige de nuevo a los Pastores:]

«Querría ser para vosotros motivo de alegría» dice Jesús.

«Lo serás siempre, Maestro. Que el Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es amigo tuyo?».

«Lo es. ¿No te parece que pueda serlo?».

El pastor Juan baja la cabeza y calla. Habla el discípulo Simón: «Sólo quien es bueno sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la Bondad ve. Veo lo externo. El bueno desciende también a lo interno. Tú también, Juan, ves como yo. Pero el Maestro es bueno... y ve…».

ECR 82.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

82.3 Entran y Judas habla con el dueño, el cual se encarga de que se lleve a las ovejas a una cuadra y luego acompaña personalmente a los huéspedes a una habitación pequeña en donde hay dos esteras, que serían las camas, unos asientos y una mesa preparada, luego se retira.

«Hablemos en seguida, Maestro, mientras los pastores se ocupan de dejar a las ovejas».

«Te escucho».

Detalle

Los pastores de Belén se encuentran cerca cuando Judas cuenta su encuentro con Diomedes, pero no se les menciona por su nombre. Sin duda se trata de los pastores José, Simeón, Juan y Matías, a quienes conocimos en el capítulo anterior. Debían de estar esperando el regreso de Judas.

ECR 82.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…».

82.5

Entran los pastores.

«Amigos, aquí hay diez talentos y medio, faltan sólo cien denarios; Judas se ha quedado con ellos para los gastos de alojamiento. Tomad».

«¿Los entregas todos?» pregunta Judas.

«Todos. No quiero ni una perra de ese dinero. Nosotros tenemos el óbolo de Dios y de los que honestamente buscan a Dios... y nunca nos faltará lo indispensable. Créelo. Tomad y alegraos como Yo me alegro, por el Bautista. Mañana os dirigiréis a su prisión. Dos, o sea, Juan y Matías. Simeón con José irán adonde Elías a dar noticias y a instruirse para el futuro. Elías ya sabe. Luego José volverá con Leví. El lugar de encuentro es dentro de diez días junto a la Puerta de los Peces, en Jerusalén, a la hora prima. Y ahora comamos y descansemos. Mañana, de madrugada, parto con los míos. No tengo nada más que deciros por ahora. Más adelante sabréis de mí».

Y todo se desvanece en el momento en que Jesús parte el pan.

Detalle

Judas contó cómo consiguió diez talentos y medio gracias a la venta de las joyas de Aglaé.

A la luz de lo que se dice en el EMV 83.3, quizá el Juan mencionado sea Juan de Zebedeo. Queda por confirmar.