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Notas de la palabra clave

Elías de Belén (pastor de la Natividad)

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Comodidad de lectura

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ECR 198.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan. Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.

Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista. Quién dice que está en Maqueronte, quién, que en Tiberíades. Los discípulos no han vuelto aún...

«Pero, ¿no le habían seguido?».

«Sí, pero, cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero, y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte. Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde le llevan. Ciertamente, no le abandonarán».

«Como tú tampoco, Isaac, me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo».

«Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana. Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros. Este año vienen todos; y estaremos con Jonatán».

«¿También los del Líbano».

«También. Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan».

«¿Sabes que vienen los de Jocanán?».

«¿De verdad? Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones. Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo».

«Espéralos para última hora, pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero».

«Yo también. Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para la vuelta».

Anotación

Los pastores del Líbano, es decir, Daniel y Benjamín.

ECR 207.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Reanudamos el camino... Venid, os voy a decir dónde encontramos al pastor... No penséis que puedo equivocarme; estoy reviviendo aquella hora, veo y reconozco cada uno de los lugares porque veo a través de una gran luz angélica. Quizás la muchedumbre angélica está de nuevo aquí, invisible para los cuerpos, pero visible para las almas con su luminoso candor, y todo se hace patente, todo queda señalado. Ellos no pueden equivocarse, y me guían... para alegría mía y vuestra. Mirad, desde aquel campo a éste vino Elías con sus ovejas. José le pidió un poco de leche para mí. Allí, en aquel prado, estuvimos detenidos mientras él extraía la leche tibia, reconstituyente, y daba algunos consejos a José. Venid, venid... Mirad, éste es el sendero de la última hondonada antes de Belén. Lo elegimos porque el camino principal, en las cercanías de la ciudad, era todo un barullo de gente y cabalgaduras...

Detalle

María relata la Natividad del Señor y el viaje con José a Belén.

ECR 207.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

María, que ha estado yendo a un lado o a otro mientras evocaba los hechos, señalando los lugares, jadeante de amor, con un destello de llanto en sus ojos azules y una sonrisa en los labios, se inclina realmente hacia Jesús — que está sentado en una piedra grande mientras Ella cuenta — y le besa en el pelo, llorando, adorándole como entonces.

«Y luego los pastores... dentro, aquí, adorando con su buen corazón, con el intenso hálito de la tierra que con ellos entraba en su olor humano, de rebaños, de heno; y, afuera, y por todas partes, los ángeles, adorándote con su amor, con sus cantos (que ninguna criatura humana puede reproducir) y con el amor del Cielo, con la brisa del Cielo que con ellos entraba, que ellos portaban, entre sus fulgores... ¡Tu nacimiento, bendito mío!».

María se ha arrodillado al lado de su Hijo y llora de emoción con la cabeza reclinada en las rodillas de Jesús. Ninguno de los presentes se atreve a decir nada durante un rato; emocionados en mayor o menor grado, miran en torno a sí, como esperando ver pintada, entre las telas de araña y las ásperas piedras, la escena descrita...

Detalle

María relata la Natividad de su Hijo en el pesebre de Belén. Luego habla de los ángeles y los pastores.

ECR 208.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Es casi seguro que los encontraremos, si durante un trecho volvemos al camino de Hebrón. Por favor, id de dos en dos a buscarlos, por las veredas de las montañas; de aquí a las piscinas de Salomón y de allí a Betsur. Nosotros os seguiremos. Ésta es su zona de pastos» dice el Señor a los doce. Comprendo que está hablando de los pastores.

Los apóstoles se apresuran a ir cada uno con el compañero preferido; sólo la pareja casi inseparable de Juan y Andrés no se une, porque los dos van a Judas Iscariote y le dicen: «Voy contigo», y Judas responde: «Sí, ven, Andrés. Es mejor así, Juan. Tú y yo seríamos dos que ya conocemos a los pastores; es mejor que vayas con algún otro».

«Entonces conmigo el muchacho» dice Pedro, dejando a Santiago de Zebedeo, que, sin protestar, va con Tomás, mientras Simón Zelote va con Judas Tadeo, Santiago de Alfeo con Mateo, y los dos inseparables Felipe y Bartolomé por su cuenta. El niño se queda con Jesús y las dos Marías.

El camino es fresco y bonito, entre montes llenos de verdor por las distintas parcelas pobladas de bosque o destinadas a prado. Se ven pasar rebaños que van bajo la luz dorada de la aurora hacia los pastos.

A cada sonido de esquila Jesús guarda silencio y mira, luego pregunta a los pastores si Elías, el pastor betlemita, está por esos lugares. Me doy cuenta de que a Elías se le conoce ya como “el betlemita” (aunque otros pastores lo sean también, él es, seria o burlonamente, “el betlemita”). Hacen detenerse al rebaño, dejan de tocar sus toscas flautas, y responden... Ninguno lo sabe.

Los jóvenes tienen, casi todos, estas flautas primordiales de cañas, cosa que hace extasiarse a Margziam, hasta que un pastor anciano y bueno le da el de su nieto diciendo: «Él se hará otra flauta». Y Margziam se va contento con su instrumento, en bandolera, a pesar de que todavía no lo sepa usar.

Anotación

Es mejor así, Jean. Tú y yo seríamos dos personas que ya conocen a los pastores. Cf . EMV 75.2 y EMV 75.6.

ECR 208.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Empieza el ocaso. Betsur se muestra en lo alto de su colina y, casi inmediatamente, por el camino de segundo orden que los peregrinos han tomado para ir a la ciudad, aparecen los rebaños, y los pastores, que vienen rápidos a su encuentro.

Cuando Elías ve que en el grupo está también María, alza los brazos con gesto de asombro, y se queda así, sin atreverse a creer en lo que ve.

«La paz sea contigo, Elías. Sí, soy yo. Era una promesa y en Jerusalén no ha sido posible vernos... Pero... no te preocupes, el caso es que ahora nos vemos» dice dulcemente María.

«¡Oh! ¡Madre! ¡Madre!...». Elías no sabe qué decir. Al final encuentra las palabras: «Ahora celebro mi Pascua. Es igual... incluso mejor».

«¡Claro que sí, Elías!» confirman sus compañeros.

«Hemos hecho una buena venta y podemos matar un corderito. Venid a nuestra pobre mesa...» dice con tono de súplica Leví, y también José.

«Hoy estamos cansados. Mañana. Escuchad: ¿conocéis a una cierta Elisa, casada con Abraham de Samuel?».

«Sí. Está en su casa de Betsur. Pero Abraham ha muerto, y, el año pasado murieron también sus hijos: el primero por una enfermedad que duró pocas horas — nunca se ha sabido de qué murió —; el otro fue lentamente, pero nada logró detener el mal. Nosotros le dábamos leche de cabra recién formada porque los médicos decían que le iba bien al enfermo. Bebía mucha leche, recogida de todos los pastores, pues la pobre madre había pedido que localizaran a quienes tuvieran en el rebaño una cabra lechal. Pero no sirvió de nada. Cuando volvimos al llano, el joven ya no tomaba alimento, y, cuando volvimos en Adar, había muerto desde hacía dos lunas».

«¡Pobre amiga mía! En el Templo me tenía amor... incluso éramos un poco parientes en nuestros antecesores... Era buena... Salió dos años antes que yo del Templo para casarse con Abraham, a quien estaba prometida desde su infancia; me acuerdo de ella, cuando vino para ofrecer a su primogénito al Señor. Me avisó; no sólo a mí... pero luego quiso estar un tiempo conmigo a solas... Ahora está sola... ¡Debo apresurarme, para consolarla! Vosotros quedaos aquí. Voy con Elías. Entraré sola. El dolor exige un ambiente respetuoso...».

«¿Yo tampoco, Madre?».

«Tú siempre. Pero los demás... Ni siquiera tú, pequeñuelo, porque sería un dolor para ella. ¡Ven, ven, Jesús!».

«Esperadnos en la plaza del pueblo. Buscad un alojamiento para la noche. Adiós» ordena Jesús a todos.

ECR 208.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Y, sólo con Elías, Jesús y su Madre caminan hasta una casa grande, completamente cerrada y silenciosa. El pastor llama con su cayado. Una sierva asoma su cabeza a una pequeña ventana y pregunta que quién ha llamado.

María se adelanta y responde: «María de Joaquín, y su Hijo, de Nazaret. Díselo a la señora».

«Es inútil. No quiere ver a nadie. No hace sino llorar esperando la muerte».

«Inténtalo».

«No. Ya sé cómo me va a rechazar si trato de distraerla. No quiere a nadie a su lado, no quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie; sólo habla con el propio recuerdo de sus hijos».

«Ve, mujer. Te lo ordeno. Dile: “Está afuera la pequeña María de Nazaret, la que era como una hija para ti en el Templo...”. Verás como me quiere recibir».

La mujer se marcha meneando la cabeza.

María explica a su Hijo y al pastor: «Elisa era bastante mayor que yo. Estaba en el Templo esperando el regreso de su prometido, que había ido a Egipto por asuntos de una herencia; por eso estuvo en el Templo hasta una edad no común. Tiene casi diez años más que yo. Las maestras acostumbraban a asignar a las pequeñas a alumnas adultas para que las guiaran... Ella fue mi compañera-maestra. Era buena y... ¡Ah, ahí está la mujer!».

Efectivamente, la sirvienta ha vuelto sin pérdida de tiempo, asombrada, y ha abierto de par en par la puerta de la entrada: «¡Entra, entra!» dice. Luego, bajando la voz, añade: «Bendita seas por hacerla salir de esa habitación».

Elías se despide de María y su Hijo, que entran.

ECR 208.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Declina la tarde, mujer. Voy con mis apóstoles. Te dejo a mi Madre...».

«¡Quédate Tú también!... Tengo miedo a que, si te marchas, me invada de nuevo ese tormento... Ahora, con el sonido de tus palabras, está levemente empezando a calmarse la tempestad...».

«¡No temas! Tienes a María contigo. Mañana vuelvo. Tengo que decir algunas cosas a los pastores. ¿Puedo decirles que vengan aquí a tu casa?...».

«¡Sí, claro! Venían también el año pasado, por mi hijo... Detrás de la casa hay un huerto y, más allá, un patio rústico. Pueden estar allí, como hacían cuando venían para que los rebaños estuvieran recogidos...».

ECR 209.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La noticia de que Elisa está decidida a salir de su trágica melancolía se ha debido difundir por el pueblo; tanto que, cuando Jesús, seguido de apóstoles y discípulos, va hacia la casa atravesando el pueblo, mucha gente se le queda mirando atentamente e incluso preguntan a uno u otro pastor para que les den más detalles acerca de Él, acerca del motivo de su visita, o para saber quiénes son los que van con Él, y quién es el niño, y quiénes las mujeres, y para saber qué medicina ha dado a Elisa, que la ha sacado de las tinieblas de la locura de forma tan inmediata, nada más llegar, y para interesarse por el plan que tiene o las palabras que va a decir... Y todas las otras preguntas que queramos añadir.

La última pregunta es: «¿No podemos ir también nosotros?». La respuesta de los pastores es: «No sabemos. Esto se lo tenéis que preguntar al Maestro. Acercaos a Él».

«¿Y si nos trata mal?».

«No trata mal ni siquiera a los pecadores. Id, id, que le daréis una satisfacción».

209.2

Un grupo de personas hablan entre sí — son hombres y mujeres, en general mayores, de la edad de Elisa —; luego van hacia adelante, se acercan a Jesús, que está hablando con Pedro y Bartolomé, y, un poco tímidos, le llaman: «¡Maestro!...».

«¿Qué queréis?» pregunta Bartolomé.

«Hablar con el Maestro para pedirle...».

«Paz a vosotros. ¿Qué queréis de mí?».

La sonrisa de Jesús los tranquiliza y dicen: «Somos todos amigos de Elisa, de su casa. Hemos oído que está curada. Querríamos verla. También querríamos oírte hablar. ¿Podemos ir?».

«A oírme a mí, sí; a verla, no, amigos. Mortificad el sentimiento de amistad y la curiosidad, porque también hay curiosidad en vuestra actitud. No se puede disturbar este gran dolor; respetadlo».

«¿Pero, no está curada?».

«Se vuelve hacia la Luz. Pero, ¿acaso terminada la noche llega inmediatamente el mediodía, o, cuando se enciende una llama en el hogar apagado, en seguida arde viva? Pues lo mismo Elisa. ¿Si una ráfaga intempestiva de viento enviste la leve llama que está naciendo, no la apagará? Por tanto, sed prudentes. Esa mujer es toda ella una llaga. Hasta los amigos podrían exasperarla; necesita sosiego, silencio, soledad, aunque no una soledad trágica como la que vivía hasta ayer, sino resignada, para volver a ser lo que era...».

«Y entonces, ¿cuándo la vamos a ver?».

«Antes de lo que creéis, porque ha encontrado la estela de la salud. ¡Si supierais lo que significa salir de esas tinieblas! Son peores que la muerte, y quien se libra de ellas, en el fondo, siente vergüenza de su estado anterior y de que el mundo lo sepa».

«¿Eres médico?».

«Soy el Maestro».

En esto, ya están frente a la casa.

Jesús se vuelve a los pastores: «Pasad al patio. Que vaya con vosotros quien lo desee, pero que nadie haga ruido ni siga más allá del patio. Cuidad vosotros también — dice a los apóstoles — de que esto se cumpla. Y vosotros — habla a Salomé y a María de Alfeo — tened cuidado de que el niño no haga jaleo. Hasta luego».

Y llama a la puerta. Los otros desaparecen por una callejuela para ir a donde deben.

ECR 209.4-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Las mujeres se quedan en el jardín, pero, poco después, cuando se oye la voz de Jesús esparcirse por el aire sereno al saludar a los presentes, Elisa, como atraída por una fuerza irresistible, se acerca lentamente a un seto muy alto tras el cual está el patio.

Jesús habla primero a los tres pastores. Está cerquísima del seto. Tiene frente a sí a los apóstoles y a los habitantes de Betsur que le habían seguido. Las Marías con el niño están sentadas en un ángulo. Jesús dice: «¿Pero estáis ligados por contrato o podéis en cualquier momento liberaros del compromiso?».

«Mira, la verdad es que somos dependientes libres, pero dejarlo inmediatamente, ahora que los rebaños requieren tantos cuidados y que es difícil encontrar pastores, no parece una cosa bonita».

«Efectivamente. De todas formas, no es necesario que lo hagáis ahora; os lo digo con tiempo para que, con justicia, toméis en su momento las medidas oportunas, porque os quiero libres para uniros a los discípulos; así me ayudaréis también vosotros...».

«¡Oh, Maestro!...». Los tres se extasían por la alegría. «Pero, ¿vamos a ser capaces?» añaden luego.

«No lo pongo en duda. Entonces está entendido, ¿no? Apenas os sea posible os unís a Isaac».

«Sí, Maestro».

«Podéis ir con los demás.

209.5

Voy a decir dos palabras a la gente».

Deja a los pastores y se dirige a todos los presentes (...).

Detalle

Isaac no está presente, pero se le nombra en la conversación de Jesús con los pastores.

ECR 210.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y en qué te parece que el Maestro prefiere a otros antes que a ti?».

«¡Pero no lo has visto también ahora? Llegado el momento de salir de Betsur — después de un tiempo pasado en instruir a tres pastores a los que perfectamente había podido instruir Isaac —, ¿a quién deja con su Madre? ¿A mí?, ¿a ti? No. Deja a Simón. ¡Un viejo que casi no habla!...».

«Pero que lo poco que dice está siempre bien dicho» replica prontamente Tomás, que ahora se ha quedado solo con Judas dado que las mujeres, con Andrés, se han separado y van adelante ligeras, como huyendo de un tramo de camino lleno de sol.

Detalle

Tomás discute con Judas, que refunfuña por todo y por nada.

Anotación

Había llegado el momento de abandonar Bet-çur, tras una estancia para instruir a tres pastores que muy bien podrían haber sido llevados de la mano por Isaac: véase EMV 209.