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Notas de la palabra clave

Simón el Zelote y Judas

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ECR 71.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

71.3 «Mira, allí viene Juan con Simón: Juan es el primero; Simón es aquel de quien te hablé hace dos días. Tú ya los has visto a Simón y a Juan. Uno estaba enfermo...».

«¡Ah, el leproso! Ya me acuerdo. ¿Ya es discípulo tuyo?».

«Desde el día siguiente».

«Y yo ¿por qué tanta espera?».

«¡¿Judas?!».

«Es verdad. Perdón».

Juan ha visto al Maestro y se lo indica a Simón. Aceleran el paso. El saludo de Juan es un cambio de besos con el Maestro. Simón, por el contrario, se postra ante Jesús y besa sus pies exclamando: «¡Gloria a mi Salvador! ¡Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios, y yo le dé gloria bendiciéndole por haberme otorgado a ti!».

Jesús le pone la mano sobre la cabeza: «Sí, te bendigo para darte las gracias por tu trabajo. Álzate, Simón. Mira, Juan; mira, Simón: éste es el último discípulo, también él quiere seguir la Verdad; es hermano, por tanto, para todos vosotros».

Se saludan mutuamente. Los dos judíos con recíproca indagación, Juan expansivamente.

«¿Estás cansado, Simón?» pregunta Jesús.

«No, Maestro. Junto con la salud me ha venido un vigor que aún no conocía».

«Y sé que lo empleas bien. He hablado con muchos y todos me han referido de ti que los habías instruido sobre el Mesías».

Simón sonríe contento. «Ayer por la tarde también hablé de ti con un honesto israelita. Espero que un día le conozcas. Quisiera llevarte a él».

«Esto no es imposible».

Judas interviene: «Maestro, me has prometido que vendrías conmigo a Judea».

«E iré. Simón continuará instruyendo a las personas acerca de mi venida. El tiempo es breve, amigos, y la gente es mucha.

71.4 Yo ahora me voy con Simón. Por la tarde vosotros dos vendréis a mi encuentro por el camino del Monte de los Olivos. Distribuiremos dinero a los pobres. Ahora marchaos».

Jesús, solo con Simón, le pregunta: «Esa persona de Betania ¿es un verdadero israelita?».

«Un verdadero israelita. Participa de todas las ideas imperantes, pero tiene también verdadera ansia del Mesías. Cuando le dije: “Él está entre nosotros”, respondió en seguida: “¡Dichoso yo que vivo en esta hora!”».

«Iremos a verle un día, a llevar bendición a su casa. ¿Has visto al nuevo discípulo?».

«Le he visto. Es joven y parece inteligente».

«Sí. Lo es. Tú, que eres judío, compadécele por sus ideas, más que a los otros».

«¿Es un deseo o una orden?».

«Es una dulce orden. Tú, que has sufrido, puedes tener más indulgencia. El dolor es maestro de muchas cosas».

«Si Tú me lo ordenas, seré con él todo indulgencia».

«Sí. Así. Quizás mi Pedro — y no sólo él — se escandalizará un poco al ver cómo cuido a este discípulo y me preocupo de él. Pero un día comprenderán... Cuanto peor formado está uno, más necesidad tiene de cuidados. Los otros... ¡oh!, los otros se forman incluso por sí mismos, por el solo contacto. Yo no quiero hacer todo solo. Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás para formar a un hombre. Os llamo a ayudarme... y os agradezco la ayuda».

«Maestro, ¿estás suponiendo que te va a defraudar?».

«No. Pero es joven, y ha crecido en Jerusalén».

«¡Oh! A tu lado se corregirá de todos los vicios de esta ciudad... Estoy seguro de ello. Yo, viejo y seco por el rencor, he quedado completamente renovado desde que te vi...».

Jesús susurra: «¡Que así sea!». Luego dice fuerte: «Ven conmigo al Templo. Voy a evangelizar al pueblo».

Y la visión tiene fin.

Detalle

Jesús está con Judas y Simón el Zelote y Juan se unen a él.

