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Notas de la palabra clave

Isabel de Hebrón (madre de Juan Bautista)

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ECR 6.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

6.1 Veo a Joaquín y a Ana, junto a Zacarías y a Isabel, saliendo de una casa de Jerusalén de amigos o familiares. Se dirigen hacia el Templo para la ceremonia de la Purificación.

Ana lleva en brazos a la Niña, envuelta toda en fajos, toda envuelta en un amplio tejido de lana ligera, pero que debe ser suave y caliente. ¡Con cuánto cuidado y amor lleva a su criaturita! De vez en cuando levanta el borde del fino y caliente tejido para ver si María respira a gusto, y luego vuelve a taparla para protegerla del aire helador de un día sereno pero frío, de pleno invierno.

Isabel lleva unos paquetes en las manos. Joaquín lleva de una cuerda a dos corderos blanquísimos bien cebados, ya más carneros que corderos. Zacarías no lleva nada. ¡Qué apuesto con ese vestido de lino que un grueso manto de lana, también blanca, deja entrever! Es un Zacarías mucho más joven que el que se veía en el nacimiento del Bautista, entonces ya en plena edad adulta. Isabel es una mujer madura, pero todavía de apariencia fresca; cada vez que Ana mira a la Niña, se curva extasiada hacia esa carita dormida. También Isabel está guapísima con su vestido de un azul tendente al morado oscuro y con el velo que le cubre la cabeza y cae sobre los hombros y sobre el manto, que es más oscuro que el vestido.

¿Y Joaquín y Ana? ¡Ah..., solemnes con sus vestidos de fiesta! Contrariamente a lo normal, él no lleva la túnica marrón oscura, sino un largo vestido de un rojo oscurísimo (hoy diríamos: rojo S. José). Las orlas de su manto son bonitas y muy nuevas. En la cabeza lleva también una especie de velo rectangular, ceñido con una cinta de cuero. Todo nuevo y fino.

Ana... ¡oh!, hoy no viste de oscuro. Lleva un vestido de un amarillo muy tenue, casi color marfil viejo, ceñido en la cintura, cuello y muñecas, con una gruesa cinta que parece de plata y oro. Su cabeza está cubierta por un velo ligerísimo y como adamascado, sujeto a la frente con un aro sutil, valioso. En el cuello lleva un collar de filigrana; en las muñecas, pulseras. Parece una reina, incluso por la dignidad con que lleva el vestido, y especialmente el manto, amarillo tenue, orlado con una greca en bordadura muy bonita, también amarilla.

«Me pareces como en el día de tu boda. Entonces yo era poco más que una niña. Todavía me acuerdo de lo guapa y dichosa que se te veía» dice Isabel.

«Pues más feliz me siento ahora... Y he querido ponerme el mismo vestido para este rito. Lo había conservado siempre para esto... aunque ya, para esto, no tenía esperanzas de ponérmelo».

6.2 ­«El Señor te ha amado mucho...». dice suspirando Isabel.

«Por eso precisamente le doy lo que más quiero. Esta flor mía».

«¿Y vas a tener fuerzas para arrancártela de tu seno cuando llegue el momento?».

«Sí, porque recordaré que no la tenía y que Dios me la dio. En todo caso me sentiré más feliz que entonces. Y, sabiendo que está en el Templo, me diré: “Está orando ante el Tabernáculo, está rezando al Dios de Israel, y también por su madre”. Ello me dará paz. Y más paz todavía al decir: “Ella es toda suya. Cuando estos dos felices ancianos, que la recibieron del Cielo, ya no estén en este mundo, Él, el Eterno, seguirá siendo su Padre”. Créeme, tengo la firme convicción de que esta pequeñuela no es nuestra. Yo ya no podía hacer nada... Él la puso en mi seno como don divino para enjugar mi llanto y confortar nuestras esperanzas y oraciones. Por tanto, es suya. Nosotros somos los encargados, felices encargados, de cuidarla... ¡y que por ello sea bendito!».

6.3 ­Llegan a los muros del Templo.

«Mientras vais a la Puerta de Nicanor, yo voy a advertir al sacerdote. Luego os alcanzo» dice Zacarías; y desaparece tras un arco que introduce en un amplio patio circundado de pórticos.

La comitiva continúa adentrándose por las sucesivas terrazas (porque — no sé si lo he dicho alguna vez — el recinto del Templo no es una superficie plana, sino que sube escalonadamente en niveles cada vez más altos; a cada uno de ellos se accede mediante escalinatas, y en todos hay patios y pórticos y portones labradísimos, de mármol, bronce y oro).

