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Pastores de la Natividad

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ECR 30

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : El anuncio a los pastores, primeros adoradores del Verbo hecho hombre.

Fecha de la visión y del dictado: Miércoles 7 de junio de 1944 (Vigilia del Cuerpo de Cristo)

Calendario: Miércoles 11 de diciembre -5 d.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: La visión de María comienza en el campo de Belén. Hay una luz muy brillante en el cielo, que atrae la atención de animales y personas. Uno de los pastores sale y llama a sus compañeros, que se quedan intrigados por el fenómeno. Uno de los pastores más jóvenes incluso empieza a llorar, hasta que recupera la compostura y parece cautivado por algo: ya no presta atención a los demás y se adelanta. Esto hace reflexionar a sus compañeros, que refunfuñan un poco, pero el joven Leví les habla de una luz que desciende. Entonces fue el primero en ver a un ángel y todos se arrodillaron para recibir al siervo del Señor. El ángel mensajero les dio la feliz noticia del nacimiento del Salvador, y entonces una multitud de ángeles cantó el Gloria. Después regresaron al cielo, dejando solos a los pastores. Pero los pastores no se demoraron: partieron en dirección a la cuna, llevando una hermosa manta para el Niño y una oveja para proporcionarle leche caliente.

Llegaron... Pero no sabían cómo hacerlo. Así que invitaron al más joven, Leví, para que observara lo que ocurría. El pastor miró y les dijo que la Virgen estaba cuidando a su bebé, que lloraba de hambre y de frío. Los pastores quieren que se acerque Leví, pero el joven quiere que se acerque Elías, que ya ha conocido a María y a José en MTS 28. Los pastores se dan así a conocer y pueden adorar al niño. Les ofrecen sus regalos y dejan entrar a Elías, que ha permanecido en la entrada, sin atreverse a acercarse. Jesús pudo así recibir leche caliente.

Los pastores señalan que la Sagrada Familia no puede quedarse aquí y prometen ayudarles y difundir la noticia del nacimiento del Señor. Cuando José les señala que son pobres y que no podrán compensarles, ellos dicen que no quieren nada. Al contrario, querían servir al Niño y a sus padres. Cuando María respondió a sus preguntas y les dijo que sus padres eran Zacarías e Isabel, Elías se ofreció a ir a verle y decirle que María de Nazaret le había pedido que fuera a Belén.

Finalmente, cada pastor se presentó por su nombre y luego se retiraron... dejando atrás sus corazones, como explicó María Valtorta.

Jesús hizo entonces un dictado y declaró que los pastores eran los primeros adoradores del Verbo. Tienen todas las cualidades necesarias para ser almas eucarísticas, pues poseen una fe definida, generosidad, humildad, deseo, obediencia pronta y, por último, amor. Por último, Cristo subraya que los que tienen alma de niño, como Leví, saben ver a Dios con más claridad y tienen más valor para dirigirse a María. Nos invita a rezar a María, porque quien va a María lo encuentra y quien se lo pide a María lo recibe a través de su Madre.

Contenido del capítulo: 30.1: Una luna deslumbrante en el campo. 30.2: Un pastorcillo atraído por una luz más brillante. 30.3: Un ángel se aparece y habla a los pastores. 30.4: Una multitud de ángeles canta el Gloria. 30.5: El pastor del día anterior señala el pesebre. 30.6: Lo que el joven pastor ve detrás del manto en la entrada. 30.7: Se presentan una piel de oveja y leche caliente. 30.8: Elías encontrará una casa y avisará a Zacarías. 30.9: Los doce pastores se nombran y besan al niño. 30.10: Elogios para los pastores. 30.11: El que va a María me encuentra.

ECR 30.1-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

30.1 Y ahora veo extensos campos. La Luna está en su cenit surcando tranquila un cielo colmado de estrellas. Parecen bullones de diamante hincados en un enorme palio de terciopelo azul oscuro; la Luna ríe en medio con su carota blanquísima de la que descienden ríos de luz láctea que pone blanca la tierra. Los árboles, desnudos, sobre este suelo emblanquecido, parecen más altos y negros; y los muros bajos, que acá o allá se levantan como lindes, parecen de leche. Una casita lejana parece un bloque de mármol de Carrara.

A mi derecha veo un recinto, dos de cuyos lados son un seto de espinos; los otros dos, una tapia baja y tosca. En ésta apoya la techumbre de una especie de cobertizo ancho y bajo, que en el interior del recinto está construido parte de fábrica y parte de madera: como si en verano las partes de madera se debieran quitar y se transformase así el cobertizo en un pórtico. De dentro del cercado viene, de tanto en tanto, un balar intermitente y breve. Deben ser ovejas que sueñan, o que quizás creen que pronto se hará de día, por la luz que da la Luna; una luz que es tan intensa que incluso es excesiva y que aumenta como si el astro se estuviera acercando a la Tierra o centellease debido a un misterioso incendio.

30.2 Un pastor se asoma a la puerta, se lleva un brazo a la frente para proteger los ojos y mira hacia arriba. Parece imposible que uno tenga que proteger los ojos de la luz de la Luna, pero, en este caso es tan intensa que ciega, especialmente si uno sale de un lugar cerrado oscuro. Todo está en calma, pero esa luz produce estupor.

El pastor llama a sus compañeros. Salen todos a la puerta: un grupo numeroso de hombres rudos, de distintas edades. Entre ellos hay algunos que apenas si han llegado a la adolescencia, otros ya tienen el pelo cano. Comentan este hecho extraño. Los más jóvenes tienen miedo, especialmente uno, un chiquillo de unos doce años, que se echa a llorar, con lo cual se hace objeto de las burlas de los más mayores.

«¿A qué le tienes miedo, tonto?» le dice el más viejo. «¿No ves qué serenidad en el ambiente? ¿No has visto nunca resplandecer la Luna? ¿Has estado siempre pegado a las faldas de tu madre, como un pollito a la gallina, no? ¡Pues anda que no tendrás que ver cosas! Una vez, yo había llegado hasta los montes del Líbano, e incluso los había sobrepasado, hacia arriba. Era joven, no me pesaba andar — incluso era rico entonces —... Una noche vi una luz de tal intensidad que pensé que estuviera volviendo Elías en su carro de fuego. El cielo estaba todo de fuego. Un viejo — entonces el viejo era él — me dijo: “Un gran advenimiento está para llegar al mundo”. Y para nosotros supuso una desventura, porque vinieron los soldados de Roma. ¡Oh, muchas cosas tendrás que ver, si la vida te da años!...».

30.3 Pero el pastorcillo ya no le está escuchando. Parece haber perdido incluso el miedo. De hecho, alejándose del umbral de la puerta, dejando a hurtadillas la espalda de un musculoso pastor, detrás del cual estaba refugiado, sale al redil herboso que está delante del cobertizo. Mira hacia arriba y se pone a caminar como un sonámbulo, o como uno que estuviera hipnotizado por algo que le embelesara. Llegado un momento grita: «¡Oh!» y se queda como petrificado, con los brazos un poco abiertos.

Los demás se miran estupefactos.

«Pero, ¿qué le pasa a ese tonto?» dice uno.

«Mañana le mando con su madre. No quiero locos cuidando a las ovejas» dice otro.

El anciano que estaba hablando poco antes dice: «Vamos a ver antes de juzgar. Llamad también a los que están durmiendo y coged palos. No vaya a ser un animal malo o gente malintencionada...».

Entran llamando a los otros pastores, y salen con teas y garrotes. Llegan donde el muchacho.

«Allí, allí» susurra sonriendo. «Más arriba del árbol, mirad esa luz que se está aproximando. Parece como si siguiera el rayo de la Luna. Mirad. Se acerca. ¡Qué bonita es!».

«Yo lo único que veo es una luz más viva».

«Yo también».

«Yo también» dicen los otros.

«No. Yo veo como un cuerpo» dice uno. Le reconozco: es el pastor que ofreció leche a María.

«¡Es un... es un ángel!» grita el niño. «Mirad, está bajando, y se acerca... ¡De rodillas ante el ángel de Dios!».

Un «¡oh!» largo y lleno de veneración se alza del grupo de los pastores, que caen rostro en tierra. Cuanto más ancianos son, más contra el suelo se les ve por la aparición fulgente. Los jovencitos están de rodillas, pero miran al ángel, que se aproxima cada vez más, hasta detenerse, candor de perla en el candor de luna que le circunda, suspendido en el aire, moviendo sus grandes alas, a la altura de la tapia del recinto.

«No temáis. No vengo como portador de desventura, sino que os traigo el anuncio de un gran gozo para el pueblo de Israel y para todo el pueblo de la tierra». La voz angélica es como una armonía de arpa acompañada del canto de gargantas de ruiseñores.

«Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador». Al decir esto, el ángel abre más grandes las alas, y las mueve como por un sobresalto de alegría, y una lluvia de chispas de oro y de piedras preciosas parece desprenderse de ellas. Un verdadero arco iris de triunfo sobre el pobre redil.

«... el Salvador, que es Cristo». El ángel resplandece con mayor luz. Sus dos alas, ahora ya detenidas, tendiendo su punta hacia el cielo, como dos velas inmóviles sobre el zafiro del mar, parecen dos llamas que suben ardiendo.

«...¡Cristo, el Señor!». El ángel recoge sus dos fúlgidas alas y con ellas se cubre — es como un manto de diamante sobre un vestido de perla —, se inclina como adorando, con las manos cruzadas sobre su corazón; su rostro, inclinado sobre su pecho, queda oculto entre la sombra de los vértices de las alas recogidas. No se ve sino una oblonga forma luminosa, inmóvil durante el tiempo que dura un “Gloria”.

Se mueve de nuevo. Vuelve a abrir las alas, levanta ese rostro suyo en que luz y sonrisa paradisíaca se funden, y dice: «Le reconoceréis por estas señales: en un pobre establo, detrás de Belén, encontraréis a un niño envuelto en pañales en un pesebre, pues para el Mesías no había un techo en la ciudad de David». El ángel se pone serio al decir esto; más que serio, triste.

30.4 Y del Cielo vienen muchos — ¡oh, cuántos! — muchos ángeles semejantes a él, una escalera de ángeles que desciende exultando y anulando la Luna con su resplandor paradisíaco, y se reúnen en torno al ángel anunciador, batiendo las alas, emanando perfumes, con un arpegio de notas en que las más hermosas voces de la creación encuentran un recuerdo, alcanzada en este caso la perfección del sonido. Si la pintura es el esfuerzo de la materia para transformarse en luz, aquí la melodía es el esfuerzo de la música para hacer resplandecer ante los hombres la belleza de Dios; y oír esta melodía es conocer el Paraíso, donde todo es armonía de amor, que de Dios emana para hacer dichosos a los bienaventurados, y que de éstos va a Dios para decirle: «¡Te amamos!».

El “Gloria” angélico se extiende en ondas cada vez más vastas por los campos tranquilos, y con él la luz. Las aves unen a ello un canto que es saludo a esta luz precoz, y las ovejas sus balidos por este sol anticipado. Mas a mí, como ya con el buey y el asno en la gruta, me place creer que es el saludo de los animales a su Creador, que viene a ellos para amarlos como Hombre además de como Dios.

El canto se hace más tenue, y la luz, mientras los ángeles retornan al Cielo...

30.5 ...Los pastores vuelven en sí.

«¿Has oído?».

«¿Vamos a ver?».

«¿Y las ovejas?».

«¡No les sucederá nada! ¡Vamos para obedecer a la palabra de Dios!...».

«Pero, ¿a dónde?».

«¿Ha dicho que ha nacido hoy? ¿y que no ha encontrado sitio en Belén?». El que habla ahora es el pastor que ofreció la leche. «Venid, yo sé. He visto a la Mujer y me ha dado pena. He indicado un lugar para Ella, porque pensaba que no encontrarían hospedaje, y al hombre le he dado leche para Ella. Es muy joven y hermosa. Debe ser tan buena como el ángel que nos ha hablado. Venid. Venid. Vamos a coger leche, quesos, corderos y pieles curtidas. Deben ser muy pobres y... ¡quién sabe qué frío no tendrá Aquel a quien no oso nombrar! Y pensar que yo le he hablado a la Madre como si se tratara de una pobre esposa cualquiera!...».

Entran en el cobertizo y, al poco rato, salen; quién con unas pequeñas cantimploras de leche, quién con unos quesitos de forma redondeada dentro de unas rejillas de esparto entretejido, quién con cestas con un corderito balando, quién con pieles de oveja curtidas.

«Yo llevo una oveja. Ha parido hace un mes. Tiene la leche buena. Les puede venir bien, si la Mujer no tiene leche. Me parecía una niña, ¡y tan blanca!... Un rostro de jazmín bajo la luna» dice el pastor que ofreció la leche. Y los guía.

30.6 Caminan bajo la luz de la luna y de las teas, tras haber cerrado el cobertizo y el recinto. Van por senderos rurales, entre setos de espinos deshojados por el invierno.

Van a la parte de atrás de Belén. Llegan al establo, yendo no por la parte por la que fue María, sino por la opuesta, de forma que no pasan por delante de los establos más lindos, y aquél es el primero que encuentran. Se acercan a la entrada.

«¡Entra!».

«No me atrevo».

«Entra tú».

«No».

«Mira, al menos».

«Tú, Leví, mira tú que has sido el primero que ha visto al ángel, que es señal de que eres mejor que nosotros». La verdad es que antes le han llamado loco... pero ahora les conviene que él se atreva a lo que ellos no tienen el valor de hacer.

El muchacho vacila, pero luego se decide. Se acerca a la entrada, descorre un poquito el manto, mira, y... se queda extático.

«¿Qué ves?» le preguntan ansiosos en voz baja.

«Veo a una mujer, joven y hermosa, y a un hombre inclinados hacia un pesebre, y oigo..., oigo que llora un niñito, y la mujer le habla con una voz... ¡oh, qué voz!».

«¿Qué dice?».

