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Notas del tema

La Iglesia católica

Página 80 de 274

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ECR 81.4-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

81.4 «Sí. Herodes no osa matarle por miedo al pueblo. En esa corte de avidez y corrupción sería fácil liberarle si tuviésemos mucho dinero. Pero... pero, por mucho que haya — los amigos han dado —, falta una buena cantidad todavía, y tenemos mucho miedo de no llegar a tiempo... y que le maten».

«¿Cuánto creéis que os falta para el rescate?».

«No para el rescate, Señor. Le resulta demasiado odioso a Herodías y ella es demasiado dueña de Herodes como para poder pensar en llegar a un rescate. Pero... en Maqueronte se han dado cita, yo creo, todos los codiciosos del reino. Todos quieren gozar, todos quieren sobresalir, desde los ministros a los siervos; y para ello hace falta dinero... Ya hemos encontrado a quien por una importante suma dejaría salir al Bautista. Incluso Herodes quizás lo desea... porque tiene miedo, no por otra cosa, miedo al pueblo y miedo a la mujer. Así haría que el pueblo se sintiese contento y no le acusaría la mujer de no haberla complacido».

«Y ¿cuánto pide esta persona?».

«Veinte talentos de plata. Sólo tenemos doce y medio».

81.5 «Judas, dijiste que esas joyas eran muy bonitas».

«Bonitas y muy valiosas».

«¿Cuánto podrán valer? Me parece que tú entiendes de eso».

«Sí que entiendo. ¿Por qué quieres saber su valor, Maestro? ¿Las quieres vender? ¿Por qué?».

«Quizás... Di, ¿cuánto podrán valer?».

«Si se venden bien... al menos... al menos seis talentos».

«¿Estás seguro?».

«Sí, Maestro. Sólo el collar, con lo grueso que es y el peso que tiene, siendo de oro purísimo, vale al menos tres talentos; le he mirado bien. Y también las pulseras... No sé ni siquiera cómo las muñecas finas de Áglae podían soportarlas».

«Eran sus cepos, Judas».

«Es verdad, Maestro... ¡Pero muchos quisieran tener cepos como éstos!».

«¿Tú crees? ¿Quién?».

«En fin... ¡muchos!».

«Sí, muchos que de hombre sólo tienen el nombre... Y, ¿sabrías de un posible comprador?».

«En definitiva, ¿los quieres vender? ¿Para el Bautista? ¡Mira que es oro maldito!».

«¡La incoherencia humana!... Has dicho hace un momento, con claro deseo, que muchos querrían tener ese oro, ¡¿y ahora le llamas maldito?! ¡Judas, Judas!... Es maldito, sí, es maldito, pero ya lo ha dicho ella: “Se santificará sirviendo para quien es pobre y santo”, y lo ha dado para esto, para que el que reciba el beneficio ruegue por su pobre alma, que, cual embrión de futura mariposa, se dilata en la semilla del corazón. ¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es como Elías por la misión, pero más grande que Elías por la santidad. Él es más pobre que Yo. Yo tengo una Madre y una casa... Cuando se tiene estas cosas, y además puras y santas como las tengo Yo, no se es nunca un desvalido. Él ya no tiene casa, y ni siquiera tiene el sepulcro de su madre. Todo violado, profanado por la perversidad humana.

81.6 ¿Quién es, pues, el comprador?».

«Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡¡¡Pero el de Jericó!!!... Es un astuto levantino batidor de oro, usurero, estafador, mercader de amor, ciertamente ladrón, quizás homicida... con toda seguridad perseguido por Roma. Se hace llamar Isaac para parecer hebreo, pero su verdadero nombre es Diomedes. Le conozco bien».

«¡Ya lo vemos!» interrumpe Simón Zelote, que habla poco pero que observa todo. Y pregunta: «¿Cómo es que le conoces tan bien?».

«En fin... ya sabes... Para complacer a unos amigos poderosos. Fui a él... hice algunos tratos... Nosotros los del Templo... ya sa­bes…».

«¡Ya!... trabajáis en todo» termina Simón con fría ironía. Judas se pone rojo de ira, pero se calla.

