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Notas de la palabra clave

Simon-Pierre - Simón de Jonás (apóstol)

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ECR 48

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Juan está junto al lago, en Betsaida. Santiago está con él. Llamó a Pedro y a Andrés, que volvían a la orilla, pues estaban en una barca. Cuando se acercaron, Andrés les preguntó por qué no habían venido y Juan les preguntó por qué no habían ido con ellos a ver al Maestro. Pedro refunfuñó; no estaba nada convencido de que fuera Cristo, pero Juan insistió; incluso dijo que era el Mesías y que lo sabía todo. Santiago intervino entonces y le repitió las palabras de Jesús; Juan se metió entonces y Pedro tuvo el tipo de cambio de parecer que tanto nos gusta: quería ir a ver al Señor. Incluso reprochó a Andrés que no fuera con ellos, a pesar de que había visto a Cristo en el bautismo de Juan. Pusieron todo en su sitio y se fueron, pero de pronto Pedro se preocupó: si Jesús lo sabía todo, sabría que Simón había estado a punto de llamarle mentiroso. Pero Juan le tranquilizó y le dijo que el Salvador era muy bueno. Incluso le dijo que Jesús ya sabía cómo había reaccionado la noche anterior y que le animaba a venir, porque era un hombre de buena voluntad.

Pedro se alegró y preguntó por Jesús. Se enteró de que era un artesano de Nazaret y que, cuando Juan y Santiago querían darle monedas, como era costumbre, él las daba directamente a los pobres. Esto tranquilizó aún más al bueno de Simón, que quiso ir a ver al Mesías.

ECR 48.2-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

48.2 Juan sale de una callecita y va presuroso hacia el lago. Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca. Sí la ve a todavía algunos cientos de metros de la orilla, ocupada en las maniobras para regresar; y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!». que debe ser el reclamo usado. Y luego, cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: «¡Venid, venid!».

Los hombres de la barca, imaginándose quién sabe qué, agarran los remos y la hacen avanzar más de prisa que con la vela (de hecho la amainan, quizás para agilizar la operación). Llegados a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más. Se quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la ingle, sujetándola con una mano, se mete en el agua, y va al encuentro de los que llegan.

«¿Por qué no habéis venido, vosotros dos?» pregunta Andrés. Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.

«Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago?» le responde Juan a Andrés.

«He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre...».

«Te había sugerido claramente que vinieras.

48.3 Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!... Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: “Venid”».

«¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos le mostró el Bautista».

«Es Él. No lo ha negado».

«Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez...» murmura Pedro malhumorado.

«¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye!». Juan está dolorido y consternado por las palabras de Simón Pedro.

«¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy distinto el Mesías! ¡Y me oye! ¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Venga, ven a trabajar! Será mejor. Y déjate de fábulas».

«Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir semejantes palabras».

48.4 ­«Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años y soy — lo sabes — reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios, y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo? Tú lo puedes hacer porque no le has escuchado. Pero yo creo. ¿Que somos pobres e ignorantes?: Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes. Ha dicho: “Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Mas Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo, a los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná, y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, obscuridad, cadenas y desprecio. Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia. Quien quiera verdad y paz, quien quiera vida eterna, venga a mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo”. ¿No se ha expresado así, Juan?». Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.

«Sí. Y ha dicho: “El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz. Pero la Tierra no está hecha sólo de alta sociedad. En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red”; se ha expresado así porque hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla. Ha dicho incluso: “Ved. Ninguno de esos peces quería caer en la red. Asimismo, los hombres, intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás, ni siquiera los más malvados, porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen; su verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún, entonces, quienes no son completamente malvados quisieran ser de Satanás, pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo. Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una fuerza tal a quienes crean en mí, que será capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo”».

48.5 «Entonces, si es eso exactamente lo que ha dicho, hay que ir donde Él en seguida». — Pedro, con sus impulsos tan genuinos que tanto me gustan, ha tomado en seguida una decisión y ya se pone manos a la obra dándose prisa en ultimar las operaciones de descarga, porque, entre tanto, la barca ha llegado ya a la orilla y los peones casi la han sacado ya a lo seco, descargando redes, cuerdas y velamen. — «Y tú, Andrés, necio, ¿por qué no has ido con éstos?».

