ECR 11.3 · Volumen 1
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
La estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia.
Notas de la palabra clave
Comodidad de lectura
ECR 11.3 · Volumen 1
La estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia.
ECR 17.6-7
El triple, desenfrenado apetito (...) tiene entre sus garras los tres reinos del hombre.
17.7 Sólo la Gracia logra aflojar la presa de este monstruo despiadado; y, si vive, si está vivísima, si la voluntad del hijo fiel la mantiene cada vez más viva, llega incluso a estrangular al monstruo. Ya no habrá nada que temer: ni a los tiranos internos (o sea, la carne y las pasiones), ni a los tiranos externos (el mundo y los que en el mundo tienen poder), ni a las persecuciones, ni a la muerte. Es como dice el apóstol Pablo: “Nada de esto yo temo, y no considero ya mía mi vida, con tal de cumplir mi misión y llevar a cabo el ministerio recibido del Señor Jesús para dar testimonio del Evangelio de la Gracia de Dios”».
Cristo habla del pecado original en este capítulo y declara que, desde entonces, la triple concuspicencia se adhiere a los reinos del hombre, que son la carne, la conducta moral y el espíritu.
ECR 31.9
Obedecer salva siempre. Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe.
Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno. Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores. Pero, ¿no habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio, propagarlas, mucho más allá de Belén, y persuadir a un simil delito a todos los poderosos de Palestina para lograr matar al futuro Rey de los judíos? Sí, habría podido. Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos. Y, si ello hubiera sucedido, ¿cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos, y, además, con un niño pequeño y en plena persecución? Más sencilla la fuga de Belén, aunque — eso sí — igualmente dolorosa.
La obediencia salva siempre, recuérdalo.
María habla de la obediencia de la Sagrada Familia cuando Zacarías les aconsejó que se quedaran en Belén.
ECR 43.6
A José, humanamente hablando, la unión con Jesús no le procuró sino trabajos, esfuerzos, persecuciones, hambre. Pero, dado que tendía sólo hacia Jesús, todo esto se transformó en paz espiritual, en alegría sobrenatural. Yo quisiera conduciros al punto en que estaba mi esposo cuando decía: “Aunque nos quedáramos sin nada, tendremos siempre todo, porque tenemos a Jesús”.
ECR 43.6
Traducción en curso
ECR 49.2
«Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida, y, con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por mí?».
«Maestro... no sé... pero me parece, si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será, para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo, sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas».
«¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?».
«Será como nada, Maestro, si Tú me amas».
Jesús interroga a Juan.
ECR 49.2
«Y el día que Yo debiera morir...».
«¡No! Eres joven, Maestro... ¿Por qué morir?».
«Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios».
«¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!... Pero, aunque tuvieras que morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame». Juan tiene una mirada suplicante. Más humilde que nunca, camina al lado de Jesús y parece como si mendigara amor.
Jesús se detiene. Le mira, le taladra con la mirada de su ojo profundo, y, poniéndole la mano sobre su cabeza inclinada, le dice: «Quiero que me ames».
«¡Oh, Maestro!». Juan se siente feliz. Aunque su pupila brille de llanto, ríe con esa joven boca suya bien dibujada; toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.
Jesús habla a Juan.