«¿Puede comprar?» pregunta Jesús.

«Yo creo que sí. El dinero no le falta nunca. Ciertamente hay que saber vender porque ese griego es astuto y si ve que está tratando con una persona honesta, un... pichón, le despluma bien desplumado. Pero si se encuentra delante un buitre como él…».

«Ve tú, Judas; eres el tipo de persona adecuado; tienes la astucia del zorro y la rapacidad del buitre. ¡Oh, perdona, Maestro; he hablado antes que Tú!» dice Simón Zelote.

«Soy de tu misma opinión, y, por tanto, le digo a Judas que vaya. Juan, ve con él. Nosotros os alcanzaremos al ponerse el Sol. El lugar de nuestra próxima cita es la plaza del mercado. Ve y saca el mayor partido posible».

Judas se levanta inmediatamente. Juan tiene ojos suplicantes, como los de un perrito ahuyentado. Mas Jesús se dirige de nuevo a los pastores y no ve esta mirada implorante. Juan se pone en camino detrás de Judas.

Palabras clave

ECR 81.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

81.6 ¿Quién es, pues, el comprador?».

«Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡¡¡Pero el de Jericó!!!... Es un astuto levantino batidor de oro, usurero, estafador, mercader de amor, ciertamente ladrón, quizás homicida... con toda seguridad perseguido por Roma. Se hace llamar Isaac para parecer hebreo, pero su verdadero nombre es Diomedes. Le conozco bien».

«¡Ya lo vemos!» interrumpe Simón Zelote, que habla poco pero que observa todo. Y pregunta: «¿Cómo es que le conoces tan bien?».

«En fin... ya sabes... Para complacer a unos amigos poderosos. Fui a él... hice algunos tratos... Nosotros los del Templo... ya sa­bes…».

«¡Ya!... trabajáis en todo» termina Simón con fría ironía. Judas se pone rojo de ira, pero se calla.

«¿Puede comprar?» pregunta Jesús.

«Yo creo que sí. El dinero no le falta nunca. Ciertamente hay que saber vender porque ese griego es astuto y si ve que está tratando con una persona honesta, un... pichón, le despluma bien desplumado. Pero si se encuentra delante un buitre como él…».

«Ve tú, Judas; eres el tipo de persona adecuado; tienes la astucia del zorro y la rapacidad del buitre. ¡Oh, perdona, Maestro; he hablado antes que Tú!» dice Simón Zelote.

«Soy de tu misma opinión, y, por tanto, le digo a Judas que vaya. Juan, ve con él. Nosotros os alcanzaremos al ponerse el Sol. El lugar de nuestra próxima cita es la plaza del mercado. Ve y saca el mayor partido posible».

Judas se levanta inmediatamente. Juan tiene ojos suplicantes, como los de un perrito ahuyentado. Mas Jesús se dirige de nuevo a los pastores y no ve esta mirada implorante. Juan se pone en camino detrás de Judas.

81.7 «Querría ser para vosotros motivo de alegría» dice Jesús.

«Lo serás siempre, Maestro. Que el Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es amigo tuyo?».

«Lo es. ¿No te parece que pueda serlo?».

El pastor Juan baja la cabeza y calla. Habla el discípulo Simón: «Sólo quien es bueno sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la Bondad ve. Veo lo externo. El bueno desciende también a lo interno. Tú también, Juan, ves como yo. Pero el Maestro es bueno... y ve…».

«¿Qué ves, Simón, en Judas? Te ordeno hablar».

«Bueno, pienso, cuando le miro, en ciertos lugares misteriosos que parecen cavernas de fieras y lagunas de fiebre muertas; uno no ve más que una gran maraña, y pasa temeroso dando un gran rodeo. Y, sin embargo... sin embargo, dentro hay tórtolas y ruiseñores y el suelo es rico en aguas y yerbas saludables. Yo quiero creer que Judas es así... Lo creo porque Tú le has tomado contigo. Tú, que sabes…».

«Sí. Yo, que sé... Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre... Pero también tiene lados buenos. Lo has visto en Belén y en Keriot. Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual. Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven…».

«También Juan es joven…».

«Y tú concluyes en tu corazón: “y es mejor”. ¡Pero, Juan es Juan! Ámale a este pobre Judas, Simón... Te lo ruego. Si le amas... te parecerá más bueno».

«Me esfuerzo en hacerlo... por ti... Pero es él quien rompe mis esfuerzos como a cañas del río... No obstante, Maestro, yo tengo una sola ley: hacer lo que Tú quieres. Por eso le amo a Judas, a pesar de que algo grite en mí contra él y hacia mí mismo».

«¿Qué, Simón?».

«No lo sé con precisión... Algo parecido al grito del soldado de guardia durante la noche... algo que me dice: “¡No duermas! ¡Observa!”. No lo sé... No tiene nombre esto, pero existe... existe en mí contra él».

«No pienses más en ello, Simón. No te esfuerces en definirlo. El conocer ciertas verdades perjudica... y podrías errar en tu conocimiento. Deja que tu Maestro actúe. Tú dame tu amor y piensa que eso me hace feliz…».

ECR 82

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús está en Jericó. Enseña a los niños a ser amables con los animales y a no ser crueles con ellos. Luego Judas regresa con Juan de su encuentro con Diomedes, el comprador de las joyas de Aglaia. Cuenta su artimaña, el hecho de que hizo pasar a Juan por un joven prometido, el hecho de que le hizo creer que quería comprar joyas parecidas a las de Aglaia para que el mercader le diera su precio. Luego le dijo que no quería comprar, sino vender, y consiguió doce talentos, que es una suma considerable. Pero el apóstol mintió... Jesús le aconsejó que no volviera a hacerlo y entregó todo el dinero a los discípulos de Juan el Bautista.

ECR 82.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús llega por una calle, mira a su alrededor, no ve todavía a nadie. Pacientemente se apoya en un tronco y espera, encontrando la manera de hablar a los gamberros, sobre la caridad que comienza en Dios y desciende del Creador a todas las criaturas.

«No seáis crueles. ¿Por qué queréis disturbar a los pájaros del aire? Tienen nidos ahí arriba, tienen a sus pequeñas crías, no hacen daño a nadie, nos proporcionan cantos y limpieza, comiéndose los desperdicios que el hombre deja y los insectos que perjudican las cosechas y la fruta. ¿Por qué herirlos y matarlos, privando a los pequeñuelos de sus padres y de sus madres, o a éstos de sus pequeñuelos? ¿Os agradaría que un malvado entrase en vuestra casa y os la destruyera, o que os matara a vuestros padres o que os llevara lejos de ellos? No, claro que no os agradaría. Entonces, ¿por qué hacer a estos inocentes lo que no querríais que os hicieran a vosotros? ¿Cómo podréis el día de mañana no hacer mal al hombre, si, de niños, os endurecéis el corazón con criaturitas inermes y delicadas como los pajaritos? Y ¿no sabéis que la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”? Quien no ama al prójimo tampoco puede amar a Dios. Y quien no ama a Dios, ¿cómo puede ir a su Casa a pedirle algo? Dios podría decirle, y lo dice en los Cielos: “Vete, no te conozco. ¿Hijo, tú? No. No amas a tus hermanos, no respetas en ellos al Padre que los creó; por tanto, no eres ni hermano ni hijo, sino un bastardo: hijastro para Dios, hermanastro para los hermanos”. ¿Veis cómo ama Él, el Señor eterno? En los meses más fríos hace que sus pajaritos puedan encontrar llenos los heniles, para que aniden en ellos. En los meses calurosos les da las sombras de las hojas para protegerlos del sol. Durante el invierno, en los campos, apenas está el trigo cubierto de tierra y es fácil sacar la semilla y comerla. En verano, alivian la sed con las frutas jugosas, y pueden hacer los nidos bien sólidos y calientes con las pajitas de heno y con la lana que las ovejas dejan en las zarzas. Y es el Señor. Vosotros, pequeños hombres, creados por Él como los pájaros, por tanto hermanos suyos de creación, ¿por qué queréis ser distintos de Él, creyendo que os es lícito comportaros cruelmente con estos pequeños animales? Sed misericordiosos con todos y no privéis de lo justo a ninguno; para con los hombres hermanos y para con los animales, vuestros siervos y amigos; y Dios…».

