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Notas del tema

Pastores de la Natividad

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ECR 75.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

75.1 Las alturas se hacen mucho más elevadas y boscosas que las de Belén; suben cada vez más, transformándose en una verdadera cadena montañosa.

Jesús va el primero, proyectando su mirada hacia delante y alrededor, como buscando algo. No habla. Escucha más las voces del arbolado que las de los discípulos, que van unos metros detrás de Él hablando bajo entre sí.

Una esquila suena lejana, pero el viento porta su campanilleo. Jesús sonríe. Se vuelve: «Oigo algunas ovejas» dice.

«¿Dónde, Maestro?».

«Me parece que hacia aquella colina. Pero el bosque no me deja ver».

Juan, sin decir una palabra, se quita la túnica — el manto lo llevan todos en bandolera, enrollado, porque tienen calor —, se queda sólo con la prenda corta, y abraza un tronco alto y liso (yo diría que es de fresno), y sube, sube... hasta que puede ver: «Sí, Maestro. Hay muchos rebaños y tres pastores; allí, detrás de aquella espesura». Baja, y ya caminan seguros.

«¿Serán ellos?».

«Preguntaremos, Simón; si no son, nos sabrán decir algo... Se conocen entre ellos».

Unos cien metros más. Luego un amplio pacedero verde, del todo circundado de gruesos árboles añosos.

75.2 Se ven muchas ovejas en el prado ondulado, rozando la abundante hierba. Tres hombres las custodian. Uno es anciano, ya completamente cano, los otros tienen: uno, aproximadamente, treinta años; el otro, unos cuarenta.

«Cuidado, Maestro. Son pastores...» dice Judas con tono de consejo, al ver que Jesús acelera el paso.

Pero Jesús ni siquiera responde. Continúa, alto, hermoso, dándole el sol de poniente en el rostro, con su túnica blanca. Se le ve tan luminoso, que parece un ángel...

«La paz esté con vosotros, amigos» saluda en llegando al lindero del prado.

Los tres se vuelven sorprendidos. Silencio. Luego el anciano pregunta: «¿Quién eres?».

«Uno que te ama».

«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».

«De Galilea».

«¿De Galilea? ¡Ah!». El hombre le mira atentamente — también los otros se han acercado —. «De Galilea» repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo: «También Él venía de Galilea... ¿De qué lugar, Señor?».

«De Nazaret».

«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que... yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».

«¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?».

«Porque Él era el Salvador, el Mesías, y Herodes le quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre... Cuando tuve noticias de la matanza y volví — porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por Él más que por mi misma carne —, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas... Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino... Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo... hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!... Es duro y cruel... Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: “Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada”. Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena vo­lun­tad”».

«¿Dijeron eso exactamente?».

«Sí, Señor, créelo Tú, Tú al menos, que eres bueno. Conoce Tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten... y nosotros no estábamos borrachos como decían. Éste, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharle a uno? Los ángeles dijeron: “Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Le reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales”».

«¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?».

«¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo — ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones — todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre».

«¡Ah!, ¿decís: “Cristo”?».

«No, Señor. Decimos: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre”».

75.3 «Pero, en definitiva, ¿vosotros a quién buscáis?».

«A Jesucristo, Hijo de María, el Nazareno, el Salvador».

«Soy Yo». A Jesús se le ilumina el rostro al manifestarse a estos tenaces amantes suyos. Tenaces, fieles, pacientes.

«¡Tú! ¡Oh! ¡Señor, Salvador, Jesús nuestro!» — los tres se han arrojado al suelo y besan los pies de Jesús, llorando de alegría —.

«Alzaos. Álzate, Elías, y tú, Leví, y tú, que no sé quién eres».

«José. Hijo de José».

«Éstos son mis discípulos. Juan es galileo; Simón y Judas, judíos».

Los pastores ya no están rostro en tierra, pero sí todavía de rodillas, echados hacia atrás sobre los calcañares. Adoran al Salvador, con ojos de amor, labios temblorosos de emoción, rostros empalidecidos, o enrojecidos, de alegría.

Jesús se sienta en la hierba.

«No, Señor. En la hierba Tú no, Rey de Israel».

«No os preocupéis, amigos. Soy pobre; un carpintero, para el mundo. Rico sólo de amor para el mundo, y del amor que los buenos me dan. He venido a estar con vosotros, a partir con vosotros el pan de la noche, a dormir a vuestro lado sobre el heno, a recibir consuelo de vosotros...».

«¡Oh, consuelo! Somos incultos y estamos perseguidos».

«Yo también lo estoy. No obstante, vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que resiste durante años y florece. ¿Veis? Habéis sabido esperarme, creyendo sin ninguna duda que era Yo. Y Yo he venido».

«¡Oh, sí! Has venido. Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido».

«No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor.

75.4 ¿Y los otros? Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos».