Antes de llegar al lugar establecido, se paran para desenvolver las cosas que traen, o sea, tortas — me parece — muy untadas, anchas y finas, harina blanca, dos palomas en una jaulita de mimbre y unas monedas grandes de plata, unas patacas tan pesadas que era una suerte que en aquella época no hubiera bolsillos, porque los habrían roto.

Ahí está la bonita Puerta de Nicanor; es por entero un bordado en pesado bronce laminado de plata. Ya está allí Zacarías, al lado de un sacerdote que está todo pomposo con su vestido de lino.

Asperjan a Ana con agua lustral — supongo — y luego le indican que se dirija hacia el ara del sacrificio. Ya no lleva a la Niña en brazos. La ha tomado en brazos Isabel, que se ha quedado a este lado de la Puerta.

Joaquín, sin embargo, entra siguiendo a su mujer, y llevando tras sí un desgraciado cordero que va balando. Y yo... hago como para la purificación de María: cierro los ojos para no ver ningún tipo de degüello.

Ana ya está purificada.

6.4 Zacarías dice en voz baja unas palabras a su compañero de ministerio, el cual, sonriendo, da señales de asentimiento y luego se acerca al grupo, rehecho de nuevo, y, congratulándose con la madre y el padre por su gozo y por su fidelidad a las promesas, recibe el segundo cordero, la harina y las tortas.

«Entonces ¿esta hija está consagrada al Señor? Que su bendición os acompañe a Ella y a vosotros. Mirad, ahí viene Ana. Va a ser una de sus maestras. Ana de Fanuel, de la tribu de Aser. Ven, mujer. Esta pequeñuela ha sido ofrecida al Templo como hostia de alabanza. Tú serás para ella maestra. A tu amparo crecerá santa».

Ana de Fanuel, ya completamente encanecida, hace mimos a la Niña, que ya se ha despertado y que observa toda esa blancura con esos inocentes y atónitos ojos suyos, y todo ese oro que el sol enciende.

La ceremonia debe haber terminado. No he visto ningún rito especial para el ofrecimiento de María. Quizás era suficiente con decírselo al sacerdote, y sobre todo a Dios, en el lugar santo.

6.5 ­«Querría dar mi ofrenda al Templo e ir al lugar en que el año pasado vi la luz» dice Ana.

Ana de Fanuel va con ellos. No entran en el Templo propiamente dicho. Es natural que, siendo mujeres y tratándose de una niña, no vayan ni siquiera a donde fue María para ofrecer a su Hijo. Pero, eso sí, desde muy cerquita de la puerta, que está abierta de par en par, miran hacia el semioscuro interior del que vienen dulces cantos de niñas y en el que brillan ricas lámparas, que expanden luz de oro sobre dos cuadros de flores de cabecitas veladas de blanco, dos verdaderos cuadros de azucenas.

«Dentro de tres años estarás ahí, Azucena mía» le promete Ana a María, que mira como embelesada hacia el interior y sonríe al oír el lento canto.

«Parece como si entendiera» dice Ana de Fanuel. «¡Es una niña muy bonita! La querré como si fuera fruto de mis entrañas. Te lo prometo, madre. Si la edad me lo concede».

«Te lo concederá, mujer» dice Zacarías. «La recibirás entre las niñas consagradas. Yo también estaré presente. Quiero estar ese día para decirle que pida por nosotros desde el primer momento...». y mira a su mujer, la cual, habiendo comprendido, suspira.

La ceremonia ha concluido. Ana de Fanuel se retira, mientras los otros, hablando entre sí, salen del Templo.

Oigo a Joaquín que dice: «¡No sólo dos, y los mejores, sino que habría dado todos mis corderos por este gozo y para alabar a Dios!».

No veo nada más.

ECR 8.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

8.2 ­Van despacio, muy despacio. Da la impresión de que quieren prolongar lo más posible su camino. Todo es ocasión para detenerse... Pero, ¡siempre debe tener un fin un camino!... Y éste está ya para acabarse. En efecto, allí, en la parte alta de este último tramo en subida, están los muros que circundan el Templo. Ana gime, y estrecha más fuertemente la manita de María.

«¡Ana, querida mía, aquí estoy contigo!». dice una voz desde la sombra de un bajo arco echado sobre un cruce de calles. Isabel estaba esperando. Ahora se acerca a Ana y la estrecha contra su corazón, y, al ver que Ana llora, le dice: «Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías».

Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.

«No creas que estoy arrepentida, o que entregue con mala voluntad mi tesoro al Señor — explica Ana entre lágrimas — ... Lo que pasa es que el corazón... ¡oh, cómo me duele el corazón, este anciano corazón mío que vuelve a su soledad, a esa soledad de quien no tiene hijos!... Si lo sintieras...».

«Lo comprendo, Ana mía... Pero tú eres buena y Dios te confortará en tu soledad. María va a rezar por la paz de su mamá, ¿ver­dad?».

María acaricia las manos maternas y las besa, se las pone en la cara para ser acariciada a su vez, y Ana cierra entre sus manos esa carita y la besa, la besa... no se sacia de besarla.

Entra Zacarías y saluda diciendo: «A los justos la paz del Señor».

«Sí — dice Joaquín —, pide paz para nosotros porque nuestras entrañas tiemblan, ante la ofrenda, como las de nuestro padre Abraham mientras subía el monte; y nosotros no encontraremos otra ofrenda que pueda recobrar ésta; ni querríamos hacerlo, porque somos fieles a Dios. Pero sufrimos, Zacarías. Compréndenos, sacerdote de Dios, y no te seamos motivo de escándalo».

«Jamás. Es más, vuestro dolor, que sabe no transpasar lo lícito, que os llevaría a la infidelidad, es para mí escuela de amor al Altísimo. ¡Ánimo!»

Detalle

Ana, Joaquín y María están en Jerusalén. La Madre del Salvador se prepara para entrar en el Templo a los tres años.

Anotación

Es como la ofrenda de Abraham cuando subió al monte, y no encontraremos otra ofrenda que redima ésta. Cf. Génesis 22:1-18. Es precisamente en el monte Moriah, donde se encuentra el Templo, donde la Biblia sitúa el sacrificio de Isaac. Fue sustituido en el último momento por un carnero.

Libro de Génesis 22, 1-8

Gén 22, 1-8: Después de estos acontecimientos, Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo: "¡Abraham! Abraham respondió: "¡Aquí estoy! Dios le dijo: "Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que amas, Isaac, y vete a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto en el monte que te mostraré.

Abraham se levantó temprano por la mañana, ensilló su asno y se llevó consigo a dos de sus criados y a su hijo Isaac. Partió la leña para el holocausto y se puso en camino hacia el lugar que Dios le había indicado. Al tercer día, Abraham levantó la vista y vio el lugar a lo lejos. Abraham dijo a sus criados: "Quedaos aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos allí a adorar, y luego volveremos contigo".

Abraham tomó la leña para el holocausto y la cargó sobre su hijo Isaac; éste tomó el fuego y el cuchillo, y los dos fueron juntos. Isaac dijo a su padre Abraham: "¡Padre mío! - ¿Y bien, hijo mío? Isaac respondió: "Ahí están el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abraham respondió: "Dios encontrará el cordero para el holocausto, hijo mío. Y los dos se pusieron en camino juntos.

Llegaron al lugar que Dios les había indicado. Abraham construyó allí el altar y colocó la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Abraham extendió la mano y empuñó el cuchillo para matar a su hijo. Pero el ángel del Señor le llamó desde el cielo y le dijo: "¡Abraham! Abraham!" El respondió: "¡Aquí estoy! El ángel le dijo: "¡No le pongas la mano encima! ¡No le hagas daño! Ahora sé que temes a Dios: no me has negado a tu hijo, tu único hijo.

Abraham levantó la vista y vio en un arbusto un carnero sujeto por los cuernos. Fue, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Abraham llamó a aquel lugar "El Señor ve". Hoy se llama "En el monte ve el Señor". Desde el cielo, el ángel del Señor llamó a Abraham por segunda vez.

Le dijo: "Juro por mí mismo, dice el Señor, que por haber hecho esto, por no haberme negado a tu hijo, tu único hijo, te bendeciré, haré que tu descendencia sea tan numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar, y tu descendencia poseerá las fortalezas de sus enemigos. Por haber escuchado mi voz, todas las naciones de la tierra se bendecirán mutuamente por el nombre de tu descendencia.

ECR 8.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Luego prosigue diciendo: «También yo velaré por Ella. Soy sacerdote y ahí dentro tengo mi influencia. Haré uso de ella para este ángel. Además, Isabel vendrá a menudo a verla...».