ECR 72.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

72.1 Ya desde las primeras horas de la mañana veo a Jesús en el momento en que llega a una cita que tiene con los discípulos Simón y Judas en la misma puerta de siempre. Jesús ya estaba con Juan. Y oigo que dice: «Amigos, os pido que vengáis conmigo por la Judea; si no os cuesta demasiado, especialmente a ti, Simón».

«¿Por qué, Maestro?».

«Es áspero el camino por los montes de Judea... y tal vez incluso te resultará más áspero el encontrar a ciertas personas que te han causado perjuicios».

«Por lo que respecta al camino, te aseguro una vez más que desde que me curaste me siento más fuerte que un muchacho joven, y no me pesa ningún esfuerzo; además, siendo por ti, y, ahora, por si fuera poco, contigo... Por lo que respecta al encuentro con los que me hicieron el mal, en el corazón de Simón, desde que es tuyo, ya no hay resentimientos, y ni siquiera sentimientos duros. El odio cayó junto con las escamas de la enfermedad. Y no sé, créelo, si decirte que hiciste un milagro mayor al curarme la carne corroída o el alma abrasada por el rencor. Pienso que no me equivoco si digo que el milagro más grande fue este último. Sana siempre con menos facilidad una llaga del espíritu... y Tú me curaste improvisamente. Esto es un milagro, porque... no, uno no se cura de repente, aunque quiera hacerlo con todas sus fuerzas; no se cura el hombre de un hábito moral, si Tú no anulas ese hábito con tu voluntad santificante».

«No juzgas erradamente».

72.2 «¿Por qué no lo haces así con todos?» pregunta Judas un poco resentido.

«Pero si lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes distinto desde que le conoces? Yo ya era discípulo de Juan el Bautista, pero me he visto completamente cambiado desde que Él me dijo: “Ven”».

Juan, que generalmente no interviene, especialmente si ello supone adelantarse al Maestro, esta vez no se sabe callar. Dulce y afectuoso, ha depositado una mano sobre el brazo de Judas como para calmarle y le habla afanoso y persuasivo. Luego se da cuenta de que ha hablado antes que Jesús, se pone colorado y dice: «Perdón, Maestro. He hablado en tu lugar... Pero quería... quería que Judas no te causara dolor».

«Sí, Juan. Pero no me ha apenado como discípulo. Cuando lo sea, entonces, si persiste en su modo de pensar, me causará dolor.

72.3 Me entristece sólo el constatar lo corrompido que está el hombre por Satanás, y cómo éste le aparta el pensamiento del recto camino. ¡Todos, ¿sabéis?, todos tenéis el pensamiento turbado por él! Pero vendrá, ¡oh!, vendrá el día en que tendréis en vosotros la Fuerza de Dios, la Gracia; tendréis la sabiduría con su Espíritu... Entonces dispondréis de todo para juzgar justamente».

«¿Juzgaremos todos justamente?».

«No, Judas».

«Pero, ¿te refieres a nosotros, discípulos, o a todos los hombres?».

«Hablo aludiendo primero a vosotros, pero también a todos los demás. Cuando llegue la hora, el Maestro creará a sus obreros y los mandará por el mundo...».

«¿No lo haces ya?».

«Por ahora sólo me sirvo de vosotros para decir: “El Mesías está entre nosotros. Id a Él”. Llegada la hora, os haré capaces de predicar en mi nombre, de cumplir milagros en mi nombre...».

«¡Oh!, ¿también milagros?».

«Sí, en los cuerpos y en las almas».

«¡Cuánto nos admirarán entonces!» — se le ve a Judas alborozado ante esta idea —.

72.4 «Pero ya no estaremos con el Maestro entonces... y yo tendré siempre miedo de hacer con capacidad de hombre lo que es de Dios» dice Juan, y mira a Jesús pensativamente, y también un poco triste.

«Juan, si el Maestro lo permite, quisiera decirte lo que pienso» — es Simón quien ha hablado —.

