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Comodidad de lectura

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ECR 168.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En Agua Especiosa vivía como un animal. Vivía pobre pero feliz. Ni el rocío ni el río me limpiaron como sus palabras. ¡Oh, ni una sola perdí! Una vez perdonó a un asesino. Oí sus palabras y estuve por decirle: “¡Perdóname también a mí!”. Otra vez habló de la inocencia perdida. ¡Oh, qué llanto de nostalgia! Otra vez curó a un leproso... y estuve por gritar: “¡Límpiame a mí de mi pecado...!”. Otra vez curó a un demente romano... y lloré... y mandó que me dijeran que las patrias pasan pero el Cielo permanece. Una noche de tormenta me ofreció la casa... y se preocupó de que el encargado me diera posada... y, a través de un niño, me dijo: “No llores”... ¡Oh, qué bondad la suya!, ¡qué miseria la mía!: tan grandes ambas, que no me atreví a portar mi miseria a sus pies, a pesar de que uno de los suyos, de noche, me instruyera acerca de la infinita misericordia de tu Hijo. Luego, mi Salvador se fue, insidiado por quienes veían pecado en el deseo de un alma renacida... Le esperé... Pero le esperaba también la venganza de aquellos que son aun mucho más indignos que yo de mirarle, porque yo he pecado como pagana contra mí misma, pero ellos pecan, conociendo ya a Dios, contra el Hijo de Dios... Y me maltrataron. Pero me hirieron más sus acusaciones que las piedras; hirieron más ellos mi alma que mi carne, hundiéndola en la desesperación.

¡Oh, qué tremenda lucha conmigo misma! Andrajosa, sangrante, herida, febril, ya sin Médico, sin techo ni pan, miré hacia atrás, miré al futuro... El pasado me decía: “Vuelve”; el presente: “Mátate”; el futuro: “Ten esperanza”. He tenido esperanza. No me he quitado la vida.

ECR 169

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús sube los Cuernos de Hattin. Allí llega a una aldea donde le esperan sus discípulos y apóstoles. Le dan su opinión sobre su primera predicación. Pedro destacó a sus dos primos y sobre todo a Juan; el amado, por su parte, dijo que Pedro había hablado bien.

Después de discutir un poco, Jesús les dijo que quería hablarles a solas. Se acordó entonces esperar a que la gente se hubiera ido a casa para que Cristo enseñara a los Doce y a los demás discípulos. Mientras tanto, el Maestro se fue a orar y, al atardecer, se reunieron todos a su alrededor.

Jesús retomó entonces la predicación de los demás y declaró que los que más habían dado eran los que más se habían olvidado de sí mismos, gracias sobre todo a su unión con Dios. Otros tenían escrúpulos y temían hacer lo que no debían. Entonces Jesús habla de las condiciones para ser el discípulo perfecto. Explica que los apóstoles y los que le siguen son la sal de la tierra y la luz del mundo. Por último, el Salvador enseña que la luz de Dios debe brillar en ellos, y advierte a los sacerdotes que no deben perder de vista su misión. Ay de los que pierden la caridad, ay de los que rechazan la Sabiduría, ay de los que se vuelven espiritualmente muertos, ay de los que corrompen el pequeño rebaño de Cristo.

El discurso de Jesús termina aquí.