ECR 72.5-6
«Mira, Judas. Yo vengo de una casta perseguida por... por haber entendido mal qué y cómo debe ser el Mesías. Sí. Si nosotros le hubiéramos esperado con justa visión de su ser, no habríamos podido caer en errores que son blasfemias contra la Verdad y rebelión contra la ley de Roma; por lo cual fuimos castigados por Dios y por Roma. Hemos querido ver en el Cristo un conquistador y un libertador de Israel, un nuevo Macabeo, y más grande que el gran Judas... Esto sólo. Y ¿por qué? Porque hemos cuidado más de nuestros intereses (los de la patria y los de los ciudadanos) que de los intereses de Dios. ¡Oh!, santo es también el interés de la patria. Pero, ¿qué es comparado con el Cielo eterno? He aquí cuanto he pensado y visto en las largas horas de persecución, primero, y de segregación, después; cuando, fugitivo, me escondía en las madrigueras de los animales salvajes, condividiendo con ellos lecho y alimento, para escapar de la fuerza romana, y sobre todo de las delaciones de los falsos amigos; o cuando, esperando la muerte, ya gustaba el olor del sepulcro en mi cueva de leproso: he visto la figura verdadera del Mesías... la tuya, Maestro humilde y bueno, la tuya, Maestro y Rey del espíritu, la tuya, oh Cristo, Hijo del Padre que al Padre conduces, y no a los palacios de tierra, no a las deidades de barro. Tú... ¡oh!, me resulta fácil seguirte... porque — perdona mi osadía que se proclama justa — porque te veo como te he pensado; te reconozco, en seguida te reconocí. Sí, no ha sido un conocimiento de ti, sino un reconocer a Uno que ya el alma había conocido...».
«Por esto te he llamado... y por esto te llevo conmigo, ahora, en este primer viaje mío por Judea.
72.6 Quiero que completes el reconocimiento... y quiero que también éstos, a los cuales la edad los hace menos capaces de llegar a lo verdadero por medio de meditación severa, sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora... Entenderéis luego.»
Simón el Zelote habla con Judas.
Primer libro de los Macabeos, 3, 1-26 :
1 M 3, 1-26 : Después de la muerte de Matatías, su hijo Judas, llamado Macabeo, se levantó en su lugar. Todos sus hermanos y todos los seguidores de su padre acudieron en su ayuda y lucharon gustosamente por Israel.
Judas extendió la gloriosa reputación de su pueblo. Vestido con su armadura como un héroe, y armado con sus armas de guerra, libraba batallas, protegiendo el campamento con su espada. Como un león en acción, como un cachorro que ruge hacia su presa, cazaba a los hombres infieles a la Ley, los perseguía y entregaba al fuego a los que perturbaban a su pueblo.
Como resultado del miedo que inspiraba, los hombres infieles a la Ley fueron abatidos y todos los malhechores entraron en pánico. Por su mano llegó la salvación. Amargó la vida a muchos reyes, y Jacob se alegró de sus hazañas. Su memoria es bendita para siempre.
Recorrió las ciudades de Judá y aniquiló a los impíos. Apartó la ira que pesaba sobre Israel. Su nombre se oyó hasta los confines de la tierra y reunió a los que estaban a punto de perecer.
Entonces Apolonio reunió a paganos y a un gran ejército de Samaria para luchar contra Israel. Judas fue informado de ello. Salió a su encuentro, lo golpeó y lo mató. Hubo muchas víctimas, y los supervivientes huyeron. Se recogió el botín, y Judas tomó la espada de Apolonio para usarla en la batalla todos los días.
Seronio, comandante del ejército sirio, se enteró de que Judas había reunido a su alrededor un grupo, una asamblea de fieles, para marchar a la batalla. Se dijo a sí mismo: "Me haré un nombre y me daré gloria en el reino. Lucharé contra Judas y sus compañeros, que desprecian el mandato del rey". Y partió a su vez, acompañado de una numerosa banda de impíos, para vengarse de los hijos de Israel.
Cuando se acercaba a la subida a Bethoron, Judas le salió al encuentro con un puñado de hombres. Cuando sus hombres vieron la tropa que venía hacia ellos, le dijeron a Judas: "¿Cómo podremos tan pocos de nosotros luchar contra una multitud tan grande y fuerte? Además, estamos agotados, pues hoy no hemos comido nada". Judas replicó: "Es fácil que los muchos caigan en manos de los pocos. Al Cielo no le importa si la salvación se logra a través de muchos hombres o de unos pocos. La victoria en la batalla no depende del tamaño del ejército: la fuerza viene del Cielo.