«¡Oh!». Los pastores están cada vez más conmovidos.

«¿Dónde están los demás?».

«El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José le mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por... por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví... le perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel. Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también le mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos... pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio. Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes».

«¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?».

«Me acordé de Zacarías, tu pariente... Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana... y me quedé a su servicio... Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él».

«Pero ahora el Bautista está prisionero».

«Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente».

«Quisiera verlos a todos».

«Sí, Señor. Iremos a decirles: “Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama”».

«Y os quiere entre sus amigos».

«Sí, Señor».

«Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac. Samuel y José ¿dónde están enterrados?».

«Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José... no tiene tumba, Señor. Le quemaron con la casa».

«Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre».

«¿Y mis hijos?».

«Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el “Gloria” cuando el Salvador sea coronado».

«¿Rey?».

«No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires! Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed».

«Sí, Señor».

«Llamadme Maestro.

75.5 Llega la noche, nace la primera estrella. Di tu oración antes de la cena».

«No yo. Tú».

«Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos. El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido. ¡Regocijaos, justos, recocijaos en el Señor! Él, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas, Él, que puso como límite de las tierras los mares, Él, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos, ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid. Venid, vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad para seguirle en santidad y obtener así eterno premio».

Jesús ha orado en pie con los brazos extendidos; los discípulos y los pastores están de rodillas.

Después se distribuye pan y una escudilla de leche acabada de ordeñar, y, dado que son tres los tazones — o calabazas vaciadas, no lo sé —, primero comen Jesús, Simón y Judas; luego Juan (al cual Jesús le pasa su taza) con Leví y José; Elías come el último.

Las ovejas no pastan más, se reúnen en un gran grupo compacto en espera de ser conducidas quizás a su aprisco. Sin embargo, veo que los tres pastores las conducen al bosque, debajo de un rústico cobertizo de ramas cercado con cuerdas. Ellos se ponen a prepararles a Jesús y a los discípulos un lecho de heno. Se encienden algunos fuegos, tal vez para los animales salvajes.

Judas y Juan, cansados, se echan; al poco tiempo ya están dormidos. Simón querría hacerle compañía a Jesús, pero al cabo de un poco él también se queda dormido, sentado en el heno y con la espalda apoyada en un poste.

75.6 Permanecen despiertos Jesús y los pastores. Y hablan: de José, de María, de la huida a Egipto, del regreso... Luego, después de estas preguntas de amor, llegan las preguntas más elevadas: ¿qué hacer para servir a Jesús?, ¿cómo hacerlo ellos, rudos pastores?

Y Jesús instruye y explica: «Ahora Yo voy por Judea. Los discípulos os tendrán siempre al corriente. Después os llamaré. Entretanto, reuníos. Que cada uno tenga noticias de los demás y que sepan que Yo estoy en el mundo, como Maestro y Salvador; y, como podáis, manifestadlo a otras gentes. No os prometo que seréis creídos. Yo he recibido escarnio y golpes, vosotros también los recibiréis. Pero, de la misma forma que habéis sabido ser fuertes y justos en esta espera, sedlo más aún ahora que sois míos. Mañana iremos hacia Yuttá. Luego a Hebrón. ¿Podéis venir?».

«¡Oh, sí! Los caminos son de todos y los pastos son de Dios. Sólo Belén nos está vedada, a causa de un odio injusto. Los otros pueblos saben todo... pero se conforman con burlarse de nosotros llamándonos borrachos. Por eso poco podremos hacer aquí».

«Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré».

«¿Durante toda la vida?».

«Durante toda mi vida».

«No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo».

«¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías. Uno de los últimos será. Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado a causa del dolor por mi muerte. Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal, y con él esperarás la muerte... La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era pequeñito. También entonces los ángeles cantarán el Gloria: “por el hombre de buena voluntad”».

No oigo nada más, la dulce visión se oscurece. Termina.

ECR 75.2-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

75.2

Se ven muchas ovejas en el prado ondulado, rozando la abundante hierba. Tres hombres las custodian. Uno es anciano, ya completamente cano, los otros tienen: uno, aproximadamente, treinta años; el otro, unos cuarenta.

«Cuidado, Maestro. Son pastores...» dice Judas con tono de consejo, al ver que Jesús acelera el paso.

Pero Jesús ni siquiera responde. Continúa, alto, hermoso, dándole el sol de poniente en el rostro, con su túnica blanca. Se le ve tan luminoso, que parece un ángel...

«La paz esté con vosotros, amigos» saluda en llegando al lindero del prado.

Los tres se vuelven sorprendidos. Silencio. Luego el anciano pregunta: «¿Quién eres?».

«Uno que te ama».

«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».

«De Galilea».

«¿De Galilea? ¡Ah!». El hombre le mira atentamente — también los otros se han acercado —. «De Galilea» repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo: «También Él venía de Galilea... ¿De qué lugar, Señor?».

