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Notas de la palabra clave

Juan y Judas

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ECR 70.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.1 Veo a Jesús dirigiéndose a la baja y blanca casa que hay en medio del olivar. Un jovencito le saluda. Parece del lugar porque tiene en las manos los utensilios para podar y sachar.

«Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte».

«¿Hace mucho?».

«No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania...».

Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno, ve a Juan bajando casi corriendo hacia la ciudad. Le llama.

El discípulo se vuelve y, con el rostro iluminado por la alegría, grita: «¡Maestro mío!» y regresa corriendo.

Jesús le abre los brazos y los dos se abrazan afectuosamente.

«Venía a buscarte... Creíamos que habías estado en Betania, como dijiste».

«Sí. Eso quería. Tengo que empezar también a evangelizar los alrededores de Jerusalén. Pero después me he entretenido en la ciudad... para instruir a un nuevo discípulo».

«Maestro, todo lo que Tú haces está bien hecho y sale bien. ¿Lo ves? También esta vez nos hemos encontrado en seguida».

Detalle

Jesús explica a Juan que ha sido retenido en Jerusalén para enseñar a un nuevo discípulo.

ECR 70.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.4 Después de un momento de silencio, Juan habla otra vez; dice: «Maestro... yo conozco a Anás y a Caifás. Por necesidades de negocios, mi familia ha estado en relaciones con ellos, y, cuando yo estaba en Judea, por Juan, iba también al Templo, y ellos eran amables con el hijo de Zebedeo. Mi padre piensa siempre en ellos con el mejor pescado. Es costumbre, ¿sabes? Si se quiere tenerlos como amigos — continuar teniéndolos — hay que hacerlo así...».

«Lo sé». Jesús está serio.

«Bueno, pues si lo ves oportuno, le hablaré de ti al Sumo Sacerdote. Y luego... si quieres, yo conozco a uno que está en relación de negocios con mi padre. Es un mercader de pescado. Tiene una casa bonita y grande junto al Hípico, porque son personas ricas, y también muy buenas. Estarías más cómodo y te cansarías menos. Además, para venir hasta aquí se tiene que atravesar ese suburbio de Ofel, tan desordenado y siempre lleno de asnos y de muchachos pendencieros».

«No, Juan. Te lo agradezco, pero estoy bien aquí. ¿Ves cuánta paz? Se lo he dicho también esto al otro discípulo que me hacía la misma propuesta. Él decía: “Para estar mejor considerado”».

«Yo lo decía para que te cansaras menos».

«No me canso. Por mucho que camine, no me cansaré jamás. ¿Sabes qué es lo que me cansa? La falta de amor. ¡Oh, eso,... qué carga!... Es como si llevara un peso en el corazón».

«Yo te amo, Jesús».

«Sí, y me consuelas. Te quiero mucho, Juan, te querré siempre porque tú no me traicionarás nunca».

«¡Traicionarte! ¡Oh!».

«Y, sin embargo, habrá muchos que me traicionen...»

ECR 70.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.5 «Juan, escucha. Te he dicho que me detuve aquí para aleccionar a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido».

«Entonces tendrás que trabajar mucho menos que con nosotros, Maestro. Me alegro de que tengas alguno más capacitado que nosotros».

«¿Crees que tendré que trabajar menos?».

«¡Digo yo! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor y te servirá mejor, sobre todo si te ama mejor».

«Exacto. Tú lo has dicho. Pero el amor no está en razón de la instrucción, y tampoco la formación. Quien es virgen ama con toda la fuerza de su primer amor. Esto también vale para las virginidades del pensamiento. Lo amado penetra y se imprime más en un corazón y en un pensamiento vírgenes que no en uno en el que ya haya habido otros amores. Pero, si Dios quiere... Escucha, Juan, te ruego que seas un amigo para él. Mi corazón tiembla ante la idea de ponerte a ti, cordero intonso, junto al experto de la vida; pero, por otra parte, se calma, porque sabe que tú serás, sí, cordero, pero también águila, y si el experto quiere hacerte tocar el suelo, siempre fangoso, el suelo de la cordura humana, tú, con un batir de alas, sabrás liberarte y querer sólo el azul y el sol. Por eso te ruego que... conservándote a ti mismo como eres, seas amigo del nuevo discípulo, que no será muy estimado por Simón Pedro ni por otros, para transfundirle tu corazón...».

«¡Oh, Maestro! ¿Pero no bastas Tú?».

