Ir al contenido

Notas del tema

Religión judía: costumbres y preceptos

Página 8 de 8

Comodidad de lectura

Aa

ECR 201.3-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vamos».

Margziam se pone levemente pálido, da un beso a María y le dice: «¡Reza!... ¡Reza!...».

«Sí, bonito. No tengas miedo, que lo sabes muy bien».

Margziam se pega a Pedro, aprieta nerviosamente la mano de Pedro, pero no se siente todavía seguro y quiere también la mano de Jesús.

«Yo no voy, Margziam. Voy a rezar por ti. Nos veremos después».

«¿No vienes? ¿Por qué, Maestro?» dice Pedro sorprendido.

«Porque es mejor que no vaya...». Jesús está muy serio, diría triste. Y añade: «José, que es justo, no puede sino aprobar mi acto».

Efectivamente, José no contesta; con su silencio, unido a un elocuente suspiro, confirma.

«Pues entonces... vamos...». Pedro está un poco afligido.

Margziam se agarra a Juan. Y así van, precedidos por José, a quien continuamente saludan con gran respeto. Con ellos van Simón y Tomás; los demás se quedan con Jesús.

201.4

Entran en la misma sala en que años atrás entrara Jesús. Un joven, que está escribiendo en uno de los ángulos, se pone repentinamente en pie al ver a José, y se prosterna.

«Dios sea contigo, Zacarías. Ve rápidamente a llamar a Asrael y a Jacob».

El joven sale y, casi inmediatamente, vuelve con dos rabinos, o arquisinagogos, o escribas... no sé. Son dos desabridos personajes que sólo deponen su altivez ante José. Tras ellos entran otros ocho menos solemnes. Se sientan, dejando en pie a los aspirantes, incluido José de Arimatea.

«¿Qué quieres, José?» pregunta el más anciano.

«Presentar a vuestra perspicacia a este hijo de Abraham, que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y en ella regirse por sí mismo».

«¿Es pariente tuyo?» y miran con gesto de estupor.

«En Dios todos somos parientes. Este niño es huérfano. Este hombre, de cuya honestidad me hago garante, le ha tomado, para que su tálamo no quede sin descendencia».

«¿Quién es este hombre? Que responda él».

«Simón de Jonás, de Betsaida de Galilea, casado, sin hijos, pescador para el mundo, para el Altísimo hijo de la Ley».

«Y tú, siendo galileo, te asumes esta paternidad? ¿Por qué?».

«Está escrito en la Ley que se debe mostrar amor hacia el huérfano y la viuda. Yo lo hago».

«¿Puede, acaso, conocer éste la Ley hasta el punto de merecer...? Mas... tú, niño, responde, ¿quién eres?».

«Yabés Margziam de Juan, de los campos de Emaús, nacido hace doce años».

«Entonces, eres judío. ¿Es lícito que se responsabilice de él un galileo? Escudriñemos las leyes».

«Pero, ¿qué soy?: ¿un leproso?, ¿una persona maldita?». Le empieza a hervir la sangre en las venas a Pedro.

«Calla, Simón. Hablaré yo por él. Os he dicho que me hago garante de este hombre. Le conozco como si fuera de mi casa. El anciano José no propondría jamás algo contrario a la Ley, y, ni siquiera, a las leyes. Examinad, pues, al niño con justicia y sin dilación; el patio está lleno de niños que esperan el examen. Por amor a todos, no seáis lentos».

«¿Quién probará que este niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?».

«Lo puedes probar con las escrituras. Es una investigación latosa, pero se puede hacer. Niño, ¿me has dicho que eres el primogénito?».

«Sí, señor. Puedes verlo porque estuve consagrado al Señor y fui rescatado con los debidos diezmos».

«Busquemos entonces estos datos...» dice José.

«No hace falta» responden cortantes los dos hombres insidiosos.

201.5

«Ven aquí, niño. Di el Decálogo» y el niño lo dice seguro. «Dame ese rollo, Jacob. Lee si sabes».

«¿Dónde, rabí?».

«Donde quieras. Donde te caiga la mirada» dice Asrael.

«No. Aquí. Dámelo» dice Jacob. (Y abre hasta un determinado punto el rollo y dice: «Aquí»).

«“Entonces él les dijo secretamente: ‘Bendecid al Dios del Cielo, dadle gloria ante todos los seres vivos, porque ha sido misericordioso con vosotros. Ciertamente bueno es mantener celado el secreto del rey, pero es honorífico revelar...’ ”».

«¡Basta, basta! ¿Qué es esto?» pregunta Jacob señalando las franjas de su manto.

«Las franjas sagradas, señor; las llevamos para no olvidarnos de los preceptos del Señor altísimo».

«¿Le es lícito a un israelita nutrirse con cualquier tipo de carne?...» pregunta Asrael.

«No, señor; sólo con las que hayan sido declaradas puras».

«Dime los preceptos...».

Y el niño, dócilmente, empieza a decir la letanía de los: «No harás...».

«¡Basta, basta!, para ser un galileo sabe hasta demasiado. Hombre, ahora te toca a ti jurar que tu hijo es mayor de edad».

Pedro, con el mejor donaire después de tanto desaire, pronuncia su breve discurso paterno: «Como habéis visto, mi hijo, llegado a la edad prescrita, conociendo la Ley, los preceptos, las usanzas, las tradiciones, las ceremonias, las bendiciones, las oraciones..., es capaz de guiarse a sí mismo. Por tanto, como habéis podido constatar, estamos en condiciones, yo y él, de pedir la mayoría de edad. La verdad es que debía haberlo dicho antes esto, pero aquí han sido violadas — y no por nosotros, galileos — las usanzas, y se le ha preguntado al hijo antes que al padre. Y ahora os digo: dado que le habéis juzgado apto, desde este momento no soy ya responsable de sus acciones, ni ante Dios ni ante los hombres».

«Pasad a la sinagoga».

El pequeño cortejo entra en la sinagoga, entre los adustos rostros de los rabinos a los que Pedro ha puesto firmes.

Erguido, frente a los ambones y a las lámparas, cortan los cabellos a Margziam; antes le llegaban hasta los hombros, ahora quedan a la altura de las orejas. Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, bordada en amarillo oro, y con él ciñe la cintura del niño, luego, mientras los sacerdotes hacen lo propio en la frente y el brazo con cintas de cuero, Pedro está tratando de prender en el manto — Margziam se lo ha pasado — las sagradas franjas. ¡Qué emocionado está Pedro cuando entona la alabanza al Señor!...

201.6

Con esto se pone fin a la ceremonia. Ahuecan el ala ligeros; Pedro dice: «¡Menos mal! ¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa. Tú... tú, hijo mío, tienes a otro que te consagra... Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú. ¡Gracias, José! Dile tú también “gracias” a este gran amigo. Sin ti, nos hubieran tratado mal del todo».

«Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú. Te ruego que vengas a mi casa de Beceta, para el banquete, y contigo todos, como es lógico».

«Vamos a decírselo al Maestro. Para mí... ¡demasiado honor!» dice, humilde, Pedro (pero se le ve radiante de alegría).

Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al patio de las mujeres; allí todas felicitan a Margziam. Luego los hombres pasan al atrio de los israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos. Se reúnen todos — armónica comunión de felicidad — y, mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.

201.7

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto! Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio, más bien angustioso, de sus compañeros. Sólo cuando están en la sala de la casa de José — cuando el niño, ante la pregunta de rigor acerca de lo que hará en el futuro, declara: «Seré pescador como mi padre» — Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende...

«La verdad es que Judas nos ha metido una gota de acíbar en esta fiesta... Estás preocupado, Maestro... y los demás están tristes por esto. Perdonad todos si no me he dado cuenta antes... ¡Ay..., este Judas!...».

Su suspiro creo que está presente en todos los corazones... Pero Jesús, para disolver la amargura, se esfuerza en sonreír, y dice: «No te apenes por esto, Simón. Sólo falta tu mujer en esta fiesta... Estaba pensando también en ella, tan buena y sacrificada como es siempre. Pronto recibirá su parte de alegría, inesperada: ¡te imaginas con qué gozo? Pensemos en lo bueno que hay en el mundo. Ven. Así que Margziam ha respondido perfectamente, ¿eh? Sabía que sería así...».

José da indicaciones a los servidores y luego vuelve a la sala: «Os doy a todos las gracias — dice — por haberme rejuvenecido con esta ceremonia y por haberme concedido el honor de poder recibir en mi casa al Maestro, a su Madre, a los parientes, y a vosotros, queridos condiscípulos. Venid al jardín a disfrutar de aire puro y flores...».

Y todo termina.

ECR 206.13 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Cuántos, hoy día, en esta tierra a la que Dios ha enviado a su Verbo! Dios verdaderamente ha invitado, a través de sus siervos — y los seguirá invitando, cada vez más impelentemente a medida que se va acercando la hora de mi Desposorio —, a amigos, a aliados, a los grandes de su pueblo. Mas no responderán a la invitación, porque son falsos aliados, falsos amigos, grandes sólo de nombre pues son mezquinos».

Jesús va elevando cada vez más la voz. Sus ojos — a la luz del fuego que ha sido encendido entre Él y los que le escuchan, para iluminar esta noche en que todavía falta la Luna, que está en fase menguante — lanzan destellos de luz como si fueran dos gemas.

«Sí, son mezquinos. Ya se ve por qué no comprenden el deber y el honor que supone la adhesión a la invitación del Rey. Soberbia, dureza, lujuria crean un baluarte en torno a su corazón. Siendo malos, me odian a mí, a mí, y por eso no quieren venir a mis bodas. No quieren venir. Prefieren unirse a la sucia política, al dinero (más sucio todavía), a la sensualidad (sucísima). Prefieren el cálculo astuto, la conjura, la ratera conjura, la celada, el delito.