«De Nazaret».

«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que... yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».

«¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?».

«Porque Él era el Salvador, el Mesías, y Herodes le quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre... Cuando tuve noticias de la matanza y volví — porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por Él más que por mi misma carne —, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas... Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino... Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo... hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!... Es duro y cruel... Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: “Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada”. Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena vo­lun­tad”».

«¿Dijeron eso exactamente?».

«Sí, Señor, créelo Tú, Tú al menos, que eres bueno. Conoce Tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten... y nosotros no estábamos borrachos como decían. Éste, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharle a uno? Los ángeles dijeron: “Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Le reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales”».

«¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?».

«¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo — ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones — todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre».

«¡Ah!, ¿decís: “Cristo”?».

«No, Señor. Decimos: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre”».

75.3

«Pero, en definitiva, ¿vosotros a quién buscáis?».

«A Jesucristo, Hijo de María, el Nazareno, el Salvador».

«Soy Yo». A Jesús se le ilumina el rostro al manifestarse a estos tenaces amantes suyos. Tenaces, fieles, pacientes.

«¡Tú! ¡Oh! ¡Señor, Salvador, Jesús nuestro!» — los tres se han arrojado al suelo y besan los pies de Jesús, llorando de alegría —.

«Alzaos. Álzate, Elías, y tú, Leví, y tú, que no sé quién eres».

«José. Hijo de José».

«Éstos son mis discípulos. Juan es galileo; Simón y Judas, judíos».

Los pastores ya no están rostro en tierra, pero sí todavía de rodillas, echados hacia atrás sobre los calcañares. Adoran al Salvador, con ojos de amor, labios temblorosos de emoción, rostros empalidecidos, o enrojecidos, de alegría.

Jesús se sienta en la hierba.

«No, Señor. En la hierba Tú no, Rey de Israel».

«No os preocupéis, amigos. Soy pobre; un carpintero, para el mundo. Rico sólo de amor para el mundo, y del amor que los buenos me dan. He venido a estar con vosotros, a partir con vosotros el pan de la noche, a dormir a vuestro lado sobre el heno, a recibir consuelo de vosotros...».

«¡Oh, consuelo! Somos incultos y estamos perseguidos».

«Yo también lo estoy. No obstante, vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que resiste durante años y florece. ¿Veis? Habéis sabido esperarme, creyendo sin ninguna duda que era Yo. Y Yo he venido».

«¡Oh, sí! Has venido. Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido».

«No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor.

75.4

¿Y los otros? Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos».

«¡Oh!». Los pastores están cada vez más conmovidos.

«¿Dónde están los demás?».

«El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José le mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por... por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví... le perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel. Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también le mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos... pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio. Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes».

«¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?».

«Me acordé de Zacarías, tu pariente... Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana... y me quedé a su servicio... Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él».

«Pero ahora el Bautista está prisionero».

«Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente».

«Quisiera verlos a todos».

«Sí, Señor. Iremos a decirles: “Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama”».

«Y os quiere entre sus amigos».

«Sí, Señor».

«Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac. Samuel y José ¿dónde están enterrados?».

«Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José... no tiene tumba, Señor. Le quemaron con la casa».

«Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre».

«¿Y mis hijos?».

«Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el “Gloria” cuando el Salvador sea coronado».

«¿Rey?».

«No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires! Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed».

«Sí, Señor».

«Llamadme Maestro.

75.5

Llega la noche, nace la primera estrella. Di tu oración antes de la cena».

«No yo. Tú».

«Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos. El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido. ¡Regocijaos, justos, recocijaos en el Señor! Él, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas, Él, que puso como límite de las tierras los mares, Él, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos, ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid. Venid, vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad para seguirle en santidad y obtener así eterno premio».

Jesús ha orado en pie con los brazos extendidos; los discípulos y los pastores están de rodillas.

Después se distribuye pan y una escudilla de leche acabada de ordeñar, y, dado que son tres los tazones — o calabazas vaciadas, no lo sé —, primero comen Jesús, Simón y Judas; luego Juan (al cual Jesús le pasa su taza) con Leví y José; Elías come el último.

Las ovejas no pastan más, se reúnen en un gran grupo compacto en espera de ser conducidas quizás a su aprisco. Sin embargo, veo que los tres pastores las conducen al bosque, debajo de un rústico cobertizo de ramas cercado con cuerdas. Ellos se ponen a prepararles a Jesús y a los discípulos un lecho de heno. Se encienden algunos fuegos, tal vez para los animales salvajes.

Judas y Juan, cansados, se echan; al poco tiempo ya están dormidos. Simón querría hacerle compañía a Jesús, pero al cabo de un poco él también se queda dormido, sentado en el heno y con la espalda apoyada en un poste.

