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Notas del tema

Interacción con los apóstoles

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ECR 49.11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.11 ¿Es mi predilecto? Sí. Pero, ¿no tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes. Le amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndole como un pequeño Cristo. Y mi Madre me decía: “Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre”.

¡Oh..., la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente, y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre. Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud: hijos y hermanos del Padre y del Hijo.

ECR 54.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Sois vosotros los que me buscáis?» dice a los dos desconocidos. «Aquí estoy. ¿Quiénes sois?».

«Te hemos oído la otra tarde... en el Templo. Te hemos buscado por la ciudad. Uno que dice ser pariente tuyo nos ha informado de que estabas aquí».

«¿Por qué me buscáis?».

«Para seguirte, si nos aceptas, porque Tú tienes palabras de verdad».

«¿Seguirme? ¿Pero sabéis hacia dónde voy?».

«No, Maestro, pero ciertamente a la gloria».

«Sí. Pero a una gloria no de la tierra. A una gloria que tiene su sede en el Cielo y que se conquista con virtud y sacrificio. ¿Por qué queréis seguirme?» vuelve a preguntar.

«Para tener parte en tu gloria».

«¿Según el Cielo?».

«Sí, según el Cielo».

«No todos pueden llegar. Porque Satanás insidia, más que a los demás, a los que desean el Cielo, y sólo quien sabe fuertemente querer resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme a mí quiere decir lucha continua con el enemigo que está en nosotros, con el mundo enemigo, y con el Enemigo, que es Satanás?».

«Porque así lo quiere nuestro espíritu, que ha quedado conquistado por ti. Eres santo y poderoso. Queremos ser tus amigos».

«¡¡¡Amigos!!!».... Jesús se calla y suspira. Después mira fijamente a quien ha estado hablando, que ahora ha echado hacia atrás el manto que cubría su cabeza. Es Judas de Keriot. «¿Quién eres, tú que hablas mejor que un hombre del pueblo?».

«Judas soy, de Simón. De Keriot soy. Pero soy del Templo... o... estoy en el Templo. Espero al Rey de los judíos y sueño con Él. Te he sentido Rey en la palabra. Rey te he visto en el gesto. Tómame contigo».

«¿Tomarte? ¿Ahora? ¿En seguida? No».

«¿Por qué, Maestro?».

«Porque es mejor sopesarse a sí mismo antes de tomar caminos muy escarpados».

«¿No crees en mi sinceridad?».

«Lo has dicho. Creo en tu impulso. Pero no creo en tu constancia. Piénsalo, Judas. Yo ahora me iré y volveré para Pentecostés. Si estás en el Templo, me verás. Sopésate a ti mismo.

54.4

¿Y tú quién eres?» le pregunta al segundo desconocido.

«Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora me da mie­do».

«No. La presunción es perdición. El temor puede ser obstáculo, pero si viene de la humildad es una ayuda. No temas. También tú piensa, y cuando vuelva...».

«¡Maestro, eres muy santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque respecto a mi amor no temo...».

«¿Cómo te llamas?».

«Tomás, llamado Dídimo».

«Recordaré tu nombre. Vete en paz».

Jesús se despide de ellos y se retira a la acogedora casa para cenar.

54.5

Los seis que están con Él quieren saber muchas cosas. «¿Por qué, Maestro, has hecho diferencia entre los dos?... Porque una diferencia ha habido. Los dos tenían el mismo impulso...» pregunta Juan.

«Amigo, un impulso, aun siendo el mismo, puede tener distinto contenido y causar distinto efecto. Es cierto que los dos tienen el mismo impulso. Pero uno no es igual que el otro en el fin. Y el que parece el menos perfecto es el más perfecto, porque no lleva fomes de gloria humana. Me ama porque me ama».

ECR 54.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

54.6 «¿Maestro... por qué tu primo, aun sabiendo dónde habitas, no ha venido?».

«¡Pedro mío!... Tú serás una de mis piedras, la primera. Pero no todas las piedras son fáciles de usar. ¿Has visto los mármoles del palacio pretorio?: arrancados fatigosamente del seno montano, ahora son parte del Pretorio. Mira por el contrario esos cantos que resplandecen allí, bajo el rayo de luna, entre las aguas del Cedrón. Procedentes de aquéllos, ahora están en el lecho del torrente, y si uno los quiere, ¿ves?, en seguida se dejan coger. Mi primo es como las primeras piedras de que hablo... El seno del monte, que es la familia, me lo disputa».

«Yo quiero ser en todo como los cantos del torrente. Por ti estoy dispuesto a dejarlo todo: casa, esposa, pesca, hermanos. Todo, Rabí, por ti».