«Dice: “¡Jesús, pequeñito! ¡Jesús, amor de tu Mamá! ¡No llores, Hijito!”. Dice: “¡Ay, si pudiera decirte: ‘Toma la leche, pequeñin’! Pero no la tengo todavía”. Dice: “¡Tienes mucho frío, amor mío! Y te pincha el heno. ¡Qué dolor para tu Mamá oírte llorar así, y no poderte aliviar!”. Dice: “¡Duerme, alma mía! ¡Que se me rompe el corazón oyéndote llorar y viéndote verter lágrimas!”, y le besa y se ve que le está calentando los piececitos con sus manos, porque está inclinada con los brazos dentro del pesebre».

«¡Llama! ¡Que te oigan!».

«Yo no. Tú, que nos has traído y que la conoces».

El pastor abre la boca, pero se limita a farfullar unos sonidos.

30.7 José se vuelve y va a la puerta. «¿Quiénes sois?».

«Pastores. Os traemos comida y lana. Venimos a adorar al Salvador».

«Entrad».

Entran. Las teas iluminan el establo. Los viejos empujan a los niños delante de ellos.

María se vuelve y sonríe. «Venid» dice. «¡Venid!» y los invita con la mano y la sonrisa; toma al que había visto al ángel y le acerca hacia sí, hasta el mismo pesebre. El niño mira con beatitud.

Los otros, invitados también por José, se arriman con sus dones y los depositan, con breves y emocionadas palabras, a los pies de María. Luego miran al Niño, que está llorando quedo, y sonríen emocionados y dichosos.

Uno de ellos, más intrépido, dice: «Toma, Madre. Es suave y está limpia. La había preparado para mi hijo, que está para nacer. Yo te la doy. Arropa a tu Hijo en esta lana; la sentirá suave y caliente». Y le ofrece una piel de oveja, una piel preciosa de abundante lana blanca y larga.

María alza a Jesús y le envuelve en la piel. Luego se lo muestra a los pastores, los cuales, de rodillas sobre el heno del suelo, le miran extasiados.

Sintiéndose más valerosos, uno de ellos propone: «Habría que darle un sorbo de leche, o mejor: agua y miel. Pero no tenemos miel. Se les da a los niñitos. Yo tengo siete hijos y entiendo de ello...».

«Aquí está la leche. Toma, Mujer».

«Pero está fría. Tiene que ser caliente. ¿Dónde está Elías? Él tiene la oveja».

Elías debe ser el de la leche, pero no está; se había quedado afuera y ahora está mirando por el portillo, y en la oscuridad de la noche se difumina.

«¿Quién os ha conducido aquí?».

«Un ángel nos ha dicho que viniéramos, luego Elías nos ha guiado hasta aquí. Pero, ¿dónde está ahora?».

La oveja le delata con un balido.

«Ven. Se te requiere».

Entra con su oveja, avergonzado por ser el más notado.

«¿Eres tú!» dice José habiéndole reconocido; María, por su parte, le sonríe diciendo: «Eres bueno».

Ordeñan a la oveja y, con la punta de un paño embebido de leche caliente y espumosa, María moja los labios del Niño, el cual absorbe ese dulzor cremoso. Todos sonríen, y más aún cuando, con la punta de tela todavía entre sus labiecitos, Jesús se duerme bajo el calor de la lana.

30.8 «Pero aquí no podéis quedaros. Hace frío y hay humedad. Y además... demasiado olor a animales. No es bueno... y... no está bien para el Salvador».

«Lo sé» dice María suspirando profundamente «pero, no hay sitio para nosotros en Belén».

«Ánimo, Mujer. Nosotros te buscaremos una casa».

«Se lo digo a mi ama» dice el de la leche, Elías. «Es buena. Os recibirá, aunque tuviera que ceder su propia habitación. Nada más que amanezca se lo digo. Su casa está llena de gente, pero os dejará un sitio».

«Por lo menos para mi Niño. Yo y José podemos estar incluso en el suelo. Pero, para el Pequeñuelo...».

«No te angusties, Mujer; yo me ocupo de eso. Y diremos a muchos lo que nos ha sido comunicado. No os faltará nada. Por el momento, recibid lo que nuestra pobreza os puede dar. Somos pastores...».

«Nosotros también somos pobres, y no os podemos pagar» dice José.

«¡Oh..., ni lo queremos! ¡Aunque pudierais, no querríamos! El Señor ya nos ha retribuido. Él ha prometido la paz a todos. Los ángeles decían esto: “Paz a los hombres de buena voluntad”. Pero a nosotros nos la ha dado ya, porque el ángel ha dicho que este Niño es el Salvador, que es Cristo, el Señor. Somos pobres e ignorantes, pero sabemos que los Profetas dicen que el Salvador será el Príncipe de la Paz. Y a nosotros nos ha dicho que viniéramos a adorarle. Por eso nos ha dado su paz. ¡Gloria a Dios en el Cielo altísimo y gloria a este Cristo suyo, y bendita seas tú, Mujer, que le has engendrado! Eres santa porque has merecido llevarle en ti. Como Reina, mándanos; que servirte será para nosotros motivo de felicidad. ¿Qué podemos hacer por ti?».

«Amar a mi Hijo y conservar siempre en el corazón estos pensamientos».

«¿Y para ti? ¿No deseas nada? ¿No tienes familiares a los que quieras comunicar que Él ha nacido?».

«Sí, los tengo... pero no están cerca de aquí, están en Hebrón...».

«Voy yo» dice Elías. «¿Quiénes son?».

«Zacarías, el sacerdote, e Isabel, mi prima».

«¿Zacarías? ¡Le conozco bien! En verano subo a esos montes porque tienen pastos abundantes y buenos, y soy amigo de su pastor. Después de que te vea establecida voy adonde Zacarías».

«Gracias, Elías».

«Nada de gracias. Es un gran honor para mí, que soy un pobre pastor, ir a hablar con el sacerdote y decirle que ha nacido el Salvador».

«No. Le dirás: “Ha dicho María de Nazaret, tu prima, que Jesús ha nacido y que vayas a Belén”».

«Eso diré».

«Que Dios te lo pague.

30.9 Me acordaré de ti, de todos vosotros...».

«¿Le hablarás a tu Niño de nosotros?».

«Lo haré».

«Yo soy Elías».

«Y yo, Leví».

«Y yo, Samuel».

«Y yo, Jonás».

«Y yo, Isaac».

«Y yo, Tobías».

«Y yo, Jonatán».

«Y yo, Daniel».

«Simeón, yo».

«Yo me llamo Juan».

«Yo, José; y mi hermano, Benjamín. Somos gemelos».

«Recordaré vuestros nombres».

«Tenemos que marcharnos... pero volveremos... ¡Y te traeremos a otros para adorar!...».

«¿Cómo volver al aprisco dejando a este Niño?».

«¡Gloria a Dios que nos lo ha mostrado!».

«Déjanos besar su vestido» dice Leví con una sonrisa de ángel.

María alza despacio a Jesús y, sentada sobre el heno, ofrece los piececitos arropados para que los besen. Y los pastores se inclinan hasta el suelo y besan esos piececitos minúsculos cubiertos por la tela. Quien tiene barba primero se la adereza. Casi todos lloran y, cuando tienen que marcharse, salen caminando hacia atrás, dejando allí su corazón...

La visión me termina así, con María sentada en la paja con el Niño en su regazo, y José mirando y adorando, apoyado con un codo en el pesebre.

