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Notas del tema

Biblia, tradición y textos sagrados - Antiguo y Nuevo Testamento

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ECR 174.21 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Muchas cosas os he dicho, hijos míos. Escuchad mis palabras: quien las escucha y las pone en práctica es comparable a un hombre reflexivo que, queriendo construir una casa, eligió un lugar rocoso. Sin duda le costó construir los cimientos. Tuvo que trabajar a base de pico y cincel, hacerse callos en las manos, cansar sus lomos. Pero luego pudo colar su argamasa en los huecos abiertos en la roca, y meter en ellos los ladrillos bien apretados, como en muralla de baluarte, y así la casa se fue alzando sólida como un monte. Vinieron las inclemencias del tiempo, los turbiones; las lluvias desbordaron los ríos, silbaron los vientos, azotaron las olas... y la casa resistió todo. Así es el hombre que tiene una fe bien cimentada. Sin embargo, quien escucha con superficialidad y no se esfuerza en grabar en su corazón mis palabras — porque sabe que para hacerlo debería esforzarse, padecer dolor, extirpar demasiadas cosas — es semejante a aquel hombre que por pereza y necedad edifica su casa sobre la arena. En cuanto llegan las inclemencias, la casa, pronto construida, cae pronto, y el necio se queda mirando, desolado, sus ruinas y la quiebra de su capital. Pues bien, en nuestro caso es peor que un derrumbamiento — que se podría, no sin gastos y esfuerzos, reparar todavía—; en este caso, una vez derrumbado el edificio mal construido de un espíritu, nada queda para volver a edificarlo. En la otra vida no se construye. ¡Ay de quien se presente allí con escombros!

ECR 174.22 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« He terminado. Me encamino hacia abajo, hacia el lago. Os bendigo en nombre de Dios uno y trino. Mi paz descienda sobre vosotros».

Pero la muchedumbre grita: «Vamos también nosotros. ¡Déjanos ir contigo! ¡Nadie habla como Tú!». Y se encamina también la gente siguiendo a Jesús, que baja no por la parte por la que ha subido sino por la opuesta, que va en línea recta hacia Cafarnaúm.

La bajada es muy inclinada, pero se recorre muy rápidamente, y pronto llegan a los pies del monte, arrellanado sobre la planada verde y florida.

ECR 175.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entre las muchas flores que perfuman el suelo y alegran la vista, se yergue el horrendo espectro de un leproso, llagado, maloliente, corroído.

La gente grita de espanto y se vuelca de nuevo hacia las primeras pendientes del monte. Hay quien incluso agarra piedras para tirárselas al imprudente.

Pero Jesús se vuelve, con los brazos abiertos, gritando: «¡Paz! ¡Quedaos donde estáis y no tengáis miedo! Dejad las piedras. Tened piedad de este pobre hermano. También él es hijo de Dios».

La gente obedece dominada por el poder del Maestro, que se acerca a través de las altas hierbas en flor hasta pocos pasos del leproso, el cual a su vez, habiendo comprendido que está bajo la protección de Jesús, se ha acercado también.

Ya próximo a Jesús, se postra: la hierba florecida le acoge, le sumerge, cual fresca y perfumada agua. Las flores ondean y se agrupan, como haciendo de velo a la miseria celada tras ellas. Sólo la voz quejumbrosa que de allí dentro proviene recuerda la presencia de un pobre ser. La voz dice: «Señor, si Tú quieres puedes limpiarme. ¡Ten piedad también de mí!».

Jesús responde: «Alza tu rostro y mírame. El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él; y tú crees, porque pides».

Las hierbas se agitan y se abren de nuevo. Aparece, cual cabeza de náufrago sobre la superficie del mar, el rostro del leproso, despojado de cabellos y de barba. Es una cabeza de calavera con restos de carne todavía.

Sin embargo, Jesús se atreve a colocar la punta de sus dedos en esa frente, en el punto en que está limpia, o sea, sin llagas, donde sólo es piel cinérea, escamosa, entre dos erosiones purulentas, de las cuales una ha destruido el cuero cabelludo y la otra ha abierto un hueco donde antes estaba el ojo derecho, de manera que no sabría decir si dentro de ese enorme agujero lleno de porquería, que va desde la sien hasta la nariz, dejando al descubierto el pómulo y el cartílago nasal, está o no todavía el globo ocular.

