Ir al contenido

Notas de la palabra clave

Yabeç (Jabé) - Marziam (Margziam)

Tema: Sesenta y seis discípulos · Página 5 de 6

Comodidad de lectura

Aa

ECR 207.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Venid. Vamos a la gruta. Es inútil entrar en la ciudad. Los mejo res amigos de mi Niño ya no están. Queda la naturaleza amiga, con sus piedras, su riachuelo, su leña para encender fuego; la naturaleza que sintió la llegada de su Señor... Sí, venid sin vacilación. Se tuerce por aquí... Allí están las ruinas de la Torre de David: ¡la aprecio más que a un palacio! ¡Benditas ruinas! ¡Bendito riachuelo! ¡Bendito árbol que, como por milagro, te despojaste, con el viento, de muchas de tus ramas para que encontrásemos leña y pudiéramos encender fuego!».

María baja ligera hacia la gruta, atraviesa el pequeño riachuelo por una tabla que hace de puente, corre hacia el espacio abierto que hay delante de las ruinas y cae de rodillas a la entrada de la gruta, y se curva para besar su suelo. La siguen todos los demás. Están emocionados... El niño, que no la deja ni un instante, parece estar escuchando una historia maravillosa; sus ojitos negros beben las palabras y los gestos de María sin perderse ni uno solo.

María se pone en pie y entra diciendo:

«¡Todo, todo como entonces!... Pero en aquella ocasión era de noche... José me hizo luz para que entrase. Entonces, sólo entonces, desmontando del borriquillo, sentí lo cansada y helada que estaba... Un buey nos saludó. Me acerqué a él para sentir un poco de calor, para apoyarme sobre el heno... José, aquí, donde estoy yo, extendió heno para hacerme un lecho. Lo había secado a la llama que estaba encendida en aquel rincón; para mí y para ti, Hijo... porque era bueno como un padre, con su amor de esposo-ángel... Y los dos de la mano, como dos hermanos perdidos en la oscuridad de la noche, comimos nuestro pan y nuestro queso; luego él fue allí, a alimentar el fuego, y se quitó el manto para tapar la abertura... En realidad, había corrido el velo ante la gloria de Dios que descendía del Cielo, Tú, mi Jesús... Y yo permanecí allí, encima del heno, al calorcito de los dos animales, arropada en mi manto y con la manta de lana... ¡Mi amado esposo!... En la conmoción de aquella hora, en que me encontraba sola ante el misterio de la primera maternidad, siempre henchida de lo desconocido para una mujer, y para mí — en mi maternidad única — henchida además del misterio del qué sería ver al Hijo de Dios surgir de carne mortal, José fue para mí como una madre, como un ángel... mi consuelo... entonces y siempre...

207.6

Luego, silencio y sueño descendieron y circundaron al Justo... para que no viera lo que para mí era el beso de Dios de cada día... Y, tras el intermedio de las humanas necesidades, he aquí que me llegan las desmesuradas olas del éxtasis, que vienen del mar paradisíaco, y que me elevan de nuevo a lo alto de las crestas luminosas, cada vez más altas, y me llevan arriba, arriba, con ellas, a un océano de luz, de luz, de alegría, paz, amor, hasta verme perdida en el mar de Dios, del seno de Dios... Oigo todavía una voz de la tierra: “¿Duermes, María?”. ¡Qué lejana!... ¡Es un eco, un recuerdo de la tierra!... Tan débil que el alma no reacciona. No sé lo que respondo. Mientras, sigo subiendo, subiendo, en esta inmensidad de fuego, de beatitud infinita, de precognición de Dios... hasta Él, hasta Él. ¡Oh!, pero, ¿te alumbré yo a ti, o fui yo alumbrada por los trinitarios Fulgores aquella noche?, ¿te alumbré yo a ti, o Tú me aspiraste para alumbrarme? No lo sé... Luego el regreso, de coro en coro, de astro en astro, de estrato en estrato, dulce, lento, beato, sereno, como el de una flor que el águila ha llevado a las alturas para dejarla caer después, y desciende lentamente, en las alas del aire, embellecida por una gema de lluvia, por un pedacito de arco iris arrebatado al cielo, para encontrarse al final en la tierra que la viera nacer... Mi diadema: ¡Tú! Tú sobre mi corazón...

Aquí, sentada, después de haberte adorado, te amé. Por fin pude amarte sin la barrera de la carne; de aquí me desplacé para llevarte al amor de aquel que como yo era digno de estar entre los primeros que te amasen. Aquí, entre estas dos toscas columnas, te ofrecí al Padre. Aquí descansaste por primera vez sobre el pecho de José... Aquí te envolví en pañales y, los dos, te colocamos aquí... Yo te acunaba mientras José secaba el heno al fuego y se lo metía en su pecho para mantenerlo caliente. Luego, allí… adorándote los dos, así, así, inclinados hacia ti, como yo ahora; bebiendo tu respiración, contemplando hasta qué anonadamiento puede conducir el amor; llorando las lágrimas que, ciertamente, se lloran en el Cielo por el gozo inagotable de ver a Dios».

207.7

María, que ha estado yendo a un lado o a otro mientras evocaba los hechos, señalando los lugares, jadeante de amor, con un destello de llanto en sus ojos azules y una sonrisa en los labios, se inclina realmente hacia Jesús — que está sentado en una piedra grande mientras Ella cuenta — y le besa en el pelo, llorando, adorándole como entonces.

«Y luego los pastores... dentro, aquí, adorando con su buen corazón, con el intenso hálito de la tierra que con ellos entraba en su olor humano, de rebaños, de heno; y, afuera, y por todas partes, los ángeles, adorándote con su amor, con sus cantos (que ninguna criatura humana puede reproducir) y con el amor del Cielo, con la brisa del Cielo que con ellos entraba, que ellos portaban, entre sus fulgores... ¡Tu nacimiento, bendito mío!».