«¡Oh, claro! Tengo mucha necesidad de Dios y vendré a decírselo a esta Niña para que a su vez se lo diga al Eterno».

Detalle

María está a punto de entrar en el Templo, para consternación de sus padres. Zacarías habla de Ana y de las vírgenes del Templo.

Anotación

Zacarías e Isabel vivían en Hebrón, por lo que podían venir más fácilmente que Joaquín y Ana, que vivían entonces en Nazaret.

ECR 8.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

8.4 ­Ana ya está más animada. Isabel, buscando confortarla aún más, pregunta: «¿No es éste tu velo de cuando te casaste?, ¿o has hilado más muselina?».

«Es aquél. Lo consagro con Ella al Señor. Ya no tengo ojos para hilar... Además, por impuestos y adversidades, las posibilidades eco­nómicas son mucho menores... No me era lícito hacer gastos onerosos. Sólo me he preocupado de que tuviera un ajuar considerable para el tiempo que transcurra en la Casa de Dios y para después... porque creo que no seré yo quien la vista para la boda... Pero quiero que sea la mano de su madre, aunque esté ya fría e inmóvil, la que la haya ornado para la boda y le haya hilado la ropa y el vestido de novia».

«¡Oh, por qué tienes que pensar así?».

«Soy vieja, prima. Jamás me he sentido tan vieja como ahora bajo el peso de este dolor. Las últimas fuerzas de mi vida se las he dado a esta flor, para llevarla y nutrirla, y ahora... y ahora... el dolor de perderla sopla sobre las postreras y las dispersa».

«No digas eso. Queda Joaquín».

«Tienes razón. Trataré de vivir para mi marido».

Joaquín ha hecho como que no ha oído, atento como está a lo que le dice Zacarías; pero sí que ha oído, y suspira fuertemente, y sus ojos brillan de llanto.

Anotación

Me era imposible gastar mucho dinero. Sólo preparé un rico ajuar para su estancia en la Casa de Dios y para después... En la boda de María, Isabel habló de este ajuar preparado por Ana, ya desaparecida (EMV 13.3).

Nuestros recursos han disminuido a causa de los impuestos y los reveses de la fortuna... Este revés de la fortuna se menciona varias veces en la obra, sobre todo en EMV 9.

Ya soy vieja, prima mía. Isabel suele ser presentada como sobrina de Ana y prima de María. Aquí es prima hermana de Ana. A menos que se trate de una designación habitual, como lo era "hermano" para los primos.

ECR 8.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Estamos entre tercia y sexta. Creo que sería conveniente ponernos en marcha» dice Zacarías.

Todos se levantan para ponerse los mantos y comenzar a salir.

8.5 Pero María se adelanta y se arrodilla en el umbral de la puerta con los brazos extendidos, un pequeño querubín suplicante: «¡Padre, Madre, vuestra bendición!».

No llora la fuerte pequeña; pero los labiecitos sí tiemblan, y la voz, rota por un interno singulto, presenta más que nunca el tembloroso gemido de una tortolita. La carita está más pálida y el ojo tiene esa mirada de resignada angustia que — más fuerte, hasta el punto de llegar a no poderse mirar sin que produzca un profundo sufrimiento — veré en el Calvario y ante el Sepulcro.

Sus padres la bendicen y la besan. Una, dos, diez veces. No se sacian de besarla... Isabel llora en silencio. Zacarías, aunque quiera no dar muestras de ello, está también conmovido.

Salen. María entre su padre y su madre, como antes; delante, Zacarías y su mujer...

Ahora están dentro del recinto del Templo.

Detalle

María está a punto de entrar en el Templo y dejar a sus padres.

Anotación

Aquí estamos entre la tercera y la sexta hora. 10:30 de la mañana. Esta es la hora de la ofrenda matutina (Éxodo 29:38-39; Éxodo 30:7; Números 28:3-4), también mencionada en EMV 197.5 y EMV 518.1. La ofrenda de la mañana era menos solemne que la de la hora novena.

ECR 8.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Isabel está al lado de Ana, pero un poco retrasada, como medio paso.

Detalle

Cuando Joaquín, Ana y María esperaban al Sumo Sacerdote para presentar a la Virgen en el Templo, Isabel estaba presente.

ECR 9.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo me circundé de una parentela mortal de sabios. Ana, Joaquín, José, Zacarías y, más aún, Isabel y luego el Bautista, ¿no son, acaso, verdaderos sabios? Y eso sin hablar de mi Madre, en la cual la Sabiduría había hecho morada.