Yo condeno todo esto en nombre de Dios. Se odia por tanto la voz que habla y la misma fiesta, objeto de la invitación. En este pueblo han de ser identificados los que matan a los siervos de Dios (los profetas, siervos hasta este momento; mis discípulos, siervos de hoy en adelante), aquí están; y también los que, pretendiendo burlarse de Dios, dicen: “Sí. Iremos”, pensando para sus adentros: “¡Ni soñarlo!”. Todo esto es una realidad en Israel.

Y el Rey del Cielo, para que su Hijo goce de un digno aderezo de bodas, dispondrá que vayan a los cruces de caminos para congregar a todos aquellos que no son amigos o grandes o aliados sino simplemente pueblo que pasa. La convocatoria ha comenzado ya, de mi propia mano, de mi mano de Hijo y siervo de Dios. Indiscriminadamente vendrán... De hecho ya han venido. Yo los ayudo a asearse y engalanarse para la fiesta de bodas.

¡Ah, pero habrá, para desgracia propia, quien se aproveche indignamente de esta magnificencia de Dios — que le ofrece perfumes y vestiduras regias para que pueda aparecer como en realidad no es, o sea, rico y noble —, y se aproveche para seducir, para obtener una ganancia...! ¡Oh, individuo de alma torva, atrapado por el repugnante pulpo de todos los vicios...! Éste substraerá perfumes y vestidos para obtener una ilícita ganancia, para usarlos no en las bodas del Hijo sino en sus bodas con Satanás.

Sí, esto sucederá — en efecto, muchos son los llamados, mas pocos los que, por saber perseverar en la llamada, alcanzan la elección—; pero también sucederá que estas hienas, que prefieren la carroña al alimento fresco, serán arrojados, como castigo, fuera de la sala del Banquete, a las tinieblas y al fango de un lodazal eterno en que Satanás emite su horrible risa estridente por cada triunfo sobre un alma, y en que resuena, eterno, el llanto desesperado de los mentecatos que siguieron al Delito en vez de seguir a la Bondad que los había llamado.»

Detalle

Jesús acaba de contar la parábola del rey que ofrece a su hijo un banquete de bodas. La comenta y habla de los que se niegan a venir a la boda, de los que matan a los siervos de Dios, del Rey del Cielo que va a invitar a los transeúntes (paganos). También habla de los que traicionarán a Cristo y hace una mención del Infierno al final de su discurso.

ECR 211.5-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una vez que se ha calmado el griterío, Jesús empieza a hablar.

«“El Señor dijo a Josué: ‘Habla a los hijos de Israel y diles: Separad las ciudades de que os hablé por medio de Moisés para los fugitivos, para que en ellas se puedan refugiar los que involuntariamente hayan matado a una persona, pudiendo evitar así la ira del pariente próximo, del vengador de la sangre’ ”. Pues bien, Hebrón es una de estas ciudades. También está escrito: “Los ancianos de la ciudad no entregarán al inocente en manos de quien le busca para matarle; antes bien, le acogerán, le darán morada, y permanecerá allí hasta el juicio y hasta la muerte del sumo sacerdote de entonces, después de lo cual podrá volver a su ciudad y a su casa”.

En esta ley está ya presente y establecido el amor misericordioso hacia el prójimo. Dios ha impuesto esta ley porque no es lícito condenar al acusado sin haberle escuchado, ni matar en un momento de ira. Lo mismo puede decirse también para los delitos y las acusaciones de orden moral. No es lícito acusar si no se conoce, ni juzgar sin haber oído al acusado. Mas, hoy día, a las acusaciones y condenas debidas a culpas supuestas en todos, o a culpas imaginadas, se ha añadido una nueva serie: la que se dirige y se pronuncia contra los que se presentan en nombre de Dios. Durante los siglos pasados, se ha repetido contra los Profetas; ahora es contra el Precursor del Cristo y contra el Cristo.

Ya lo habéis visto. Juan, atraído con engaño fuera del territorio de Siquem, espera la muerte en las prisiones de Herodes, porque nunca se doblegará ante ninguna mentira ni amaño alguno; de todas formas, se podrá troncar su vida, cortarle la cabeza, mas no podrán quebrar su honestidad, ni separar su alma de la Verdad, a la que él ha servido fielmente en sus más distintas formas (divinas, sobrenaturales o morales). De la misma forma, se persigue al Cristo, con furia doble, diez veces mayor, porque Él no se limita a decir: “No te es lícito” a Herodes, sino que, con vehemencia, va diciendo, en nombre de Dios y por el honor de Dios, esto mismo por todos aquellos lugares donde entra y encuentra pecado o sabe que hay pecado, sin excluir a ninguna categoría.

211.6

¿Cómo es posible esto?, ¿es que ya no hay siervos de Dios en Israel? Sí los hay. Lo que pasa es que son “ídolos”.

En la carta de Jeremías a los exiliados están escritas entre muchas cosas éstas. Quiero que pongáis atención en ellas, porque toda palabra del Libro es una enseñanza que, desde que el Espíritu la hace escribir por un hecho presente, se refiere a un hecho futuro. Así pues, está escrito: ...“Cuando entréis en Babilonia veréis dioses de oro, plata, piedra, madera... Cuidaos de no imitar las obras de los extranjeros. Y no tengáis miedo a sus ídolos... Decid en vuestro corazón: ‘Sólo a ti se te debe adorar, Señor’ ”.

La carta enumera las particularidades de estos ídolos, que tienen lengua fabricada por un artífice, de la que no se sirven contra sus falsos sacerdotes, que los despojan de su oro para ataviar a las meretrices y luego toman el oro profanado por el sudor de la prostitución para volver a componer al ídolo; de estos ídolos que pueden ser corroídos por la herrumbre o la polilla y que están limpios y ordenados solamente cuando el hombre los lava y los compone, pues por sí mismos nada pueden hacer a pesar de tener en la mano el cetro o la segur.

Y termina el Profeta diciendo: “Por tanto, no los temáis”. Luego añade: “Estos dioses son inútiles como vasijas rotas. Sus ojos están llenos del polvo que levantan los pies de los que entran en el templo. Están bien custodiados: como en una tumba, o como quien hubiera ofendido al rey, porque cualquier persona podría despojarlos de sus valiosas vestiduras. No ven la luz de las lámparas; son, en el templo, como las vigas. Las lámparas lo único que hacen es ahumarlos, mientras lechuzas, golondrinas u otros pájaros vuelan sobre sus cabezas y los motean de excrementos, y los gatos se guarecen entre sus vestiduras y las rompen. Por tanto, no hay que tenerles miedo, son cosas muertas. El oro no les sirve para nada, sólo es una cosa externa; si no se limpia, no brillan. Tampoco sintieron nada cuando los fabricaron. El fuego no los despertó. Los compraron a precios fabulosos. Los llevan a donde el hombre quiere, porque son vergonzosamente impotentes... ¿Y por qué, pues, se les llama dioses? Porque se les dedica adoración, ofrendas y la pantomima de falsas ceremonias (los que las celebran no las sienten, quienes las ven no creen en ellas). Si se les hace algún mal, como si es un bien, no responden. Son incapaces de elegir o destronar a un rey. No pueden devolver las riquezas, ni tampoco el mal. No pueden salvar a un hombre de la muerte, ni al débil de las manos del déspota. No sienten piedad ni por las viudas ni por los huérfanos. Asemejan a las piedras de la montaña...”.

Así, más o menos, dice la carta.

211.7

Mirad, ya no tenemos santos, sino ídolos, en las filas del Señor; por este motivo el mal es capaz de alzarse contra el bien: el mal que motea de excremento el intelecto y el corazón de los que ya no son santos, y anida entre sus falsas vestiduras de bondad.

Ya no saben pronunciar las palabras de Dios. Es lógico: su lengua es obra humana y hablan, por tanto, palabras de hombre — ¡cuando no de Satanás! —. Sólo saben arremeter insensatamente contra inocentes y pobres; pero guardan silencio ante la corrupción grave. En efecto, habiéndose corrompido todos, no pueden acusar al otro de las mismas culpas propias: con ambición — no por el Señor sino por Satanás —, trabajan aceptando el oro de la lujuria y del desmán, y lo trafican y substraen, en manos de un frenesí que desborda todo límite y arrasa cuanto encuentra a su paso. Sin cesar, se les deposita encima el polvo, que fermenta sobre ellos. Externamente, su rostro está limpio, pero el ojo de Dios ve muy sucio su corazón. La herrumbre del odio y el gusano del pecado los corroe. No saben cómo hacer para salvarse. Blanden maldiciones, como cetros o hachas, sin saber que sobre ellos pesa la maldición. Están encerrados en su pensamiento y en su odio, cual cadáveres en sus sepulcros o prisioneros en sus cárceles, y permanecen ahí, agarrándose a las barras, pues temen que una mano los aleje de ese lugar: en efecto, donde están, estos muertos son todavía algo (momias, nada más que momias, de aspecto humano, y sólo el aspecto, pues su cuerpo está reducido a madera seca), mientras que afuera serían objetos desechados por el mundo que busca la Vida, que necesita la Vida como el niño el pecho materno y que acepta a quien le da Vida y no hedor de muerte.

