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Notas del tema

Sanedrín, sumos sacerdotes y fariseos

Página 18 de 21

Comodidad de lectura

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ECR 184.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Actué contigo, Mateo, de forma distinta?».

«No, mi Señor».

«Dime la verdad, ¿te persuadió más mi paciencia o las acerbas reprensiones de los fariseos?».

«Tu paciencia. Tanto, que estoy aquí. Los fariseos, con sus desdenes y anatemas, me hacían desdeñoso, y, por desdén, hacía más mal aún de cuanto hasta entonces había hecho. Pasa eso; uno se endurece más cuando, estando en pecado, se siente tratado como un pecador; pero cuando, en vez de un insulto recibimos una caricia, primero nos quedamos asombrados, luego lloramos... y, cuando se llora, la armadura del pecado — desencajados sus pernos — se derrumba. Entonces nos quedamos desnudos ante la Bondad y le suplicamos con el corazón que nos revista de sí misma».

«Es así, como has dicho.»

Detalle

Jesús acaba de explicar que debemos ser pacientes con las almas y dejar que se resuelvan por sí mismas.

ECR 186.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿No es aquello Gamala?» pregunta el Zelote.

«Sí, es Gamala. ¿La conoces?» dice Jesús.

«Pasé ahí una noche ya muy lejana cuando era un fugitivo; luego vino la lepra y ya no salí de los sepulcros».

«¿Hasta aquí te persiguieron?» pregunta Pedro.

«Venía de la Siria, adonde me había encaminado buscando protección; pero... fui descubierto y tuve que huir hacia estas tierras para evitar ser capturado. Luego, lentamente, siempre bajo amenaza, fui descendiendo hasta el desierto de Tecua, y desde allí, ya leproso, hasta el valle de los Muertos. La lepra me salvaba de mis enemigos...».

«¿Éstos son paganos, verdad?» pregunta Judas Iscariote.

«Casi todos. Pocos hebreos, mercantes; y luego un sincretismo de creencias, y de falta completa de creencia... Pero no trataron mal al fugitivo».

«¡Lugares de bandidos! ¡Qué quebraduras!» exclaman muchos.

«Sí — dice Juan (todavía impresionado por la captura de Juan el Bautista) —, pero hay más bandidos al otro lado, creedlo».

«En el otro lado hay bandidos también entre los que llevan el nombre de justos» concluye su hermano.

ECR 186.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Habéis vuelto la cabeza cuando habéis tenido que pasar al lado de unos animales».

«Son impuros».

«Mucho más lo es el pecador. Éstos son animales hechos así y no se los debe culpar por ello. Sin embargo, el hombre es responsable de ser impuro por el pecado».

«¿Y entonces por qué nos han sido clasificados como impuros?» pregunta Felipe.

«Ya he aludido a ello en una ocasión. Hay razón sobrenatural y razón natural de este orden. La primera consiste en enseñar al pueblo elegido a saber vivir teniendo presente su elección y la dignidad del hombre incluso en una acción tan común como es comer. El salvaje se alimenta de todo, le basta con llenarse el vientre. El pagano, aunque no sea un salvaje, come también todo, sin pensar que comer exageradamente fomenta vicios y tendencias que rebajan al ser humano. Es más, los paganos persiguen este frenesí de placer que para ellos es casi una religión. Los más instruidos de entre vosotros tienen noticia de fiestas obscenas, en honor de sus dioses, que degeneran en una orgía de libídine. El hijo del pueblo de Dios debe saber contenerse, y, en obediencia y prudencia, perfeccionarse a sí mismo, teniendo presentes su origen y su fin: Dios y el Cielo. La razón natural es el no estimular la sangre con alimentos que conducen a ardores indignos del hombre, al cual no se le niega el amor carnal, pero debe templarlo siempre con el frescor del alma orientada al Cielo; hacer, por tanto, amor — no sensualidad — de ese sentimiento que une al hombre a su compañera, en quien debe ver la congénere y no la hembra. Los pobres brutos, sin embargo, no son culpables de ser puercos, ni de los efectos que su carne pueden a la larga producir en la sangre; y menos culpa todavía tienen los hombres que cuidan de los cerdos. Si son honestos, ¿qué diferencia habrá, en la otra vida, entre ellos y el escriba que está concentrado en sus libros y que, por desgracia, no aprende en ellos la bondad? En verdad os digo que veremos a porquerizos entre los justos y a escribas entre los injustos.

Detalle

¿Por qué se declaró impuros a los cerdos? Jesús respondió a esta pregunta después de que los apóstoles mostraran su repugnancia ante estos animales.

Anotación

Los cerdos se describen como inmundos en Levítico 11:7 y Deuteronomio 14:8. De forma más general, la clasificación de animales limpios e inmundos, así como las prescripciones relacionadas, pueden encontrarse en Génesis 7:2-3; Levítico 11 y Deuteronomio 14:3-21. Véase el altercado entre Pedro y un posadero en EMV 292.1.

Libro del Levítico 11, 7

Levítico 11, 7 : Comoel cerdo, que tiene el cuerno partido y la pezuña hendida, pero no rumia: será inmundo para vosotros.

Deuteronomio 14, 8

Dt 14, 8 : También está el cerdo, que tiene el cuerno dividido, pero no rumia: será inmundo para vosotros. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres.

Libro del Génesis 7, 2-3

Gn 7, 2-3 : De todos los animales limpios, tomarás contigo siete parejas, machos y sus hembras, y de todos los animales que no son limpios, tomarás dos, un macho y su hembra; siete parejas también de las aves del cielo, machos y sus hembras, para mantener viva su raza sobre la faz de toda la tierra.

Libro del Levítico 11

Lev 11: Habló Yahvé a Moisés y a Aarón, diciéndoles: "Hablad a los hijos de Israel y decidles:

Estos son los animales que comeréis de todos los animales que hay sobre la tierra: Comeréis todo animal que tenga el cuerno dividido y la pezuña hendida, y que rumie. Pero no comeréis ninguno que sólo rumie o que sólo tenga el cuerno partido. Como el camello, que rumia, pero cuyo cuerno no está dividido: será inmundo para vosotros. Como el jerbo, que rumia pero no tiene el cuerno dividido: será inmundo para vosotros. Como la liebre, que rumia, pero no tiene el cuerno dividido: inmunda será para vosotros. Como el cerdo, que tiene el cuerno dividido y la pata hendida, pero no rumia: será inmundo para vosotros. 8No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres: serán inmundos para vosotros.

Estos son los animales que comeréis de todos los que están en las aguas: todo lo que tiene aletas y escamas en las aguas, ya sea en el mar o en los ríos, lo comeréis. Pero todo lo que no tiene aletas y escamas, ya sea en el mar o en los ríos, de todos los animales que se mueven en las aguas y de todas las criaturas vivientes que están en ellos, usted encontrará una abominación. Os serán abominables; no comeréis su carne, y sus cadáveres os serán abominables. Todo lo que en las aguas no tenga aletas ni escamas os será abominable.

Y estas son las aves que aborreceréis; no se comerán, porque son abominables: el águila, el águila pescadora y el buitre: el milano y toda clase de halcones; toda clase de cuervos; el avestruz, el milano, la gaviota y toda clase de halcones; la lechuza, el cormorán y el mochuelo; el cisne, el pelícano y el quebrantahuesos; la cigüeña, toda clase de garzas; la abubilla y el murciélago.

Todo insecto alado que camina sobre cuatro patas es una abominación para ti. Pero de todos los insectos alados que andan sobre cuatro patas, comerás los que tienen patas por encima de las patas, para que puedan saltar sobre la tierra. Estos son los que comerás: toda clase de langostas, toda clase de solam, toda clase de hargol, toda clase de hagab. Toda otra bestia alada de cuatro patas es abominable para ti.

Estos también os harán inmundos: el que toque su cuerpo muerto quedará inmundo hasta la noche, y el que se lleve cualquier parte de su cuerpo muerto lavará sus vestidos y quedará inmundo hasta la noche.

Todo animal que tenga el cuerno hendido, pero que no tenga las patas hendidas ni rumie, será inmundo para vosotros; el que lo toque se hará inmundo. Y de los cuadrúpedos, todo lo que ande sobre las plantas de sus patas será inmundo para vosotros: el que toque su cadáver quedará inmundo hasta la tarde; y el que lleve su cadáver lavará sus vestidos y quedará inmundo hasta la tarde. Estos animales serán inmundos para ustedes.

Entre los animales pequeños que se arrastran sobre la tierra, éstos son los que serán inmundos para vosotros: la comadreja, el ratón y toda clase de lagartos; la musaraña, el camaleón, la salamandra, el lagarto verde y el topo. Estas son las cosas inmundas para vosotros entre los reptiles: cualquiera que las toque estando muertas quedará impuro hasta la noche. Todo aquello sobre lo que caigan muertos será impuro: un utensilio de madera, un vestido, una piel, un cilicio, cualquier cosa que utilices; lo pondrás en agua y quedará impuro hasta la noche, después de lo cual quedará limpio. Si algo de ello cae en medio de cualquier vasija de barro, todo lo que haya en medio de la vasija quedará impuro, y romperás la vasija. Toda comida preparada con agua quedará impura; toda bebida utilizada, cualquiera que sea el recipiente que la contenga, quedará impura. Todo objeto sobre el que caiga algo de su cuerpo muerto será impuro; el horno y la vasija con su tapa serán destruidos; serán impuros y los consideraréis impuros. Pero los manantiales y las cisternas, donde se forman los estanques de agua, permanecerán puros; pero quien toque el cadáver quedará impuro. Si algo de su cuerpo muerto cae sobre la semilla que se va a sembrar, la semilla permanecerá pura; pero si se ha echado agua sobre la semilla y algo de su cuerpo muerto cae sobre ella, la consideraréis impura.

Si muere uno de los animales que coméis, quien toque su cadáver quedará impuro hasta la noche. El que coma de su cadáver lavará sus vestidos y quedará impuro hasta la noche; el que lleve su cadáver lavará sus vestidos y quedará impuro hasta la noche.

Todo reptil que se arrastra sobre la tierra os es abominable; no se comerá. No comeréis ningún animal que se arrastre sobre la tierra, ni el que se arrastra sobre el vientre, ni el que anda sobre cuatro patas, ni el que anda sobre muchas patas; porque os son abominables.

