Vuelvo a ver el vado del Jordán, el camino verde que sigue el curso del río por ambas partes, muy recorrido de viandantes por tener sombra. Filas de asnos van y vienen, y hombres con ellos. En el margen del río tres hombres pastorean algunas, pocas, ovejas. En el camino, José, que está esperando, mira a un lado y a otro.
A lo lejos, en el punto en que otra estrada empalma con ésta del río, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos. José llama a los pastores. Éstos ponen en movimiento por el camino a las ovejas, haciéndolas avanzar por la orilla herbosa. Rápidamente se dirigen hacia Jesús.
«Yo casi no me atrevo... ¿Con qué palabras le voy a saludar?».
«¡Oh, es muy bueno! Dile: “La paz sea contigo”. Él saluda siempre así».
«Él sí... pero nosotros…».
«¿Y yo quién soy? No soy ni siquiera uno de sus primeros adoradores, y me quiere mucho... muchísimo».
«¿Quién es?».
«Aquél más alto y rubio».
«¿Le hablamos del Bautista, Matías?».
«¡Sí!».
«¿No pensará que le hemos preferido antes que a Él?».
«No, hombre, Simeón. Si es el Mesías, ve dentro de los corazones y en el nuestro verá que en el Bautista seguíamos buscándole a Él».
«Tienes razón».
Los dos grupos están ya a pocos metros el uno del otro. Ya sonríe Jesús, con esa sonrisa suya indescriptible. José acelera el paso. Las ovejas, por su parte, se ponen a trotar azuzadas por los pastores.
«La paz sea con vosotros» dice Jesús alzando los brazos como para abrazar, y especifica: «¡Paz a ti Simeón, Juan y Matías, mis fieles y fieles de Juan el Profeta!; paz a ti, José» y le besa en la mejilla. Los otros tres ahora están de rodillas. «Venid, amigos. Debajo de estos árboles, sobre el guijarral del río. Hablemos».
Bajan. Jesús se sienta en una gruesa raíz que sobresale del terreno, los otros en el suelo. Jesús sonríe y los mira fijamente, fijamente, uno a uno: «Dejad que conozca vuestros rostros. Los corazones ya los conozco como corazones de justos que van tras el Bien, al que amáis frente a todas las utilidades del mundo. Os traigo el saludo de Isaac, Elías y Leví, y otro saludo: el de mi Madre.
81.2
¿Tenéis noticias del Bautista?».
Los hombres, que hasta este momento no habían podido hablar por lo azorados que estaban, toman de nuevo seguridad y encuentran palabras: «Está todavía en la cárcel. Nuestro corazón tiembla por él, porque está en manos de un hombre cruel dominado por un ser infernal y circundado de una corte corrompida. Nosotros le queremos... Tú sabes que le queremos y que él merece nuestro amor. Después de que Tú te alejaste de Belén, padecimos la agresión de los hombres... Pero, más que su odio, lo que nos hacía sentirnos desolados, abatidos, como árboles tronchados por el viento, era el haberte perdido a ti. Luego, después de años de sufrimiento (como quien tuviera los párpados cosidos y buscara el sol y no lo pudiera ver, porque además estuviera dentro de una cárcel y ni siquiera el tibio calor que sintiera en su carne se lo mostrara), oímos que el Bautista era el hombre de Dios anunciado por los Profetas para preparar los caminos a su Cristo, y fuimos adonde él diciéndonos a nosotros mismos: “Si él le precede, yendo adonde él le encontraremos”, porque era a ti, Señor, a quien buscábamos».
«Lo sé. Y me habéis encontrado. Yo estoy con vosotros».
«José nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido, por él, a alguna parte. Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, como con amor le escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú-Verbo; pero decía siempre palabras de Dios».
«Lo sé.
81.3
¿No le conocéis a éste?» y señala a Juan.
«Le vimos con otros galileos entre las muchedumbres más fieles al Bautista. Si no nos equivocamos, tú te llamas Juan y eres aquél de quien él decía, a nosotros, sus íntimos: “Ved: yo, el primero; él, el último; mas luego será: él el primero y yo el último”. Y nunca comprendimos qué quería decir».
Jesús se vuelve hacia su izquierda, donde está Juan, le estrecha contra su corazón, con una sonrisa aún más luminosa, y explica: «Quería decir que sería el primero en declarar: “Éste es el Cordero”, y que éste será el último de los amigos del Hijo del hombre que hablará del Cordero a las multitudes; pero que, en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque le ama más que a ningún otro hombre. Esto quería decir. Pero cuando le veáis al Bautista — le veréis aún y todavía le serviréis hasta la hora signada — decidle que no es él el último en el corazón del Cristo. No tanto por la sangre cuanto por la santidad, a él le quiero como a éste. Y vosotros acordaos de esto. Si la humildad del santo se proclama “última”, la Palabra de Dios le proclama compañero del discípulo que amo. Decidle que amo a éste porque tiene su nombre y porque en él encuentro los signos del Bautista, preparador de corazones para Cristo».
«Se lo diremos... Pero, ¿le volveremos a ver?».
«Le veréis». (...)
[Jesús habla con los Pastores sobre el hecho de que Juan está encarcelado y de que se necesita una cierta cantidad de dinero para liberarlo. Se decide que Judas venderá las joyas de Aglaé. Cuando el Iscariote se marcha, el Maestro se dirige de nuevo a los Pastores:]
«Querría ser para vosotros motivo de alegría» dice Jesús.
«Lo serás siempre, Maestro. Que el Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es amigo tuyo?».
«Lo es. ¿No te parece que pueda serlo?».
El pastor Juan baja la cabeza y calla. Habla el discípulo Simón: «Sólo quien es bueno sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la Bondad ve. Veo lo externo. El bueno desciende también a lo interno. Tú también, Juan, ves como yo. Pero el Maestro es bueno... y ve…».