Están en el Templo, sí, y el humo de las lámparas — de los honores — los ahuma, pero la luz no les llega; todas las pasiones — los pájaros y gatos — anidan en ellos, pero el fuego de la misión no les da el místico tormento de ser consumidos por el fuego de Dios. Son refractarios al Amor. El fuego de la caridad no los enciende, la caridad no los viste con sus áureos esplendores: la caridad de dúplice forma y origen: caridad para con Dios y para con el prójimo, la forma; caridad de Dios y del hombre, el origen. Dios se aleja, en efecto, del hombre que no ama, siendo así que el origen divino cesa; el hombre se aleja del malvado, cesando así el segundo origen. La Caridad arrebata todo al hombre que no tiene amor. Se dejan comprar con precio maldito, se dejan llevar a donde quieren la ganancia y el poder.

¡No, no es lícito! Ninguna moneda puede comprar la conciencia, y menos aún la de los sacerdotes y maestros. No es lícito mostrarse sumisos ante las cosas fuertes de la tierra cuando quieren conducirnos a obrar en contra de lo que Dios ha establecido: esto no es sino impotencia espiritual, y está escrito: “El eunuco no entrará en la asamblea del Señor”. Si, pues, no puede ser del pueblo de Dios el impotente por naturaleza, ¿podrá ser su ministro el impotente de espíritu? En verdad os digo que muchos sacerdotes y maestros, habiendo perdido su virilidad espiritual, han venido a ser, culpablemente, eunucos espirituales. Muchos. ¡Demasiados!

211.8

Meditad, observad, comparad, y os daréis cuenta de que tenemos muchos ídolos y pocos ministros del Bien, que es Dios. Ahora se ve por qué sucede que las ciudades-refugio no son ya tales. Ya no se respeta nada en Israel. Los santos mueren por el odio hacia ellos de los no santos.

Pues bien, mi propuesta es una llamada. Os llamo en nombre de vuestro Juan, que se está consumiendo por haber sido santo, que sufre ahora la acción punitiva por ser precursor mío y por haber tratado de quitar de los caminos del Cordero las inmundicias. Venid a servir a Dios. El tiempo está cercano. No os coja desapercibidos la Redención. Haced que llueva en terreno sembrado; si no, en vano caerá la lluvia. Vosotros, habitantes de Hebrón, debéis ir a la cabeza, porque habéis convivido aquí con Zacarías y Elisa, los santos que merecieron del Cielo a Juan; aquí Juan ha esparcido el perfume de su Gracia con verdadera inocencia de párvulo, y, desde su desierto, os ha enviado el incienso anticorruptor de su Gracia, prodigio de penitencia. No defraudéis a vuestro Juan, que ha llevado el amor al prójimo hasta una altura casi divina, de forma que ama al último habitante del desierto cuanto a vosotros, paisanos suyos. Estad seguros de que impetra la Salud para vosotros, y la Salud está en seguir la Voz del Señor y creer en su Palabra. Venid en masa, de esta ciudad sacerdotal, al servicio de Dios. Yo paso y os llamo. No seáis menos que las meretrices, a las cuales les es suficiente una palabra de misericordia para abandonar el camino recorrido precedentemente y tomar el del Bien.

Cuando he llegado me han preguntado: “Pero, ¿no nos guardas rencor?”. ¿Rencor! ¡No; antes bien, amor! Espero incluso veros entre las filas de mi pueblo, del pueblo que guío hacia Dios en el nuevo éxodo hacia la verdadera Tierra Prometida (el Reino de Dios), al otro lado del Mar Rojo de los sentidos, más allá de los desiertos del pecado, libres ya de todo tipo de esclavitud, hacia la Tierra eterna, de pingües delicias, colma de paz...

¡Venid! Es el Amor que pasa; quien quiera puede seguirle, porque para ser acogidos por Él se requiere solamente buena voluntad».

Anotación

El Señor se dirigió a Josué con estas palabras: "Habla a los hijos de Israel y diles: 'Estableced las ciudades de refugio de las que os hablé por medio de Moisés, para que quien haya matado involuntariamente encuentre refugio en ellas y escape así de la ira del pariente más próximo, el vengador de la sangre. " Cf. Josué 20, 1-9 y Éxodo 21, 12-13. Véanse los extractos a continuación.

Continúa diciendo: "Y los ancianos de la ciudad no entregarán al inocente en manos del que intente matarlo, sino que lo recibirán y le permitirán habitar allí, y permanecerá allí hasta el juicio y hasta la muerte del sumo sacerdote entonces en funciones; después de lo cual podrá volver a su ciudad y a su casa. " Cf. Jos 20,1-9 y Núm 35,25-28. Véase más adelante.

En esta ley se observa y organiza el amor misericordioso hacia el prójimo. Es la ley de las ciudades de refugio y la ley de las ciudades levíticas.

Ciudades derefugio: Esta ley, a la que se refiere la cita precedente (Jos 20,1-6), se refiere a las ciudades de refugio, que servían de asilos para los homicidas involuntarios. De este modo, quedaban exentas de la ley de venganza (que Judas menciona en las últimas líneas de EMV 566.8, quizá refiriéndose a Génesis 9:6 y a ciertos pasajes que recordaremos más adelante). Había seis de estas ciudades de refugio, entre ellas Hebrón (como aquí) y Cedes (como en EMV 342.1.2.7.9).

Ciudades levíticas: Estas eran algunas de las 48 ciudades levíticas, donde vivían los levitas. Véase el extracto bíblico más abajo, en el Libro de Josué, capítulo 21.

Las prescripciones relativas a ambas se encuentran en Éxodo 21:12-13 | Números 35 | Deuteronomio 4:41-43 | Deuteronomio 19:1-13 | Josué 20-21. Véanse los extractos a continuación.

La carta de Jeremías a los exiliados incluye lo siguiente. Carta de Jeremías 1,1-72 (a veces insertada en Baruc 6). A continuación se ofrece el extracto bíblico.

__________________________________________________________________________________________

Libro de Josué 20, 1-9 (ciudades de refugio)

Josué20, 1-9: Yahvé habló a Josué, diciendo: "Habla a los hijos de Israel y diles: 'Como os ordené por medio de Moisés, designaos ciudades de refugio, adonde pueda huir el homicida que haya matado a alguien por error sin saberlo, y ellas serán vuestro refugio contra el vengador de la sangre. El asesino huirá a una de estas ciudades; se detendrá a la entrada de la puerta de la ciudad y explicará su caso a los ancianos de esa ciudad; ellos lo acogerán con ellos en la ciudad y le darán un lugar donde vivir con ellos. Si el vengador de la sangre le persigue, no entregarán al homicida en sus manos, pues sin saberlo ha matado a su prójimo, al que antes no odiaba. El homicida permanecerá en esa ciudad hasta que comparezca ante la congregación para ser juzgado, hasta la muerte del sumo sacerdote que estará en funciones en esos días. Entonces el asesino dará media vuelta y regresará a su ciudad y a su hogar, a la ciudad de la que huyó."

Consagraron a Cedes en Galilea, en la región montañosa de Neftalí; a Siquem, en la región montañosa de Efraín; y a Cariath-arbe, que es Hebrón, en la región montañosa de Judá. Al otro lado del Jordán, frente a Jericó por el este, eligieron Bosor, en el desierto, en la llanura, ciudad de la tribu de Rubén; Ramot en Galaad, de la tribu de Gad, y Gaulón en Basán, de la tribu de Manasés. Estas fueron las ciudades asignadas a todos los hijos de Israel y al extranjero que moraba entre ellos, para que quien hubiera matado a alguien por error pudiera refugiarse allí, y no muriera a manos del vengador de la sangre antes de comparecer ante la asamblea.

Libro de los Números 35, 25-28

Núm 35:25-28 : Y la asamblea librará al homicida del vengador de la sangre, y lo hará volver a la ciudad de refugio a la que huyó; y morará allí hasta la muerte del sumo sacerdote ungido con el óleo santo. Si el homicida sale antes de ese tiempo del territorio de la ciudad de refugio adonde huyó, y si el vengador de la sangre lo encuentra fuera del territorio de su ciudad de refugio, y si el vengador de la sangre mata al homicida, éste no será culpable de homicidio; porque el homicida deberá permanecer en su ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote; y, después de la muerte del sumo sacerdote, el homicida podrá regresar a la tierra donde está su posesión.

Libro del Éxodo 21, 12-13

Éx 21, 12-13 : El que hiera de muerte a un hombre deberá ser condenado a muerte. Pero si no le ha tendido una trampa y Dios se lo ha presentado en su mano, yo le señalaré un lugar donde pueda refugiarse.

Libro del Deuteronomio 4, 41-43

Deut 4, 41-43 : Entonces Moisés apartó tres ciudades al otro lado del Jordán, al este, para que si un homicida mataba por descuido a su prójimo y no había sido antes su enemigo, pudiera refugiarse en una de estas ciudades y salvar la vida. Estas eran: Bosor, en el desierto, en la llanura, para los rubenitas; Ramot, en Galaad, para los gaditas, y Golán, en Basán, para los manasitas.

