Luego, volviéndose a Pedro, dice: «Remonta el río hasta donde te sea posible y amarra al otro lado».
Y mientras las dos barcas recorren un corto trecho por el río para luego deternerse junto a la orilla, Jesús se sienta y le pregunta al nuevo discípulo: «¿Quién queda ahora en tu casa?».
«Mi madre con mi hermano mayor, que está casado desde hace cinco años. Mis hermanas están en distintos puntos de esta región. Mi padre era muy bueno. Mi madre le llora desconsoladamente». El joven calla bruscamente al sentir que un sollozo le sube del corazón.
Jesús le agarra de una mano y dice: «Yo también he experimentado este dolor y he visto llorar a mi Madre. Por tanto, te comprendo...».
El fondo restriega contra el guijarral. Ello hace que la conversación se interrumpa, para permitir bajar de la barca. Ya no se ven las bajas colinas de Betsaida que casi se introducen en el lago; aquí hay una llanura rica en gramíneas que se extiende desde esta orilla, opuesta a Betsaida, hacia el Norte.
«¿Vamos a Merón?» pregunta Pedro.
«No. Cogemos este sendero que va por entre las tierras».
Los campos, hermosos y bien cuidados, muestran las espigas aún tiernas pero ya formadas. Todas a la misma altura y cimbreándose levemente por el viento fresco que viene del Norte, parecen otro lago, pequeño, en que las velas son los árboles que esporádicamente se yerguen, llenos de trinos de pájaros.
«Estos campos no son como los de la parábola» observa el primo Santiago.
«¡No, sin duda! No han sido devastados por los pájaros, ni hay espinos ni piedras. ¡Hermoso trigo! Dentro de un mes ya estará dorado... y dentro de dos estará maduro para la hoz y el granero» dice Judas Iscariote.
«Maestro... Te recuerdo lo que has dicho en mi casa. Has hablado muy bien, pero yo empiezo ya a tener en la cabeza nubes desmadejadas como ésas del cielo...» dice Pedro.
«Esta noche te lo explicaré.
179.8
Ahora tenemos ante nuestros ojos a Corazín». Y Jesús mira fijamente al neodiscípulo diciendo: «A quien tiene se le da. El hecho de recibir no quita el mérito a la ofrenda. Llévame a vuestro sepulcro y a casa de tu madre».
El joven se arrodilla y besa entre lágrimas la mano de Jesús.
«Levántate. Vamos. Mi espíritu ha oído tu llanto. Quiero fortalecerte en el heroísmo con mi amor».
«Isaac el Adulto me había hablado de tu gran bondad. ¿Sabes qué Isaac, no? Aquel al que le curaste la hija. Ha sido el apóstol para mí. Pero veo que tu bondad es aún mayor de cuanto me habían referido».
«Iremos a saludar también al Adulto para darle las gracias por haberme dado un discípulo».
Llegan a Corazín. La primera casa es precisamente la de Isaac. El anciano, que está volviendo a casa, cuando ve al grupo de Jesús con los suyos, y entre ellos al joven de Corazín, levanta los brazos con su bastoncito en la mano. Se queda sin respiración, a boca abierta. Jesús sonríe y su sonrisa devuelve la voz al anciano.
«¡Dios te bendiga, Maestro! ¿A qué se debe este honor?».
«Para decirte “gracias”».
«¿Por qué motivo, Dios mío? Soy yo quien debe decirte esta palabra. Pasa, pasa. ¡Qué pena que mi hija esté lejos asistiendo a su suegra! Porque se ha casado, ¿sabes? Toda suerte de bendiciones tras el encuentro mío contigo. Ella, curada; inmediatamente después, ese rico pariente, que regresaba de lejos, viudo, con unos pequeñuelos necesitados de una madre... ¡Bueno, pero si ya te he contado estas cosas! ¡Mi cabeza es anciana también! Perdona».
«Tu cabeza es sabia, se olvida además de gloriarse del bien que hace por su Maestro. Olvidarse del bien realizado es sabiduría; demuestra humildad y confianza en Dios».
«Bueno... yo... no sabría...».
«¿Acaso no tengo este discípulo por ti?».
«Bueno, no he hecho nada; sólo, decir la verdad... Me alegro de que Elías esté contigo». Y se vuelve hacia Elías y dice: «Tu madre, pasado el primer momento de estupor, vio enjugado su llanto al saber que eras del Maestro. Tu padre tuvo un digno duelo. Se le ha enterrado hace poco».
«¿Y mi hermano?».
«Guarda silencio... Ya sabes... Le ha sido un poco duro el no verte... Por el pueblo... Piensa todavía así...».
El joven se vuelve hacia Jesús: «Es lo que dijiste. Pero no quiero que esté muerto... Haz que venga a la vida como yo, y a tu servicio».
Los otros no entienden y miran con ademán de pregunta a Jesús, quien sólo responde: «No pierdas la esperanza y persevera». Luego bendice a Isaac y se marcha, a pesar de todas las presiones en contra.
179.9
Se detienen primero a orar junto a la tumba cerrada. Luego, atravesando un majuelo aún semideshojado, se dirigen a la casa de Elías.
El encuentro entre los dos hermanos es más bien circunspecto: el mayor se siente ofendido y lo quiere poner de manifiesto; el menor se siente humanamente culpable y no reacciona. Pero cuando aparece la madre — la cual, sin mediar palabra, se postra y besa el extremo del vestido de Jesús — el ambiente y los ánimos se calman; tanto, que quieren hacer los honores al Maestro.
Pero Jesús no acepta nada, limitándose a decir: «Sean justos vuestros corazones recíprocamente, como justo era el hombre al que lloráis. No deis impronta humana a lo sobrehumano: la muerte y la elección para una misión. El alma del justo no ha sufrido turbación al ver la ausencia del hijo en el entierro de su cadáver; es más, la seguridad sobre el futuro de su Elías le ha dado paz. No turbe el pensamiento del mundo la gracia de la elección. Si el mundo se ha podido quedar sorprendido al no ver a éste junto al féretro paterno, los ángeles han exultado al verle al lado del Mesías. Sed justos. Y a ti, madre, que esto te consuele; has educado sabiamente y tu hijo ha sido llamado por la Sabiduría. Os bendigo a todos. La paz os acompañe ahora y siempre».
Vuelven al camino que los ha de llevar al río y después a Betsaida. El hombre, Elías, no ha perdido ni un instante en el umbral de la casa paterna; tras el beso de despedida a su madre ha seguido al Maestro con la sencillez con que un niño sigue a su verdadero padre.