Vienen a nosotros llenos de orgullo y desprecio por la Ley, para destruirnos a nosotros, a nuestras esposas e hijos, y despojarnos de nuestras posesiones. Luchamos por nuestras vidas y nuestras leyes. El mismo Cielo los aplastará ante nosotros. Así que no les temáis.
Con estas palabras, se abalanzó sobre ellos inesperadamente. Serona y su tropa fueron aplastados ante él. Fueron perseguidos desde Bethorone hasta la llanura. Cayeron unos ochocientos hombres; los demás huyeron al país de los filisteos. Judas y sus hermanos empezaron a inspirar temor, y el pánico se apoderó de las naciones paganas que los rodeaban. El nombre de Judas llegó a oídos del rey, y todos los paganos comentaron sus actos de guerra.
ECR 73.2-8
73.2 Llegan al sepulcro, antiguo pero bien conservado, bien blanqueado. Jesús se detiene a beber en un rústico pozo cercano.
Una mujer, que ha venido a sacar agua, se la ofrece. Jesús le pregunta: «¿Eres de Belén?».
«Lo soy. Pero ahora, en tiempo de recolección, estoy con mi marido en estos campos, para cuidar los huertos y los árboles frutales. Y Tú, ¿eres galileo?».
«Nací en Belén, pero estoy en Nazaret de Galilea».
«¿También Tú perseguido?».
«La familia. Pero por qué dices: “¿También Tú?” ¿Entre los betlemitas hay muchos perseguidos?».
«¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?».
«Treinta».
«Entonces naciste justamente cuando... ¡oh, qué desdicha! ¿Pero por qué nació aquí Aquél?».
«¿Quién?».
«Aquel que se decía que era el Salvador. Maldición a los necios que, borrachos de sidra, vieron en las nubes ángeles, oyeron en los balidos y rebuznos voces del Cielo y, en la niebla de su embriaguez, tomaron a tres miserables por los más santos de la Tierra. ¡Maldición a ellos! Y a quien creyó en ellos».
«No haces más que proferir maldiciones, pero no me explicas qué sucedió. ¿Por qué esas imprecaciones?».
«Porque... Oye: ¿a dónde quieres ir?».
«A Belén, con mis amigos. Tengo compromisos allí. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre. Pero antes querría saber muchas cosas, porque faltamos, nosotros los de la familia, desde hace muchos años. Dejamos la ciudad teniendo Yo pocos meses».
«Antes de la desgracia, entonces.
73.3 Oye, si no te repugna la casa de un campesino, ven a compartir con nosotros el pan y la sal. Tú y tus compañeros. Hablaremos durante la cena y os hospedaré hasta mañana por la mañana. Mi casa es pequeña, pero encima del establo hay mucho heno amontonado. La noche será cálida y serena. Si lo ves oportuno, puedes dormir».
«Que el Señor de Israel te pague tu hospitalidad. Iré con alegría a tu casa».
«El peregrino porta consigo bendición. Vamos. Pero tengo que echar todavía seis ánforas de agua a las verduras que han nacido hace poco».
«Yo te ayudo».
«No. Tú eres un señor; lo dice tu manera de actuar».
«Soy un obrero, mujer. Y éste es pescador. Éstos, judíos, son de censo y de empleo. No Yo». Y toma un ánfora que está recostada sobre su panza junto al bajísimo brocal del pozo, la ata y la descuelga.
Juan le ayuda, y los otros no quieren ser menos. Le dicen a la mujer: «¿Donde está el huerto? Muéstranoslo: llevaremos allí las tinajas».
«¡Dios os bendiga! Tengo los riñones hechos polvo del cansancio. Venid...».
Y, mientras Jesús extrae su cántaro, los tres desaparecen hacia abajo por un senderillo... Después vuelven con los dos cántaros vacíos; los llenan, vuelven a marcharse... Y esto lo hacen no tres sino diez veces. Y Judas ríe diciendo: «Se está destrozando la garganta de bendecirnos. Le damos tanta agua a la ensalada que durante al menos dos días la tierra estará húmeda y esta mujer no se hará migas los lomos». Cuando vuelve por última vez dice: «Maestro, de todas formas, creo que hemos venido a parar a un mal sitio».
«¿Por qué, Judas?».
«Porque la tiene tomada con el Mesías. Le he dicho: “No blasfemes. ¿No sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios? Yeové se lo prometió a Jacob y a partir de él a todos los Profetas y justos de Israel. ¿Y Tú le odias?” Me ha respondido: “No a Él, sino al que llamaron ‘Mesías’ unos pastores borrachos y unos malditos adivinos de Oriente”. Y como ése eres Tú...».
«No importa. Sé que he sido introducido en el mundo para prueba y contradicción de muchos. ¿Le has dicho que soy Yo?».
«No, no soy estúpido. He querido cubrir tus espaldas y las nuestras».
«Has hecho bien. No por las espaldas, sino porque deseo manifestarme cuando lo juzgue justo. Vamos».
Judas le guía hasta el huerto.
73.4 La mujer vacía los últimos tres cántaros y luego los conduce hacia una rústica construcción entre los árboles frutales. «Entrad» dice. «Mi marido está ya en casa».
Se asoman a una baja y ahumada cocina. «La paz sea en esta casa» saluda Jesús.
«Quienquiera que seas, bendición a ti y a los tuyos. Entra» responde el hombre. Primero trae un barreño con agua para que los cuatro se refresquen y se limpien, luego entran todos y se sientan alrededor de una tosca mesa.
«Os doy las gracias por mi mujer. Me ha dicho lo que habéis hecho. Yo nunca había conocido galileos y me habían dicho que eran burdos y pendencieros. Pero vosotros habéis sido amables y buenos. ¡Estando ya cansados... trabajar tanto! ¿Venís desde lejos?».
«De Jerusalén. Éstos son judíos. Yo y este otro somos de Galilea. Pero, créeme, hombre: el bueno y el malo están en todas partes».
«Es verdad. Yo, como primer encuentro con los galileos, encuentro al bueno. Mujer: trae de comer. No tengo más que pan, verduras, aceitunas y queso. Soy campesino».
«No soy un señor tampoco Yo. Soy carpintero».
«¿Tú? No, a juzgar por tus modales».
La mujer interviene: «Nuestro huésped es de Belén, te lo he dicho, y, si persiguen a los suyos, habrán sido quizás ricos e instruidos como lo eran Josoé de Ur, Matías de Isaac, Leví de Abraham... ¡pobres infelices!...».
«Nadie te ha preguntado. Perdónala. Las mujeres son más charlatanas que las gorrionas por la tarde».
«¿Eran familias de Belén?».
«¿Cómo? ¿No sabes quiénes eran, siendo Tú de Belén?».
«Huimos cuando Yo tenía pocos meses...».
La mujer, que debe ser realmente una cotorra, vuelve a hablar: «Se marchó antes de la masacre».
«¡Ya lo veo! Si no, no estaría en el mundo. ¿No has vuelto nunca?».
«No».
73.5 «¡Qué gran desdicha! Encontrarás a pocos de los que — me lo ha dicho Sara — quieres conocer y saludar. A muchos los mataron, muchos huyeron, muchos... ¡bah!, desperdigados, y no se ha sabido nunca si murieron en el desierto o si fueron acallados en la cárcel en castigo de su rebelión. Pero, ¿fue rebelión? ¿Quién habría permanecido inerte dejando degollar a tantos inocentes? No, ¡que no es justo que estén todavía vivos Leví y Elías, y hayan muerto tantos inocentes!».
«¿Quiénes son esos dos, y qué hicieron?».
