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Notas de la palabra clave

Padres de Jean d'Endor

Comodidad de lectura

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ECR 197.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés. Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.

Detrás, en grupo, todos los demás. Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.

Pedro pregunta a su pupilo: «¿Has venido aquí alguna vez?» a lo que recibe como respuesta: «Cuando nací, padre; pero no me acuerdo» lo cual hace reír de satisfacción a Pedro, que repite la respuesta a los compañeros, y éstos se echan a reír también, y dicen, con bondad y perspicacia: «Quizás es que dormías y por eso...» o: «Estamos todos como tú. No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».

197.2

Igualmente hace Jesús con su protegido, y recibe una respuesta análoga (poco más o menos). Juan de Endor, en efecto, dice: «Éramos prosélitos. Vine en brazos de mi madre, precisamente en una Pascua, porque nací a principios de Adar; mi madre — era de Judea — se puso en viaje en cuanto pudo, para ofrecer dentro del tiempo establecido a su hijo varón al Señor... Quizás demasiado prematuramente... De hecho, enfermó y no volvió a recuperar la salud. Yo tenía menos de dos años cuando me quedé sin madre; fue la primera desventura de mi vida. Pero, siendo su primogénito — unigénito, por su enfermedad —, se sentía orgullosa de morir por haber obedecido a la Ley. Mi padre me decía: “Ha muerto contenta por haberte ofrecido al Templo”... ¡Pobre madre mía! ¿Qué ofreciste?: un futuro asesino...».

«Juan, no digas eso. Entonces eras Félix, ahora eres Juan. Ten siempre presente la gran gracia que Dios te ha donado, eso sí; pero que no te desaliente ya más lo que fuiste... ¿No volviste ninguna vez al Templo?».

«¡Sí, sí, a los doce años! Y, a partir de entonces, siempre, mientras... mientras pude hacerlo... Después, aun pudiendo venir, ya no volví, porque... bueno, ya te he dicho cuál era mi único culto: el Odio. Incluso por este motivo no me atrevo a entrar aquí. Me siento extranjero en la Casa del Padre... Le he abandonado durante demasiado tiempo...».

«Tú vuelves al Templo de mi mano, y soy el Hijo del Padre; si Yo te conduzco ante el altar es porque sé que todo está perdonado».

Juan de Endor siente una brusca convulsión de llanto, y dice: «Gracias, Dios mío».

«Sí, da gracias al Altísimo. ¿Ves cómo tu madre, una verdadera israelita, tenía espíritu profético? Eres el varón consagrado al Señor, y que no será rescatado. Eres mío, eres de Dios, discípulo y, por tanto, futuro sacerdote de tu Señor en la nueva era y religión que de mí recibirán el nombre. Yo te absuelvo de todo, Juan. Camina sereno hacia el Santo. En verdad te digo que entre los que viven en este recinto hay muchos más culpables que tú, más indignos que tú, de acercarse al altar»...

Anotación

Nací en los primeros días de Adar. O sea, a mediados de febrero.