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Notas de la palabra clave

Humildad de la Virgen María

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Comodidad de lectura

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ECR 7.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

­­«Entonces rezaré y me consagraré virgen para esto».

«Pero, ¿sabes lo que quiere decir eso?».

«Quiere decir no conocer amor de hombre, sino sólo de Dios. Quiere decir no tener ningún pensamiento que no sea para el Señor. Quiere decir ser siempre niña en la carne y ángel en el corazón. Quiere decir no tener ojos sino para mirar a Dios, oídos para oírle, boca para alabarle, manos para ofrecerse como hostias, pies para seguirle velozmente, corazón y vida para dárselos a Él».

«¡Bendita tú! Pero entonces no tendrás nunca niños, ¿sabes?; y a ti te gustan mucho los niños y los corderitos y las tortolitas. Un niño para una mujer es como un corderito blanco y crespo, como una palomita de plumas de seda y boca de coral: se le puede amar, besar; se puede oír que nos llama “mamá”».

«No importa. Seré de Dios. En el Templo rezaré. Y quizás un día vea al Emmanuel. La Virgen que debe ser Madre suya, como dice el gran Profeta, ya debe haber nacido y estar en el Templo... Yo seré compañera suya... y sierva suya. ¡Oh, sí! Si pudiera conocer, por luz de Dios, a esa mujer bienaventurada, querría servirla. Luego Ella me traería a su Hijo, me conduciría hacia su Hijo y así le serviría también a Él. ¡Fíjate, mamá!... ¡¡Servir al Mesías!!...». María se siente sobrepujada por este pensamiento que la sublima y la deja anonadada al mismo tiempo. Con las manitas cruzadas sobre su pecho y la cabecita un poco inclinada hacia adelante, y encendida de emoción, parece una infantil reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo vi[1]. Y sigue diciendo: «¿Pero, el Rey de Israel, el Ungido de Dios, me permitirá servirle?».

«No lo dudes. ¿No dice el rey Salomón: “Sesenta son las reinas y ochenta las otras esposas y sin número las doncellas”? En ello puedes ver que en el palacio del Rey serán sin número las doncellas vírgenes que servirán a su Señor».

«¡Oh! ¿Lo ves como debo ser virgen? Debo serlo. Si Él por madre quiere una virgen, es señal de que estima la virginidad por encima de todas las cosas. Yo quiero que me ame a mí, su sierva, por esa virginidad que me hará un poco similar a su dilecta Madre... Esto es lo que quiero...».

Detalle

María de niña y su madre hablan del Emmanuel que ha de venir, y María toma una decisión firme.

Anotación

Con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, llevada por la emoción, parece una reproducción infantil de la Virgen de la Anunciación que he visto. Maria Valtorta vivió en Florencia después de terminar sus estudios. Fue allí, además, donde fue víctima del ataque que poco a poco la dejó postrada en cama. Esta observación de Maria Valtorta es interesante desde dos puntos de vista: en primer lugar, porque la Virgen María, en una catequesis del 28 de diciembre de 1947, confirmó que este retrato milagroso es el retrato terrenal que más se acerca a la realidad. En segundo lugar, porque Maria Valtorta está enterrada en un claustro de esta basílica. María Valtorta vuelve a referirse a ella en EMV 27.1.

ECR 8.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

María había merecido que la “Sabiduría viniera a su encuentro tomando la iniciativa de manifestarse a Ella”, porque “desde el principio de su día Ella había velado a su puerta y, deseando instruirse, por amor, quiso ser pura para conseguir el amor perfecto y merecer tenerla como maestra”.

En su humildad, no sabía que la poseía antes de nacer y que la unión con la Sabiduría no era sino un continuar los divinos latidos del Paraíso. No podía imaginar esto. Y cuando, en el silencio del corazón, Dios le decía palabras sublimes, Ella, humildemente, pensaba que fueran pensamientos de orgullo, y elevando a Dios un corazón inocente suplicaba: “¡Piedad de tu sierva, Señor!”.

En verdad, la verdadera Sabia, la eterna Virgen, tuvo un solo pensamiento desde el alba de su día: “Dirigir a Dios su corazón desde los albores de la vida y velar para el Señor, orando ante el Altísimo”, pidiendo perdón por la debilidad de su corazón, como su humildad le sugería creer, sin saber que estaba anticipando la solicitud de perdón para los pecadores que haría al pie de la Cruz junto con su Hijo moribundo.

