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Notas del tema

La Iglesia católica

Página 230 de 274

Comodidad de lectura

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ECR 198.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«He visto a José de Arimatea, Lázaro. El lunes va a venir con unos amigos».

«¡Ah, entonces ese día eres todo para mí!».

«Sí. Viene para estar juntos, y también para preparar una ceremonia relativa a Yabés. Juan, lleva al niño a la terraza, que se divertirá».

Juan de Zebedeo, siempre obediente, se alza en seguida de su sitio... Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus pataditas en la terraza que rodea la casa.

«Este niño — explica Jesús a su Madre, a los amigos, a las mujeres (entre las cuales está Marta, que ha volado para no perder un solo minuto de alegría junto al Maestro) — es nieto de un campesino de Doras. He pasado por Esdrelón...».

«¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos?».

«Están desolados. Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Jocanán me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro».

«Si los vendiera... los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para ti incluso en medio de ese nido de serpientes».

«No creo que lo consigas. Jocanán ya está pensando en adquirirlos».

«Veremos... Pero... continúa tu narración. ¿Qué campesinos son? ¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!».

«Sí. Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño. Le tenía en el bosque, como a un animal salvaje, para que Doras no le descubriera... Y estaba allí desde el invierno...».

«¡Pobre niño! ¿Y por qué?». Las mujeres están profundamente conmovidas.

«Porque su padre y su madre quedaron sepultados por el desprendimiento de tierra de las cercanías de Emaús. Todos: padre, madre, hermanitos. Él se salvó porque no estaba en casa. Le llevaron con su abuelo. Pero, ¿qué podía hacer un campesino de Doras? Tú, Isaac, has hablado de mí, como un salvador, incluso referido a este caso».

«¿He hecho mal, Señor?» pregunta humildemente Isaac.

«Has hecho bien. Dios lo quería. El anciano me ha entregado al niño, que además ha de hacerse mayor de edad en estos días».

«¡Pobrecito! ¡¿Tan pequeño con doce años?! Mi Judas era casi el doble de alto a su edad... ¿Y Jesús? ¡Qué flor!» dice María de Alfeo.

Y Salomé: «¡También mis hijos eran mucho más robustos!».

Marta susurra: «Verdaderamente es muy pequeñito. Pensaba que no tenía ni siquiera diez años».

«¡Claro! ¡Triste cosa es el hambre! Y debe haberla sufrido desde que vino a este mundo. Y además... ¿qué le iba a dar el anciano si allí todos se mueren de hambre?» dice Pedro.

«Sí, ha sufrido mucho; pero es muy bueno e inteligente. Me he hecho cargo de él para consolar al anciano y al niño».

ECR 198.8.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La cuñada le dice: «Esta lana es de calidad — y toca el pequeño manto de Yabés —; pero... ¡el color!... Yo la teñiría de rojo muy oscuro. Quedaría bien. ¿Qué opinas?».

«Mañana por la tarde lo hacemos, porque mañana tendrá su prenda nueva. Ahora no se lo podemos quitar».

Marta dice: «¿Quieres venir conmigo, niño? Te llevo aquí cerca a ver muchas cosas. Después volvemos...».

Yabés no se opone. Nunca dice que no a nada... pero se le ve un poco asustado por la idea de ir con esta mujer casi desconocida. Dice, tímido y educado: «¿Podría venir conmigo Juan?».

«¡Pues claro!...».

Se marchan. (...)

Regresan Marta, Juan y el niño; éste lleva un vestidito de lino blanco y una sobreveste roja; en el brazo, un manto, también rojo.

«¿Los reconoces, Lázaro? ¿Te das cuenta como todo sirve?».

Los dos hermanos se sonríen mutuamente.

Jesús dice: «Gracias, Marta».

«Señor mío, tengo la enfermedad de guardar todo. Es herencia de mi madre. Conservo todavía muchas prendas de mi hermano, prendas a las que guardo afecto porque fueron tocadas por nuestra madre. De vez en cuando cojo una de ellas para algún niño. Ahora para Margziam. Son un poco largas, pero se pueden remeter. Lázaro, alcanzada la mayoría de edad, ya no los quiso... Fue un capricho en toda regla, verdaderamente de niño... Y se salió con la suya, porque mi madre adoraba a su Lázaro».

La hermana le acaricia, amorosa; Lázaro, por su parte, le coge su bellísima mano, se la besa y dice: «¿Y tú no?». Se sonríen de nuevo.

«Ha sido providencial» observan muchos de los presentes.

«Sí, mi capricho ha servido para un bien; quizás me será perdonado por esto».

La cena está ya preparada. Cada uno va a su sitio...

ECR 198.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan. Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.

Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista. Quién dice que está en Maqueronte, quién, que en Tiberíades. Los discípulos no han vuelto aún...

«Pero, ¿no le habían seguido?».

«Sí, pero, cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero, y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte. Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde le llevan. Ciertamente, no le abandonarán».

«Como tú tampoco, Isaac, me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo».

«Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana. Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros. Este año vienen todos; y estaremos con Jonatán».

«¿También los del Líbano».

«También. Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan».

«¿Sabes que vienen los de Jocanán?».

«¿De verdad? Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones. Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo».

«Espéralos para última hora, pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero».

«Yo también. Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para la vuelta».

Anotación

Los pastores del Líbano, es decir, Daniel y Benjamín.

ECR 198.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

... Hasta la plena noche Jesús no puede hablar en paz con su Madre. Han subido a la terraza. Están sentados en un asiento, uno junto a otro, cogidos de la mano. Se hablan. Se escuchan.

Primero es Jesús quien cuenta las cosas que han sucedido. Luego, María; y dice: «Hijo, nada más marcharte, vino a verme una mujer... Te buscaba. Gran miseria y gran redención. Esta criatura necesita tu perdón para ser tenaz en su resolución. La he enviado a Susana, se la he confiado diciendo que había sido curada por ti. Es verdad. Se habría podido quedar conmigo, si nuestra casa no se hubiera convertido en un mar en que todos navegan... y muchos con malas intenciones... La mujer ahora siente repugnancia por el mundo. ¿Quieres saber quién es?».

«Es un alma. De todas formas, dime su nombre para que la pueda acoger sin error».

«Es Áglae, la romana mimo y pecadora que empezaste a salvar en Hebrón, que te buscó y te encontró en Agua Especiosa, y que ha sufrido — ¡oh, cuánto! — por recuperar su honestidad. Me ha dicho todo... ¡Qué horror!».

«¿Su pecado?».

«Esto y... yo diría más: ¡Qué horror es el mundo! ¡Hijo mío, no te fíes de los fariseos de Cafarnaúm! Se querían servir de esta desdichada contra ti. ¡Hasta de ésta!...».

«Lo sé, Madre... ¿Dónde está Áglae?».

«Vendrá con Susana antes de la Pascua».

«Bien. Hablaré con ella. Estaré aquí todas las tardes esperándola, excepto la tarde pascual, que dedicaré a la familia. Si viene, no la dejes que se marche. Es una gran redención, tú lo has dicho. ¡Y tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones mi semilla ha echado raíces con la fuerza con que lo ha hecho en este terreno infeliz. Andrés la ayudó a crecer hasta su completa formación».

«Sí, me lo ha dicho».

«Madre, ¿qué has sentido en presencia de esa miseria?».

«Repugnancia y alegría. Me parecía estar en el borde de un abismo de infierno, pero, al mismo tiempo, me sentía transportada al azul del cielo. ¡Cuán Dios eres, Jesús mío, cuando realizas estos milagros!».

Y quedan en silencio, bajo las luminosísimas estrellas y el candor de un cuarto de Luna que ya tiende a Luna llena; en silencio, amándose, descansando en su mutuo amor.

ECR 199.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear, dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria. Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.

María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.

ECR 199.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear, dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria. Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.

María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.

«Por ahora va bien así» dice el sirviente «luego, después del ofrecimiento a Dios de tu melena de niño, te dejaré el pelo bien cortito. Está llegando el calor y estarás mejor sin pelos que te cubran el cuello; además se te pondrán más fuertes; ahora están secos y quebradizos; son cabellos descuidados. ¿Ves, María?, necesitan un cuidado; ahora los unjo para que no se alboroten. ¿Ves, niño, que buen olor? Es el ungüento que usa Marta: almendra, palma y médula finísima, y esencia exótica. Es muy bueno. Mi ama ha dicho que se conserve este tarrito para el niño. ¡Ah! ¡Eso es!... ¡Ahora pareces el hijo del rey». Y el sirviente — que quizás es el barbero de la casa de Lázaro — le da un cachetito a Margziam en un carrillo, se despide de María y se marcha satisfecho.

