A la altura de una bifurcación, o, más exactamente, un cuadrivio — en efecto, en ese punto se unen cuatro caminos —, Jesús toma sin vacilar dirección Norte-Este.
«¿Volvemos a Cafarnaúm?» pregunta Pedro.
Jesús responde: «No». Únicamente “no”.
«Entonces, a Tiberíades» insiste Pedro, que quiere saber.
«Tampoco».
«Pero, este camino va hacia el Mar de Galilea... y allí están Tiberíades y Cafarnaúm...».
«Y también Magdala» dice Jesús con una expresión semiseria para que se aplaque la curiosidad de Pedro.
«¿Magdala!...». Pedro se muestra un poco escandalizado, lo que me hace pensar que esta ciudad tiene mala fama.
«A Magdala, sí, a Magdala. ¿Te consideras demasiado puro para entrar en ella? ¡Pedro, Pedro!... Por amor a mí tendrás que entrar, no en una ciudad de placer, sino en verdaderos prostíbulos... Cristo no ha venido para salvar a los salvados, sino para salvar a los perdidos... y tú... tú serás “Piedra”, o “Cefas”, y no “Simón”, para esto. ¿Tienes miedo a contaminarte? ¡No, no! ¿Ves a éste? — indica al jovencísimo Juan —. Pues ni siquiera él sufrirá daño, porque no quiere; como tampoco quieres tú, ni quiere tu hermano ni el hermano de Juan. Ninguno de vosotros, por ahora, quiere. Mientras no se quiere, no se verifica el mal. Pero es necesario no querer fuerte y constantemente. La fuerza y la constancia se consiguen del Padre, orando con sinceridad de propósitos. En el futuro no todos sabréis siempre orar así... ¿Qué estás diciendo, Judas? No te fíes demasiado de ti mismo. Yo, que soy el Cristo, oro constantemente, para tener fuerza contra Satanás. ¿Eres, acaso, tú más que Yo? El orgullo es como una grieta, por ella entra Satanás. Vigila y sé humilde, Judas. Mateo, tú que conoces muy bien esta zona, dime, ¿conviene entrar por este camino o hay otro mejor?».
«Según, Maestro. Si quieres ir a la Magdala de los pescadores y pobres, éste es el camino, por aquí se entra al suburbio popular; pero — no lo creo, pero te lo digo para que la respuesta mía sea amplia — si quieres ir adonde viven los ricos, hay que dejar este camino dentro de algunos centenares de metros y tomar otro, porque las casas ricas están casi a esta altura y hay que volver para atrás...».
«Volvemos para atrás. Quiero ir a la Magdala de los ricos. ¿Qué has dicho, Judas?».
«Nada, Maestro. Es la segunda vez en poco tiempo que me lo preguntas, cuando en realidad no he dicho nada».
«No con los labios, pero sí que has hablado, murmurando, con tu corazón. Has murmurado con tu huésped: el corazón. Para hablar no es indispensable tener como interlocutora a otra criatura; muchas palabras nos las decimos a nosotros mismos... Pues bien, no se debe cometer murmuración o calumnia ni siquiera con el propio yo».