«Yo soy el Maestro. A mí no se me dirá todo. Tú eres el condiscípulo, poco más joven, con quien será más fácil abrirse. No digo que me refieras lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Sí te pido que le evangelices con tu fe y caridad, con tu pureza, Juan. Es una tierra contaminada por aguas muertas; hay que secarla con el sol del amor, purificarla con la honestidad de pensamientos, deseos y obras, cultivarla con la fe. Tú puedes hacerlo».

«Si crees que puedo... ¡sí! Si Tú dices que puedo hacerlo, lo haré. Por amor tuyo...».

«Gracias, Juan».

ECR 70.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.6 «Maestro, has hablado de Simón Pedro, y me he acordado de lo primero que tenía que decirte. La alegría de oírte me lo había alejado del pensamiento. Después de volver a Cafarnaúm, pasada la fiesta de Pentecostés, encontramos la consabida suma de ese desconocido. El niño se la había llevado a mi madre. Yo se la di a Pedro y él me la devolvió diciendo que la usase un poco para el regreso y la estancia en Doco y que el resto te lo trajera a ti para lo que pudieras necesitar... porque también Pedro pensaba que éste es un lugar incómodo... Pero Tú dices que no... Yo sólo he sacado dos denarios para dos pobrecillos que encontré cerca de Efraím. Por lo demás, me he mantenido con lo que me había dado mi madre y lo que me han dado algunas buenas personas a las que he predicado tu Nombre. Aquí tienes la bolsa».

«Se la distribuiremos mañana a los pobres. Así también Judas aprenderá nuestras costumbres».

«¿Ha venido tu primo? ¿Cómo se las ha arreglado para darse tanta prisa? Estaba en Nazaret y no me habló de partir...».

«No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú le has visto por Pascua, aquí, la tarde de la curación de Simón. Estaba con Tomás».

«¡Ah! ¿es él?». — Se le nota un poco turbado a Juan.

«Es él.»

ECR 70.8-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Luego dice Jesús:

«Una comparación más entre mi Juan y otro discípulo, comparación en la que aparece aún más límpida la figura de mi predilecto.

Éste se despoja incluso de su modo de pensar y juzgar para ser “el discípulo”. Juan es aquel que se dona sin querer retener de sí, del sí mismo anterior a la elección, ni siquiera una molécula. Judas, sin embargo, es aquel que no se quiere despojar de sí mismo: la suya es, por tanto, una donación irreal; lleva consigo su yo enfermo de soberbia, de sensualidad, de avidez; conserva su modo de pensar; neutraliza, por tanto, los efectos de la donación y de la Gracia.

Judas: primero de la serie de todos los apóstoles frustrados. ¡Y son tantos...! Juan: arquetipo de los que se hacen hostia por mi amor: tu arquetipo.

Yo y mi Madre somos las Hostias excelsas. Alcanzarnos es difícil, es más, imposible, porque nuestro sacrificio fue de una aspereza total. ¡Pero mi Juan!... Es esa hostia que pueden imitar mis amantes de todas las clases: virgen, mártir, confesor, evangelizador, siervo de Dios y de la Madre de Dios, activo y contemplativo; él dispone de un ejemplo para todos: es aquel que ama.

Observa los distintos modos de razonar. Judas investiga, cavila, opone resistencia, y, aunque externamente parezca que cede, en realidad conserva su forma mental. Juan se siente nada, acepta todo, no pide razones, se siente satisfecho con hacerme feliz. Éste es el ejemplo.

70.9 ­¿Y no te has sentido invadida de paz ante su amor sencillo y encantador? ¡Mi Juan! ¡Y mi pequeño Juan, al que deseo ver cada vez más semejante a mi predilecto! María, acepta todo, diciendo siempre como el Apóstol: “Todo lo que Tú haces está bien hecho, Maestro” para merecer siempre que se te diga: “Eres mi amorosa paz”. También necesito alivio Yo, María. Dámelo. Mi Corazón para descanso tuyo».

Detalle

Dictado vinculado a EMV 70.1-6

ECR 71.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Juan ha visto al Maestro y se lo indica a Simón. Aceleran el paso. El saludo de Juan es un cambio de besos con el Maestro. Simón, por el contrario, se postra ante Jesús y besa sus pies exclamando: «¡Gloria a mi Salvador! ¡Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios, y yo le dé gloria bendiciéndole por haberme otorgado a ti!».

Jesús le pone la mano sobre la cabeza: «Sí, te bendigo para darte las gracias por tu trabajo. Álzate, Simón. Mira, Juan; mira, Simón: éste es el último discípulo, también él quiere seguir la Verdad; es hermano, por tanto, para todos vosotros».

Se saludan mutuamente. Los dos judíos con recíproca indagación, Juan expansivamente.

«¿Estás cansado, Simón?» pregunta Jesús.

«No, Maestro. Junto con la salud me ha venido un vigor que aún no conocía».

«Y sé que lo empleas bien. He hablado con muchos y todos me han referido de ti que los habías instruido sobre el Mesías».

Simón sonríe contento. «Ayer por la tarde también hablé de ti con un honesto israelita. Espero que un día le conozcas. Quisiera llevarte a él».

«Esto no es imposible».

Judas interviene: «Maestro, me has prometido que vendrías conmigo a Judea».

«E iré. Simón continuará instruyendo a las personas acerca de mi venida. El tiempo es breve, amigos, y la gente es mucha.

71.4 Yo ahora me voy con Simón. Por la tarde vosotros dos vendréis a mi encuentro por el camino del Monte de los Olivos. Distribuiremos dinero a los pobres. Ahora marchaos».

Detalle

Jesús está con Judas y Simón el Zelote y Juan se unen a él.

ECR 72.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

72.1 Ya desde las primeras horas de la mañana veo a Jesús en el momento en que llega a una cita que tiene con los discípulos Simón y Judas en la misma puerta de siempre. Jesús ya estaba con Juan. Y oigo que dice: «Amigos, os pido que vengáis conmigo por la Judea; si no os cuesta demasiado, especialmente a ti, Simón».

«¿Por qué, Maestro?».

«Es áspero el camino por los montes de Judea... y tal vez incluso te resultará más áspero el encontrar a ciertas personas que te han causado perjuicios».

«Por lo que respecta al camino, te aseguro una vez más que desde que me curaste me siento más fuerte que un muchacho joven, y no me pesa ningún esfuerzo; además, siendo por ti, y, ahora, por si fuera poco, contigo... Por lo que respecta al encuentro con los que me hicieron el mal, en el corazón de Simón, desde que es tuyo, ya no hay resentimientos, y ni siquiera sentimientos duros. El odio cayó junto con las escamas de la enfermedad. Y no sé, créelo, si decirte que hiciste un milagro mayor al curarme la carne corroída o el alma abrasada por el rencor. Pienso que no me equivoco si digo que el milagro más grande fue este último. Sana siempre con menos facilidad una llaga del espíritu... y Tú me curaste improvisamente. Esto es un milagro, porque... no, uno no se cura de repente, aunque quiera hacerlo con todas sus fuerzas; no se cura el hombre de un hábito moral, si Tú no anulas ese hábito con tu voluntad santificante».

«No juzgas erradamente».

72.2 «¿Por qué no lo haces así con todos?» pregunta Judas un poco resentido.

«Pero si lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes distinto desde que le conoces? Yo ya era discípulo de Juan el Bautista, pero me he visto completamente cambiado desde que Él me dijo: “Ven”».

Juan, que generalmente no interviene, especialmente si ello supone adelantarse al Maestro, esta vez no se sabe callar. Dulce y afectuoso, ha depositado una mano sobre el brazo de Judas como para calmarle y le habla afanoso y persuasivo. Luego se da cuenta de que ha hablado antes que Jesús, se pone colorado y dice: «Perdón, Maestro. He hablado en tu lugar... Pero quería... quería que Judas no te causara dolor».

«Sí, Juan. Pero no me ha apenado como discípulo. Cuando lo sea, entonces, si persiste en su modo de pensar, me causará dolor.

72.3 Me entristece sólo el constatar lo corrompido que está el hombre por Satanás, y cómo éste le aparta el pensamiento del recto camino. ¡Todos, ¿sabéis?, todos tenéis el pensamiento turbado por él! Pero vendrá, ¡oh!, vendrá el día en que tendréis en vosotros la Fuerza de Dios, la Gracia; tendréis la sabiduría con su Espíritu... Entonces dispondréis de todo para juzgar justamente».

«¿Juzgaremos todos justamente?».

«No, Judas».

«Pero, ¿te refieres a nosotros, discípulos, o a todos los hombres?».

«Hablo aludiendo primero a vosotros, pero también a todos los demás. Cuando llegue la hora, el Maestro creará a sus obreros y los mandará por el mundo...».

«¿No lo haces ya?».

«Por ahora sólo me sirvo de vosotros para decir: “El Mesías está entre nosotros. Id a Él”. Llegada la hora, os haré capaces de predicar en mi nombre, de cumplir milagros en mi nombre...».

«¡Oh!, ¿también milagros?».

«Sí, en los cuerpos y en las almas».

«¡Cuánto nos admirarán entonces!» — se le ve a Judas alborozado ante esta idea —.

