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Notas de la palabra clave

Judas de Alfeo (apóstol)

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ECR 38

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

María ve la casa de Nazaret. Jesús, Santiago y Judas juegan juntos en el jardín: todavía son niños. María no está lejos. Deciden representar un pasaje de la Biblia. Proponen representar la escena del becerro de oro del Éxodo, pero uno de los primos no quiere hacer de Miriam, que se ha postrado ante el ídolo. Así que Jesús sugirió que representaran la parte en la que Josué era elegido sucesor de Moisés. La idea gustó a todos. Después de preguntar a María por un punto del Éxodo, se pusieron a jugar y Jesús interpretó a Moisés a la perfección. Sus primos estaban asombrados de que recitara tan bien los textos.

María de Alfeo llegó con Alfeo. Vuelven de Caná y traen tres corderos. Uno es para Jesús, y es todo blanco; los otros son más bien negros. Fue idea de José ofrecérselos a su Hijo, y Alfeo quiso hacer lo mismo con sus hijos.

Alfeo sugirió que Jesús pronto tendría que ir a la escuela, pero María se negó categóricamente: era ella quien enseñaría a su Niño. José apoyó su decisión y Alfeo pensó que su hermano se apresuraba demasiado a plegarse a la decisión de su esposa. José replicó sabiamente, y María de Alfeo pidió entonces que la Virgen enseñara también a sus hijos. Ella dijo que no le importaba y convenció a Alfée para que les dejara ir a su casa durante unas horas. Los niños prometieron quererla y prestar atención a sus lecciones.

ECR 38.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

38.3 Bajo los árboles, Jesús está jugando con otros dos niños de más o menos su misma edad. Son de pelo rizado, no rubios. Es más, uno de ellos es intensamente moreno: una cabecita de corderito negro que hace resaltar aún más la blancura de la piel de su carita redonda en que se abren dos ojazos de un azul tendente al violáceo; bellísimos. El otro es menos rizado y de un color castaño oscuro, tiene ojos castaños y coloración más morena, aunque con una tonalidad rosácea en los carillos. Jesús, con su cabecita rubia, entre los otros dos, oscuros, parece ya aureolado de fulgor. Están jugando en concordia con unos pequeños carritos en los que hay... distintas mercancías: hojas, piedrecitas, virutas, pedacitos de madera. Eran mercaderes, sin duda, y Jesús era el que compraba para su Mamá, a la que le lleva ora una cosa, ora otra; María, sonriendo, acepta los objetos comprados.

Pero después de un poco el juego cambia. Uno de los dos niños propone: «¿Por qué no hacemos el Éxodo a través de Egipto? Jesús es Moisés; yo, Aarón; tú... María».

«¡Pero si yo soy chico!».

«¡No importa! ¿Qué más da? Tú eres María y bailas ante el becerro de oro, que será aquella colmena».

«Yo no bailo. Soy un hombre y no quiero ser una mujer; soy un fiel, y no quiero bailar ante el ídolo».

Jesús interviene diciendo: «Pues no hacemos este pasaje. Podemos hacer ese otro de cuando le eligen a Josué sucesor de Moisés. Así no está ese feo pecado de idolatría y Judas estará contento de ser hombre y sucesor mío. ¿Verdad que estás contento?».

«Sí, Jesús. Pero entonces Tú tienes que morir, porque Moisés muere después. No quiero que Tú mueras; Tú, que siempre me quieres tanto».

«Todos morimos... Pero Yo antes de morir bendeciré a Israel, y, dado que aquí sólo estáis vosotros, en vosotros bendeciré a todo Is­rael».

Es aceptada la propuesta. Pero luego surge una cuestión: si el pueblo de Israel, después de tanto caminar, llevaba o no los carros que tenía al salir de Egipto. Hay disparidad de ideas.

Se recurre a María. «Mamá, Yo digo que los israelitas tenían todavía los carros. Santiago dice que no. Judas no sabe a quién de los dos dar la razón. ¿Tú sabes si los tenían?».

«Sí, Hijo. El pueblo nómada tenía todavía sus carros. En los descansos los reparaban. Montaban en ellos los más débiles. Se cargaba en ellos aquellos víveres o cosas que un pueblo tan numeroso necesitaba. Todas las demás cosas iban en los carros, menos el Arca, que la llevaban a mano». La cuestión está resuelta.

38.4 Los niños van al final del huerto y, desde allí, entonando salmos, vienen hacia la casa. Jesús viene delante cantando salmos con su vocecita de plata. Detrás de Él vienen Judas y Santiago portando un pequeño carrito elevado al rango de Tabernáculo. Pero, dado que además de a Aarón y a Josué tienen que representar también al pueblo, se han quitado los cinturones y se han atado al pie los otros carros en miniatura, y así caminan, serios como si fueran verdaderos actores.

Hacen el recorrido de la pérgola, pasan por delante de la puerta de la habitación donde está María, y Jesús dice: «Mamá, pasa el Arca, salúdala». María se levanta sonriendo y se inclina ante su Hijo, que, radiante, pasa, aureolado de sol.

Acto seguido Jesús trepa un poco por el lado del monte que limita la casa, o mejor, el huerto. Arriba de la gruta, erguido, dirige unas palabras a... Israel. Manifiesta los preceptos y las promesas de Dios, señala a Josué como caudillo, le llama a sí — Judas también sube arriba de la peña —, le anima y le bendice. Luego pide una... tabla (es la hoja ancha de una higuera) y escribe el cántico, y lo lee; no todo, pero sí una buena parte de él, y al hacerlo da la impresión de que realmente lo estuviera leyendo en la hoja. A continuación se despide de Josué, el cual le abraza llorando, y sube más arriba, justo hasta el borde de la peña. Allí bendice a todo Israel, es decir, a los dos niños que están prosternados en tierra, y luego se acuesta sobre la corta hierbecilla, cierra los ojos y... muere.

38.5 María se había quedado, sonriente, a la puerta, y, cuando le ve echado en el suelo, rígido, grita: «¡Jesús! ¡Jesús! ¡Levántate! ¡No estés así! ¡Mamá no quiere verte muerto!».

Jesús se levanta del suelo, sonríe, y va hacia Ella corriendo, y la besa. Se acercan lo mismo Santiago y Judas, y María los acaricia también.

«¿Cómo puede acordarse Jesús de ese cántico tan largo y difícil y de todas esas bendiciones?» pregunta Santiago.

María sonríe y responde sencillamente: «Tiene una memoria muy buena y está muy atento cuando yo leo».

«Yo, en la escuela, estoy atento, pero con tanta lamentación me viene el sueño... Entonces, ¿no voy a aprender nunca?».

«Aprenderás. Tranquilo».

Detalle

Judas, Santiago y Jesús están jugando en el jardín de Nazaret cuando eran niños. María está presente.

Anotación

Libro de los Números, 27, 12-23: El Señor dijo a Moisés: "Sube al monte Abarim y contempla la tierra que he dado a los hijos de Israel. Entonces te reunirás con tu pueblo, como tu hermano Aarón. En efecto, te rebelaste contra mi palabra en el desierto de Cine, cuando la comunidad trató de reñir conmigo, a pesar de que el agua que brotaba debía haberles mostrado mi santidad. Sucedió en las aguas de Meribá de Cades, las aguas de la disputa de Cades, en el desierto de Cine. Entonces Moisés habló al Señor. Dijo: "Que el Señor, Dios de los espíritus que animan a todo ser de carne, nombre a un hombre para dirigir la comunidad, que salga y vuelva para dirigirlos, que los saque y los traiga. De este modo, la comunidad del Señor no será como ovejas sin pastor. El Señor dijo a Moisés: "Toma a Josué, hijo de Nun, hombre de espíritu. Pon tu mano sobre él y preséntalo ante el sacerdote Eleazar y toda la comunidad, y dale tus órdenes ante sus ojos. Pondrás en él una parte de tu resplandor para que toda la comunidad de los hijos de Israel lo escuche. Se presentará ante el sacerdote Eleazar, quien lo someterá al juicio del Urim ante el Señor. A su palabra, saldrán todos los hijos de Israel; a su palabra, volverán, él y todos los hijos de Israel con él, toda la comunidad.