«¡Pero... Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo... Toda la noche has estado refunfuñando ¡¿y ahora me echas en cara el no haber ido?!...».«Tienes razón... Pero yo no le había visto... tú sí... y deberás haberte dado cuenta de que no es como nosotros... ¡Algo especial tendrá!...».

«¡Oh!, sí — dice Juan —. ¡Tiene un rostro..., y unos ojos...! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una voz...! ¡Ah, qué voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso».

«¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar».

Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.

48.6

Pero Pedro, después de algunos metros, se detiene, coge a Juan por un brazo, y pregunta: «Has dicho que sabe todo y que oye todo...».

«Sí. Imagínate que cuando nosotros, viendo la Luna alta, dijimos: “¡Quién sabe lo que estará haciendo Simón?”, Él contestó: “Está echando la red y no sabe resignarse a tener que estar haciéndolo solo, porque vosotros no habéis salido con la barca gemela en una noche tan buena como ésta para pescar... No sabe que dentro de poco ya no pescará sino con otras redes y no conseguirá sino otros pe­ces”».

«¡Misericordia divina! ¡Es exactamente así! Entonces, habrá oído también... también que le he llamado poco menos que mentiroso... No puedo ir a Él».

«¡Oh!, es muy bueno. Ciertamente sabe que has pensado de esa forma. Ya lo sabía. Efectivamente, cuando le dejamos, diciendo que veníamos aquí, adonde tú estabas, respondió: “Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla. Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes; porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad, y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente”. Y añadió: “Sabed hablar sin miedo. Quien os va a oír vendrá, porque es hombre de buena voluntad”».

«¿Ha dicho eso? Entonces voy.

48.7

Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?».

«En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas».

«¿Pero es pobre?».

«Un obrero de Nazaret. Así dijo».

«Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?».

«No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes».

«Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta..., algo. ¡Vamos a consultar a un rabí — porque es como un rabí, y más que un rabí — con las manos vacías!... Nuestros rabinos no quieren que se actúe así...».

«Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago, y se los ofrecimos, como es costumbre para con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: “Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo”. Y en seguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían; y a nosotros, que preguntábamos: “Y para ti, Maestro, ¿no guardas nada?”, nos respondió: “La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria”. Dijimos también: “Tú nos llamas, Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?”. Respondió con una sonrisa que realmente hace saborear el Paraíso: “Un gran tesoro quiero de vosotros”; y nosotros: “¿Y si no tenemos nada?”; y Él: “Tenéis un tesoro que tiene siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no; lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe, buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio. Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo, y en vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga septenaria”. Eso dijo».

«¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero... Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza».

Y todo termina.

Detalle

Contexto: Estamos en Betsaida.

Anotación

Juan 1, 40-41:

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo.

ECR 49

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

María ve a Juan de Zebedeo. Ve al Maestro y le llama. Los dos hombres hablaron. Jesús estaba rezando y pensando en lo que iba a decir en la sinagoga, pero viendo espiritualmente que Juan le buscaba, fue a su encuentro. El hijo de Zebedeo le preguntó si Jesús le amaba y Cristo le volvió a preguntar. Juan le dijo que lo amaba mucho y que su alma siempre lo había estado buscando. Cuando el Salvador le preguntó qué haría si tuviera que dejar a su padre, madre, hermanos y hermanas, así como la vida, la esposa y el amor, Juan respondió que el amor de Cristo ocuparía el lugar de su padre, madre, hermanos, hermana y esposa. Cuando Jesús habla de su muerte, Juan no quiere en absoluto que eso ocurra, y le pide permiso para amar a su Señor. Jesús le da ese permiso. El hermano de Santiago se alegra.

Después hablan de Andrés y Pedro, y Jesús va a la sinagoga. Por el camino, consuela al niño Santiago, que está a punto de llorar porque ha corrido demasiado deprisa. Hablan brevemente de los niños del Éxodo y del Limbo, y al niño le promete que irá directamente al Cielo cuando muera si se porta bien. Esto da a Juan la oportunidad de preguntar al Maestro por su paternidad. Le confirma que no tiene sobrinos, hermanos ni hermanas, sólo primos y su Madre. Por último, Jesús va a predicar a la sinagoga.

Lee un fragmento del Libro de Jeremías y se dirige al pueblo de Israel, que llora a causa de la ocupación extranjera. Algunos dicen que todavía tienen el Templo, pero el Señor les recuerda que la oración sólo es santa si tenemos amor al prójimo. Los ricos que hacen grandes ofrendas pero son duros de corazón no son aceptados por Dios. Por eso, Cristo les pide que sean de buena voluntad, sinceros y buenos. Nos recuerda que la Ley es sencilla, si damos a los Mandamientos la luz del amor. Tras aludir a la Eucaristía, anima a las almas a amar.

Cuando terminó, volvió a Pedro y Andrés. Jesús describe el carácter de Pedro: es un hombre que debería abstenerse de juzgar sin informarse antes, pero reconoce sinceramente sus faltas. El Maestro pregunta también a Andrés por qué no vino antes, y Pedro confiesa que fue él quien le retuvo. El pescador también admite sus debilidades y Jesús le da unos primeros consejos. De momento, no le pide que se arranque el corazón y se separe de sus santísimos afectos, sino que practique la justicia, ame la misericordia y se aplique totalmente a seguir a su Dios. Esto complace a Pedro. Andrés no dice nada, pero el Señor le promete que se convertirá en león. Los galileos le abandonan, pero Juan quiere seguirle a Jerusalén. Simón de Jonás le anima a ir a ver a Cristo, y Jesús acepta que Juan le acompañe.

Por último, Jesús da un dictado sobre la humildad de Juan. Fue Juan quien llevó a Pedro ante el Salvador, pero como el hijo del trueno conocía la timidez de Andrés, y como Juan era justo, Andrés pasó a un segundo plano en su Evangelio y dio la impresión de que Andrés era el primer apóstol del Señor.

En comparación, cuántas personas se proclaman grandes apóstoles cuando su éxito procede de una combinación de cosas, no sólo de la santidad, sino también de la audacia humana, de la suerte, del hecho de que algunas personas son menos audaces que nosotros, pero quizá más santas que nosotros.

Cristo nos anima a no vanagloriarnos cuando actuamos bien: debemos tener siempre una mirada clara y "dar a quien corresponda la alabanza que le es debida". Debemos reconocer a los apóstoles a través de los cuales podemos realizar eficazmente nuestro trabajo. Debemos poder decir: "Yo soy el instrumento activo, pero éste tiene más amor que yo, reza mejor que yo, y gracias a él tengo fuerzas para actuar".

Juan es el preferido; es el puro, el amoroso, el obediente, y es muy humilde. Jesús se reflejó en él, y su Madre tuvo la impresión de tener un segundo hijo.

ECR 49.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.3 Continúan su camino.

«Has dicho que me buscabas...».

«Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte... y porque... ¡oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas... y ya no podía seguir sin ti».

«Entonces, ¿has sido un buen anunciador del Verbo?».

«También Santiago, Maestro, ha hablado de ti de manera... convincente».

«De forma que incluso quien desconfiaba — y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva — se ha persuadido. Vamos a confirmarle del todo».

«Tenía un poco de miedo...».

«¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar. Con los honestos seré todo misericordia».

«¿Y con los pecadores?».

«También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas. Y hacen esas cosas, y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo».

«Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro».

«Así me gusta, y así quiero que seáis todos».

«Simón quiere decirte muchas cosas».

«Le escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva».

ECR 49.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.7 Jesús sale a la placita. En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

«La paz esté con vosotros» dice Jesús; y añade: «Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación. Simón, ¿has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿por qué no has venido antes?».

Los dos hermanos se miran turbados. Andrés susurra: «No me atrevía...».

Pedro, rojo, no habla. Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano: «¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer», interviene con franqueza: «He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo... yo he dicho... Sí, he dicho: “No creo”, y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!...».

Jesús sonríe y dice: «Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo».

«Pero yo... yo no soy bueno... no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y, si alguno me ofende... ¡bueno!... Soy codicioso y me gusta tener dinero... y al vender el pescado... bueno... no siempre... no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante. Y tengo poco tiempo para seguirte y recibir así la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices... pero...».

«No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas. Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide. Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío, de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa. Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios. Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré».

«¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así... es así... mira, ¡yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!... Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿no? ¿Resides en esta casa?... Conozco al dueño».

«Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén, y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente».

«Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza».

«En el corazón sobre todo, Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿no hablas?».

«Escucho, Maestro».

«Mi hermano es tímido».

«Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id».

«La paz sea contigo». Se van.

Anotación

Juan 1:39-42:

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo. Andrés llevó a su hermano a Jesús. Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas", que significa Pedro.

ECR 49.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.8 Nada más salir, Pedro observa: «¿Qué habrá querido decir antes, con eso de que pescaré con otras redes, y otro tipo de peces?».

«¿Por qué no se lo has preguntado? Querías decir muchas cosas, y luego casi ni hablas».

«Me daba... vergüenza. ¡Es tan distinto de los demás rabinos!».

«Ahora va a Jerusalén...». Esto lo expresa Juan con anhelo y nostalgia grandes. «Yo quería pedirle que me dejara ir con Él... pero no me he atrevido...».

«Vete a decírselo, muchacho» responde Pedro. «Nos hemos despedido de Él así, sin más... sin ni siquiera una palabra de afecto... Al menos, que sepa que le admiramos. Ve, ve. Yo me encargo de comunicárselo a tu padre».

«¿Voy, Santiago?».

«Ve».

Juan se echa a correr... y, también corriendo, vuelve lleno de júbilo. «Le he dicho: “¿Quieres que vaya contigo a Jerusalén?”. Me ha respondido: “Ven, amigo”. ¡Ha dicho “amigo”! Mañana a esta hora vendré aquí. ¡Ah! ¡A Jerusalén con Él!...».

...La visión termina.

Detalle

En EMV 48.6, Jesús dice a Juan y Santiago: "Él [Pedro] está echando la red y se impacienta por tener que hacerlo solo porque no salisteis en la barca gemela una tarde en que la pesca era tan buena..... No sabe que dentro de poco sólo pescará con redes completamente distintas para capturar presas completamente distintas".

ECR 49.9-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.9 Respecto a esta visión, me dice esta mañana (14 de octubre) Jesús:

«Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido. Le admiráis porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a mí, modestamente, calla este detalle.

El apóstol de Pedro y, por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan; primero en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿veis lo que dice?: “Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a Jesús. El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: ‘Hemos encontrado al Mesías’, y le condujo adonde estaba Jesús”.

Justo, además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido, sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas, y desea para él, en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad. Quiere que aparezca Andrés como el primer apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su hermano le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.

49.10 ¿Quiénes, entre los que hacen algo por mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles, pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas, que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna, y la circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?

Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro. Alabad a Dios, señor de los apostólicos obreros, y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde. Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto, y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos que, tímidos, parece que no hacen nada, y son, sin embargo, los que le roban al Cielo el fuego de que están investidos los audaces. Corazón sincero en cuanto a decir: “Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: ‘... dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto’. Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir: ‘Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza’ ”.

Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles, descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota.

Aprended todos.

49.11 ¿Es mi predilecto? Sí. Pero, ¿no tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes. Le amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndole como un pequeño Cristo. Y mi Madre me decía: “Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre”.

¡Oh..., la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente, y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre. Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud: hijos y hermanos del Padre y del Hijo».

Anotación

Juan 1:39-42:

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo. Andrés llevó a su hermano a Jesús. Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas", que significa Pedro.

ECR 50.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

50.1 A las nueve y media de la mañana debo describir esto.

Juan llama a la puerta de la casa donde hospedan a Jesús. Se asoma una mujer y, viendo quién es, avisa a Jesús.

Se saludan con un gesto de paz. Y luego: «Has venido solícito, Juan» dice Jesús.

«He venido a comunicarte que Simón Pedro te ruega que pases por Betsaida. He hablado de ti a muchos... No hemos pescado esta noche; orado sí, como sabemos hacerlo, renunciando con ello al lucro porque... el sábado todavía no había terminado. Luego, esta mañana, hemos ido por las calles hablando de ti. Hay gente que quisiera oírte... ¿Vienes, Maestro?».

«Voy. Aunque debiera ir a Nazaret antes que a Jerusalén».

«Pedro te llevará desde Betsaida a Tiberíades, con su barca. Llegarás incluso antes».

«Vamos, entonces».

Jesús coge manto y bolsa. Pero Juan le toma esta última. Y, después de saludar a la dueña de casa, se marchan.

