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Notas de la palabra clave

Localizaciones - Endor - En-Dor

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ECR 187.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.

«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».

«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».

«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».

«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».

«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».

«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

ECR 187.5 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Señor... has dicho que después vamos a Endor. Muéstrate complaciente también conmigo... para que se me pase la amargura del juicio de aquel niño...» dice Judas Iscariote.

«¡Pero todavía estás pensando en ello?» dice Jesús.

«Continuamente. Me siento disminuido ante tus ojos y ante los ojos de los compañeros. Pienso en vuestros pensamientos...».

«¡Hay que ver cómo cansas tu cerebro por nada! Yo ya ni siquiera pensaba en esa menudencia, y los otros, sin duda, igual. Eres tú quien nos lo haces recordar... Eres un niño acostumbrado sólo a las caricias, y la palabra de un niño te ha parecido la condena de un juez. No, no es a esta palabra a lo que debes temer; antes bien, a tus acciones y al juicio de Dios. De todas formas, para convencerte de que te quiero como antes, como siempre, te digo que haré lo que deseas. ¿Qué quieres ver en Endor? No es sino un mísero lugar entre rocas...».

«Llévame... y te lo diré».

«Bien, de acuerdo; pero estáte atento a que luego no tengas que sufrir por ello».

«Si para éste ver el mar no puede significar sufrimiento, a mí no me puede perjudicar el ver Endor».

«¿Ver?... No. Lo que puede hacer daño es el deseo de lo que se quiere ver cuando se mira. De todas formas, iremos...».

Reanudan su camino. Se dirigen hacia el Tabor, cuya mole se ve cada vez más cercana. El suelo va perdiendo su aspecto palustre: cada vez más sólido, con menos vegetación, dando paso a plantas más altas o a matas de clemátides y zarzas que ríen con sus frondas nuevas y sus flores precoces.

ECR 188

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: En En-Dor, después de subir al monte Tabor. La cueva del mago y el encuentro con Félix, que recibe el nombre de Juan.

Fecha de la visión: Miércoles 13 de junio de 1945.

Calendario: viernes 17 marzo 28 (4 Nissan 3788)

Lugar (mapa): En-Dor

Ciclo: El segundo viaje pascual

Resumen: Los apóstoles ya han pasado el monte Tabor y han llegado a En-Dor. Judas revela que quiere oír a Jesús hablar del rey Saúl, en el lugar donde conoció a la hechicera. El grupo hizo averiguaciones y se les aconsejó que fueran a ver a un anciano tuerto, que decidió guiarles hasta allí. Mientras tanto, les cuenta su historia. En el pasado, este antiguo judío se peleó con un romano y lo mató por una mujer. En la pelea, perdió un ojo y fue condenado a galeras. Pero consiguió escapar. Ahora vive odiando incluso a Dios. Jesús le anima a abandonar ese sentimiento de odio y a dejar atrás esos recuerdos dolorosos, para poder darle algo nuevo: el amor. Félix se ríe, pero la mirada de Jesús acaba por alcanzarle. Entonces se entera de que es el Mesías, y Cristo vuelve a decirle que ha tenido momentos de bondad, preocupándose por los demás y arrepintiéndose del mal que había hecho a su tutor en las galeras. Cada vez más conmovido, Félix señala una casucha donde ocurrieron los hechos con Saulo y les espera allí.

No es un lugar muy glorioso, como señala Pedro, y Jesús acaba hablando del pecado de Saulo. El pecado de ingratitud, desobediencia, escándalo, celos y el crimen de matar su alma aquí mismo. El Maestro le pregunta entonces al Iscariote por qué quería venir aquí, y éste confiesa que esperaba absorber un poco de la magia de este lugar para poder hacer obras imponentes en bien de Cristo y de su misión.

