« (...) Ven, tú que estás como avergonzado en la sombra. No temas».
«¡Señor mío!». El ex leproso está a los pies de Jesús.
«Levántate. ¿Tu nombre?».
«Simón».
«¿Tu familia?».
«Señor... era poderosa... yo también tenía poder... Pero odios de sectas y... y errores de juventud lesionaron su poder. Mi padre... ¡Oh, debo hablar contra él, que me ha costado lágrimas, no precisamente celestes! ¡Ya lo ves, ya has visto qué regalo me ha dado!».
«¿Era leproso?».
«No lo era, como tampoco yo. Tenía una enfermedad que se llama de otra forma, y que nosotros los de Israel la incluimos en las distintas lepras. Él — entonces dominaba todavía su casta — vivió y murió como poderoso en su casa. Yo... si no me hubieras salvado, habría muerto en los sepulcros».
«¿Estás solo?».
«Solo. Tengo un siervo fiel que cuida de lo que me queda. Le he instruido al respecto».
«¿Tu madre?».
«Murió». El hombre parece sentirse violento.
Jesús le observa atentamente. «Simón, me dijiste: “¿Qué debo hacer por ti?”. Ahora te digo: “¡Sígueme!”».
«¡En seguida, Señor!... Pero... pero yo... déjame que te diga una cosa. Soy, me llamaban “zelote” por la casta, y “cananeo” por madre. Ya ves que soy oscuro, en mí tengo sangre de esclava. Mi padre no tenía hijos de su mujer y me tuvo de una esclava. Su mujer, una buena mujer, me crió como a un hijo y me cuidó en infinitas enfermedades, hasta que murió...».
«No hay esclavos o libertos a los ojos de Dios. A sus ojos, una sola es la esclavitud: el pecado. Y Yo he venido a hacerla desaparecer. Os llamo a todos, porque el Reino es de todos. ¿Eres culto?».
«Soy culto. Tenía incluso un lugar entre los grandes, mientras el mal permaneció velado bajo el vestido. Pero cuando subió al rostro... no daban crédito a sus ojos mis enemigos al ver que podían usarlo para confinarme entre los “muertos”, aunque — como dijo un médico romano de Cesarea que consulté — la mía no fuera lepra verdadera, sino serpigo hereditario, por lo que era suficiente que no procreara para no propagarlo. ¿Puedo no maldecir a mi padre?».
«Debes no maldecirle. Te ha hecho todo tipo de mal...».
«¡Sí! Dilapidador, vicioso, cruel, sin corazón ni afecto. Me ha negado la salud, las caricias, la paz, me ha sellado con un nombre despreciable y con una enfermedad oprobiosa... De todo se ha adueñado. Incluso del futuro del hijo. Me ha arrebatado todo: incluso la alegría de ser padre».
«Por eso te digo: “¡Sígueme!”. A mi lado, siguiéndome, encontrarás Padre e hijos. Levanta la mirada, Simón. Allí el verdadero Padre te sonríe. Observa los espacios de la tierra, los continentes, las regiones. Hay hijos e hijos; hijos del alma para los que no tienen hijos. Te esperan a ti, y muchos como tú esperan. Bajo mi signo ya nadie será abandonado. En mi signo ya no hay soledades ni diferencias. Es signo de amor y da amor.