«Ven que te visto» dice María al niño, que en este momento no tiene sino una prenda de mangas cortas (creo que es la camisa, o lo que en aquellos tiempos la suplía: por lo fino que es el lino, deduzco que pertenecía al vestuario de Lázaro niño). María le quita la toalla en que estaba casi completamente envuelto y le pone una vestidura de lino, fruncida en la base del cuello y en las muñecas, y luego la sobreveste roja, de lana, de amplio escote y anchas mangas. El lino esplendoroso sobresale, blanquísimo, por el escote y las mangas del indumento rojo y opaco. Las manos de María deben haberse encargado por la noche del problema de la largura de la túnica y de las mangas; ahora va bien todo, especialmente cuando María le ciñe la cintura con la suave banda del cinturón, terminada en una borla de lana blanca y roja. El niño ya no parece ese pobre ser insignificante de pocos días antes.

«Ve a jugar mientras me preparo, pero sin mancharte» dice María acariciándole. Y el niño sale, saltando contento, a buscar a sus grandes amigos.

199.2

El primero en verle es Tomás: «¡Pero qué guapo estás! ¡De boda! Yo ahora, comparado contigo, es que desaparezco» dice Tomás, siempre alegre, metido en carnes, tranquilo; y le coge de la mano y dice: «Ven. Vamos con las mujeres. Te estaban buscando para darte la comida».

Entran en la cocina. Tomás, con su vozarrón, gritando, hace pegar un salto a las dos Marías, que estaban agachadas hacia los anafres: «Aquí hay un jovencito que os estaba buscando» y, riendo, presenta al niño, que se había escondido detrás de su robusta persona.

«¡Cariño! ¡Ven, que te dé un beso! ¡Mira, Salomé, qué bien está así!» exclama María de Alfeo.

«¡Verdaderamente! Ahora sólo le falta hacerse más fuerte. Me encargaré yo de ello. Ven, que te bese también yo» dice Salomé.

«Jesús quiere confiárselo a los pastores...» objeta Tomás.

«¡Ni soñarlo! En esto mi Jesús se equivoca. ¡Pero, vosotros, los hombres, ¿qué podéis pretender?, ¿qué sabéis hacer?!: discutir — porque, dicho sea de paso, sois más bien dados a discutir... como los chivos, que se quieren pero se dan cornadas —, comer, hablar; tenéis mil necesidades, y pretendéis del Maestro total atención a vosotros... si no, malas caras... Los niños tienen necesidad de sus madres. ¿No es verdad?... ¿Cómo te llamas?».

«Margziam».

«¡Vaya! ¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!».

«¡Es casi como el suyo!» exclama Salomé.

«Sí, pero el suyo es más simple. No tiene esas tres letras en medio... Tres son demasiadas...».

Judas Iscariote, que acaba de entrar, dice: «Ha puesto el nombre de significado exacto según la genuina lengua antigua».

«Bueno, bien, pero... es difícil; yo quito una letra y digo Marziam. Es más fácil, y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?».

Pedro, que pasaba en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor, se asoma y dice: «¿Qué quieres?».

«Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil».

«Tienes razón, mujer. Si la Madre me lo permite yo también le llamaré Marziam. Pero... ¡Estás perfectamente así!... ¡Yo también, ¿eh?!... ¡Observad!». En efecto, está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas; ¿y las sandalias?: las ha limpiado tanto y las ha sacado tanto brillo — no sé con qué —, que parecen nuevas. Las mujeres le admiran y él ríe contento.

El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre “padre”.

199.3

Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice: «La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz».

El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce.

Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.

«Entonces, podemos empezar a marcharnos — dice Jesús —. Tú, Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema».

«¡Ciertamente! Además... podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor».

«Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos...».

«¡Sí, Maestro? Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos... Me verás allí; total... ya sabes dónde están...».

«De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana. A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada».

«Yo voy contigo, Maestro» dice Juan.

«Yo también» dice Santiago, su hermano.

«Y también nosotros» dicen los dos primos.

«Yo también» dice Mateo, y con él Andrés.

«¿Y yo? También quisiera ir contigo... pero, si voy a hacer las compras, no puedo...» dice Pedro sujeto a dos deseos.

«Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí».

«Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos...» dice Judas Iscariote.

«Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente».

«Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo» dice Tomás.

«¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?».

«Me parece bien» responde éste a Bartolomé.

«¿Y tú, Juan?» le pregunta Jesús al hombre de Endor. «¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?».