ECR 10.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

10.5 La Ley... Ana, no me llames blasfema. Yo creo que la Ley pronto va a sufrir un cambio. Pensarás: “¿quién puede cambiarla, si es divina?”. Sólo quien la puede mutar: Dios. El tiempo está más próximo de lo que pensáis, yo os lo digo. Leyendo a Daniel, una gran luz que venía del centro del corazón se me ha iluminado, y la mente ha comprendido el sentido de las arcanas palabras. Serán abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos. ¿Será cambiado el número de los años? No. La profecía no miente; mas, la medida del tiempo profético no es el curso del Sol, sino el de la Luna, y por ello os digo: “Cercana está la hora que oirá el vagido del Nacido de una Virgen”. ¡Oh, si esta Luz que me ama quisiera decirme — pues muchas cosas me dice — dónde está la mujer feliz que dará a luz el Hijo a Dios y el Mesías a su pueblo! Caminando descalza recorrería la tierra; ni frío y hielo, ni polvo y canícula, ni fieras y hambre me serían obstáculo para llegar a Ella y decirle: “Concédele a tu sierva y a la sierva de los siervos del Cristo vivir bajo tu techo. Haré girar la rueda del molino y la prensa; como esclava ponme en el molino; como pastora, a tu rebaño; o para lavar los pañalitos a tu Nacido; ponme en tus cocinas, en tus hornos... donde tú quieras, pero recíbeme. ¡Que yo le pueda ver, que pueda oír su voz, recibir su mirada!”. Y, si no me admitiese, yo viviría, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oír la voz del Mesías niño y el eco de su risa, y luego verle pasar... y, quizás, un día recibiría de Él el óbolo de un pan... ¡Oh, aunque el hambre me desgarrara las entrañas y desfalleciera después de tanto ayuno, yo no me comería ese pan! Lo tendría como un saquito de perlas contra mi corazón y lo besaría para sentir el perfume de la mano del Cristo, y ya no tendría ni hambre ni frío, porque su contacto me proporcionaría éxtasis y calor, éxtasis y alimento...».

Detalle

María habló a Ana de Fanuel y le dijo:

Anotación

Mientras leía a Daniel, una gran luz se encendió en mí; brotó de lo más profundo de mi corazón, y mi entendimiento captó el significado de estas palabras secretas. Las setenta semanas se acortarán gracias a las oraciones de los justos. ¿Se modificará entonces el número de años? No, la profecía no miente. Pero la medida del tiempo profético no se basa en el curso del sol, sino en el de la luna. Por eso digo: "Se acerca la hora en que se oirá vagar al hijo de una virgen. " Ver Daniel 9, 23-27.

¡Ah, si esta Luz que me ama me dijera -ya que me dice tantas cosas- dónde está la virgen feliz que dará a luz un hijo para Dios y el Mesías para su pueblo! Estos sentimientos están atestiguados en las revelaciones hechas a Santa Isabel de Hungría (1207-1231). Dom Prosper Guéranger (1805-1875), abad de Solesmes, lo menciona en su Année liturgique, el 9 de diciembre: "Con sólo tres años, ella (la Virgen María) ya estaba iniciada en los secretos del amor divino. Siempre me levantaba en medio de la noche -decía ella misma en una revelación a Santa Isabel de Hungría- y me presentaba ante el altar del Templo, donde pedía a Dios observar todos los preceptos de su Ley, y le rogaba que me concediera las gracias que necesitaba para serle agradable. Sobre todo, le pedí que me mostrara el tiempo en que viviría esta Virgen santísima, que había de dar a luz al Hijo de Dios. Le rogué que conservara mis ojos para verla, mi lengua para alabarla, mis manos para servirla, mis pies para caminar a sus órdenes, mis rodillas para adorar al Hijo de Dios en sus brazos".

Santa Teresa del Niño Jesús alude a ello en sus cartas: "Una vez, en tu humildad, deseaste ser un día la pequeña sierva de la Virgen feliz que tendría el honor de ser la Madre de Dios" (Carta del 19 de octubre de 1892 a Céline, en el día de su fiesta(LT 137).