Jesús le dijo de manera muy paternal que debía evitar el ocultismo y las cosas que no se pueden explicar. No debes tratar de hacer prodigios oscuros, sino asombrar a la gente con tu santidad. Además, no debemos perturbar a los muertos, y el Señor ha prohibido el ocultismo, la nigromancia y el satanismo "en todas sus formas". En cambio, debemos ir hacia la Luz, hacia Dios. Para consolarlo, Jesús le dijo que, después de Pascua, irían a casa de su madre.

Félix, por su parte, quiere hablar con Jesús cuando se pongan de nuevo en camino. Le pide que salga de su tumba espiritual. El viejo tuerto comprendió que aún podía amar y ser amado, y le pidió un nuevo nombre. Cristo le dio el nombre de Juan y lo aceptó como uno de sus discípulos. A los apóstoles no les hizo ninguna gracia, pero pusieron buena cara.

Juan se fue a buscar sus cosas y Jesús aprovechó que estaba solo con los Doce para ordenarles que no hablaran de su pasado con nadie. Luego se reúnen con él y, aunque al hombre no le cuesta dejar su casa, le cuesta más dejar atrás a sus gallinas, que le han querido y a las que él ha querido. Jesús lo comprende y le dice que le dará todo el amor que el mundo le ha negado durante treinta y cinco años. El Maestro pide entonces testimonio a Mateo y a Simón el Zelote, y Simón confirma que todo el pasado desaparece si uno se pone al servicio del Señor. Mateo, por su parte, declara que la paz y la nueva juventud han sustituido a la vieja época de "vicio y odio".

Los aldeanos comprenden por fin que se trata del Mesías y desean la bendición de Cristo. Mientras el grupo se marcha, Pierre se hace amigo de Jean d'En-Dor y le ayuda a llevar sus libros, que se ha llevado consigo.

Contenido del capítulo: 188.1: ¿Por qué ir a En-Dor? 188.2: En busca de la cueva de la Pitonisa, que todos menos uno han olvidado. 188.3: El guía cascarrabias le cuenta a Jesús su vida y su odio. 188.4: Sin amor, el mundo es un infierno y aún queda bondad en ti. 188.5: Llegada a la cueva donde Saulo cometió uno de sus pecados. 188.6: A Judas le gustaría ser un poco nigromante para ayudarle en su apostolado. 188.7: Félix se convierte en Juan, lo deja todo y se apega a Jesús. 188.8: Se desprende de todos sus bienes y pasa la página de su pasado. 188.9: Entrega su casa al vecino que, al reconocer a Jesús, agita a una multitud, algunos de los cuales siguen a Jesús. 188.10: Simpatía de Pedro por Juan de En-Dor, a quien ayuda a llevar su bolsa de libros.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 49

ECR 188.1-2.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

188.1

El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han salvado. El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente; van hablando de la ascensión, que todos han realizado, aunque al principio parecía que los más mayores quisieran evitarla; ahora están contentos de haber subido a la cima.

Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo. La hora es fresca. Tengo la impresión de que han pernoctado en las laderas del Tabor.

«Aquello es Endor» dice Jesús señalando hacia un humilde pueblo asido a las primeras elevaciones de este otro grupo de montes. «¿Estás decidido realmente a ir?».

«Si me quieres contentar...» responde Judas Iscariote.

«Pues vamos».

«Pero, ¿habrá que andar mucho?» pregunta Bartolomé, que, debido a su edad, no debe sentir muchas ganas de excursiones panorámicas.

«¡No, no! De todas formas, si os queréis quedar...» dice Jesús.

«¡Sí, sí, quedaos! ¡hombre! Me basta ir con el Maestro» se apresura a decir Judas de Keriot.

«Bueno, yo quisiera saber, antes de decidir, lo que hay de vistoso... Desde la cima del Tabor hemos visto el mar, y, después de lo que ha dicho el muchacho, tengo que confesar que ha sido la primera vez que lo he visto verdaderamente bien, que lo he visto como Tú ves: con el corazón. Aquí... quisiera saber si hay algo que aprender, porque entonces voy, aunque me cueste...» dice Pedro.

