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Notas del tema

Reprobados y esclavos acogidos por Jesús

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ECR 174.11-15 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dice Jesús: «Mira y escribe: es Evangelio de la Misericordia[7] para todos, pero especialmente para las mujeres que se identifiquen en la pecadora, a las cuales invito a que la sigan en la redención».

Jesús está en pie, subido a una voluminosa piedra. Está hablando a una gran muchedumbre. El paisaje es alpestre. Una colina solitaria entre dos valles. La cima de la colina tiene forma de yugo, o, aún más exactamente, forma de joroba de camello; de forma que a pocos metros de la cumbre tiene un anfiteatro natural donde la voz retumba neta como en una sala de conciertos muy bien construida. La colina está toda florida. Debe ser el final de la primavera; los cereales de las llanuras tienden ya a dorarse y a madurar para la siega. Al Norte, un alto monte resplandece con su nevero expuesto al sol. Inmediatamente más abajo, al Este, el Mar de Galilea parece un espejo reducido a innumerables fragmentos (cada uno de ellos, un zafiro encendido por el sol). Deslumbra con su cabrilleo azul y oro, y no se refleja en su superficie sino alguna que otra esponjosa nube que surca el purísimo cielo, o la furtiva sombra de alguna barca de vela. Al otro lado del lago de Genesaret, un alejarse de llanuras que, debido a una leve niebla al ras del suelo (quizás vaporación de rocío, pues deben ser todavía las primeras horas de la mañana, dado que la hierba montana tiene todavía algún diamante de rocío disperso entre sus tallitos), parecen continuar el lago, aunque con tonalidades casi de ópalo veteado de verde; más lejos todavía, una cadena montañosa de perfil muy caprichoso, que hace pensar en un diseño de nubes en el cielo sereno.

La gente está sentada, quién en la hierba, quién en gruesas piedras; otros están de pie. El colegio apostólico no está completo. Veo a Pedro y a Andrés, a Juan y a Santiago, y oigo llamar a otros dos, Natanael y Felipe. Luego hay otro, que está y no está en el grupo; quizás es el último llegado: le llaman Simón. Los otros no están, a menos que sea que no los veo entre la masa de gente.

El discurso ha empezado ya hace un rato. Me doy cuenta de que es el discurso de la Montaña. Pero las bienaventuranzas han sido ya predicadas. Es más, creo que el discurso está entrando en sus últimas fases, porque Jesús dice: «Haced esto y recibiréis una gran recompensa, porque el Padre que está en los cielos es misericordioso con los buenos y sabe dar el céntuplo por uno. Por lo cual os digo...».

174.12

Un fuerte movimiento entre la muchedumbre, que se agolpa hacia el sendero que sube al rellano. Las cabezas de los que están más cercanos a Jesús se vuelven. La atención se orienta hacia otro objeto. Jesús suspende su discurso y vuelve su mirada hacia donde los demás. Está serio; su aspecto es hermoso, con su indumento azul oscuro, los brazos recogidos sobre el pecho, y el sol rozándole la cabeza con el primer rayo que sobrepasa la cresta oriental del monte.

«¡Haceos a un lado, plebeyos!» grita una voz iracunda de hombre. «¡Haceos a un lado, que pasa esta belleza!»... Y se presentan cuatro petimetres todo acicalados — de los cuales uno es ciertamente romano porque viste toga romana — llevando como en triunfo, sobre sus manos cruzadas a manera de asiento, a María de Magdala, gran pecadora todavía.

Ella ríe con su bellísima boca, echando hacia atrás la cabeza de cabellera de oro, toda rizos y trenzas sujetos con horquillas preciosas y con una lámina de oro aljofarada con perlas que le ciñe la parte alta de la frente, diadema bajo la cual cuelgan sutiles rizos que velan los espléndidos ojos a los que un estudiado artificio hace aún más grandes y seductores de lo que ya de por sí son. La diadema queda celada detrás de las orejas, bajo la masa de trenzas que pesa sobre el cuello candidísimo y totalmente descubierto. Es más... lo descubierto es mucho más que el cuello. La espalda está descubierta hasta los omóplatos y el pecho mucho más. El vestido está sujeto a los hombros por dos cadenitas de oro. No tiene mangas. Todo está cubierto — por decirlo de alguna forma — por un velo cuyo único objetivo es el de proteger la piel para evitar que el sol la tueste demasiado. El vestido es muy ligero, de forma que la mujer, echándose — como hace —, zalamera, sobre uno u otro de sus adoradores, es como si se echara sobre ellos desnuda. Tengo la impresión de que el romano es el preferido porque es al que preferentemente dirige risitas y miradas y es quien más fácilmente recibe su cabeza sobre el hombro.