«¿Maestro?» dice Simón. «Judas está llegando».

«... y Dios será misericordioso con vosotros, dándoos todo cuanto os hace falta, como se lo da a estos inocentes. Marchaos y llevad con vosotros la paz de Dios».

ECR 82.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Y ¿no sabéis que la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”? Quien no ama al prójimo tampoco puede amar a Dios. Y quien no ama a Dios, ¿cómo puede ir a su Casa a pedirle algo? Dios podría decirle, y lo dice en los Cielos: “Vete, no te conozco. ¿Hijo, tú? No. No amas a tus hermanos, no respetas en ellos al Padre que los creó; por tanto, no eres ni hermano ni hijo, sino un bastardo: hijastro para Dios, hermanastro para los hermanos”.

ECR 82.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

82.2 Jesús se abre paso en el círculo de muchachos, a los que se habían unido algunos adultos, y se dirige hacia Judas y Juan, que vienen rápidos por otra calle. A Judas se le ve jubiloso, Juan sonríe a Jesús... pero no parece contento en absoluto.

«Ven, ven, Maestro. Creo que he hecho una buena cosa. Ven conmigo, que aquí en la calle no se puede hablar».

«¿A dónde?, Judas».

«A la posada. Ya he reservado cuatro habitaciones... modestas. ¡No temas! Es sólo para poder descansar en una cama después de tanta incomodidad por este calor, y comer como hombres y no como pájaros en el follaje, y gozar de paz para hablar. He hecho una venta muy buena, ¿verdad, Juan?».

Juan asiente sin mucho entusiasmo. Pero Judas está tan contento de lo que ha hecho que no nota, ni que Jesús se muestra poco contento ante la perspectiva de un alojamiento cómodo, ni la aún menos entusiasta actitud de Juan, y prosigue: «Como he hecho la venta por más de lo que había estimado, me he dicho: “Es justo que deje aparte una pequeña suma, cien denarios, para nuestras camas y nuestra comida. Si estamos agotados nosotros, que hemos comido siempre, Jesús debe estar extenuado”. ¡Tengo el deber de mirar por que no enferme mi Maestro! Deber de amor, porque Tú me amas y yo te amo... También hay lugar para vosotros y para las ovejas — dice a los pastores —. He pensado en todo».

Jesús no dice una palabra. Le sigue junto con los demás.

Llegan a una placita secundaria. Judas dice: «¿Ves aquella casa sin ventanas que den a la calle y con aquella puertecita tan estrecha que parece una hendidura en la pared? Es la casa del batidor de oro Diomedes. Parece una casa pobre, ¿verdad? Sin embargo, allí dentro hay tanto oro como para comprar Jericó y... ¡ja! ¡ja!…». Judas ríe maligno... «y entre ese oro pueden encontrarse muchos collares de piedras preciosas y vajillas y... y también otras cosas de las personas más influyentes en Israel. Diomedes... ¡oh!, todos fingen no conocerle, pero todos le conocen, desde los herodianos hasta... bueno... hasta todos. En aquel muro liso, pobre, se podría escribir: “Misterio y Secreto”. ¡Si hablaran esas paredes!... ¡No ya escandalizarte, Juan, por la forma en que he negociado!... Es que tú... tú te morirías ahogado de estupor y de escrúpulo. Mejor dicho, mira, Maestro, no me mandes otra vez con Juan a tratar ciertos negocios. Por poco me hace que fracasara todo. No sabe cogerlas al vuelo, no sabe negar. Y con un lince como Diomedes hay que tener reflejos rápidos, y mostrarse seguro».

Juan dice en tono bajo: «¡Decías unas cosas, tan raras y tan... tan...! Sí, Maestro, no me des este encargo otra vez, yo sólo soy capaz de amar, yo…».

«Difícilmente necesitaremos otras ventas de este tipo» responde Jesús serio.

«Ahí está la posada. Ven, Maestro. Hablo yo porque... lo he hecho todo yo».

82.3 Entran y Judas habla con el dueño, el cual se encarga de que se lleve a las ovejas a una cuadra y luego acompaña personalmente a los huéspedes a una habitación pequeña en donde hay dos esteras, que serían las camas, unos asientos y una mesa preparada, luego se retira.

«Hablemos en seguida, Maestro, mientras los pastores se ocupan de dejar a las ovejas».

«Te escucho».

«Juan puede decir si soy sincero».

«No lo dudo. Entre hombres honestos no debe ser necesario juramento y testimonio. Habla».

«Llegamos a Jericó a la hora sexta. Estábamos sudados como animales de carga. No quise darle a Diomedes la impresión de tener necesidad urgente. Así, vine aquí antes, me refresqué perfectamente, me puse un vestido limpio, y esto mismo quise que hiciera él. ¡Oh, no quería saber nada de dejarse ungir y atusar el pelo!... ¡Y es que yo había hecho mi plan, mientras venía por el camino! Cercano ya el atardecer, digo: “Vamos”. Ya nos sentíamos descansados y frescos como dos ricachones en viaje de placer. Cuando estábamos para llegar adonde Diomedes, le digo a Juan: “Tú sígueme la corriente, no niegues y sé rápido en entender”. ¡Pero hubiera sido mejor haberle dejado fuera! No me ha ayudado en absoluto. Es más... ¡menos mal que yo soy vivo como dos y había pensado en todo!

De la casa salía el tasador. “¡Bien!”, digo, “si sale ése, habrá denarios y lo que quiero para comparar”. Porque el tasador, usurero y ladrón como todos los de su clase, tiene siempre joyas, arrancadas con amenazas y usura a los pobres desgraciados a los que tasa más de lo lícito para tener mucho de qué gozar en crápulas y mujeres; y es muy amigo de Diomedes, que compra y vende oro y carne... Me identifiqué y entramos. Digo “entramos” porque una cosa es pasar al vestíbulo, donde él finge trabajar honestamente el oro, y otra cosa es bajar al sótano, donde lleva a cabo los verdaderos negocios. Para poder bajar es necesario que él le conozca mucho a uno. Cuando me vio, me dijo: “¿Otra vez quieres vender oro? Estamos en un mal momento y tengo poco dinero”. Lo de siempre. Yo le respondo: “No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyas de mujer? Pero bonitas, ricas, valiosas y de peso, de oro puro”. Diomedes se queda de una pieza y me pregunta: “¿Es una mujer lo que quieres?”. “No te preocupes — le respondo — no es para mí; es para este amigo mío que se va a casar y quiere comprar el oro para su amada”.

En ese momento Juan empezó a hacer el niño. Diomedes, que le estaba mirando, viendo que se ponía como la púrpura, dice — como viejo repugnante que es —: “¡Eh!, el muchacho con sólo oír nombrar a su novia entra en fiebre de amor. ¿Es muy guapa tu amada?” pregunta. Yo le doy una patada a Juan para espabilarle y hacerle entender que no se comportara como un estúpido. Pero respondió con un “sí” tan estrangulado que Diomedes se escamó. Entonces dije yo: “Si es guapa o no no tiene por qué interesarte, viejo; no estará nunca entre el número de las hembras por las que el infierno te poseerá. Es virgen honesta y pronto será honesta esposa. Saca tu oro. Yo soy el paraninfo y me han encargado ayudar al joven... yo, judeo y ciudadano”. “¿Él es galileo, verdad?” — ¡ese pelo siempre os traiciona! —. “¿Es rico?”. “Mucho”.

Entonces fuimos abajo y Diomedes abrió cofres y arcas. Di la verdad, Juan, ¿no parecía que estábamos en el Cielo ante todas aquellas gemas y objetos de oro? Collares, coronas, brazaletes, pendientes, redecillas de oro y piedras preciosas para el pelo, horquillas, fíbulas, anillos... ¡ah, qué esplendores! Con mucha gravedad elegí un collar más o menos como el de Áglae, y anillos, fíbulas, pulseras... todo como lo que tenía en la bolsa, y en número igual. Diomedes se maravillaba y preguntaba: “¿Todavía más? ¿Pero, quién es éste? ¿Y la novia quién es?, ¿una princesa?”. Cuando tuve todo lo que quería, dije: “¿El precio?”.

¡Oh, qué letanía de lamentos preparatorios, sobre los tiempos, sobre los impuestos, sobre los riesgos, sobre los ladrones! ¡Oh, qué otra letanía de aseguramientos de honestidad! Luego, ésta fue la respuesta: “Sólo porque se trata de ti, te diré la verdad, sin exageraciones; pero, menos de esto ni siquiera una dracma. Pido doce talentos de plata”. “¡Ladrón!” dije. Dije: “Vamos, Juan; en Jerusalén encontraremos alguno menos ladrón que éste”. Y fingí que me marchaba. Vino tras mí corriendo. “Mi gran amigo, mi estimadísimo amigo, ven, escucha a este pobre siervo tuyo. Menos no puedo. Realmente no puedo. Mira, hago verdaderamente un esfuerzo y me arruino; lo hago porque tú me has ofrecido siempre tu amistad y me has hecho hacer buenos negocios. Once talentos, eso es. Es lo que yo daría si tuviera que comprar este oro a uno que pasa hambre. Ni una perra menos. Sería como sacar la sangre de mis viejas venas”. ¿Verdad que decía esto? Hacía reír y daba náuseas.

Cuando le vi bien firme sobre el precio destapé mis cartas. “Viejo sucio, sabe que no comprar, sino vender, quiero. Esto quiero vender. Mira: es precioso como lo tuyo. Oro de Roma y de forma nueva. Te lo quitarán de las manos. Es tuyo por once talentos; lo que has pedido por esto. Tú lo has valorado. Paga”. ¡Uh, entonces!... “¡Es una traición! ¡Has traicionado mi estima en ti! ¡Tú eres mi ruina! ¡No puedo darte tanto!” gritaba. “Lo has valorado tú. Paga”. “No puedo”. “Mira que se lo llevo a otros”. “No, amigo” y alargando sus manos aduncas las metía en el montón de joyas de Áglae. “Pues entonces paga: debería querer doce talentos, pero me conformo con lo último que has pedido”. “No puedo”. “¡Usurero! Ten en cuenta que aquí tengo un testigo y te puedo denunciar como ladrón...”, y le mencioné también otras virtudes, que no repito por este muchacho...

En fin, dado que me urgía vender y actuar con rapidez, le dije una cosa, una cosa que quedaba entre él y yo y que no mantendré... Pero, ¿qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón? Y concluí con diez talentos y medio. Nos marchamos entre llantos y propuestas de amistad y... de mujeres. Y Juan... poco más y se hecha a llorar. Pero, ¿qué te importa que te consideren un vicioso? Es suficiente con que no lo seas. ¿No sabes que el mundo es así y que tú eres un aborto del mundo? ¿Un joven que no conoce el sabor de la mujer? ¿Quién quieres que te crea? O, si te creen... ¡yo no quisiera que pensaran de mí lo que puede pensar de ti quien considere que no estás deseoso de una mujer!

Aquí está, Maestro. Cuéntalo Tú mismo. Tenía un montón de denarios, pero me pasé por donde el tasador y le dije: “Toma esta basura tuya y dame los talentos que te ha entregado Isaac” — porque, como última cosa, supe también esto, una vez hecho el trato —.

82.4 No obstante, le dije a Isaac-Diomedes al final: “Recuerda que el Judas del Templo ya no existe. Ahora soy discípulo de un santo. Hazte idea, por tanto, de que jamás me has conocido, si estimas tu cuello”. Y un poco más y se lo retuerzo en ese momento, porque me contestó mal».

«¿Qué te dijo?» pregunta Simón con indiferencia.