«¿Estás oyéndolos? Todavía no has dicho tu intención. ¿Quisieras ahora ser tan amable para con tus compañeros de decirla?» invita Jesús a responder.

«¿No fue a Endor adonde Saúl quiso ir para consultar a la pitonisa?».

«Sí. ¿Y...?».

«Pues, Maestro, que me gustaría ir a ese sitio y oírte hablar de Saúl».

«¡Ah, pues entonces voy también yo!» exclama Pedro todo animado.

«Bien, vamos».

Recorren ligeros el último trecho del camino principal para dejarlo luego por un camino secundario que lleva derecho a Endor.

188.2

Es un lugar humilde, como ha dicho Jesús. Las casas están cimentadas en las laderas, las cuales, después del pueblo, se hacen más escabrosas. Pobres gentes son sus habitantes. La mayoría de los vecinos deben ejercer el pastoreo por los pastos monte arriba y en los bosques de encinas seculares. Hay pocas y pequeñas parcelas reservadas al cultivo de la cebada — o un cereal forrajero semejante — en los recortes propicios; también manzanos e higueras. En torno a las casas, pocas vides que decoran un poco las míseras paredes, oscuras cual si fuera un lugar más bien húmedo.

«Ahora preguntamos dónde estaba el lugar de la maga» dice Jesús, y para a una mujer que vuelve de la fuente con las ánforas.

Ella le mira con curiosidad, y contesta con desaire: «No lo sé. Tengo otras cosas mucho más importantes que esas habladurías». Le deja bruscamente.

Jesús se dirige a un viejecillo que está labrando un trozo de madera.

«¿La maga?... ¿Saúl? Ya nadie se interesa de ello. No obstante, espera... hay uno que ha estudiado y quizás sepa... Ven».

El viejecito se pone a subir, renqueando, por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy mísera, desastrada. «Está aquí. Voy a entrar a llamarle».

Pedro, haciendo alusión a algunas aves de corral que están escarbando la tierra en un pequeño y sucio patio, dice: «Este hombre no es israelita». Pero no dice nada más, porque el viejecillo está volviendo, seguido por un hombre bizco, sucio y desaliñado, como todo lo que hay en su casa.

El viejecillo dice: «¿Ves? Este hombre dice que es allí, pasada aquella casa derruida: un sendero, luego un regato, luego una arboleda, y cavernas; bueno, pues la más alta de esas cuevas, la que tiene todavía a su lado muros derruidos, es la que estás buscando. ¿No es eso?».

«No. Has confundido todo. Voy yo con estos extranjeros». El hombre tiene una voz áspera y gutural, lo cual aumenta el sentido de incomodidad. (...)

188.5

Llegan a una covacha hecha con bloques de paredón y aprovechando las mismas cavidades del monte. El hombre trata de afianzar la voz y dice: «Bueno, es aquí. Entra si quieres».

«Gracias, amigo. Sé bueno».

El hombre no dice nada, se queda donde está, mientras Jesús y los suyos, pasando por encima de bloques de piedra que, sin duda, habían pertenecido a muros muy fuertes, incomodando a lagartos y otros feos animales, entran en una espaciosa gruta ahumada, en cuyas paredes hay todavía — grafitos incisos en la roca — signos zodiacales y otras zarandajas de este tipo. En un rincón ennegrecido hay un nicho, debajo del cual se ve un agujero que parece una alcantarilla para la coladura de líquidos. Racimos repulsivos de murciélagos decoran el techo. Un búho, disturbado por la luz de una rama que Santiago ha encendido para ver si pisan escorpiones o áspides, se queja batiendo sus alas acolchadas y entornando sus feotes ojos heridos por la luz; está acurrucado dentro del nicho mientras un hedor de ratas muertas, comadrejas, pájaros en putrefacción entre sus pies, se mezcla con el olor del estiércol y del suelo húmedo.