Libro del Deuteronomio 34: Moisés subió de las estepas de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisga, que está frente a Jericó. El Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dane, todo Neftalí, la tierra de Efraín y Manasés, toda la tierra de Judá hasta el Mediterráneo, el Neguev, la región del Jordán, el valle de Jericó, la ciudad de las palmeras, hasta Soar. El Señor le dijo: "Esta tierra que ves, juré a Abraham, Isaac y Jacob dársela a sus descendientes. Te la muestro, pero no entrarás en ella. Moisés, el siervo del Señor, murió allí, en la tierra de Moab, según la palabra del Señor. Fue enterrado en el valle frente a Bet-peor, en la tierra de Moab. Pero aún hoy nadie sabe dónde está su tumba. Moisés tenía ciento veinte años cuando murió; su vista no había fallado, su vitalidad no había disminuido. Los hijos de Israel lloraron a Moisés en las estepas de Moab durante treinta días. Luego, los días de luto de Moisés llegaron a su fin. Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de la sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él. Los hijos de Israel le obedecieron e hicieron lo que el Señor había ordenado a Moisés. No se levantó en Israel ningún profeta como Moisés, con quien el Señor se encontró cara a cara. ¡Qué signos y prodigios le había enviado el Señor a realizar en Egipto, ante el faraón, todos sus siervos y toda su tierra! ¡Con qué mano poderosa, con qué poder formidable había actuado Moisés a los ojos de todo Israel!

ECR 38.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

38.6 Llaman a la puerta. José atraviesa con paso rápido huerto y habitación, y abre.

«¡La paz sea con vosotros, Alfeo y María!».

«Y con vosotros. Paz y bendición».

Es el hermano de José con su mujer. Un rústico carro tirado por un robusto burro está parado en la calle.

«¿Habéis tenido buen viaje?».

«Sí, bueno. ¿Y los niños?».

«Están en el huerto con María».

Ya los niños venían corriendo a saludar a su mamá. También María está viniendo, trayendo a Jesús de la mano. Las dos cuñadas se besan.

«¿Se han portado bien?».

«Sí, muy bien, y han sido muy cariñosos. ¿La familia está toda bien?».

«Todos están bien. Nos han dado recuerdos para vosotros. De Caná os mandan muchos regalos: uvas, manzanas, queso, huevos, miel. Y... José, he encontrado exactamente lo que tú querías para Jesús. Está en el carro, en aquella cesta redonda». La mujer de Alfeo, sonriendo, se curva hacia Jesús, que la está mirando con unos ojos maravillados, abiertísimos; y le besa en esos dos pedacitos de azul y dice: «¿Sabes lo que he traído para ti? Adivina».

Jesús piensa, pero no adivina. Probablemente lo hace a propósito, para que José tenga la alegría de dar una sorpresa. En efecto, José entra trayendo consigo una cesta redonda. La deposita en el suelo a los pies de Jesús, desata la cuerda que está sujetando la tapadera, la levanta... y una ovejita toda blanca, un verdadero copo de espuma, aparece, dormida sobre un heno muy limpio.

«¡Oh!» exclama Jesús con estupor y beatitud, mientras hace ademán de echarse hacia el animalito, pero... no, se vuelve y corre adonde José, que aún está agachado, y le abraza y le besa dándole las gracias.

Los primitos miran con admiración al animalito, que ahora está despierto y alza su rosado morrito y bala buscando a su mamá. Sacan de la cesta a la ovejita y le ofrecen un manojo de tréboles. Ella come, mirando a su alrededor con sus mansos ojos.

Jesús repite una y otra vez: «¡Para mí! ¡Para mí! ¡Padre, gra­cias!».

«¿Te gusta mucho?».

«¡Oh, mucho! Blanca, limpia... una cordera... ¡oh!» y le echa sus brazitos al cuello a la ovejita, pone su cabeza rubia sobre la cabecita, y se queda así, satisfecho.