«Lo sé, Pedro. Por esto te amo. Pero también Judas vendrá».

«¿Quién? ¿Judas de Keriot? Por mí que no venga. Es un señorito, pero... prefiero... me prefiero incluso a mí mismo...». Todos se echan a reír de la salida de Pedro. «¿A qué viene esa risa? Quiero decir que prefiero un galileo genuino, tosco, pescador, pero sin fraude, a... a los de ciudad que... no sé... Bueno, el Maestro entiende lo que quiero decir».

«Sí, entiendo, pero no juzgues. Tenemos necesidad los unos de los otros en la tierra, y los buenos están mezclados con los malvados como las flores en el campo. La cicuta está al lado de la salutífera malva».

Detalle

Pedro preguntó a Jesús por Judas, que estaba ausente, y la conversación derivó hacia Judas, que se había presentado al Maestro por primera vez.

ECR 66.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

66.1 Por la tarde veo a Jesús... bajo unos olivos... Está sentado sobre un escalón del terreno, en su postura habitual: con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos hacia adelante y las manos unidas. Empieza a hacerse de noche y la luz va disminuyendo en el tupido olivar. Jesús está solo. Se ha quitado el manto como si tuviera calor. Va vestido de blanco, poniendo así una nota clara en este lugar de tonalidad verde muy oscurecida por el crepúsculo.

Un hombre baja entre los olivos. Da la impresión de que busca algo o a alguien. Es alto, lleva un indumento de color alegre: un amarillo rosa que hace más vistoso el manto, grande, lleno de franjas ondulantes. No veo bien su rostro porque lo impiden la luz y la lejanía, y también porque un borde del manto le oculta mucho el rostro. Cuando ve a Jesús, hace un gesto como para decir: «¡Ahí está!», y acelera el paso. A pocos metros dice: «¡Salve, Maestro!».

Jesús se vuelve repentinamente y alza la cara (la persona que ha llegado en ese momento está en el escalón superior). Jesús le mira serio, yo diría incluso que triste.

El hombre repite: «¡Hola, Maestro! Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te acuerdas?».

«Recuerdo y reconozco. Eres el que me habló aquí con Tomás en la Pascua pasada».

«Y a quien Tú dijiste: “Piensa y sé juicioso en la decisión antes de mi regreso”. Lo he decidido: voy contigo».

«¿Por qué vienes, Judas?» — Jesús está muy triste.

«Porque... ya te dije la otra vez por qué: porque sueño con el Reino de Israel y te he visto rey».

«¿Por esto vienes?».

«Por esto. Me pongo a mí mismo y todo lo que tengo: capacidad, conocimientos, amistades, todo mi esfuerzo, a tu servicio y al servicio de tu misión para reconstruir Israel».

Los dos están ahora frente a frente, cerca el uno del otro, en pie. Se miran fijamente: Jesús, serio hasta la tristeza; el otro, entusiasmado por su sueño, sonriente, hermoso y joven, ligero y ambicioso.

«Yo no te he buscado, Judas».

«Sí, ya me he percatado. Pero yo te buscaba. Hace muchos días que he puesto personas en las puertas para que me informasen de tu llegada. Pensaba que vendrías con algunos seguidores tuyos y que sería fácil verte. Sin embargo... He deducido que habías venido porque un grupo de peregrinos iba bendiciéndote por haber curado a un enfermo. Pero nadie sabía decirme con exactitud dónde estabas. Entonces me he acordado de este lugar. Y he venido. Si no te hubiera encontrado aquí, me habría resignado a no encontrarte...».

«¿Crees que haya supuesto un bien para ti el haberme encontrado?».

«Sí, porque te buscaba, te deseaba, quiero tenerte».

«¿Por qué? ¿Por qué me has buscado?».

«¡Pero si ya te lo he dicho, Maestro!

66.2 ¿No me has comprendido?».

«Te he comprendido, sí, te he comprendido; pero quiero que tú también me comprendas antes de seguirme. Ven. Hablaremos mientras caminamos». Y se ponen a caminar el uno al lado del otro, hacia arriba y hacia abajo, por los senderillos que cortan transversalmente el olivar. «Tú, Judas, me sigues por una idea que es humana. Yo te debo disuadir de ello. No he venido para esto».

«Pero, ¿Tú no eres el que ha sido designado para Rey de los judíos, aquél de quien hablaron los profetas? Otros han surgido, pero les faltaban demasiadas cosas, y han caído como hojas que el viento ya no sostiene. Tú tienes a Dios contigo, hasta el punto de que obras milagros. Allí donde está Dios, el éxito de la misión está asegurado».

«Es verdad lo que has dicho: que Yo tengo a Dios conmigo. Yo soy su Verbo. Soy aquel que anunciaron los Profetas, que fue prometido a los Patriarcas, el esperado de las muchedumbres. Pero, ¿por qué, ¡oh Israel!, te has vuelto tan ciega y sorda que ya no sabes leer ni ver, oír ni comprender lo verdadero de los hechos? Mi Reino no es de este mundo, Judas. Disuádete. Vengo a traerle a Israel la Luz y la Gloria, mas no las de la Tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel al Reino. Porque de Israel y con Israel debe formarse y venir la planta de vida eterna cuya linfa será la Sangre del Señor, la planta que se extenderá por toda la Tierra hasta el fin de los siglos. Mis primeros seguidores serán de Israel; mis primeros confesores, de Israel; mas también mis perseguidores, mis verdugos y quien me traicionará serán de Israel...».

«No, Maestro. Eso no sucederá nunca. Aunque todos te traicionasen yo estaré contigo y te defenderé».

«¿Tú, Judas? ¿Y en qué basas tu seguridad?».

«En mi honor de hombre».

«Cosa más frágil que una tela de araña, Judas. Es a Dios a quien tenemos que pedirle la fuerza de ser honestos y fieles. ¡El hombre!... El hombre lleva a cabo obras de hombre. Para llevar a cabo obras del espíritu — y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir realizar obras de espíritu — hace falta matar al hombre y hacer que vuelva a nacer. ¿Eres capaz de tanto?».

«Sí, Maestro. Y además... cierto que no todo Israel te amará, pero no llegará al punto de darle a su Mesías verdugos y traidores: ¡te espera desde hace siglos!».

«Me los dará. Ten presente a los Profetas, sus palabras... y cómo terminaron. Yo estoy destinado a defraudar a muchos, y tú eres uno de ellos. Judas, tienes aquí, frente a ti, a una persona mansa, pacífica, pobre y que quiere seguir siendo pobre. No he venido para imponerme o guerrear; no disputo ningún reino ni ningún poder a los fuertes y a los poderosos; Yo sólo a Satanás le disputo las almas, y vengo a vencer las cadenas de Satanás con el fuego de mi amor. Vengo para enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia. Yo te digo, y digo a todos: no tengáis sed de riquezas humanas; trabajad más bien por las monedas eternas. Judas, si me crees uno que ha de triunfar sobre Roma y sobre las castas que imperan, desengáñate. Herodes y César, y los que son como ellos, pueden dormir tranquilos mientras Yo hablo a las turbas. No he venido para arrancar cetros a nadie... mi cetro, eterno, ya está preparado, pero nadie, que no fuera amor como soy Yo, lo querría empuñar.

66.3 Vete, Judas, y medita...».

«¿Me rechazas, Maestro?».

«Yo no rechazo a nadie, porque quien rechaza no ama. Pero, dime, Judas: ¿cómo llamarías tú la acción de uno que, sabiendo que tiene una enfermedad contagiosa, le dijera a otro que, desconocedor del hecho, fuera a beber de su cáliz: “Piensa lo que estás haciendo”? ¿Lo llamarías odio o amor?».

«Lo llamaría amor porque no quiere que esa persona pierda la salud».

«Pues entonces llama también así a mi acto».

«¿Puedo perder la salud yendo contigo? No, nunca».

«Puedes perder más que la salud, porque, piénsalo bien, Judas, poco le será imputado a quien asesine creyendo hacer justicia, creyéndolo porque no conoce la Verdad; pero mucho le será imputado a quien, habiéndola conocido, no sólo no la siga, sino que incluso se haga enemigo de ella».

«Yo no lo seré. Tómame contigo, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el Salvador y ves que yo soy un pecador, una oveja descarriada, un ciego que no va por camino justo, ¿por qué rehúsas salvarme? Tómame contigo. Te seguiré hasta la muerte...».

«¡Hasta la muerte! Cierto. Esto es cierto. Luego...».

«¿Luego, Maestro?».

«El futuro está en el seno de Dios. Vete. Mañana nos volveremos a ver junto a la Puerta de los Peces».

«Gracias, Maestro. El Señor sea contigo».

«Y su misericordia te salve».

Y todo termina.

ECR 67.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

67.5 «¡Maestro!» — Judas llega presuroso —. «Maestro, has llegado antes que yo... ¿Qué sucede?».

«¡El Rabí ha hecho milagros! No en Galilea; aquí, aquí le queremos con nosotros».

«¿Lo ves, Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que también estés aquí. ¿Por qué lo rehúyes?».

«No lo rehúyo, Judas. He venido adrede solo, para que la rudeza de los discípulos galileos no hiriese la finura judía. Quiero reunir a todas las ovejas de Israel bajo el cetro de Dios».

«Por eso te dije: “Tómame contigo”. Yo soy judío y sé cómo tratar a los judíos. ¿Te vas a quedar, entonces, en Jerusalén?».

«Pocos días. Para esperar a un discípulo que también es judío. Después iré por la Judea...».

«¡Yo iré contigo! Te acompañaré. ¿Piensas ir a mi pueblo? Te llevaré a mi casa. ¿Vas a venir, Maestro?».

«Iré...

67.6 Del Bautista, tú que eres judío y vives en contacto con la gente de alta categoría, ¿sabes algo?».

«Sé que todavía está prisionero, pero que le quieren liberar porque la multitud, si no le devuelven a su profeta, amenaza una sedición. ¿Le conoces?».

«Le conozco».

«¿Le amas? ¿Qué piensas de él?».

«Pienso que no ha habido ninguno que asemeje a Elías más que él».

«¿Le consideras verdaderamente el Precursor?».

«Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia al Sol. Bienaventurados los que se han preparado para el Sol a través de su predicación».

«Es muy severo Juan».

«No más para los demás que para sí mismo».

«Es verdad. Pero es difícil seguirle en su penitencia. Tú eres más bueno y es fácil amarte».

«Y sin embargo...».

«¿Y, sin embargo, Maestro?...».

«Y, sin embargo, de la misma forma que a él se le odia por su austeridad, a mí me odiarán por mi bondad, porque la una y la otra predican a Dios, y Dios les resulta antipático a los malos. Está signado que así sea. De la misma forma que él me precede en la predicación, así me precederá en la muerte. Pero, ¡ay de los asesinos de la Penitencia y de la Bondad!».

«¿Por qué siempre estas tristes previsiones, Maestro? La multitud te ama, ¿no lo ves?...».

«Porque es seguro. La multitud humilde, sí, me ama. Pero la multitud no es toda humilde, ni de humildes. Pero, la mía no es tristeza; es tranquila visión del futuro y adhesión a la voluntad del Padre, que me ha mandado para esto. Y para esto Yo he venido. Ya hemos llegado al Templo. Voy al Bel Nidrás a amaestrar a las multitudes. Si quieres, quédate».

«Voy contigo. Sólo tengo una finalidad: servirte y hacerte triunfar».

Entran en el Templo y todo termina.

Detalle

Jesús promete a Judas ir a Kerioth.

ECR 68.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Veo a Jesús entrando, con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza, o rellano de la grada si se prefiere; se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio solado con mármoles de colores distintos. El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta. Pero, antes de dirigirse a él, dice a Judas: «Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto».

«Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías».

«Yo eso lo sé, y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres; antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos. Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar».

«La otra vez no lo hiciste».

«La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas. La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes. Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto. Y además, Judas, ¿tú crees que el discípulo es más que su Maestro?».

«No, Jesús».

«¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?».

«Tú, el Maestro; yo, el discípulo».

«Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro. Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas; condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas».

«Es verdad. Perdona. Obedezco».

«Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre».

«¿Obedecer? Sí».

«No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve».

Judas le mira pensativo, interrogativamente... pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

68.2

Vuelve con un personaje solemnemente vestido. «Éste es, Maestro, el magistrado».

«La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel».

«¿Eres rabí?».

«Lo soy».

«¿Quién fue tu maestro?».

«El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos».

«¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le for­me?».

«Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor».

«Tu nombre».

«Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joa­quín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel».

«¿Quién lo prueba?».

«Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad».

«Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?».

«Escúchame y podrás juzgar por ti mismo».

«Si quieres puedes enseñar... Pero... ¿no eres nazareno?».

«Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá».

«Ya sabes... los fariseos... toda Judea... respecto a Galilea...».

«Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito...».

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

68.3

Judas pregunta: «¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?».

«Mis palabras lo dirán».

«¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?».

«La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas, y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes. Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar...».

Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas le observa admirado.

ECR 69.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

69.1 Jesús y Judas salen del Templo después de haber estado orando en el lugar más cercano al Santo, concedido a los israelitas varones.

Judas quisiera seguir con Jesús, pero este deseo encuentra oposición en el Maestro. «Judas, quiero estar solo en las horas nocturnas. Durante la noche, mi espíritu toma del Padre su alimento. Oración, meditación y soledad, me son más necesarias que el alimento material. Quien quiere vivir para el espíritu y conducir a otros a vivir la misma vida, debe posponer la carne, diría casi: matarla en sus desafueros, para ocuparse completamente del espíritu; todos, Judas, también tú, si quieres verdaderamente ser de Dios, o sea, de lo sobrenatural».

«Pero, Maestro, nosotros somos todavía de la tierra. ¿Cómo podemos desatender la carne poniendo toda nuestra solicitud en el espíritu? Lo que dices, ¿no está en antítesis con el mandato de Dios: “No matarás”?, ¿en esto no está también incluido el no matarse? Si la vida es don de Dios, ¿debemos o no amarla?».

«Voy a responderte como no respondería a una persona sencilla, a la cual es suficiente elevarle la mirada del alma, o de la mente, a esferas sobrenaturales, para poder llevárnosla en vuelo a los reinos del espíritu. Tú no eres una persona sencilla. Te has formado en ambientes que te han afinado... pero que, al mismo tiempo, te han contaminado con sus sutilezas y con sus doctrinas. ¿Tienes presente a Salomón, Judas? Era sabio, el más sabio de aquellos tiempos. ¿Recuerdas lo que dijo, después de haber conocido todo el saber?: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Temer a Dios y observar sus mandamientos: esto es todo el hombre”. Ahora Yo te digo que hay que saber tomar de los alimentos sustento, pero no veneno. Y si se ve que un alimento nos es nocivo (porque se producen reacciones en nosotros por las cuales ese alimento es nefasto, siendo más fuerte que nuestros humores buenos, los cuales lo podrían neutralizar) es necesario dejar de tomar ese alimento, aunque sea apetitoso al gusto. Mejor pan, sin más, y agua de la fuente, que no los platos rebuscados de la mesa del rey que tienen especias que alteran y envenenan».

«¿Qué debo dejar, Maestro?».

«Todo aquello que sabes que te turba. Porque Dios es Paz, y si te quieres encaminar por el sendero de Dios debes liberar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz, de todo lo que conlleva turbación. Sé que es difícil reformarse a sí mismo, pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a ser de nuevo hijo de Dios, a volver a formarse como por una segunda creación, una autogénesis querida por él mismo.

69.2 Pero deja que te responda a cuanto preguntabas, para que no digas que no has salido del error por culpa mía. Es verdad que matarse es igual que matar. La vida es don de Dios, ya sea la propia o la ajena, y sólo a Dios, que la ha otorgado, le está reservado el poder de quitarla. Quien se mata confiesa su soberbia, y Dios odia la soberbia».

«¿La soberbia, confiesa? Yo diría la desesperación».

«¿Y qué es la desesperación sino soberbia? Considera esto, Judas: ¿Por qué uno pierde la esperanza?: o porque las desventuras se ensañan con él y quiere vencerlas por sí solo, sin ser capaz de tanto; o bien porque es culpable y juzga de sí mismo que Dios no lo puede perdonar. Tanto en el primero como en el segundo caso, ¿no es reina la soberbia? El hombre que quiere por sí solo resolver las cosas carece de la humildad de tender la mano al Padre diciéndole: “Yo no puedo, pero Tú sí puedes. Ayúdame, porque espero todo, todo lo estoy esperando, de Ti”. El otro hombre, el que dice: “Dios no puede perdonarme”, lo hace porque midiendo a Dios con el patrón de sí mismo sabe que otra persona, ofendida como él ha ofendido, no podría perdonarle. O sea, también aquí hay soberbia. El humilde siente compasión y perdona aunque sufra por la ofensa recibida. El soberbio no perdona. Es además soberbio porque no sabe bajar la cabeza y decir: “Padre, he pecado, perdona a tu pobre hijo culpable”. ¿O es que no sabes, Judas, que el Padre está dispuesto a disculpar todo, si se pide perdón con corazón sincero y contrito, con corazón humilde y deseoso de resucitar al bien?».

«Pero ciertos delitos no deben perdonarse, no pueden ser perdonados».

«Eso lo dices tú. Y hasta será verdad, si el hombre así lo quiere. Pero, en verdad, ¡oh!, en verdad te digo que incluso después del delito de los delitos, si el culpable corriera a los pies del Padre — se llama Padre por esto, Judas, y es Padre de perfección infinita — y, llorando, le suplicara que le perdonase, ofreciéndose a la expiación pero sin desesperación, el Padre le daría el modo de expiar para merecerse el perdón y salvar el espíritu».

69.3 «Entonces dices que los hombres que la Escritura cita, y que se mataron, hicieron mal».

«No es lícito hacer violencia a nadie, y tampoco uno a sí mismo. Hicieron mal. Conociendo relativamente el bien, habrán obtenido de Dios, en ciertos casos, misericordia. Pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y haya dado fuerza a los espíritus con su Espíritu, desde entonces, ya no le será concedido el perdón a quien muera desesperado. Ni en el instante del juicio particular, ni, después de siglos de Gehena, en el Juicio Final, ni nunca. ¿Es dureza de Dios? No: justicia. Dios dirá: “Tú, criatura dotada de razón y de sobrenatural ciencia, creada libre por Mí, decidiste seguir el sendero elegido por ti, y dijiste: ‘Dios no me perdona. Estoy separado para siempre de Él. Juzgo que debo aplicarme por mi mismo justicia por mi delito. Dejo la vida para huir de los remordimientos’, sin pensar que ya no habrías sentido remordimientos si hubieras venido a mi seno paterno. Recibe eso mismo que has juzgado. No violento la libertad que te he dado”.

Esto le dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don, y hay que amarla. ¿Y qué don es? Don santo. Así que ha de ser amada santamente. La vida dura mientras la carne resiste. Luego empieza la Vida grande, la eterna Vida: de beatitud para los justos, de maldición para los no justos. La vida, ¿es fin o es medio? Es medio. Sirve para el fin, que es la eternidad. Pues démosle entonces a la vida aquello que le haga falta para durar y servir al espíritu en su conquista. Continencia de la carne en todos sus apetitos, en todos. Continencia de la mente en todos sus deseos, en todos. Continencia del corazón en todas las pasiones que saben a humano. Sea, por el contrario, ilimitado el impulso hacia las pasiones celestes: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la Palabra divina, heroísmo en el bien y en la virtud.

69.4 Yo te he respondido, Judas. ¿Estás convencido? ¿Te basta la explicación? Sé siempre sincero y, si no sabes todavía bastante, pregunta; estoy aquí para ser Maestro».

«He comprendido y me basta. Pero... es muy difícil llevar a la práctica lo que he comprendido. Tú puedes porque eres santo. Pero yo... Soy un hombre, joven, lleno de vitalidad...».

«He venido para los hombres, Judas, no para los ángeles, que no tienen necesidad de maestro. Los ángeles ven a Dios, viven en su Paraíso, no ignoran las pasiones de los hombres, porque la Inteligencia, que es su Vida, los hace conocedores de todo, incluso a aquellos que no son custodios de un hombre. Pero, siendo espirituales, sólo pueden tener un pecado, como uno de ellos lo tuvo y arrastró consigo a los menos fuertes en la caridad: la soberbia, flecha que afeó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles, e hizo de él el monstruo horripilante del Abismo. No he venido para los ángeles (los cuales, después de la caída de Lucifer, se horrorizan incluso ante el espectro de un pensamiento de orgullo), sino que he venido para los hombres, para hacer de los hombres ángeles.

El hombre era la perfección de la creación. Tenía del ángel el espíritu, del animal la completa belleza en todas sus partes animales y morales; no había criatura que le igualara. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo, y un día, el día en que él se hubiera dormido por última vez en la tierra, iba a ser rey, con el Padre, en el Cielo. Satanás ha arrancado las alas al ángel-hombre y, en su lugar, ha puesto garras de fiera y avidez de inmundicia y ha hecho de él un ser al que cuadra más el nombre de hombre-demonio que el de hombre a secas. Yo quiero borrar la deformación causada por Satanás, anular el hambre corrompida de la carne contaminada, devolverle las alas al hombre, llevarle de nuevo a ser rey, coheredero del Padre y del Reino celeste. Sé que el hombre, si quiere quererlo, puede llevar a cabo cuanto digo, para volver a ser rey y ángel. No os diría cosas que no pudierais hacer. Yo no soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles.

69.5 He tomado verdadera carne para poder saber, por experiencia de carne, cuáles son las tentaciones del hombre».

«¿Y los pecados?».

«Todos pueden ser tentados; pecador, sólo quien quiere serlo».

«¿No has pecado nunca, Jesús?».

«Nunca he querido pecar. Y ello no porque sea el Hijo del Padre, sino que es que lo he querido y lo querré, para mostrarle al hombre que el Hijo del hombre no pecó porque no quiso pecar y que el hombre, si no quiere, puede no pecar».

«¿Has sido tentado alguna vez?».

«Tengo treinta años, Judas, y no he vivido en una cueva de un monte, sino entre los hombres. Y aunque hubiera estado en el lugar más solitario de la tierra ¿tú crees que no habrían venido las tentaciones? Todo lo tenemos en torno a nosotros: el bien y el mal. Todo lo llevamos con nosotros. Sobre el bien sopla el hálito de Dios y lo aviva como a turíbulo de gratos y sagrados inciensos. Sobre el mal sopla Satanás y, encendiéndolo, lo transforma en hoguera de feroz lengua. Mas la voluntad atenta y la oración constante son húmeda arena sobre la llamarada de infierno: la sofocan y la extinguen».

«Pero, si no has pecado jamás, ¿cómo puedes emitir tu juicio sobre los pecadores?».

«Soy hombre y soy el Hijo de Dios. Cuanto podría ignorar como hombre, y juzgarlo mal, lo conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y, además... Judas, respóndeme a esta pregunta: uno que tiene hambre ¿sufre más cuando dice: “ahora me siento a la mesa”, o cuando dice “no hay comida para mí”?».

«Sufre más en el segundo caso, porque sólo el saberse privado del alimento le trae a la memoria el olor de las viandas, y las vísceras se retuercen de deseo».

«Exacto: la tentación es mordiente como este deseo, Judas. Satanás lo hace más agudo, exacto y seductor que cualquier acto cumplido. Además, el acto satisface, y alguna vez nausea, mientras que la tentación no desaparece, sino que, como árbol podado, echa ramas cada vez más vigorosas».

«¿Y no has cedido nunca?».

«No he cedido nunca».

«¿Cómo lo has conseguido?».

«He dicho: “Padre, no me dejes caer en la tentación”».

«¿Cómo? ¿Tú, Mesías, Tú, que obras milagros, has solicitado la ayuda del Padre?».

«No sólo la ayuda: le he pedido que no me deje caer en la tentación. ¿Tú crees que, porque Yo sea Yo, puedo prescindir del Padre? ¡Oh, no! En verdad te digo que el Padre le concede todo al Hijo, pero también el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se le pida al Padre en mi nombre será concedido.

69.6 Mas ya estamos cerca del Get-Sammi, donde vivo. Ya se ven sus primeros olivos al otro lado de las murallas. Tú estás más allá de Tofet. Ya cae la noche. No te conviene subir hasta allá. Nos veremos de nuevo mañana en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo».

«Paz a ti también, Maestro... Pero quisiera decirte aún una cosa. Te acompaño hasta el Cedrón, luego me vuelvo para atrás. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? Ya sabes... la gente da importancia a muchas cosas. ¿No conoces en la ciudad a nadie que tenga una buena casa? Yo, si quieres, puedo llevarte donde algunos amigos. Te acogerán por amistad hacia mí. Serían moradas más dignas de ti».

«¿Tú crees? Yo no lo creo. Lo digno y lo indigno están en todas las clases sociales. Y, no por carecer de caridad, sino para no faltar a la justicia, te digo que lo indigno (y maliciosamente indigno) se halla frecuentemente entre los grandes. No hace falta ser poderoso para ser bueno, como tampoco sirve el ser poderoso para ocultar la acción pecaminosa a los ojos de Dios. Todo debe invertirse bajo mi Signo: no será grande el poderoso, sino el humilde y santo».

«Pero, para ser respetado, para imponerse...».

«¿Es respetado Herodes? Y César, ¿es respetado? No. Los labios y los corazones los soportan y maldicen. Créeme, Judas, sobre los buenos, o incluso sobre los que están deseosos de bondad, sabré imponerme más con la modestia que con la grandiosidad».

«Pero entonces... ¿vas a despreciar siempre a los poderosos? ¡Te buscarás enemigos! Yo pensaba hablar de ti a muchos que conozco y que tienen un nombre...».

«No voy a despreciar a nadie. Iré tanto a los pobres como a los ricos, a los esclavos como a los reyes, a los puros como a los pecadores. Pero si bien he de quedar agradecido a quien proporcione pan y techo a mis fatigas (cualesquiera que sean ese techo y ese alimento), verdad es que daré siempre preferencia a lo humilde; los grandes tienen ya muchas satisfacciones, los pobres no tienen más que la recta conciencia, un amor fiel, e hijos, y el verse escuchados por la mayoría de ellos. Yo siempre prestaré atención a los pobres, a los afligidos y a los pecadores. Te agradezco el buen deseo, pero déjame en este lugar de paz y oración. Ve, y que Dios te inspire lo recto».

Jesús deja al discípulo y se interna entre los olivos.

ECR 70.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.1 Veo a Jesús dirigiéndose a la baja y blanca casa que hay en medio del olivar. Un jovencito le saluda. Parece del lugar porque tiene en las manos los utensilios para podar y sachar.

«Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte».

«¿Hace mucho?».

«No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania...».

Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno, ve a Juan bajando casi corriendo hacia la ciudad. Le llama.

El discípulo se vuelve y, con el rostro iluminado por la alegría, grita: «¡Maestro mío!» y regresa corriendo.

Jesús le abre los brazos y los dos se abrazan afectuosamente.

«Venía a buscarte... Creíamos que habías estado en Betania, como dijiste».

«Sí. Eso quería. Tengo que empezar también a evangelizar los alrededores de Jerusalén. Pero después me he entretenido en la ciudad... para instruir a un nuevo discípulo».

«Maestro, todo lo que Tú haces está bien hecho y sale bien. ¿Lo ves? También esta vez nos hemos encontrado en seguida».

Detalle

Jesús explica a Juan que ha sido retenido en Jerusalén para enseñar a un nuevo discípulo.

ECR 70.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.4 Después de un momento de silencio, Juan habla otra vez; dice: «Maestro... yo conozco a Anás y a Caifás. Por necesidades de negocios, mi familia ha estado en relaciones con ellos, y, cuando yo estaba en Judea, por Juan, iba también al Templo, y ellos eran amables con el hijo de Zebedeo. Mi padre piensa siempre en ellos con el mejor pescado. Es costumbre, ¿sabes? Si se quiere tenerlos como amigos — continuar teniéndolos — hay que hacerlo así...».

«Lo sé». Jesús está serio.

«Bueno, pues si lo ves oportuno, le hablaré de ti al Sumo Sacerdote. Y luego... si quieres, yo conozco a uno que está en relación de negocios con mi padre. Es un mercader de pescado. Tiene una casa bonita y grande junto al Hípico, porque son personas ricas, y también muy buenas. Estarías más cómodo y te cansarías menos. Además, para venir hasta aquí se tiene que atravesar ese suburbio de Ofel, tan desordenado y siempre lleno de asnos y de muchachos pendencieros».

«No, Juan. Te lo agradezco, pero estoy bien aquí. ¿Ves cuánta paz? Se lo he dicho también esto al otro discípulo que me hacía la misma propuesta. Él decía: “Para estar mejor considerado”».

«Yo lo decía para que te cansaras menos».

«No me canso. Por mucho que camine, no me cansaré jamás. ¿Sabes qué es lo que me cansa? La falta de amor. ¡Oh, eso,... qué carga!... Es como si llevara un peso en el corazón».

«Yo te amo, Jesús».

«Sí, y me consuelas. Te quiero mucho, Juan, te querré siempre porque tú no me traicionarás nunca».

«¡Traicionarte! ¡Oh!».

«Y, sin embargo, habrá muchos que me traicionen...»

ECR 70.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.5 «Juan, escucha. Te he dicho que me detuve aquí para aleccionar a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido».

«Entonces tendrás que trabajar mucho menos que con nosotros, Maestro. Me alegro de que tengas alguno más capacitado que nosotros».

«¿Crees que tendré que trabajar menos?».

«¡Digo yo! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor y te servirá mejor, sobre todo si te ama mejor».

«Exacto. Tú lo has dicho. Pero el amor no está en razón de la instrucción, y tampoco la formación. Quien es virgen ama con toda la fuerza de su primer amor. Esto también vale para las virginidades del pensamiento. Lo amado penetra y se imprime más en un corazón y en un pensamiento vírgenes que no en uno en el que ya haya habido otros amores. Pero, si Dios quiere... Escucha, Juan, te ruego que seas un amigo para él. Mi corazón tiembla ante la idea de ponerte a ti, cordero intonso, junto al experto de la vida; pero, por otra parte, se calma, porque sabe que tú serás, sí, cordero, pero también águila, y si el experto quiere hacerte tocar el suelo, siempre fangoso, el suelo de la cordura humana, tú, con un batir de alas, sabrás liberarte y querer sólo el azul y el sol. Por eso te ruego que... conservándote a ti mismo como eres, seas amigo del nuevo discípulo, que no será muy estimado por Simón Pedro ni por otros, para transfundirle tu corazón...».

«¡Oh, Maestro! ¿Pero no bastas Tú?».

«Yo soy el Maestro. A mí no se me dirá todo. Tú eres el condiscípulo, poco más joven, con quien será más fácil abrirse. No digo que me refieras lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Sí te pido que le evangelices con tu fe y caridad, con tu pureza, Juan. Es una tierra contaminada por aguas muertas; hay que secarla con el sol del amor, purificarla con la honestidad de pensamientos, deseos y obras, cultivarla con la fe. Tú puedes hacerlo».

«Si crees que puedo... ¡sí! Si Tú dices que puedo hacerlo, lo haré. Por amor tuyo...».

«Gracias, Juan».