«Verdaderamente preferiría ir contigo... Los libros... ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo».

«Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta...».

«No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte».

«Vamos. La paz a vosotras, mujeres».

Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.

Anotación

"¿Cómo te llamas?

- Marziam.

- Ya veo. ¡Pero mi bendita María podría haberte dado un nombre más fácil!

- ¡Es casi el suyo! exclama Salomé.

- Sí, pero el de ella es más sencillo. No tiene esas tres consonantes en el medio... Tres son demasiadas... ". MaRGZiam, simplificado a Marziam en la nueva traducción en consonancia con lo que dicen Marie d'Alphée y Pierre en el resto del texto.

"Tomó el nombre exacto por lo que significaba, de acuerdo con la lengua antigua". Hebreo, sin duda, ya que el arameo (una lengua estrechamente relacionada) se había convertido en la lengua común en la época de Jesús. Esta cercanía queda perfectamente plasmada en la reflexión de Salomé. También conocemos esta cercanía por la oración de Jesús en la cruz: Elôi, elôi, lama sabachthani, una cita aramea que es ligeramente diferente en Mateo 27,46 y Marcos 15,34. Sin embargo, esta proximidad no excluye las diferencias, ya que el capítulo 8 del libro de Nehemías relata que los exiliados que regresaban a Jerusalén oyeron leer la Torá "en la lengua antigua", pero no la entendieron: hubo que traducirla.

Tú, Simón, vas a acompañarme hasta tus amigos leprosos ... Simón el Zelote es un antiguo leproso, curado por Jesús.

Estáis todos libres hasta el miércoles por la mañana. A la hora de la tercia, todos van a la Puerta Dorada. Esta puerta conduce directamente al Templo desde Betania y Getsemaní.

Mientras tanto, mi Madre y el niño van a una casa amiga en Ofel. Este barrio está al sur del Templo y, por tanto, al este de la ciudad.

¿Qué te parece, Felipe, que vayamos los dos a casa de Samuel? Probablemente Samuel, el prometido de Annalia.

Probablemente entra en la ciudad por la puerta cercana a la Torre Antonia. La Puerta de Piscis.

ECR 199.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear, dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria. Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.

María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.

«Por ahora va bien así» dice el sirviente «luego, después del ofrecimiento a Dios de tu melena de niño, te dejaré el pelo bien cortito. Está llegando el calor y estarás mejor sin pelos que te cubran el cuello; además se te pondrán más fuertes; ahora están secos y quebradizos; son cabellos descuidados. ¿Ves, María?, necesitan un cuidado; ahora los unjo para que no se alboroten. ¿Ves, niño, que buen olor? Es el ungüento que usa Marta: almendra, palma y médula finísima, y esencia exótica. Es muy bueno. Mi ama ha dicho que se conserve este tarrito para el niño. ¡Ah! ¡Eso es!... ¡Ahora pareces el hijo del rey». Y el sirviente — que quizás es el barbero de la casa de Lázaro — le da un cachetito a Margziam en un carrillo, se despide de María y se marcha satisfecho.

Anotación

Más tarde, cuando hayas entregado a Dios el cabello de tus hijos, lo acortaré aún más. Esto está relacionado con el Bar Mitzvah. Algunos rituales del Bar Mitzvá, para el que se está preparando el joven Marziam, implican purificar al futuro hijo de la Ley tomando un baño ritual y cortándole el pelo. Esta ofrenda continuaba el rito de la circuncisión. Después de esto, "el niño estaba religiosamente preparado para unirse a los oficiantes de la sinagoga, donde recitaba la oración del jueves por la mañana, seguida de la oración del sábado" (Joëlle Balhoul, La maison de mémoire : ethnologie d'une demeure judéo-arabe en Algérie, 1937-1961, página 179). Según Maria Valtorta, se trata de un rito antiguo.

Es más, según Maria Valtorta, los galileos (por ejemplo, Jesús, Juan, etc.) llevan el pelo más bien largo y los judíos más bien corto (por ejemplo, Judas). El calor al que se refiere el criado inmediatamente después puede explicar esto.

ECR 199.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Cómo te llamas?».

«Margziam».

«¡Vaya! ¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!».

«¡Es casi como el suyo!» exclama Salomé.

«Sí, pero el suyo es más simple. No tiene esas tres letras en medio... Tres son demasiadas...».

