ECR 189.1 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).
Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último — y ni siquiera su valle — pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el Este.
Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras Él van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.
La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta — es pleno día —, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.
«¿Vamos a ver, Maestro?» dicen muchos (ya muchos de los habitantes de Endor se han precipitado a la puerta para mirar).
«Bueno, vamos» dice Jesús condescendiendo.
«Debe ser un niño; ¡fíjate cuántas flores y cuántas cintas hay sobre la lechiga!» dice Judas de Keriot a Juan.
«O quizás una virgen» responde Juan.
«No — dice Bartolomé —, sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto; además faltan los mirtos...».
El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.
A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.
«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.
Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.
Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».
Detalle
Los dos Santiago, Mateo, Felipe y Judas no se mencionan en este pasaje, pero están presentes. Van a Naín.
Anotación
- Oh, debe de ser un niño, porque ya ves cuántas flores y cintas hay en la litera -le dice Judas a Juan.
- O a lo mejor es una virgen -responde Juan.
- No, seguramente es un niño, por los colores que han utilizado, y no hay mirtos...", dice Barthélemy.
Todos estos son indicios de los ritos funerarios en uso en la época. Judas de Judea y Bartolomé de Galilea los identificaron del mismo modo.
Palabras clave
- Andrés (apóstol)
- Bartolomé - Natanael (apóstol)
- Felipe (apóstol)
- Hábitos y costumbres en la EMV
- Jean d'Endor (Félix)
- Juan de Zebedeo (apóstol)
- Judas de Alfeo (apóstol)
- Judas de Keriot (apóstol)
- Los Doce
- Marie de Kérioth (madre de Judas)
- Mateo (apóstol)
- Santiago de Alfeo (apóstol)
- Santiago de Zebedeo (apóstol)
- Simon-Pierre - Simón de Jonás (apóstol)
- Simón el Zelote (apóstol)
- Tomás (apóstol)