Libro del Deuteronomio 19, 1-13

Deut 19, 1-13: Cuando el Señor tu Dios haya eliminado a las naciones cuya tierra te da el Señor tu Dios, y tú las hayas expulsado y estés viviendo en sus ciudades y en sus casas, entonces separarás tres ciudades en medio de la tierra que el Señor tu Dios te da para que la poseas. Repararás los caminos que conducen a ellas, y dividirás en tres partes la tierra que el Señor tu Dios te da en herencia, para que todo homicida huya a estas ciudades. Este es el caso en que un asesino que se refugie allí salvará la vida: si ha matado inadvertidamente a su prójimo, sin haber sido antes su enemigo. Por ejemplo, un hombre va a cortar leña al bosque con otro; su mano levanta el hacha para cortar un árbol; el hierro se escapa del mango, golpea a su compañero y lo mata: este hombre huirá a una de estas ciudades y su vida se salvará. De lo contrario, el vengador de la sangre, persiguiendo al asesino en el ardor de su cólera, le alcanzaría, si el camino fuera demasiado largo, y le asestaría un golpe mortal; y, sin embargo, este hombre no habría merecido la muerte, puesto que no tenía odio previo hacia la víctima. Por eso te doy este mandato: aparta tres ciudades. Y si Yahvé tu Dios ensancha tus fronteras, como juró a tus padres, y te da toda la tierra que prometió a tus padres que te daría, con tal de que guardes y cumplas todos estos mandamientos que hoy te doy, amando a Yahvé tu Dios y andando siempre por sus caminos, añadirás tres ciudades más a estas tres, para que no se derrame sangre inocente en medio de la tierra que Yahvé tu Dios te da en herencia, y no haya sangre sobre ti. Pero si un hombre odia a su prójimo y le tiende una emboscada y lo hiere de muerte, y luego huye a una de estas ciudades, los ancianos de su ciudad enviarán a apresarlo y lo entregarán en manos del vengador de la sangre, para que muera. Tu ojo no tendrá piedad de él, y quitarás la sangre inocente de Israel, y prosperarás.

Libro de Josué 21, 1-43 (ciudades levíticas)

Josué 21, 1-43: Entonces los jefes de las familias de los levitas se presentaron al sacerdote Eleazar, a Josué hijo de Nun y a los jefes de las familias de las tribus de los hijos de Israel, y les hablaron en Silo, en la tierra de Canaán, diciendo: "Yahvé ha ordenado por medio de Moisés que se nos den ciudades para nuestras viviendas, y sus ejidos para nuestros ganados." Y los hijos de Israel dieron a los levitas de su heredad, conforme al mandamiento de Yavé, las siguientes ciudades y sus ejidos.

La suerte se echó primero por las familias de los caatitas; y los hijos del sacerdote Aarón de entre los levitas obtuvieron por suerte trece ciudades de la tribu de Judá, de la tribu de Simeón y de la tribu de Benjamín; los otros hijos de Caat obtuvieron por suerte diez ciudades de las familias de la tribu de Efraín, de la tribu de Dan y de la media tribu de Manasés. Los hijos de Gerson obtuvieron por sorteo trece ciudades de las familias de la tribu de Isacar, de la tribu de Aser, de la tribu de Neftalí y de la media tribu de Manasés en Basán. Los hijos de Merari, según sus familias, obtuvieron doce ciudades de la tribu de Rubén, la tribu de Gad y la tribu de Zabulón. Los hijos de Israel dieron por sorteo estas ciudades y sus suburbios a los levitas, como Yavé lo había ordenado por medio de Moisés.

De la tribu de los hijos de Judá y de la tribu de los hijos de Simeón dieron por nombre las siguientes ciudades, para los hijos de Aarón, de entre las familias de los caatitas, de entre los hijos de Leví; porque a ellos les tocó primero en la suerte. Les dieron, en la región montañosa de Judá, la ciudad de Arbe, padre de Enac, que es Hebrón, y sus alrededores. Pero dieron la campiña alrededor de esta ciudad y sus aldeas a Caleb, hijo de Jefone, para que la poseyera. Y dieron a los hijos del sacerdote Aarón la ciudad de refugio del homicida, Hebrón con sus ejidos, Lebna con sus ejidos, Jeter con sus ejidos, Estemo con sus ejidos, Holón con sus ejidos, Dabir con sus ejidos, Ain con sus ejidos, Jeta con sus ejidos, Bet-sames con sus ejidos: nueve ciudades de estas dos tribus. De la tribu de Benjamín: Gabaón con sus ejidos, Gabaa con sus ejidos, Anatot con sus ejidos, Almón con sus ejidos: cuatro ciudades. Todas las ciudades de los sacerdotes, hijos de Aarón: trece ciudades con sus ejidos.

En cuanto a las familias de los hijos de Caat, los levitas y los otros hijos de Caat, las ciudades que les tocaron por sorteo eran de la tribu de Efraín. Los hijos de Israel les dieron la ciudad de refugio para el homicida, Siquem y sus suburbios, en la región montañosa de Efraín, así como Gezer y sus suburbios, Cibsaim y sus suburbios, Bet-horón y sus suburbios: cuatro ciudades. De la tribu de Dan: Elteco con sus ejidos, Gibatón con sus ejidos, Ajalón con sus ejidos, Geth-regmón con sus ejidos: cuatro ciudades. De la media tribu de Manasés: Thana con sus ejidos y Geth-regmón con sus ejidos: dos ciudades. En total, diez ciudades con sus ejidos, para las familias de los otros hijos de Caat.

A los hijos de Gerson, de las familias de los levitas, dieron, de la media tribu de Manasés, la ciudad de refugio para el homicida, Gaulón en Basán con sus ejidos, y Bosra con sus ejidos: dos ciudades. De la tribu de Isacar: Ceresion con sus ejidos, Daberet con sus ejidos, Jaramot con sus ejidos, En-Gannim con sus ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Aser: Masal con sus ejidos, Abdón con sus ejidos, Helcat con sus ejidos, Rohob con sus ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Neftalí: la ciudad de refugio para el homicida, Cedes en Galilea con sus ejidos, Hamot-dor con sus ejidos, Cartán con sus ejidos: tres ciudades. Todas las ciudades de los Gersonitas, según sus familias: trece ciudades con sus ejidos. A las familias de los hijos de Merari, al resto de los Levitas, dieron de la tribu de Zabulón: Jecnam con sus ejidos, Cartha con sus ejidos, Dama con sus ejidos, Naalol con sus ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Rubén: Bosor con sus ejidos, Jassa con sus ejidos, Cedemot con sus ejidos, Mephaat con sus ejidos: cuatro ciudades. Y de la tribu de Gad: la ciudad de refugio para el homicida, Ramot de Galaad con sus ejidos, Manaim con sus ejidos, Hesbón con sus ejidos, Jaser con sus ejidos: en total, cuatro ciudades. Todas las ciudades asignadas por sorteo a los hijos de Merari según sus familias, constituyendo el resto de las familias de los levitas: doce ciudades.

Todas las ciudades de los levitas en medio de las posesiones de los hijos de Israel: cuarenta y ocho ciudades con sus ejidos. Cada una de estas ciudades tenía sus suburbios a su alrededor; así sucedió con todas estas ciudades. Yavé dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres; ellos tomaron posesión de ella y se establecieron allí. Yavé les dio descanso a su alrededor, como había jurado a sus padres; ninguno de sus enemigos pudo resistirles, y Yavé los entregó a todos en sus manos. Y de todas las cosas buenas que Yahvé había dicho a la casa de Israel, ninguna quedó sin cumplir; todas se cumplieron.

Libro de Jeremías 1, 1-72 (a veces transpuesto en el Libro de Baruc 6, 1-72) - Sobre los ídolos

Jeremías 1, 1-72 | Ba 6, 1-72 : Copia de la carta que Jeremías envió a los que estaban a punto de ser llevados cautivos a Babilonia por el rey de los babilonios, para decirles lo que Dios le había ordenado decirles. A causa de los pecados que habéis cometido ante Dios, vais a ser llevados cautivos a Babilonia por Nabucodonosor, rey de los babilonios. Cuando lleguéis a Babilonia, permaneceréis allí muchos años y durante mucho tiempo, hasta siete generaciones, y luego os sacaré en paz. Pero en Babilonia veréis dioses de plata, oro y madera, que se llevan a hombros y que causan temor entre las naciones. Tened cuidado, pues, de no imitar también vosotros a esos extranjeros y dejaros dominar por el temor a esos dioses. Cuando veáis multitudes que se reúnen delante y detrás de ellos y les rinden homenaje, decid en vuestro corazón: "Es a ti, Maestro, a quien hay que adorar. Porque mi ángel está contigo y cuida de tu vida.

Pues la lengua de estos dioses ha sido pulida por un obrero; está recubierta de oro y plata, pero son mentira y no pueden hablar. En cuanto a una muchacha que ama las galas, han cogido oro y han hecho coronas para ponerlas en las cabezas de estos dioses. Los sacerdotes llegan a robar el oro y la plata de sus dioses y lo utilizan para sus propios fines; incluso se lo dan a las prostitutas de sus casas. Adornan a estos dioses de plata, oro y madera con ricas vestiduras como los hombres, pero no pueden protegerse de la herrumbre ni de los gusanos. Cuando se han vestido de púrpura, todavía tienen que limpiarse la cara, porque el polvo de la casa los cubre espesamente. Aquí hay uno que sostiene un cetro, como un gobernador de provincia: no matará a nadie que lo ofenda. Otro lleva una espada o un hacha en la mano, pero no puede defenderse del enemigo ni de los ladrones. Esto demuestra que no son dioses, así que no les temas.

Igual que el vaso de un hombre, cuando se rompe, se vuelve inútil, lo mismo ocurre con sus dioses. Si los colocas en una casa, sus ojos se llenan del polvo de los pies de los que entran. Así como se cierran cuidadosamente las puertas de la cárcel a un hombre que ha ofendido al rey, o a un hombre que está a punto de ser ejecutado, así los sacerdotes defienden la morada de sus dioses con puertas fuertes, con cerraduras y cerrojos, para que no sean asaltados por ladrones. Encienden lámparas, incluso más que para ellos mismos, y estos dioses no pueden ver ninguna de ellas. Son como una de las vigas de la casa, y se dice que sus corazones son devorados por las alimañas que salen de la tierra y los devoran a ellos y a sus ropas sin que lo sientan. Sus rostros se vuelven negros por el humo que sale de la casa. Búhos, golondrinas y otras aves revolotean alrededor de sus cuerpos y cabezas, y los propios gatos retozan del mismo modo. Por esto sabrás que no son dioses; así que no les temas.

El oro con que están recubiertos para embellecerlos, si alguien no les quita el óxido, no lo harán brillar; pues ni siquiera sintieron nada cuando los fundieron. Estos ídolos fueron comprados al precio más alto, y no hay aliento de vida en ellos. Al no tener pies, son llevados a hombros, mostrando así a los hombres su vergonzosa impotencia. ¡Que quienes los sirven se confundan con ellos! Si caen al suelo, no se levantan por sí mismos; y si alguien los levanta, no se mueven por sí mismos; y si se inclinan, no se enderezan. Las ofrendas se colocan ante ellos como ante los muertos. Los sacerdotes venden las víctimas que se les ofrecen y se lucran con ellas; sus esposas las salan y no dan nada a los pobres ni a los enfermos. Las mujeres parturientas o en estado impuro tocan sus sacrificios. Sabiendo, pues, por estas cosas, que no son dioses, no les temáis.

¿Y por qué llamarlos dioses? Porque son las mujeres las que vienen a traer sus ofrendas a estos dioses de plata, oro y madera. Y en sus templos se sientan los sacerdotes con las túnicas rasgadas, las cabezas y los rostros afeitados y las cabezas descubiertas. Rugen y gritan ante sus dioses, como en un banquete fúnebre. Sus sacerdotes los despojan de sus vestiduras y visten con ellas a sus mujeres e hijos. Tanto si se les hace mal como si se les hace bien, no pueden hacer ni lo uno ni lo otro; no pueden establecer un rey ni derrocarlo. Tampoco pueden dar riquezas, ni siquiera una moneda. Si alguien que les ha hecho un voto no lo cumple, no les pedirán nada. No salvarán a un hombre de la muerte; no arrebatarán al débil de la mano del poderoso. No darán vista al ciego, ni librarán al angustiado. No se apiadarán de la viuda, ni harán bien al huérfano. Estos ídolos de madera, recubiertos de oro y plata, son como rocas cortadas de una montaña, y los que les sirven serán avergonzados. ¿Cómo podemos creer o decir que son dioses?

Los propios caldeos los deshonran cuando, al ver a un hombre que no puede hablar, se lo presentan a Bel, pidiéndole al mudo que hable, como si el dios pudiera oír algo. Y aunque se dan cuenta, no pueden abandonar a estos ídolos, pues no tienen sentimientos. Las mujeres, envueltas en cuerdas, van y se sientan en los caminos, quemando harina gruesa; y cuando una de ellas, arrastrada por algún transeúnte, se ha acostado con él, reprocha a su vecina no haber sido juzgada digna del mismo honor, y no haber visto rota su trenza de junco. Todo lo que se dice de los ídolos es mentira. ¿Cómo, pues, podemos creer o decir que son dioses?

Han sido modelados por artesanos y orfebres; no pueden ser de otro modo que lo que los obreros quieren que sean. Y a los obreros que los crearon no les queda mucho tiempo de vida: ¿cómo podrían ser sus obras de larga duración? No han dejado a la posteridad más que mentiras y desgracias. Cuando viene la guerra, o alguna otra calamidad, los sacerdotes deliberan entre sí dónde se esconderán con sus dioses: ¿cómo, pues, no se entiende que no son dioses, que no pueden salvarse de la guerra o de alguna otra calamidad?

Estos ídolos de madera, recubiertos de oro y plata, serán reconocidos más tarde como una mentira; para todas las naciones y reyes será evidente que no son dioses, sino obras de hombres, y que no hay en ellos ninguna obra divina. ¿Para quién, pues, no será evidente que no son dioses?

Nunca establecerán un rey sobre una tierra, ni darán lluvia a los hombres. No podrán juzgar sus propios asuntos, ni protegerán contra la injusticia, pues nada pueden hacer, como cuervos que se interponen entre el cielo y tu tierra. Y cuando el fuego caiga sobre la casa de estos dioses de madera, recubierta de oro y plata, sus sacerdotes huirán y se salvarán; pero ellos se consumirán como vigas en medio de las llamas. No resistirán a un rey ni a un ejército enemigo. ¿Cómo podemos admitir o pensar que son dioses?

No escaparán a ladrones y salteadores, estos dioses de madera, cubiertos de plata y oro. Hombres más poderosos que ellos les quitarán la plata y el oro y se irán con las ricas vestiduras con que han sido cubiertos, y estos dioses no podrán valerse por sí mismos. Así que es mejor ser un rey que muestra su fuerza, o un recipiente útil en la casa que el amo usa, que ser estos falsos dioses; o una puerta en una casa que guarda lo que hay en ella, que ser estos falsos dioses; o un pilar de madera en la casa de un rey, que ser estos falsos dioses. El sol, la luz y las estrellas, que son brillantes y enviados en beneficio de los hombres, obedecen a Dios. Asimismo el relámpago, cuando aparece, es hermoso de contemplar; el viento también sopla sobre toda la tierra; y las nubes, cuando Dios les ordena que cubran toda la tierra, hacen lo que se les ordena. También el fuego, cuando es enviado desde lo alto para consumir las montañas y los bosques, hace lo que se le ordena. Pero los ídolos no son comparables, ni en belleza ni en poder, a todas estas cosas. Por eso no debemos pensar ni decir que son dioses, ya que no pueden discernir lo que es justo ni hacer el bien a los hombres. Sabiendo, pues, que no son dioses, no los temáis.

No pueden maldecir ni bendecir a los reyes. No muestran a las naciones señales en el cielo; no brillan como el sol ni dan luz como la luna. Las bestias son mejores que ellos, porque pueden huir y encontrar refugio y ser útiles para sí mismos. Por eso, de ninguna manera nos parece evidente que sean dioses; así que no les temáis.

Igual que un espantapájaros en un campo de pepinos no te protege de nada, así sucede con sus dioses de madera, cubiertos de oro y plata. Igual que un arbusto espinoso en un jardín sobre el que se posan todos los pájaros, o un muerto arrojado a un lugar oscuro, así son sus dioses de madera, recubiertos de oro y plata. Incluso la púrpura y la escarlata que se destiñen sobre ellos muestran que no son dioses. Ellos mismos acabarán siendo devorados y se convertirán en una vergüenza en la tierra. Mejor es el justo que no tiene ídolos; no tendrá que temer la confusión.

ECR 213.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Escuchad. Llegará un día en que en Israel habrá delatores del tesoro y de la patria que, queriendo atraerse la amistad de los extranjeros, hablarán mal del verdadero Sumo Sacerdote, acusándole de alianza con los enemigos de Israel y de malas acciones hacia los hijos de Dios. Para conseguir esto, estarán dispuestos incluso a cometer delitos y a culpar de ellos al Inocente. Y llegará también el momento en que, en Israel — más aún que en los tiempos de Onías —, un hombre infame, tramando ser él el Pontífice, se presentará a los poderosos de Israel y los corromperá con un oro, más infame aún, de falaces palabras; desfigurará la verdad de los hechos, no hablará contra las inmoralidades, antes al contrario, persiguiendo sus indignos proyectos, se dedicará a corromper la moralidad para poder apoderarse más fácilmente de los corazones privos de la amistad con Dios: todo para conseguir lo que pretende. Lo logrará, sin duda. Tened en cuenta que, si bien los gimnasios del impío Jasón no están en el Monte Moria, sí que están en los corazones de quienes habitan en el monte, y éstos, por obtener una franquicia, están dispuestos a vender algo que vale mucho más que un terreno, o sea, la misma conciencia; los frutos del antiguo error se ven ahora: quien tiene ojos para ver percibe lo que está sucediendo allí, donde debería haber caridad, pureza, justicia, bondad, religión santa y profunda... Pues si ya son frutos que hacen temblar, los frutos de sus semillas serán, además, objeto de maldición divina.

Y así llegamos a la verdadera profecía. En verdad os digo que el que, mediante un juego largo y astuto, se ha apoderado del puesto y ha usurpado la confianza pondrá, por dinero, en manos de los enemigos al Sumo Sacerdote, al verdadero Sacerdote, al cual, trampeado con protestas de afecto, señalado a sus verdugos con un acto de amor, le matarán sin respeto a la justicia.

¿Qué acusaciones dirigirán contra Cristo — pues estoy hablando de mí — para justificar el derecho a matarle? ¿Cuál es la suerte reservada a los que cumplan este acto? Un destino inmediato de horrenda justicia. Un destino no individual sino colectivo para los cómplices del traidor, menos inmediato pero más terrible que el del hombre cuyo remordimiento conducirá a coronar su corazón de demonio con un último delito contra sí mismo. En efecto, éste acabará en un momento, mientras que este último castigo será largo, tremendo. Leed esto en la frase: “y encendido de cólera ordenó que Andrónico fuera despojado de la púrpura y ejecutado en el mismo lugar en que había cometido el delito contra Onías”. Sí, en la casta sacerdotal el castigo alcanzará no sólo a los responsables directos sino también a sus hijos. El destino de la masa cómplice, leedlo en ésta: “La voz de esta sangre grita a mí desde la tierra. Así pues, maldito serás...”. Dios la dirá para todo un pueblo que no sabrá tutelar el don del Cielo. Porque, si bien es cierto que Yo he venido para redimir, ¡ay de aquellos de este pueblo — que como primicia de redención recibe mi Palabra — que en vez de redimidos resulten asesinos!

He terminado. Tenedlo presente. Cuando oigáis decir que soy un malhechor, replicad: “No. Ya lo dijo. Se cumple lo establecido. Es la Víctima sacrificada por los pecados del mundo”

Detalle

Jesús habla de la futura traición de Judas y, a continuación, expone el castigo que recibirán el apóstol e Israel por rechazar y traicionar a Cristo.

Anotación

Segundo libro de los Macabeos, 4

2 M 4 : Simón, este informador del tesoro y de su país, habló mal de Onías: era él, dijo, quien había azuzado a Heliodoro y quien era el autor de todos los males. Al benefactor de la ciudad, defensor de sus conciudadanos y fiel observador de las leyes, se atrevía a hacerlo pasar por adversario del Estado. Este odio llegó tan lejos que uno de los partidarios de Simón cometió un asesinato. Entonces Onías, considerando el peligro de estas divisiones y los arrebatos de Apolonio, gobernador militar de Coele-Siria y Fenicia, que alentaba la maldad de Simón, fue a ver al rey, no para acusar a sus conciudadanos, sino con vistas a los intereses generales y particulares de todo su pueblo. Porque veía que sin la intervención del rey sería imposible apaciguar la situación, y que Simón no renunciaría a sus empresas criminales.

Pero tras la muerte de Seleuco, le sucedió Antíoco, apodado Epífanes, y Jasón, hermano de Onías, se propuso usurpar el pontificado. En una reunión con el rey, le prometió trescientos sesenta talentos de plata y ochenta talentos tomados de otros ingresos. También prometió comprometerse por escrito con otros ciento cincuenta talentos si se le permitía establecer, bajo su propia autoridad y según sus propios deseos, un gimnasio con un efebo y registrar a los habitantes de Jerusalén como ciudadanos de Antioquía. El rey accedió a todo. En cuanto Jasón obtuvo el poder, se dedicó a introducir las costumbres griegas entre sus conciudadanos. Abolió las franquicias que los reyes, por humanidad, habían concedido a los judíos gracias a la empresa de Juan, padre de Eupolemo, que había sido enviado en embajada para concluir un tratado de alianza y amistad con los romanos, y, destruyendo las instituciones legítimas, estableció costumbres contrarias a la ley. Se complacía en fundar un gimnasio al pie mismo de la Acrópolis, y criaba a los niños más nobles poniéndolos bajo su sombrero. El helenismo creció entonces hasta tal punto, y había tal inclinación hacia las costumbres extranjeras, como resultado de la excesiva perversidad de Jasón, un hombre impío y de ninguna manera un sumo sacerdote, que los sacerdotes ya no mostraban ningún celo por el servicio del altar y, despreciando el templo y descuidando los sacrificios, se apresuraban a participar, en la palestra, en los ejercicios proscritos por la ley, tan pronto como se oía la llamada para lanzar el disco. Sin prestar atención a los honores de su país, tenían en gran estima las distinciones de los griegos. Como consecuencia, les sobrevinieron graves calamidades, y en el mismo pueblo cuyo modo de vida imitaban y al que querían parecerse en todo, encontraron enemigos y opresores. Porque no se violan impunemente las leyes divinas; pero esto es lo que demostrarán los acontecimientos posteriores.

Mientras se celebraban en Tiro los juegos quinquenales, a los que asistía el rey, el criminal Jasón envió espectadores desde Jerusalén, que eran ciudadanos de Antioquía, portando trescientas dracmas de plata para el sacrificio de Hércules; pero los que las llevaban pidieron que el dinero se empleara, no para sacrificios, que no convenía, sino para cubrir otros gastos. Así pues, los trescientos dracmas estaban destinados, en efecto, por quien los enviaba, al sacrificio en honor de Hércules; pero fueron utilizados, según el deseo de quienes los llevaban, para la construcción de trirremes.

Habiendo sido enviado Apolonio, hijo de Menesteo, a Egipto con motivo de la entronización del rey Ptolomeo Filometor, supo Antíoco que el rey le tenía mala disposición y, deseando ponerse a salvo de él, se dirigió a Jope y luego a Jerusalén. Recibido magníficamente por Jasón y por toda la ciudad, hizo su entrada a la luz de las antorchas y en medio de aclamaciones; después condujo a su ejército a Fenicia por el mismo camino.

Transcurridos tres años, Jasón envió a Menelao, el hermano de Simón antes mencionado, para que llevara el dinero al rey y pagara los derechos de registro de los asuntos importantes. Sin embargo, Menelao se recomendó a sí mismo al rey, lo honró con la apariencia de un hombre de alta posición e hizo que se le concediera el pontificado soberano, ofreciendo trescientos talentos de plata más de lo que había hecho Jasón. Recibidas las cartas de investidura del rey, regresó a Jerusalén sin nada digno del sacerdocio, salvo los instintos de un tirano cruel y la furia de una fiera salvaje. Así Jasón, que había engañado a su propio hermano, engañado a su vez por otro, tuvo que huir al país de los amonitas. En cuanto a Menelao, obtuvo el poder; pero, como no cumplía con la suma prometida al rey, a pesar de las quejas de Sóstrato, comandante de la Acrópolis, encargado de recaudar los impuestos, ambos fueron convocados ante el rey.

Menelao dejó a su hermano Lisímaco en su lugar como sumo sacerdote, y Sóstrato a Crato, gobernador de Chipre, en el suyo. Mientras tanto, los habitantes de Tarso y Mallas se sublevaron, porque estas dos ciudades habían sido regaladas a Antíococida, concubina del rey. El rey se apresuró a sofocar la sedición, dejando como lugarteniente a Andrónico, uno de los grandes dignatarios. Menelao, juzgando favorables las circunstancias, tomó algunos vasos de oro del templo y se los entregó a Andrónico, y consiguió vender otros a Tiro y a las ciudades vecinas.

Cuando Onías supo con certeza que Menelao había cometido este nuevo delito, se lo reprochó, tras retirarse a un lugar de refugio en Dafne, cerca de Antioquía. Menelao, por lo tanto, llevó aparte a Andrónico y le instó a dar muerte a Onías. Andrónico se acercó a Onías y, con engaños, le hizo un juramento sobre su mano derecha; luego, aunque desconfiado, le persuadió para que saliera de su refugio y le dio muerte de inmediato, sin ningún miramiento por la justicia. Así que no sólo los judíos, sino también muchas de las demás naciones se indignaron y entristecieron por el injusto asesinato de este hombre.

Cuando el rey regresó de Cilicia, los judíos de Antioquía, junto con los griegos que también eran enemigos de la violencia, acudieron a él para informarle del injusto asesinato de Onías. Antíoco se entristeció profundamente y, movido a compasión por Onías, derramó lágrimas al recordar la moderación y sabia conducta del difunto. Rojo de ira, inmediatamente hizo despojar a Andrónico de su púrpura, rasgó sus vestiduras y, habiéndole hecho conducir por toda la ciudad, degradó al canalla en el mismo lugar donde había llevado a cabo su impío ataque contra Onías, golpeándole así el Señor con un justo castigo.

Ahora bien, cuando Lisímaco, de acuerdo con Menelao, había cometido en la ciudad un gran número de robos sacrílegos, y se había corrido la voz de ellos, el pueblo se levantó contra Lisímaco, a pesar de que muchos vasos de oro ya habían sido esparcidos. Cuando Lisímaco vio que la multitud se había agitado y sus ánimos se habían inflamado, armó a unos tres mil hombres y comenzó a cometer actos de violencia bajo el mando de un tal Tirano, hombre de edad avanzada y no menos perverso. Pero cuando se enteraron del ataque de Lisímaco, algunos cogieron piedras, otros grandes palos, y algunos recogieron cenizas que había por los alrededores, y las arrojaron tumultuosamente contra los partidarios de Lisímaco. De este modo hirieron a muchos de sus hombres, mataron a varios de ellos, pusieron en fuga a todos los demás y masacraron al propio sacrílego cerca del tesoro del templo.

Se inició entonces una investigación contra Menelao basada en estos hechos. Cuando el rey llegó a Tiro, los tres hombres enviados por los ancianos le explicaron la justicia de su caso. Viéndose convencido, Menelao prometió a Ptolomeo, hijo de Dorymene, una gran suma de dinero para que el rey le favoreciera. Ptolomeo llevó entonces al rey bajo el peristilo, como para que se tranquilizara, y le hizo cambiar de opinión. El rey declaró a Menelao inocente de los cargos que se le imputaban, aunque era culpable de todos los delitos, y condenó a muerte a desgraciados que, de haber alegado su caso incluso ante los escitas, habrían sido declarados inocentes; y hombres que habían defendido la ciudad, el pueblo y los objetos sagrados, sufrieron este injusto castigo sin demora. Los propios tirios se indignaron y ofrecieron a las víctimas un magnífico funeral. En cuanto a Menelao, gracias a la codicia de los poderosos, mantuvo su dignidad, creciendo en malicia y azote cruel de sus conciudadanos.

Libro del Génesis 4, 10-11

Gn 4, 10-11 : Yahvé dijo: "¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama desde la tierra hasta mí. Ahora eres maldito por la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano."

ECR 217.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« Pero, mientras, Tú, que te dices santo, permites ciertas cosas... Tú, que te dices Maestro, no instruyes primero a tus apóstoles... ¡Míralos, ahí, detrás de ti!... ¡Ahí están, todavía con el instrumento de su pecado entre sus manos! ¿Ves? Han cogido espigas, y es sábado; han cogido espigas que no son suyas: han violado el sábado y han robado».

«Teníamos hambre. En el pueblo al que llegamos ayer por la tarde, hemos pedido alojamiento y comida. Hemos sido rechazados. La única que nos dio algo, parte de su pan y un puñado de aceitunas, fue una viejecita; que Dios se lo pague, multiplicado por cien, pues ha dado todo lo que tenía, pidiendo sólo una bendición. Luego caminamos durante una milla y nos detuvimos, como establece la ley, y bebimos agua de un regato. Después de la puesta de sol, fuimos a aquella casa... Nos rechazaron también. Como puedes ver, en nosotros ha habido voluntad de obedecer a la Ley» responde Pedro.

«Pero no lo habéis hecho. No es lícito, en sábado, hacer obra manual; nunca es lícito coger lo que es de otros. Estamos escandalizados yo y mis amigos».

«Pues Yo no lo estoy. ¿No habéis leído nunca cómo David, en Nob, cogió los panes de la Proposición para alimento suyo y de sus compañeros? Los panes sagrados eran de Dios, estaban en la casa de Dios, reservados, por dictamen eterno, a los sacerdotes. En efecto, está escrito: “Serán de Aarón y de sus hijos, que los comerán en lugar santo porque son cosa santísima”. Y, sin embargo, David los cogió para sí y sus compañeros, porque tenía hambre. Entonces, si el santo rey entró en la casa de Dios y comió los panes de la Proposición en sábado, y ello no le fue imputado como pecado, pues siguió siendo grato a Dios después de ello, ¿cómo dices tú que somos pecadores por coger del suelo de Dios las espigas que por su voluntad han crecido y madurado, las espigas que pertenecen incluso a las aves, las que tú niegas para alimento de los hombres, que son hijos del Padre?» pregunta Jesús.

«Esos panes los pidieron, no los cogieron sin pedirlos, lo cual cambia la situación; y, además, no es verdad que Dios no imputara a David este pecado, porque le castigó con mucha severidad».

«Pero no por eso, sino por la lujuria, por el empadronamiento, no por...» contesta Judas Tadeo.

«¡Basta! No es lícito y no es lícito. No tenéis derecho a hacerlo y no lo haréis.

217.4

Marchaos. No queremos teneros en nuestras tierras.

No os necesitamos. No sabemos qué hacer con vosotros».

«Nos iremos» dice Jesús, impidiendo a los suyos seguir replicando.

«Y para siempre, no lo olvides; que Jonatán de Uziel no vuelva a encontrarse contigo. ¡Fuera!».

«Sí. Me voy. No obstante, nos volveremos a ver. Será Jonatán el que me querrá ver para repetir la condena y para librar para siempre al mundo de mí. Pero entonces será el Cielo el que te dirá: “No te es lícito hacerlo”, y ese “no te es lícito” lo oirás en tu corazón, como pitido de cuerna, durante toda la vida, y después de la vida. De la misma forma que en sábado los sacerdotes del Templo violan el reposo sabático sin cometer por ello pecado, nosotros, siervos del Señor, podemos, dado que el hombre nos niega el amor, tomar del Padre santísimo el amor y el auxilio, sin cometer pecado por ello. Aquí hay Uno que es mucho mayor que el Templo y puede coger lo que quiera de la creación, porque Dios ha puesto todo como escabel de la Palabra. Así que Yo tomo y doy: tomo y doy las espigas del Padre, depositadas en la inmensa mesa que es la Tierra, así como tomo y doy la Palabra. Tomo y doy: a los buenos y a los malos; porque soy Misericordia. Pero vosotros no sabéis qué es la Misericordia. Si supierais qué quiere decir que soy Misericordia, comprenderíais que no quiero sino misericordia. Si supierais qué es la Misericordia, no condenaríais a los inocentes. Pero no lo sabéis. Ni siquiera sabéis que no os condeno. No sabéis que os perdonaré, o, más bien, que pediré al Padre que os perdone. Quiero misericordia, no castigo. No, no sabéis, no queréis saber; y éste es un pecado mayor que el que me imputáis a mí, mayor que el que decís que han cometido estos inocentes. Y sabed que el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado; sabed que el Hijo del hombre es también señor del sábado. Adiós...».

Se vuelve a los discípulos: «Venid. Vamos a buscar un lecho entre las arenas, que ya están cercanas. Las estrellas serán nuestras compañeras; nos procurará alivio el rocío. Dios, que mandó el maná para Israel, proveerá a nutrirnos también a nosotros, que somos pobres y le somos fieles».

Y Jesús deja plantado al grupo de rencorosos y se marcha con los suyos mientras declina la tarde con las primeras sombras violetas...

Por fin, encuentran una mata de higos picos, en cuya parte más alta, erizada de palas espinosas, están los frutos, que ya empiezan a madurar. Pero... todo es bueno para quien tiene hambre, y, pinchándose, cogen los más hechos y caminan hasta el punto en que los campos terminan en dunas arenosas. En la lejanía se oye el rumor del mar.

«Nos paramos aquí. La arena es blanda y está caliente. Mañana entraremos en Ascalón» dice Jesús... Y todos caen, derrengados, al pie de una alta duna.

Detalle

Los apóstoles tienen hambre y empiezan a arrancar espigas de trigo de los campos al no recibir comida de los habitantes (EMV 217.1). Jesús se encuentra entonces con un grupo de fariseos, entre los que se encuentra Jonatán ben Uziel, miembro del Sanedrín. Este se muestra hostil hacia él y le reprocha al Maestro el comportamiento de los discípulos. Simón Pedro y Judas intervendrán brevemente en 217.3.

Anotación

¿Nunca habéis leído cómo David, en Nob, tomó los panes consagrados para alimentarse, él y sus compañeros? Los panes consagrados pertenecían a Dios, en su casa, reservados por un orden eterno a los sacerdotes. Se dice: «Pertenecerán a Aarón y a sus hijos, quienes los comerán en un lugar sagrado, pues es cosa santísima». Véase 1 Samuel 21, 1-4 y Levítico 24, 9.

Dios castigó duramente a David por su lujuria y por su censo: en cuanto a su lujuria, véase 2 Samuel 12, 9-14 (véase también 94.7). En cuanto al censo, véase 2 Samuel 24, 1-17 y 1 Crónicas 21, 1-17.

Tanto a los buenos como a los malos, pues yo soy la Misericordia. Pero vosotros ignoráis lo que es la misericordia. Si supierais lo que significa, comprenderíais también que solo quiero eso. Véase Oseas 6,6, citado también en Mateo 9,13.

Finalmente encuentran un seto de higueras de India en cuyas copas, erizadas de espinas, comienzan a madurar los higos. Esta mención intriga: se supone que la higuera de India o higuera de Barbaria fue importada de México por Cristóbal Colón. ¿Se trata de un anacronismo flagrante o de un conocimiento poco común de María Valtorta? Véase el comentario.

________________________________________________________________________________________________

Libro del Levítico 24, 9

Lv 24, 9: Pertenecerán a Aarón y a sus hijos, quienes los comerán en lugar santo; pues para ellos es cosa santísima entre las ofrendas quemadas a Yahvé. Es una ley perpetua.

Primer Libro de Samuel, 21, 1-7

1 S 1-7: David se levantó y se marchó, y Jonatán regresó a la ciudad. David se dirigió a Nob, donde estaba el sumo sacerdote Aquimélec; y Aquimélec salió corriendo, asustado, al encuentro de David, y le dijo: « ¿Por qué estás solo y no hay nadie contigo?» David respondió al sacerdote Aquimélec: «El rey me ha dado una orden y me ha dicho: “Que nadie sepa nada del asunto por el que te envío, y te he dado una orden. He fijado un lugar de encuentro para mis hombres. Y ahora, ¿qué tienes a mano? Dame cinco panes, o lo que haya». » El sacerdote respondió a David y le dijo: «No tengo a mano pan común, pero hay pan consagrado; siempre y cuando tus hombres se hayan abstenido de las mujeres. » David respondió al sacerdote y le dijo: «Nos hemos abstenido de mujeres desde hace tres días, que partí, y los cuerpos de mis hombres son cosa santa; y aunque el viaje sea profano, ¿no queda santificado en cuanto al cuerpo? » Entonces el sacerdote le dio pan consagrado, pues no había allí otro pan que el pan de la ofrenda, que habían retirado de delante de Yahvé para sustituirlo por pan recién horneado en el momento en que lo retiraban.

Segundo libro de Samuel 12, 9-14

2 S 12, 9-14: ¿Por qué has despreciado la palabra de Yahvé, haciendo lo que es malo a sus ojos? Has matado a Urías el heteo a espada; has tomado a su mujer para hacerla tu esposa, y lo has matado a espada por mano de los hijos de Amón. Y ahora, la espada nunca se apartará de tu casa, porque me has despreciado y has tomado a la mujer de Urías el heteo para hacerla tu esposa. Así dice Yahvé: He aquí que voy a hacer que la desgracia caiga sobre ti desde tu propia casa, y tomaré tus mujeres ante tus ojos para dárselas a tu vecino, y él se acostará con tus mujeres a la vista de este sol. Porque tú has actuado en secreto; y yo haré esto ante todo Israel y a la luz del sol».

David dijo a Natán: «He pecado contra Yahvé». Y Natán dijo a David: «Yahvé ha perdonado tu pecado; no morirás. Pero, como con esta acción has hecho que los enemigos de Yahvé lo menosprecien, el hijo que te ha nacido morirá».