María se ha arrodillado al lado de su Hijo y llora de emoción con la cabeza reclinada en las rodillas de Jesús. Ninguno de los presentes se atreve a decir nada durante un rato; emocionados en mayor o menor grado, miran en torno a sí, como esperando ver pintada, entre las telas de araña y las ásperas piedras, la escena descrita...

María sale de este momento particular y torna a hablar: «Bien, he descrito el nacimiento, infinitamente sencillo, infinitamente grande, de mi Hijo. Lo he hecho con mi corazón de mujer, no con la sabiduría de un maestro. No hay más; en efecto, fue la cosa más grande de la tierra, si bien velada bajo las apariencias más comunes».

Detalle

La Virgen María cuenta la Natividad de su Hijo a los apóstoles, a Marziam y a algunas discípulas.

ECR 208.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Es casi seguro que los encontraremos, si durante un trecho volvemos al camino de Hebrón. Por favor, id de dos en dos a buscarlos, por las veredas de las montañas; de aquí a las piscinas de Salomón y de allí a Betsur. Nosotros os seguiremos. Ésta es su zona de pastos» dice el Señor a los doce. Comprendo que está hablando de los pastores.

Los apóstoles se apresuran a ir cada uno con el compañero preferido; sólo la pareja casi inseparable de Juan y Andrés no se une, porque los dos van a Judas Iscariote y le dicen: «Voy contigo», y Judas responde: «Sí, ven, Andrés. Es mejor así, Juan. Tú y yo seríamos dos que ya conocemos a los pastores; es mejor que vayas con algún otro».

«Entonces conmigo el muchacho» dice Pedro, dejando a Santiago de Zebedeo, que, sin protestar, va con Tomás, mientras Simón Zelote va con Judas Tadeo, Santiago de Alfeo con Mateo, y los dos inseparables Felipe y Bartolomé por su cuenta. El niño se queda con Jesús y las dos Marías.

El camino es fresco y bonito, entre montes llenos de verdor por las distintas parcelas pobladas de bosque o destinadas a prado. Se ven pasar rebaños que van bajo la luz dorada de la aurora hacia los pastos.

A cada sonido de esquila Jesús guarda silencio y mira, luego pregunta a los pastores si Elías, el pastor betlemita, está por esos lugares. Me doy cuenta de que a Elías se le conoce ya como “el betlemita” (aunque otros pastores lo sean también, él es, seria o burlonamente, “el betlemita”). Hacen detenerse al rebaño, dejan de tocar sus toscas flautas, y responden... Ninguno lo sabe.

Los jóvenes tienen, casi todos, estas flautas primordiales de cañas, cosa que hace extasiarse a Margziam, hasta que un pastor anciano y bueno le da el de su nieto diciendo: «Él se hará otra flauta». Y Margziam se va contento con su instrumento, en bandolera, a pesar de que todavía no lo sepa usar.

208.2

«¡Me agradaría mucho encontrarlos!» exclama María.

«Los encontraremos. Seguro. Durante esta estación van siempre en dirección a Hebrón».

El niño se interesa por estos pastores que vieron al niño Jesús y hace mil preguntas a María, la cual, con bondad y paciencia, le explica todo.

«Pero, ¿por qué los castigaron? ¡No habían hecho sino el bien!» pregunta el niño tras oír la narración de sus desventuras.

«Porque muchas veces el hombre comete errores y acusa al inocente de un mal que en realidad ha hecho otro. Pero, por haber sido buenos y haber sabido perdonar, Jesús los quiere mucho. Hay que saber perdonar siempre».

«Pero, ¿y todos esos niños asesinados?, ¿cómo han logrado perdonar a Herodes?».

«Son pequeñuelos mártires, Margziam, y los mártires son santos, y no sólo perdonan a su verdugo sino que le aman porque les abre la puerta del Cielo».

«Pero, ¿están en el Cielo?».

«No, todavía no. Están en el Limbo para alegría de los patriarcas y los justos».

«¿Por qué?».

«Porque, cuando han llegado, con su alma roja de sangre, han dicho: “Somos los heraldos del Cristo Salvador. Alegraos, vosotros que esperáis, porque ya está en la tierra”. Y todos los aman por haberles llevado esta buena nueva».

«Me ha dicho mi padre que la buena nueva es también la Palabra de Jesús. Entonces, cuando mi padre vaya al Limbo, después de haberla transmitido en la tierra, y cuando vaya yo también, ¿nos amarán como a ellos?».

«Pequeñuelo, tú no irás al Limbo».

«¿Por qué?».

«Porque para entonces Jesús ya habrá vuelto al Cielo y le habrá abierto, así que todos los buenos, cuando mueran, irán inmediatamente al Cielo».

«Yo seré bueno. Lo prometo. ¿Y Simón de Jonás? ¡También él, eh! Que no quiero ser huérfano por segunda vez».

«Estáte seguro de que también él irá al Cielo. De todas formas, en el Cielo no hay huérfanos. Allí tenemos a Dios, y Dios es todo. Aquí tampoco somos huérfanos, porque el Padre está siempre con nosotros».

«Pero Jesús, en esa bonita oración que tú durante el día y mi madre durante la noche me habéis enseñado, dice: “Padre nuestro que estás en los Cielos”. Nosotros no estamos en el Cielo todavía. ¿Cómo podemos estar con Él?».

«Porque Dios está en todas partes, hijo mío. Dios vela por el niño que nace y por el anciano que muere. Sobre cualquier niño que esté naciendo en este momento en el lugar más remoto de la tierra están la mirada y el amor de Dios, y estarán hasta su muerte».

«¿Aun en el caso de que sean malos, como Doras?».

«Sí».

«¿Pero puede Dios, que es bueno, amar a Doras, que es muy malo y hace llorar a mi anciano padre?».

«Le mira con dolor e indignación. Pero, si se arrepintiera, le diría lo mismo que el padre de la parábola al hijo arrepentido.

208.3

Deberías rezar para que se arrepintiera y...».

«¡No, Madre! ¡¡¡Voy a rezar para que se muera!!!» dice con furia el niño. A pesar de que esta reacción sea poco... angélica, su ímpetu es tal, y tan sincero, que los presentes no pueden hacer menos que echarse a reír.