Detalle

Jesús dijo:

ECR 13

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Desposorio de la Virgen con José, instruido por la Sabiduría para que fuera el guardián del Misterio.

Fecha de la visión y del dictado: Martes 5 de septiembre de 1944

Calendario: 6 de marzo d.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Matrimonio con José

Resumen: José y María están comprometidos en el Templo de Jerusalén. María luce hermosa con su ajuar de novia. Las vírgenes que la rodean se extasían ante su belleza, y sus amantes acuden al rescate de su protegida. Las doncellas se marchan y llega Isabel. Ésta le habla del ajuar nupcial diseñado por Ana, y la Virgen habla entonces de José, al que describe como un joven santo. Llega el novio y los dos prometidos se reencuentran. José es soberbio y le dice que ha pensado en el voto de la Virgen. Él lo comprende y se une a ella en un naziréat perpetuo. El sumo sacerdote los desposa entonces. Después de esto, María y José abandonan Jerusalén para ir a Nazaret... A continuación, Jesús da un dictado sobre su padre putativo.

Contenido del capítulo: 13.1: La belleza de María con sus vestidos de novia. 13.2: Sus compañeras la admiran. 13.3: Sus vestidos son la caricia de su madre. 13.4: José llega con sus vestidos más hermosos. Su discurso de bienvenida. 13.5: José habla del voto de castidad absoluta. 13.6: El Pontífice preside la boda. 13.7: Los novios salen en carroza con Zacarías e Isabel. 13.8: Elogio de la Sabiduría. 13.9: José, guardián de la Esposa y del Hijo de Dios. 13.10: José, un nuevo Aarón que creyó sin ver. 13.11: José, ejemplo corredentor de pureza, fidelidad y amor perfecto.

ECR 13.1.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

13.1 ¡Qué guapa está María, rodeada de sus amigas y sus maestras jubilosas, vestida para los esponsales! Entre aquéllas está también Isabel. (...)

13.3 Isabel también se ha acercado, y, dado que María, emocionada, llora porque Ana de Fanuel la llama hija y la besa con un afecto verdaderamente maternal, le dice: «María, tu madre no está presente, pero sí está presente. Su espíritu se regocija junto al tuyo, y, mira, las cosas que llevas te traen de nuevo su caricia. En ellas sientes aún el sabor de sus besos. Un día ya lejano, el día en que viniste al Templo, me dijo: “Le he preparado los vestidos y el ajuar para cuando se case, porque quiero ser yo la que le haya hilado las telas y le haya hecho los vestidos, para no estar ausente en el día de su alegría”. Mira, al final, cuando yo la asistía, ella quería todas las noches acariciar tus primeros vestidos y este que llevas ahora, y decía: “Aquí siento el olor de jazmín de mi pequeñuela, aquí quiero que Ella sienta el beso de su mamá”. ¡Cuántos besos dio a este velo que cubre tu frente! ¡Más besos que hilos tiene!... Y, cuando uses estas telas hiladas por ella, piensa que más que la estambre los ha hecho el amor de tu madre. Y estas joyas... Tu padre las salvó para ti incluso en los momentos difíciles, para que te embellecieran, como corresponde a una princesa de David, en este momento. Alégrate, María. No estás huérfana; los tuyos están contigo, y quien va a ser tu marido es tan perfecto, que es para ti padre y madre...».

ECR 13.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

13.7 Los esposos salen al patio, le atraviesan, van hacia la salida, que está cerca de la sección de las mujeres dedicadas al Templo. Los está esperando un carro cómodo y voluminoso. Va provisto de una cortina protectora. En él ya están colocados los pesados arcones de María.

Despedidas, besos y lágrimas, bendiciones, consejos, recomendaciones... María sube con Isabel y se pone en el interior del carro; en la parte de delante se ponen José y Zacarías. Se han quitado los mantos de fiesta y se han arrollado en unas capas oscuras.

El carro se pone en marcha, al trote pesado de un caballazo oscuro. Los muros del Templo se alejan, y luego los de la ciudad. Ya se ve el campo, nuevo, fresco, florido bajo los primeros soles de la primavera, con los trigos ya alzados un buen palmo del suelo, que parecen esmeraldas transformadas en hojitas ondulantes bajo una brisa ligera con sabor a flores de melocotonero y manzano, con sabor a tréboles en flor y a hierbabuenas silvestres.

Detalle

Al final de los esponsales de María, Isabel y Zacarías acompañan a José y María a la salida del Templo.