La vista de la Ciudad, ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas, y, especialmente, del Templo; esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerle del todo.
El sol abrileño de Judea, bien fuerte, ha secado pronto el empedrado de la vía consular. Ahora es difícil encontrar un charco. Los apóstoles se aderezan al borde del camino: bajan las túnicas, pues las habían abolsado, se lavan los pies llenos de barro en un riachuelo de aguas claras, se ponen en orden el pelo, se cubren con sus mantos. Y lo mismo hace Jesús. Veo que todos hacen lo mismo.
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La entrada en Jerusalén debía ser una cosa importante. Presentarse ante estos muros en tiempo de fiesta era como presentarse ante un soberano. La Ciudad santa era la “verdadera” reina de los israelitas; lo veo con claridad este año en que observo, en esta vía consular, las turbas y su comportamiento: los componentes de las distintas familias se disponen según un orden (las mujeres por su parte, solas, los hombres en otro grupo, los niños con uno u otro grupo, pero todos serios y, al mismo tiempo, tranquilos); algunos doblan el manto más usado y sacan otro, nuevo, de los fardos de viaje, o se cambian de sandalias; el paso se hace solemne, ya hierático; en cada grupo hay un solista que da el tono, se cantan himnos, los antiguos, gloriosos himnos de David... Y la gente se mira con más bondad en los ojos, como más tiernos ahora que han visto la Casa de Dios, y mira a esta Casa santa, enorme cubo de mármol coronado por las cúpulas de oro, colocado, como una perla, en el centro del recinto majestuoso del Templo.
La comitiva apostólica se forma así: delante, con el niño en medio, Jesús y Pedro; detrás de ellos, Simón, Judas Iscariote y Juan; luego Andrés con Santiago de Zebedeo, y, entre ellos, obligado por Andrés, Juan de Endor; en la cuarta fila, los dos primos del Señor con Mateo; los últimos, Tomás, Felipe y Bartolomé. Aquí es Jesús quien entona el canto, y lo hace con esa potente y preciosa voz suya, con un ligero tono de barítono que se armoniza con las vibraciones de tenor para hacerlas aún más estimables[1]; responden Judas Iscariote, tenor puro, y Juan, de voz límpida propia de su muy joven edad, y las dos voces de barítono de los primos de Jesús, y Tomás (casi bajo: un barítono tan profundo, que casi no se le puede catalogar como tal). Los demás, dotados de voces menos hermosas, acompañan, en forma menos perceptible al coro-lleno de los más virtuosos. Los salmos son los ya conocidos, llamados graduales.
El pequeño Yabés — voz de ángel entre las recias de los hombres — canta muy bien — quizás porque lo sabe mejor que los demás — el salmo 121[2]: «Estoy alegre porque me han dicho: “Iremos a la casa del Señor”». Verdaderamente, su carita, tan triste pocos días antes, es todo un esplendor de alegría.
Ya están cerca de los muros, ya se ve la Puerta de los Peces, y las calles, llenísimas de gente.
En seguida, al Templo, para una primera oración; luego, la paz en la paz del Getsemaní; la cena; el descanso.
El viaje hacia Jerusalén ha terminado.