«También os he traído a vosotros otras dos» dice Alfeo a sus hijos. «Pero son de color oscuro. Vosotros no sois ordenados como lo es Jesús y, si hubieran sido blancas, las tendríais mal. Serán vuestro rebaño, las tendréis juntas, y así vosotros dos, golfos, no estaréis ya más por ahí por las calles tirando piedras».

Los dos niños van corriendo al carro para ver a estas otras dos ovejas, más negras que blancas.

Jesús por su parte se ha quedado con la suya. La lleva al huerto, la da de beber, y el animalito le sigue como si le conociera desde siempre. Jesús la llama. Le pone por nombre «Nieve». Ella responde balando jubilosa.

Los llegados ya están sentados a la mesa. María les sirve pan, aceitunas y queso. Trae también una ánfora de sidra o de agua de manzanas, no lo sé; veo que es de un color dorado muy claro.

Los niños juegan con los tres animales y ellos se ponen a conversar. Jesús quiere que estén las tres ovejas, para darles a las otras también agua y un nombre: «La tuya, Judas, se llamará “Estrella”, por el signo ese que tiene en la frente; y la tuya “Llama”, porque tiene un color como el de ciertas llamas de brezo lánguido».

«De acuerdo».

Los mayores dicen — es Alfeo el que habla —: «Espero haber resuelto así la historia de las peleas entre muchados. Tu idea, José, ha sido la que me ha iluminado. Dije: “Mi hermano quiere una cordera para Jesús, para que juegue un poco. Yo me llevo dos para esos golfos, para que estén un poco tranquilos y no tener siempre problemas con otros padres por cabezas o rodillas rotas. Un poco la escuela y un poco las ovejas, lograré tenerlos quietos”.

ECR 38.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Por cierto, este año tendrás que mandar tú también a Jesús a la escuela. Ya es tiempo».

«Yo no voy a mandarle jamás a Jesús a la escuela» dice María con tono resoluto. Resulta insólito oírla hablar así, y además antes que José (!).

«¿Por qué? El Niño tiene que aprender, para que a su debido tiempo sea capaz de afrontar el examen de la mayoría de edad...».

«El Niño sabrá; pero no irá a la escuela. Está decidido».

«Pues serías la única que actuara así en Israel».

«Pues seré la única, pero actuaré así. ¿No es verdad, José?».

«Así es; Jesús no tiene necesidad de ir a la escuela. María se ha formado en el Templo y es una verdadera doctora en el conocimiento de la Ley. Será su Maestra. Es también mi deseo».

«Le estáis mimando demasiado al Muchacho».

«Eso no puedes decirlo. Es el mejor de Nazaret. ¿Le has visto alguna vez llorar o cogerse alguna pataleta o negarse a obedecer o faltar al respeto?».

«No. Pero un día será así si le seguís mimando».

«Tener al lado a los hijos no es mimarlos; es quererlos, con mente cabal y buen corazón. Nosotros amamos así a nuestro Jesús, y, dado que María es una mujer más instruida que el maestro, será Ella la Maestra de Jesús».

«Y cuando sea hombre, tu Jesús será una mujercita temerosa hasta de las moscas».

«No lo será. María es una mujer fuerte y sabe educarle virilmente; y yo no soy ningún mezquino, y sé dar ejemplos viriles. Jesús es un niño sin defectos físicos ni morales. Por tanto se desarrollará recto y fuerte en el cuerpo y en el espíritu. Estáte seguro de esto, Alfeo. No dejará fea a la familia. Y, además, ya lo he decidido y es suficiente».

«Lo habrá decidido María. Tú sólo...».

«¿Y si así fuera? ¿No es acaso bonito que dos personas que se aman estén en la disposición de tener el mismo pensamiento y la misma voluntad, porque mutuamente abrazan el deseo del otro y lo hacen propio? Si María desease estupideces, yo le diría que no, pero lo que pide son cosas llenas de sabiduría, y yo las apruebo y hago mía­s. Nosotros nos amamos como el primer día... y lo seguiremos haciendo mientras vivamos, ¿verdad, María?».

«Sí, José. Y aun en el caso — y ojalá no suceda jamás — de que uno de los dos muriese y el otro no, nos seguiríamos amando».

José le acaricia a María la cabeza, como si fuera una hija pequeña, y Ella a su vez le mira con ojos serenos y amorosos.

38.8 La cuñada interviene diciendo: «Tenéis realmente razón. ¡Si yo fuera capaz de enseñar!... En la escuela nuestros hijos aprenden el bien y el mal; en casa, sólo el bien. Pero yo no sé hacerlo... Si María...».

«¿Qué quieres, cuñada? Habla libremente. Tú sabes que te quiero y que me siento contenta cada vez que puedo satisfacerte en algo».

«No, yo lo que pensaba... era... Santiago y Judas son sólo un poco mayores que Jesús. Ya van a la escuela... ¡pero, para lo que saben!... Por el contrario, Jesús ya sabe muy bien la Ley... Yo quisiera... bueno, ¿si te pidiera que los tuvieras también a ellos cuando enseñas a Jesús? Creo que ganarían en bondad y en conocimientos. Al fin y al cabo son primos y sería justo que se quisieran como hermanos... ¡Qué feliz me sentiría!».

«Si José y tu marido quieren, yo por mí estoy dispuesta. Hablar para uno o para tres es igual. Repasar la Escritura es motivo de gozo. Que vengan».

Los tres niños, que habían entrado despacito, han oído estas palabras y están a la espera del veredicto.

«Te harán desesperar, María» dice Alfeo.

«¡No! Conmigo siempre se portan bien. ¿Verdad que os vais a portar bien si yo os enseño?».

Los dos niños acuden a su lado corriendo, uno a la derecha, el otro a la izquierda. Le ponen los brazos en torno a los hombros apoyan­do en ellos sus cabecitas, y hacen promesas de todo el bien posible.

«Déjales que prueben, Alfeo, y déjame probar también a mí. Yo creo que no quedarás descontento de la prueba. Que vengan todos los días desde la hora sexta hasta la tarde. Será suficiente, créelo. Conozco el arte de enseñar sin cansar. A los niños hay que tenerlos cautivados y distraídos al mismo tiempo. Hay que comprenderlos, amarlos y ser amados para conseguir de ellos. Y vosotros me queréis, ¿no?».

La respuesta es dos fuertes besos.

«¿Lo ves?».

«Ya lo veo. Sólo me queda decirte: “Gracias”. Y Jesús ¿qué va a decir cuando vea a su mamá entretenida en otros? ¿Tú qué dices, Jesús?».

«Yo digo: “Bienaventurados los que le prestan atención y levantan su morada junto a la de Ella”. Como con la Sabiduría, dichoso aquel que es amigo de mi Madre. Me gozo viendo que aquéllos a quienes amo son sus amigos».

«¿Quién pone tales palabras en labios de este Niño?» pregunta Alfeo asombrado.

«Nadie, hermano, nadie de este mundo».

La visión cesa en este momento.

ECR 38.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

38.9 Dice Jesús:

«Y María fue Maestra mía, de Santiago y de Judas. Y éste es el motivo por el cual hubo entre nosotros amor fraternal, además de por el parentesco; por la ciencia y por haber crecido juntos, como tres sarmientos con un único palo como soporte: la Madre mía. Que en verdad mi dulce Madre era doctora como nadie en Israel. Sede de la Sabiduría, de la verdadera Sabiduría, Ella nos instruyó para el mundo y para el Cielo. Digo que “nos instruyó”, porque yo fui alumno suyo no en modo distinto de mis primos. Y el “sello” colocado sobre el misterio de Dios fue mantenido contra las pesquisas de Satanás, mantenido bajo la apariencia de una vida común.

¿Te has deleitado con esta delicada escena? Queda ahora en paz. Jesús está contigo».

ECR 39.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ahora, estando con su Madre, en su casa, y con San José frente a Él, sonriéndole con amor, y con esos primitos suyos que le admiran, y con su tía, María de Alfeo, que le está acariciando, se siente feliz. Mi Jesús tiene necesidad de amor para sentirse feliz, y en este momento lo tiene.

