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Notas del tema

Religiones y creencias

Página 33 de 39

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ECR 193.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pues bien, entre dos altos montes — de los más altos de esta zona — la vista enfila un valle en cuyo centro, fertilísima, bien irrigada, aparece Siquem. En este punto precisamente, la alegre caravana de la corte del Cónsul que va a Jerusalén para las fiestas alcanza a Jesús y los suyos. Esclavos a pie y en carros para tutelar el transporte de los distintos pertrechos... ¡¡Dios mío, cuántas cosas llevaban consigo en aquellos tiempos!! Con los esclavos, carros en toda regla, cargados con un poco de todo (hasta incluso literas enteras) y coches de viaje (amplios carros de cuatro ruedas, bien amortiguados, cubiertos) en los que viajan, resguardadas, las damas. Y más carros, y más esclavos...

He aquí que una mano enjoyada de mujer levanta levemente una cortina y aparece el perfil grave de Plautina, que saluda sin hablar pero con una sonrisa; lo mismo hace Valeria, quien lleva sobre sus rodillas a su pequeñuela, toda gorjeos, toda riente. El otro carro de viaje, aún más pomposo, pasa sin que ninguna cortina se separe, pero, una vez que ha pasado, por la parte de detrás, entre las cortinas anudadas, Lidia asoma su rosado rostro y hace un gesto de reverencia. La caravana se aleja...

193.4

«¡Viajan bien!» dice Pedro, cansado y sudoroso. «Pero, si Dios nos ayuda, pasado mañana por la tarde estaremos en Jerusalén».

«No, Simón. No tengo otra alternativa, tengo que cambiar de dirección e ir hacia el Jordán».

«¿Pero, por qué, Señor?».

«Por el niño. Está muy triste, y mucho más aumentaría su tristeza si viera el monte donde sucedió la catástrofe».

«¡No, no lo vemos! Mejor dicho, vemos la otra parte del monte... Y... bueno, yo me encargaré de tenerle distraído; yo y Juan... Esta pobre tortolita sin nido se distrae en seguida. ¡Ir hacia el Jordán!... ¡No, hombre, mejor por aquí, el camino recto, más corto y más seguro!; ¡no, no, éste, éste! ¡Ves como es el que siguen las romanas? Por la costa y por el río estas primeras aguas de verano exhalan fiebres. Este camino es sano. Además... ¿cuándo vamos a llegar si alargamos todavía más el recorrido? ¡Piensa en qué estado de ansiedad estará tu Madre después del funesto suceso del Bautista!...».

Pedro lo consigue; Jesús da su consentimiento.

ECR 194.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una nueva subida, muy empinada: la comitiva ha dejado el camino principal, polvoriento y lleno de gente, y ha preferido tomar este atajo boscoso. Llegados a la cima, se ve ya claramente en la lejanía resplandecer un mar luminoso suspendido sobre una conglomeración blanca, quizás esplendorosas casas encaladas.

Jesús llama a Yabés: «Ven. ¿Ves aquel punto de oro? Es la Casa del Señor. Allí vas a jurar obediencia a la Ley.».

ECR 194.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) Vamos adelante, a la Ciudad santa. Tenemos que llegar hacia el atardecer de mañana. ¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo sabrías responder? ¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?».

«No, no sería lo mismo. Mañana es la Parasceve. Después del ocaso sólo se puede andar seis estadios; más no se puede, porque ya ha empezado el sábado con su correspondiente reposo».

«¿Se está entonces sin hacer nada los sábados?».

«No. Se reza al Señor altísimo».

«¿Cómo se llama?».

«Adonái. Pero los santos pueden pronunciar su Nombre».

«También los niños buenos. Dile, si le sabes».

«Iaavé» (este pequeñuelo lo pronuncia así: es una Y muy suave, casi una I, y la a muy alargada).

«Y, ¿por qué se reza al Señor altísimo el sábado?».

«Porque Él se lo dijo a Moisés cuando le dio las tablas de la Ley».

«¡Ah! ¡Sí? ¿Y qué dijo?».

