76.1 Un fresco valle, rumoroso, de aguas que van hacia el Sur entre saltos y espumas de un pequeño torrente argentino, que asperja su risueña frescura sobre los menudos herbazales de las orillas; parece como si su linfa subiera también por las pendientes, por el verdor de éstas. Son las laderas una esmeralda de verde veteado, que sube, desde el nivel del suelo, a través de las matas y de los arbustos del monte bajo, hasta las copas de los altos árboles — entre los que hay muchos nogales —, del bosque propiamente dicho, todo salpicado de zonas abiertas intercaladas, rellanos verdes de hierba exuberante, pasto sano y nutritivo para el ganado.
Jesús desciende, con los suyos y con los tres pastores, hacia el torrente. Pacientemente se detiene cuando hay que esperar a una oveja que se queda rezagada o a uno de los pastores que debe ir por una cordera que se desvía. Ahora es exactamente el Buen Pastor. También Él se ha procurado una larga rama para apartar los ramajes de las móreas y de los espinos y clemátides que salen al paso por todas partes tratando de atrapar los vestidos; ello completa su figura de pastor.
«¿Ves? Yuttá está allá arriba. Ahora cruzaremos el torrente; hay un vado por el que se puede pasar en verano, sin necesidad de recurrir al puente. (....) »
[Jesús habla de los huesos, del sufragio de los difuntos y de la comunión de los santos. Luego dice:]
«Pero... hemos llegado al vado, creo. Veo una fila de piedras que sobresale de la poca agua del fondo».
«Sí, es aquél, Maestro. En tiempo de crecida es una cascada rumorosa, ahora no es más que siete hilos de agua que ríen entre las seis voluminosas piedras del vado».
En efecto, seis piedras de gran tamaño, bastante regulares, están depositadas, a un poco más de un palmo de distancia entre sí, sobre el fondo del torrente, y el agua, que hasta este punto formaba una única cinta brillante, se separa en siete cintas menores, dándose prisa, risueña, en reunirse, pasado el vado, en un único frescor que sigue su curso susurrando entre los cantos del fondo.
Los pastores vigilan el paso de las ovejas, de las cuales una parte pasa por encima de las piedras y otra parte prefiere meterse en el agua, de no más de un palmo de profundidad, y beber en esta diamantina ola que espuma y ríe.
Jesús pasa por las piedras y detrás de Él los discípulos. Continúan caminando por la otra margen del torrente.
76.4
«¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu presencia, pero sin entrar en el pueblo?».
«Sí, así lo deseo».
«Entonces conviene que nos separemos. Yo iré a verle, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos».
Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que, arriba, muestran su blancura resplandeciendo al sol. Creo seguirle. Ahí está, ante las primeras casas. Entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros. Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que le lleva a una plaza.
No he dicho que todo esto sucede durante las primeras horas de la mañana. Lo digo ahora para explicar que en la plaza está todavía el mercado, y que amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.
Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser calle; una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo. En la esquina hay una mísera casucha (mejor: una habitación con la puerta abierta). Casi en la puerta, una cama de pobre aspecto, y encima de ella un esquelético enfermo que, gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.
Elías entra como un cohete. «Isaac... soy yo».
«¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna».
«Isaac... Isaac... ¿Sabes por qué he venido?».
«No lo sé... Estás emocionado... ¿Qué sucede?».
«He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre, y rabí. Ha venido a buscarme... y quiere vernos. ¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?».
Isaac parece amortecerse, pero toma nuevas fuerzas. «No. La noticia...» dice, «¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verle!».
«Está abajo, hacia el valle. Me manda a hablarte en estos términos, exactamente en éstos: “Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte”. Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo».
«¿Ha dicho eso?».
«Eso. Pero, ¿qué haces?».
«Me pongo en camino».
Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón, las apoya con fuerza en el suelo, se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante. Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías... que acaba entendiendo y da un grito...
Se asoma una mujercita curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas, y se echa a correr gritando como una gallina.
«Vamos... vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente... Rápido, Elías».
Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior, empujan la puerta de ramas secas; están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos, y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.
76.5
«Allí está Jesús» dice Elías señalándole. «Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo...».
Isaac corre, abre el rebaño que pace, y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.