«Me dijo: “¿Tú, discípulo de un santo? No lo creeré nunca; o pronto veré también aquí al santo a pedirme una mujer”. Me dijo: “Diomedes es una vieja desventura del mundo, pero tú eres la nueva desventura. Yo podría cambiar todavía, porque lo que soy ahora lo soy de viejo, pero tú no cambias porque has nacido así”. ¡Viejo repelente! Niega tu poder, ¿comprendes?».

«Y, como buen griego, dice muchas verdades».

«¿Qué quieres decir, Simón? ¿Lo dices por mí?».

«No. Por todos. Es una persona que conoce lo mismo el oro que los corazones. Es un ladrón, uno que se ha ensuciado con los más asquerosos tráficos. Pero se percibe en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal de siete garras de pecado, pulpo que estrangula el bien, la honestidad, el amor, y tantas otras cosas, en sí y en los demás».

«Pero no conoce a Dios».

«Y tú... querrías dárselo a conocer…».

«Sí. ¿Por qué? Son los pecadores los que necesitan conocer a Dios».

«Es cierto. Pero el maestro debe conocerle para darle a conocer».

«¿Y yo no le conozco?».

«Paz, amigos. Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…».

ECR 82.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

82.3 Entran y Judas habla con el dueño, el cual se encarga de que se lleve a las ovejas a una cuadra y luego acompaña personalmente a los huéspedes a una habitación pequeña en donde hay dos esteras, que serían las camas, unos asientos y una mesa preparada, luego se retira.

«Hablemos en seguida, Maestro, mientras los pastores se ocupan de dejar a las ovejas».

«Te escucho».

ECR 82.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

82.4 No obstante, le dije a Isaac-Diomedes al final: “Recuerda que el Judas del Templo ya no existe. Ahora soy discípulo de un santo. Hazte idea, por tanto, de que jamás me has conocido, si estimas tu cuello”. Y un poco más y se lo retuerzo en ese momento, porque me contestó mal».

«¿Qué te dijo?» pregunta Simón con indiferencia.

«Me dijo: “¿Tú, discípulo de un santo? No lo creeré nunca; o pronto veré también aquí al santo a pedirme una mujer”. Me dijo: “Diomedes es una vieja desventura del mundo, pero tú eres la nueva desventura. Yo podría cambiar todavía, porque lo que soy ahora lo soy de viejo, pero tú no cambias porque has nacido así”. ¡Viejo repelente! Niega tu poder, ¿comprendes?».

«Y, como buen griego, dice muchas verdades».

«¿Qué quieres decir, Simón? ¿Lo dices por mí?».

«No. Por todos. Es una persona que conoce lo mismo el oro que los corazones. Es un ladrón, uno que se ha ensuciado con los más asquerosos tráficos. Pero se percibe en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal de siete garras de pecado, pulpo que estrangula el bien, la honestidad, el amor, y tantas otras cosas, en sí y en los demás».

«Pero no conoce a Dios».

«Y tú... querrías dárselo a conocer…».

«Sí. ¿Por qué? Son los pecadores los que necesitan conocer a Dios».

«Es cierto. Pero el maestro debe conocerle para darle a conocer».

«¿Y yo no le conozco?».

«Paz, amigos. Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…».

ECR 82.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…».

82.5

Entran los pastores.

«Amigos, aquí hay diez talentos y medio, faltan sólo cien denarios; Judas se ha quedado con ellos para los gastos de alojamiento. Tomad».

«¿Los entregas todos?» pregunta Judas.

«Todos. No quiero ni una perra de ese dinero. Nosotros tenemos el óbolo de Dios y de los que honestamente buscan a Dios... y nunca nos faltará lo indispensable. Créelo. Tomad y alegraos como Yo me alegro, por el Bautista. Mañana os dirigiréis a su prisión. Dos, o sea, Juan y Matías. Simeón con José irán adonde Elías a dar noticias y a instruirse para el futuro. Elías ya sabe. Luego José volverá con Leví. El lugar de encuentro es dentro de diez días junto a la Puerta de los Peces, en Jerusalén, a la hora prima. Y ahora comamos y descansemos. Mañana, de madrugada, parto con los míos. No tengo nada más que deciros por ahora. Más adelante sabréis de mí».

Y todo se desvanece en el momento en que Jesús parte el pan.