«Dijo que se santificara el sábado. “Trabajarás durante seis días, pero el séptimo descansarás tú, y los demás contigo, porque es lo que hice Yo después de la creación”».

«¿Cómo! ¿El Señor descansó? ¿Estaba cansado por haber creado? ¿Creó realmente Él? ¿Por qué lo sabes? Yo sé que Dios no se cansa nunca».

«No se había cansado porque Dios no anda ni mueve los brazos. Lo hizo para enseñar a Adán y enseñarnos a nosotros, y para que tuviéramos un día en el que no pensásemos en otra cosa sino en Él. Y Él lo ha creado todo; seguro. Lo dice el Libro del Señor».

«Pero, ¿el Libro lo ha escrito Él?».

«No, pero es la Verdad, y hay que prestarle fe para no ir con Lucifer».

«Me has dicho que Dios ni anda ni mueve los brazos. ¿Entonces, como creó? ¿Cómo es? ¿Es una estatua?».

«No es un ídolo, es Dios; y Dios es... Dios es... déjame pensar y recordar cómo decía mi mamá y, mejor todavía, ese hombre que va en tu nombre a visitar a los pobres de Esdrelón... Mi mamá decía, para hacerme comprender a Dios: “Dios es como mi amor por ti; no tiene cuerpo, y, sin embargo, existe”. Y ese hombre pequeño, con una sonrisa muy dulce, decía: “Dios es un Espíritu eterno, uno y trino, y la segunda Persona se ha encarnado por amor a nosotros, que somos pobres, y su nombre...”. ¡Oh, mi Señor! Pero... ahora que me doy cuenta... ¡eres Tú!». El niño, lleno de estupor, se arroja al suelo adorando.

Todos acuden, creyendo que se ha caído; pero Jesús hace un gesto de silencio llevándose el dedo a los labios, y dice: «¡Levántate, Yabés! ¡Los niños no deben tener miedo de mí!».

El niño levanta la cabeza, lleno de veneración, y mira a Jesús con expresión cambiada, casi de miedo.

Jesús sonríe y le tiende la mano diciendo: «Eres sabio, pequeño israelita.»

Anotación

Tras la puesta de sol, sólo se pueden recorrer seis estadios. 6 x 185 m = 1,110 km.

El niño lo pronuncia así: una J muy suave que casi se convierte en Y, y una a muy larga. Mientras que la é es dura, cortada -añade MV en una copia mecanografiada-, a diferencia de los galileos, que dicen la primera consonante como una sgi [ésta es, al parecer, la forma toscana correspondiente a la fonética (ʃ) = ch] muy arrastrada y la última vocal muy abierta, como si fueran dos 'e' con acento grave, como en 'père' en francés. Véase la pronunciación del Nombre Divino.

Y Dios es... Dios es... déjame pensar y recordar lo que dijo mamá y, aún mejor que ella, este hombre que va en tu nombre a buscar a los pobres de Esdrelón .. . Jonás.

ECR 195.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

luego, tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo».

«Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel».

«Si es así, ya tienes con qué salvarte; pero ahora tienes también la ciencia, o mejor, la sabiduría, de Dios».

«Es lo mismo».

«¡No, no! Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol».

«En definitiva, ¿quieres darme lecciones? Pues yo no me siento con ganas de ello».

«¡Déjame hablar! Al principio, hablaba a los niños: se distraían; luego a los espectros: me maldecían; luego a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores; ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios. ¿Por qué quieres impedírmelo? Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las minas, el corazón enfermo desde hace muchos años: deja, al menos, que mi mente no se vuelva estéril».

«Jesús es Dios».

«Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarle con la familiaridad con que tú le tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma... y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente».

195.2

«Es verdad, Juan. Siento tu alma — Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría —. Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo...».

Detalle

Juan de Endor habló con Judas y le dijo:

ECR 195.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La vista de la Ciudad, ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas, y, especialmente, del Templo; esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerle del todo.

El sol abrileño de Judea, bien fuerte, ha secado pronto el empedrado de la vía consular. Ahora es difícil encontrar un charco. Los apóstoles se aderezan al borde del camino: bajan las túnicas, pues las habían abolsado, se lavan los pies llenos de barro en un riachuelo de aguas claras, se ponen en orden el pelo, se cubren con sus mantos. Y lo mismo hace Jesús. Veo que todos hacen lo mismo.