75.6

Permanecen despiertos Jesús y los pastores. Y hablan: de José, de María, de la huida a Egipto, del regreso... Luego, después de estas preguntas de amor, llegan las preguntas más elevadas: ¿qué hacer para servir a Jesús?, ¿cómo hacerlo ellos, rudos pastores?

Y Jesús instruye y explica: «Ahora Yo voy por Judea. Los discípulos os tendrán siempre al corriente. Después os llamaré. Entretanto, reuníos. Que cada uno tenga noticias de los demás y que sepan que Yo estoy en el mundo, como Maestro y Salvador; y, como podáis, manifestadlo a otras gentes. No os prometo que seréis creídos. Yo he recibido escarnio y golpes, vosotros también los recibiréis. Pero, de la misma forma que habéis sabido ser fuertes y justos en esta espera, sedlo más aún ahora que sois míos. Mañana iremos hacia Yuttá. Luego a Hebrón. ¿Podéis venir?».

«¡Oh, sí! Los caminos son de todos y los pastos son de Dios. Sólo Belén nos está vedada, a causa de un odio injusto. Los otros pueblos saben todo... pero se conforman con burlarse de nosotros llamándonos borrachos. Por eso poco podremos hacer aquí».

«Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré».

«¿Durante toda la vida?».

«Durante toda mi vida».

«No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo».

«¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías. Uno de los últimos será. Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado a causa del dolor por mi muerte. Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal, y con él esperarás la muerte... La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era pequeñito. También entonces los ángeles cantarán el Gloria: “por el hombre de buena voluntad”».

No oigo nada más, la dulce visión se oscurece. Termina.

Detalle

Elías habla en nombre de los tres pastores la mayor parte del tiempo.

ECR 75.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

75.4 ¿Y los otros? Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos».

«¡Oh!». Los pastores están cada vez más conmovidos.

«¿Dónde están los demás?».

«El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José le mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por... por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví... le perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel. Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también le mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos... pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio. Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes».

«¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?».

«Me acordé de Zacarías, tu pariente... Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana... y me quedé a su servicio... Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él».

«Pero ahora el Bautista está prisionero».

«Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente».

«Quisiera verlos a todos».

«Sí, Señor. Iremos a decirles: “Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama”».

«Y os quiere entre sus amigos».

«Sí, Señor».

«Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac. Samuel y José ¿dónde están enterrados?».

«Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José... no tiene tumba, Señor. Le quemaron con la casa».

«Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre».

«¿Y mis hijos?».

«Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el “Gloria” cuando el Salvador sea coronado».

«¿Rey?».

«No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires! Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed».

«Sí, Señor».

«Llamadme Maestro.»

Detalle

Resumen Jesús ha encontrado a Elías y Leví, dos pastores del Nacimiento. Explica dónde están los otros pastores, qué hizo Zacarías por ellos y quién siguió a Juan Bautista cuando comenzó su misión de Precursor.

Una nota en la segunda etidción hace la siguiente aclaración.

Significa : *el rebaño que yo guardaba en nombre de Ana había sido tomado por el Herodiano, así que me pasé a su servicio.

ECR 76

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Elías, Leví, José, Jesús, Juan, Simón el Zelote y Judas se acercan a Yutta. Cristo tiene intención de ir a Hebrón para rezar sobre los huesos de Samuel y Zacarías, pero antes da prioridad a Isaac, porque siempre debemos ocuparnos de los que sufren. Rezar por nuestros muertos también es importante, pero ellos ya están en paz si eran justos.

Después de hablar de la diferencia entre el hombre y el animal, de la comunión de los santos y del vínculo entre los muertos y los vivos, Jesús y sus amigos llegan a Yutta. Elías se adelanta para ver a Isaac, diciéndole que Jesús quiere verle y diciéndole que venga. El pastor, que estaba lisiado y paralítico, se curó inmediatamente y fue a ver al Salvador lo antes posible.

Allí le adoró y le llevó a una familia de Yutta que se había hecho cargo de él. Son un matrimonio con cuatro hijos: se llaman María, José, Emmanuel y el último aún no tiene nombre. La pequeña familia cree en el Mesías y le invita a circuncidar a su hijo recién nacido. Jesús decide que se llamará Jesai. El sacerdote que acudió a realizar la ceremonia prestó poca atención al Señor y sus invitados se sintieron mortificados, pero él los tranquilizó y consoló. Invita a Juan a mostrar la oveja a José y a Emmanuel. La pequeña María permanece junto a Jesús y él la invita a ser tan buena como su Madre. La niña acepta inmediatamente y le habla con familiaridad. Retirado por Judas, Jesús le dice que lo deje, porque los inocentes son su alegría y sólo ellos pueden pronunciar su nombre con la misma pureza que su Madre.

ECR 76.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Ves? Yuttá está allá arriba. Ahora cruzaremos el torrente; hay un vado por el que se puede pasar en verano, sin necesidad de recurrir al puente. Habría sido más breve venir por Hebrón, pero no has querido».

«No. A Hebrón después. Siempre antes donde los que sufren. 76.2 Los muertos ya no sufren, cuando son justos. Y Samuel era un justo. Además, para los muertos que necesitan oraciones, no es necesario estar junto a sus huesos para ofrecerlas.»

Detalle

Jesús quiere ir a recoger los huesos de Samuel. Estaban enterrados en Hebrón. Sin embargo, el Señor decide ir primero a Yutta, para ver a Isaac, que había permanecido fiel a Cristo durante treinta años y vivía en la pobreza.

ECR 76.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu presencia, pero sin entrar en el pueblo?».

«Sí, así lo deseo».

«Entonces conviene que nos separemos. Yo iré a verle, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos».

Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que, arriba, muestran su blancura resplandeciendo al sol. Creo seguirle. Ahí está, ante las primeras casas. Entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros. Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que le lleva a una plaza.

No he dicho que todo esto sucede durante las primeras horas de la mañana. Lo digo ahora para explicar que en la plaza está todavía el mercado, y que amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.

Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser calle; una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo. En la esquina hay una mísera casucha (mejor: una habitación con la puerta abierta). Casi en la puerta, una cama de pobre aspecto, y encima de ella un esquelético enfermo que, gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.

Elías entra como un cohete. «Isaac... soy yo».

«¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna».

«Isaac... Isaac... ¿Sabes por qué he venido?».

«No lo sé... Estás emocionado... ¿Qué sucede?».

«He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre, y rabí. Ha venido a buscarme... y quiere vernos. ¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?».

Isaac parece amortecerse, pero toma nuevas fuerzas. «No. La noticia...» dice, «¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verle!».

«Está abajo, hacia el valle. Me manda a hablarte en estos términos, exactamente en éstos: “Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte”. Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo».

«¿Ha dicho eso?».

«Eso. Pero, ¿qué haces?».

«Me pongo en camino».

Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón, las apoya con fuerza en el suelo, se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante. Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías... que acaba entendiendo y da un grito...

Se asoma una mujercita curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas, y se echa a correr gritando como una gallina.

«Vamos... vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente... Rápido, Elías».

Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior, empujan la puerta de ramas secas; están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos, y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.

76.5

«Allí está Jesús» dice Elías señalándole. «Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo...».

Isaac corre, abre el rebaño que pace, y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

«Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición. Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro».

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas. Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

«Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías...».

«Tú me has dicho que viniera... y he venido».

«Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro».

«No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando.»

ECR 76.4-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu presencia, pero sin entrar en el pueblo?».

«Sí, así lo deseo».

«Entonces conviene que nos separemos. Yo iré a verle, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos».

Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que, arriba, muestran su blancura resplandeciendo al sol. Creo seguirle. Ahí está, ante las primeras casas. Entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros. Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que le lleva a una plaza.

No he dicho que todo esto sucede durante las primeras horas de la mañana. Lo digo ahora para explicar que en la plaza está todavía el mercado, y que amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.

Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser calle; una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo. En la esquina hay una mísera casucha (mejor: una habitación con la puerta abierta). Casi en la puerta, una cama de pobre aspecto, y encima de ella un esquelético enfermo que, gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.

Elías entra como un cohete. «Isaac... soy yo».

«¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna».

«Isaac... Isaac... ¿Sabes por qué he venido?».

«No lo sé... Estás emocionado... ¿Qué sucede?».

«He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre, y rabí. Ha venido a buscarme... y quiere vernos. ¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?».

Isaac parece amortecerse, pero toma nuevas fuerzas. «No. La noticia...» dice, «¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verle!».

«Está abajo, hacia el valle. Me manda a hablarte en estos términos, exactamente en éstos: “Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte”. Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo».

«¿Ha dicho eso?».

«Eso. Pero, ¿qué haces?».

«Me pongo en camino».

Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón, las apoya con fuerza en el suelo, se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante. Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías... que acaba entendiendo y da un grito...

Se asoma una mujercita curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas, y se echa a correr gritando como una gallina.

«Vamos... vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente... Rápido, Elías».

Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior, empujan la puerta de ramas secas; están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos, y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.

76.5

«Allí está Jesús» dice Elías señalándole. «Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo...».

Isaac corre, abre el rebaño que pace, y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

«Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición. Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro».

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas. Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

«Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías...».

«Tú me has dicho que viniera... y he venido».

«Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro».

«No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando. ¿Estás contento, Isaac?».

«¡Oh, Señor!».

«Llámame Maestro».

«Sí, Señor, Maestro mío. Aunque no estuviera curado, me habría sentido dichoso de verte. ¿Cómo he podido obtener de ti tanta gracia?».

«Por tu fe y paciencia, Isaac. Sé lo que has sufrido...».

«¡Nada, nada! ¡Ya nada! ¡Te he encontrado a ti! ¡Vives! ¡Existes! Esto sí que es real... Lo demás, todo lo demás, pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro, ahora ya no te vas, ¿verdad?».

«Isaac, tengo todo Israel que evangelizar. Yo parto... Pero, si bien es cierto que no puedo quedarme, tú sí me puedes servir y seguir.

76.6

¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?».

«¡No voy a servir!».

«¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo?, ¿confesarlo contra las burlas y las amenazas?, ¿y decir que Yo te he llamado y has venido?».

«Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga».

Jesús sonríe. «¿Ves como eres capaz de ser discípulo?».

«¡Oh, si sólo es para hacer esto!... Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a ti, Rabí de los rabíes... E ir a aprender cuando se es anciano...» — efectivamente, el hombre tiene al menos cincuenta años.

«Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac».

«¿Yo? No».

«Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías? ¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase? ¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?».

«Sí, Maestro».

«¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer».

«Ya te he predicado, Señor Jesús. A los niños que se acercaban cuando, sin apenas poder tenerme en pie, llegué a este pueblo pidiendo un pan y haciendo todavía algunos trabajos de esquilador o haciendo productos lácteos, y luego, cuando venían alrededor de mi cama, cuando ya la enfermedad se había hecho fuerte y me había aniquilado desde la cintura para abajo. Les hablaba de ti a los niños de entonces y a los niños de ahora, hijos de aquellos... Los niños son buenos y creen siempre... Hablaba de cuándo habías nacido... de los ángeles... de la Estrella y de los Magos... y de tu Madre... ¡Dime!: ¿vive?».

«Vive y te envía saludos. Siempre hablaba de vosotros».

«¡Quién pudiera verla!».

«La verás. Irás un día a mi casa. María te saludará con la palabra “amigo”».

«María... sí. Decir ese nombre es como tener miel en la boca...»

ECR 76.7-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

76.7 Hay una mujer en Yuttá — ahora es ya mujer, madre, desde hace poco, de su cuarto hijo —, que entonces era una niña, una de mis pequeñas amigas... Bueno, pues a sus hijos les ha puesto por nombre: María y José a los dos primeros, y, no atreviéndose a llamar al tercero Jesús, le ha llamado Emmanuel, como signo de bendición para sí misma, para su casa y para Israel. Y está pensando en qué nombre ponerle al cuarto, que ha nacido hace seis días. ¡Ah, cuando sepa que estoy curado, y que Tú estás aquí!... Buena como el pan hecho por la propia madre es Sara, e igualmente Joaquín, su esposo. ¿Y sus familiares? Por ellos estoy vivo. Siempre me han dado posada y me han ayudado».

«Vamos adonde ellos a pedir alojamiento para las horas de sol y llevarles bendición por su caridad».

«Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada. La anciana que me ha visto ponerme en pie está claro que ha hablado».

76.8 Siguen el torrente; lo dejan más al Sur para tomar un sendero en subida más bien pronunciada a lo largo de un espolón del monte en forma de quilla de nave. Ahora el torrente va en dirección contraria a quien sube; discurre en el fondo, entre dos cadenas montañosas que se entrecruzan formando un valle accidentado y hermoso.

Reconozco el lugar. Es inconfundible. Es el de la visión de Jesús y los niños que tuve la pasada primavera. La consabida tapia sin argamasa delimita la propiedad que desciende bruscamente hacia el valle. Ahí están los prados con los manzanos, las higueras y los nogales. Ahí está la casa, blanca sobre verde, con su ala saliente que protege la escalera formando un pórtico y mirador. Ahí está la pequeña cúpula en la parte más alta, y el huerto-jardín, con el pozo, la pérgola, los cuadros...

Un gran murmullo sale de la casa. Isaac se adelanta, entra, llama con fuerte voz: «¡María, José, Emmanuel! ¿dónde estáis? Venid aquí con Jesús».

Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro. Se quedan con la boca abierta ante el... resucitado. Luego la niña grita: «¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!».

De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer. Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, de la ya lejana visión; hermosa toda con sus vestidos de fiesta: un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues, ceñida a las opulentas caderas por un chal de rayas multicolores que modela sus muslos estupendos, que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás, y que queda entreabierto por delante después de cruzarse a la altura de la cintura bajo una fíbula de filigrana. Un velo ligero con ramas de rosas pintadas sobre un fondo marfileño está fijado a sus trenzas negras, como un pequeño turbante, y luego desciende desde la nuca, formando ondas y pliegues, por los hombros y sobre el pecho; está ceñido a la cabeza por una pequeña corona de medallitas unidas entre sí por una cadena. Pendientes de pesados anillos cuelgan de sus orejas. La túnica está abrochada al cuello por un collar de plata pasado entre unos ojales del vestido. En los brazos lleva también pesadas pulseras de plata.

«¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit... Creía que el sol le había hecho perder la cabeza... ¡Andas!... ¿Qué sucedió?».

«¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!».

«¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?».

«¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si le puedes recibir!».

«¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!».

Salen todos corriendo: mujeres, hombres, muchachos, niños; salen dando gritos, chillando... Pero, al ver a Jesús, alto y majestuoso, pierden toda vehemencia y quedan como petrificados.

«Paz a esta casa y a todos vosotros. La paz y la bendición de Dios». Jesús se dirige, despacio, sonriente, hacia el grupo de personas. «Amigos, ¿queréis recibir en vuestra casa al Viandante?» y sonríe aún más.

Su sonrisa vence los temores. El esposo tiene el valor de hablar: «Entra, Mesías. Te hemos amado sin conocerte, más te amaremos conociéndote. La casa hoy está de fiesta por tres cosas: por ti, por Isaac, y por la circuncisión de mi tercer hijo varón. Bendícele, Maestro. ¡Mujer, trae al niño! Entra, Señor».

76.9 Entran en una estancia adornada para fiesta: mesas, viandas, alfombras y ramilletes por todas partes.

Vuelve Sara con un lindo recién nacido en los brazos, y se lo presenta a Jesús.

«Dios esté con él, siempre. ¿Qué nombre tiene?».

«Ninguno. Ésta es María, éste es José, éste es Emmanuel, éste... no tiene nombre todavía...».

Jesús mira fijamente a los dos esposos, uno al lado del otro. Sonríe diciendo: «Pensad un nombre, si hoy debe ser circuncidado...».

Los dos se miran, le miran, abren los labios, los cierran sin decir nada. Todos están atentos.

Jesús insiste: «Muchos nombres grandes, dulces, benditos, tiene la historia de Israel. Los más dulces y benditos ya han sido puestos, pero quizás quede todavía alguno».

A una voz los dos esposos exclaman: «¡El tuyo, Señor!», y la esposa añade: «Pero es demasiado santo...».

Jesús sonríe y pregunta: «¿Cuándo se le circuncida?».

«Estamos esperando al que lo hace».

«Estaré presente en la ceremonia. Bien, antes de nada os doy las gracias por mi Isaac. Ahora ya no tiene necesidad de los buenos, pero los buenos siguen teniendo necesidad de Dios. Llamasteis al tercero “Dios con nosotros”. A Dios le tuvisteis desde que tuvisteis caridad con mi siervo. Benditos seáis. En la Tierra y en el Cielo será recordada vuestra acción».

«¿Isaac se va ahora? ¿Nos deja?».

«¿Os duele? Él debe servir a su Maestro. No obstante, volverá, y Yo también vendré. Vosotros, entre tanto, hablaréis del Mesías...

¡Hay tanto que decir para convencer al mundo!...

76.10 Llega la persona que esperábamos».

Entra un personaje pomposo con un sirviente. Saludos y reverencias. «¿Dónde está el niño?» pregunta con altiva gravedad.

«Aquí está. Pero antes saluda al Mesías, está aquí».

«¿El Mesías?... ¿El que ha curado a Isaac? Ya, ya sé. Hablaremos de esto en otro momento. Tengo mucha prisa. El niño y su nombre».

Los presentes se sienten desazonados por los modales del hombre. Jesús, sin embargo, sonríe como si los desaires no tuvieran que ver con Él. Toma al pequeñuelo, le toca en la frentecita con sus hermosos dedos, como para consagrarle, y dice: «Su nombre es Iesaí» y se lo vuelve a dar al padre, el cual, con el hombre soberbio y con otros, va a una habitación cercana. Jesús se queda donde está hasta que vuelven con el infante, que viene chillando desesperadamente.

«Dame al pequeñuelo, mujer. Dejará de llorar» dice para consolar a la angustiada madre. El niño, depositado en las rodillas de Jesús, efectivamente se calla.

Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor y lue­go los pastores y los discípulos. Afuera se oye balar a las ovejas (Elías las ha metido en el aprisco). En la casa hay rumor de fiesta. Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos. Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.

«¿No bebes, Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón».

«Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón. Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría...».

«No hagas caso de ese hombre, Maestro».

«No, Isaac. Ruego porque vea la Luz. Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas.

76.11 Y tú, María, acércate más y dime: ¿Quién soy Yo?».

«Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena».

«Tienes que ser buena como el ángel de Dios, más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?».

«Sí, Jesús».

«Di “Maestro” o “Señor”, niña».

«Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre. Todos, en los siglos futuros, pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro, y muchos para hacerle objeto de blasfemia. Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre. Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán. ¡Sin embargo, mi Madre y los niños...! ¿Por qué me llamas Jesús?» pregunta, acariciando a la pequeña.

«Porque te quiero... como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos» dice abrazando las rodillas de Jesús y riendo con la carita levantada.

Y Jesús se inclina y la besa... y así todo termina.

Detalle

Isaac habla de quienes le han cuidado durante su enfermedad. Decide ir a verlos para agradecerles su amabilidad con el pastor.

Sara de Yutta aparece en 76.8, al igual que los niños, y Joaquín aparece en 76.9. La bendición del recién nacido Yesai tiene lugar en 76.9-10. Finalmente, Jesús habla a la niña María en 76.11.

ECR 77.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

77.1 «¿Hacia qué hora llegaremos?» pregunta Jesús, caminando en el centro del grupo precedido por las ovejas que pacen en las márgenes herbosas.

«Hacia la hora tercia. Son aproximadamente diez millas» responde Elías.

«¿Y luego vamos a Keriot?» pregunta Judas.

«Sí. Vamos allí».

«¿Y no era más corto ir de Yuttá a Keriot? No debe haber mucha distancia. ¿Verdad, tú, pastor?».

«Dos millas más, poco más o menos».

«Así recorremos más de veinte millas sin motivo».

«Judas, ¿por qué estás tan inquieto?» dice Jesús.

«No es inquieto, Maestro; sólo que me habías prometido ir a mi casa...».

«E iré. Mantengo siempre mis promesas».

«He encargado que avisen a mi madre... y además Tú has dicho que con los muertos se está también con el espíritu».

«Lo he dicho. Mira, Judas, reflexiona: tú por mí no has sufrido todavía. Éstos hace treinta años que sufren, y no han traicionado jamás ni siquiera mi recuerdo, ni siquiera el recuerdo. No sabían si estaba vivo o muerto... y, no obstante, han permanecido fieles. Me recordaban como recién nacido, infante, sólo con mi llanto y mi necesidad de leche... y, aun así, me han venerado siempre como Dios. Por causa mía los han maltratado, los han maldecido, han sufrido persecución como un oprobio de Judea; y, a pesar de todo, su fe, ante los golpes, no vacilaba, no se aridecía, sino que, por el contrario, echaba raíces más hondas y se hacía más vigorosa».

77.2 «A propósito. Hace unos días que me quema los labios una pregunta. Son amigos tuyos y de Dios éstos, ¿no es verdad? Los ángeles los han bendecido con la paz del Cielo, ¿no es verdad? Ellos no han dejado de ser justos ante ninguna tentación, ¿no es verdad? ¿Me explicas entonces por qué han sido infelices? ¿Y Ana?... La mataron por haberte amado...».

«Tu conclusión sería, entonces, que mi amor y el amarme acarrea desventura».

«No... pero...».

«Pero es así. Siento verte tan cerrado a la Luz y tan poseído de lo humano. No; deja, Juan, y también tú, Simón. Prefiero que hable. Nunca rechazo a nadie. Sólo quiero apertura de corazones, para poder introducir en ellos la luz. Ven aquí, Judas. Escucha. Partes de un juicio común a muchos hombres presentes y futuros. Digo “juicio”, debería decir “yerro”; pero, si supongo que lo hacéis sin malicia, por ignorancia de la verdad, entonces no es yerro, es sólo juicio imperfecto, como lo puede ser el de un niño. Y sois niños, vosotros, pobres hombres. Y Yo estoy aquí como Maestro para hacer de vosotros adultos capaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo bueno. Escuchad, pues. ¿Qué es la vida? Es un tiempo de pausa; Yo diría el limbo del Limbo, que Dios Padre os da para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o de bastardos, y para asignaros, sobre la base de vuestras obras, un futuro en el que ya no habrá ni pausas ni pruebas. Ahora, decidme: ¿sería justo que uno, por el hecho de haber recibido el raro bien de disponer del modo de servir a Dios de manera especial, gozara además de un bien continuo durante toda la vida? ¿No os parece que ya ha tenido mucho y que, por tanto, puede considerarse dichoso, aunque en lo humano no lo sea? ¿No sería injusto que aquel que tiene ya en el corazón luz de divina manifestación y la sonrisa de una conciencia que aprueba, tuviera además honores y bienes terrenos? ¿Y no sería incluso imprudente?».

77.3 «Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene — y éstos te han tenido; ellos, los únicos ricos en Israel por haber gozado de ti desde hace treinta años — no debe poseer nada más. No se pone el objeto humano en el Propiciatorio... El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados. Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa... y nada, no, nada que no seas Tú debe entrar en su corazón, que te tiene a ti. ¡Ojalá fuera yo como ellos!» dice Simón.

Detalle

El grupo apostólico camina hacia Hebrón y Judas tiene la impresión de que no van a Keriot. Lamenta que vayan a Hebrón a rezar sobre los huesos del pastor Samuel y recuerda la lección de Jesús en EMV 76.2 sobre los sufragios de los muertos y la oración de difuntos, que puede hacerse en cualquier lugar. Luego se pregunta por qué los pastores, que son amigos de Dios y han recibido favores divinos, tenían que sufrir tanto.