72.4 «Pero ya no estaremos con el Maestro entonces... y yo tendré siempre miedo de hacer con capacidad de hombre lo que es de Dios» dice Juan, y mira a Jesús pensativamente, y también un poco triste.

«Juan, si el Maestro lo permite, quisiera decirte lo que pienso» — es Simón quien ha hablado —.

«Díselo. Deseo que os aconsejéis mutuamente».

«¿Ya sabes que es un consejo?».

Jesús sonríe y calla.

«Pues bien, entonces yo te digo, Juan, que no debes, no debemos temer. Apoyémonos en su sabiduría de Maestro santo, y en su promesa. Si Él dice: “Os mandaré”, es señal de que sabe que puede enviarnos sin que le perjudiquemos a Él ni a nosotros, o sea, a la causa de Dios que todos amamos como se ama a la propia esposa recién casada. Si Él nos promete vestir nuestra miseria intelectual y espiritual con los fulgores de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros de que lo hará, y nosotros tendremos ese poder de que nos habla el Maestro; no por nosotros, sino por su misericordia. Pero, ciertamente, todo esto sucederá si nosotros no ponemos orgullo, deseo humano, en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión — que es completamente espiritual — con elementos terrestres, entonces decaerá también la promesa del Cristo; no por incapacidad suya, sino porque nosotros ahogaremos esta capacidad con el lazo de la soberbia.

72.5 No sé si me explico bien».

«Te explicas muy bien. Me he equivocado yo. Pero mira... pienso que, en el fondo, desear ser admirados como discípulos del Mesías, suyos hasta el punto de haber merecido hacer lo que Él hace, es deseo de aumentar aún más la potente figura del Cristo ante las gentes. Gloria al Maestro que tiene tales discípulos; esto es lo que yo quiero decir» le responde Judas.

«No todo es erróneo en tus palabras. Pero... mira, Judas. Yo vengo de una casta perseguida por... por haber entendido mal qué y cómo debe ser el Mesías. Sí. Si nosotros le hubiéramos esperado con justa visión de su ser, no habríamos podido caer en errores que son blasfemias contra la Verdad y rebelión contra la ley de Roma; por lo cual fuimos castigados por Dios y por Roma. Hemos querido ver en el Cristo un conquistador y un libertador de Israel, un nuevo Macabeo, y más grande que el gran Judas... Esto sólo. Y ¿por qué? Porque hemos cuidado más de nuestros intereses (los de la patria y los de los ciudadanos) que de los intereses de Dios. ¡Oh!, santo es también el interés de la patria. Pero, ¿qué es comparado con el Cielo eterno? He aquí cuanto he pensado y visto en las largas horas de persecución, primero, y de segregación, después; cuando, fugitivo, me escondía en las madrigueras de los animales salvajes, condividiendo con ellos lecho y alimento, para escapar de la fuerza romana, y sobre todo de las delaciones de los falsos amigos; o cuando, esperando la muerte, ya gustaba el olor del sepulcro en mi cueva de leproso: he visto la figura verdadera del Mesías... la tuya, Maestro humilde y bueno, la tuya, Maestro y Rey del espíritu, la tuya, oh Cristo, Hijo del Padre que al Padre conduces, y no a los palacios de tierra, no a las deidades de barro. Tú... ¡oh!, me resulta fácil seguirte... porque — perdona mi osadía que se proclama justa — porque te veo como te he pensado; te reconozco, en seguida te reconocí. Sí, no ha sido un conocimiento de ti, sino un reconocer a Uno que ya el alma había conocido...».

«Por esto te he llamado... y por esto te llevo conmigo, ahora, en este primer viaje mío por Judea.

72.6 Quiero que completes el reconocimiento... y quiero que también éstos, a los cuales la edad los hace menos capaces de llegar a lo verdadero por medio de meditación severa, sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora... Entenderéis luego. He aquí, ante nuestros ojos, la torre de David; la Puerta Orien­­tal está cerca».

«¿Salimos por ella?».

«Sí, Judas. En primer lugar vamos a Belén, donde nací... Conviene que lo sepáis... para decírselo a los otros. También esto tiene que ver con el conocimiento del Mesías y de la Escritura. Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voz no ya de profecía sino de historia. Demos la vuelta rodeando las casas de Herodes...».

«La vieja raposa malvada y lujuriosa».

«No juzguéis. Para juzgar está Dios. Vamos por ese sendero entre estas huertas. Nos detendremos a la sombra de un árbol, junto a alguna casa hospitalaria, mientras el sol abrase; luego proseguiremos el camino».

La visión termina.

