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Notas del tema

Interacción con los apóstoles

Página 7 de 9

Comodidad de lectura

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ECR 174.16 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Judas Iscariote está en un ángulo, pensativo. Jesús le llama; tres veces, porque no oye. Al final se vuelve: «¿Me querías, Maestro?».

«Sí; ve tú también a comer y a ayudar a tus compañeros».

«No tengo hambre, como tampoco Tú».

«Yo tampoco, pero por motivos opuestos. ¿Estás preocupado, Judas?».

«No, Maestro. Cansado...».

«Ahora vamos a ir al lago y luego a Judea, Judas. Y donde tu madre. Te lo prometí...».

Judas se reanima. «¿Vas a ir realmente conmigo solo?».

«¡Sí, hombre! Ámame, Judas. Quisiera que mi amor estuviera en ti hasta preservarte de todo mal».

«Maestro... soy hombre; no soy ángel; tengo momentos de cansancio. ¿Es pecado tener necesidad de dormir?».

«No, si duermes sobre mi pecho. Mira allá, qué feliz se ve a la gente, y qué alegre es el paisaje desde aquí. Pero también debe ser muy bonita Judea en primavera».

«Preciosa, Maestro; sólo allí, en las alturas de las montañas, que superan a las de aquí, es más tardía. Hay flores preciosas. Los pomares son un esplendor. El mío, atendido en particular por mi madre, es uno de los más bonitos. Créeme que verla pasear por él, con las palomas corriendo detrás esperando el grano, aplaca el corazón».

«Lo creo. Si mi Madre no se siente demasiado cansada, me gustaría llevarla a que viera a la tuya. Se querrían, porque son buenas las dos».

Judas, seducido por esta idea, se sosiega, y, olvidándose de “no tener hambre y de estar cansado”, corre adonde sus compañeros riendo alegre, y, siendo alto como es, desata los nudos más altos sin dificultad, y come su pan y sus aceitunas, alegre como un niño.

Jesús le mira con compasión y luego se dirige hacia los apóstoles.

Detalle

María Magdalena irrumpió en el Monte de las Bienaventuranzas. Era entonces una gran pecadora. Después de que Jesús le hablara, se marchó furiosa. Después de su discurso, Jesús fue a ver a Judas.

Anotación

Te lo prometí: Recordatorio de la promesa hecha a Judas en EMV 139.1.

Sólo que allá en las montañas, que son más altas que aquí, la primavera llega más tarde. Exactamente: la diferencia es de 3 o 4 semanas.

Si mi madre no está demasiado cansada, me encantaría llevarla a la tuya. Se querrían, porque las dos son buenas personas. Jesús quiere asociar a las dos madres que tanto tendrán que sufrir.

ECR 180.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« Yo era rico y poderoso. Si Dios no me hubiera querido conservar para un fin suyo, yo me habría hundido en la desesperación cuando estaba leproso y me perseguían. Me habría ensañado conmigo mismo... Y, sin embargo, en medio del abatimiento completo en que me encontraba, recibí de lo alto una riqueza nueva que nunca antes había poseído, la riqueza de una persuasión: “Dios existe”. Antes... Dios... Sí... era creyente, era un fiel israelita... pero era una fe de formalismos. Y me parecía que el premio a esta fe fuera siempre inferior a mis virtudes. Me permitía polemizar con Dios porque me sentía todavía algo sobre la faz de la tierra. Simón Pedro tiene razón. Yo también estaba construyendo una torre de Babel con las autoalabanzas y las satisfacciones a mi yo. Cuando se me vino todo encima y quedé, como un gusano, aplastado por el peso de toda esta inutilidad humana, dejé de polemizar con Dios, para pasar a hacerlo conmigo mismo, con mi loco yo-mismo, y acabé de demolerlo. Y, a medida que lo hacía, abriendo paso a lo que yo creo que es el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva: la certeza de que no estaba solo y de que Dios velaba por el hombre vencido por el hombre y por el mal».

«¿Para ti qué es Dios; esto que has dicho: “el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres”? ¿Qué quieres decir con eso? No te comprendo, y además me parece una herejía. A Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas, y no hay otro Dios» dice un poco severo Judas Iscariote.

«Si aquí estuviera Juan, te lo diría mejor que yo. De todas formas, te lo diré como sé. Es verdad que a Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas. Pero, ¿en qué le conocemos?, ¿cómo?».

Judas de Alfeo interviene inmediatamente: «Poco y mal. Los Profetas que nos le describieron… le conocían; pero nosotros tenemos de Él la idea confusa filtrada a través de todo un montón de estorbos acumulados por las sectas...».

«¿Sectas? ¿Qué palabras son ésas? Nosotros no tenemos sectas. Nosotros somos los hijos de la Ley... todos» dice Judas Iscariote, indignado y agresivo.

«Los hijos de las leyes. No de la Ley. Hay una ligera diferencia. Del singular al plural. Pero en realidad ello significa que ya no somos hijos de lo que Dios nos ha dado sino de lo que nosotros hemos creado» rebate Judas Tadeo.

«Las leyes han nacido de la Ley» dice Judas Iscariote.

«También las enfermedades nacen de nuestro cuerpo, y no me vas a decir ahora que son cosas buenas» replica Judas Tadeo.

«Bueno, dejadme saber lo que es el Dios inmanente de Simón Zelote». Judas Iscariote, que no puede replicar a esta observacion de Judas de Alfeo, trata de llevar de nuevo la cuestión al punto de partida.

Detalle

Simón el Zelote habla.

ECR 180.2-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Ver en su contexto

Cita

« Yo era rico y poderoso. Si Dios no me hubiera querido conservar para un fin suyo, yo me habría hundido en la desesperación cuando estaba leproso y me perseguían. Me habría ensañado conmigo mismo... Y, sin embargo, en medio del abatimiento completo en que me encontraba, recibí de lo alto una riqueza nueva que nunca antes había poseído, la riqueza de una persuasión: “Dios existe”. Antes... Dios... Sí... era creyente, era un fiel israelita... pero era una fe de formalismos. Y me parecía que el premio a esta fe fuera siempre inferior a mis virtudes. Me permitía polemizar con Dios porque me sentía todavía algo sobre la faz de la tierra. Simón Pedro tiene razón. Yo también estaba construyendo una torre de Babel con las autoalabanzas y las satisfacciones a mi yo. Cuando se me vino todo encima y quedé, como un gusano, aplastado por el peso de toda esta inutilidad humana, dejé de polemizar con Dios, para pasar a hacerlo conmigo mismo, con mi loco yo-mismo, y acabé de demolerlo. Y, a medida que lo hacía, abriendo paso a lo que yo creo que es el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva: la certeza de que no estaba solo y de que Dios velaba por el hombre vencido por el hombre y por el mal».

«¿Para ti qué es Dios; esto que has dicho: “el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres”? ¿Qué quieres decir con eso? No te comprendo, y además me parece una herejía. A Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas, y no hay otro Dios» dice un poco severo Judas Iscariote.

«Si aquí estuviera Juan, te lo diría mejor que yo. De todas formas, te lo diré como sé. Es verdad que a Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas. Pero, ¿en qué le conocemos?, ¿cómo?».

Judas de Alfeo interviene inmediatamente: «Poco y mal. Los Profetas que nos le describieron… le conocían; pero nosotros tenemos de Él la idea confusa filtrada a través de todo un montón de estorbos acumulados por las sectas...».

«¿Sectas? ¿Qué palabras son ésas? Nosotros no tenemos sectas. Nosotros somos los hijos de la Ley... todos» dice Judas Iscariote, indignado y agresivo.

«Los hijos de las leyes. No de la Ley. Hay una ligera diferencia. Del singular al plural. Pero en realidad ello significa que ya no somos hijos de lo que Dios nos ha dado sino de lo que nosotros hemos creado» rebate Judas Tadeo.

«Las leyes han nacido de la Ley» dice Judas Iscariote.

«También las enfermedades nacen de nuestro cuerpo, y no me vas a decir ahora que son cosas buenas» replica Judas Tadeo.

«Bueno, dejadme saber lo que es el Dios inmanente de Simón Zelote». Judas Iscariote, que no puede replicar a esta observacion de Judas de Alfeo, trata de llevar de nuevo la cuestión al punto de partida.

180.3

Simón Zelote dice: «Nuestros sentidos necesitan siempre un término para aferrar una idea. Cada uno de nosotros — me refiero a nosotros creyentes — cree, claro está, por la misma fe, en el Altísimo, Señor y Creador, eterno Dios que está en el Cielo. Pero todos necesitamos algo más que esta fe desnuda, virgen incorpórea, adecuada y suficiente para los ángeles, que ven y aman a Dios espiritualmente compartiendo con Él la naturaleza espiritual y teniendo la capacidad de ver a Dios. Nosotros necesitamos crearnos una “figura” de Dios, figura que está hecha de las cualidades esenciales que ponemos en Dios para dar un nombre a su perfección absoluta, infinita. Cuanto más se concentra el alma más alcanza la exactitud en el conocimiento de Dios. Pues bien, lo que yo digo es esto: el Dios inmanente. No soy un filósofo. Quizás haya aplicado mal la palabra. Lo que quiero decir, en definitiva, es que para mí el Dios inmanente es el hecho de sentir, de percibir, a Dios en nuestro espíritu, y sentirle y percibirle no ya como una idea abstracta sino como real presencia que da fortaleza y paz nuevas».

«De acuerdo. Pero, en definitiva, ¿cómo lo sentías? ¿Qué diferencia hay entre sentir por fe y sentir por inmanencia?» pregunta un poco irónico Judas Iscariote.

«Dios es seguridad, muchacho — interviene Pedro —. Cuando le sientes como dice Simón, con esa palabra cuyo espíritu comprendo aunque no la entienda como tal palabra — y, créeme, nuestro mal consiste en entender sólo la letra y no el espíritu de las palabras de Dios —, quiere decir que logras aferrar no sólo el concepto de la majestad terrible sino de la paternidad dulcísima de Dios; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te juzgara y condenara injustamente, Uno sólo, Él, el Eterno, que te es padre, no te juzga sino que te absuelve y te consuela; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te odiase, sentirías en ti la presencia de un amor más grande que todo el mundo; quiere decir que, segregado de los demás, en una cárcel o en un desierto, sentirías siempre que Uno te habla y te dice: “Sé santo para ser como tu Padre”; quiere decir que por el amor verdadero a este Padre Dios — que por fin uno llega a sentir tal — se acepta, se obra, se toma o se deja, sin medidas humanas, pensando sólo en devolver amor por amor, en copiar lo más posible a Dios en las propias acciones».

«¡Eres soberbio! ¡Copiar a Dios! No te es concedido» juzga Judas Iscariote.

«No es soberbia. El amor lleva a la obediencia. Copiar a Dios me parece también una forma de obediencia porque Dios dice que nos ha hecho a su imagen y semejanza» replica Pedro.

«Nos ha hecho. Nosotros no debemos ir más arriba».

«¡Mira chico, eres un desdichado si piensas así! Olvidas que caímos y que Dios nos quiere volver a elevar a lo que éramos».

180.4

Jesús toma la palabra: «Más todavía, Pedro, Judas, y vosotros todos, más todavía. La perfección de Adán era susceptible de aumento mediante el amor que le habría conducido a una imagen progresivamente más exacta de su Creador. Adán, sin la mancha del pecado, habría sido un tersísimo espejo de Dios. Por esto digo: “Sed perfectos como perfecto es el Padre que está en los Cielos”. Como el Padre, por tanto, como Dios. Pedro ha hablado muy bien, y Simón también. Os ruego que recordéis las palabras de ambos y que las apliquéis a vuestras almas».

Falta poco para que la mujer de Pedro se desmaye de la alegría de sentir alabar de este modo a su marido. Llora en su velo, serena y dichosa.

Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apoplético.

Detalle

Habla Simón el Zelote. La cuestión de la fe se trata con más detalle en 180.3.

ECR 180.7-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Llegamos a la hora sexta. Él había sido capturado en la hora del galicinio...».

«¿Dónde? ¿Cómo? ¿Quién? ¿En su cueva?». Todos preguntan, todos quieren saber.

«Le han traicionado... ¡El que lo ha hecho ha usado tu Nombre para traicionarle!».

«¡Qué horror! ¿Quién habrá sido?» gritan todos.

Juan, estremeciéndose, manifestando levemente este horror que ni siquiera el aire debería oír, declara: «Un discípulo suyo...».

El alboroto se hace máximo: quién maldice, quién llora, quién está estupefacto, como estatuario.

180.8

Juan se echa al cuello de Jesús y grita: «¡Tengo miedo por ti!, ¡por ti!, ¡por ti! Los traidores acompañan a los santos y por oro se venden, por oro y por miedo a los poderosos, por sed de premio, por... por obediencia a Satanás. ¡Por mil cosas!, ¡por mil! ¡Oh! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué dolor! ¡Mi primer maestro! ¡Mi Juan! ¡Tú me has sido dado por él!».

«¡Tranquilo! ¡Tranquilo! No me sucederá nada por ahora».

«¿Y después? ¿Y después? Me miro... miro a éstos... tengo miedo de todos, incluso de mí mismo. Estará entre nosotros tu traidor...».

«¿Pero estás loco? ¡Le haríamos trizas!» grita Pedro.

Y Judas Iscariote: «¡Loco de verdad! No seré yo jamás ése. Pero, si me sintiera debilitado hasta el punto de poderlo ser, me quitaría la vida: sería mejor que ser deicida».

Jesús se libera del abrazo de Juan y zarandea rudamente a Judas Iscariote, diciendo: «¡No blasfemes! Nada te podrá debilitar, si tú no quieres. Y si así sucediera, llora, y no cometas otro delito además del deicidio. Se hace débil quien, motu proprio, se vacía de Dios».

Detalle

Juan relata el arresto de Juan el Bautista.

ECR 187.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo...

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús le besa entonces en la frente y dice: «Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo».

Detalle

Habla Juan de Zebedeo.

ECR 195.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jornada lluviosa. Pedro me parece un Eneas al revés, porque, en vez de cargar con su padre, lleva sobre sus hombros al pequeño Yabés, que va todo arropado en el manto del apóstol. Se ve sobresalir la cabecita por encima de la cabeza cana de Pedro, y los brazos del niño en torno al cuello. Pedro ríe, chapoteando en los charcos.

«Nos podía haber ahorrado este inconveniente» dice malhumorado Judas Iscariote, nervioso por el agua que viene del cielo y rebota contra el suelo y salpica los vestidos.

«¡Ya! ¡Se podrían ahorrar muchas cosas!» responde Juan de Endor, mirando fijamente con su único ojo — que creo que ve por dos — al guapo de Judas.

«¿Qué quieres decir?».

«Quiero decir que es inútil pretender que los elementos sean delicados con nosotros, cuando nosotros no lo somos con nuestros semejantes, y además en materia mucho más grave que no dos gotas de agua o una salpicadura de barro».

«Cierto. Pero yo quiero entrar en la ciudad limpio y en orden; tengo muchas amistades, y además de alta categoría».

«Pues estáte atento a no caer».

«¿Me estás provocando?».

«¡No, no! Pero es que soy veterano, como maestro... y como alumno. Llevo toda mi vida aprendiendo. Primero aprendí a vegetar, luego observé la vida, después conocí la amargura de la vida. Ejercité una justicia inútil, la del “solo” contra Dios y contra la sociedad: Dios me castigó con el remordimiento; la sociedad, con las cadenas. Con lo cual, el ajusticiado, en el fondo, fui yo. Finalmente, ahora, he aprendido, estoy aprendiendo, a “vivir”. Así que, como comprenderás, por mi condición de maestro y de alumno, me viene natural repetir las lecciones».

«Pero yo soy el apóstol...».

«Y yo un desgraciado, ya lo sé, y no debería permitirme enseñarte a ti. Pero, mira, nunca se sabe lo que puede uno ser el día de mañana. Tenía la idea de que moriría como un hombre honrado y un maestro respetado en Chipre, y vine a ser un homicida y un condenado a cadena perpetua. Cuando alzaba el cuchillo para vengarme, cuando arrastraba las cadenas odiando al universo, si me hubieran dicho que sería discípulo del Santo, habría dudado del estado mental de quien me lo hubiera dicho. Y, a pesar de todo... ya lo ves. Por eso, quién sabe, a lo mejor puedo darte alguna lección buena a ti, que eres apóstol; por mi experiencia, no por santidad, que esto último ni siquiera se me pasa por la mente».

«Tiene razón ese romano al llamarte Diógenes».

«Bien... sí. Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró; yo, sin embargo, más afortunado que él, encontré, sí, primero una serpiente donde creía que estaba la mujer y un cuco donde veía al hombre amigo, pero luego, tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo».

«Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel».

«Si es así, ya tienes con qué salvarte; pero ahora tienes también la ciencia, o mejor, la sabiduría, de Dios».

«Es lo mismo».

«¡No, no! Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol».

«En definitiva, ¿quieres darme lecciones? Pues yo no me siento con ganas de ello».

«¡Déjame hablar! Al principio, hablaba a los niños: se distraían; luego a los espectros: me maldecían; luego a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores; ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios. ¿Por qué quieres impedírmelo? Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las minas, el corazón enfermo desde hace muchos años: deja, al menos, que mi mente no se vuelva estéril».

«Jesús es Dios».

«Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarle con la familiaridad con que tú le tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma... y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente».

195.2

«Es verdad, Juan. Siento tu alma — Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría —. Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo...».

Judas, impertinente, observa: «Una vez, Maestro, además no hace mucho, me dijiste que uno no debe hablar con el propio yo».

«Es verdad, lo dije, pero era porque murmurabas con tu propio yo. Este hombre no murmura, medita, y con buen fin: no hace mal».

«¡En definitiva, que estoy en error!». Judas se muestra agresivo.

«No, lo que tienes es tedio en el corazón. Considera que no siempre puede haber cielo sereno. Los campesinos desean la lluvia y también es caridad orar para que llueva; también ella es caridad. Pero, mira, se ve un bonito arco iris, que describe su curva desde Atarot hasta Ramá. Hemos sobrepasado Atarot, la triste hoz ha quedado atrás, aquí ya todo está cultivado y ríe bajo este sol que rasga las nubes. Cuando lleguemos a Rama estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén. Aparecerá de nuevo ante nuestra vista tras ese collado, que señala el lugar del horrendo acto de lujuria cometido por los guibeítas. Tremenda cosa es que la carne haga presa, Judas...».

Judas no responde, sino que se aleja chapoteando con ira en los charcos.

195.3

«¡Pero qué le pasa hoy a ése?» pregunta Bartolomé.

«Calla. Que no lo oiga Simón de Jonás. Evitemos cuestiones y... no le amarguemos a Simón, que está muy contento con su niño».

«Sí, Maestro, pero eso no está bien, y se lo pienso decir».

«Es joven, Natanael. Tú también lo fuiste...».

«Sí... pero... ¡No debe faltarte al respeto!». Sin querer, alza la voz.

Acude Pedro en seguida: «¿Qué pasa? ¿Quién falta al respeto? ¿El nuevo discípulo?» y mira a Juan de Endor, que se había retirado discretamente al comprender que Jesús estaba corrigiendo al apóstol, y que ahora está hablando con Santiago de Alfeo y Simón Zelote.

«No, ni por sueños. Es respetuoso como una niña».

«¡Ah!, ¡bien!, porque si no... peligraba su ojo. Entonces... ¡entonces es Judas!».