«Y así estará contenta la diosa» dice el romano. «Roma ha hecho de cabalgadura a la nueva Venus, y ahí está el Apolo que has querido ver. Sedúcele, pues... pero déjanos a nosotros también algunas migajas de tus halagos».

María ríe y con ágil y procaz movimiento salta al suelo, descubriendo los pequeños pies, calzados con sandalias blancas con hebillas de oro, y un buen trozo de pierna. Luego el vestido cubre todo; es amplísimo, de lana ligera como un velo, y blanquísima, sujeto a la cintura, muy abajo, a la altura de las caderas, por un cinturón cuajado de bullones sueltos de oro. La mujer está ahí, como una flor de carne — impura — que por un sortilegio hubiera florecido en la verde llanura poblada de muguetes y narcisos silvestres.

Está más hermosa que nunca. Su boca, pequeña y purpurina, parece un clavel florecido sobre el candor de su dentadura perfecta. El rostro y el cuerpo podrían satisfacer al más exigente de los pintores o escultores, tanto por tonalidad como por las formas. Su pecho y sus caderas tienen la amplitud justa. La cintura es flexuosa de modo natural, delgada en relación a las caderas y al pecho. Parece una diosa como ha dicho el romano, una diosa esculpida en un mármol levemente rosado. La leve tela cubre las caderas para luego pender por delante formando una masa de pliegues. Todo está estudiado para gustar.

Jesús la mira fijamente. Ella, con arrogancia, resiste su mirada mientras ríe y se contorsiona ligeramente por las cosquillas que el romano le está haciendo con un muguete cortado de entre la hierba pasándoselo por la espalda y el pecho, que tiene descubiertos. María, con un gesto estudiado y fingido de enojo, se coloca el velo diciendo: «Respeto hacia mi candor», lo cual hace a los cuatro prorrumpir en una fragorosa carcajada.

Jesús sigue mirándola fijamente. Apenas desvanecido el ruido de las carcajadas, Jesús, como si la aparición de la mujer hubiera reavivado llamas en el discurso que para terminar se adormecía, lo continúa con nueva fuerza, y ya no la mira a ella, sino a los que le estaban escuchando, que parecen sentirse en embarazo y escandalizados por esto que ha sucedido.

174.13

Jesús continúa:

«He hablado de fidelidad a la Ley, humildad, misericordia, amor, no sólo hacia los hermanos de sangre sino hacia quien por el simple hecho de haber nacido, como vosotros, de hombre, es hermano vuestro. Os he dicho que el perdón es más útil que el rencor, que la compasión es mejor que la intransigencia. Mas ahora os digo que no se debe condenar si no se está exento del pecado por el que se tiende a condenar. No hagáis como los escribas y fariseos, que son severos con todos pero no consigo mismos; que llaman impuro a lo externo, que sólo puede contaminar lo externo, y luego dan cabida a la impureza en su más profundo interior: su corazón.

Dios no está con los impuros, porque la impureza corrompe lo que es propiedad de Dios: las almas, especialmente las de los pequeñuelos, que son los ángeles dispersos por la faz de la tierra. ¡Ay de aquellos que les arrancan las alas con crueldad de fieras demoníacas y abaten a estas flores del Cielo para hundirlas en el lodo, haciéndoles así conocer el sabor de la materia! ¡Ay de ellos!... ¡Mejor sería que muriesen abrasados por un rayo antes que cometer tal pecado!

¡Ay de vosotros, los ricos, los que os gozáis la vida y nada más, porque precisamente entre vosotros fermenta la mayor impureza, recostada sobre el ocio y el dinero! Ahora estáis ahítos; hasta la garganta os llega el alimento de las concupiscencias, y os estrangula. Un día sentiréis hambre, una hambre espantosa, insaciable, sin posibilidad de ser atenuada, para toda la eternidad. Ahora sois ricos. ¡Cuánto bien podríais hacer con vuestra riqueza! Sin embargo, con ella hacéis un gran daño, a vosotros y a los demás. Un día sin final conoceréis una pobreza atroz. Ahora reís; os creéis los triunfadores; sin embargo, vuestras lágrimas llenarán los estanques de la Gehena, y no se enjugarán jamás.

¿Dónde anida el adulterio? ¿Dónde, la corrupción de muchachas? ¿Quién tiene dos o tres lechos licenciosos, además del suyo propio como esposo, en los cuales disipa su dinero y el vigor de un cuerpo dado por Dios para que trabaje para su familia y no para debilitarse en repelentes uniones que le rebajan a nivel inferior al de una bestia inmunda? Habéis oído que se dijo: “No cometas adulterio”. Pues Yo os digo que quien mire a una mujer con concupiscencia, o quien vaya a un hombre con deseo, aun sólo con esto, ha cometido ya adulterio en su corazón. Ninguna razón justifica la fornicación. Ninguna; ni el abandono o repudio del marido, ni la conmiseración hacia la repudiada. Tenéis sólo un alma: no mienta, una vez que se ha unido a otra por pacto de fidelidad; pues, de ser así, ese hermoso cuerpo a través del cual pecáis irá con vosotros, almas impuras, a las inexhaustas llamas. Mutiladlo, antes que matarlo eternamente condenándolo. Vosotros, los ricos, sentinas de vicio llenas de gusanos, sed de nuevo hombres, para que el Cielo no sienta repulsa de vosotros...».

174.14

María, que al principio ha estado escuchando con una expresión que era todo un cuadro de seducción e ironía, con risitas de burla de vez en cuando, en llegando el discurso a su final, muestra una cara hosca de despecho. Ha comprendido que Jesús le está hablando a ella sin mirarla. Su enfado se hace cada vez más hosco y rebelde y a lo último no resiste: desdeñosa, se arrolla en su velo y, seguida por las miradas escarnecedoras de la muchedumbre y perseguida por la voz de Jesús, se echa a correr hacia abajo por la pendiente, dejando jirones de su vestido en los cardos y en las matas de escaramujo de los lados del sendero; y va riéndose, rabiosa y burlona.

No veo nada más, pero Jesús dice: «Seguirás viendo».

29 de mayo de 1945.

174.15

Jesús reanuda su discurso: «Estáis indignados por lo sucedido. Ya hace dos días que el pitido de Satanás turba nuestro refugio, que está muy por encima del fango; por tanto ya no es un refugio. Así que lo abandonaremos. Pero antes quisiera completaros este código de “lo más perfecto” en el marco de esta amplitud de luces y horizontes. Aquí realmente Dios se muestra en su majestad de Creador; viendo sus maravillas, podemos llegar a creer firmemente que el Dueño es Él y no Satanás. El Maligno no podría crear ni siquiera un tallito de hierba. Por el contrario, Dios lo puede todo. Que esto nos sea motivo de consuelo. Pero... ya estáis todos al sol. Puede haceros daño. Esparcíos hacia arriba por las laderas; ahí hay sombra y frescor. Comed, si queréis. Yo, mientras, os seguiré hablando sobre el mismo tema. La hora se ha hecho tarde por muchos motivos. De todas formas no os duela, que aquí estáis con Dios».

La muchedumbre grita: «Sí, sí, contigo». Y cambia de sitio, hacia la sombra de los bosquecillos diseminados que hay en el lado oriental, de modo que la pared montañosa y el follaje protegen del Sol, que ya calienta demasiado.

Jesús dice entretanto a Pedro que desmonte el cobertizo.

«Pero... ¿realmente nos marchamos?».

«Sí».

«¿Porque ha venido ella?...».

«Sí; pero no se lo digas a nadie, y menos todavía a Simón Zelote: se entristecería por Lázaro. No puedo permitir que la palabra de Dios se transforme en juguete de paganos...».

«Comprendo, comprendo...».

«Pues comprende también otra cosa».

«¿Cuál, Maestro?».

«La necesidad de callar en ciertos casos. ¡Cuidado!; eres maravilloso, pero tu impulsividad es tanta que te lleva a hacer observaciones punzantes».

«Comprendo... No quieres por Lázaro y Simón...».

«Y por otros».

«¿Crees que también estarán hoy algunos de éstos?».

«Hoy, mañana, pasado mañana, siempre; como también siempre será necesario controlar la impulsividad de mi Simón de Jonás. Ve, ve a hacer lo que te he dicho».