195.4

La entrada en Jerusalén debía ser una cosa importante. Presentarse ante estos muros en tiempo de fiesta era como presentarse ante un soberano. La Ciudad santa era la “verdadera” reina de los israelitas; lo veo con claridad este año en que observo, en esta vía consular, las turbas y su comportamiento: los componentes de las distintas familias se disponen según un orden (las mujeres por su parte, solas, los hombres en otro grupo, los niños con uno u otro grupo, pero todos serios y, al mismo tiempo, tranquilos); algunos doblan el manto más usado y sacan otro, nuevo, de los fardos de viaje, o se cambian de sandalias; el paso se hace solemne, ya hierático; en cada grupo hay un solista que da el tono, se cantan himnos, los antiguos, gloriosos himnos de David... Y la gente se mira con más bondad en los ojos, como más tiernos ahora que han visto la Casa de Dios, y mira a esta Casa santa, enorme cubo de mármol coronado por las cúpulas de oro, colocado, como una perla, en el centro del recinto majestuoso del Templo.

La comitiva apostólica se forma así: delante, con el niño en medio, Jesús y Pedro; detrás de ellos, Simón, Judas Iscariote y Juan; luego Andrés con Santiago de Zebedeo, y, entre ellos, obligado por Andrés, Juan de Endor; en la cuarta fila, los dos primos del Señor con Mateo; los últimos, Tomás, Felipe y Bartolomé. Aquí es Jesús quien entona el canto, y lo hace con esa potente y preciosa voz suya, con un ligero tono de barítono que se armoniza con las vibraciones de tenor para hacerlas aún más estimables[1]; responden Judas Iscariote, tenor puro, y Juan, de voz límpida propia de su muy joven edad, y las dos voces de barítono de los primos de Jesús, y Tomás (casi bajo: un barítono tan profundo, que casi no se le puede catalogar como tal). Los demás, dotados de voces menos hermosas, acompañan, en forma menos perceptible al coro-lleno de los más virtuosos. Los salmos son los ya conocidos, llamados graduales.

El pequeño Yabés — voz de ángel entre las recias de los hombres — canta muy bien — quizás porque lo sabe mejor que los demás — el salmo 121[2]: «Estoy alegre porque me han dicho: “Iremos a la casa del Señor”». Verdaderamente, su carita, tan triste pocos días antes, es todo un esplendor de alegría.

Ya están cerca de los muros, ya se ve la Puerta de los Peces, y las calles, llenísimas de gente.

En seguida, al Templo, para una primera oración; luego, la paz en la paz del Getsemaní; la cena; el descanso.

El viaje hacia Jerusalén ha terminado.

Detalle

Pedro se distrae con la aparición de la Ciudad Santa.

Anotación

Los salmos son los conocidos salmos graduales. Estos son los salmos 120 a 134, también conocidos como "cánticos de ascensión", según la nueva numeración. El Sal 121, citado más abajo, se ha convertido en el Sal 122.

Nota adicional de maria-valtorta.org :

LOS 15 GRADUALES: son los salmos 119 (hebreo 120) a 133 (hebreo 134), también conocidos como CÁNTICOS DE LAS MONTAÑAS. Eran cantados en las tres fiestas de peregrinación por los peregrinos o sacerdotes en los quince escalones que conducían al Templo de Jerusalén.

El pequeño Yabeç, con su voz de ángel en medio de las robustas voces de los hombres, canta muy bien el salmo 121, quizá porque lo conoce mejor que los demás: "Me alegré porque me dijeron: 'Iremos a la casa del Señor'. "Salmo 121 (hebreo 122): "¡Cómo me alegré cuando me dijeron: 'Iremos a la casa del Señor'! ...

Esta es la Puerta de Piscis. Al norte de Jerusalén, justo al lado del Templo.