Judas Iscariote, que acaba de entrar, dice: «Ha puesto el nombre de significado exacto según la genuina lengua antigua».

«Bueno, bien, pero... es difícil; yo quito una letra y digo Marziam. Es más fácil, y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?».

Pedro, que pasaba en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor, se asoma y dice: «¿Qué quieres?».

«Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil».

«Tienes razón, mujer. Si la Madre me lo permite yo también le llamaré Marziam. Pero... ¡Estás perfectamente así!... ¡Yo también, ¿eh?!... ¡Observad!». En efecto, está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas; ¿y las sandalias?: las ha limpiado tanto y las ha sacado tanto brillo — no sé con qué —, que parecen nuevas. Las mujeres le admiran y él ríe contento.

El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre “padre”.

Detalle

Marie d'Alphée pregunta al joven Marziam cómo se llama.

Anotación

"¿Cómo te llamas?

- Marziam.

- Ya veo. ¡Pero mi bendita María podría haberte dado un nombre más fácil!

- ¡Es casi el suyo! exclama Salomé.

- Sí, pero el de ella es más sencillo. No tiene esas tres consonantes en el medio... Tres son demasiadas... ". MaRGZiam, simplificado a Marziam en la nueva traducción de acuerdo con lo que María de Alfeo y Pedro expresan en el resto del texto.

"Ella tomó el nombre exacto por lo que significaba, de acuerdo con la lengua antigua". Hebreo, sin duda, ya que el arameo (una lengua estrechamente relacionada) se había convertido en la lengua común en la época de Jesús. Esta proximidad queda perfectamente plasmada en la reflexión de Salomé. También conocemos esta proximidad por la oración de Jesús en la cruz: Elôi, elôi, lama sabachthani, una cita aramea que es ligeramente diferente en Mateo 27,46 y Marcos 15,34. Sin embargo, esta proximidad no excluye las diferencias, ya que el capítulo 8 del libro de Nehemías relata que los exiliados que regresaron a Jerusalén oyeron leer la Torá "en la lengua antigua", pero no la entendieron: hubo que traducirla.

ECR 199.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice: «La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz».

El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce.

Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.

«Entonces, podemos empezar a marcharnos — dice Jesús —. Tú, Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema».

«¡Ciertamente! Además... podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor».

«Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos...».

«¡Sí, Maestro? Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos... Me verás allí; total... ya sabes dónde están...».

«De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana. A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada».

«Yo voy contigo, Maestro» dice Juan.

«Yo también» dice Santiago, su hermano.

«Y también nosotros» dicen los dos primos.

«Yo también» dice Mateo, y con él Andrés.

«¿Y yo? También quisiera ir contigo... pero, si voy a hacer las compras, no puedo...» dice Pedro sujeto a dos deseos.

«Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí».

«Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos...» dice Judas Iscariote.

«Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente».

«Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo» dice Tomás.

«¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?».

«Me parece bien» responde éste a Bartolomé.

«¿Y tú, Juan?» le pregunta Jesús al hombre de Endor. «¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?».

«Verdaderamente preferiría ir contigo... Los libros... ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo».

«Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta...».

«No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte».

«Vamos. La paz a vosotras, mujeres».

Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.

Anotación

Tú, Simón, me vas a acompañar con tus amigos leprosos ... Simón el Zelote es un antiguo leproso, curado por Jesús.

Todos son libres hasta el miércoles por la mañana. A la hora de la tercia, todos se dirigen a la Puerta Dorada. Esta puerta conduce directamente al Templo desde Betania y Getsemaní.

Mientras tanto, mi Madre y el niño van a una casa amiga en Ofel. Este barrio está al sur del Templo y, por tanto, al este de la ciudad.

¿Qué te parece, Felipe, que vayamos los dos a casa de Samuel? Probablemente Samuel, el prometido de Annalia.

Probablemente entra en la ciudad por la puerta cercana a la Torre Antonia. La Puerta de Piscis.

ECR 199.4-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Bien! ¡Encaminémonos hacia estos infelices!» dice Jesús, y, volviendo las espaldas a la ciudad, empieza a andar en dirección a un lugar desolado, situado en las laderas de un cerro rocoso que está entre los dos caminos que de Jericó van a Jerusalén. Es un lugar extraño: después de la primera subida por la que trepa un escarpado sendero, presenta una estructura escalonada, de forma que, hasta el primer desnivel, hay al menos tres metros a pico, y así el segundo desnivel... Es un lugar árido, muerto... tristísimo.