«Mira, Simón, ¿por qué no te ocupas de tu niño? Me lo has arrebatado, y ahora quieres meterte en una conversación amistosa entre mí y Natanael... ¿No te parece que quieres hacer demasiadas cosas?».

La tranquilidad con que sonríe Jesús es tanta, que Pedro siente vacilar su juicio; mira a Bartolomé... mas éste tiene levantado su rostro aguileño al cielo... Pedro siente que se desvanece su sospecha. La vista de la Ciudad, ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas, y, especialmente, del Templo; esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerle del todo.

Detalle

Barthélémy y Pierre intervienen más en EMV 195.3, después de lo que ocurre en EMV 195.1-2.

Anotación

- Este romano tiene razón al llamarte Diógenes. En 192.6.

- Es verdad, lo dije. En EMV 183.1.

Cuando lleguemos a Ramá, estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén. 36 x 185 m = 6,6 km.

Gabaa o Gabaa: En tiempos de los jueces, un anciano invitó a un levita de Efraín y a su concubina a pasar la noche con él. Poco después, unos hombres de Gibae, sinvergüenzas, rodearon la casa, exigiendo que se les entregara al levita para poder tener relaciones con él. El anciano les ofreció a su hija, pero ellos se negaron. El levita les entregó a su concubina. Abusaron de ella toda la noche, hasta el punto de que murió por la mañana. Enviaron trozos de su cuerpo a las tribus de Israel como muestra de su infamia (Jueces 19:15-30). Como la tribu de Benjamín se puso del lado de los culpables de Guibeá, las demás tribus les hicieron la guerra. En dos ocasiones sufrieron grandes pérdidas antes de derrotar finalmente a los benjaminitas y entregar Gabaa al fuego (Jueces 20).

ECR 195.2-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Jesús es Dios».

«Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarle con la familiaridad con que tú le tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma... y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente».

195.2

«Es verdad, Juan. Siento tu alma — Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría —. Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo...».

Judas, impertinente, observa: «Una vez, Maestro, además no hace mucho, me dijiste que uno no debe hablar con el propio yo».

«Es verdad, lo dije, pero era porque murmurabas con tu propio yo. Este hombre no murmura, medita, y con buen fin: no hace mal».

«¡En definitiva, que estoy en error!». Judas se muestra agresivo.

«No, lo que tienes es tedio en el corazón. Considera que no siempre puede haber cielo sereno. Los campesinos desean la lluvia y también es caridad orar para que llueva; también ella es caridad. Pero, mira, se ve un bonito arco iris, que describe su curva desde Atarot hasta Ramá. Hemos sobrepasado Atarot, la triste hoz ha quedado atrás, aquí ya todo está cultivado y ríe bajo este sol que rasga las nubes. Cuando lleguemos a Rama estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén. Aparecerá de nuevo ante nuestra vista tras ese collado, que señala el lugar del horrendo acto de lujuria cometido por los guibeítas. Tremenda cosa es que la carne haga presa, Judas...».

Judas no responde, sino que se aleja chapoteando con ira en los charcos.

Detalle

Judas habla con Juan de Endor.

Anotación

- Así es, lo he dicho. En EMV 183.1.

Gabaa o Gabaa: En tiempos de los jueces, un anciano invitó a un levita de Efraín y a su concubina a pasar la noche con él. Poco después, unos hombres de Guibeá, sinvergüenzas, rodearon la casa, exigiendo que se les entregara al levita para poder tener relaciones con él. El anciano les ofreció a su hija, pero ellos se negaron. El levita les entregó a su concubina. Abusaron de ella toda la noche, hasta el punto de que murió por la mañana. Enviaron trozos de su cuerpo a las tribus de Israel como muestra de su infamia (Jueces 19:15-30). Como la tribu de Benjamín se puso del lado de los culpables de Guibeá, las demás tribus les hicieron la guerra. En dos ocasiones sufrieron grandes pérdidas antes de derrotar finalmente a los benjaminitas y entregar Gabaa al fuego (Jueces 20).

Libro de Jueces 19, 10-30

Jue 19, 10-30 : El esposo no aceptó pasar la noche; se levantó y se marchó. Llegó hasta Jebús, que es Jerusalén, con sus dos asnos y su concubina. Cuando llegaron cerca de Jebús, estaba muy oscuro. Entonces el siervo dijo a su amo: "Por favor, ven y desviémonos hacia esta ciudad de los jebuseos y pasemos allí la noche". Su amo le respondió: "No nos desviaremos a una ciudad extraña donde no hay hijos de Israel; iremos hasta Guibeá", y dijo a su siervo: "Vamos, tratemos de llegar a uno de estos lugares para pasar la noche, ya sea Guibeá o Ramá". Siguieron caminando, y el sol se puso cuando estaban cerca de Gabaa, que pertenece a Benjamín. Así que tomaron este camino y fueron a pasar la noche a Gabaa.

Cuando el levita llegó, se detuvo en la plaza del pueblo; y no había nadie que les permitiera pasar la noche en su casa. 16Pero un anciano regresó al atardecer de trabajar en el campo; era un hombre de Efraín de la región montañosa, que vivía en Gabaa; y la gente del lugar era benjamita. Cuando levantó la vista, vio al viajero en la plaza del pueblo, y el anciano le dijo: "¿Adónde vais y de dónde venís?". Él respondió: "Vamos de Belén de Judá a los confines de la región montañosa de Efraín, de donde yo vengo. Había estado en Belén de Judá, y ahora voy a la casa de Yahvé, y no hay nadie que me reciba en su casa. Pero tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y pan y vino para mí y para tu criada y para el joven que está con tus criados; nada nos falta." El anciano dijo: "¡La paz sea contigo! Yo proveeré a todas vuestras necesidades, pero no paséis la noche en la plaza". Los viajeros se lavaron los pies y luego comieron y bebieron.

Mientras se regocijaban en sus corazones, he aquí que unos hombres de la ciudad, hombres perversos, rodearon la casa y, llamando fuertemente a la puerta, dijeron al anciano, dueño de la casa: "Saca al hombre que ha entrado en tu casa, para que le conozcamos." El señor de la casa salió y les dijo: "No, hermanos míos, por favor, no hagáis el mal; ya que este hombre ha entrado en mi casa, no cometáis esta infamia. Aquí está mi hija, que es virgen, y su concubina; os las sacaré, y les haréis violencia y las trataréis como os plazca; pero no cometáis semejante infamia con este hombre". Los hombres no escucharon. Así que el hombre cogió a su concubina y la sacó fuera. La conocieron y abusaron de ella toda la noche hasta la mañana, cuando la despidieron al amanecer.

Hacia la mañana, la mujer cayó a la puerta de la casa de su marido y se quedó allí hasta que amaneció. Su marido se levantó por la mañana, abrió la puerta de la casa y salió para continuar su viaje. Y he aquí que la mujer, su concubina, estaba echada a la puerta de la casa con las manos en el umbral. Él le dijo: "Levántate y vámonos. Pero nadie respondió. Entonces el marido la subió a su asno y partió hacia su casa.

Cuando llegó a su casa, tomó un cuchillo y se apoderó de su concubina, cortándola miembro por miembro en doce pedazos y enviándola por toda la tierra de Israel. Todos los que vieron esto dijeron: "Nunca ha sucedido ni se ha visto nada semejante desde que los hijos de Israel subieron de la tierra de Egipto hasta hoy; pensadlo, consultad y decidid."

ECR 196.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y los otros amores?» preguntan al unísono Simón Zelote y el hombre de Endor.

«El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo».

«¿Y basta?».

«Basta».

«¡Hay otros muchos amores!» exclama Judas Iscariote.

«No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son “desamores”; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negación es odio».

«¿Si niego el consentimiento al mal es odio?» insiste Judas Iscariote.

«¡Pobres de nosotros! Eres más insidioso que un escriba. ¿Me quieres decir lo que te pasa! ¿Es culpa del aire fino de Judea, que te pinza los nervios como un calambre?» exclama Pedro.

«No. Me gusta instruirme y tener muchas ideas, y claras. Dado que has mencionado a los escribas, aquí es fácil hablar con ellos; no quiero quedarme corto de argumentos».

«¿Y piensas que vas a poder, en el momento en que te haga falta, extraer del saco en que estás acumulando esos trapajos la hilacha del color deseado?» pregunta Pedro.

«¡Trapajos las palabras del Maestro? ¡Blasfemas!».

«No te me hagas el escandalizado. En su boca no hay trapajos, pero después de maltratarlas nosotros se transforman en eso. Pon un pedazo de valioso lino cendalí en manos de un niño... Pasado un rato, será un trapajo sucio y roto. Pues es lo mismo que nos pasa a nosotros... Ahora que, si pretendes pescar en el momento oportuno el pingajillo que necesitas, entre que es un pingajillo y que está sucio... pues...¡en fin... no sé yo cuál va a ser el resultado!».

«Tú no te metas, que son cosas mías».

«¡Ah!, ¡claro! Ten por seguro que no me voy a meter en tus cosas. ¡Tengo ya bastante con las mías! Y además, a fin de cuentas, me conformo con que no le perjudiques al Maestro; porque, si lo hicieras, entonces me metería también en tus cosas...».

«Cuando actúe mal, lo harás; pero eso no sucederá nunca porque sé actuar... No soy un ignorante...».

«Yo lo soy, ya lo sé. Pero, precisamente porque lo sé, no acumulo lastre para, en su momento, exhibirlo, sino que me pongo en manos de Dios... y Dios me ayudará por amor a su Mesías, de quien soy el siervo más pequeño y más fiel».

«¡Todos somos fieles!» contrapone, arrogante, Judas.

«¡Malo! ¿Por qué ofendes a mi padre? Es ya mayor. Es bueno. No debes hacerlo. Eres un hombre malo. Me das miedo» dice, severo, Yabés, rompiendo el atento silencio en que estaba.

«¡Y van dos!» exclama en voz baja Santiago de Zebedeo dándole con el codo a Andrés. A pesar de que haya hablado bajo, Judas lo ha oído.

«¿Ves, Maestro, como las palabras de aquel estúpido niño de Magdala han dejado huella?» dice Judas encendido de rabia.

Detalle

Jesús acaba de hablar de las distintas potencias del amor. Primero está el amor de Dios, luego el amor paterno y materno, después el amor conyugal.

Anotación

Ya veis, Maestro, si las palabras de aquel insensato niño de Magdala han dejado memoria... dijo Judas, rojo de despecho. Judas se refiere a Benjamín de Magdala (véase EMV 184). Judas ya estaba preocupado por estas palabras en EMV 187.

ECR 198.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Yo he dicho: túnica roja y cinturón verde. Estará muy bien. Mejor que con ese color que tiene ahora».

«Rojo irá muy bien. Jesús también fue vestido de rojo. Pero yo diría que iría mejor encima del rojo un cinturón rojo, o, al menos, bordado en rojo» dice dulcemente María.

«Yo decía el verde porque veo que Judas, que es moreno, está muy bien con esas franjas verdes encima de la túnica roja».

«¡Pero si no son verdes!» dice, riéndose, Judas Iscariote.

«¿No? ¿Y, entonces, de qué color son?».

«Este color se conoce con el nombre de “vena de ágata”».

«¡Y qué voy a saber yo? A mí me parecía verde. Ese color le he visto también en las hojas...».

María Stma. interviene benigna: «Simón tiene razón. Es el color exacto que toman las hojas con las primeras aguas de Tisri...».

«¡Eso es! Y, dado que las hojas son verdes, decía que era verde» termina diciendo, contento, Pedro.

La Dulce ha introducido paz y alegría también en esta pequeña cosa.

Detalle

Peter habla sobre la ropa de Marziam para su fiesta de mayoría de edad.