ECR 196.1.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La mayor parte de la mañana del sábado ha estado ocupada en dejar descansar a los cansados cuerpos y en arreglar la ropa, polvorienta y arrugada por el viaje. En las vastas cisternas del Getsemaní — colmadas de agua de lluvia — y en el Cedrón — verdadera sinfonía entre los cantos, espumoso, lleno, por los chaparrones de los últimos días — hay tanta agua que es una verdadera incitación. Uno tras otro, los peregrinos, desafiando el fresco, bajan a zambullirse en el torrente; luego se ponen vestidos nuevos, de los pies a la cabeza, y, con el pelo todavía un poco tieso por las rociadas del torrente, van a sacar agua de las cisternas y la vierten en unas pilas grandes donde tienen la ropa, separada por colores. (...)

Se diseminan por el olivar, muy hermoso en este sereno día abrileño. La lluvia de los días precedentes parece haber plateado los olivos y sembrado la tierra de flores, de tanto como resplandecen al sol las frondas, de tantas florecillas como hay al pie de los olivos. Los pájaros cantan y vuelan por todas partes.

La ciudad se abre allá, hacia el Oeste del observador.

No se ve el bullir de gente, pero sí las caravanas que se dirigen hacia la Puerta de los Peces — y hacia otras puertas cuyo nombre desconozco —, desde el lado Este. La ciudad se las traga como si fuera un famélico vientre.

Anotación

La ciudad se extiende por allí, al oeste de Getsemaní. Ver el boceto dibujado por Maria Valtorta.

Maria Valtorta dibujó el boceto con lápiz negro, a veces superpuesto con rojo y azul. Algunos nombres están dibujados con bolígrafo. En el centro está el "Templo", con "Casas apretadas", y, en un semicírculo a la izquierda: "Suburbios y casas más dispersas", todo ello rodeado por un doble círculo cuya explicación se encuentra en la parte inferior de la página: "(El círculo rojo y azul indica los muros)". En estas "murallas" se lee una "puerta" junto a la indicación "norte", y otra "puerta" al sureste. Fuera de las "murallas": "Cedrón" y "Getsemaní" al este, "Casas" dos veces al sur, "Torrente" y "Gólgota" al oeste.

Se ven las caravanas que se dirigen hacia la Puerta de Piscis. Al norte de Jerusalén, junto al Templo.

ECR 196.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Cuándo vamos a ir a ver a esta Mamá, Señor?» pregunta con ojos anhelantes Yabés.

«Esta tarde, cuando la veas, ¿qué le vas a decir?».

«¿Estaría bien: “Te saludo, Madre del Salvador”?».

«Muy bien» confirma Jesús mientras le acaricia.

«Pero, ¿no vamos a ir hoy al Templo?» pregunta Felipe.

«Iremos antes de salir para Betania. Y tú, ¿estarás aquí tranquilo, no?».

«Sí, Señor».

La mujer de Jonás (el arrendatario del olivar), que lentamente se ha ido acercando, dice: «¿Por qué no le llevas contigo? Lo está deseando...».

Jesús la mira fijamente y con insistencia, aunque sin decir nada.

La mujer comprende, y lo manifiesta: «¡Comprendo!... Creo que tengo todavía un pequeño manto, de Marcos. Voy a buscarlo» y, ligera, se ausenta.

Yabés, tirándole a Juan de una manga, dice: «¿Serán severos los maestros?» a lo que Juan, confortándole, contesta: «¡No, hombre, no! No tengas miedo. Y, además, no es hoy. En pocos días, con la Madre, sabrás más que un doctor».

Los demás, que lo han oído, sonríen por la preocupación de Yabés.

«Pero, ¿quién va a presentarle haciendo las veces de padre?» pregunta Mateo.

«Yo. ¡Es natural! A menos que le quiera presentar el Maestro» dice Pedro.

«No, Simón, no lo haré Yo. Te dejo este honor».

«Gracias, Maestro. Pero... vas a estar presente también Tú?».

«Ciertamente. Todos estaremos presentes: es “nuestro” niño...».

Vuelve María de Jonás con un manto color morado oscuro que todavía está en buenas condiciones. ¡Qué color! Ella misma lo dice: «Marco no lo quiso usar nunca porque no le gustaba el color».

¡Mira tú éste! ¡Es atroz! Y el pobre Yabés, con esa tez suya tan aceitunada, dentro de ese morado violento, parece un ahogado. Pero él no se ve... y se siente feliz con ese manto con que cubrirse como una persona mayor...

«La comida está lista, Maestro. La criada ha sacado ya del asador el cordero».

«Vamos, entonces».

Y, bajando del lugar en que se encuentran, entran en la amplia cocina para comer.

Detalle

Jesús acaba de hablar de la Virgen María.

ECR 197

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : En el Templo con José de Arimatea. La hora del incienso.

Fecha de la visión: Viernes 22 de junio de 1945

Calendario: Sábado 25 de marzo 28

(12 Nissan 3788)

Lugar (mapa) : Templo de Jerusalén

Ciclo: El segundo viaje pascual

Resumen: El grupo apostólico acude al Templo con Yabeç y Juan de Endor. Pedro actúa como tutor del niño y éste confiesa cándidamente que no recuerda la última vez que vino al Templo, pues era un bebé. Jesús se preocupa por Juan de Endor, que se siente intimidado ante la perspectiva de volver a la casa del Padre. Cristo le tranquiliza y le absuelve de todo, lo que conmueve al recién convertido.

Se dirigen al tesoro para hacer su ofrenda cuando se encuentran con José de Arimatea. Éste se sorprende al ver a un niño pequeño con ellos, y Pedro le explica que el niño está a punto de examinarse de la mayoría de edad. El hermano de Andrés pidió al fariseo que viniera a su lado, para que los doctores de la Ley no causaran problemas. José saludó entonces al Maestro y éste se ofreció a ir a Betania para reunirse con él. El hombre aceptó de buen grado y se despidió.

Jesús explicó entonces a Yabeç en qué consistía la hora del incienso y por qué debía orar; también le explicó cuán grande era el ministerio del sacerdote. Finalmente, van a adorar al Señor.

Contenido del capítulo: 197.1: Pedro toma a Yabeç de la mano. 197.2: Jesús consuela a Juan de En-Dor. 197,3: Pedro explica a Yabeç las cosas del Templo. 197.4: Jesús invita a José de Arimatea a Betania. 197.5: La oración de la tarde.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 58

ECR 197.1 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés. Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.

Detrás, en grupo, todos los demás. Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.

Pedro pregunta a su pupilo: «¿Has venido aquí alguna vez?» a lo que recibe como respuesta: «Cuando nací, padre; pero no me acuerdo» lo cual hace reír de satisfacción a Pedro, que repite la respuesta a los compañeros, y éstos se echan a reír también, y dicen, con bondad y perspicacia: «Quizás es que dormías y por eso...» o: «Estamos todos como tú. No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».

ECR 197.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro, entretanto, se las ingenia para explicarle al niño las cosas más dignas de relieve en el Templo, y pide ayuda a los otros más cultos, especialmente a Bartolomé y a Simón, porque, siendo ancianos, se encuentra a gusto con ellos en su papel de padre.

En esto, ya ante el gazofilacio para hacer las ofrendas, los llama José de Arimatea.

«¿Estáis aquí? ¿Cuándo habéis llegado?» dice después de los recíprocos saludos.

«Ayer por la tarde».

«¿Y el Maestro?».

«Está allí, con un discípulo nuevo. Ahora vendrá».

José mira al niño y le pregunta a Pedro: «¿Un sobrinito tuyo?».

«No... sí. Bueno, quiero decir que, nada en cuanto a la sangre, mucho en cuanto a la fe, todo en cuanto al amor».

«No te comprendo…».

«Un huerfanito… por tanto, nada en cuanto a la sangre. Un discípulo... por tanto, mucho en cuanto a la fe. Un hijo... por tanto, todo en cuanto al amor. El Maestro lo ha recogido... y yo le doy mi cariño. Debe alcanzar la mayoría de edad en estos días...».

«¿Tan pequeño y ya doce años?».

«Es que... bueno, ya te lo contará el Maestro... José, tú eres bueno, uno de los pocos buenos que hay aquí dentro... Dime, ¿estarías dispuesto a ayudarme en esta cuestión? Ya sabes... le presento como si fuera mi hijo, pero soy galileo y tengo una fea lepra...».