«Maestro — grita Simón Zelote — estoy aquí; párate, que te enseño yo el camino...» y Simón, que estaba apoyado en la roca buscando un poco de sombra, viene, y conduce a Jesús por una vereda también escalonada, que va en dirección a Getsemaní, aunque del otro lado del camino que une el Monte de los Olivos con Betania.

«Hemos llegado. Yo viví entre los sepulcros de Siloán. Aquí están mis amigos; parte de ellos, porque los otros están en Ben Hinnom y no han podido venir porque habrían tenido que atravesar el camino y los habrían visto».

«Iremos a verlos también a ellos».

«¡Gracias!, por ellos y por mí».

«¿Son muchos?».

«El invierno ha matado a la mayoría. Aquí, de todas formas, hay todavía cinco de aquellos con los que había hablado. Te esperan. Mira, allí están, en el borde de su presidio...».

Serán diez monstruos. Digo “serán” porque, si bien a cinco de ellos se los distingue en pie, a los otros — sea por el color grisáceo de su piel, sea por la deformidad de su rostro, sea porque apenas descollan del pedregal — se los distingue tan mal, que su número podría ser mayor o menor. Entre los que están en pie, hay sólo una mujer: dicen que es mujer sólo sus encanecidos cabellos, descuidados, duros y sucios, que le caen por la espalda hasta la cintura; por lo demás, no se distingue su sexo, pues la enfermedad, ya muy avanzada, la ha reducido a los huesos, anulando todo resto de femenina forma. Igualmente, respecto a los hombres, sólo uno muestra todavía un remanente de bigote y barba; a los demás los ha rasurado la destructora enfermedad.

Gritan: «¡Piedad de nosotros, Jesús, Salvador nuestro!» y tienden hacia Él sus manos, deformes y llagadas. «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad!».

«¿Qué deseáis que os haga?» pregunta Jesús alzando el rostro hacia esas ruinas humanas.

«Que nos liberes del pecado y de la enfermedad».

«Del pecado libera la voluntad y el arrepentimiento...».

«Pero, si Tú quieres, puedes cancelar nuestros pecados. Al menos eso, si no quieres curar nuestros cuerpos».

«Si os digo: “Elegid entre las dos cosas”, cuál queréis?».

«El perdón de Dios, Señor; para sentirnos menos desolados».

Jesús hace un gesto de aprobación, sonriendo luminosamente, y luego alza los brazos y grita: «Sea como queréis. Lo quiero».

¡Como queréis!: puede referirse al pecado o a la enfermedad, o a las dos cosas; los cinco desdichados quedan en la incertidumbre; ellos sí, pero no los apóstoles, que no pueden menos que gritar su hosanna cuando ven que la lepra desaparece rápidamente, como el copo de nieve caído en la llama. Entonces los cinco comprenden que se les ha concedido todo lo que habían pedido... y su grito resuena como un tañido de victoria: se abrazan entre sí, lanzan besos a Jesús — no pueden arrojarse a sus pies —, y luego se vuelven a sus compañeros: «¿No queréis todavía creer? ¡Qué desdichados sois!».

«¡Calma! ¡Tranquilos! Estos pobres hermanos necesitan pensar. No les digáis nada. La fe no se impone; se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia, que es lo que haréis después de vuestra purificación, como hizo Simón con vosotros. Por lo demás, el milagro predica ya por sí mismo. Vosotros, los curados, iréis a presentaros al sacerdote lo antes posible; vosotros, los enfermos, esperad para esta tarde nuestro regreso: os traeremos comida. La paz sea con vosotros».

Jesús, seguido de las bendiciones de todos, baja de nuevo al camino.

199.5

«Ahora vamos a Ben Hinnom» dice Jesús.

«Maestro... quisiera ir contigo, pero comprendo que no puedo. Voy al Getsemaní» dice Lázaro.

«Ve, ve, Lázaro. La paz sea contigo».

Mientras Lázaro lentamente se pone en camino, Juan apóstol dice: «Maestro, le acompaño: camina con dificultad y la vereda no es muy buena. Te alcanzo en Ben Hinnom».

«Bien, ve. Vamos».