Pedro se pone en movimiento y pide ayuda a sus compañeros.

Anotación

Este es el Evangelio de la Misericordia: se trata de una serie de visiones dadas del 12 al 14 de agosto de 1944. Se reparten entre este capítulo y el capítulo EMV 183 de este volumen, así como EMV 233 y parte de EMV 377. Jesús lo menciona en EMV 468.

Os he dicho que el perdón es más útil que el resentimiento, que es mejor compadecerse que ser inexorable. Jesús explica, en EMV 234.5, que esta frase, enterrada en medio del discurso, está dicha especialmente para María Magdalena.

ECR 174.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente está sentada, quién en la hierba, quién en gruesas piedras; otros están de pie. El colegio apostólico no está completo. Veo a Pedro y a Andrés, a Juan y a Santiago, y oigo llamar a otros dos, Natanael y Felipe. Luego hay otro, que está y no está en el grupo; quizás es el último llegado: le llaman Simón. Los otros no están, a menos que sea que no los veo entre la masa de gente.

Anotación

Contrariamente a las apariencias, este comentario es perfectamente coherente: Juan, Santiago, Pedro y Andrés fueron "vistos" el 25 de febrero de 1944. La visión del encuentro con Natanael y Felipe tuvo lugar el 13 de octubre de 1944, dos meses después de la escena aquí descrita, y la de Simón el Zelote, el 26 de octubre de 1944.

ECR 174.15 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús dice entretanto a Pedro que desmonte el cobertizo.

«Pero... ¿realmente nos marchamos?».

«Sí».

«¿Porque ha venido ella?...».

«Sí; pero no se lo digas a nadie, y menos todavía a Simón Zelote: se entristecería por Lázaro. No puedo permitir que la palabra de Dios se transforme en juguete de paganos...».

«Comprendo, comprendo...».

«Pues comprende también otra cosa».

«¿Cuál, Maestro?».

«La necesidad de callar en ciertos casos. ¡Cuidado!; eres maravilloso, pero tu impulsividad es tanta que te lleva a hacer observaciones punzantes».

«Comprendo... No quieres por Lázaro y Simón...».

«Y por otros».

«¿Crees que también estarán hoy algunos de éstos?».

«Hoy, mañana, pasado mañana, siempre; como también siempre será necesario controlar la impulsividad de mi Simón de Jonás. Ve, ve a hacer lo que te he dicho».

Pedro se pone en movimiento y pide ayuda a sus compañeros.

Detalle

Tras la llegada de María Magdalena, entonces una gran pecadora, Jesús anunció su partida de los Cuernos de Hattin, donde habían permanecido unos días.

Anotación

- ¿Crees que habrá alguna hoy?

- Hoy, mañana y pasado mañana, siempre.

Sin duda, Jesús se refiere aquí a los fariseos, que pretenden hacer observaciones poco caritativas.

ECR 175.3.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente se arremolina en torno al Maestro. Es un círculo que bajo ningún concepto quiere abrirse. Pero, entretanto, el Sol se ha ocultado y comienza el reposo del sábado. Los centros habitados están lejos. De todas formas, la gente no echa de menos ni el pueblo ni la comida ni nada. No sucede lo mismo con los apóstoles, y se lo comentan a Jesús. También los discípulos ancianos están preocupados. Hay mujeres y niños, y, si bien la temperatura de la noche es moderada y la hierba de los campos está blanda, las estrellas no son pan ni se transforman en alimentos las piedras de las laderas.

Jesús es el único que se lo toma con tranquilidad. La gente, mientras, come lo que les había sobrado, sin mayores problemas. Jesús llama la atención de los discípulos sobre este hecho: «¡En verdad os digo que éstos están más adelantados que vosotros! Mirad con qué despreocupación consumen todo lo que tienen. Les he dicho: “El que no sea capaz de creer que mañana Dios dará el alimento a sus hijos que se retire”, y se han quedado aquí. Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera».

Los apóstoles se encogen de hombros y ya no se ocupan de nada más. (...)

[El escriba Juan vino en su ayuda y Jesús dijo:]

«¿Y ahora qué tengo que deciros por vuestra incredulidad? ¿No ha puesto, acaso, el Padre pan para todos nosotros en las manos de una persona que, por su casta, está contra mí? ¡Oh, hombres de poca fe!... Id, id allí, al mullido heno y dormid. Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad. Paz a vosotros».

Detalle

Aunque no se nombra específicamente a ninguno de ellos, los Doce están presentes en este capítulo. Ante su falta de fe y confianza en la Providencia del Padre para alimentar a la multitud, Jesús les dice esto en EMV 175.5, después de que el escriba Juan acuda en su ayuda.

ECR 176.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora le muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro le ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.

«Maestro — preguntan bastantes de ellos — ¿por qué no has venido con nosotros?».

«Necesitaba orar».

«Pero también tienes mucha necesidad de descansar».

«Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo».

«¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?».

«Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere. El Padre me ha dicho dos nombres de personas, y, para mí, un hecho doloroso. Estas tres cosas tienen necesidad de oración».

Jesús está muy triste. Mira a los suyos con una mirada que parece suplicar o querer preguntar algo; se posa en éste o en aquél y, finalmente, en Judas Iscariote, y en él se detiene.

El apóstol lo nota y pregunta: «¿Por qué me miras así?».

«No te veía a ti. Mis ojos contemplaban otra cosa...».

«¿Y qué es?...».

«La naturaleza del discípulo. Todo el bien y el mal que un discípulo puede dar a su Maestro y hacer por Él. Pensaba en los discípulos de los Profetas y en los de Juan; y en los míos. Y rogaba por Juan, por los discípulos y por mí...».

«Esta mañana estás triste y cansado, Maestro. Manifiesta tu pesar a quien te ama». Es Santiago de Zebedeo el que le invita a expresarse.

«Sí, dínoslo; que, si se puede hacer algo para aliviártelo, lo haremos» dice Judas, el primo de Jesús.

Pedro habla con Bartolomé y Felipe, pero no comprendo lo que dicen.

Jesús responde: «Sed buenos, esforzaos por ser buenos y fieles: ése será mi consuelo. No existe ningún otro, Pedro, ¿comprendes?; abandona esa sospecha. Queredme. Quereos. No os dejéis seducir por quien me odia. Amad sobre todo la voluntad de Dios».

«¡Sí, pero, si todo viene de ella, también de ella vendrán nuestros errores!» exclama Tomás con aire de filósofo.

«¿Tú crees? No es así.

176.2

Pero... vamos, que muchos se han despertado ya y están mirando hacia aquí. Vamos a bajar. Santifiquemos el día santo con la palabra de Dios».

ECR 177.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús entra en Cafarnaúm. Viene de los campos. Le acompañan sólo los doce; es más, los once, porque Juan no está.

Anotación

Sabemos por Pedro, en Betsaida, que Jesús le envió "delante" con Isaac para conducir a María hasta el Bautista(EMV 180.7).

ECR 178.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Veo a Jesús con sus once apóstoles — sigue faltando Juan — dirigiéndose hacia la orilla del lago. Mucha gente se aglomera en torno a Él: muchas de estas personas, en su mayor parte hombres, son las mismas que estaban en el Monte y que ahora se han llegado de nuevo a Él, a Cafarnaúm, para seguir escuchando su palabra. Intentan retenerle, pero Jesús dice: «Yo soy de todos. Debo ir a otros muchos. Volveré. Ya os reuniréis de nuevo conmigo. Ahora dejadme que me vaya».

Con mucha dificultad logra andar entre la muchedumbre que se comprime por la estrecha callecilla. Los apóstoles empujan para abrirle paso, pero es como incidir contra una substancia blanduzca, que enseguida recupera la forma que tenía; incluso se irritan, pero inútilmente.

ECR 179.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Las barcas de los apóstoles, recorrido el breve trecho de lago que separa Cafarnaúm de Betsaida, echan amarras en esta ciudad.

Detalle

En este capítulo están presentes los Once. Juan ha ido a buscar a Juan el Bautista a Hennon con la Virgen.

ECR 180.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No sé qué observación de uno de los compañeros ha originado la respuesta escultórica de Pedro: «Les sucederá como a los constructores de la torre de Babel: su misma soberbia provocará la destrucción de sus teorías y morirán aplastados».

Andrés objeta a su hermano: «Pero Dios es Misericordia. Impedirá que se derrumben para darles tiempo de arrepentirse».

«¡Que te crees tú eso! Coronarán su soberbia con la calumnia y la persecución. Ya lo veo venir. Nos perseguirán, cual testigos odiosos, para disgregarnos. Y, por su ataque insidioso contra la Verdad, Dios tomará venganza y perecerán».