«¡¿Lepra?!» exclama y pregunta aterrorizado José, separándose.

«¡No tengas miedo!... Mi lepra es la de ser de Jesús: la más odiosa para los del Templo, salvo pocas excepciones».

«¡No, hombre, no; no digas eso!».

«Es la verdad y hay que decirla... Por tanto, temo que se comporten cruelmente con el pequeño por causa mía y de Jesús. Además, no sé qué conocimientos tendrá de la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrasiots. Jesús dice que sabe mucho...».

«¡Bueno, pues si lo dice Jesús, entonces no tengas miedo!».

«Aquéllos... con tal de amargarme...».

«¡Quieres mucho a este niño, ¡eh!? ¿Le llevas siempre contigo?».

«¡No puedo!... Yo estoy siempre en camino; él es pequeño y frágil...».

«Pero iría contigo con gusto...» dice Yabés, que, con las caricias de José, está más tranquilo.

Pedro rebosa de alegría... Pero añade: «El Maestro dice que no se debe, y no lo haremos. De todas formas, nos veremos... José, ¿me vas a ayudar?».

«¡Claro, hombre! Estaré contigo. Delante de mí no harán injusticias. ¿Cuándo?

197.4

¡Oh, Maestro! ¡Dame tu bendición!».

«Paz a ti, José. Me alegro de verte; y, además, saludable».

«También yo, Maestro. Los amigos se alegrarán de verte. ¿Estás en Getsemaní?».

«Estaba. Después de la oración voy a Betania».

«¿A casa de Lázaro?».

«No, donde Simón. Tengo también allí a mi Madre y a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago. ¿Irás a verme?».

«¿Lo preguntas? Será una gran alegría y un gran honor. Te lo agradezco. Iré con muchos amigos...».

«¡Prudente, José, con los amigos!...» aconseja Simón Zelote.

«¡No, hombre... ya los conocéis! Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire”. Pero, cuando los veáis, comprenderéis que son amigos».

«Entonces...».

«Maestro, Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño. Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo. Quiero estar presente también yo».

«El miércoles que precede a la Pascua. Quiero que celebre su Pascua ya como hijo de la Ley».

«Muy bien. Comprendido. Iré a recogeros a Betania. Pero antes, el lunes, iré con los amigos».

«De acuerdo, no se hable más».

«Maestro, te dejo. La paz sea contigo. Es la hora del incienso».

«Adiós, José. La paz sea contigo.»

Anotación

No sé cómo conoce la Ley, la Halajá, la Hagadá y los Midrashim. Jesús dice que sabe lo suficiente... Para salvaguardar la Ley, base religiosa y jurídica de la comunidad judía, los rabinos, después del exilio, la rodearon de una exégesis llamada Midrash (Interpretación). Los midrashim son comentarios sobre pasajes de las Escrituras. Entre los autores de renombre de estas tradiciones midráshicas se encuentran Hillel, Schammei y Gamaliel.

Midrash también se refiere a la rama del conocimiento rabínico que se ocupa de las normas de la ley tradicional (escrita), en contraposición a la Mishná (tradición oral). Esta interpretación de la ley mosaica dio lugar a nuevas prescripciones, normas de conducta a seguir en el culto y el derecho (las Halâkoth). La interpretación de las partes históricas del Pentateuco dio lugar a relatos y leyendas(la Hagadá). Sin embargo, en aras de la Ley mosaica, estos midrashim sólo debían transmitirse oralmente de generación en generación, aunque su autoridad llegó a ser casi igual a la de la Ley.

La hora del incienso. El incienso se quemaba en el Templo por la mañana y por la tarde, según lo prescrito en Éxodo 30, 7-8.

Libro de Éxodo 30, 7-8

Éxodo 30, 7-8 : Cuando Aarón vaya a encender las lámparas cada mañana, quemará incienso sobre ellas. Y cuando venga a encender las lámparas al atardecer, volverá a quemar incienso en ellas. De generación en generación, el incienso subirá perpetuamente ante el Señor.