Detalle

Simón el Zelote, Judas y Juan mantienen juntos una conversación sobre los milagros que Jesús obra en los corazones y el modo en que Cristo los transforma interiormente (72,1-2). Luego la conversación gira en torno al envío de los discípulos en misión, con Juan entristecido por tener que dejar al Maestro y Judas soñando con poder hacer milagros. A continuación, Simón el Zelote expone humildemente su punto de vista y habla de su propia experiencia como leproso (72.3-4).

ECR 73.8-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Simón pregunta: «¿A dónde vamos ahora, Maestro?».

«Venid conmigo. Conozco un lugar».

«Pero si no has vuelto nunca, desde que huiste, ¿cómo lo cono­ces?» pregunta, todavía enfadado, Judas.

«Lo conozco. No es bonito. He estado allí otra vez. No es en Belén... un poco fuera... Torcemos por esta parte».

73.9 Jesús adelante, luego Simón, luego Judas, el último Juan... En el silencio, roto sólo por el roce de las sandalias contra la grava del sendero, se oye un sollozo.

«¿Quién llora?» pregunta Jesús volviéndose.

Y Judas: «Es Juan. Ha tenido miedo».

«No. No miedo. Había echado ya la mano al cuchillo que tengo en el cinto... Pero me he acordado de tu: “No mates, perdona”. Lo dices siempre...».

«Y entonces, ¿por qué lloras?» pregunta Judas.

«Porque sufro viendo que el mundo no quiere a Jesús. No le reconoce y no le quiere conocer. ¡Oh..., es un dolor de tal naturaleza!... Como si me hurgasen en el corazón con espinas de fuego. Como si hubiera visto pisotear a mi madre y escupirle a mi padre en la cara... Más aún... Como si hubiera visto a los caballos romanos comer en el Arca Santa y descansar en el Santo de los Santos».

«No llores, Juan mío. Dirás, ésta e infinitas veces: “Él era la Luz venida a resplandecer entre las tinieblas, pero las tinieblas no le comprendieron. Vino al mundo que había sido hecho por Él, mas el mundo no le conoció. Vino a su ciudad, a su casa, y los suyos no le recibieron”. ¡Oh, no llores así!».

«¡Esto no sucede en Galilea!» suspira Juan.

«Y tampoco en Judea» replica Judas. «Jerusalén es su capital y hace tres días te aclamaba a ti, Mesías; este lugar de burdos pastores, campesinos y hortelanos, no hay que tomarlo como punto de referencia. Tampoco los galileos, ¡vamos!, serán todos buenos. Y además Judas, el falso Mesías, ¿de dónde era? Se decía...».

«Basta, Judas. No conviene alterarse. Yo estoy tranquilo, estad tranquilos también vosotros.»

Detalle

Acaban de echar a Jesús de una casa de Belén.

ECR 74.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«No me contradigas si digo algunas cosas... algunas cosas... que realmente no son verdaderas».

«¿Qué quieres decir? ¿Por qué mentir? Yo soy la Verdad, y no quiero mentiras, ni en mí, ni en torno a mí».

«¡Oh!, no diré más que medias mentiras. Diré que regresamos todos de lugares lejanos, de Egipto, por ejemplo, y que deseamos tener noticias de unos amigos íntimos. Diré que somos judíos que regresamos de un destierro... En el fondo, en todo ello, hay un poco de verdadero... y, además, hablo yo... una mentira más, una mentira menos...».

«¡Pero Judas! ¿Por qué engañar?».

«¡No te preocupes, Maestro! El mundo se guía por engaños. Y, de vez en cuando, son necesarios. ¡Bien!, por darte gusto, diré sólo que venimos de lejos y que somos judíos, lo cual es verdad respecto a tres, de cuatro. Y tú, Juan, no hables nunca. Te traicionarías».

«Estaré callado».

Detalle

Judas quiere saber más sobre la masacre de los Inocentes y Ana, ya que Jesús quiere ir allí. Así que le pide a Cristo que le deje contar medias mentiras y le pide a Juan que se calle.

ECR 77.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Como siempre, yo estoy equivocado».

«No, Judas; tienes el sentido práctico. Tú mismo lo dices».

«¡Oh, pero con Jesús!... También Simón Pedro estaba apegado al sentido práctico, ¡y ahora sin embargo!... Tú también, Judas, serás como él. Hace poco que estás con el Maestro, nosotros hace más tiempo y ya hemos mejorado» dice Juan, siempre dulce y conciliador.

«No me ha querido con Él. Si no, hubiera sido suyo desde Pas­cua» — Judas está hoy realmente enojado.

Detalle

Judas acaba de tener una conversación con Jesús y Simón el Zelote. Refunfuña al final, porque no tenía razón, y dice: