ECR 175.4 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Maestro... ¿El pan que me has dado hoy!... ¡Tú sí que eres Pan del espíritu!...
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 175.4 · Volumen 3
Maestro... ¿El pan que me has dado hoy!... ¡Tú sí que eres Pan del espíritu!...
ECR 176.1-2 · Volumen 3
Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora le muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro le ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.
«Maestro — preguntan bastantes de ellos — ¿por qué no has venido con nosotros?».
«Necesitaba orar».
«Pero también tienes mucha necesidad de descansar».
«Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo».
«¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?».
«Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere. El Padre me ha dicho dos nombres de personas, y, para mí, un hecho doloroso. Estas tres cosas tienen necesidad de oración».
Jesús está muy triste. Mira a los suyos con una mirada que parece suplicar o querer preguntar algo; se posa en éste o en aquél y, finalmente, en Judas Iscariote, y en él se detiene.
El apóstol lo nota y pregunta: «¿Por qué me miras así?».
«No te veía a ti. Mis ojos contemplaban otra cosa...».
«¿Y qué es?...».
«La naturaleza del discípulo. Todo el bien y el mal que un discípulo puede dar a su Maestro y hacer por Él. Pensaba en los discípulos de los Profetas y en los de Juan; y en los míos. Y rogaba por Juan, por los discípulos y por mí...».
«Esta mañana estás triste y cansado, Maestro. Manifiesta tu pesar a quien te ama». Es Santiago de Zebedeo el que le invita a expresarse.
«Sí, dínoslo; que, si se puede hacer algo para aliviártelo, lo haremos» dice Judas, el primo de Jesús.
Pedro habla con Bartolomé y Felipe, pero no comprendo lo que dicen.
Jesús responde: «Sed buenos, esforzaos por ser buenos y fieles: ése será mi consuelo. No existe ningún otro, Pedro, ¿comprendes?; abandona esa sospecha. Queredme. Quereos. No os dejéis seducir por quien me odia. Amad sobre todo la voluntad de Dios».
«¡Sí, pero, si todo viene de ella, también de ella vendrán nuestros errores!» exclama Tomás con aire de filósofo.
«¿Tú crees? No es así.
176.2
Pero... vamos, que muchos se han despertado ya y están mirando hacia aquí. Vamos a bajar. Santifiquemos el día santo con la palabra de Dios».
ECR 176.1 · Volumen 3
Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere.
ECR 176.2 · Volumen 3
El rocío se lleva el polvo de las flores, el amor de los niños aleja las tristezas de mi corazón.
ECR 176.5 · Volumen 3
¡Oh, sí, muy potente es mi Enemigo, pero no está por encima de mí!
ECR 178.2 · Volumen 3
«Las raposas tienen sus huras y las aves nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Mi casa es el mundo, está dondequiera que haya espíritus a los que enseñar, miserias que aliviar, pecadores que redimir».
«Entonces, por todas partes».
«Tú lo has dicho.»
Evangelio de Mateo 8, 18-22
Mt 8, 18-22 : Al ver Jesús que le rodeaba una multitud, dio orden de irse al otro lado. Se le acercó un escriba y le dijo: "Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. Pero Jesús le dijo: "Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
Evangelio de Lucas 9, 57-58
Lc 9, 57-58 : Por el camino, un hombre dijo a Jesús: "Te seguiré adondequiera que vayas". Jesús le dijo: "Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
ECR 179.7 · Volumen 3
Mientras las dos barcas recorren un corto trecho por el río para luego deternerse junto a la orilla, Jesús se sienta y le pregunta al nuevo discípulo: «¿Quién queda ahora en tu casa?».
«Mi madre con mi hermano mayor, que está casado desde hace cinco años. Mis hermanas están en distintos puntos de esta región. Mi padre era muy bueno. Mi madre le llora desconsoladamente». El joven calla bruscamente al sentir que un sollozo le sube del corazón.
Jesús le agarra de una mano y dice: «Yo también he experimentado este dolor y he visto llorar a mi Madre. Por tanto, te comprendo...».
ECR 180.10 · Volumen 3
Un silencio de tumba sigue a la narración de Juan. Jesús parece desangrado, con los ojos de un color azul oscurísimo y como empañados. Tiene la cabeza agachada, la mano — recorrida por un ligero temblor — en el hombro de Juan. Ninguno se atreve a hablar.
Jesús rompe el silencio: «Iremos a Judea por otro camino. Pero mañana tengo que ir a Cafarnaúm. Lo antes posible. Descansad. Voy a subir por entre los olivos. Necesito estar solo». Y sale sin decir nada más.
«Sin duda va allí a llorar» musita Santiago de Alfeo.
«Sigámosle, hermano» dice Judas Tadeo.
«No. Dejadle llorar. Vayamos sólo a la escucha, caminando despacio, porque temo asechanzas por todas partes» responde el Zelote.
Juan el Bautista acaba de ser detenido y Juan comunica la noticia al grupo apostólico.
ECR 183.1 · Volumen 3
¿Qué estás diciendo (...) ? No te fíes demasiado de ti mismo. Yo, que soy el Cristo, oro constantemente, para tener fuerza contra Satanás. ¿Eres, acaso, tú más que Yo? El orgullo es como una grieta, por ella entra Satanás. Vigila y sé humilde (...).
ECR 185.5 · Volumen 3
Yo no soy “hombre”, soy el Dios-Hombre. No actúo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello, sí lo sois siempre en cuanto que os le quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia — y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda — con grave ademán que significa: “¿No me has aceptado cuando te quería ayudar? Pues ahora arréglatelas solo”. No, Yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca.