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Notas de la palabra clave

Zacarías (padre de Juan el Bautista)

Tema: Familia y parentesco de Jesucristo · Página 5 de 6

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ECR 31.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

31.3 Se sientan. Zacarías refiere de nuevo — esta vez a María — el motivo por el cual Isabel no ha venido, y cómo ello la ha apenado. «Durante estos meses ha estado preparando ropa para tu bendito Hijo. Te lo he traído. Está abajo, en el carro».

Se levanta y va afuera. Vuelve con un paquete voluminoso y con otro más pequeño. De uno y de otro — José en seguida le ha liberado del grande — saca inmediatamente los presentes: una suave colcha de lana tejida a mano, pañales y vestiditos. Del otro, miel, harina blanquísima, mantequilla y manzanas, para María, y tortas amasadas y cocidas por Isabel y muchas otras cositas que manifiestan el afecto maternal de la agradecida prima hacia la joven Madre.

«Le dirás a Isabel que le quedo agradecida, como también a ti. Me habría gustado mucho verla, pero comprendo las razones. También me hubiera gustado ver de nuevo al pequeño Juan...».

«Le veréis para la primavera. Vendremos a veros».

«Nazaret está demasiado lejos» dice José.

ECR 31.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

31.4 «¿Nazaret? Pero si debéis quedaros aquí. El Mesías debe crecer en Belén. Es la ciudad de David. El Altísimo le ha traído, a través de la voluntad de César, a nacer en la tierra de David, la tierra santa de Judea. ¿Por qué llevarle a Nazaret? Ya sabéis qué es lo que piensan los judíos de los nazarenos. El día de mañana este Niño deberá ser el Salvador de su pueblo. La capital no debe despreciar a su Rey por el hecho de despreciar a su ciudad de proveniencia. Vosotros sabéis como yo lo insidioso que es en sus razonamientos el Sanedrín y lo desdeñosas que son las tres castas principales... Además aquí, no lejos de mí, podré ayudaros bastante, y podré poner todo lo que tengo — no tanto de cosas materiales cuanto de dones morales — al servicio de este Recién Nacido. Y cuando esté en edad de entender me sentiré dichoso de ser maestro suyo, como de mi hijo, para que así, incluso, cuando sea mayor, me bendiga. Tenemos que pensar en el gran destino suyo, y que, por tanto, debe poderse presentar al mundo con todas las cartas para poder ganar fácilmente su partida. Está claro que Él poseerá la Sabiduría, pero el solo hecho de que haya tenido a un sacerdote por maestro le hará más acepto a los difíciles fariseos y a los escribas, y le facilitará la misión».

31.5 María mira a José, José mira a María. Por encima de la cabeza inocente del Niño, que duerme rosado y ajeno a lo que le rodea, se entreteje un mudo intercambio de preguntas. Son preguntas veladas de tristeza. María piensa en su casita; José, en su trabajo. Aquí habría que partir de cero, en un lugar en que, apenas unos días antes, nadie los conocía. En este lugar no hay ninguna de esas cosas amadas dejadas allí, y que habían sido preparadas para el Niño con gran amor.

Y María lo dice: «¿Cómo hacemos? Allí hemos dejado todo. José ha trabajado para mi Jesús sin ahorrar esfuerzo ni dinero. Ha trabajado de noche, para trabajar durante el día para los demás y ganar así lo necesario para poder comprar las maderas más bonitas, la lana más esponjosa, el lino más cándido, para preparar todo para Jesús. Ha hecho colmenas, ha trabajado hasta de albañil para darle otra distribución a la casa, de forma que la cuna pudiera estar en mi habitación hasta que Jesús fuese más grande, y que luego pudiese dar espacio a la cama; porque Jesús estará conmigo hasta que sea un jovencito».

«José puede ir a recoger lo que habéis dejado».

«¿Y dónde lo metemos? Como tú sabes, Zacarías, nosotros somos pobres. No tenemos más que el trabajo y la casa. Y ambos nos dan para tirar adelante sin pasar hambre. Pero aquí... trabajo encontraremos, quizás, pero tendremos que pensar de todas formas en una casa. Esta buena mujer no nos puede hospedar permanentemente, y yo no puedo sacrificar a José más de lo que ya lo está por mí».

«¡Oh, yo! ¡Por mí no es nada! Me preocupa el dolor de María, el dolor de no vivir en su casa...».

Le brotan a María dos lagrimones.

«Yo creo que debe amar esa casa como el Paraíso, por el prodigio que allí tuvo lugar en Ella... Hablo poco, pero entiendo mucho. Si no fuera por este motivo, no me sentiría afligido. A fin de cuentas, lo único es que trabajaré el doble, pero soy fuerte y joven como para trabajar el doble de lo acostumbrado y cubrir todas las necesidades. Si María no sufre demasiado... si tú dices que se debe hacer así... por mí... aquí estoy. Haré lo que estiméis más justo. Basta con que le sea útil a Jesús».

«Ciertamente será útil. Pensad en ello y veréis los motivos».

«Se dice también que el Mesías será llamado Nazareno...». objeta María.

«Cierto. Pero, al menos hasta que se haga adulto, haced que crezca en Judea. Dice el Profeta: “Y tú, Belén Efratá, serás la más grande, porque de ti saldrá el Salvador”. No habla de Nazaret. Quizás ese apelativo se le dará por un motivo que desconocemos. Pero su tierra es ésta».

«Tú lo dices, sacerdote, y nosotros... y nosotros con dolor te escuchamos... y seguimos tu consejo. ¡Y qué dolor!... ¿Cuándo veré aquella casa donde fui Madre?». María llora quedo. Y yo entiendo este llanto suyo... ¡Vaya que si lo entiendo!

La visión me termina con este llanto de María.

Detalle

Después de la Natividad, Zacarías fue a visitar a José y María. Se opuso a que la Sagrada Familia regresara a Nazaret.

ECR 31.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Zacarías es un sacerdote; José, no. Y, sin embargo, observa cómo él, que no lo es, tiene su espíritu en el Cielo más que quien lo es. Zacarías piensa humanamente, y humanamente interpreta las Escrituras, porque — no es la primera vez que lo hace — se deja guiar demasiado por su buen sentido humano. Ya fue castigado por ello, pero vuelve a caer en lo mismo, aunque menos gravemente. Ya respecto al nacimiento de Juan había dicho: “¿Cómo podrá ser esto, si yo soy viejo y mi mujer estéril?”. Ahora dice: “Para allanarse el camino, el Cristo debe crecer aquí”; y piensa — con esa pequeña raíz de orgullo que persiste incluso en los mejores — que él le puede ser útil a Jesús — no útil como quiere serlo José (sirviéndole), sino útil siendo maestro suyo (!) —. Dios le perdonó de todas formas por la buena intención; pero, ¿necesitaba, acaso, maestros el “Maestro”?

Traté de hacerle ver la luz en las profecías, mas él se sentía más docto que yo y usaba a su modo esta impresión suya. Yo habría podido insistir y vencer, pero — y ésta es la segunda observación que te presento — respeté al sacerdote; por su dignidad, no por su saber.

Detalle

María se refiere a la visión dada en EMV 31.1-5.

ECR 75.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

75.4 ¿Y los otros? Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos».

«¡Oh!». Los pastores están cada vez más conmovidos.

«¿Dónde están los demás?».

«El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José le mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por... por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví... le perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel. Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también le mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos... pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio. Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes».

«¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?».

«Me acordé de Zacarías, tu pariente... Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana... y me quedé a su servicio... Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él».

«Pero ahora el Bautista está prisionero».

«Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente».

«Quisiera verlos a todos».

«Sí, Señor. Iremos a decirles: “Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama”».

«Y os quiere entre sus amigos».

«Sí, Señor».

«Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac. Samuel y José ¿dónde están enterrados?».

«Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José... no tiene tumba, Señor. Le quemaron con la casa».

«Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre».

«¿Y mis hijos?».

«Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el “Gloria” cuando el Salvador sea coronado».

«¿Rey?».

«No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires! Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed».

«Sí, Señor».

«Llamadme Maestro.»

Detalle

Resumen Jesús ha encontrado a Elías y Leví, dos pastores del Nacimiento. Explica dónde están los otros pastores, qué hizo Zacarías por ellos y quién siguió a Juan Bautista cuando comenzó su misión de Precursor.

Una nota en la segunda etidción hace la siguiente aclaración.

Significa : *el rebaño que yo guardaba en nombre de Ana había sido tomado por el Herodiano, así que me pasé a su servicio.

ECR 77

El Evangelio como me ha sido revelado

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El grupo apostólico se dirige a Hebrón. Judas está nervioso y enfadado porque no han ido primero a Keriot, ya que habría sido más corto. Pero Jesús le asegura que siempre cumple sus promesas. Fue antes a Hebrón porque Samuel, que había muerto, había sufrido mucho por él y nunca había traicionado el recuerdo de Jesús cuando era niño. Permaneció fiel aunque no supiera que estaba vivo, y por eso este hombre merece que Cristo le honre y rece por él.

A continuación, el Iscariote señala que los pastores eran justos y santos, y sin embargo fueron maltratados. Ana de Belén incluso murió a consecuencia de ello... Y concluye, de paso, que el amor que mostramos a Jesús le trae mala suerte. El Maestro impide que Juan y Simón intervengan, diciendo que prefiere que Judas diga siempre lo que piensa. Y replica que, aunque los pastores hubieran recibido mucho, no sería justo que recibieran un privilegio especial por haber recibido tal o cual regalo, incluido el de estar presentes en la Natividad. Simón, además, declara que no hay que poner cosas terrenales donde hay cosas celestiales.

Judas ironiza entonces directamente, señalando que, al haber sanado tan pronto, el zelote ha recuperado todas sus posesiones, por lo que no vive sólo de su ingenio. Pero el amigo de Lázaro le replica que le ha dado órdenes concretas y que está libre de todo para seguir a Jesús.

Judas refunfuña al final, porque vuelve a equivocarse, y Juan intenta consolarlo diciéndole que es práctico, pero que pronto cambiará en presencia de Jesús.

Jesús cambia hábilmente de conversación cuando Judas sigue refunfuñando y da instrucciones a Leví y Elías: ellos le conducirán hasta Jonás, y José se quedará con el grupo hasta Jericó.

Finalmente, llegan a Hebrón, cerca de la casa de Zacarías. Pero la casa estaba rodeada por un muro, que antes no existía. Un hombre les explica que un herodiano había tomado posesión de la casa y que tenía consigo a una prostituta. Habla largo rato de Juan -a quien ve como el Mesías, a pesar del diálogo con Jesús y Juan- y el Maestro no insiste cuando el hombre se obstina y cree tener la verdad.

De camino a la sinagoga, dan una vuelta por la casa y se encuentran con Aglaia. Jesús entra en casa de Zacarías y entabla una conversación muy sincera con la cortesana. Ella inicia un camino de redención, pero tras dejarlo, Jesús es rechazado por la sinagoga. No se debe hablar con prostitutas, y cuando Judas se lo comenta una vez fuera de la ciudad, el Señor declara que Aglaia le superará y que pronto llegará el momento en que los paganos adorarán al Dios verdadero, en lugar de al pueblo elegido que debe recibir al Mesías.

Sin embargo, les dice que se alegren, pues se acerca la primera resurrección.

ECR 77.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Se ven algunas casas» dice Juan, que va unos pasos por delante de los demás.

«Es Hebrón, con su cúspide a caballo entre dos ríos. ¿Ves, Maestro? ¿Ves aquella casa grande de allí, entre toda aquella hierba, un poco más alta que las otras? Es la casa de Zacarías».

«Aceleremos el paso».

Recorren ligeros los últimos metros de camino. Entran en el pueblo. Las pequeñas pezuñas de las ovejas parecen castañuelas al chocar contra las piedras irregulares de la calle, aquí rudimentariamente adoquinada. Llegan a la casa. La gente mira a ese grupo de hombres de diverso aspecto, edad y vestimenta, entre el blancor de las ovejas.

«¡Oh! ¡Es distinta! ¡Aquí estaba la verja de entrada!» dice Elías. Ahora, en lugar de la verja, hay un portón herrado que impide ver. Y la tapia que la circunda es más alta que un hombre, y, por tanto, no se ve nada.

«Quizás esté abierto por detrás. Vamos». Rodean un amplio cuadrilátero (más concretamente un amplio rectángulo), pero la pared es igual por todas partes.

«Pared hecha desde hace poco» dice Juan observándola. «No tiene grietas, y en el suelo hay todavía piedras con cal».

«Tampoco veo el sepulcro... Estaba hacia el bosque. Ahora el bosque está fuera del muro y... y parece de todos. Hacen leña en él...». Elías está perplejo.

77.5

Un hombre, un leñador entrado en años, más bien bajo, pero fuerte, observando al grupo, deja de serrar un tronco talado y se dirige hacia ellos. «¿A quién buscáis?».

«Queríamos entrar en la casa, para orar ante el sepulcro de Zacarías».

«Ya no existe el sepulcro. ¿No lo sabéis? ¿Quiénes sois?».

«Yo, amigo de Samuel, el pastor. Él...».

«No hace falta, Elías» dice Jesús. Elías se calla.

«¡Ah! ¡Samuel!... ¡Ya! Sólo que desde que Juan, hijo de Zacarías, está en la cárcel, la casa ya no es suya. Y es una desgracia, porque él distribuía todas las ganancias de sus bienes entre los pobres de Hebrón. Una mañana vino uno de la corte de Herodes, echó afuera a Joel, clausuró la casa; luego volvió con algunos obreros y empezó a levantar el muro... En el ángulo, allí, estaba el sepulcro. No lo quiso... y una mañana lo encontramos todo destrozado, medio derruido... los pobres huesos mezclados... Los recogimos como se pudo... Ahora están en una única arca... Y en la casa del sacerdote Zacarías ese inmundo tiene a sus amantes. Ahora está una histrionisa de Roma. Por eso ha realzado el muro. No quiere que se vea... ¡La casa del sacerdote, un lupanar! ¡La casa del milagro y del Precursor! Porque ciertamente es él, si es que no es él el Mesías. ¡Y cuántas dificultades hemos tenido por el Bautista! ¡Pero es nuestro grande! ¡Verdaderamente grande! Ya cuando nació se dio un milagro. Isabel, consumida como un cardo ajado, resultó fértil como un manzano en Adar; primer milagro. Luego vino una prima, que era santa, a servirla y a soltarle la lengua al sacerdote. Se llamaba María. Me acuerdo de ella, aunque sólo la viéramos en muy raras ocasiones. No sé cómo sucedió. Se dice que, por contentar a Isa, Ella dejaba poner la boca muda de Zacarías sobre su vientre grávido, o que le metía sus dedos en la boca. No lo sé bien. Lo cierto es que, después de nueve meses de silencio, Zacarías habló alabando al Señor y diciendo que había venido el Mesías. No explicó más, pero mi mujer asegura — ella estaba ese día — que Zacarías dijo, alabando al Señor, que su hijo iría delante de Él. Ahora, yo digo: no es como la gente cree. Juan es el Mesías y camina ante el Señor como Abraham ante Dios, eso es. ¿No tengo razón?».

«Tienes razón por lo que respecta al espíritu del Bautista, que siempre camina en presencia de Dios; pero no tienes razón respecto al Mesías».

«Entonces aquélla, de la que se decía que era Madre del Hijo de Dios — lo dijo Samuel — ¿no era verdad que lo era? ¿No vive todavía?».

«Lo era. El Mesías nació, precedido por aquel que en el desierto alzó su voz, como dijo el Profeta».

«Tú eres el primero que lo asegura. Juan, la última vez que Joel le llevó una piel de oveja — como todos los años hacía cuando llegaba el invierno —, si bien fuera interrogado acerca del Mesías, no dijo: “Ya ha venido”. Cuando él lo diga...».

«Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando...» dice Juan.

«No. no. El Cordero es él. Verdadero Cordero que se ha criado a sí mismo, sin casi necesidad de madre y padre. Poco después de pasar a ser hijo de la Ley, se aisló en las cuevas de los montes que miran al desierto y allí se ha educado, hablando con Dios. Isa y Zacarías murieron y él no vino. Padre y madre para él era Dios. No hay santo más grande que él. Preguntad a toda Hebrón. Samuel lo decía, pero debían tener razón los de Belén. El santo de Dios es Juan».

«Si uno te dijera: “El Mesías soy Yo”, ¿qué dirías tú?» pregunta Jesús.

«Le llamaría “blasfemo” y le echaría a pedradas».

«¿Y si hiciera un milagro para probar su condición?».

«Le llamaría “endemoniado”. El Mesías vendrá cuando Juan se revele en su verdadero ser. El mismo odio de Herodes es la prueba. Él, el astuto, sabe que Juan es el Mesías».

«No ha nacido en Belén».

«Pero cuando le liberen, después de anunciarse por sí mismo su próxima venida, se manifestará en Belén. También Belén espera esto. Mientras... ¡Oh! Ve, si tienes valor, a hablarles a los de Belén de otro Mesías... y verás».

«¿Tenéis una sinagoga?».

«Sí. Recto doscientos pasos por esta calle. No puedes equivocarte. Cerca está el arca de los restos profanados».

«Adiós. Que el Señor te ilumine».

Se van. Dan la vuelta por la parte de delante.

ECR 77.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

77.8 Jesús va recto por la calle. Llama a la sinagoga.

Se asoma un viejo malévolo. Ni siquiera le da tiempo a Jesús de hablar. «La sinagoga está prohibida, en este lugar santo, para los que tienen comercio con las meretrices. ¡Fuera!».

Jesús se vuelve sin hablar y continúa caminando por la calle (los suyos van detrás) hasta que se encuentran fuera de Hebrón. Entonces hablan.

«Hay que decir que Tú te lo has buscado, Maestro» dice Judas. «¡Una meretriz!».

«Judas, en verdad te digo que ella te superará. Y ahora, tú que me censuras, ¿qué me dices de los judíos? En los lugares más santos de Judea nos han escarnecido; nos han echado... Pero es así. Llega el tiempo en que Samaria y los gentiles adorarán al verdadero Dios, y el pueblo del Señor estará manchado de sangre, y de un delito... de un delito respecto al cual el de las meretrices que venden su carne y su alma será poca cosa. No he podido orar ante los huesos de mis primos y del justo Samuel, pero no importa. Reposad, huesos santos, regocijaos, oh espíritus que habitáis en ellos. La primera resurrección está cercana. Luego vendrá el día en que seréis presentados a los ángeles como los espíritus de los siervos del Señor».

Jesús calla y todo termina.

Detalle

Jesús acaba de hablar con una prostituta. No la miró ni una sola vez, pero la animó a convertirse (véase EMV 77.7). Luego volvió a la sinagoga. Allí es rechazado y, ante las observaciones de Judas, le dice lo que le depara el futuro.

ECR 136.6

El Evangelio como me ha sido revelado