No os hagáis abominables por todos estos reptiles; no os hagáis impuros por ellos; seréis contaminados por ellos. Porque yo soy Yahvé, vuestro Dios; os santificaréis y seréis santos, porque yo soy santo; y no os contaminaréis con todos los reptiles que se arrastran sobre la tierra. Porque yo soy Yahvé, que os saqué de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. Seréis santos, porque yo soy santo. "Esta es la ley sobre los cuadrúpedos, las aves, todo ser viviente que se mueve en el agua y todo lo que se arrastra sobre la tierra, para que distingas entre lo que es inmundo y lo que es limpio, entre los animales que se pueden comer y los que no se pueden comer.

Deuteronomio 14, 3-21

No comerás ningún animal abominable. Estos son los animales que puedes comer: el buey, la oveja y la cabra; el ciervo, la gacela y el gamo; el íbice, el antílope, el buey salvaje y la cabra salvaje. Podrás comer cualquier animal que tenga un cuerno hendido y una pata hendida y que rumie. Pero no comerás ninguno que sólo rumie, o que sólo tenga un cuerno hendido y una pata hendida; como el camello, la liebre y el conejo, que rumian pero no tienen cuerno hendido: serán inmundos para ti; y como el cerdo, que tiene un cuerno hendido pero no rumia: será inmundo para ti. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres.

Estos son los animales que comeréis de todos los que están en las aguas: todo lo que tiene aletas y escamas lo comeréis; pero todo lo que no tiene aletas ni escamas no lo comeréis: es inmundo para vosotros. Podrás comer cualquier ave limpia. Estas son las que no puedes comer el águila, el águila pescadora y el buitre; el halcón, el milano y toda clase de azor; toda clase de cuervo; el avestruz, la lechuza, la gaviota y toda clase de gavilán; la lechuza, el ibis y el mochuelo; el pelícano, el cormorán y el colimbo; 18la cigüeña y toda clase de garza; la abubilla y el murciélago. 19Todo insecto alado es inmundo para ti; no se puede comer. Debes comer toda ave limpia. No comerás ningún animal muerto. Se lo darás a comer al forastero que esté dentro de tus puertas, o se lo venderás a un extranjero, porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios. No hervirás un cabrito en la leche de su madre.

ECR 187.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.

«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».

«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».

«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».

«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».

«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».

«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

ECR 190.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Comienza el ocaso con un enrojecimiento del cielo. Jesús ya ve los campos de Jocanán.

«Aceleremos el paso, amigos, antes de que decline el Sol. Tú, Pedro, adelántate con tu hermano para avisar a nuestros amigos de Doras».

«Sí, sí, voy, que también quiero asegurarme de si el hijo se ha marchado». Pedro pronuncia esa palabra, “hijo”, en un modo que vale por un largo discurso. Y se adelanta.

Entretanto, Jesús prosigue más despacio, mirando a su alrededor para ver si hay algún campesino de Jocanán; mas sólo se ven los fértiles campos con las espigas ya bien formadas.

Por fin, de entre la frondosidad de las parras, se destaca un rostro sudoroso al tiempo que proviene un grito: «¡Oh, Señor bendito!» y el campesino sale corriendo del viñedo para venir a postrarse ante Jesús.

«¡Paz a ti, Isaías!».

«¡Hasta te acuerdas de mi nombre?».

«Lo llevo escrito en el corazón. Levántate. ¿Dónde están los otros compañeros?».

«Allá, en los pomares. Voy a avisarlos. ¿Vienes a estar con nosotros, verdad? El amo no está, así que podemos festejar tu venida. Además... un poco por miedo y un poco por alegría, es mejor. ¡Fíjate, este año nos ha concedido el cordero, e ir al Templo! Nos ha dado sólo seis días, pero... bueno, correremos por el camino. ¡Fíjate, nosotros también a Jerusalén! Y esto te lo debemos a ti». El hombre está en el séptimo cielo, de la alegría de haber sido tratado como hombre y como israelita.

«Que Yo sepa, no he hecho nada» dice Jesús sonriendo.

«¡Cómo no? ¡Claro que has hecho! Doras, y luego los campos de Doras... mientras que éstos este año están espléndidos... Jocanán supo de tu venida, y no es bobo. Tiene miedo y... y tiene miedo».

«¿A qué?».

«A que le pase con su vida y sus bienes lo que a Doras. ¿Has visto las tierras de Doras?».

«Vengo de Naím...».

«Entonces no las has visto. Están devastadas». (El hombre dice esto en voz baja, pero remarcando las palabras, como quien estuviera confiando una cosa tremenda en secreto). «¡Totalmente devastadas!: ni heno, ni cereales, ni fruta; las cepas y los árboles frutales secos... muerto... todo muerto... como en Sodoma y Gomorra... Ven, ven, que te las muestro».

«No hace falta. Voy adonde aquellos campesinos...».

«¡No, ya no están! ¡Ah, no lo sabes? Los ha repartido a todos por otros lugares o los ha despedido, Doras, el hijo de Doras; y los que han sido enviados a otras tierras tienen la obligación de no hablar de ti, so pena de ser azotados... ¡No hablar de ti!... ¡Será difícil! Nos lo ha dicho incluso Jocanán».

«¿Qué ha dicho?».

«Ha dicho: “No soy tan estúpido como Doras, así que no os digo: ‘No quiero que habléis del Nazareno’. Sería inútil, porque lo haríais igualmente, y no quiero perderos matándoos a fuerza de azotes como a animales indóciles. Es más, os digo: ‘Sed buenos, como, sin duda, os enseña el Nazareno, y decidle que os trato bien’. No quiero ser maldecido yo también”. No, él ve bien lo que son estos campos después de tu bendición, y lo que son aquéllos después de tu maldición.

190.2

¡Oh, ahí están los que me araron la tierra[1]...» y el hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés.

Pero Pedro le saluda brevemente y prosigue hacia Jesús. Antes de llegar, ya grita: «¡Maestro! ¡Ya no está ninguno de los de antes; son todas caras nuevas! ¡Todo está devastado! La verdad es que podría prescindir de campesinos aquí. ¡Peor que en el Mar Salado!...».

«Lo sé. Me lo ha dicho Isaías».

«¡Pero ven a ver! ¡Caramba, lo que se ve!...».

Jesús quiere contentarle, pero primero dice a Isaías: «Entonces, estaré con vosotros. Advierte a tus compañeros. No os molestéis por la comida, que la tengo Yo; nos es suficiente con un henil para dormir, y con vuestro amor. Dentro de nada estoy con vosotros».

La vista de las tierras de Doras es realmente desoladora: campos secos, prados pelados, secas las vides, destruidos hojas y frutos de los árboles por millones de insectos de todo tipo. También el jardín-pomar de al lado de la casa muestra el aspecto desolado de un bosque herido de muerte.

Los campesinos se mueven de un lado para otro arrancando malas hierbas, aplastando larvas, caracoles, lombrices y otros bichos semejantes; o ponen debajo de los árboles barreños llenos de agua y menean las ramas, para ahogar mariposas, gorgojos y demás parásitos que recubren las hojas que aún quedan y que agotan el árbol y le matan. Buscan un signo de vida en los sarmientos de las vides, pero éstos se rompen, secos, en cuanto se tocan, y, alguna vez, como si una siega hubiera cortado sus raíces, ceden desde la base.

El contraste con los campos de Jocanán, con los viñedos y pomares de éste, es vivísimo, siendo así que la desolación de los campos maldecidos aparece aún más violenta si se compara con la fertilidad de estos otros.

«Tiene mano dura el Dios del Sinaí» dice en tono bajo Simón Zelote.

Jesús hace ademán como de decir: «¡No lo sabes tú bien!» pero no lo dice. Sólo pregunta: «¿Cómo ha sucedido?».

Uno de los campesinos responde entre dientes: «Topos, langosta, gusanos... ¡Vete! El vigilante es fiel a Doras... No nos perjudiques...».

Jesús suspira y se marcha.

Otro de los campesinos, que está encorvado recalzando un manzano con la esperanza de salvarlo, dice: «Mañana iremos a verte... cuando el vigilante se haya ausentado para ir a Yizreel a la oración... Iremos a casa de Miqueas».

Jesús hace un gesto de bendición y se marcha.

190.3

Vuelve al cruce y se encuentra a todos los campesinos de Jocanán, jubilosos, contentos, los cuales, rodeando amorosos a su Mesías, le conducen hacia sus pobres mansiones.

«¿Has visto, allí?».

«Sí. Mañana vendrán los campesinos de Doras».

«Sí, mientras las hienas están en la oración... Así hacemos todos los sábados... y hablamos de ti, con lo que sabemos por Jonás, por Isaac, que viene a menudo a vernos, y por tus palabras de Tisri. Hablamos como sabemos, porque lo que no se puede hacer es no hablar de ti, y más se habla cuanto más se sufre y cuanto más lo prohiben. Aquellos pobrecillos... beben la vida todos los sábados... Pero, ¡cuántos en esta llanura tienen necesidad de saber, al menos saber de ti, y no pueden venir hasta aquí!...».

«Me ocuparé también de ellos. En cuanto a vosotros, benditos seáis por lo que hacéis».

El Sol declina mientras Jesús entra en una ahumada cocina. Comienza el reposo sabático.

Anotación

" El hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés. Cf. EMV 109.4: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, que ocuparon el lugar de los labradores para poder escuchar la palabra de Jesús.

El Dios del Sinaí tiene mano dura. Una referencia directa a las palabras de Jesús en EMV 109.12.

Hablamos de Ti, con lo que hemos aprendido de Jonás, de Isaac, que viene a menudo a nosotros, y de tu discurso en Tisri. Cf. EMV 109.5.

ECR 190.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Vuelve al cruce y se encuentra a todos los campesinos de Jocanán, jubilosos, contentos, los cuales, rodeando amorosos a su Mesías, le conducen hacia sus pobres mansiones.

«¿Has visto, allí?».

«Sí. Mañana vendrán los campesinos de Doras».

«Sí, mientras las hienas están en la oración... Así hacemos todos los sábados... y hablamos de ti, con lo que sabemos por Jonás, por Isaac, que viene a menudo a vernos, y por tus palabras de Tisri. Hablamos como sabemos, porque lo que no se puede hacer es no hablar de ti, y más se habla cuanto más se sufre y cuanto más lo prohiben. Aquellos pobrecillos... beben la vida todos los sábados... Pero, ¡cuántos en esta llanura tienen necesidad de saber, al menos saber de ti, y no pueden venir hasta aquí!...».

«Me ocuparé también de ellos. En cuanto a vosotros, benditos seáis por lo que hacéis».

Detalle

Jesús se encuentra con los campesinos de Yokhanan.

Anotación

Hablamos de Ti, con lo que hemos aprendido de Jonás, de Isaac, que viene a menudo a vernos, y de tu discurso en Tisri. Cf. EMV 109.5.

ECR 191.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Los siguen los campesinos de Jocanán, mujeres, hombres y niños; los hombres llevan dos pequeñas ánforas — bueno, pequeñas es un decir — que deben estar llenas de vino hasta los bordes; más que ánforas, son tinajas y contendrán, más o menos, sus buenos diez litros cada una (ruego también esta vez que no se tomen mis medidas por artículo de fe). Caminan hasta donde un espesa viña señala el límite de la propiedad de Jocanán; más allá, adyacente, hay una ancha zanja que mantienen siempre llena de agua (¡a saber con cuánto trabajo!).

«¿Ves? Jocanán ha litigado con Doras por esto. Jocanán decía: “Esta completa devastación es culpa de tu padre. Si no quería adorarle, al menos debía haberle temido y no provocarle”. Y Doras — parecía un demonio — gritaba: “Has salvado tus tierras por esta zanja. Los insectos no la han atravesado...”. Y Jocanán decía: “¿Y entonces cómo es que ahora sufres toda esta devastación mientras que antes tus campos eran los mejores de Esdrelón? Créeme, es el castigo de Dios; habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua?... Siempre ha estado aquí; no es el agua lo que me ha salvado”. Y Doras gritaba: “Esto prueba que Jesús es un demonio”. “Es un justo” gritaba Jocanán. Y así fueron caminando un trecho, mientras les quedó resuello. Luego Jocanán, gastando mucho, hizo derivar un ramal del torrente y cavar para buscar más agua en el subsuelo y hacer todo un orden de zanjas como divisoria entre él y su pariente, y las hizo excavar más hondas, y a nosotros nos dijo lo que ayer te referimos... En el fondo él se alegra de lo sucedido. Se sentía muy envidioso de Doras... Ahora espera poder comprar todo, porque Doras acabará vendiendo todo por dos perras gordas».

Detalle

Los campesinos de Yokhanan han encontrado a Jesús y le acompañan junto con algunos de sus apóstoles.

ECR 191.1-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona» dice Jesús a Judas Iscariote, que es quien, generalmente, administra los... bienes comunes.

Luego llama a Andrés y a Juan y los manda a dos puntos desde donde se puede ver el camino, o los caminos, que vienen de Yizreel; luego, a Pedro y a Simón, y les dice que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la divisoria de las dos propiedades; finalmente, dice a Santiago y a Judas: «Coged las provisiones y venid».

Los siguen los campesinos de Jocanán, mujeres, hombres y niños; los hombres llevan dos pequeñas ánforas — bueno, pequeñas es un decir — que deben estar llenas de vino hasta los bordes; más que ánforas, son tinajas y contendrán, más o menos, sus buenos diez litros cada una (ruego también esta vez que no se tomen mis medidas por artículo de fe). Caminan hasta donde un espesa viña señala el límite de la propiedad de Jocanán; más allá, adyacente, hay una ancha zanja que mantienen siempre llena de agua (¡a saber con cuánto trabajo!).

«¿Ves? Jocanán ha litigado con Doras por esto. Jocanán decía: “Esta completa devastación es culpa de tu padre. Si no quería adorarle, al menos debía haberle temido y no provocarle”. Y Doras — parecía un demonio — gritaba: “Has salvado tus tierras por esta zanja. Los insectos no la han atravesado...”. Y Jocanán decía: “¿Y entonces cómo es que ahora sufres toda esta devastación mientras que antes tus campos eran los mejores de Esdrelón? Créeme, es el castigo de Dios; habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua?... Siempre ha estado aquí; no es el agua lo que me ha salvado”. Y Doras gritaba: “Esto prueba que Jesús es un demonio”. “Es un justo” gritaba Jocanán. Y así fueron caminando un trecho, mientras les quedó resuello. Luego Jocanán, gastando mucho, hizo derivar un ramal del torrente y cavar para buscar más agua en el subsuelo y hacer todo un orden de zanjas como divisoria entre él y su pariente, y las hizo excavar más hondas, y a nosotros nos dijo lo que ayer te referimos... En el fondo él se alegra de lo sucedido. Se sentía muy envidioso de Doras... Ahora espera poder comprar todo, porque Doras acabará vendiendo todo por dos perras gordas».

191.2

Jesús escucha benigno todas estas confidencias mientras espera a los pobres campesinos de Doras. Éstos no tardan en llegar, y, en cuanto ven a Jesús, que está a la sombra de un árbol, se postran en tierra.

«Paz a vosotros, amigos. Acercaos. Hoy la sinagoga está aquí y Yo soy vuestro arquisinagogo; pero antes quiero ser vuestro padre de familia. Sentaos en círculo, os daré comida. Hoy tenéis con vosotros al Esposo, hoy se hace banquete nupcial».

Y Jesús destapa una cesta, saca unos panes, los distribuye entre los asombrados campesinos de Doras; de otra saca las provisiones que ha podido encontrar: quesos, verduras — ha encargado que las cocinen — y un pequeño cabritillo o corderito, asado entero, que también distribuye a los pobres desdichados; luego echa el vino en una tosca copa que ofrece para que se la pasen entre ellos y todos beban.

«¿Pero por qué?, ¿por qué? ¿Y ellos?» dicen los de Doras, refiriéndose a los de Jocanán.

«Ya les he dado a ellos».

«¡Qué compra! ¿Cómo te las has arreglado para conseguirlo?».

«Todavía hay personas buenas en Israel» dice Jesús sonriendo.

«Pero hoy es sábado...».

«Agradecédselo a este hombre» dice Jesús señalando al hombre de Endor. «Él nos ha procurado el cordero. Lo demás ha sido fácil conseguirlo».

Los desdichados devoran — ésta es la palabra — esta comida que no veían desde hacía mucho tiempo.

191.3

Hay uno, ya entrado en años, que come y llora tienendo apretado contra su costado a un niño de unos diez años.

«¿Por qué eso, padre?...» pregunta Jesús.

«Porque rebosas bondad...».

El hombre de Endor dice con su voz gutural: «Es verdad... Provoca el llanto, pero son lágrimas que no dejan mal sabor...».

«No dejan mal sabor. Es verdad. Además... yo quisiera una cosa. Este llanto es también deseo».

«¿Qué quieres, padre?».

«¿Ves a este niño? Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno. Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque le tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no le veo sino los sábados. Si me lo descubre, o le aleja o le pone a trabajar... y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que una acémila... Para la Pascua pienso mandarle a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley... ¡Es el hijo de mi hija!...».

«¿Me lo confiarías a mí?... No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; le educarán santamente en mi camino...».

«¡Señor, desde que he tenido noticia de ti, lo he deseado! Al santo Jonás le rogaba — a él, que sabe lo que significa ser de este amo — que salvase a mi nieto de una muerte así...».

«Niño, ¿vendrías conmigo?».

«Sí, mi Señor, y no te haré sufrir».

«No se hable más».

191.4

«Pero... ¿a quién se lo piensas confiar?» pregunta Pedro tirándole a Jesús de una manga. «¿A Lázaro también?».

«No, Simón... Pero hay muchos que no tienen hijos...».

«Yo soy uno de ellos...». El rostro de Pedro parece incluso afilarse por este deseo.

«Simón, ya te he dicho[1] que habrás de ser el “padre” de todos los hijos que te voy a dejar en herencia, pero sin la cadena de ningún hijo tuyo propio. No te aflijas; eres demasiado necesario para el Maestro como para que el Maestro pueda prescindir de ti por un sentimiento. Soy exigente, Simón, más exigente que un marido celosísimo; te amo con toda predilección y te quiero todo para mí, todo mío».

«De acuerdo, Señor... De acuerdo... Hágase como quieres». El pobre Pedro se adhiere heroicamente a la voluntad de Jesús.

«Será hijo de mi Iglesia naciente. ¿De acuerdo? De todos y de ninguno. Será “nuestro” niño. Nos seguirá, o irá a donde nosotros estemos, cuando lo permita la distancia; sus tutores serán los pastores, que en todos los niños aman a “su” niño Jesús. Ven aquí jovencito. ¿Cómo te llamas?».

«Yabés de Juan, y soy de Judá» dice con tono firme el muchacho.

«Sí, somos judíos» confirma el anciano. «Yo trabajaba en las tierras de Doras en Judea y mi hija se casó con un hombre de aquella zona; trabajaba en los bosques cerca de Arimatea, pero este invierno...».

«He visto la desgracia[2]».

«El niño se salvó, porque esa noche estaba con un pariente lejano... ¡Verdaderamente le ha signado su nombre, Señor! Se lo dije a mi hija inmediatamente: “¿Es que te has olvidado de su antepasado?”. Pero el marido quiso llamarle así, y Yabés se llamó».

«“El niño[3] invocará al Señor. El Señor le bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él”. El Señor se lo concederá para consuelo tuyo, padre, y de los espíritus de los muertos, y para confortación de este huérfano.

191.5

Bien, ahora que hemos separado la necesidad del cuerpo de la del alma con un acto de amor hacia este niño, escuchad la parábola que he pensado para vosotros.

Había un hombre muy rico. Sus indumentos eran vistosísimos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa. Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad, y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho. Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, hervidero de invitados — todos ricos y, por tanto, no necesitados — que adulaban al rico Epulón. Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.

En la misma ciudad había un mendigo, un mísero mendigo, verdaderamente mísero; tan mísero era éste cuanto rico era el otro. Pero, bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se celaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón; tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad, pero, sobre todo, había cumplido el precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre; al declinar la tarde, todos los días, iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban. Se echaba en el suelo, en la calle, junto a la puerta, y, paciente, esperaba. Pero, si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que le alejasen, porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados; eso decía Epulón (en realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad le significaba un continuo reproche).

Más compasivos que él eran sus perros — que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares —, pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas, gimoteando de alegría por sus caricias, y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas; así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales (si hubiera sido por el hombre, habría muerto, pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas).

191.6

Un día Lázaro murió. Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie le lloró; es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba “oprobio”, al lado de su puerta. Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles, y en sus últimos estertores, en su covachuela fría y desposeída de todo, estaban presentes las cohortes celestes, las cuales, rutilantes, recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.

Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos! Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde se alzaba la casa — para ser notados como amigos del grande, o por curiosidad o por interés hacia los herederos —, se unió al duelo. El vocerío subió hasta el cielo, y con el vocerío las falsas alabanzas al “grande”, al “benefactor”, al “justo” que había muerto.

¿Podrá, acaso, palabra humana alguna mutar el juicio de Dios? ¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida? No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está. A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.

Entonces, en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas, hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad, alzó la mirada al Cielo, a ese Cielo que había visto[4] en una exhalación, en un átomo de minuto, y cuya inefable belleza recordaba cual tormento entre atroces tormentos. Vio arriba a Abraham, lejano pero fúlgido, beato...; y en su seno, también fúlgido y beato, a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, misero... ¿y ahora?... ¡ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad, rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.

Epulón gritó llorando: “¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro — puesto que no puedo esperar que vengas tú —, manda a Lázaro para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla, porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!”.

Abraham respondió: “Acuérdate, hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes, y Lázaro todos los males, y supo hacer del mal un bien, mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes. Por tanto, es justo que ahora él, aquí, sea consolado y que tú sufras. Pero es que además no es posible lo que pides. Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres, pero, cuando, a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es — en tu caso, un demonio —, inútil es recurrir después a los santos. Ahora estamos separados. Las hierbas, en el campo, están mezcladas, mas, una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas. Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y, contra el amor, nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido; pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían, ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros”.

191.7

Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “Al menos, padre santo, manda — te lo ruego —, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos. Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora... ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados. Y, dado que aquí, donde estoy, vive el odio, ahora he comprendido — por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios[5] – lo que es el Amor. No quiero que mis hermanos sufran estas penas. Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba. ¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué; a decirles que el Infierno existe, y que es atroz, y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándale, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde, y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!”.

Pero Abraham respondió: “Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”; a lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó: “¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!”.

Pero Abraham dijo: “Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos para dirigirles palabras de Verdad. Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica”.

Ésta es la parábola. Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.

191.8

Aquí ha vivido verdaderamente, conquistando su santidad, el nuevo Lázaro, mi Jonás, cuya gloria ante Dios se manifiesta evidente en la protección que otorga a quien en Él espera. Jonás sí puede venir a vosotros, como protector y amigo; vendrá si sois siempre buenos.

Os digo a vosotros lo que le dije a él la pasada primavera: quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo. Éste es mi pesar. Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro. No odiéis jamás, por ninguna razón. El Odio es fuerte en el mundo, pero tiene siempre un límite; el Amor no tiene límite ni de potencia ni de tiempo. Amad, pues, para poseer el Amor, como protección y consuelo en la tierra y como premio en el Cielo. Es mejor ser Lázaros que Epulones, creedme. ¡Bienaventurados seréis, si llegáis a creer esto!

No interpretéis como palabra de odio el castigo que se ha verificado en estas tierras, aunque los hechos pudieran justificarlo. No leáis mal el milagro. Yo soy el Amor; en principio, no habría descargado mi mano, pero — visto que el Amor no podía doblegar a este cruel Epulón —, le abandoné a la Justicia, y ella ha vengado al mártir Jonás y a sus hermanos. Esto es lo que tenéis que aprender del milagro acaecido: que la Justicia está siempre vigilante, aun en los momentos en que parece ausente, y que, siendo Dios el Señor de toda la creación, se puede servir, para aplicarla, de los más pequeños — como las orugas y las hormigas — para morder el corazón del cruel y avariento y hacerle morir ahogado por un vómito de veneno.

191.9

Os bendigo ahora; pero, cada nueva aurora oraré por vosotros. En cuanto a ti, padre, no estés angustiado por el cordero que me confías; te le traeré de vez en cuando, para gozo tuyo al verle crecer en sabiduría y bondad en el camino de Dios: él será tu cordero para esta pobre Pascua tuya, el más grato de los corderos que serán presentados al altar de Yeohveh. Yabés, despídete de tu anciano padre; luego ven a tu Salvador, a tu Pastor bueno. ¡La paz sea con vosotros!».

«¡Oh, Maestro, Maestro bueno!... ¡Dejarte!...».

«Sí, es penoso, pero no conviene que el vigilante os encuentre aquí. He elegido este lugar precisamente para evitaros castigos. Obedeced por amor al Amor, que os da este consejo».

Los pobres desdichados se alzan con lágrimas en los ojos y se dirigen hacia su cruz. Jesús los bendice de nuevo. Luego, llevando al niño de la mano, y con el hombre de Endor al otro lado, regresa — por el camino recorrido antes — a casa de Miqueas. Se reúnen con Él Andrés y Juan, los cuales, terminado su turno de guardia, vuelven a donde sus hermanos.

Anotación

"Simón, te lo dije", en EMV 104.5. La última mención de Lázaro está en relación con el acontecimiento relatado en EMV 172.11.

"Vi la catástrofe", en EMV 139.2.

"¿Por qué este nombre? ¿No recuerdas el antiguo? "(...) "El niño invocará al Señor y el Señor lo bendecirá y ensanchará sus fronteras; la mano del Señor está en su mano y ya no se verá agobiado por la desgracia. " La cita es de 1 Crónicas 4:9-10: Yabesh fue más honrado que sus hermanos. Su madre le dio el nombre de Yabesh (es decir, En pena), diciendo: "Yabesh invocó al Dios de Israel, diciendo: "Si en verdad me bendices, ampliarás mi territorio, tu mano estará conmigo y alejarás de mí la desgracia, para que termine mi angustia" Y Dios le concedió lo que había pedido.

En su dictado del 2 de agosto de 1943, Jesús describe a este rico malvado como Epulón, nombre de los sacerdotes encargados de organizar los banquetes en la antigua Roma, que el original de este episodio utiliza "Epulone" como equivalente de rico malvado.

"Volvió los ojos hacia el Cielo que había vislumbrado". Debe entenderse como Maria Valtorta comentó en una copia mecanografiada: "Volvió los ojos hacia el limbo de los santos que había vislumbrado... y cuya apacible belleza era ya inenarrable...".

"Durante aquel segundo en que mi alma vislumbró a Dios" debe entenderse en el sentido de "en el momento del juicio particular", como anota Maria Valtorta en una copia mecanografiada.

Me gustaría hacerlo, y os cuento lo que le dije a ella la primavera pasada. En EMV 89.1.

ECR 192.5-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Engannim debe ser una bonita ciudad, no grande, bien abasteci da de agua de las colinas a través de un acueducto elevado que es probablemente obra romana. Jesús y los suyos están ya en las cercanías de la ciudad. En esto, perciben el rumor de una patrulla militar que está acercándose. Deben ponerse al seguro arrimándose al borde del camino. Los cascos de los caballos resuenan contra el suelo, que aquí, en las cercanías de la ciudad, muestra apenas la pavimentación bajo la tierra que se ha ido acumulando junto con detritos; en efecto, jamás una escoba ha limpiado este camino.

«¡Salve, Maestro! ¿Cómo por aquí?» exclama Publio Quintiliano, mientras se apea y se acerca a Jesús con una abierta sonrisa, llevando de la brida al caballo. Sus soldados, al ver esto en su superior, aminoran la marcha.

«Voy a Jerusalén por la Pascua».

«Yo también. Se refuerza la guardia para estas fiestas, incluso porque estará en la ciudad Poncio Pilatos, y también está Claudia. Nosotros patrullamos los caminos para protegerla a ella. ¡Son caminos tan inseguros!... Las águilas ponen en fuga a los chacales» dice riendo el soldado mientras mira a Jesús, y sigue diciendo en tono más bajo: «Este año, doble guardia para guardar las espaldas del sucio Antipas. Hay mucho descontento por el arresto del Profeta; descontento en Israel y, como consecuencia, entre nosotros. Pero, ya nos hemos encargado de hacer llegar a oídos del Sumo Sacerdote y demás compadres un... benigno toque de... flautas» y concluye en voz baja: «Ve seguro, que las uñas ahora están metidas en las zarpas. ¡Ja! ¡ja! Nos tienen miedo. Carraspea uno y creen que ha rugido. ¿Vas a hablar en Jerusalén? Acércate al Pretorio. Claudia habla de ti como de un gran filósofo. Te conviene porque... el procónsul es Claudia».

192.6 Quintiliano mira a su alrededor y ve a Pedro cargado, rojo y sudado. «¿Y ese niño?».

«Un huérfano que he tomado conmigo».

«¡Pero... ese hombre tuyo se está esforzando demasiado! Niño, ¿tienes miedo a ir unos metros a caballo? Te pongo aquí, bajo mi clámide; iré suave. Cuando lleguemos a las puertas, te dejo que sigas con ese hombre».

El niño no ofrece resistencia; debe ser dulce como un cordero. Publio le levanta en vilo y le sienta consigo en su montura.

Al dar la orden de ir despacio a los soldados, ve también al hombre de Endor. Le mira fijamente y dice: «¿Tú también por aquí?».

«Sí. Ya no vendo huevos a los romanos, pero los pollos están todavía allí. Ahora estoy con el Maestro...».

«¡Bien para ti! Así te sentirás más confortado. ¡Adiós! ¡Salve, Maestro, te espero en aquel pequeño grupo de árboles». Y espolea a su cabalgadura.

«¿Os conocéis?» le preguntan muchos de los presentes a Juan de Endor.

«Sí, como proveedor de pollos. Antes no me conocía. Una vez fui llamado a la comandancia a Naím, para fijar los precios, y estaba él. Desde entonces, cuando iba a Cesarea a comprar libros o algún utensilio siempre me saludaba. Me llama o Cíclope o Diógenes. No es malo. A pesar de mi odio por los romanos, no me mostré nunca agresivo con él porque me podía ser útil».

«¿Has oído, Maestro? ¿Ves?, han surtido buen efecto mis palabras al centurión de Cafarnaúm. Ahora voy más tranquilo» dice Pedro.

Y llegan a la mata de árboles a cuya sombra se ha apeado la patrulla.

«Mira, te devuelvo el niño. ¿Mandas algo, Maestro?».

«No, Publio. Dios te muestre su rostro».

«¡Salve!». Monta y espolea, seguido por los suyos con un

gran rumor metálico de herraduras y corazas que se entrechocan.

Anotación

Hay mucho descontento por el arresto del profeta: en EMV 180.

Mi discurso al centurión de Cafarnaún surtió efecto: en EMV 182.