188.1
El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han salvado. El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente; van hablando de la ascensión, que todos han realizado, aunque al principio parecía que los más mayores quisieran evitarla; ahora están contentos de haber subido a la cima.
Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo. La hora es fresca. Tengo la impresión de que han pernoctado en las laderas del Tabor.
«Aquello es Endor» dice Jesús señalando hacia un humilde pueblo asido a las primeras elevaciones de este otro grupo de montes. «¿Estás decidido realmente a ir?».
«Si me quieres contentar...» responde Judas Iscariote.
«Pues vamos».
«Pero, ¿habrá que andar mucho?» pregunta Bartolomé, que, debido a su edad, no debe sentir muchas ganas de excursiones panorámicas.
«¡No, no! De todas formas, si os queréis quedar...» dice Jesús.
«¡Sí, sí, quedaos! ¡hombre! Me basta ir con el Maestro» se apresura a decir Judas de Keriot.
«Bueno, yo quisiera saber, antes de decidir, lo que hay de vistoso... Desde la cima del Tabor hemos visto el mar, y, después de lo que ha dicho el muchacho, tengo que confesar que ha sido la primera vez que lo he visto verdaderamente bien, que lo he visto como Tú ves: con el corazón. Aquí... quisiera saber si hay algo que aprender, porque entonces voy, aunque me cueste...» dice Pedro.
«¿Estás oyéndolos? Todavía no has dicho tu intención. ¿Quisieras ahora ser tan amable para con tus compañeros de decirla?» invita Jesús a responder.
«¿No fue a Endor adonde Saúl quiso ir para consultar a la pitonisa?».
«Sí. ¿Y...?».
«Pues, Maestro, que me gustaría ir a ese sitio y oírte hablar de Saúl».
«¡Ah, pues entonces voy también yo!» exclama Pedro todo animado.
«Bien, vamos».
Recorren ligeros el último trecho del camino principal para dejarlo luego por un camino secundario que lleva derecho a Endor.
188.2
Es un lugar humilde, como ha dicho Jesús. Las casas están cimentadas en las laderas, las cuales, después del pueblo, se hacen más escabrosas. Pobres gentes son sus habitantes. La mayoría de los vecinos deben ejercer el pastoreo por los pastos monte arriba y en los bosques de encinas seculares. Hay pocas y pequeñas parcelas reservadas al cultivo de la cebada — o un cereal forrajero semejante — en los recortes propicios; también manzanos e higueras. En torno a las casas, pocas vides que decoran un poco las míseras paredes, oscuras cual si fuera un lugar más bien húmedo.
«Ahora preguntamos dónde estaba el lugar de la maga» dice Jesús, y para a una mujer que vuelve de la fuente con las ánforas.
Ella le mira con curiosidad, y contesta con desaire: «No lo sé. Tengo otras cosas mucho más importantes que esas habladurías». Le deja bruscamente.
Jesús se dirige a un viejecillo que está labrando un trozo de madera.
«¿La maga?... ¿Saúl? Ya nadie se interesa de ello. No obstante, espera... hay uno que ha estudiado y quizás sepa... Ven».
El viejecito se pone a subir, renqueando, por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy mísera, desastrada. «Está aquí. Voy a entrar a llamarle».
Pedro, haciendo alusión a algunas aves de corral que están escarbando la tierra en un pequeño y sucio patio, dice: «Este hombre no es israelita». Pero no dice nada más, porque el viejecillo está volviendo, seguido por un hombre bizco, sucio y desaliñado, como todo lo que hay en su casa.
El viejecillo dice: «¿Ves? Este hombre dice que es allí, pasada aquella casa derruida: un sendero, luego un regato, luego una arboleda, y cavernas; bueno, pues la más alta de esas cuevas, la que tiene todavía a su lado muros derruidos, es la que estás buscando. ¿No es eso?».
«No. Has confundido todo. Voy yo con estos extranjeros». El hombre tiene una voz áspera y gutural, lo cual aumenta el sentido de incomodidad. (...)
188.5
Llegan a una covacha hecha con bloques de paredón y aprovechando las mismas cavidades del monte. El hombre trata de afianzar la voz y dice: «Bueno, es aquí. Entra si quieres».
«Gracias, amigo. Sé bueno».
El hombre no dice nada, se queda donde está, mientras Jesús y los suyos, pasando por encima de bloques de piedra que, sin duda, habían pertenecido a muros muy fuertes, incomodando a lagartos y otros feos animales, entran en una espaciosa gruta ahumada, en cuyas paredes hay todavía — grafitos incisos en la roca — signos zodiacales y otras zarandajas de este tipo. En un rincón ennegrecido hay un nicho, debajo del cual se ve un agujero que parece una alcantarilla para la coladura de líquidos. Racimos repulsivos de murciélagos decoran el techo. Un búho, disturbado por la luz de una rama que Santiago ha encendido para ver si pisan escorpiones o áspides, se queja batiendo sus alas acolchadas y entornando sus feotes ojos heridos por la luz; está acurrucado dentro del nicho mientras un hedor de ratas muertas, comadrejas, pájaros en putrefacción entre sus pies, se mezcla con el olor del estiércol y del suelo húmedo.
«¡Realmente bonito este sitio!» dice Pedro. «¡Era mejor tu Tabor y tu mar, muchacho!». Y luego, volviéndose a Jesús: «Maestro, date prisa en complacer a Judas porque esto... ¡ciertamente, no es la sala real de Antipas!».
«En seguida. ¿Exactamente, qué quieres saber?» pregunta a Judas de Keriot.
«Bien... Quisiera saber si — y por qué — Saúl pecó viniendo aquí... Quisiera saber si una mujer puede evocar a los muertos. Querría saber si... Bueno, en fin, habla y yo te haré preguntas».
«¡Asunto largo! Al menos vamos afuera, al sol, sobre las rocas... Así evitaremos humedad y mal olor» suplica Pedro.
Jesús accede a ello. Se sientan como pueden sobre los paredones derruidos.