Anotación

El ángel que se aparece a los pastores, y en particular a Leví, es san Gabriel arcángel. Jesús lo confirma en EMV 136,6.

Lucas 2,8-20:

En la misma región había unos pastores que vivían fuera y pasaban la noche en el campo para cuidar de sus rebaños. El ángel del Señor se presentó ante ellos y la gloria del Señor brilló a su alrededor. Se asustaron mucho. El ángel les dijo: "No temáis, porque os anuncio una gran alegría para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Y ésta es la señal que se os ha dado: encontraréis a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Y de repente apareció con el ángel una innumerable compañía celestial, que alababa a Dios y decía: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que Él ama."

Cuando los ángeles hubieron dejado a los pastores para ir al cielo, se dijeron unos a otros: "Vayamos a Belén para ver lo que ha sucedido, el acontecimiento que el Señor nos ha dado a conocer". Se apresuraron a llegar allí y encontraron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre. Cuando lo hubieron visto, contaron lo que se les había anunciado acerca del niño. Y todos los que oyeron se asombraron de lo que los pastores les habían contado. María, sin embargo, recordaba todos estos acontecimientos y los meditaba en su corazón. Los pastores se pusieron de nuevo en camino, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había predicho.

ECR 30.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

30.10 Dice Jesús:

«Hoy hablo Yo. Estás muy cansada, pero ten paciencia todavía durante un poco.

Es la víspera del Corpus Christi. Podría hablarte de la Eucaristía y de los santos que se hicieron apóstoles de su culto, del mismo modo que te he hablado de los santos que fueron apóstoles del Sagrado Corazón. Pero quiero referirme a otra cosa y a una categoría de adoradores de mi Cuerpo, que son los precursores del culto al mismo, los pastores; ellos son los primeros adoradores de mi Cuerpo de Verbo hecho Hombre.

Una vez te dije — y esto mismo lo dice también mi Iglesia — que los Santos Inocentes son los protomártires de Cristo.

Ahora te digo que los pastores son los primeros adoradores del Cuerpo de Dios. En ellos se encuentran todos los requisitos que se necesitan para ser adoradores del Cuerpo mío, para ser almas eucarísticas.

Fe segura: ellos creen pronta y ciegamente en el ángel.

Generosidad: dan todo lo que poseen a su Señor.

Humildad: se acercan a otros más pobres que ellos, humanamente, con una modestia de actos que hace que no se sientan rebajados; y se profesan siervos de ellos.

Deseo: lo que no pueden dar por sí mismos, se las ingenian para procurarlo con apostolado y esfuerzo.

Prontitud de obediencia: María desea que sea avisado Zacarías, y Elías va en seguida. No lo deja para otro momento.

Amor, en fin: no saben irse de ese lugar. Tú dices: “dejan allí su corazón”. Dices bien.

¿Y no habría que comportarse así también con mi Sacramento?

Detalle

María acaba de ver la Adoración de los pastores en el pesebre de Belén.

ECR 31.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Me dijo el hombre que me enviasteis que cuando nació el Niño estabais sin casa. ¡Lo que habréis tenido que pasar!...».

«Sí, verdaderamente lo hemos pasado muy mal; pero era mayor el miedo que la precariedad en que nos encontrábamos. Teníamos miedo de que esta precariedad le pudiera perjudicar al Niño. Y los primeros días tuvimos que pasarlos allí. A nosotros no nos faltaba nada, porque los pastores habían transmitido la buena nueva a los betlemitas y muchos vinieron con dones. Pero faltaba una casa, faltaba una habitación resguardada, un lecho... y Jesús lloraba mucho, especialmente por la noche, por el viento que entraba por todas partes. Yo encendía un poco de fuego, pero poco, porque el humo le hacía toser al Niño... y así el frío seguía. Dos animales calientan poco, ¡y menos todavía en un sitio donde el aire entra por todas partes! Faltaba agua caliente para lavarle, faltaba ropa seca para cambiarle... ¡Oh! ¡Ha sufrido mucho! Y María sufría al verle sufrir. ¡Sufría yo... conque te puedes hacer una idea Ella, que es su Madre! Le daba leche y lágrimas, leche y amor... Ahora aquí estamos mejor. Yo había hecho una cuna muy cómoda y María había puesto un colchoncito blando. ¡Pero la tenemos en Nazaret! ¡Ah, si hubiera nacido allí, habría sido distinto!».

«Pero el Cristo tenía que nacer en Belén. Así estaba profetizado».

ECR 73

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Cristo, Judas, Juan y Simón han llegado a Belén, cerca de la tumba de Raquel. Se les acerca una mujer del lugar, que se entera de que Jesús ha venido a llevar la salvación de su Madre a algunas personas de Belén. Le invita a su casa y su marido les da la bienvenida. Pero hay mucha hostilidad hacia el Mesías, porque la masacre de los Inocentes ha tenido lugar y ha dejado profundas heridas entre la gente de Belén. Los pastores de la Natividad, en particular, son odiados por los habitantes, y el hombre que los recibe está convencido de que se dejaron engañar hace treinta años. Por eso maldice a los pastores y a los Magos y se reprocha su credulidad de entonces. Jesús le señala, sin embargo, que maldecir no está permitido, porque es contrario al mandamiento del amor, y le pregunta si está seguro de que su juicio es justo, porque los pastores y los magos pueden haberles dicho la verdad. Habló de las profecías bíblicas -el Altísimo había anticipado la venida del Salvador por exceso de amor- y mencionó en particular la estrella y las predicciones de los libros de Isaías y Jeremías. Su anfitrión lo reconoció como rabino, pero cuando Jesús quiso saber dónde estaban los pastores Elías y Leví, se volvió abiertamente hostil, porque Jesús le dijo que no los odiara y declaró que el Mesías sí había nacido aquí.

Judas se subió a su caballo, pero Jesús lo calmó y el grupo se marchó. Un poco más adelante, el Iscariote estalla y le hubiera gustado que adoraran a Jesús, pero no quiere reducir a cenizas a todos los que pecan contra él.

Finalmente, Jesús los lleva al lugar de su nacimiento, la cueva de Belén. Juan y Simón se conmueven, Judas se indigna al principio, pero luego se deja vencer por la emoción. Y Jesús les cuenta la historia de su nacimiento...

ECR 73.2-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

73.2 Llegan al sepulcro, antiguo pero bien conservado, bien blanqueado. Jesús se detiene a beber en un rústico pozo cercano.

Una mujer, que ha venido a sacar agua, se la ofrece. Jesús le pregunta: «¿Eres de Belén?».

«Lo soy. Pero ahora, en tiempo de recolección, estoy con mi marido en estos campos, para cuidar los huertos y los árboles frutales. Y Tú, ¿eres galileo?».

«Nací en Belén, pero estoy en Nazaret de Galilea».

«¿También Tú perseguido?».

«La familia. Pero por qué dices: “¿También Tú?” ¿Entre los betlemitas hay muchos perseguidos?».

«¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?».

«Treinta».

«Entonces naciste justamente cuando... ¡oh, qué desdicha! ¿Pero por qué nació aquí Aquél?».

«¿Quién?».

