ECR 61.3.5
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Jesús les ordena a los discípulos: «Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios».
Pasan adelante tres viejecitos andrajosos, dos ciegos y un tullido, y luego una viuda con siete niños macilentos.
Jesús los mira fijamente uno por uno, sonríe a la viuda y especialmente a los huerfanitos, es más, le ordena a Juan: «Que a éstos se les ponga allí, en el huerto, quiero hablar con ellos», mas toma aspecto severo, con fuego en los ojos, cuando se presenta a Él un hombre entrado en años; pero no dice nada, por el momento.
Llama a Pedro y le pide la bolsa recibida poco antes y otra llena de monedas más pequeñas (varios donativos recogidos entre las buenas personas). Vuelca todo sobre el banco que hay cerca del pozo. Cuenta y divide. Hace seis partes: una muy grande, toda de monedas de plata; cinco más pequeñas, con mucho bronce y sólo alguna moneda grande. (...) Se acerca el tercer anciano, que parece el más andrajoso. A Jesús sólo le queda el montón grande de monedas. Grita: «Mujer, ven con tus pequeños».
La mujer, joven, macilenta, se acerca bajando la cabeza. Parece una gallina triste entre su triste pollada.
«¿Desde cuándo eres viuda, mujer?».
«En la luna de Tisrí se cumplirán tres años».
«¿Cuántos años tienes?».
«Veintisiete».
«¿Son todos tus hijos?».
«Sí, Maestro, y... ya no tengo nada. Todo acabado... ¿Cómo puedo trabajar si ninguno me acepta, con todas estas criaturas?».
«Dios no abandona ni siquiera al gusano que ha creado. No te abandonará, mujer. ¿Dónde estás?».
«En el lago. A tres estadios fuera de Betsaida. Él me dijo que viniera... Mi marido murió en el lago; era pescador...». (“Él” es Andrés, que se pone colorado y desearía desaparecer de la vista).
«Has hecho bien, Andrés, en decir a esta mujer que viniera a mí».
Andrés se siente más seguro y susurra: «El hombre era mi amigo, era bueno; murió en la tempestad, perdiendo también la barca».
«Ten, mujer. Esto te ayudará durante mucho tiempo, y luego saldrá otro sol sobre tu día. Sé buena, educa en la Ley a tus hijos y no te faltará la ayuda de Dios. Te bendigo a ti y a tus pequeños» y los acaricia uno a uno con gran piedad.
La mujer se marcha con su tesoro apretado contra el corazón.