Está vestido con una túnica suelta, de lana, de color rojo rubí claro, suave, perfectamente tejida, fina y compacta al mismo tiempo. En el cuello, por la parte de delante, en la base de las mangas largas y amplias, y en la base de la túnica, que llega hasta abajo dejando apenas ver los pies calzados con sandalias nuevas y bien hechas — no las usuales suelas sujetas al pie con unas correas —, tiene una greca, no bordada, sino tejida en un color más oscuro sobre el color rubí de la túnica. Deduzco que debe ser obra de su Madre, porque la cuñada la admira y alaba.

Detalle

La Sagrada Familia se prepara para salir de Jerusalén con motivo de la fiesta de la Mayoría de Jesús.

ECR 51

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús está en casa de Pedro con Simón de Jonás, Santiago, Juan y Porfirio. Llega Andrés, indicando que Judas está allí por él, y su primo entra en la casa. María invitó a su Hijo a las bodas de Caná, y sus parientes también querían que fuera. Jesús accede a la petición de su Madre y entonces adivina que a Jude le pasa algo. Le interrogó y Judas dijo a medias que Jesús tenía que tener cuidado, a causa de las castas poderosas a las que podría molestar su enseñanza. Menciona al Bautista, pero también intuimos que lo hace de boquilla. Además, Jesús supone que fueron sus parientes quienes le dijeron que dijera eso, lo que confirma Judas. Pero Jesús afirma que por encima de la tierra está el Cielo y los intereses de Dios. En cuanto a su Madre, sólo ella podría recordarle sus deberes de Hijo, pero no lo hace. Ella renunció desde el principio a su condición de criatura, y Jesús recuerda su vida en el Templo, alabando su desprendimiento y su entrega a Dios. El Señor predice también que llegará un día en que todos le abandonarán, pero no ella, y es gracias a María que los apóstoles volverán a Jesús. Quiere que comprendamos lo poderosa que es María en el corazón de Dios.

A continuación, Judas le pide que la acompañe a las bodas de Caná. Le entrega un vestido diseñado por el Todo Santo, que Jesús se pondrá en Jerusalén, en el Templo.

ECR 51.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Judas Tadeo es un hombre apuesto, en la plenitud de la hermosura viril. Es alto — si bien no tanto como Jesús —, de robustez bien proporcionada, moreno, como lo era San José de joven, de color aceitunado, no térreo; sus ojos tienen algo en común con los de Jesús, porque son de tono azul pero con tendencia al violáceo. Tiene barba cuadrada y morena, cabellos ondulados, menos rizados que los de Jesús, morenos como la barba.

Detalle

Descripción física de Jude

ECR 51.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vengo de Cafarnaúm. He ido allí en barca, y he venido también en barca para llegar antes. Me envía tu Madre. Dice: “Susana se casa mañana. Te ruego, Hijo, que estés presente en esta boda”. María participa en la ceremonia y con Ella mi madre y los hermanos. Todos los parientes están invitados. Sólo Tú estarías ausente. Los parientes te piden que complazcas en esto a los novios».

51.2 Jesús se inclina ligeramente abriendo un poco los brazos y dice: «Un deseo de mi Madre es ley para mí. Pero iré también por Susana y por los parientes. Sólo... lo siento por vosotros...». y mira a Pedro y a los otros. «Son mis amigos» explica a su primo. Y los nombra comenzando por Pedro. Por último dice: «Y éste es Juan», y lo dice de una forma muy especial, que mueve a Judas Tadeo a mirar más atentamente, y que hace ruborizarse al predilecto. Jesús termina la presentación diciendo: «Amigos, éste es Judas, hijo de Alfeo, mi primo hermano, según dice la usanza, porque es hijo del hermano del esposo de mi Madre; un buen amigo mío en el trabajo y en la vida».

«Mi casa está abierta para ti como para el Maestro. Siéntate». Luego, dirigiéndose a Jesús, Pedro dice: «¿Entonces? ¿Ya no vamos contigo a Jerusalén?».

«Claro que vendréis. Iré después de la fiesta. Únicamente que ya no me detendré en Nazaret».

«Haces bien, Jesús, porque tu Madre será mi huésped durante algunos días. Así hemos quedado, y volverá a mi casa también después de la boda»: esto dice el hombre de Cafarnaúm.

«Entonces lo haremos así. Ahora, con la barca de Judas, Yo iré a Tiberíades y de allí a Caná, y con la misma barca volveré a Cafarnaúm con mi Madre y contigo. El día siguiente después del próximo sábado te acercas, Simón, si todavía quieres, e iremos a Jerusalén para la Pascua».

«¡Sí que querré! Incluso iré el sábado para oírte en la sinagoga».

Detalle

Judas vino a Jesús para invitarle a las bodas de Caná. Le dijo:

ECR 51.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Ya predicas, Jesús?» pregunta Judas.

«Sí, primo».

«¡Y qué palabras! ¡No se oyen en boca de otros!».

Judas suspira. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo sobre la rodilla, mira a Jesús y suspira. Parece como si quisiera hablar y no se atreviera.

Jesús le provoca para que hable: «¿Qué te pasa, Judas? ¿Por qué me miras y suspiras?».

«Nada».

«No. Nada no. ¿Ya no soy el Jesús que tú estimabas? ¿Aquel para quien no tenías secretos?».

«¡Sí que lo eres! Y cómo te echo de menos, a ti, maestro de tu primo más mayor...».

«¿Entonces? Habla».

«Quería decirte... Jesús... sé prudente... tienes una Madre... que aparte de ti no tiene nada... Tú quieres ser un “rabí” distinto de los demás y sabes, mejor que yo, que... las castas poderosas no permiten cosas distintas de las usuales, establecidas por ellos. Conozco tu modo de pensar... es santo... Pero el mundo no es santo... y oprime a los santos... Jesús... ya sabes cuál ha sido la suerte de tu primo Juan... Le han apresado y si todavía no ha muerto es porque ese repugnante Tetrarca tiene miedo del pueblo y del rayo divino. Asqueroso y supersticioso, como cruel y lascivo. ¿Qué será de ti? ¿Qué final te quieres buscar?».

«Judas, ¿me preguntas esto tú, que conoces tanto acerca de mi pensamiento? ¿Hablas por propia iniciativa? No. ¡No mientas! Te han mandado — no mi Madre, por supuesto — a decirme esto...».

Judas baja la cabeza y calla.

«Habla, primo».

«Mi padre... y con él José y Simón... sabes... por tu bien... por afecto hacia ti y María... no ven con buenos ojos lo que te propones hacer... y... y querrían que Tú pensaras en tu Madre...».

51.4

«¿Y tú qué piensas?».

«Yo... yo».

«Tú te debates entre las voces de arriba y de la Tierra. No digo de abajo, digo de la Tierra. También vacila Santiago, aún más que tú. Pero Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos».

«Pero... ¿y tu Madre?».

«Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra, o sea, mi deber de trabajar para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre. Y Ella no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud que la del pequeño círculo de la familia. Y desde entonces se ha preparado para esto. No es nueva en su sangre esta absoluta voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz. Y Ella — me lo ha dicho las innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno, o en las claras de verano llenas de estrellas — y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo. Y más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la misión que me viene de Dios. Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos, y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca. Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella. Con la fuerza de su amorosa, segura fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios. Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú, y contigo los otros, no sabéis quién es mi Madre. Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios, la Poderosa que todo lo puede en orden al corazón del Eterno Padre, que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón. Ciertamente iré a Caná. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta hora».

Se le ve a Jesús majestuoso y persuasivo.

Judas le mira atentamente. Piensa. Dice: «Yo también, sin duda, iré contigo, con estos, si me aceptas... porque siento que dices cosas justas. Perdona mi ceguera y la de mis hermanos. ¡Eres mucho más santo que nosotros!...».

«No guardo rencor a quien no me conoce. Ni siquiera a quien me odia. Pero me duele por el mal que a sí mismo se hace.»

Detalle

Santiago de Alfeo se menciona muy brevemente en 51.4. En este extracto, Judas expresa las aprensiones de su familia sobre el comportamiento de Jesús en nombre de todos los parientes de Jesús.