«¡Realmente bonito este sitio!» dice Pedro. «¡Era mejor tu Tabor y tu mar, muchacho!». Y luego, volviéndose a Jesús: «Maestro, date prisa en complacer a Judas porque esto... ¡ciertamente, no es la sala real de Antipas!».

«En seguida. ¿Exactamente, qué quieres saber?» pregunta a Judas de Keriot.

«Bien... Quisiera saber si — y por qué — Saúl pecó viniendo aquí... Quisiera saber si una mujer puede evocar a los muertos. Querría saber si... Bueno, en fin, habla y yo te haré preguntas».

«¡Asunto largo! Al menos vamos afuera, al sol, sobre las rocas... Así evitaremos humedad y mal olor» suplica Pedro.

Jesús accede a ello. Se sientan como pueden sobre los paredones derruidos.

ECR 210.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«(...) Pero, oye, además, ¿no fuiste tú quien quiso ir a aquel fétido antro de Endor, que — creo que estarás de acuerdo conmigo — no pertenecía precisamente a un ciclo santo; ¿no crees? Bueno, pues ellas vienen aquí, donde se dice que hay sangre y cenizas de santos. De Endor nos ha venido Juan, ¿quién sabe...?».

«¡Buen fichaje, Juan!» dice burlonamente Judas.

«No es guapo de cara, sí, pero puede ser que su alma sea mejor que la nuestra».

«¡Sí, precisamente su alma... con la vida que ha vivido!».

«¡Calla! El Maestro nos dijo que no debíamos rememorarlo».

«¡Qué fácil eso! ¡Ya quisiera ver yo, si hiciera algo parecido, si lo ibais a rememorar o no!».

«Adiós, Judas; es mejor que estés solo. Estás demasiado agitado. ¡Si al menos supieras lo que te pasa!».

«¿Que qué me pasa, Toma? Pues lo que me pasa es que veo que a nosotros se nos deja de lado por los últimos que llegan; lo que me pasa es que veo preferir a todos antes que a mí; y que noto que se espera a que no esté yo para enseñar a orar. ¿Qué quieres, que me gusten estas cosas?».

«No gusta, de acuerdo, pero te recuerdo que si hubieras venido con nosotros a la Cena de Pascua, habrías estado tú también en el Monte de los Olivos cuando el Maestro nos enseñó la oración. Y, por lo que respecta a que se nos deje de lado por los primeros que llegan, no lo veo. ¿Lo dices por ese pobre inocente?, ¿o por el pobre Juan?».

«Por los dos. Jesús ya casi no se dirige a nosotros. Mírale incluso ahora... Está allí, sin ninguna prisa, habla que te habla con el niño. ¡Pues va a tener que esperar no poco tiempo a poderle incluir entre los discípulos! ¿Y el otro?... Nunca será discípulo: es demasiado soberbio, culto, duro de corazón, y tiene malas tendencias. Y a pesar de todo: “Juan por aquí y Juan por allá”...».

«¡¡¡Padre Abraham, no me dejes perder la paciencia!!! ¿Y en qué te parece que el Maestro prefiere a otros antes que a ti?».

«¡Pero no lo has visto también ahora? Llegado el momento de salir de Betsur — después de un tiempo pasado en instruir a tres pastores a los que perfectamente había podido instruir Isaac —, ¿a quién deja con su Madre? ¿A mí?, ¿a ti? No. Deja a Simón. ¡Un viejo que casi no habla!...».

«Pero que lo poco que dice está siempre bien dicho» replica prontamente Tomás, que ahora se ha quedado solo con Judas dado que las mujeres, con Andrés, se han separado y van adelante ligeras, como huyendo de un tramo de camino lleno de sol.

Detalle

Judas está disgustado con el comportamiento del Maestro y critica el hecho de que vayan a rendir culto en varios de los lugares santos de Israel. Tomás toma la palabra y recuerda su viaje a Endor, que Iscariote había deseado.

Anotación

Querías entrar en esa apestosa caverna de En-Dor: ver EMV 188.