Y dice Jesús, manteniendo apoyada ahí la punta de su bonita mano: «Lo quiero. Queda limpio».

Y, como si el hombre no estuviera corroído por la lepra y llagado, sino sólo recubierto de porquería, y sobre él se arrojasen aguas purificadoras, el mal desaparece. Primero se cierran las llagas, luego recupera su color claro la piel, el ojo derecho vuelve a aparecer bajo el renacido párpado, los labios vuelven a cerrarse delante de los dientes amarillentos. Sólo le siguen faltando el pelo y la barba (aparecen escasos mechones de pelo en los lugares donde antes existía todavía un trocito de epidermis sana).

La muchedumbre grita de estupor. El hombre, por esos gritos de júbilo, comprende que ha quedado curado. Levanta las manos, que hasta este momento habían quedado escondidas entre la hierba, y se toca el ojo, en el lugar en que antes estaba el enorme agujero; se toca la cabeza, donde antes estaba la extensa llaga que dejaba al descubierto el hueso craneal, y siente la nueva piel. Entonces se pone en pie y se mira el pecho, las caderas... Todo ha quedado curado y limpio... El hombre se deja caer de nuevo sobre el prado florido llorando de alegría.

«No llores. Levántate y escúchame. Cumple el rito y vuelve a la vida; no hables a nadie hasta que no lo hayas cumplido. Preséntate lo antes posible al sacerdote, haz la ofrenda prescrita por Moisés como testimonio del milagro de tu curación».

«¡A ti te debería presentar mi testimonio, Señor!».

«Así lo harás amando mi doctrina. Ve».

Detalle

Curación de un leproso.

Anotación

Exponiendo el cigoma: Maria Valtorta fue enfermera en su juventud, así que sabe un par de cosas sobre anatomía.

Lo quiero. Ser purificado. Los biblistas suelen confundir este milagro, relatado en Mateo 8:1-3, con la curación del leproso Abel (Marcos 1:40-42; Lucas 5:12-13), que se describe en EMV 63:1/5.

"¿Puedo decirle al sacerdote que me has curado?

- No, no debes. Sólo dile: "El Señor tuvo misericordia de mí. Esa es la verdad". Nada más. A partir de entonces, la reputación de Jesús fue creciendo, y quiso evitar todo conflicto con los notables del templo durante el mayor tiempo posible.

Evangelio de Mateo 8, 1-4

Mt 8, 1-4 : Cuando Jesús bajó del monte, le seguían grandes multitudes. Se le acercó un leproso y, postrándose ante él, le dijo: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio". Y al instante quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote. Y da la ofrenda que mandó Moisés: será un testimonio para el pueblo".

Evangelio de Marcos 1, 40-45

Mc 1, 40-45 : Se le acercó un leproso, le rogó, cayó de rodillas y le dijo: "Si quieres, puedes limpiarme". Embargado por la compasión, Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: "Estoy dispuesto; queda limpio". Al instante, la lepra le abandonó y quedó limpio. Jesús lo despidió con firmeza, diciéndole: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote, y da por tu purificación lo que prescribió Moisés en la Ley: será un testimonio para el pueblo". Una vez que se hubo ido, aquel hombre empezó a pregonar y a difundir la noticia, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en una ciudad, sino que se quedaba en lugares desiertos. Pero la gente acudía a él de todas partes.

Evangelio de Lucas 5, 12-14

Lc 5, 12-14 : Estaba Jesús en un pueblo cuando llegó un hombre cubierto de lepra; al ver a Jesús, se postró sobre su rostro y le suplicó: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: "Quiero; queda limpio". Al instante se le quitó la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no se lo dijera a nadie: "En lugar de eso, ve a presentarte al sacerdote y dale por tu limpieza lo que mandó Moisés; será un testimonio para todos."

ECR 175.3-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente se arremolina en torno al Maestro. Es un círculo que bajo ningún concepto quiere abrirse. Pero, entretanto, el Sol se ha ocultado y comienza el reposo del sábado. Los centros habitados están lejos. De todas formas, la gente no echa de menos ni el pueblo ni la comida ni nada. No sucede lo mismo con los apóstoles, y se lo comentan a Jesús. También los discípulos ancianos están preocupados. Hay mujeres y niños, y, si bien la temperatura de la noche es moderada y la hierba de los campos está blanda, las estrellas no son pan ni se transforman en alimentos las piedras de las laderas.

Jesús es el único que se lo toma con tranquilidad. La gente, mientras, come lo que les había sobrado, sin mayores problemas. Jesús llama la atención de los discípulos sobre este hecho: «¡En verdad os digo que éstos están más adelantados que vosotros! Mirad con qué despreocupación consumen todo lo que tienen. Les he dicho: “El que no sea capaz de creer que mañana Dios dará el alimento a sus hijos que se retire”, y se han quedado aquí. Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera».

Los apóstoles se encogen de hombros y ya no se ocupan de nada más.

Se pone la tarde, después de un intenso rojo de ocaso, serena y bella; el silencio del campo se extiende sobre todas las cosas, tras el último coro de los pájaros. Algún frufrú del viento y luego el primer vuelo mudo de ave nocturna junto a la primera estrella y la primera rana que croa.

Los niños ya duermen. Los adultos hablan entre sí. De vez en cuando alguno va a donde el Maestro a pedirle alguna aclaración.

175.4

Es así que no se produce estupor cuando, por un sendero entre dos campos de trigo, se ve venir a una persona que impone por su aspecto, indumento y edad. Le siguen algunos hombres. Todos se vuelven a mirarle y se lo señalan unos a otros bisbiseando. El bisbiseo se transmite de grupo a grupo. Se aviva y se atenúa. Los grupos más lejanos se acercan atraídos por la curiosidad.

El hombre de noble aspecto llega hasta donde Jesús, que está sentado al pie de un árbol escuchando a unos hombres, y le saluda con toda reverencia. Jesús se alza enseguida y responde al saludo con igual respeto. Los presentes se centran completamente en ellos.

«Estaba en el monte. Quizás has pensado que no tenía fe, que me iba por miedo a tener que ayunar. La verdad es que me fui por otro motivo. Quería comportarme como hermano con los hermanos, como el hermano mayor. Quisiera manifestarte aparte lo que pienso. ¿Podrías escucharme? A pesar de ser un escriba, no soy enemigo tuyo».

«Vamos un poco lejos...» y se meten entre los cereales.

«Quería proveer de alimento a los peregrinos, así que bajé para encargar que hicieran pan para una multitud. Respecto a la distancia estoy dentro de la Ley, porque estos campos son míos y de aquí a la cima se puede recorrer en día de sábado. Mi intención era venir mañana con los siervos, pero he sabido que estabas aquí con la muchedumbre. Te ruego que me permitas surtir de lo necesario a la muchedumbre este sábado; si no, sentiría demasiado el haber renunciado a tus palabras por nada».

«En ningún caso hubiera sido por nada, porque el Padre te habría recompensado con sus luces. Yo por mi parte te doy las gracias. No te defraudaré. Lo único que quisiera observarte es que la gente es mucha».

«He encargado que enciendan todos los hornos, incluso los que se usan para secar productos agrícolas. Conseguiré pan para todos».

«No lo digo por eso, lo digo por la cantidad de pan...».

«No me causa problema. El año pasado recogí mucho trigo, y este año ya ves qué espigas. Déjame, que sé lo que hago. ¡Qué mayor seguridad para mis tierras! Y, además, Maestro... ¿El pan que me has dado hoy!... ¡Tú sí que eres Pan del espíritu!...».

«Sea entonces como quieres. Ven, vamos a decírselo a los peregrinos».

«No. Tú lo has dicho».

«¿Y eres escriba?».

«Sí, lo soy».

«Que el Señor te lleve a donde tu corazón merece».

«Comprendo lo que no dices. Quieres decir: a la Verdad. Porque en nosotros hay mucho error y... y mucha mala fe».