«Aquel que se decía que era el Salvador. Maldición a los necios que, borrachos de sidra, vieron en las nubes ángeles, oyeron en los balidos y rebuznos voces del Cielo y, en la niebla de su embriaguez, tomaron a tres miserables por los más santos de la Tierra. ¡Maldición a ellos! Y a quien creyó en ellos».

«No haces más que proferir maldiciones, pero no me explicas qué sucedió. ¿Por qué esas imprecaciones?».

«Porque... Oye: ¿a dónde quieres ir?».

«A Belén, con mis amigos. Tengo compromisos allí. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre. Pero antes querría saber muchas cosas, porque faltamos, nosotros los de la familia, desde hace muchos años. Dejamos la ciudad teniendo Yo pocos meses».

«Antes de la desgracia, entonces.

73.3 Oye, si no te repugna la casa de un campesino, ven a compartir con nosotros el pan y la sal. Tú y tus compañeros. Hablaremos durante la cena y os hospedaré hasta mañana por la mañana. Mi casa es pequeña, pero encima del establo hay mucho heno amontonado. La noche será cálida y serena. Si lo ves oportuno, puedes dormir».

«Que el Señor de Israel te pague tu hospitalidad. Iré con alegría a tu casa».

«El peregrino porta consigo bendición. Vamos. Pero tengo que echar todavía seis ánforas de agua a las verduras que han nacido hace poco».

«Yo te ayudo».

«No. Tú eres un señor; lo dice tu manera de actuar».

«Soy un obrero, mujer. Y éste es pescador. Éstos, judíos, son de censo y de empleo. No Yo». Y toma un ánfora que está recostada sobre su panza junto al bajísimo brocal del pozo, la ata y la descuelga.

Juan le ayuda, y los otros no quieren ser menos. Le dicen a la mujer: «¿Donde está el huerto? Muéstranoslo: llevaremos allí las tinajas».

«¡Dios os bendiga! Tengo los riñones hechos polvo del cansancio. Venid...».

Y, mientras Jesús extrae su cántaro, los tres desaparecen hacia abajo por un senderillo... Después vuelven con los dos cántaros va­cíos; los llenan, vuelven a marcharse... Y esto lo hacen no tres sino diez veces. Y Judas ríe diciendo: «Se está destrozando la garganta de bendecirnos. Le damos tanta agua a la ensalada que durante al menos dos días la tierra estará húmeda y esta mujer no se hará migas los lomos». Cuando vuelve por última vez dice: «Maestro, de todas formas, creo que hemos venido a parar a un mal sitio».

«¿Por qué, Judas?».

«Porque la tiene tomada con el Mesías. Le he dicho: “No blasfemes. ¿No sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios? Yeové se lo prometió a Jacob y a partir de él a todos los Profetas y justos de Israel. ¿Y Tú le odias?” Me ha respondido: “No a Él, sino al que llamaron ‘Mesías’ unos pastores borrachos y unos malditos adivinos de Oriente”. Y como ése eres Tú...».

«No importa. Sé que he sido introducido en el mundo para prueba y contradicción de muchos. ¿Le has dicho que soy Yo?».

«No, no soy estúpido. He querido cubrir tus espaldas y las nuestras».

«Has hecho bien. No por las espaldas, sino porque deseo manifestarme cuando lo juzgue justo. Vamos».

Judas le guía hasta el huerto.

73.4 La mujer vacía los últimos tres cántaros y luego los conduce hacia una rústica construcción entre los árboles frutales. «Entrad» dice. «Mi marido está ya en casa».

Se asoman a una baja y ahumada cocina. «La paz sea en esta casa» saluda Jesús.

«Quienquiera que seas, bendición a ti y a los tuyos. Entra» responde el hombre. Primero trae un barreño con agua para que los cuatro se refresquen y se limpien, luego entran todos y se sientan alrededor de una tosca mesa.

«Os doy las gracias por mi mujer. Me ha dicho lo que habéis hecho. Yo nunca había conocido galileos y me habían dicho que eran burdos y pendencieros. Pero vosotros habéis sido amables y buenos. ¡Estando ya cansados... trabajar tanto! ¿Venís desde lejos?».

«De Jerusalén. Éstos son judíos. Yo y este otro somos de Galilea. Pero, créeme, hombre: el bueno y el malo están en todas partes».

«Es verdad. Yo, como primer encuentro con los galileos, encuentro al bueno. Mujer: trae de comer. No tengo más que pan, verduras, aceitunas y queso. Soy campesino».

«No soy un señor tampoco Yo. Soy carpintero».

«¿Tú? No, a juzgar por tus modales».

La mujer interviene: «Nuestro huésped es de Belén, te lo he dicho, y, si persiguen a los suyos, habrán sido quizás ricos e instruidos como lo eran Josoé de Ur, Matías de Isaac, Leví de Abraham... ¡pobres infelices!...».

«Nadie te ha preguntado. Perdónala. Las mujeres son más charlatanas que las gorrionas por la tarde».

«¿Eran familias de Belén?».

«¿Cómo? ¿No sabes quiénes eran, siendo Tú de Belén?».

«Huimos cuando Yo tenía pocos meses...».

La mujer, que debe ser realmente una cotorra, vuelve a hablar: «Se marchó antes de la masacre».

«¡Ya lo veo! Si no, no estaría en el mundo. ¿No has vuelto nun­ca?».

«No».

73.5 «¡Qué gran desdicha! Encontrarás a pocos de los que — me lo ha dicho Sara — quieres conocer y saludar. A muchos los mataron, muchos huyeron, muchos... ¡bah!, desperdigados, y no se ha sabido nunca si murieron en el desierto o si fueron acallados en la cárcel en castigo de su rebelión. Pero, ¿fue rebelión? ¿Quién habría permanecido inerte dejando degollar a tantos inocentes? No, ¡que no es justo que estén todavía vivos Leví y Elías, y hayan muerto tantos inocentes!».

«¿Quiénes son esos dos, y qué hicieron?».

«¡Pero bueno!... al menos habrás oído hablar de la matanza, de la matanza de Herodes... Más de mil pequeñuelos, en la ciudad; otro millar casi, en los campos. Y todos, bueno, casi todos, varones, porque con la furia, con la obscuridad, con el revuelo, los desalmados tomaron, arrancaron de las cunas, de los lechos maternos, de las casas que asaltaron, incluso niñitas y las transpasaron con las armas como a gacelas lactantes tomadas como blanco por un arquero. Y todo esto ¿por qué? Porque un grupo de pastores, que para vencer el hielo nocturno ciertamente habían bebido sus buenos tragos de sidra, cayeron en delirio y dijeron que habían visto ángeles, que habían oído canciones, recibido señales... y nos dijeron a los de Belén: “Venid. Adorad. El Mesías ha nacido”. ¡Fíjate: el Mesías en una cueva! Realmente tengo que decir que todos nos comportamos como ebrios, también yo, adolescente, y mi mujer, que entonces tenías pocos años... porque todos creímos, y, en una pobre mujer galilea quisimos ver a la Virgen que da a luz, de que hablaron los Profetas. ¡Pero si estaba con un tosco galileo!; el marido, claro; y, si estaba casada, ¿cómo podía ser la “Virgen”? En definitiva: creímos. Dones, adoraciones... casas abiertas para hospedarlos... ¡Oh, habían sabido hacer bien su papel! ¡Pobre Ana! Le fueron en ello los bienes y la vida, y los hijos de su hija — la primera, la única que se salvó porque estaba casada con un mercader de Jerusalén — perdieron también los bienes, porque Herodes mandó quemar la casa y talar toda la propiedad. Ahora es un terreno baldío en el que pace el ganado».

«¿Los pastores tuvieron toda la culpa?».

«No, también tres brujos que venían de los reinos de Satanás. Quizás eran compinches de los tres...¡ Y nosotros, estúpidos, que nos considerábamos tan honrados por su presencia! ¡Aquel pobre jefe de la sinagoga! Le matamos por jurar que las profecías avalaban la verdad de las palabras de los pastores y de los magos...».

«Por tanto, ¿toda la culpa fue de los pastores y de los magos?».

«No, galileo. También nuestra. De nuestra credulidad. ¡Se le esperaba desde hacía tanto tiempo al Mesías...! Siglos de espera. Muchas desilusiones en los últimos tiempos por los falsos mesías. Uno era galileo, como Tú, otro se llamaba Teoda. ¡Embusteros! ¡Mesías ellos!... ¡No eran más que ambiciosos aventureros en busca de fortuna! Deberíamos haber aprendido la lección. Sin embargo...».

73.6 «Y entonces, ¿por qué maldecís todos a los pastores y a los magos? Si os juzgáis estúpidos vosotros también, deberíais también maldeciros a vosotros mismos. Ahora bien, la maldición no está permitida por el precepto del amor. Maldición atrae maldición. ¿Tenéis la seguridad de que estáis en lo justo? ¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?».

«Porque los años de la profecía no se habían cumplido. Después pensamos en ello... después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento».

«¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente...».

«En sus cálculos sobre una nueva estrella».

«¿Y no está escrito: “Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel”? Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel? ¿Y no fue dicho también por boca profética: “Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz”? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la “Virgen” que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual Él será “el Emmanuel” porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice? ¿Y no será anunciado, dice la profecía, a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, “por una gran luz”? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam y de Isaías? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? “Un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que llora por sus hijos”. Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: “La serenidad ha sido concedida”».

«Eres muy docto. ¿Eres Rabí?».

«Lo soy».

«Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero... ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de Belén por el verdadero o falso Mesías... Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra le rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero... si era Él... murió degollado con los otros».

73.7 «¿Dónde viven ahora Leví y Elías?».

«¿Los conoces?». El hombre desconfía.

«No los conozco. No conozco su rostro. Pero son infelices y Yo siempre tengo piedad de los infelices. Deseo ir a verlos».

«¡Ya!... serás el primero después de casi seis lustros. Son todavía pastores y sirven a un rico herodiano de Jerusalén que se apropió de muchos bienes de los asesinados... ¡Siempre hay alguien que se aprovecha! Los verás con los rebaños hacia las alturas que conducen a Hebrón. Pero, un consejo: que los habitantes de Belén no te vean hablando con ellos. Te traería complicaciones. Los soportamos porque... porque está el herodiano. Si no...».

«¡Oh..., el odio!... ¿Por qué odiar?».

«Porque es justo. Nos han causado un mal».

«Creían que actuaban bien».

«Pero actuaron mal. ¡Y mal reciban! Debíamos haberlos matado, de la misma forma que ellos, con su necedad, provocaron muertes. Pero estábamos alelados, y después... estaba el herodiano».

«Si no hubiera estado él, entonces, ¿incluso después del primer impulso de venganza, los habríais matado?».

«Incluso ahora los mataríamos, si no tuviéramos miedo de su jefe».

«Hombre, Yo te digo: no odies, no desees el mal, no desees hacer el mal. Aquí no hay culpa. Pero, aunque la hubiera, perdona; en nombre de Dios, perdona. Díselo a los otros de Belén. Cuando desaparezca el odio de vuestros corazones, vendrá el Mesías; le conoceréis entonces, porque Él vive, Él ya estaba cuando tuvo lugar la matanza. Yo os digo que la matanza no ocurrió por culpa de los pastores y de los magos, sino por culpa de Satanás. El Mesías os ha nacido aquí, ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la casa de David abrió al mundo el río de las gracias eternas, abrió la vida al hombre...».

«¡Fuera, fuera! ¡sal de aquí! Tú, seguidor de este falso Mesías, que no podía más que ser falso, porque nos a traído desdicha, a nosotros los de Belén. Tú le defiendes, por tanto...».

«Silencio, hombre. Yo soy judío y tengo amigos en puestos importantes. Podría hacer que te arrepintieras del insulto» reacciona Judas agarrando de la túnica al campesino, y zarandeándole, violento, encendido de ira.

«No, no, ¡fuera de aquí! No quiero problemas, ni con los de Belén, ni con Roma, ni con Herodes. Marchaos, malditos, si no queréis que os deje marcados. ¡Fuera!...».

«Vamos, Judas. No respondas. Dejémosle en su odio. Dios no entra donde hay rencor. Vamos».

«Sí, vamos. Pero me la pagaréis».

«No, Judas, no. No hables así. Están ciegos... Habrá muchos así en mi camino...».

73.8 Salen, después de Simón y Juan — que ya estaban afuera, ha- blan­do en voz baja con la mujer, detrás de una esquina del esta-

blo —.

«Perdona a mi marido, Señor. Yo no creía hacer tanto mal... Mira, ten. Los tomarás mañana por la mañana. Son frescos, de hoy. No tengo otra cosa... Perdón. ¿Dónde vas a dormir?». (Da unos huevos).

«No te preocupes. Sé a dónde ir. Vete en paz por tu bondad. Adiós».

Caminan en silencio durante algunos metros. Luego Judas no se aguanta más y dice: «¡Pero también Tú...! ¡Mira que no hacerte adorar!... ¿Por qué no hacerle comer el lodo a ese sucio blasfemo? ¡Al suelo! Humillado por haberte faltado a ti, Mesías... ¡Oh, yo lo habría hecho! A los samaritanos hay que reducirlos a cenizas con un milagro. Sólo esto los mueve».

«¡Oh, cuántas veces lo oiré decir! Pero, ¡si tuviera que reducir a cenizas a alguien por cada pecado contra mí!... No, Judas. Yo he venido para crear. No para destruir».

«Ya. Pero los demás sí que te destruyen a ti».

Jesús no le rebate a Judas.

Detalle

Véase la segunda nota a continuación si se quiere ir directamente al grano.

Los Reyes Magos se mencionan en 73.3 y 73.5-6.

La matanza se menciona en 73.2 y sobre todo en 73.5-6.

Los pastores y la Natividad se mencionan principalmente en 73.2 y 75.5-7.

ECR 73.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

73.5 «¡Qué gran desdicha! Encontrarás a pocos de los que — me lo ha dicho Sara — quieres conocer y saludar. A muchos los mataron, muchos huyeron, muchos... ¡bah!, desperdigados, y no se ha sabido nunca si murieron en el desierto o si fueron acallados en la cárcel en castigo de su rebelión. Pero, ¿fue rebelión? ¿Quién habría permanecido inerte dejando degollar a tantos inocentes? No, ¡que no es justo que estén todavía vivos Leví y Elías, y hayan muerto tantos inocentes!».

«¿Quiénes son esos dos, y qué hicieron?».

«¡Pero bueno!... al menos habrás oído hablar de la matanza, de la matanza de Herodes... Más de mil pequeñuelos, en la ciudad; otro millar casi, en los campos. Y todos, bueno, casi todos, varones, porque con la furia, con la obscuridad, con el revuelo, los desalmados tomaron, arrancaron de las cunas, de los lechos maternos, de las casas que asaltaron, incluso niñitas y las transpasaron con las armas como a gacelas lactantes tomadas como blanco por un arquero. Y todo esto ¿por qué? Porque un grupo de pastores, que para vencer el hielo nocturno ciertamente habían bebido sus buenos tragos de sidra, cayeron en delirio y dijeron que habían visto ángeles, que habían oído canciones, recibido señales... y nos dijeron a los de Belén: “Venid. Adorad. El Mesías ha nacido”. ¡Fíjate: el Mesías en una cueva! Realmente tengo que decir que todos nos comportamos como ebrios, también yo, adolescente, y mi mujer, que entonces tenías pocos años... porque todos creímos, y, en una pobre mujer galilea quisimos ver a la Virgen que da a luz, de que hablaron los Profetas. ¡Pero si estaba con un tosco galileo!; el marido, claro; y, si estaba casada, ¿cómo podía ser la “Virgen”? En definitiva: creímos. Dones, adoraciones... casas abiertas para hospedarlos... ¡Oh, habían sabido hacer bien su papel! ¡Pobre Ana! Le fueron en ello los bienes y la vida, y los hijos de su hija — la primera, la única que se salvó porque estaba casada con un mercader de Jerusalén — perdieron también los bienes, porque Herodes mandó quemar la casa y talar toda la propiedad. Ahora es un terreno baldío en el que pace el ganado».

«¿Los pastores tuvieron toda la culpa?».

«No, también tres brujos que venían de los reinos de Satanás. Quizás eran compinches de los tres...¡ Y nosotros, estúpidos, que nos considerábamos tan honrados por su presencia! ¡Aquel pobre jefe de la sinagoga! Le matamos por jurar que las profecías avalaban la verdad de las palabras de los pastores y de los magos...».

«Por tanto, ¿toda la culpa fue de los pastores y de los magos?».

«No, galileo. También nuestra. De nuestra credulidad. ¡Se le esperaba desde hacía tanto tiempo al Mesías...! Siglos de espera. Muchas desilusiones en los últimos tiempos por los falsos mesías. Uno era galileo, como Tú, otro se llamaba Teoda. ¡Embusteros! ¡Mesías ellos!... ¡No eran más que ambiciosos aventureros en busca de fortuna! Deberíamos haber aprendido la lección. Sin embargo...».

73.6 «Y entonces, ¿por qué maldecís todos a los pastores y a los magos? Si os juzgáis estúpidos vosotros también, deberíais también maldeciros a vosotros mismos. Ahora bien, la maldición no está permitida por el precepto del amor. Maldición atrae maldición. ¿Tenéis la seguridad de que estáis en lo justo? ¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?».

«Porque los años de la profecía no se habían cumplido. Después pensamos en ello... después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento».

«¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente...».

«En sus cálculos sobre una nueva estrella».

«¿Y no está escrito: “Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel”? Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel? ¿Y no fue dicho también por boca profética: “Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz”? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la “Virgen” que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual Él será “el Emmanuel” porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice? ¿Y no será anunciado, dice la profecía, a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, “por una gran luz”? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam y de Isaías? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? “Un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que llora por sus hijos”. Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: “La serenidad ha sido concedida”».

«Eres muy docto. ¿Eres Rabí?».

«Lo soy».

«Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero... ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de Belén por el verdadero o falso Mesías... Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra le rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero... si era Él... murió degollado con los otros».

Detalle

Notas más precisas que las de EMV 73.2-8.

ECR 74.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón... Vamos donde los pastores, si los encontramos».

«¿A llevarnos otras pedradas?».

«No. A decirles: “Soy Yo”».

«¡Entonces... por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!...».

«Veremos».

Detalle

Jesús dijo:

ECR 75

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús, Juan, Simón el Zelote y Judas caminan hacia Hebrón. Oyen el sonido de campanas y descubren que hay pastores cerca. Jesús se dirige entonces a Elías, Leví y José (hijo del pastor José de la Natividad). Los interroga y, al decirles que viene de Nazaret, los pastores le preguntan si ha oído hablar de María, José y Jesús de Nazaret. Le hablan de sus persecuciones, de la Gloria que oyeron, de sus oraciones y de su comportamiento a lo largo de su vida. Cuando declararon que buscaban al Salvador, Jesús se les reveló y los pastores creyeron al instante: se alegraron de encontrar al Niño que habían adorado en el pesebre. Jesús se sentó junto a ellos y les preguntó por los doce pastores. Dos están muertos (Samuel y José), pero los otros ocho - Jonás, Jonatás, Benjamín, Isaac, Daniel, Simeón, Juan y Tobías (ahora Matías) - siguen vivos.

Comen juntos y los pastores preguntan al Maestro sobre María, José, la huida a Egipto, el regreso... Hasta que le preguntaron qué podían hacer para servirle. El Señor les dijo que iba a dar una vuelta por Judea, que los discípulos les mantendrían informados y que podrían venir más tarde. Mientras tanto, podían ir con él a Yutta para ver a Isaac y a Hebrón para reunirse en la tumba de Samuel.

Elías le pregunta si podrán servirle toda la vida, y Jesús predice que le servirán toda la vida. Cuando el pastor responde que morirá antes que Cristo, el Señor lo desengaña: Elías será una de las últimas personas que vea cuando muera, pero el anciano verá su triunfo, tras lo cual esperará la muerte, que será sinónimo de un encuentro eterno con su Jesús.

ECR 75.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

75.1 Las alturas se hacen mucho más elevadas y boscosas que las de Belén; suben cada vez más, transformándose en una verdadera cadena montañosa.

Jesús va el primero, proyectando su mirada hacia delante y alrededor, como buscando algo. No habla. Escucha más las voces del arbolado que las de los discípulos, que van unos metros detrás de Él hablando bajo entre sí.

Una esquila suena lejana, pero el viento porta su campanilleo. Jesús sonríe. Se vuelve: «Oigo algunas ovejas» dice.

«¿Dónde, Maestro?».

«Me parece que hacia aquella colina. Pero el bosque no me deja ver».

Juan, sin decir una palabra, se quita la túnica — el manto lo llevan todos en bandolera, enrollado, porque tienen calor —, se queda sólo con la prenda corta, y abraza un tronco alto y liso (yo diría que es de fresno), y sube, sube... hasta que puede ver: «Sí, Maestro. Hay muchos rebaños y tres pastores; allí, detrás de aquella espesura». Baja, y ya caminan seguros.

«¿Serán ellos?».

«Preguntaremos, Simón; si no son, nos sabrán decir algo... Se conocen entre ellos».

Unos cien metros más. Luego un amplio pacedero verde, del todo circundado de gruesos árboles añosos.

75.2 Se ven muchas ovejas en el prado ondulado, rozando la abundante hierba. Tres hombres las custodian. Uno es anciano, ya completamente cano, los otros tienen: uno, aproximadamente, treinta años; el otro, unos cuarenta.

«Cuidado, Maestro. Son pastores...» dice Judas con tono de consejo, al ver que Jesús acelera el paso.

Pero Jesús ni siquiera responde. Continúa, alto, hermoso, dándole el sol de poniente en el rostro, con su túnica blanca. Se le ve tan luminoso, que parece un ángel...

«La paz esté con vosotros, amigos» saluda en llegando al lindero del prado.

Los tres se vuelven sorprendidos. Silencio. Luego el anciano pregunta: «¿Quién eres?».

«Uno que te ama».

«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».

«De Galilea».

«¿De Galilea? ¡Ah!». El hombre le mira atentamente — también los otros se han acercado —. «De Galilea» repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo: «También Él venía de Galilea... ¿De qué lugar, Señor?».

«De Nazaret».

«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que... yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».

«¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?».

«Porque Él era el Salvador, el Mesías, y Herodes le quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre... Cuando tuve noticias de la matanza y volví — porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por Él más que por mi misma carne —, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas... Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino... Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo... hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!... Es duro y cruel... Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: “Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada”. Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena vo­lun­tad”».

«¿Dijeron eso exactamente?».

«Sí, Señor, créelo Tú, Tú al menos, que eres bueno. Conoce Tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten... y nosotros no estábamos borrachos como decían. Éste, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharle a uno? Los ángeles dijeron: “Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Le reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales”».

«¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?».

«¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo — ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones — todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre».

«¡Ah!, ¿decís: “Cristo”?».

«No, Señor. Decimos: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre”».

75.3 «Pero, en definitiva, ¿vosotros a quién buscáis?».

«A Jesucristo, Hijo de María, el Nazareno, el Salvador».

«Soy Yo». A Jesús se le ilumina el rostro al manifestarse a estos tenaces amantes suyos. Tenaces, fieles, pacientes.

«¡Tú! ¡Oh! ¡Señor, Salvador, Jesús nuestro!» — los tres se han arrojado al suelo y besan los pies de Jesús, llorando de alegría —.

«Alzaos. Álzate, Elías, y tú, Leví, y tú, que no sé quién eres».

«José. Hijo de José».

«Éstos son mis discípulos. Juan es galileo; Simón y Judas, judíos».

Los pastores ya no están rostro en tierra, pero sí todavía de rodillas, echados hacia atrás sobre los calcañares. Adoran al Salvador, con ojos de amor, labios temblorosos de emoción, rostros empalidecidos, o enrojecidos, de alegría.

Jesús se sienta en la hierba.

«No, Señor. En la hierba Tú no, Rey de Israel».

«No os preocupéis, amigos. Soy pobre; un carpintero, para el mundo. Rico sólo de amor para el mundo, y del amor que los buenos me dan. He venido a estar con vosotros, a partir con vosotros el pan de la noche, a dormir a vuestro lado sobre el heno, a recibir consuelo de vosotros...».

«¡Oh, consuelo! Somos incultos y estamos perseguidos».

«Yo también lo estoy. No obstante, vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que resiste durante años y florece. ¿Veis? Habéis sabido esperarme, creyendo sin ninguna duda que era Yo. Y Yo he venido».

«¡Oh, sí! Has venido. Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido».

«No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor.

75.4 ¿Y los otros? Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos».

«¡Oh!». Los pastores están cada vez más conmovidos.

«¿Dónde están los demás?».

«El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José le mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por... por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví... le perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel. Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también le mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos... pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio. Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes».

«¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?».

«Me acordé de Zacarías, tu pariente... Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana... y me quedé a su servicio... Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él».

«Pero ahora el Bautista está prisionero».

«Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente».

«Quisiera verlos a todos».

«Sí, Señor. Iremos a decirles: “Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama”».

«Y os quiere entre sus amigos».

«Sí, Señor».

«Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac. Samuel y José ¿dónde están enterrados?».

«Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José... no tiene tumba, Señor. Le quemaron con la casa».

«Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre».

«¿Y mis hijos?».

«Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el “Gloria” cuando el Salvador sea coronado».

«¿Rey?».

«No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires! Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed».

«Sí, Señor».

«Llamadme Maestro.

75.5 Llega la noche, nace la primera estrella. Di tu oración antes de la cena».

«No yo. Tú».

«Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos. El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido. ¡Regocijaos, justos, recocijaos en el Señor! Él, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas, Él, que puso como límite de las tierras los mares, Él, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos, ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid. Venid, vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad para seguirle en santidad y obtener así eterno premio».

Jesús ha orado en pie con los brazos extendidos; los discípulos y los pastores están de rodillas.

Después se distribuye pan y una escudilla de leche acabada de ordeñar, y, dado que son tres los tazones — o calabazas vaciadas, no lo sé —, primero comen Jesús, Simón y Judas; luego Juan (al cual Jesús le pasa su taza) con Leví y José; Elías come el último.

Las ovejas no pastan más, se reúnen en un gran grupo compacto en espera de ser conducidas quizás a su aprisco. Sin embargo, veo que los tres pastores las conducen al bosque, debajo de un rústico cobertizo de ramas cercado con cuerdas. Ellos se ponen a prepararles a Jesús y a los discípulos un lecho de heno. Se encienden algunos fuegos, tal vez para los animales salvajes.

Judas y Juan, cansados, se echan; al poco tiempo ya están dormidos. Simón querría hacerle compañía a Jesús, pero al cabo de un poco él también se queda dormido, sentado en el heno y con la espalda apoyada en un poste.

75.6 Permanecen despiertos Jesús y los pastores. Y hablan: de José, de María, de la huida a Egipto, del regreso... Luego, después de estas preguntas de amor, llegan las preguntas más elevadas: ¿qué hacer para servir a Jesús?, ¿cómo hacerlo ellos, rudos pastores?

Y Jesús instruye y explica: «Ahora Yo voy por Judea. Los discípulos os tendrán siempre al corriente. Después os llamaré. Entretanto, reuníos. Que cada uno tenga noticias de los demás y que sepan que Yo estoy en el mundo, como Maestro y Salvador; y, como podáis, manifestadlo a otras gentes. No os prometo que seréis creídos. Yo he recibido escarnio y golpes, vosotros también los recibiréis. Pero, de la misma forma que habéis sabido ser fuertes y justos en esta espera, sedlo más aún ahora que sois míos. Mañana iremos hacia Yuttá. Luego a Hebrón. ¿Podéis venir?».

«¡Oh, sí! Los caminos son de todos y los pastos son de Dios. Sólo Belén nos está vedada, a causa de un odio injusto. Los otros pueblos saben todo... pero se conforman con burlarse de nosotros llamándonos borrachos. Por eso poco podremos hacer aquí».

«Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré».

«¿Durante toda la vida?».

«Durante toda mi vida».

«No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo».

«¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías. Uno de los últimos será. Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado a causa del dolor por mi muerte. Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal, y con él esperarás la muerte... La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era pequeñito. También entonces los ángeles cantarán el Gloria: “por el hombre de buena voluntad”».

No oigo nada más, la dulce visión se oscurece. Termina.