Pasan el Cedrón. Siguen el lado sur del monte Tofet. Llegan a un vallecillo sembrado de tumbas e inmundicias, sin un solo árbol, sin nada que proteja del sol, que en este lado meridional cae implacable con su fuego poniendo al rojo el pedrisco de estos nuevos escalones de infierno, en cuya base aumentan el calor inflamadas emanaciones fétidas. Dentro de estas tumbas, que asemejan a hornos crematorios, míseros cuerpos se consumen... Siloán, siendo húmedo y estando orientado casi al Norte, será feo en invierno, pero este lugar debe ser terrorífico en verano...

Simón Zelote lanza una llamada... y, primero tres, luego dos, luego uno, y todavía otro más, se acercan, como pueden, hasta el límite prescrito. Aquí hay dos mujeres; una de ellas lleva de la mano a un esperpento de niño al que la lepra se le ha fijado especialmente en la cara y ya está ciego...

Uno de ellos es un hombre de aspecto noble a pesar de su mísera condición, el cual toma la palabra en nombre de todos: «Bendito sea el Mesías del Señor, que ha descendido a esta Gehena para sacar de ella a los que en él esperan. ¡Sálvanos, Señor, que perecemos! ¡Sálvanos, Salvador! ¡Rey de la estirpe de David, Rey de Israel, ten piedad de tus súbditos! ¡Oh, Vástago de la estirpe de Jesé, de quien se dijo que cuando llegase su tiempo desaparecería todo mal, extiende tu mano para recoger estos desperdicios de tu pueblo! Aleja de nosotros esta muerte, enjuga nuestras lágrimas, pues que de ti así está escrito. Condúcenos, Señor, con tu voz, a tus pastos excelentes, a tus frescas aguas, pues estamos sedientos; condúcenos a lo alto de las eternas colinas, donde ya no existen ni la culpa ni el dolor! ¡Ten piedad, Señor...!».

«¿Quién eres?».

«Juan, miembro del Templo; quizás he sido contaminado por un leproso. Hace poco, como puedes ver, tengo la enfermedad. ¡Pero estos otros!... Entre ellos hay algunos que ya hace años que esperan la muerte. Esta pequeñuela está aquí desde antes de saber andar, no conoce el mundo creado por Dios; cuanto conoce o recuerda de las maravillas de Dios son estas tumbas, este sol despiadado y las estrellas de la noche. ¡Ten piedad de los culpables y de los inocentes, Señor, Salvador nuestro!».

Están todos arrodillados con los brazos extendidos.

Jesús llora ante tanta miseria, abre sus brazos y grita: «Padre, Yo lo quiero: curación, vida, vista y santidad para ellos». Y permanece así, con los brazos abiertos, orando ardorosamente con todo su espíritu: parece estilizarse y elevarse en su oración, llama de amor, blanca e intensa, bañada en el intenso oro del sol.

«¡Mamá! ¡Veo!» es el primer grito. Se oye también el correlativo grito de la madre estrechando contra su pecho a su niña curada. Luego el de los otros y los apóstoles... El milagro ha quedado cumplido.

«Juan, tú, sacerdote, guiarás a tus compañeros en el rito. Paz a vosotros. Os traeremos esta tarde comida también a vosotros». Jesús bendice y hace ademán de emprender el camino.

Pero el leproso Juan grita: «Quiero seguir tus pasos. Dime qué tengo que hacer, dónde tengo que ir para predicarte».

«Sea esta tierra desolada y desnuda, que necesita convertirse al Señor, tu campo; sea tu campo la ciudad de Jerusalén. Adiós».

Detalle

Simón el Zelote pidió a Jesús que fuera al Valle de la Muerte, donde había leprosos.

Anotación

Y Simón, que se había apoyado en la roca para tener un poco de sombra, se adelanta y conduce a Jesús por un camino escalonado que lleva a Getsemaní, pero del que está separado por el camino que va del Monte de los Olivos a Betania. Sigue el dibujo de María Valtorta, que reproducimos aquí. Ella colocó en el centro la "pequeña montaña", en cuya cima escribió tres veces "leproso". Al norte está "Getsemaní", desde donde escribió "El camino más corto a Betania y Jericó". Al otro lado, escribió a lápiz: "Aquí está el Monte de los Olivos". Hacia el oeste hizo fluir el "Cedrón", más allá del cual trazó "El camino más largo a Betania y Jericó".

Lo mismo ocurre con los hombres, de los que sólo uno conserva restos de bigote y barba. Los demás han sido afeitados por esta enfermedad destructora. Zacarías, el leproso. Cf. EMV 417.2.