«¡Pero bueno!... al menos habrás oído hablar de la matanza, de la matanza de Herodes... Más de mil pequeñuelos, en la ciudad; otro millar casi, en los campos. Y todos, bueno, casi todos, varones, porque con la furia, con la obscuridad, con el revuelo, los desalmados tomaron, arrancaron de las cunas, de los lechos maternos, de las casas que asaltaron, incluso niñitas y las transpasaron con las armas como a gacelas lactantes tomadas como blanco por un arquero. Y todo esto ¿por qué? Porque un grupo de pastores, que para vencer el hielo nocturno ciertamente habían bebido sus buenos tragos de sidra, cayeron en delirio y dijeron que habían visto ángeles, que habían oído canciones, recibido señales... y nos dijeron a los de Belén: “Venid. Adorad. El Mesías ha nacido”. ¡Fíjate: el Mesías en una cueva! Realmente tengo que decir que todos nos comportamos como ebrios, también yo, adolescente, y mi mujer, que entonces tenías pocos años... porque todos creímos, y, en una pobre mujer galilea quisimos ver a la Virgen que da a luz, de que hablaron los Profetas. ¡Pero si estaba con un tosco galileo!; el marido, claro; y, si estaba casada, ¿cómo podía ser la “Virgen”? En definitiva: creímos. Dones, adoraciones... casas abiertas para hospedarlos... ¡Oh, habían sabido hacer bien su papel! ¡Pobre Ana! Le fueron en ello los bienes y la vida, y los hijos de su hija — la primera, la única que se salvó porque estaba casada con un mercader de Jerusalén — perdieron también los bienes, porque Herodes mandó quemar la casa y talar toda la propiedad. Ahora es un terreno baldío en el que pace el ganado».
«¿Los pastores tuvieron toda la culpa?».
«No, también tres brujos que venían de los reinos de Satanás. Quizás eran compinches de los tres...¡ Y nosotros, estúpidos, que nos considerábamos tan honrados por su presencia! ¡Aquel pobre jefe de la sinagoga! Le matamos por jurar que las profecías avalaban la verdad de las palabras de los pastores y de los magos...».
«Por tanto, ¿toda la culpa fue de los pastores y de los magos?».
«No, galileo. También nuestra. De nuestra credulidad. ¡Se le esperaba desde hacía tanto tiempo al Mesías...! Siglos de espera. Muchas desilusiones en los últimos tiempos por los falsos mesías. Uno era galileo, como Tú, otro se llamaba Teoda. ¡Embusteros! ¡Mesías ellos!... ¡No eran más que ambiciosos aventureros en busca de fortuna! Deberíamos haber aprendido la lección. Sin embargo...».
73.6 «Y entonces, ¿por qué maldecís todos a los pastores y a los magos? Si os juzgáis estúpidos vosotros también, deberíais también maldeciros a vosotros mismos. Ahora bien, la maldición no está permitida por el precepto del amor. Maldición atrae maldición. ¿Tenéis la seguridad de que estáis en lo justo? ¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?».
«Porque los años de la profecía no se habían cumplido. Después pensamos en ello... después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento».
«¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente...».
«En sus cálculos sobre una nueva estrella».
«¿Y no está escrito: “Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel”? Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel? ¿Y no fue dicho también por boca profética: “Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz”? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la “Virgen” que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual Él será “el Emmanuel” porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice? ¿Y no será anunciado, dice la profecía, a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, “por una gran luz”? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam y de Isaías? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? “Un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que llora por sus hijos”. Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: “La serenidad ha sido concedida”».
«Eres muy docto. ¿Eres Rabí?».
«Lo soy».
«Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero... ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de Belén por el verdadero o falso Mesías... Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra le rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero... si era Él... murió degollado con los otros».
73.7 «¿Dónde viven ahora Leví y Elías?».
«¿Los conoces?». El hombre desconfía.
«No los conozco. No conozco su rostro. Pero son infelices y Yo siempre tengo piedad de los infelices. Deseo ir a verlos».