Segundo libro de Samuel 24, 1-17

2 S 24, 1-17: La ira de Yahvé se encendió de nuevo contra Israel, e incitó a David contra ellos, diciéndole: «Ve, haz un censo de Israel y de Judá». » El rey dijo a Joab, jefe del ejército, que estaba con él: «Recorre, pues, todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Bersabé; haz el censo del pueblo, para que yo sepa el número de los habitantes. » Joab respondió al rey: «¡Que Yahvé, tu Dios, multiplique al pueblo cien veces más de lo que es ahora, y que los ojos de mi señor el rey lo vean! Pero ¿por qué se complace mi señor el rey en hacer esto? » Pero la palabra del rey prevaleció sobre Joab y sobre los jefes del ejército; y Joab y los jefes del ejército se retiraron de ante el rey para hacer el censo del pueblo de Israel.

Tras cruzar el Jordán, acamparon en Aroer, a la derecha de la ciudad, que está en medio del valle de Gad, y luego en Jazer. Llegaron a Galaad y a la tierra de Tahtim-Hodsi; luego llegaron a Dan-Jaan y a los alrededores de Sidón. Llegaron a la fortaleza de Tiro y a todas las ciudades de los heveos y los cananeos, y terminaron en el Neguev de Judá, en Bersabé. Cuando hubieron recorrido así todo el país, regresaron a Jerusalén al cabo de nueve meses y veinte días. Joab entregó al rey la lista del censo del pueblo: en Israel había ochocientos mil hombres de guerra que empuñaban la espada, y en Judá, quinientos mil hombres. A David se le aceleró el corazón después de haber contado al pueblo, y David dijo a Yahvé: «¡He cometido un gran pecado con lo que he hecho! Ahora, oh Yahvé, te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, pues he actuado como un necio».

Al día siguiente, cuando David se levantó, la palabra de Yahvé se dirigió a Gad, el profeta, el vidente de David, en estos términos: «Ve y dile a David: Así dice Yahvé: Te presento tres cosas; elige una de ellas, y yo te la haré. » Gad se presentó ante David y le comunicó la palabra de Yahvé, y le dijo: «¿Vendrá una hambruna de siete años a tu país, o huirás durante tres meses de tus enemigos que te perseguirán, o habrá una peste de tres días en tu país? Ahora, piensa y decide qué debo responder a quien me envía». » David respondió a Gad: «Estoy en una angustia terrible. ¡Ay! Caigamos en manos de Yahvé, pues sus misericordias son grandes; ¡pero que no caiga en manos de los hombres! » Y Yahvé envió una plaga a Israel desde la mañana de aquel día hasta el tiempo fijado; y murieron, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendía la mano sobre Jerusalén para destruirla. Y Yahvé se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que estaba matando al pueblo: «¡Basta ya! Retira ahora tu mano. » El ángel de Yahvé se encontraba junto a la era de Areuna, el jebuseo. Al ver al ángel que azotaba al pueblo, David dijo a Yahvé: «He aquí, yo soy el que ha pecado, yo soy el culpable; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? ¡Que tu mano caiga, pues, sobre mí y sobre la casa de mi padre!»

Aquel día, Gad se presentó ante David y le dijo: «Sube y erige un altar a Yahvé en la era de Areuna, el jebuseo». David subió, según la palabra de Gad, tal y como Yahvé le había ordenado. Areuna, al mirar, vio al rey y a sus siervos que se dirigían hacia él; Areuna salió y se postró ante el rey, con el rostro en tierra, diciendo: «¿Por qué viene mi señor el rey a ver a su siervo?». Y David respondió: «Para comprarte esta era y construir un altar a Yahvé, a fin de que la plaga se aleje del pueblo». Areuna dijo a David: «¡Que mi señor el rey tome la era y ofrezca en sacrificio lo que le parezca bien! Aquí están los bueyes para el holocausto, los carros y los yugos de los bueyes para la leña. Todo esto, oh rey, Areuna se lo da al rey». Y Areuna volvió a decir al rey: «¡Que Yahvé, tu Dios, te sea favorable! » Pero el rey respondió a Areuna: «¡No! Quiero comprártelo por dinero, y no ofreceré a Yahvé, mi Dios, holocaustos que no me cuesten nada. » Y David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata. 25Y David construyó allí un altar a Yahvé y ofreció holocaustos y sacrificios de paz.

Así se apaciguó Yahvé con respecto al país, y la plaga se apartó de Israel.

Primer libro de las Crónicas 21, 1-17

1 Cr 21, 1-17: Satanás se levantó contra Israel e incitó a David a hacer un censo de Israel. Y David dijo a Joab y a los jefes del pueblo: «Id, contad a Israel desde Bersabé hasta Dan, y informadme, para que sepa su número». » Joab respondió: «¡Que Yahvé añada a su pueblo cien veces más de lo que hay! Oh rey, mi señor, ¿no son todos siervos de mi señor? ¿Por qué, pues, pide esto mi señor? ¿Por qué traer el pecado sobre Israel?» Pero la palabra del rey prevaleció sobre Joab. Joab partió y recorrió todo Israel, y regresó a Jerusalén. Y Joab entregó a David el registro del censo del pueblo: había en todo Israel mil cien mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá cuatrocientos setenta mil hombres aptos para el servicio militar. No hizo el censo de Leví ni de Benjamín entre ellos, pues la orden del rey le resultaba repugnante a Joab.

Dios miró con desagrado este asunto y castigó a Israel. Y David dijo a Dios: «He cometido un gran pecado al hacer esto. Ahora, te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, pues he actuado como un necio». » Yahvé habló a Gad, el vidente de David, diciendo: «Ve y dile a David lo siguiente: Así dice Yahvé: Te presento tres cosas; elige una, y yo te la haré». Gad se acercó a David y le dijo: «Así dice Yahvé: Elige entre tres años de hambruna, tres meses en los que serás derrotado ante tus adversarios y alcanzado por la espada de tus enemigos, o tres días en los que la espada de Yahvé y la peste estarán en el país, y el ángel de Yahvé causará destrucción en todo el territorio de Israel. Ahora, mira qué debo responder al que me envía». David dijo a Gad: «Estoy sumido en una angustia terrible. ¡Ay de mí si caigo en manos de Yahvé, pues sus misericordias son muy grandes, y no caiga en manos de los hombres!».

Y Yahvé envió una peste a Israel, y murieron setenta mil hombres en Israel. Y Dios envió un ángel a Jerusalén para destruirla; y mientras la destruía, Yahvé lo vio y se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que la destruía: «¡Basta ya! Retira ahora tu mano». » El ángel de Yahvé se encontraba junto a la era de Ornán, el jebuseo. David, al levantar los ojos, vio al ángel de Yahvé de pie entre la tierra y el cielo, con la espada desnuda en la mano, apuntando hacia Jerusalén. Entonces David y los ancianos, cubiertos de cilicio, se postraron con el rostro en tierra. Y David dijo a Dios: «¿No fui yo quien ordenó hacer el censo del pueblo? Yo soy quien ha pecado y quien ha hecho el mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho ellas? Yahvé, Dios mío, que tu mano caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre, pero no sobre tu pueblo para su ruina».

Libro de Oseas 6, 6

Os 6, 6: Volvió a quedarse embarazada y dio a luz una niña. Y el Señor dijo a Oseas: «Ponle por nombre Lo-Ruhama (es decir, “No amada”), porque ya no amo a la casa de Israel y ya no quiero perdonarla».

Evangelio de Mateo 9, 13

Mt 9, 13: «Id a aprender lo que significa: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Evangelio de Mateo 12, 1-8

Mt 12, 1-8: En aquel tiempo, un día de sábado, Jesús pasaba por los campos de trigo; sus discípulos tenían hambre y empezaron a arrancar espigas y a comerlas. Al ver esto, los fariseos le dijeron: «¡Mira, tus discípulos están haciendo lo que no está permitido hacer en sábado!». Pero él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando tuvo hambre, él y los que le acompañaban? Entró en la casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda; ahora bien, ni él ni los demás tenían derecho a comerlos, sino solo los sacerdotes. ¿O es que tampoco habéis leído en la Ley que, en sábado, los sacerdotes, en el Templo, violan el reposo sabático sin cometer falta alguna? Pues os digo: aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubierais comprendido lo que significa: «Misericordia quiero, y no sacrificio», no habríais condenado a quienes no han cometido falta alguna. En efecto, el Hijo del hombre es señor del sábado».

Evangelio según San Marcos 2, 23-28

Mc 2, 23-28: Un día de sábado, Jesús caminaba por los campos de trigo; y sus discípulos, mientras caminaban, comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le decían: «¡Mira lo que hacen en sábado! Eso no está permitido». Y Jesús les dijo: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando se encontraba en apuros y tenía hambre, tanto él como los que le acompañaban? En tiempos del sumo sacerdote Abiatar, entró en la casa de Dios y comió los panes de la ofrenda, que nadie tiene derecho a comer, salvo los sacerdotes, y también dio a los que le acompañaban. » Y les decía además: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por eso el Hijo del hombre es señor incluso del sábado».

Evangelio de Lucas 6, 1-5

Lc 6, 1-5: Un día de sábado, Jesús atravesaba los campos; sus discípulos arrancaban espigas y las comían, después de haberlas frotado entre las manos. Entonces algunos fariseos les dijeron: «¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado?». Jesús les respondió: «¿No habéis leído lo que hizo David un día que tenía hambre, él y los que le acompañaban? Entró en la casa de Dios, tomó los panes de la ofrenda, comió y dio a los que le acompañaban, cuando solo los sacerdotes tienen derecho a comerlos». Y les decía además: «El Hijo del hombre es señor del sábado».

ECR 509.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Traducción en curso

Palabras clave

ECR 553.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Traducción en curso

Palabras clave

ECR 589.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Traducción en curso

Palabras clave