«Díselo. Deseo que os aconsejéis mutuamente».

«¿Ya sabes que es un consejo?».

Jesús sonríe y calla.

«Pues bien, entonces yo te digo, Juan, que no debes, no debemos temer. Apoyémonos en su sabiduría de Maestro santo, y en su promesa. Si Él dice: “Os mandaré”, es señal de que sabe que puede enviarnos sin que le perjudiquemos a Él ni a nosotros, o sea, a la causa de Dios que todos amamos como se ama a la propia esposa recién casada. Si Él nos promete vestir nuestra miseria intelectual y espiritual con los fulgores de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros de que lo hará, y nosotros tendremos ese poder de que nos habla el Maestro; no por nosotros, sino por su misericordia. Pero, ciertamente, todo esto sucederá si nosotros no ponemos orgullo, deseo humano, en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión — que es completamente espiritual — con elementos terrestres, entonces decaerá también la promesa del Cristo; no por incapacidad suya, sino porque nosotros ahogaremos esta capacidad con el lazo de la soberbia.

72.5 No sé si me explico bien».

«Te explicas muy bien. Me he equivocado yo. Pero mira... pienso que, en el fondo, desear ser admirados como discípulos del Mesías, suyos hasta el punto de haber merecido hacer lo que Él hace, es deseo de aumentar aún más la potente figura del Cristo ante las gentes. Gloria al Maestro que tiene tales discípulos; esto es lo que yo quiero decir» le responde Judas.

«No todo es erróneo en tus palabras. Pero... mira, Judas. Yo vengo de una casta perseguida por... por haber entendido mal qué y cómo debe ser el Mesías. Sí. Si nosotros le hubiéramos esperado con justa visión de su ser, no habríamos podido caer en errores que son blasfemias contra la Verdad y rebelión contra la ley de Roma; por lo cual fuimos castigados por Dios y por Roma. Hemos querido ver en el Cristo un conquistador y un libertador de Israel, un nuevo Macabeo, y más grande que el gran Judas... Esto sólo. Y ¿por qué? Porque hemos cuidado más de nuestros intereses (los de la patria y los de los ciudadanos) que de los intereses de Dios. ¡Oh!, santo es también el interés de la patria. Pero, ¿qué es comparado con el Cielo eterno? He aquí cuanto he pensado y visto en las largas horas de persecución, primero, y de segregación, después; cuando, fugitivo, me escondía en las madrigueras de los animales salvajes, condividiendo con ellos lecho y alimento, para escapar de la fuerza romana, y sobre todo de las delaciones de los falsos amigos; o cuando, esperando la muerte, ya gustaba el olor del sepulcro en mi cueva de leproso: he visto la figura verdadera del Mesías... la tuya, Maestro humilde y bueno, la tuya, Maestro y Rey del espíritu, la tuya, oh Cristo, Hijo del Padre que al Padre conduces, y no a los palacios de tierra, no a las deidades de barro. Tú... ¡oh!, me resulta fácil seguirte... porque — perdona mi osadía que se proclama justa — porque te veo como te he pensado; te reconozco, en seguida te reconocí. Sí, no ha sido un conocimiento de ti, sino un reconocer a Uno que ya el alma había conocido...».

«Por esto te he llamado... y por esto te llevo conmigo, ahora, en este primer viaje mío por Judea.

72.6 Quiero que completes el reconocimiento... y quiero que también éstos, a los cuales la edad los hace menos capaces de llegar a lo verdadero por medio de meditación severa, sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora... Entenderéis luego. He aquí, ante nuestros ojos, la torre de David; la Puerta Orien­­tal está cerca».

«¿Salimos por ella?».

«Sí, Judas. En primer lugar vamos a Belén, donde nací... Conviene que lo sepáis... para decírselo a los otros. También esto tiene que ver con el conocimiento del Mesías y de la Escritura. Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voz no ya de profecía sino de historia. Demos la vuelta rodeando las casas de Herodes...».

«La vieja raposa malvada y lujuriosa».