«¿Quién eres?».

«Un hijo de Dios. Ruega al Padre por mí. Adiós».

«La paz sea contigo».

175.5

Jesús regresa lentamente hacia los suyos mientras el hombre se aleja con los siervos.

«¿Quién era? ¿Qué quería? ¿Te ha dicho alguna cosa desagradable? ¿Tiene algún enfermo?». Jesús se ve asaltado de preguntas.

«No sé quién es. Bueno, quiero decir, tiene buen corazón y esto me...».

«Es Juan el escriba» dice uno de la multitud.

«Bien, pues ahora lo sé por tus palabras. Quería sencillamente ser el siervo de Dios para con los hijos de Dios. Orad por él porque mañana todos comeremos gracias a su bondad».

«Verdaderamente es un justo» dice uno.

«Sí. Lo que no sé es cómo puede ser amigo de otros» comenta otro.

«Fajado de escrúpulos y de reglas como un recién nacido; pero no es malo» concluye otro.

«¿Son éstas sus tierras?» preguntan muchos, que no son de la zona.

«Sí. Creo que el leproso era uno de sus siervos o de sus labriegos; pero permitía que estuviera en las cercanías, e incluso creo que le daba de comer».

La crónica continúa, pero Jesús se abstrae de ello y llama a sí a los doce y les pregunta: «¿Y ahora qué tengo que deciros por vuestra incredulidad? ¿No ha puesto, acaso, el Padre pan para todos nosotros en las manos de una persona que, por su casta, está contra mí? ¡Oh, hombres de poca fe!... Id, id allí, al mullido heno y dormid. Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad. Paz a vosotros».

Y va a las primeras pendientes del monte. Se sienta y se recoge en su oración. Alza los ojos y ve el rebaño de las estrellas que abarrotan el cielo; los baja y ve el rebaño de los que duermen echados en los prados. Nada más; mas es tal la alegría que siente en su corazón, que parece transfigurarse de luz...

Detalle

Jesús ha bajado del Monte de las Bienaventuranzas y una multitud le sigue. Los apóstoles están preocupados por cómo van a alimentarse. Este capítulo muestra un caso práctico de confianza en la Providencia y en la bondad del Padre.

Anotación

Mientras tanto, el sol se ha puesto. Es el comienzo del descanso sabático. El descanso sabático comienza a las 6 de la tarde del viernes. Desde los cuernos de Hattin hasta la llanura, recorrieron entre 5 y 6 km, es decir, alrededor de una hora y media de marcha. Como vimos en el capítulo anterior, partieron alrededor de las 3pm / 3.30pm. O sea, hacia las cinco de la tarde.

Les dije: "Los que no puedan creer que mañana Dios dará de comer a sus hijos, que se vayan", y se quedaron. Dios no negará a su Mesías ni decepcionará a los que esperan en él. Véase el capítulo anterior. María Valtorta señala incluso que sólo unas cincuenta personas se marcharon entonces.

No os soy hostil, aunque soy escriba. Los escribas que no son hostiles a Jesús son raros. De los 24 miembros de este colegio, sólo 5 estaban secretamente a favor de Jesús. La mayoría de los otros 19 eran hostiles o indiferentes.

Pueden ver que estoy en el espacio legal porque estos campos me pertenecen, y desde aquí hasta arriba es un camino que se puede tomar en sábado. Así que están justo a la entrada de la llanura, a un kilómetro de la cima de Arbel. Las normas prácticas para aplicar la distancia del Sabbat eran y siguen siendo complejas. Sin embargo, la condición básica, establecida en tiempos de Salomón, sigue siendo la prohibición de alejarse más de 2.000 codos (unos 900 metros) de los límites de la propia propiedad o de una ciudad. Como señala Maria Valtorta, la cumbre es el último límite aceptable para el escriba.