Libro de Daniel 9, 23-27

Daniel 9, 23-27 : Desde el principio de tu oración te ha llegado una palabra, y yo he venido a dártela a conocer, pues eres un hombre favorecido por Dios. Presta, pues, atención a la palabra y comprende la visión. Setenta semanas han sido señaladas para tu pueblo y para tu santa ciudad, para sellar la prevaricación, para sellar los pecados y expiar la iniquidad, y para traer la justicia eterna, para sellar la visión y el profeta y para ungir el Santo de los Santos. Sabed, pues, y entended: desde la salida de la palabra para edificar a Jerusalén hasta un ungido, un gobernante, hay siete semanas, y sesenta y dos semanas; y será edificada, en pie y embarazada, en la aflicción de los tiempos. Y después de sesenta y dos semanas, un ungido será cortado, y no habrá nadie para él. Y el pueblo de un príncipe que vendrá destruirá la ciudad y el santuario, y su fin será en la inundación, y hasta el final habrá guerra, que está decretado sobre la devastación. Hará un pacto firme con un gran número durante una semana; y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la oblación, y sobre el ala de las abominaciones vendrá un destructor, hasta que la destrucción y lo que ha sido decretado se derramen sobre los devastados.

ECR 17.13

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.13 Yo recorrí en sentido inverso el camino de los dos pecadores. Obedecí. Obedecí en todos los modos. Dios me había pedido ser virgen. Obedecí. Habiendo amado la virginidad, que me hacía pura como la primera de las mujeres antes de conocer a Satanás, Dios me pidió ser esposa. Obedecí, llevando al matrimonio a la pureza que tuvo, a ese grado de pureza que Dios tenía en su pensamiento cuando creó a los dos Primeros. Convencida de mi destino de soledad en el matrimonio y de desprecio del prójimo por mi esterilidad santa, ahora Dios me pedía ser Madre. Obedecí. Creí que ello era posible y que esa palabra venía de Dios, porque la paz iba entrando en mí al oírla. No pensé: “Lo he merecido”. No me dije a mí misma: “Ahora el mundo me admirará, porque soy semejante a Dios dando ser a la carne de Dios”. No. Me anonadé en la humildad.

Detalle

María describe la desobediencia de Adán y Eva. Luego declara:

ECR 18.8-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.8 ¿Cómo decirle ahora que era Madre? Trataba de encontrar las palabras con que anunciárselo. Difícil búsqueda. No quería yo, en efecto, alabarme por el don divino recibido, y no podía justificar mi maternidad en ningún modo sin decir: “El Señor me ha amado entre todas las mujeres y de mí, su sierva, ha hecho su Esposa”. Tampoco quería engañarle, ocultándole mi estado.

Pero, mientras oraba, el Espíritu que me llenaba me había dicho: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte ante tu esposo”. ¿Cuándo? ¿Cómo? No lo había preguntado. Siempre me había abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva. Jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Su mano me había sujetado, protegido, guiado hasta aquí; esta vez, pues, también lo haría.

18.9 Hija mía, ¡qué hermosa y confortante es la fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone entre sus brazos como si fueran una cuna; nos lleva, como una barca, al radiante puerto del Bien; da calor a nuestro corazón, nos consuela, nos nutre, nos proporciona descanso y júbilo, nos ilumina y nos guía. La confianza en Dios lo es todo, y Dios da todo a quien tiene confianza en Él: se da Él mismo.

Aquella tarde llevé hasta la perfección mi confianza de criatura. Ahora podía hacerlo, porque Dios estaba en mí. Antes, mi confianza era la de una pobre criatura como era; siempre una nada, aunque fuera la Tan Amada que era la Sin Mancha. Pero ahora poseía la confianza divina porque Dios era mío: ¡mi Esposo, mi Hijo! ¡Oh, gran gozo! Ser Una con Dios. No para gloria mía, sino para amarle en una unión total y poderle decir: “Tú, Tú solo, que estás en mí, actúa con tu divina perfección en todas las cosas que yo haga”.

Si Él no me hubiera dicho: “¡Calla!”, quizás habría osado, con el rostro en tierra, decirle a José: “El Espíritu ha penetrado en mí y llevo la Semilla de Dios”. Él me habría creído, porque me estimaba y además porque, como todos los que nunca mienten, no podía creer que otro mintiera. Sí, con tal de no causarle un dolor subsiguiente, yo habría vencido la reticencia a proporcionarme a mí misma esa alabanza. Mas, presté obediencia al mandato divino.

A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi destino de Corredentora. Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos análogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.

18.10 Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos. Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y... caminad seguros. Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.

Ahora descansa, hija, y sé cada vez más hija mía».

Detalle

María vive la Anunciación y habla de San José.

ECR 20.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Fijaos que ni siquiera yo, que ya tenía en mí al Eterno, me sentí exenta de prestar veneración al Templo. La más alta santidad no exime de sentirse una nada respecto a Dios y de humillar esta nada, puesto que Él nos lo permite, en un continuo grito de júbilo a su gloria.

ECR 24.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

24.4 Entra Zacarías y cierra la puerta. Mira a María con lágrimas en los ojos. Hace ademán de hablar. Guarda silencio. Continúa adelante. Se arrodilla ante María y le dice: «Bendice al mísero siervo del Señor. Bendícele. Tú puedes hacerlo, tú que le llevas en tu seno. La palabra de Dios me ha hablado cuando he reconocido mi error, cuando he creído en todo cuanto me había sido dicho. Yo te veo a ti y veo tu destino feliz. Adoro en ti al Dios de Jacob. Tú, mi primer Templo, donde el sacerdote, regresado, puede de nuevo orar al Eterno. Bendita tú, que has obtenido gracia para el mundo y le traes el Salvador. Perdona a tu siervo si no ha visto antes tu majestad. Con tu venida nos has traído todas las gracias. En efecto, doquiera que vas, ¡oh Llena de Gracia!, Dios obra sus prodigios; santas son las paredes en que tú entras, santos se hacen los oídos que oyen tu voz y la carne que tú tocas, santos los corazones, porque tú confieres Gracia, Madre del Altísimo, Virgen profetizada y esperada para darle al pueblo de Dios el Salvador».

24.5 María sonríe, encendida de humildad, y habla: «Gloria al Señor, a Él sólo. De Él y no de mí viene toda gracia, y Él te la dona para que le ames y sirvas con perfección en los años que te quedan, para merecer su Reino, que será abierto por mi Hijo a los Patriarcas, a los Profetas, a los justos del Señor. Y tú, ahora que puedes orar ante el Santo, ora por la sierva del Altísimo; que, si ser Madre del Hijo de Dios es destino dichoso, ser Madre del Redentor debe ser destino de atroz sufrimiento. Ora por mí, que hora a hora siento crecer mi peso de dolor, y durante toda una vida tendré que llevarlo; no lo veo en sus detalles particulares, pero sí siento que será un peso mayor que si sobre estos hombros míos de mujer se posase el mundo y tuviera que ofrecérsele al Cielo. ¡Yo, yo sola, una pobre mujer! ¡Mi Niño! ¡El Hijo mío! El tuyo no llora si yo le acuno; pero, ¿voy a poder acunar yo al mío para calmarle el dolor?... Ora por mí, sacerdote de Dios. Mi corazón tiembla como una flor en medio de un temporal. Miro a los hombres y los amo, pero detrás de sus rostros veo aparecer al Enemigo, y veo cómo los hace enemigos de Dios, de Jesús, de mi Hijo...».

Y la visión cesa con la palidez de María y esas lágrimas suyas que hacen luciente su mirada.

Detalle

Zacarías acaba de descubrir que María es la Toda Santa, la que da a luz al Salvador.

ECR 26.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

26.4 Pero, María, ¿por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?».

José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera. María le pone su manita en la cabeza, y sonríe. Parece como si le absolviera. Dice: «Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre. Y además no he hecho sino obedecer... Dios me pidió esta obediencia... Me ha costado mucho... por ti, por el dolor que te produciría... pero, tenía que obedecer. Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan, José, aunque provoquen lágrimas de sangre».

María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo. Entonces, levanta la cabeza y — es la primera vez que le veo hacer este gesto — aprieta las manitas de María entre las suyas, oscuras y fuertes, y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.

Detalle

José preguntó a María por qué le había ocultado que era la Virgen eterna, la que daría a luz al Salvador.

ECR 26.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

26.7 Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite — como he dicho a José — no habría merecido llevar en mí a Aquel que, para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a sí mismo hasta la humillación de ser hombre.

ECR 29.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

29.8 Vencí la soberbia humillándome hasta el fondo.

Me humillé delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respecto a Dios; ésta deben tributársela al Altísimo todas las criaturas. La tuvo su Verbo. Yo, mujer, debía también tenerla. ¿Has reflexionado, más bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que sufrir de parte de los hombres y sin defenderme en manera alguna? Incluso José, que era justo, me había acusado en su corazón. Los demás, que no eran justos, habían pecado de murmuración sobre mi estado, y el rumor de sus palabras había venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.

Y éstas fueron sólo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de Jesús y del género humano me procuraron. Humillaciones de pobreza; la humillación de quien debe abandonar su tierra; humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades, que, desconociendo la verdad, juzgaban débil mi forma de ser madre respecto a mi Jesús, cuando empezaba ya a ser un hombre; humillaciones durante los tres años de su ministerio; crueles humillaciones en el momento del Calvario; humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenía con qué comprar ni sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.