50.2 La visión me muestra la salida del pueblo y el comienzo del viaje hacia Betsaida. Pero no oigo la conversación, e incluso la visión se interrumpe hasta la entrada de Betsaida. Comprendo que se trata de esta ciudad porque veo a Pedro, Andrés y Santiago, y con ellos algunas mujeres, esperando a Jesús donde empiezan las casas.

«La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis».

«Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿no les vas a hablar a los que esperan tus palabras?».

«Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa».

Pedro se muestra jubiloso: «Ven, entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros: parientes y amigos nuestros».

«Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré».

No he dicho que, habiendo salido de Cafarnaúm cuando se estaba poniendo el Sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.

ECR 50.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

50.2 La visión me muestra la salida del pueblo y el comienzo del viaje hacia Betsaida. Pero no oigo la conversación, e incluso la visión se interrumpe hasta la entrada de Betsaida. Comprendo que se trata de esta ciudad porque veo a Pedro, Andrés y Santiago, y con ellos algunas mujeres, esperando a Jesús donde empiezan las casas.

«La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis».

«Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿no les vas a hablar a los que esperan tus palabras?».

«Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa».

Pedro se muestra jubiloso: «Ven, entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros: parientes y amigos nuestros».

«Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré».

No he dicho que, habiendo salido de Cafarnaúm cuando se estaba poniendo el Sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.

«Maestro... te ruego que te quedes una noche en mi casa. Es largo el camino hacia Jerusalén, aunque te lo abrevie hasta Tiberíades con mi barca. Mi casa es pobre, pero honesta y amiga. Quédate con nosotros esta noche».

Jesús mira a Pedro y a todos los demás que esperan. Los mira escrutador. Sonríe y dice: «Sí».

Nueva alegría de Pedro.

Algunos miran desde las puertas y se hacen señas. Un hombre llama por el nombre a Santiago y le habla en voz baja señalando a Jesús. Santiago asiente y el hombre va a hablar aparte con otros que están parados en un cruce de caminos.

Entran en la casa de Pedro. Una cocina amplia y humosa. En un rincón, redes, sogas y cestas para pesca; en medio, el hogar ancho y bajo, por ahora apagado. Por las dos puertas, una frente a otra, se ve el camino y el huerto, pequeño, con la higuera y la vid; más allá del camino, el celeste ondear del lago; más allá del huerto, la pared oscura de otra casa.

«Te ofrezco cuanto tengo, Maestro, y de la forma que sé hacer­lo...».

«No podrías ni mejor ni más, porque me lo ofreces con amor».

Le dan a Jesús agua para refrescarse y luego pan y aceitunas. Jesús come un poco (en realidad para que vean que lo acepta) y luego, con un gesto de agradecimiento, indica que no quiere más.

Unos niños curiosean desde el huerto y el camino. No sé si son o no hijos de Pedro. Sólo sé que él mira severamente a estos niños impetuosos, para que no se acerquen. Jesús sonríe y dice: «Déjalos».

«Maestro, ¿quieres descansar? Ahí está mi habitación, allí la de Andrés. Elige. No haremos ruido mientras estés reposando».

«¿Tienes una terraza?».

«Sí; y la vid, aunque esté todavía casi sin hojas, da un poco de sombra».

«Llévame a la terraza. Prefiero descansar arriba. Pensaré y oraré».

«Como quieras. Ven».

Desde el huertecillo, una pequeña escalera sube hasta el tejado, que es una terraza rodeada por una pared baja. También aquí hay redes y sogas. ¡Cuánta luz de cielo y cuánto azul de lago!

Jesús se sienta en un taburete con la espalda apoyada en el murete. Pedro trata de ingeniárselas extendiendo una vela por encima y al lado de la vid para hacer un sitio donde poder uno resguardarse del sol. Se siente brisa y silencio. Jesús se deleita en ello.

«Yo me voy, Maestro».

«Vete. Tú y Juan id a decir que a la hora de la puesta del Sol hablaré aquí».

Jesús se queda solo y ora durante mucho tiempo. Aparte de dos parejas de palomas que van y vienen desde los nidos, y un trinar de gorriones, no hay ruido o ser vivo alrededor de Jesús orante. Las horas pasan calmas y serenas.