María, recobrando su dulce seriedad de maestra, dice: «No, bonito; no debes hacer eso con un pecador. Si lo hicieras, Dios no te escucharía y te miraría a ti también con severidad. Incluso al perverso debemos desearle el mayor bien. La vida es un bien porque da al hombre la oportunidad de adquirir méritos ante los ojos de Dios».

«Pero el malo lo que gana son pecados».

«Se reza para que se vuelva bueno».

El niño medita un poco... pero no se le ve muy dispuesto a digerir esta lección sublime y concluye: «Doras no se volverá bueno aunque yo rece. Es demasiado malo. No se volvería bueno ni aunque conmigo rezasen todos los niños mártires de Belén. Pero, ¿sabes que... sabes que... un día pegó con una barra de hierro a mi anciano padre porque le encontró sentado durante el tiempo de trabajo? No podía ponerse en pie porque se sentía mal, y él... le pegó y le dejó como muerto, y luego le dio una patada en la cara... Yo lo estaba viendo, porque estaba escondido detrás de un seto... Me había acercado porque hacía dos días que ninguno me llevaba pan y tenía hambre... Tuve que alejarme para que no me oyeran, porque lloraba al ver a mi padre con la barba manchada de sangre, tendido en el suelo, como muerto... Me alejé llorando; mendigué un pan... pero ese pan le conservo todavía aquí... y sabe a sangre y a lágrimas de mi padre y mías, y de todos los que padecen tortura y no pueden amar a sus verdugos. Yo quisiera apalear a Doras para que sintiera lo que son los palos, y quisiera dejarle sin pan para que supiera lo que es el hambre, y hacerle trabajar al sol, metido en el barro, bajo la amenaza del vigilante, sin comer, para que supiera lo que está dando él a los pobres... No puedo amarle, porque... porque me está matando a mi anciano padre, y porque... yo, si no os hubiera encontrado a vosotros, ¿de quién hubiera sido después?».

El niño, presa de una convulsión de dolor, grita y llora, temblando, todo alterado, dando golpes al aire — pues no puede dárselos al verdugo — con sus pequeños puños. Las mujeres están perplejas y conmovidas y tratan de calmarle; pero el niño está verdaderamente envuelto en una crisis de dolor y no oye. Grita: «No puedo, no puedo quererle ni perdonarle. ¡Le odio, le odio por todos, le odio, le odio!...».

Da pena y miedo.

208.4

Es la reacción de un niño que ha sufrido demasiado.

Y Jesús lo dice: «El mayor delito de Doras es éste, inducir a un inocente a odiar...». Y toma en brazos al niño y le habla: «Escúchame, Marziam. ¿Quieres reunirte un día con mamá y papá, con tus hermanitos y con el anciano padre?».

«¡Siií!...».

«Pues entonces no debes odiar a nadie. En el Cielo no entra quien odia. ¿No puedes orar, por ahora, por Doras? Bueno, pues no ores, pero no odies. ¿Sabes lo que tienes que hacer? No debes nunca volverte hacia atrás a pensar en el pasado...».

«Pero el sufrimiento de mi padre no es el pasado...».

«Eso es verdad. Pero, mira, Marziam, ora sólo así: “Padre nuestro que estás en los Cielos, en tus manos encomiendo el deseo de mi corazón...”. Verás cómo el Padre te escucha en el mejor de los modos. ¿Qué conseguirías matando a Doras? Perderías el amor de Dios, el Cielo, la unión con tu padre y tu madre, y no librarías de los sufrimientos al anciano que amas. Eres demasiado pequeño para poderlo hacer. Pero Dios sí puede hacerlo. Díselo a Él. Dile: “¡Sabes cuánto quiero a mi anciano padre y a todos los que son infelices! Tú lo puedes todo, lo dejo en tus manos”. ¿No quieres predicar la Buena Nueva, que habla de amor y perdón? ¿Cómo vas a decirle a uno: “No odies. Perdona”, si tú no sabes amar y perdonar? Déjalo, déjalo en manos de Dios, y verás lo bien que Él dispone todo. ¿Lo vas a hacer así?».

«Sí, porque te quiero».

Jesús besa al niño y le baja al suelo. Así se concluye este episodio, y también el camino.

Anotación

Es mejor así, Jean. Tú y yo seríamos dos personas que ya conocen a los pastores. Cf. EMV 75.2 y EMV 75.6.

Cuando suena el clarín, Jesús deja de hablar. Clarín: Campana que se coloca alrededor del cuello del ganado.

En esta hermosa oración que me enseñasteis tú y mi madre, ella de noche y tú de día: cf. EMV 206,14.

Si se arrepentía, le decía lo que el padre de la parábola dijo a su hijo arrepentido. En la parábola del hijo pródigo(EMV 205,5).

ECR 208.6 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Y reanudan el camino hacia la hora nona, cuando ya las sombras de cada árbol de esta zona — toda ella muy bien cultivada — se alargan. Da la impresión de estar en un inmenso jardín botánico, porque todas las especies de árboles, maderables, frutales, ornamentales, están en él representadas. Abundan los labriegos, pero no se interesan de esta comitiva, que, por otra parte, no es la única; otros grupos de hebreos recorren el trayecto de retorno de las fiestas pascuales.

El camino, quebrado entre los montes, es, a pesar de ello, bastante bueno, y las vistas, continuamente variadas, le quitan monotonía. Regatos y torrentes dibujan comas de plata líquida, y escriben palabras, para después cantarlas con sus mil meandros intersecados, que se expanden entre los árboles del bosque, o desaparecen en el interior de cavernas para después volver a la luz más bellos: parece como si jugaran con los árboles y las piedras, como niños amenos.

También Marziam ahora, completamente tranquilizado, juega, y trata de tocar su instrumento para imitar a los pajarillos. Pero, la verdad es que no emite canto de pájaros, sino lamentos muy desentonados, y me parece que los más difíciles de la comitiva — Bartolomé por su edad, Judas de Keriot por muchos motivos — no los reciben con ningún agrado. Pero no dicen nada claramente, y el niño sigue chiflando y saltando de un lado para otro. Sólo en dos ocasiones se interrumpe para señalar hacia un pueblecito anidado en medio del bosque, y dice: «¿Es el mio?», y se pone palidísimo. Pero Simón, que va bien cerca de él, responde: «El tuyo está muy lejos de aquí. Ven, ven; vamos a ver si cogemos esa bonita flor y se la llevamos a María» y así le distrae.

ECR 208.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Empieza el ocaso. Betsur se muestra en lo alto de su colina y, casi inmediatamente, por el camino de segundo orden que los peregrinos han tomado para ir a la ciudad, aparecen los rebaños, y los pastores, que vienen rápidos a su encuentro.

Cuando Elías ve que en el grupo está también María, alza los brazos con gesto de asombro, y se queda así, sin atreverse a creer en lo que ve.

«La paz sea contigo, Elías. Sí, soy yo. Era una promesa y en Jerusalén no ha sido posible vernos... Pero... no te preocupes, el caso es que ahora nos vemos» dice dulcemente María.

«¡Oh! ¡Madre! ¡Madre!...». Elías no sabe qué decir. Al final encuentra las palabras: «Ahora celebro mi Pascua. Es igual... incluso mejor».

«¡Claro que sí, Elías!» confirman sus compañeros.

«Hemos hecho una buena venta y podemos matar un corderito. Venid a nuestra pobre mesa...» dice con tono de súplica Leví, y también José.

«Hoy estamos cansados. Mañana. Escuchad: ¿conocéis a una cierta Elisa, casada con Abraham de Samuel?».

«Sí. Está en su casa de Betsur. Pero Abraham ha muerto, y, el año pasado murieron también sus hijos: el primero por una enfermedad que duró pocas horas — nunca se ha sabido de qué murió —; el otro fue lentamente, pero nada logró detener el mal. Nosotros le dábamos leche de cabra recién formada porque los médicos decían que le iba bien al enfermo. Bebía mucha leche, recogida de todos los pastores, pues la pobre madre había pedido que localizaran a quienes tuvieran en el rebaño una cabra lechal. Pero no sirvió de nada. Cuando volvimos al llano, el joven ya no tomaba alimento, y, cuando volvimos en Adar, había muerto desde hacía dos lunas».

«¡Pobre amiga mía! En el Templo me tenía amor... incluso éramos un poco parientes en nuestros antecesores... Era buena... Salió dos años antes que yo del Templo para casarse con Abraham, a quien estaba prometida desde su infancia; me acuerdo de ella, cuando vino para ofrecer a su primogénito al Señor. Me avisó; no sólo a mí... pero luego quiso estar un tiempo conmigo a solas... Ahora está sola... ¡Debo apresurarme, para consolarla! Vosotros quedaos aquí. Voy con Elías. Entraré sola. El dolor exige un ambiente respetuoso...».

«¿Yo tampoco, Madre?».

«Tú siempre. Pero los demás... Ni siquiera tú, pequeñuelo, porque sería un dolor para ella. ¡Ven, ven, Jesús!».

«Esperadnos en la plaza del pueblo. Buscad un alojamiento para la noche. Adiós» ordena Jesús a todos.

ECR 209.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La noticia de que Elisa está decidida a salir de su trágica melancolía se ha debido difundir por el pueblo; tanto que, cuando Jesús, seguido de apóstoles y discípulos, va hacia la casa atravesando el pueblo, mucha gente se le queda mirando atentamente e incluso preguntan a uno u otro pastor para que les den más detalles acerca de Él, acerca del motivo de su visita, o para saber quiénes son los que van con Él, y quién es el niño, y quiénes las mujeres, y para saber qué medicina ha dado a Elisa, que la ha sacado de las tinieblas de la locura de forma tan inmediata, nada más llegar, y para interesarse por el plan que tiene o las palabras que va a decir... Y todas las otras preguntas que queramos añadir.

La última pregunta es: «¿No podemos ir también nosotros?». La respuesta de los pastores es: «No sabemos. Esto se lo tenéis que preguntar al Maestro. Acercaos a Él».

«¿Y si nos trata mal?».

«No trata mal ni siquiera a los pecadores. Id, id, que le daréis una satisfacción».

209.2

Un grupo de personas hablan entre sí — son hombres y mujeres, en general mayores, de la edad de Elisa —; luego van hacia adelante, se acercan a Jesús, que está hablando con Pedro y Bartolomé, y, un poco tímidos, le llaman: «¡Maestro!...».

«¿Qué queréis?» pregunta Bartolomé.

«Hablar con el Maestro para pedirle...».

«Paz a vosotros. ¿Qué queréis de mí?».

La sonrisa de Jesús los tranquiliza y dicen: «Somos todos amigos de Elisa, de su casa. Hemos oído que está curada. Querríamos verla. También querríamos oírte hablar. ¿Podemos ir?».

«A oírme a mí, sí; a verla, no, amigos. Mortificad el sentimiento de amistad y la curiosidad, porque también hay curiosidad en vuestra actitud. No se puede disturbar este gran dolor; respetadlo».

«¿Pero, no está curada?».

«Se vuelve hacia la Luz. Pero, ¿acaso terminada la noche llega inmediatamente el mediodía, o, cuando se enciende una llama en el hogar apagado, en seguida arde viva? Pues lo mismo Elisa. ¿Si una ráfaga intempestiva de viento enviste la leve llama que está naciendo, no la apagará? Por tanto, sed prudentes. Esa mujer es toda ella una llaga. Hasta los amigos podrían exasperarla; necesita sosiego, silencio, soledad, aunque no una soledad trágica como la que vivía hasta ayer, sino resignada, para volver a ser lo que era...».

«Y entonces, ¿cuándo la vamos a ver?».

«Antes de lo que creéis, porque ha encontrado la estela de la salud. ¡Si supierais lo que significa salir de esas tinieblas! Son peores que la muerte, y quien se libra de ellas, en el fondo, siente vergüenza de su estado anterior y de que el mundo lo sepa».

«¿Eres médico?».

«Soy el Maestro».

En esto, ya están frente a la casa.

Jesús se vuelve a los pastores: «Pasad al patio. Que vaya con vosotros quien lo desee, pero que nadie haga ruido ni siga más allá del patio. Cuidad vosotros también — dice a los apóstoles — de que esto se cumpla. Y vosotros — habla a Salomé y a María de Alfeo — tened cuidado de que el niño no haga jaleo. Hasta luego».

Y llama a la puerta. Los otros desaparecen por una callejuela para ir a donde deben.

ECR 209.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Las mujeres se quedan en el jardín, pero, poco después, cuando se oye la voz de Jesús esparcirse por el aire sereno al saludar a los presentes, Elisa, como atraída por una fuerza irresistible, se acerca lentamente a un seto muy alto tras el cual está el patio.

Jesús habla primero a los tres pastores. Está cerquísima del seto. Tiene frente a sí a los apóstoles y a los habitantes de Betsur que le habían seguido. Las Marías con el niño están sentadas en un ángulo.

ECR 209.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«La paz sea con vosotros.

Ayer he oído hablar a dos personas muy desdichadas: el uno, en la aurora de la vida; la otra, en el ocaso: dos almas que lloraban su desolación. Y he llorado en mi corazón con ellos, al ver cuánto dolor hay en la tierra, y cómo sólo Dios lo puede aliviar, sólo el conocimiento exacto de Dios, de su grandeza e infinita bondad, de su constante presencia y sus promesas. He visto cómo el hombre puede ser torturado por sus semejantes y cómo la muerte le puede arrastrar a estados de desolación en los que Satanás trabaja para aumentar el dolor y devastar. Entonces me he dicho: “No deben sufrir los hijos de los hombres esta tortura añadida a las otras torturas. Demos el conocimiento de Dios a quien no lo tiene, devolvámoselo a quien lo ha olvidado en medio de tempestades de dolor”. Pero también he visto cómo Yo solo no doy abasto a cubrir las infinitas necesidades de mis hermanos; y he decidido llamar a muchos, para que todos los que tienen necesidad del consuelo del conocimiento de Dios lo puedan recibir.

Estos doce son los primeros; son segundos Cristos, y, como tales, capaces de conducir a mí, y, por tanto, al consuelo, a todos los que se sienten oprimidos bajo pesos de dolor demasiado grandes. En verdad os digo: Venid a mí los que estéis afligidos, desazonados, los que tengáis el corazón herido o estéis cansados, que compartiré con vosotros vuestro dolor y os daré paz; venid a través de mis apóstoles, a través de mis discípulos y discípulas, que cada día aumentan con nuevas personas voluntariosas: encontraréis consuelo en vuestras penas, compañía en vuestras soledades, el amor de vuestros hermanos con que olvidar el odio del mundo; encontraréis, por encima de todos, consolador por encima de todos, compañero perfecto, el amor de Dios; ya no dudaréis de nada; no volveréis a decir: “¡Todo está acabado para mí!”, sino: “Ahora todo empieza para mí en un mundo sobrenatural que cancela toda distancia y separación”; y los hijos huérfanos volverán a unirse con sus padres, ya sublimados en el seno de Abraham, y padres y madres, esposas y viudos, encontrarán a los hijos o al consorte perdidos.

209.6

En esta tierra de Judea, no lejos de Belén de Noemí, os recuerdo que el amor alivia el dolor y devuelve la alegría. Pensad, vosotros que lloráis, en la desolación de Noemí después de que su casa se hubo quedado sin hombres. Escuchad sus palabras de desconsolado adiós a Orpá y Rut: “Volved a casa de vuestra madre. El Señor se muestre misericordioso con vosotras, como vosotras lo habéis sido con los que han muerto y conmigo...”. Escuchad cómo no se cansaba de insistir. La que había sido Noemí, la bella, y que ahora no era sino la desdichada Noemí, quebrantada por el dolor, ya no esperaba nada de la vida; solamente quería volver, para morir, a los lugares en que había sido feliz, cuando era joven, rodeada del amor de su marido y de los besos de sus hijos. Decía: “Marchaos, marchaos. Es inútil que vengáis conmigo... Yo soy como una muerta... Mi vida ya no está aquí, sino allá, al otro lado de la vida, donde ellos están. Dejad ya de sacrificar vuestra juventud al lado de una cosa que muere, porque realmente yo soy ‘una cosa’. Todo me resulta indiferente. Dios ha tomado todo lo que tenía... Soy pura angustia y sólo angustia os acarrearía... y ello pesaría en mi corazón, y el Señor me pediría cuentas — Él, que tanto ha descargado su mano sobre mí—; porque teneros a vosotras, que vivís, junto a mí, que estoy muerta, sería egoísmo. Id con vuestras madres...”.

Pero Rut se quedó, como apoyo de la doliente vejez. Rut había comprendido que siempre hay dolores mayores que el propio, y que su pena de joven viuda era más ligera que la de esta mujer que había perdido a sus dos hijos además del marido. De la misma forma, el dolor del niño huérfano que se ve obligado a vivir mendigando, privado ya de caricias, privado ya de buenos consejos, es mucho mayor que el de la madre que ha sido despojada para siempre de sus hijos. De la misma forma, el dolor de quien, por diversos motivos, llega a odiar al género humano y ve en todos los hombres un enemigo de quien defenderse y a quien temer, es aún mayor que los otros dolores, porque envuelve no sólo carne, sangre y mente, sino también al espíritu con sus deberes y derechos sobrenaturales y le lleva a la perdición.

¡Cuántas madres sin hijos para los hijos sin madres hay en el mundo! ¡Cuántas viudas sin descendencia, para que ejerzan su piedad para con los ancianos solitarios! ¡Cuántos han sido privados de amor para que se den enteramente a los infelices, con su necesidad de amar, y combatan así el odio, dando, dando, dando amor a la Humanidad infeliz, que sufre cada vez más porque cada vez odia más!

209.7

El dolor es cruz, pero también es ala. El luto despoja, pero para volver a vestir. ¡Alzaos, vosotros que lloráis! ¡Abrid los ojos, abandonad pesadillas, tinieblas y egoísmos! Mirad... el mundo es la landa donde se llora y se muere. El mundo suplica auxilio por boca de huérfanos y enfermos, por boca de los que viven en soledad, de los que vacilan, por boca de los que viven prisioneros del rencor por causa de una traición o de un acto de crueldad. Id a estos que gritan. ¡Olvidaos entre los olvidados! ¡Sanad entre los enfermos! ¡Esperad entre los desesperados! El mundo está abierto a las buenas voluntades que desean servir a Dios en el prójimo y conquistarse el Cielo: unión con Dios, reunión con aquellos cuya ausencia lloramos. Aquí nos ejercitamos, allí será la victoria. Venid. Estad cerca de todos los dolores, como Rut. Decid también vosotros: “Estaré con vosotros hasta la muerte”. Persistid aunque oigáis esta respuesta de los desgraciados que se consideran insanables: “No me llaméis ya Noemí, llamadme Mará, porque Dios me ha colmado de amargura”. En verdad os digo que un día, por vuestra persistencia, estas calamidades exclamarán: “Bendito sea el Señor, que me ha liberado de la amargura, de la desolación, de la soledad, por obra de una criatura que ha sabido hacer que su dolor diera un fruto bueno; que Dios la bendiga eternamente por haberme salvado”.

Fijaos: aquella buena acción de Rut hacia Noemí dio al Mesías al mundo, porque de David de Jesé, de Jesé de Obed, viene el Mesías, como Obed de Booz, Booz de Salmón, Salmón de Naassón, Naassón de Aminadab, Aminadab de Aram, Aram de Esrom, Esrom de Fares, para poblar los campos de Belén, preparando los antepasados del Señor: toda buena acción es origen de cosas grandes, que ni siquiera os imagináis; el esfuerzo de uno contra su propio egoísmo puede provocar una ola de amor tal, que puede subir, subir, llevando entre su transparencia a aquel que la provocó, hasta conducirle a los pies del altar, al corazón de Dios.

Que Dios os conceda la paz».

Y Jesús, sin volver al jardín por la puertecita abierta en el seto, vigila para que nadie se acerque a éste — del otro lado proviene un largo llanto... Y espera a que todos los de Betsur se hayan marchado para alejarse acompañado de los suyos sin turbar ese llanto saludable...

Detalle

El núcleo de esta predicación se condensa en la siguiente nota.

Anotación

Ayer escuché hablar a dos grandes desgraciados, uno en el alba de la vida, el otro en su ocaso: son dos almas hechas a llorar por el peso de su desgracia. Son Marziam(EMV208,1-4) y Elisa(EMV 208,7-11). Este discurso se dirige a ambas.

En verdad os digo: Venid a mí todos los que estáis afligidos y disgustados, todos los que estáis pusilánimes y cansados; yo compartiré vuestro dolor y os traeré la paz. Cf. más adelante Mateo 11, 28-29.

Es en esta tierra de Judea, todavía cerca de la Belén de Noemí, donde os recuerdo cómo el amor alivia el dolor y trae la alegría. Cf. el libro de Rut, cap. 1, 1-22.

El Mesías desciende de David, que desciende de Jesé, a su vez descendiente de Jobed, y Jobed de Booz y Rut. Booz de Salmón, Salmón de Naasón, Naasón de Aminadab, Aminadab de Aram, Aram de Esrón, Esrón de Fares. Esta es la genealogía de Jesús. Cf. Mateo 1, 1-16 y Lucas 3, 23-38 más abajo.

Evangelio de Mateo 11, 28-29

Mt 11, 28-29 : Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.

Libro de Rut 1, 1-22

Rt 1, 1-22 : En los días en que gobernaban los jueces, hubo hambre en el país. Un hombre de Belén de Judá se fue con su mujer y sus dos hijos a vivir a los campos de Moab. El hombre se llamaba Elimelec, y el nombre de su esposa era Noemí, y los nombres de sus dos hijos eran Mahalón y Quelón; eran efrateos de Belén de Judá. Fueron a los campos de Moab y se establecieron allí.

Cuando murió Elimelec, el marido de Noemí, ésta se quedó sola con sus dos hijos. Tomaron esposas moabitas, una de las cuales se llamaba Orfa y la otra Rut, y vivieron allí unos diez años. Murieron también Mahalón y Queljón, y la mujer se quedó sin sus dos hijos y sin su marido. Entonces se levantó, ella y sus nueras, y abandonó los campos de Moab, porque había oído decir en el país de Moab que Yahvé había visitado a su pueblo y le había dado pan. Así que ella y sus dos nueras salieron del lugar donde se había establecido, y se pusieron en camino para regresar a la tierra de Judá. Noemí dijo a sus dos nueras: "Id y volved cada una a casa de su madre. Que el Señor sea benévolo con ustedes, como lo fue conmigo y con los que murieron. Que el Señor haga que cada una encuentre descanso en la casa de su esposo. Y las besó. Ellas alzaron la voz y lloraron, y le dijeron: "No; volveremos contigo a tu pueblo". Noemí dijo: "Volveos, hijas mías; ¿para qué habéis de venir conmigo? ¿Todavía tengo hijos en mi vientre que puedan ser vuestros maridos? Volved, hijas mías, volved. Soy demasiado vieja para volver a casarme. Y cuando digo: tengo esperanza; cuando esta misma noche me casara y tuviera hijos, ¿esperaríais a que crecieran? ¿os abstendríais por eso de volver a casaros? No, hijas mías. Es muy amargo para mí, por vuestra culpa, que la mano de Yahvé haya descendido sobre mí. Y, alzando la voz, volvieron a llorar. Entonces Orfa besó a su suegra, pero Rut se aferró a ella.

Noemí dijo a Rut: "He aquí que tu cuñada ha vuelto con su pueblo y con su dios; vuelve con tu cuñada". Rut respondió: "No me presiones para que te deje cuando me aleje de ti. Donde tú vayas, iré yo; donde tú habites, habitaré yo; tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios; donde tú mueras, moriré yo y allí seré enterrada. ¡Que Yahvé me trate con dureza si algo que no sea la muerte me separa de ti! Al ver que Rut estaba decidida a acompañarla, Noemí puso fin a sus súplicas.

Las dos siguieron su camino hasta llegar a Belén. Cuando entraron en Belén, todo el pueblo se conmovió con ellas, y las mujeres dijeron: "¿Es ésta Noemí? "20Ella les respondió: "No me llaméis Noemí; llamadme Marah, porque el Todopoderoso me ha amargado. Me fui con las manos llenas, y Yahvé me trae de vuelta con las manos vacías. ¿Por qué has de llamarme Noemí, después de que Yahvé ha testificado contra mí y el Todopoderoso me ha afligido?".

Así que Noemí regresó, y con ella su nuera, Rut la moabita, que había venido de los campos de Moab. Llegaron a Belén al comienzo de la siega de la cebada.

Evangelio de Mateo 1, 1-16

Mt 1, 1-16 : Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos; Judá de Tamar engendró a Fares y a Zara; Fares engendró a Esrón; Esrón engendró a Aram; Aram engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Naasón; Naasón engendró a Salmón; Salmón de Rahab engendró a Booz; Booz de Rut engendró a Obed; Obed engendró a Jesé; Jesé engendró al rey David.

David engendró a Salomón, de la mujer de Urías; Salomón engendró a Roboam; Roboam engendró a Abías; Abías engendró a Asa; Asa engendró a Josafat; Josafat engendró a Joram; Joram engendró a Uzías; 9 Uzías engendró a Joatán; Joatán fue padre de Acaz; Acaz fue padre de Ezequías; Ezequías fue padre de Manasés; Manasés fue padre de Amón; Amón fue padre de Josías; Josías fue padre de Jeconías y de sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia.

Y después de la deportación a Babilonia, Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel fue padre de Zorobabel; Zorobabel fue padre de Abiud; Abiud fue padre de Eliacim; Eliacim fue padre de Azor; Azor fue padre de Sadoc; Sadoc engendró a Achim; Achim engendró a Éliud; Éliud engendró a Eléazar; Eléazar engendró a Mathan; Mathan engendró a Jacob; Y Jacob engendró a José, esposo de María, de quien nació Jesús, llamado Cristo.

Evangelio de Lucas 3, 23-38

Lc 3, 23-38: Jesús tenía unos treinta años cuando comenzó su ministerio; Era hijo de José, hijo de Helí, hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melchî, hijo de Janna, hijo de José, hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahum, hijo de Hesli, hijo de Nagge, hijo de Maat hijo de Joanan, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salathiel, hijo de Neri, hijo de Melchi, hijo de Addi, hijo de Cosam, hijo de Elmadam, hijo de Her, hijo de Jesús, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Matthat, hijo de Levi, hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo de Jonan, hijo de Eliakim, hijo de Melea, hijo de Menna, hijo de Matatá, hijo de Natán, hijo de David, hijo de Jesé, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de Salmón, hijo de Naasón, hijos de Aminadab, hijo de Aram, hijo de Esrón, hijo de Fares, hijo de Judas, hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Tare, hijo de Nahor, hijo de Sarug, hijo de Reu, hijo de Faleg, hijo de Heber, hijo de Salé, hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lamec, hijo de Mathusaleh, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de Malaleel, hijo de Cainán, hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios.

ECR 210.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«(...) Pero, oye, además, ¿no fuiste tú quien quiso ir a aquel fétido antro de Endor, que — creo que estarás de acuerdo conmigo — no pertenecía precisamente a un ciclo santo; ¿no crees? Bueno, pues ellas vienen aquí, donde se dice que hay sangre y cenizas de santos. De Endor nos ha venido Juan, ¿quién sabe...?».

«¡Buen fichaje, Juan!» dice burlonamente Judas.

«No es guapo de cara, sí, pero puede ser que su alma sea mejor que la nuestra».

«¡Sí, precisamente su alma... con la vida que ha vivido!».

«¡Calla! El Maestro nos dijo que no debíamos rememorarlo».

«¡Qué fácil eso! ¡Ya quisiera ver yo, si hiciera algo parecido, si lo ibais a rememorar o no!».

«Adiós, Judas; es mejor que estés solo. Estás demasiado agitado. ¡Si al menos supieras lo que te pasa!».

«¿Que qué me pasa, Toma? Pues lo que me pasa es que veo que a nosotros se nos deja de lado por los últimos que llegan; lo que me pasa es que veo preferir a todos antes que a mí; y que noto que se espera a que no esté yo para enseñar a orar. ¿Qué quieres, que me gusten estas cosas?».

«No gusta, de acuerdo, pero te recuerdo que si hubieras venido con nosotros a la Cena de Pascua, habrías estado tú también en el Monte de los Olivos cuando el Maestro nos enseñó la oración. Y, por lo que respecta a que se nos deje de lado por los primeros que llegan, no lo veo. ¿Lo dices por ese pobre inocente?, ¿o por el pobre Juan?».

«Por los dos. Jesús ya casi no se dirige a nosotros. Mírale incluso ahora... Está allí, sin ninguna prisa, habla que te habla con el niño. ¡Pues va a tener que esperar no poco tiempo a poderle incluir entre los discípulos! ¿Y el otro?... Nunca será discípulo: es demasiado soberbio, culto, duro de corazón, y tiene malas tendencias. Y a pesar de todo: “Juan por aquí y Juan por allá”...».

«¡¡¡Padre Abraham, no me dejes perder la paciencia!!! ¿Y en qué te parece que el Maestro prefiere a otros antes que a ti?».

«¡Pero no lo has visto también ahora? Llegado el momento de salir de Betsur — después de un tiempo pasado en instruir a tres pastores a los que perfectamente había podido instruir Isaac —, ¿a quién deja con su Madre? ¿A mí?, ¿a ti? No. Deja a Simón. ¡Un viejo que casi no habla!...».

«Pero que lo poco que dice está siempre bien dicho» replica prontamente Tomás, que ahora se ha quedado solo con Judas dado que las mujeres, con Andrés, se han separado y van adelante ligeras, como huyendo de un tramo de camino lleno de sol.

Detalle

Judas está disgustado con el comportamiento del Maestro y critica el hecho de que vayan a rendir culto en varios de los lugares santos de Israel. Tomás toma la palabra y recuerda su viaje a Endor, que Iscariote había deseado.

Anotación

Querías entrar en esa apestosa caverna de En-Dor: ver EMV 188.

ECR 210.4-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡¡¡Padre Abraham, no me dejes perder la paciencia!!! ¿Y en qué te parece que el Maestro prefiere a otros antes que a ti?».

«¡Pero no lo has visto también ahora? Llegado el momento de salir de Betsur — después de un tiempo pasado en instruir a tres pastores a los que perfectamente había podido instruir Isaac —, ¿a quién deja con su Madre? ¿A mí?, ¿a ti? No. Deja a Simón. ¡Un viejo que casi no habla!...».

«Pero que lo poco que dice está siempre bien dicho» replica prontamente Tomás, que ahora se ha quedado solo con Judas dado que las mujeres, con Andrés, se han separado y van adelante ligeras, como huyendo de un tramo de camino lleno de sol.

210.5

Los dos apóstoles hablan tan acaloradamente, que no oyen que Jesús se ha acercado, perdido del todo el ruido de sus pasos entre la polvareda del camino. Mas si Él no hace ruido, ellos gritan como diez, y Jesús sí que los oye; detrás vienen también Pedro, Mateo, los dos primos del Señor, Felipe y Bartolomé, y los dos hijos de Zebedeo llevando en medio a Marziam.

Jesús dice: «Es así, como has dicho, Tomás: Simón habla poco, pero lo poco que dice está siempre bien dicho: tiene mente serena y corazón honesto; pero, sobre todo, una muy buena voluntad. Por eso le he dejado con mi Madre. Es verdaderamente un caballero, y, al mismo tiempo, conoce la vida, ha sufrido, y es anciano. Por tanto — y digo esto porque pienso que a alguien le ha parecido injusta esta decisión — era el más adecuado para quedarse. Judas, no podía permitir que mi Madre se quedase sola — y era justo dejarla — con una pobre mujer que todavía estaba enferma: mi Madre completará así la obra que Yo he comenzado. Tampoco podía dejarla con mis hermanos, ni con Andrés o Santiago o Juan, y tampoco contigo. Si no comprendes el motivo no sé qué decirte...».

«Porque es tu Madre, joven y hermosa, y la gente...».

«¡No! La gente tendrá siempre fango en el pensamiento, en los labios y en las manos, y especialmente en el corazón: la gente deshonesta, que ve sus sentimientos en los demás. Pero su fango no absorbe mi atención: se cae por sí solo, una vez seco. He preferido a Simón porque es anciano y no recordaba demasiado a los hijos difuntos de esa mujer desolada; vosotros, jóvenes, los habríais evocado con vuestra juventud... Simón sabe tutelar y pasar desapercibido, nunca exige nada, es compasivo, sabe velar por sí mismo. Podía haber escogido a Pedro. ¿Quién mejor que él para estar con mi Madre? Pero todavía es muy impulsivo. ¿Ves cómo se lo digo a la cara y no se ofende? Pedro es sincero, y ama la sinceridad incluso cuando le supone un perjuicio. Podía haber sido Natanael, pero no ha estado nunca en Judea; Simón, por el contrario, la conoce bien y será precioso para guiar a mi Madre a Keriot. Sabe incluso ir a la casa tuya del campo, y a la de la ciudad, así que no hará...».

210.6

«¡Pero... Maestro... entonces tu Madre va a ir realmente a ver a la mía?».

«¡Ya se había dicho! Cuando se dice una cosa se hace. Iremos sin prisa, deteniéndonos a evangelizar por estos pueblos. ¿No quieres que evangelice tu Judea?».

«¡Sí, sí, Maestro!... Yo es que creía... pensaba...».

«Bueno, sobre todo, es que te creabas penas por causa de una serie de quimeras de tu fantasía. Para la segunda fase de la luna de Ziv estaremos todos nosotros en casa de tu madre; nosotros, es decir, también mi Madre y Simón. Por ahora Ella está evangelizando Betsur, ciudad judía, de la misma forma que Juana está evangelizando Jerusalén con una joven y un sacerdote que fue leproso; Lázaro con Marta y el anciano Ismael hacen lo propio en Betania; en Yuttá, Sara; en Keriot, sin duda, habla del Mesías tu madre. No puedes decir que dejo privada de mensajeros a Judea; antes bien, le doy — a pesar de su mayor cerrazón y obstinación — las voces más dulces, las de las mujeres — que a la palabra unen ese arte fino suyo y son maestras en conducir los corazones a donde quieren —, además de las del santo Isaac y de mi amigo Lázaro. ¿Ya no dices nada? ¿Por qué estás casi llorando, niñote caprichoso? ¿Qué ganas envenenándote con las sombras? ¿Tienes todavía algún motivo de inquietud? ¡Ánimo, habla...!».

«Soy malo... y Tú eres muy bueno.. Tu bondad siempre me impresiona: ¡es siempre tan fresca y nueva...! Yo... yo... nunca sé decir cuándo la encuentro en mi camino».

«Tú lo has dicho, no lo puedes saber, pero es porque no es ni fresca ni nueva, sino eterna, Judas; omnipresente, Judas...»

Detalle

Judas y Tomás discuten y el Iscariote reprocha a Jesús haber dejado a la Virgen María en Bet-çur.

Anotación

En el segundo cuarto de luna de Ziv, estaremos todos en casa de tu madre: Ziv corresponde a abril/mayo.

Juana evangeliza Jerusalén y con ella una joven y un sacerdote: se trata de Juan sacerdote y Annalia. Cf. EMV 199,4-5 y EMV 199,6.