«¡Ya!... serás el primero después de casi seis lustros. Son todavía pastores y sirven a un rico herodiano de Jerusalén que se apropió de muchos bienes de los asesinados... ¡Siempre hay alguien que se aprovecha! Los verás con los rebaños hacia las alturas que conducen a Hebrón. Pero, un consejo: que los habitantes de Belén no te vean hablando con ellos. Te traería complicaciones. Los soportamos porque... porque está el herodiano. Si no...».
«¡Oh..., el odio!... ¿Por qué odiar?».
«Porque es justo. Nos han causado un mal».
«Creían que actuaban bien».
«Pero actuaron mal. ¡Y mal reciban! Debíamos haberlos matado, de la misma forma que ellos, con su necedad, provocaron muertes. Pero estábamos alelados, y después... estaba el herodiano».
«Si no hubiera estado él, entonces, ¿incluso después del primer impulso de venganza, los habríais matado?».
«Incluso ahora los mataríamos, si no tuviéramos miedo de su jefe».
«Hombre, Yo te digo: no odies, no desees el mal, no desees hacer el mal. Aquí no hay culpa. Pero, aunque la hubiera, perdona; en nombre de Dios, perdona. Díselo a los otros de Belén. Cuando desaparezca el odio de vuestros corazones, vendrá el Mesías; le conoceréis entonces, porque Él vive, Él ya estaba cuando tuvo lugar la matanza. Yo os digo que la matanza no ocurrió por culpa de los pastores y de los magos, sino por culpa de Satanás. El Mesías os ha nacido aquí, ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la casa de David abrió al mundo el río de las gracias eternas, abrió la vida al hombre...».
«¡Fuera, fuera! ¡sal de aquí! Tú, seguidor de este falso Mesías, que no podía más que ser falso, porque nos a traído desdicha, a nosotros los de Belén. Tú le defiendes, por tanto...».
«Silencio, hombre. Yo soy judío y tengo amigos en puestos importantes. Podría hacer que te arrepintieras del insulto» reacciona Judas agarrando de la túnica al campesino, y zarandeándole, violento, encendido de ira.
«No, no, ¡fuera de aquí! No quiero problemas, ni con los de Belén, ni con Roma, ni con Herodes. Marchaos, malditos, si no queréis que os deje marcados. ¡Fuera!...».
«Vamos, Judas. No respondas. Dejémosle en su odio. Dios no entra donde hay rencor. Vamos».
«Sí, vamos. Pero me la pagaréis».
«No, Judas, no. No hables así. Están ciegos... Habrá muchos así en mi camino...».
73.8 Salen, después de Simón y Juan — que ya estaban afuera, ha- blando en voz baja con la mujer, detrás de una esquina del esta-
blo —.
«Perdona a mi marido, Señor. Yo no creía hacer tanto mal... Mira, ten. Los tomarás mañana por la mañana. Son frescos, de hoy. No tengo otra cosa... Perdón. ¿Dónde vas a dormir?». (Da unos huevos).
«No te preocupes. Sé a dónde ir. Vete en paz por tu bondad. Adiós».
Caminan en silencio durante algunos metros. Luego Judas no se aguanta más y dice: «¡Pero también Tú...! ¡Mira que no hacerte adorar!... ¿Por qué no hacerle comer el lodo a ese sucio blasfemo? ¡Al suelo! Humillado por haberte faltado a ti, Mesías... ¡Oh, yo lo habría hecho! A los samaritanos hay que reducirlos a cenizas con un milagro. Sólo esto los mueve».
«¡Oh, cuántas veces lo oiré decir! Pero, ¡si tuviera que reducir a cenizas a alguien por cada pecado contra mí!... No, Judas. Yo he venido para crear. No para destruir».
«Ya. Pero los demás sí que te destruyen a ti».
Jesús no le rebate a Judas.
Véase la segunda nota a continuación si se quiere ir directamente al grano.
Los Reyes Magos se mencionan en 73.3 y 73.5-6.
La matanza se menciona en 73.2 y sobre todo en 73.5-6.
Los pastores y la Natividad se mencionan principalmente en 73.2 y 75.5-7.
ECR 75.3
Traducción en curso