«No juzguéis. Para juzgar está Dios. Vamos por ese sendero entre estas huertas. Nos detendremos a la sombra de un árbol, junto a alguna casa hospitalaria, mientras el sol abrase; luego proseguiremos el camino».

La visión termina.

Detalle

Simón el Zelote, Judas y Juan mantienen juntos una conversación sobre los milagros que Jesús obra en los corazones y el modo en que Cristo los transforma interiormente (72,1-2). Luego la conversación gira en torno al envío de los discípulos en misión, con Juan entristecido por tener que dejar al Maestro y Judas soñando con poder hacer milagros. A continuación, Simón el Zelote expone humildemente su punto de vista y habla de su propia experiencia como leproso (72.3-4).

ECR 77.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«A propósito. Hace unos días que me quema los labios una pregunta. Son amigos tuyos y de Dios éstos, ¿no es verdad? Los ángeles los han bendecido con la paz del Cielo, ¿no es verdad? Ellos no han dejado de ser justos ante ninguna tentación, ¿no es verdad? ¿Me explicas entonces por qué han sido infelices? ¿Y Ana?... La mataron por haberte amado...».

«Tu conclusión sería, entonces, que mi amor y el amarme acarrea desventura».

«No... pero...».

«Pero es así. Siento verte tan cerrado a la Luz y tan poseído de lo humano. No; deja, Juan, y también tú, Simón. Prefiero que hable. Nunca rechazo a nadie. Sólo quiero apertura de corazones, para poder introducir en ellos la luz. Ven aquí, Judas. Escucha. Partes de un juicio común a muchos hombres presentes y futuros. Digo “juicio”, debería decir “yerro”; pero, si supongo que lo hacéis sin malicia, por ignorancia de la verdad, entonces no es yerro, es sólo juicio imperfecto, como lo puede ser el de un niño. Y sois niños, vosotros, pobres hombres. Y Yo estoy aquí como Maestro para hacer de vosotros adultos capaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo bueno. Escuchad, pues. ¿Qué es la vida? Es un tiempo de pausa; Yo diría el limbo del Limbo, que Dios Padre os da para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o de bastardos, y para asignaros, sobre la base de vuestras obras, un futuro en el que ya no habrá ni pausas ni pruebas. Ahora, decidme: ¿sería justo que uno, por el hecho de haber recibido el raro bien de disponer del modo de servir a Dios de manera especial, gozara además de un bien continuo durante toda la vida? ¿No os parece que ya ha tenido mucho y que, por tanto, puede considerarse dichoso, aunque en lo humano no lo sea? ¿No sería injusto que aquel que tiene ya en el corazón luz de divina manifestación y la sonrisa de una conciencia que aprueba, tuviera además honores y bienes terrenos? ¿Y no sería incluso imprudente?».

77.3

«Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene — y éstos te han tenido; ellos, los únicos ricos en Israel por haber gozado de ti desde hace treinta años — no debe poseer nada más. No se pone el objeto humano en el Propiciatorio... El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados. Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa... y nada, no, nada que no seas Tú debe entrar en su corazón, que te tiene a ti. ¡Ojalá fuera yo como ellos!» dice Simón.

«Sin embargo, te has dado prisa, después de haber visto al Maestro y después de ser curado, en volver a tomar posesión de tus bienes» responde irónicamente Judas.

«Es verdad. Lo he dicho y lo he hecho. Pero ¿tú sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no conoces todo? Mi agente recibió órdenes precisas. Ahora que Simón el Zelote está curado — y sus enemigos ya no pueden perjudicarle segregándole; ni perseguirle porque ya no es más que de Cristo y no tiene ninguna secta: tiene a Jesús y basta —, Simón puede disponer de los haberes suyos, que un hombre honesto, fiel, le ha conservado. Y yo, dueño todavía durante una hora, prescribí su reorganización para obtener más dinero en la venta y poder decir... No, esto no lo digo».

«Lo dicen los ángeles por ti, Simón, y lo escriben en el libro eterno» dice Jesús.

