71.3 «Mira, allí viene Juan con Simón: Juan es el primero; Simón es aquel de quien te hablé hace dos días. Tú ya los has visto a Simón y a Juan. Uno estaba enfermo...».
«¡Ah, el leproso! Ya me acuerdo. ¿Ya es discípulo tuyo?».
«Desde el día siguiente».
«Y yo ¿por qué tanta espera?».
«¡¿Judas?!».
«Es verdad. Perdón».
Juan ha visto al Maestro y se lo indica a Simón. Aceleran el paso. El saludo de Juan es un cambio de besos con el Maestro. Simón, por el contrario, se postra ante Jesús y besa sus pies exclamando: «¡Gloria a mi Salvador! ¡Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios, y yo le dé gloria bendiciéndole por haberme otorgado a ti!».
Jesús le pone la mano sobre la cabeza: «Sí, te bendigo para darte las gracias por tu trabajo. Álzate, Simón. Mira, Juan; mira, Simón: éste es el último discípulo, también él quiere seguir la Verdad; es hermano, por tanto, para todos vosotros».
Se saludan mutuamente. Los dos judíos con recíproca indagación, Juan expansivamente.
«¿Estás cansado, Simón?» pregunta Jesús.
«No, Maestro. Junto con la salud me ha venido un vigor que aún no conocía».
«Y sé que lo empleas bien. He hablado con muchos y todos me han referido de ti que los habías instruido sobre el Mesías».
Simón sonríe contento. «Ayer por la tarde también hablé de ti con un honesto israelita. Espero que un día le conozcas. Quisiera llevarte a él».
«Esto no es imposible».
Judas interviene: «Maestro, me has prometido que vendrías conmigo a Judea».
«E iré. Simón continuará instruyendo a las personas acerca de mi venida. El tiempo es breve, amigos, y la gente es mucha.
71.4 Yo ahora me voy con Simón. Por la tarde vosotros dos vendréis a mi encuentro por el camino del Monte de los Olivos. Distribuiremos dinero a los pobres. Ahora marchaos».
Jesús, solo con Simón, le pregunta: «Esa persona de Betania ¿es un verdadero israelita?».
«Un verdadero israelita. Participa de todas las ideas imperantes, pero tiene también verdadera ansia del Mesías. Cuando le dije: “Él está entre nosotros”, respondió en seguida: “¡Dichoso yo que vivo en esta hora!”».
«Iremos a verle un día, a llevar bendición a su casa. ¿Has visto al nuevo discípulo?».
«Le he visto. Es joven y parece inteligente».
«Sí. Lo es. Tú, que eres judío, compadécele por sus ideas, más que a los otros».
«¿Es un deseo o una orden?».
«Es una dulce orden. Tú, que has sufrido, puedes tener más indulgencia. El dolor es maestro de muchas cosas».
«Si Tú me lo ordenas, seré con él todo indulgencia».
«Sí. Así. Quizás mi Pedro — y no sólo él — se escandalizará un poco al ver cómo cuido a este discípulo y me preocupo de él. Pero un día comprenderán... Cuanto peor formado está uno, más necesidad tiene de cuidados. Los otros... ¡oh!, los otros se forman incluso por sí mismos, por el solo contacto. Yo no quiero hacer todo solo. Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás para formar a un hombre. Os llamo a ayudarme... y os agradezco la ayuda».
«Maestro, ¿estás suponiendo que te va a defraudar?».
«No. Pero es joven, y ha crecido en Jerusalén».
«¡Oh! A tu lado se corregirá de todos los vicios de esta ciudad... Estoy seguro de ello. Yo, viejo y seco por el rencor, he quedado completamente renovado desde que te vi...».
Jesús susurra: «¡Que así sea!». Luego dice fuerte: «Ven conmigo al Templo. Voy a evangelizar al pueblo».
Y la visión tiene fin.