«¿Tendremos la fuerza suficiente para resistir?» pregunta Tomás.

«Por mí mismo no la tendría, pero confío en Él» dice Pedro señalando al Maestro, el cual está escuchando y guarda silencio, con la cabeza un poco inclinada como para tener escondida la expresión de su rostro.

«Yo pienso que Dios no nos someterá a pruebas superiores a nuestras fuerzas» dice Mateo.

«O que, cuando menos, aumentará las fuerzas proporcionalmente a la magnitud de las pruebas» concluye Santiago de Alfeo.

«Ya lo está haciendo.»

Anotación

Lo que les ocurrió a los constructores de la Torre de Babel les ocurrirá a ellos. Alusión a Génesis 11:1-9.

Ya lo ha hecho: es Simón el Zelote quien habla. La conversación continúa. Véase la nota siguiente.

Libro del Génesis 11, 1-9

Gn 11, 1-9 : Toda la tierra tenía una misma lengua y las mismas palabras. Cuando los hombres partieron de Oriente, encontraron una llanura en la tierra de Sennaar, y se establecieron allí. Se dijeron unos a otros: "Vamos, hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego". "Y utilizaron ladrillos en lugar de piedras y betún en lugar de cemento. Luego dijeron: "Vamos, construyámonos una ciudad y una torre con su cúspide en el cielo, y hagámonos un monumento, no sea que nos dispersemos por la faz de toda la tierra. "Pero Yahvé bajó a ver la ciudad y la torre que los hijos de los hombres estaban construyendo. Y Yahvé dijo: "He aquí que son un solo pueblo, y todos tienen una misma lengua; y esta obra es el principio de sus empresas; ahora nada les impedirá realizar sus planes. Descendamos y confundamos su lengua, para que ya no oigan la lengua del otro. "Así que Yahvé los dispersó de allí por toda la faz de la tierra, y dejaron de construir la ciudad. Por eso se llamó Babel, porque allí fue donde Yahvé confundió la lengua de toda la tierra, y allí fue donde Yahvé los dispersó sobre la faz de toda la tierra.

ECR 180.2-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Ver en su contexto

Cita

« Yo era rico y poderoso. Si Dios no me hubiera querido conservar para un fin suyo, yo me habría hundido en la desesperación cuando estaba leproso y me perseguían. Me habría ensañado conmigo mismo... Y, sin embargo, en medio del abatimiento completo en que me encontraba, recibí de lo alto una riqueza nueva que nunca antes había poseído, la riqueza de una persuasión: “Dios existe”. Antes... Dios... Sí... era creyente, era un fiel israelita... pero era una fe de formalismos. Y me parecía que el premio a esta fe fuera siempre inferior a mis virtudes. Me permitía polemizar con Dios porque me sentía todavía algo sobre la faz de la tierra. Simón Pedro tiene razón. Yo también estaba construyendo una torre de Babel con las autoalabanzas y las satisfacciones a mi yo. Cuando se me vino todo encima y quedé, como un gusano, aplastado por el peso de toda esta inutilidad humana, dejé de polemizar con Dios, para pasar a hacerlo conmigo mismo, con mi loco yo-mismo, y acabé de demolerlo. Y, a medida que lo hacía, abriendo paso a lo que yo creo que es el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva: la certeza de que no estaba solo y de que Dios velaba por el hombre vencido por el hombre y por el mal».

«¿Para ti qué es Dios; esto que has dicho: “el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres”? ¿Qué quieres decir con eso? No te comprendo, y además me parece una herejía. A Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas, y no hay otro Dios» dice un poco severo Judas Iscariote.

«Si aquí estuviera Juan, te lo diría mejor que yo. De todas formas, te lo diré como sé. Es verdad que a Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas. Pero, ¿en qué le conocemos?, ¿cómo?».

Judas de Alfeo interviene inmediatamente: «Poco y mal. Los Profetas que nos le describieron… le conocían; pero nosotros tenemos de Él la idea confusa filtrada a través de todo un montón de estorbos acumulados por las sectas...».

«¿Sectas? ¿Qué palabras son ésas? Nosotros no tenemos sectas. Nosotros somos los hijos de la Ley... todos» dice Judas Iscariote, indignado y agresivo.

«Los hijos de las leyes. No de la Ley. Hay una ligera diferencia. Del singular al plural. Pero en realidad ello significa que ya no somos hijos de lo que Dios nos ha dado sino de lo que nosotros hemos creado» rebate Judas Tadeo.

«Las leyes han nacido de la Ley» dice Judas Iscariote.

«También las enfermedades nacen de nuestro cuerpo, y no me vas a decir ahora que son cosas buenas» replica Judas Tadeo.

«Bueno, dejadme saber lo que es el Dios inmanente de Simón Zelote». Judas Iscariote, que no puede replicar a esta observacion de Judas de Alfeo, trata de llevar de nuevo la cuestión al punto de partida.

180.3

Simón Zelote dice: «Nuestros sentidos necesitan siempre un término para aferrar una idea. Cada uno de nosotros — me refiero a nosotros creyentes — cree, claro está, por la misma fe, en el Altísimo, Señor y Creador, eterno Dios que está en el Cielo. Pero todos necesitamos algo más que esta fe desnuda, virgen incorpórea, adecuada y suficiente para los ángeles, que ven y aman a Dios espiritualmente compartiendo con Él la naturaleza espiritual y teniendo la capacidad de ver a Dios. Nosotros necesitamos crearnos una “figura” de Dios, figura que está hecha de las cualidades esenciales que ponemos en Dios para dar un nombre a su perfección absoluta, infinita. Cuanto más se concentra el alma más alcanza la exactitud en el conocimiento de Dios. Pues bien, lo que yo digo es esto: el Dios inmanente. No soy un filósofo. Quizás haya aplicado mal la palabra. Lo que quiero decir, en definitiva, es que para mí el Dios inmanente es el hecho de sentir, de percibir, a Dios en nuestro espíritu, y sentirle y percibirle no ya como una idea abstracta sino como real presencia que da fortaleza y paz nuevas».

«De acuerdo. Pero, en definitiva, ¿cómo lo sentías? ¿Qué diferencia hay entre sentir por fe y sentir por inmanencia?» pregunta un poco irónico Judas Iscariote.

«Dios es seguridad, muchacho — interviene Pedro —. Cuando le sientes como dice Simón, con esa palabra cuyo espíritu comprendo aunque no la entienda como tal palabra — y, créeme, nuestro mal consiste en entender sólo la letra y no el espíritu de las palabras de Dios —, quiere decir que logras aferrar no sólo el concepto de la majestad terrible sino de la paternidad dulcísima de Dios; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te juzgara y condenara injustamente, Uno sólo, Él, el Eterno, que te es padre, no te juzga sino que te absuelve y te consuela; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te odiase, sentirías en ti la presencia de un amor más grande que todo el mundo; quiere decir que, segregado de los demás, en una cárcel o en un desierto, sentirías siempre que Uno te habla y te dice: “Sé santo para ser como tu Padre”; quiere decir que por el amor verdadero a este Padre Dios — que por fin uno llega a sentir tal — se acepta, se obra, se toma o se deja, sin medidas humanas, pensando sólo en devolver amor por amor, en copiar lo más posible a Dios en las propias acciones».

«¡Eres soberbio! ¡Copiar a Dios! No te es concedido» juzga Judas Iscariote.

«No es soberbia. El amor lleva a la obediencia. Copiar a Dios me parece también una forma de obediencia porque Dios dice que nos ha hecho a su imagen y semejanza» replica Pedro.

«Nos ha hecho. Nosotros no debemos ir más arriba».

«¡Mira chico, eres un desdichado si piensas así! Olvidas que caímos y que Dios nos quiere volver a elevar a lo que éramos».

180.4

Jesús toma la palabra: «Más todavía, Pedro, Judas, y vosotros todos, más todavía. La perfección de Adán era susceptible de aumento mediante el amor que le habría conducido a una imagen progresivamente más exacta de su Creador. Adán, sin la mancha del pecado, habría sido un tersísimo espejo de Dios. Por esto digo: “Sed perfectos como perfecto es el Padre que está en los Cielos”. Como el Padre, por tanto, como Dios. Pedro ha hablado muy bien, y Simón también. Os ruego que recordéis las palabras de ambos y que las apliquéis a vuestras almas».

Falta poco para que la mujer de Pedro se desmaye de la alegría de sentir alabar de este modo a su marido. Llora en su velo, serena y dichosa.

Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apoplético.

Detalle

Habla Simón el Zelote. La cuestión de la fe se trata con más detalle en 180.3.