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Notas de la palabra clave

Andrés (apóstol)

Tema: La Iglesia católica · Página 2 de 18

Comodidad de lectura

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ECR 51.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

51.1 Veo la cocina de Pedro. En ella, además de Jesús, están Pedro y su mujer, y Santiago y Juan. Parece que acaban de terminar de cenar y que están conversando. Jesús muestra interés por la pesca.

Entra Andrés y dice: «Maestro, está aquí el dueño de la casa en que vives, con uno que dice ser tu primo».

Jesús se levanta y va hacia la puerta, diciendo que pasen. Y, cuando a la luz de la lámpara de aceite y de la lumbre ve entrar a Judas Tadeo, exclama: «¡¿Tú, Judas?!».

«Yo, Jesús». Se besan.

ECR 54.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

54.7 «Yo quisiera preguntar una cosa...».

«¿Qué, Andrés?».

«Juan me ha hablado del milagro hecho en Caná... Teníamos gran esperanza de que hicieras uno en Cafarnaúm... y has dicho que no hacías un milagro sin haber cumplido antes la Ley. ¿Por qué, entonces, en Caná? Y, ¿por qué aquí y no en tu tierra?».

«Toda obediencia a la Ley es unión con Dios y por tanto aumento de nuestra capacidad. El milagro es la prueba de la unión con Dios, de la presencia benévola y complaciente de Dios. Por ello he querido cumplir con mi deber de israelita antes de comenzar la serie de prodigios».

«Pero la Ley no te obligaba a ti».

«¿Por qué? Como Hijo de Dios, no; como hijo de la Ley, sí. Israel, por ahora, sólo me conoce como esto segundo... Incluso más adelante casi todo Israel me conocerá sólo así, más aún, como menos todavía. Pero no quiero escandalizar a Israel y obedezco a la Ley».

«Eres santo».

«La santidad no dispensa de la obediencia. Más aún, la perfecciona. Además de todo, hay que dar ejemplo. ¿Qué dirías de un padre, de un hermano mayor, de un maestro, de un sacerdote que no dieran buen ejemplo?».

«¿Y Caná entonces?».

«Caná era el gozo de mi Madre que había que llevar a cabo. Caná es el anticipo que se debe a mi Madre. Ella es la Anticipadora de la Gracia. Aquí honro a la Ciudad Santa, haciendo de ella, públicamente, la iniciadora de mi poder de Mesías. Allí, en Caná, sin embargo, honraba a la Santa de Dios, a la Toda Santa. Por Ella el mundo me tiene. Es justo que para Ella sea mi primer prodigio en el mundo».

ECR 55.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

55.4 Pedro masculla unas palabras. Jesús oye.

«Pedro, ¿qué te pasa? ¿Callas o murmuras? Pareces descontento. ¿Por qué?».

«Me siento descontento. Nosotros somos los primeros y Tú no nos ofreces un milagro. Nosotros somos los primeros y Tú sientas a tu lado a un extraño. Nosotros somos los primeros y Tú le confías a él una misión y no a nosotros. Nosotros somos los primeros y... sí, exactamente, y parecemos los últimos. ¿Por qué los esperas en el camino del río? Para confiarles alguna misión, claro. ¿Por qué a ellos y no a nosotros?».

Jesús le mira. No se muestra airado. Hasta incluso sonríe como se le sonríe a un muchacho. Se levanta, va lentamente hacia Pedro, le pone la mano en el hombro y dice sonriendo: «¡Pedro, Pedro, eres un niño grande, un niño mayor!»; y a Andrés, que está sentado junto a su hermano, le dice: « Ponte donde Yo estaba sentado», y se sienta al lado de Pedro, le coge del hombro y le habla, estrechándole contra su costado (...).

Detalle

Jesús encomienda una misión a Tomás, que acaba de unirse al grupo apostólico, y Pedro refunfuña. La obediencia de Andrés

Palabras clave

ECR 56.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y nosotros?».

«¿Vosotros, Pedro? Volveréis a las redes».

«¿Por qué?».

«Porque pienso instruiros lentamente y tomaros conmigo cuando os vea preparados».

«Pero, entonces, ¿te veremos?».

«Claro. Iré frecuentemente. Os avisaré, si no, cuando esté en Cafarnaúm. Ahora despedíos, amigos, y vamos. Os bendigo a vosotros que os quedáis. Mi paz con vosotros».

Y termina la visión.

Detalle

Jesús dio instrucciones a Andrés, Judas de Alfeo y Simón el Zelote. Pedro habló entonces en nombre de los que habían quedado, es decir, él mismo, Andrés, Santiago y Juan de Zebedeo, Felipe y Bartolomé.

ECR 57.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

57.1 Jesús llega con su primo y los seis discípulos a las proximidades de Nazaret. Desde lo alto del alcor en que se encuentran se ve — blanca entre el verde — la pequeña, linda ciudad subir y bajar por las laderas en que está construida (un dulce ondular de laderas: en unos lugares apenas perceptible; en otros, más marcado).

«Hemos llegado, amigos. Ved allí mi casa. Sale humo de ella. Mi Madre está dentro. Quizás esté haciendo el pan. No os digo que os quedéis, porque pienso que estaréis deseando llegar a casa. Pero si queréis partir conmigo el pan, y conocer a Aquella que Juan conoce, os digo: “¡Venid!”».

Los seis, que ya estaban tristes por la separación inminente, se ponen de nuevo del todo contentos y aceptan de corazón.

«Vamos, entonces».

Bajan a buen paso la pequeña colina y toman la calzada principal. Anochece. Todavía hace calor, pero ya las sombras descienden sobre los labrantíos, donde las mieses comienzan a madurar.

Entran en el pueblo. Mujeres que van y vienen de la fuente, hombres a la puerta de los minúsculos talleres o en los huertos saludan a Jesús y a Judas.

Detalle

Jesús invita a los discípulos a conocer a su Madre por primera vez (excepto Juan, que ya la conoce).

ECR 57.3-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Amigos, venid!».

Entran y saludan. Judas besa a María y luego corre a buscar a su madre.

Jesús nombra a los cinco: Pedro, Andrés, Santiago, Natanael, Felipe; porque Juan, a quien María ya conocía, la ha saludado inmediatamente después de Judas, inclinándose y recibiendo su bendición.

57.4 María los saluda y los invita a sentarse. Es la señora de la casa y, aun adorando con la mirada a su Jesús — parece que el alma continúe hablando, por los ojos, con el Hijo — se ocupa de los huéspedes. Querría llevar agua para que repusieran fuerzas. Pero Pedro salta: «No, Mujer. No puedo permitirlo. Tú siéntate junto a tu Hijo, Madre santa. Voy yo. Ahora vamos al huerto, a refrescarnos».

Acude María de Alfeo, roja y llena de harina, y saluda a Jesús, el cual la bendice; luego conduce a los seis al huerto, a la pila, y vuelve feliz. «¡Oh, María!» le dice a la Virgen. «Judas me lo ha dicho. ¡Qué contenta estoy! Por Judas y por ti, cuñada mía. Sé que los otros me reprobarán. Pero no me importa. Seré feliz el día en que sepa que todos son de Jesús. Nosotras, madres, sabemos... sentimos lo que es bueno para los hijos. Y yo siento que el bien de los míos eres Tú, Jesús».

Jesús le acaricia la cabeza sonriéndole.

Vuelven los discípulos y María de Alfeo sirve pan fragante, aceitunas y queso. Trae una pequeña ánfora de vino tinto. Jesús llena los vasos de sus amigos. Es siempre Jesús quien ofrece, y luego distribuye.

57.5 Un poco azorados al principio, los discípulos se sienten más seguros y hablan de sus casas, del viaje a Jerusalén, de los milagros acaecidos. Se sienten llenos de celo y de afecto, y Pedro trata de hacer de María una aliada para obtener que Jesús los tome en seguida sin previa espera en Betsaida.

Ella, con una suave sonrisa los exhorta: «Haced todo lo que Él dice. Esta espera os granjeará más beneficios que una unión inmediata. Mi Jesús todo lo que hace lo hace bien».

La esperanza de Pedro muere. Pero se resigna con elegancia. Sólo pregunta: «¿Durará mucho la espera?».

Jesús le mira sonriéndole, pero no dice nada más.

María interpreta esa sonrisa como un signo benévolo, y dice: «Simón de Jonás, Él sonríe... por eso yo te digo: ligero como vuelo de golondrina será el tiempo de tu espera obediente».

«Gracias, Mujer».

57.6 «¿No hablas, Judas? ¿Y tú, Juan?».

«Te miro, María».

«Yo también».

«También yo os miro y... ¿Sabéis?... me viene a la mente una hora lejana. También entonces tenía siempre tres pares de ojos fijos en mi rostro con amor. ¿Te acuerdas, María, de mis tres discípulos?».

«¡Ah, que si me acuerdo!... ¡Es cierto! También ahora tres, de la misma edad más o menos, te miran con todo su amor. Y éste, Juan, creo, me parece el Jesús de entonces, tan rubio y rosado, y el más joven».

Los otros se muestran deseosos de saber. Recuerdos y anécdotas fluyen con el tiempo en las palabras. Cae la noche.

«Amigos, Yo no tengo habitaciones. Pero allí está el taller donde trabajaba. Si queréis cobijaros allí... Sólo están los bancos».

«Cama cómoda para pescadores habituados a dormir en estrechos tablones. Gracias, Maestro. Dormir bajo tu techo es honor y santificación».

Se retiran despidiéndose efusivamente. También Judas se retira con su madre; van a su casa.

En esta habitación quedan Jesús y María, sentados sobre el arca, a la luz de la lamparita, un brazo en el hombro del otro, y Jesús cuenta, y María escucha, dichosa, trémula, contenta...

La visión termina así.

Detalle

María tiene una discusión con Pedro y le da un consejo parecido al de Caná: "Haced lo que él os diga".

ECR 58.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

58.3 Jesús le pregunta a un apóstol: «¿Tendremos buena pesca?».

«Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará».

«¿Vamos solos?».

«¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?».

«No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes». Jesús baja despacito hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y guijarrosa, cerca de la barca.

«Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo, y se va hasta el punto adecuado, así, emparejados. Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; Tú lo quieres tener ¿no?, eso me has dicho».

«Sí, si me explicas lo que tengo que hacer».

«No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin formar nudos; lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces; y sin nudos para no cerrar la red, que se debe abrir como una bolsa, o una vela, si lo prefieres, hinchada por el viento. Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio, o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago, y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme, y allí, casi en la orilla — no antes, para no correr el riesgo de ver huir la pesca; no después, para no dañar ni a los peces ni la red con las piedras — sacamos la red. En ese momento hace falta tacto, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado.

58.4 Atención, Maestro, es nuestro pan. Ojo a la red; que no se descomponga con las sacudidas de los peces. Defienden su libertad con fuertes coletazos, y si son muchos... entiendes... son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán».

«Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula, sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital. Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente, y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente, y se termina en un acto violento contra el prójimo. ¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su número!... Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal, y arrastran al abismo de la Gehena».

«Tienes razón, Maestro... Pero, ¡somos tan débiles...!».

«Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre».

«¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?».

«Con el Simón viejo podía ser severo, pero con mi Pedro, el hombre nuevo, el hombre de su Cristo... no, Pedro. Él te ama y continuará amándote».

«¿Y yo?».

«También tú, Andrés, y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos».

58.5 «¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea...».

«¡Oh..., muchos! Mi Reino está abierto a todo el género humano, y en verdad te digo que más abundante que la más copiosa de tus pescas será la mía en las noches de los siglos...: que cada siglo es una noche en la cual es guía y luz, no la pura luz de Orión o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él; noche que conocerá la aurora de un día sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses, dioses menores, hijos del Padre Dios, similares a mí... Ahora no podéis entender. Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro, y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos. Pues bien, Yo obtendré, a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya».

«¿Pero seremos nosotros solos tus apóstoles?».

«¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros, y en mi corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama. ¿Has contado alguna vez las estrellas? ¿Y las piedras del fondo de este lago? No. No podrías. Pues aún menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi corazón. ¿Has podido alguna vez contar cuántas veces este mar puede besar la orilla con su ósculo de ola en el curso de doce lunas? No. No podrías. Pues aún menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Estáte seguro, Pedro, de mi amor».

Pedro toma la mano de Jesús y la besa. Se le ve conmovido.

Andrés mira y no se atreve. Pero Jesús le pone la mano entre el pelo y dice: «También a ti te quiero mucho. En la hora de tu aurora verás reflejado en la bóveda del cielo — le verás sin tener que alzar los ojos — a tu Jesús, que te sonreirá para decirte: “Te amo. Ven”, y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial...».

Detalle

Andrés pasa a primer plano en 58,5, pero está presente en toda la enseñanza de Jesús.

ECR 60.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sen­tarse.

60.6 « (...) «Mira, viene tu suegra».

«Maestro... Te ruego que compartas mi mesa».

«Gracias, mujer. Dios te lo pague».

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado. «Perdonad, pero no tengo más que esto» dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro: «¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija... Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas».

«Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas».

«Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer».

«Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?».

«Yo no le critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil».

«Porque está Él, que si no...».

«Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora».

«¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no...».

«Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?». Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

«Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero... ¿y éstos?» (alude a Juan y a Santiago, sus socios).

«¿No pueden venir también ellos?».

«Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo, Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades».

«Quizás venga también Zebedeo» dice Pedro.

«Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos».

Detalle

Jesús acaba de curar a la suegra de Pedro. Curada, sirvió una comida al Maestro y a sus discípulos... y reprochó a su yerno.