Simón mira a Jesús. Las dos miradas se anudan: una, asombrada; la otra, bendiciendo.

Detalle

Contexto: Judas hace una pregunta a Cristo sobre los pastores. Jesús le responde y da una lección a los apóstoles: Simón se une a la conversación.

Nota: El hombre de negocios mencionado por Simón el Zelote es sin duda Lázaro (véase EMV 84,4-5), que vive muy cerca de Simón. Si el apóstol ha recuperado también sus bienes, es para dárselos a su anciano criado, José de Betania (véase también EMV 84.4-5).

ECR 78.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

78.1 Tengo la impresión de que la parte más escabrosa, o sea, el nudo más angosto de las montañas de Judea, se encuentra entre Hebrón y Yuttá; pero podría equivocarme y ser éste un valle más amplio y abierto que se despliega ante vastos horizontes en los que emergen montes aislados que ya no forman una cadena. Quizás es una cuenca entre dos cadenas, no lo sé. Es la primera vez que la veo y no es que me centre mucho. Diversas cultivaciones de cereales distribuidas en terrenos no vastos, pero sí bien cuidados: cebada, centeno sobre todo, y también bonitos viñedos en las partes más soleadas. Más arriba, lindos bosques de pinos y abetos, y otras plantas selvosas. Un camino... discreto introduce en un pequeño poblado.

«Éste es el arrabal de Keriot. Te ruego que vengas a mi casa de campo. Mi madre te espera allí. Después iremos a Keriot» dice Judas, tan agitado, que, en realidad, está fuera de sí.

No he dicho que ahora están solos Jesús, Judas, Simón y Juan. Faltan los pastores; quizás se hayan quedado en los pastos de Hebrón o hayan vuelto hacia Belén.

«Como quieras, Judas; pero también podíamos habernos quedado aquí para conocer a tu madre».

«¡Oh, no! Es una casuca. Mi madre viene en tiempo de cosecha, pero después vuelve a Keriot. ¿No quieres que mi ciudad te vea? ¿No quieres traer aquí tu luz?».

«Si que quiero, Judas, pero ya sabes que no me detengo a considerar la humildad del lugar que me hospeda».

«Pero hoy eres mi invitado... y Judas sabe ser hospitalario».

Andan todavía unos metros entre casas pequeñas esparcidas por el campo. Mujeres y hombres, avisados por los niños, se asoman. Está muy claro que se ha despertado la curiosidad. Debe ser que Judas ha lanzado un grito de reclamo.

«He aquí mi pobre casa. Perdona su pobreza».

La casa no es ninguna chabola: es un cubo de un solo piso pero amplio y bien cuidado, dentro de un terreno tupido y floreciente de árboles frutales. Un camino propio, muy limpio, va desde la calzada a la casa.

«¿Me permites que me adelante, Maestro?».

«Ve, si quieres».

Judas se adelanta.

«Maestro, Judas ha hecho las cosas a lo grande» dice Simón. «Antes lo sospechaba, ahora estoy seguro de ello. Tu dices, Maestro, y con razón: espíritu, espíritu...; pero él... él no piensa así. No te entenderá nunca... o muy tarde» — corrige para no apenar a Jesús —.

Jesús suspira y calla.

ECR 81.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

81.6 ¿Quién es, pues, el comprador?».

«Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡¡¡Pero el de Jericó!!!... Es un astuto levantino batidor de oro, usurero, estafador, mercader de amor, ciertamente ladrón, quizás homicida... con toda seguridad perseguido por Roma. Se hace llamar Isaac para parecer hebreo, pero su verdadero nombre es Diomedes. Le conozco bien».

«¡Ya lo vemos!» interrumpe Simón Zelote, que habla poco pero que observa todo. Y pregunta: «¿Cómo es que le conoces tan bien?».

«En fin... ya sabes... Para complacer a unos amigos poderosos. Fui a él... hice algunos tratos... Nosotros los del Templo... ya sa­bes…».

«¡Ya!... trabajáis en todo» termina Simón con fría ironía. Judas se pone rojo de ira, pero se calla.

«¿Puede comprar?» pregunta Jesús.

«Yo creo que sí. El dinero no le falta nunca. Ciertamente hay que saber vender porque ese griego es astuto y si ve que está tratando con una persona honesta, un... pichón, le despluma bien desplumado. Pero si se encuentra delante un buitre como él…».

«Ve tú, Judas; eres el tipo de persona adecuado; tienes la astucia del zorro y la rapacidad del buitre. ¡Oh, perdona, Maestro; he hablado antes que Tú!» dice Simón Zelote.

«Soy de tu misma opinión, y, por tanto, le digo a Judas que vaya. Juan, ve con él. Nosotros os alcanzaremos al ponerse el Sol. El lugar de nuestra próxima cita es la plaza del mercado. Ve y saca el mayor partido posible».

Judas se levanta inmediatamente. Juan tiene ojos suplicantes, como los de un perrito ahuyentado. Mas Jesús se dirige de nuevo a los pastores y no ve esta mirada implorante. Juan se pone en camino detrás de Judas.

81.7 «Querría ser para vosotros motivo de alegría» dice Jesús.

«Lo serás siempre, Maestro. Que el Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es amigo tuyo?».

«Lo es. ¿No te parece que pueda serlo?».

El pastor Juan baja la cabeza y calla. Habla el discípulo Simón: «Sólo quien es bueno sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la Bondad ve. Veo lo externo. El bueno desciende también a lo interno. Tú también, Juan, ves como yo. Pero el Maestro es bueno... y ve…».

«¿Qué ves, Simón, en Judas? Te ordeno hablar».

«Bueno, pienso, cuando le miro, en ciertos lugares misteriosos que parecen cavernas de fieras y lagunas de fiebre muertas; uno no ve más que una gran maraña, y pasa temeroso dando un gran rodeo. Y, sin embargo... sin embargo, dentro hay tórtolas y ruiseñores y el suelo es rico en aguas y yerbas saludables. Yo quiero creer que Judas es así... Lo creo porque Tú le has tomado contigo. Tú, que sabes…».

«Sí. Yo, que sé... Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre... Pero también tiene lados buenos. Lo has visto en Belén y en Keriot. Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual. Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven…».

«También Juan es joven…».

«Y tú concluyes en tu corazón: “y es mejor”. ¡Pero, Juan es Juan! Ámale a este pobre Judas, Simón... Te lo ruego. Si le amas... te parecerá más bueno».

«Me esfuerzo en hacerlo... por ti... Pero es él quien rompe mis esfuerzos como a cañas del río... No obstante, Maestro, yo tengo una sola ley: hacer lo que Tú quieres. Por eso le amo a Judas, a pesar de que algo grite en mí contra él y hacia mí mismo».

«¿Qué, Simón?».

«No lo sé con precisión... Algo parecido al grito del soldado de guardia durante la noche... algo que me dice: “¡No duermas! ¡Observa!”. No lo sé... No tiene nombre esto, pero existe... existe en mí contra él».

«No pienses más en ello, Simón. No te esfuerces en definirlo. El conocer ciertas verdades perjudica... y podrías errar en tu conocimiento. Deja que tu Maestro actúe. Tú dame tu amor y piensa que eso me hace feliz…».

Detalle

Jesús le pregunta a Judas quién es el comprador que podría adquirir las joyas de Aglaé. Entonces interviene Simón y, cuando Judas se marcha junto con Juan, el zelote habla con el Maestro sobre el Iscariote. También mencionan a Juan, hijo de Zebedeo.

ECR 82.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

82.4 No obstante, le dije a Isaac-Diomedes al final: “Recuerda que el Judas del Templo ya no existe. Ahora soy discípulo de un santo. Hazte idea, por tanto, de que jamás me has conocido, si estimas tu cuello”. Y un poco más y se lo retuerzo en ese momento, porque me contestó mal».

«¿Qué te dijo?» pregunta Simón con indiferencia.

«Me dijo: “¿Tú, discípulo de un santo? No lo creeré nunca; o pronto veré también aquí al santo a pedirme una mujer”. Me dijo: “Diomedes es una vieja desventura del mundo, pero tú eres la nueva desventura. Yo podría cambiar todavía, porque lo que soy ahora lo soy de viejo, pero tú no cambias porque has nacido así”. ¡Viejo repelente! Niega tu poder, ¿comprendes?».

«Y, como buen griego, dice muchas verdades».

«¿Qué quieres decir, Simón? ¿Lo dices por mí?».

«No. Por todos. Es una persona que conoce lo mismo el oro que los corazones. Es un ladrón, uno que se ha ensuciado con los más asquerosos tráficos. Pero se percibe en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal de siete garras de pecado, pulpo que estrangula el bien, la honestidad, el amor, y tantas otras cosas, en sí y en los demás».

«Pero no conoce a Dios».

«Y tú... querrías dárselo a conocer…».

«Sí. ¿Por qué? Son los pecadores los que necesitan conocer a Dios».

«Es cierto. Pero el maestro debe conocerle para darle a conocer».

«¿Y yo no le conozco?».

«Paz, amigos. Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…».

Detalle

Judas fue a ver a un comprador de joyas en Jericó que se llama Diomedes. Al salir, cuenta lo que ha pasado.

ECR 83.3-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Cae la tarde sobre la campiña, que se hace silenciosa. Simón observa cómo trabajan los hortelanos regando sus parcelas.

83.4 Jesús permanece un tiempo en donde estaba. Luego se levanta, va hacia la parte de atrás de la casa, se adentra entre los árboles frutales, se aísla. Va hasta una parte muy tupida en la cual robustos granados se entrecruzan con matas bajas — yo diría que son de uva crespa, pero no lo sé con seguridad, porque ya no tienen frutos y conozco poco la hoja de esta planta —. Jesús se esconde detrás, se arrodilla, ora... y luego se inclina hacia la hierba, con el rostro contra el suelo, y llora (me lo dicen sus suspiros profundos y quebrados): es un llanto desconsolado; sin sollozos, pero muy triste.

Pasa el tiempo. La luz es ya crepuscular, pero aún no hay tanta oscuridad como para no poder ver. En este marco de escasa luz, se ve sobresalir por encima de una mata la cara fea pero honesta de Simón. Mira, busca, y distingue la forma replegada sobre sí del Maestro, todo cubierto por el manto azul oscuro que le confunde casi con las sombras del suelo; sólo resaltan la cabeza rubia, apoyada sobre las muñecas, y las manos unidas en oración, que sobresalen por encima de aquélla. Simón mira con esos ojos suyos un tanto saltones. Comprende que Jesús está triste, por los suspiros que emite, y su boca de labios abultados y violáceos se abre: «¡Maestro!».

Jesús alza el rostro.

«¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites acercarme?». El rostro de Simón está lleno de asombro y pena. Es, decididamente, un hombre feo. A las facciones no bellas, al colorido olivastro oscuro, se une el bordado azulino y hoyado de las cicatrices que su mal le ha dejado. Pero tiene una mirada tan buena, que desaparece la fealdad.

«Ven, Simón, amigo».

Jesús se ha sentado en la hierba. Simón se sienta cerca de Él.

«¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no sabré darte todo lo que te da él. Pero deseo darte todo el consuelo; siento sólo un dolor: el de ser incapaz de hacerlo. Dime: ¿Te he disgustado en estos últimos días hasta el punto de que te abata el tener que estar conmigo?».

«No, amigo bueno. No me has disgustado jamás desde el momento en que te vi. Y creo que nunca serás para mí motivo de llanto».

«¿Entonces, Maestro? No soy digno de que te confíes a mí, pero, por la edad, casi podría ser padre tuyo, y Tú sabes qué sed de hijos he tenido siempre... Deja que te acaricie como si fueras un hijo y que te haga, en esta hora de dolor, de padre y de madre. Es de tu Madre de quien Tú tienes necesidad para olvidar muchas cosas…».

«¡Oh, sí, es de mi Madre!».

«Pues déjale a tu siervo la alegría de consolarte, en espera de poder consolarte en Ella.

83.5 Tú lloras, Maestro, porque ha habido uno que te ha disgustado. Desde hace días tu rostro es como Sol ensombrecido por nubes. Yo te observo. Tu bondad cela tu herida, para que nosotros no odiemos al que te hiere; pero esta herida duele y te produce náusea. Dime, Señor mío: ¿Por qué no alejas de ti la fuente del dolor?».

«Porque es inútil humanamente y además sería anticaridad».

«¡Ah! ¡Te has dado cuenta de que hablo de Judas! Es por él por quien sufres. ¿Cómo puedes Tú, Verdad, soportar a ese embustero? Él miente y no cambia de color; es más falso que un zorro, más compacto que un peñasco. Ahora se ha ido. ¿A hacer qué? Pero, ¿cuántos amigos tiene? Me duele dejarte; si no, querría seguirle y ver... ¡Oh! ¡Jesús mío! Ese hombre... Aléjale de ti, Señor mío».

«Es inútil. Lo que debe ser será».

«¿Qué quieres decir?».

«Nada especial».

«Tú no te has opuesto a que se marche porque... porque te has asquedado de su modo de actuar en Jericó».

«Es verdad, Simón. Yo te sigo diciendo: Lo que debe ser será. Y Judas es parte de este futuro. Debe estar también él».

«Juan me ha dicho que Simón Pedro es todo autenticidad y fuego... ¿Le podrá soportar a éste?».

«Le debe soportar. También Pedro está destinado a ser una parte, y Judas es el cañamazo en el que debe tejer su parte; o, si lo prefieres, es la escuela en que Pedro más madurará. Ser bueno con Juan, entender a los espíritus como Juan, es virtud hasta de los tontos. Pero ser bueno con quien es un Judas, y saber entender a los espíritus como los de Judas, y ser médico y sacerdote para ellos, es difícil: Judas es vuestra enseñanza viviente».

«¿La nuestra?».

«Sí. La vuestra. El Maestro no es eterno sobre la Tierra. Se irá después de haber comido el más duro pan y haber bebido el más agrio vino. Pero vosotros os quedaréis para continuarme... y debéis saber. Porque el mundo no termina con el Maestro, sino que continúa después, hasta el retorno final del Cristo y el juicio final del hombre. Y, en verdad te digo que por un Juan, un Pedro, un Simón, un Santiago, Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, hay al menos otras tantas veces siete Judas. ¡Y más, más aún!…».

Simón reflexiona y calla. Luego dice: «Los pastores son buenos. Judas los desprecia. Yo los amo».

«Yo los amo y los ensalzo».

«Son almas sencillas, como te agradan a ti».

«Judas ha vivido en una ciudad».

«Es su única disculpa. Pero muchos han vivido en una ciudad y sin embargo...

83.6

¿Cuándo piensas venir donde mi amigo?».

«Mañana, Simón. Y con mucho gusto, porque estamos tú y Yo solos. Creo que será un hombre culto y experimentado como tú».

«Y sufre mucho... en el cuerpo y, más aún, en el corazón. Maestro... quisiera pedirte una cosa: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes sobre su casa».

«No lo haré. Yo soy para quien sufre, pero no fuerzo las confidencias; el llanto tiene su pudor…».

«Y yo no lo he respetado... Pero es que me has dado tanta pena…».

«Tú eres mi amigo y ya le habías dado un nombre a mi dolor. Yo para tu amigo soy el Rabí desconocido. Cuando me conozca... entonces... Vamos. La noche ha llegado. No hagamos esperar a los huéspedes, que están cansados. Mañana al alba iremos a Betania».

Detalle

Simón está a solas con Jesús en el campo. Y Jesús se retira a orar, tras la marcha de Judas, quien mintió en Jericó para vender descaradamente las joyas de Aglaé,