ECR 175.3.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente se arremolina en torno al Maestro. Es un círculo que bajo ningún concepto quiere abrirse. Pero, entretanto, el Sol se ha ocultado y comienza el reposo del sábado. Los centros habitados están lejos. De todas formas, la gente no echa de menos ni el pueblo ni la comida ni nada. No sucede lo mismo con los apóstoles, y se lo comentan a Jesús. También los discípulos ancianos están preocupados. Hay mujeres y niños, y, si bien la temperatura de la noche es moderada y la hierba de los campos está blanda, las estrellas no son pan ni se transforman en alimentos las piedras de las laderas.

Jesús es el único que se lo toma con tranquilidad. La gente, mientras, come lo que les había sobrado, sin mayores problemas. Jesús llama la atención de los discípulos sobre este hecho: «¡En verdad os digo que éstos están más adelantados que vosotros! Mirad con qué despreocupación consumen todo lo que tienen. Les he dicho: “El que no sea capaz de creer que mañana Dios dará el alimento a sus hijos que se retire”, y se han quedado aquí. Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera».

Los apóstoles se encogen de hombros y ya no se ocupan de nada más. (...)

[El escriba Juan vino en su ayuda y Jesús dijo:]

«¿Y ahora qué tengo que deciros por vuestra incredulidad? ¿No ha puesto, acaso, el Padre pan para todos nosotros en las manos de una persona que, por su casta, está contra mí? ¡Oh, hombres de poca fe!... Id, id allí, al mullido heno y dormid. Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad. Paz a vosotros».

Detalle

Aunque no se nombra específicamente a ninguno de ellos, los Doce están presentes en este capítulo. Ante su falta de fe y confianza en la Providencia del Padre para alimentar a la multitud, Jesús les dice esto en EMV 175.5, después de que el escriba Juan acuda en su ayuda.

ECR 175.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera.

Palabras clave

ECR 175.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y eres escriba?».

«Sí, lo soy».

«Que el Señor te lleve a donde tu corazón merece».

«Comprendo lo que no dices. Quieres decir: a la Verdad. Porque en nosotros hay mucho error y... y mucha mala fe».

«¿Quién eres?».

«Un hijo de Dios. Ruega al Padre por mí. Adiós».

«La paz sea contigo».

Detalle

Jesús habla con Juan de Cafarnaún.

ECR 176.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora le muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro le ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.

«Maestro — preguntan bastantes de ellos — ¿por qué no has venido con nosotros?».

«Necesitaba orar».

«Pero también tienes mucha necesidad de descansar».

«Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo».

«¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?».

«Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere. El Padre me ha dicho dos nombres de personas, y, para mí, un hecho doloroso. Estas tres cosas tienen necesidad de oración».

Jesús está muy triste. Mira a los suyos con una mirada que parece suplicar o querer preguntar algo; se posa en éste o en aquél y, finalmente, en Judas Iscariote, y en él se detiene.

El apóstol lo nota y pregunta: «¿Por qué me miras así?».

«No te veía a ti. Mis ojos contemplaban otra cosa...».

«¿Y qué es?...».

«La naturaleza del discípulo. Todo el bien y el mal que un discípulo puede dar a su Maestro y hacer por Él. Pensaba en los discípulos de los Profetas y en los de Juan; y en los míos. Y rogaba por Juan, por los discípulos y por mí...».

«Esta mañana estás triste y cansado, Maestro. Manifiesta tu pesar a quien te ama». Es Santiago de Zebedeo el que le invita a expresarse.

«Sí, dínoslo; que, si se puede hacer algo para aliviártelo, lo haremos» dice Judas, el primo de Jesús.

Pedro habla con Bartolomé y Felipe, pero no comprendo lo que dicen.

Jesús responde: «Sed buenos, esforzaos por ser buenos y fieles: ése será mi consuelo. No existe ningún otro, Pedro, ¿comprendes?; abandona esa sospecha. Queredme. Quereos. No os dejéis seducir por quien me odia. Amad sobre todo la voluntad de Dios».

«¡Sí, pero, si todo viene de ella, también de ella vendrán nuestros errores!» exclama Tomás con aire de filósofo.

«¿Tú crees? No es así.

176.2

Pero... vamos, que muchos se han despertado ya y están mirando hacia aquí. Vamos a bajar. Santifiquemos el día santo con la palabra de Dios».