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Notas del tema

El colegio de escribas

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Comodidad de lectura

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ECR 186.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Habéis vuelto la cabeza cuando habéis tenido que pasar al lado de unos animales».

«Son impuros».

«Mucho más lo es el pecador. Éstos son animales hechos así y no se los debe culpar por ello. Sin embargo, el hombre es responsable de ser impuro por el pecado».

«¿Y entonces por qué nos han sido clasificados como impuros?» pregunta Felipe.

«Ya he aludido a ello en una ocasión. Hay razón sobrenatural y razón natural de este orden. La primera consiste en enseñar al pueblo elegido a saber vivir teniendo presente su elección y la dignidad del hombre incluso en una acción tan común como es comer. El salvaje se alimenta de todo, le basta con llenarse el vientre. El pagano, aunque no sea un salvaje, come también todo, sin pensar que comer exageradamente fomenta vicios y tendencias que rebajan al ser humano. Es más, los paganos persiguen este frenesí de placer que para ellos es casi una religión. Los más instruidos de entre vosotros tienen noticia de fiestas obscenas, en honor de sus dioses, que degeneran en una orgía de libídine. El hijo del pueblo de Dios debe saber contenerse, y, en obediencia y prudencia, perfeccionarse a sí mismo, teniendo presentes su origen y su fin: Dios y el Cielo. La razón natural es el no estimular la sangre con alimentos que conducen a ardores indignos del hombre, al cual no se le niega el amor carnal, pero debe templarlo siempre con el frescor del alma orientada al Cielo; hacer, por tanto, amor — no sensualidad — de ese sentimiento que une al hombre a su compañera, en quien debe ver la congénere y no la hembra. Los pobres brutos, sin embargo, no son culpables de ser puercos, ni de los efectos que su carne pueden a la larga producir en la sangre; y menos culpa todavía tienen los hombres que cuidan de los cerdos. Si son honestos, ¿qué diferencia habrá, en la otra vida, entre ellos y el escriba que está concentrado en sus libros y que, por desgracia, no aprende en ellos la bondad? En verdad os digo que veremos a porquerizos entre los justos y a escribas entre los injustos.

Detalle

¿Por qué se declaró impuros a los cerdos? Jesús respondió a esta pregunta después de que los apóstoles mostraran su repugnancia ante estos animales.

Anotación

Los cerdos se describen como inmundos en Levítico 11:7 y Deuteronomio 14:8. De forma más general, la clasificación de animales limpios e inmundos, así como las prescripciones relacionadas, pueden encontrarse en Génesis 7:2-3; Levítico 11 y Deuteronomio 14:3-21. Véase el altercado entre Pedro y un posadero en EMV 292.1.

Libro del Levítico 11, 7

Levítico 11, 7 : Comoel cerdo, que tiene el cuerno partido y la pezuña hendida, pero no rumia: será inmundo para vosotros.

Deuteronomio 14, 8

Dt 14, 8 : También está el cerdo, que tiene el cuerno dividido, pero no rumia: será inmundo para vosotros. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres.

Libro del Génesis 7, 2-3

Gn 7, 2-3 : De todos los animales limpios, tomarás contigo siete parejas, machos y sus hembras, y de todos los animales que no son limpios, tomarás dos, un macho y su hembra; siete parejas también de las aves del cielo, machos y sus hembras, para mantener viva su raza sobre la faz de toda la tierra.

Libro del Levítico 11

Lev 11: Habló Yahvé a Moisés y a Aarón, diciéndoles: "Hablad a los hijos de Israel y decidles:

Estos son los animales que comeréis de todos los animales que hay sobre la tierra: Comeréis todo animal que tenga el cuerno dividido y la pezuña hendida, y que rumie. Pero no comeréis ninguno que sólo rumie o que sólo tenga el cuerno partido. Como el camello, que rumia, pero cuyo cuerno no está dividido: será inmundo para vosotros. Como el jerbo, que rumia pero no tiene el cuerno dividido: será inmundo para vosotros. Como la liebre, que rumia, pero no tiene el cuerno dividido: inmunda será para vosotros. Como el cerdo, que tiene el cuerno dividido y la pata hendida, pero no rumia: será inmundo para vosotros. 8No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres: serán inmundos para vosotros.

Estos son los animales que comeréis de todos los que están en las aguas: todo lo que tiene aletas y escamas en las aguas, ya sea en el mar o en los ríos, lo comeréis. Pero todo lo que no tiene aletas y escamas, ya sea en el mar o en los ríos, de todos los animales que se mueven en las aguas y de todas las criaturas vivientes que están en ellos, usted encontrará una abominación. Os serán abominables; no comeréis su carne, y sus cadáveres os serán abominables. Todo lo que en las aguas no tenga aletas ni escamas os será abominable.

Y estas son las aves que aborreceréis; no se comerán, porque son abominables: el águila, el águila pescadora y el buitre: el milano y toda clase de halcones; toda clase de cuervos; el avestruz, el milano, la gaviota y toda clase de halcones; la lechuza, el cormorán y el mochuelo; el cisne, el pelícano y el quebrantahuesos; la cigüeña, toda clase de garzas; la abubilla y el murciélago.

Todo insecto alado que camina sobre cuatro patas es una abominación para ti. Pero de todos los insectos alados que andan sobre cuatro patas, comerás los que tienen patas por encima de las patas, para que puedan saltar sobre la tierra. Estos son los que comerás: toda clase de langostas, toda clase de solam, toda clase de hargol, toda clase de hagab. Toda otra bestia alada de cuatro patas es abominable para ti.

Estos también os harán inmundos: el que toque su cuerpo muerto quedará inmundo hasta la noche, y el que se lleve cualquier parte de su cuerpo muerto lavará sus vestidos y quedará inmundo hasta la noche.

Todo animal que tenga el cuerno hendido, pero que no tenga las patas hendidas ni rumie, será inmundo para vosotros; el que lo toque se hará inmundo. Y de los cuadrúpedos, todo lo que ande sobre las plantas de sus patas será inmundo para vosotros: el que toque su cadáver quedará inmundo hasta la tarde; y el que lleve su cadáver lavará sus vestidos y quedará inmundo hasta la tarde. Estos animales serán inmundos para ustedes.

Entre los animales pequeños que se arrastran sobre la tierra, éstos son los que serán inmundos para vosotros: la comadreja, el ratón y toda clase de lagartos; la musaraña, el camaleón, la salamandra, el lagarto verde y el topo. Estas son las cosas inmundas para vosotros entre los reptiles: cualquiera que las toque estando muertas quedará impuro hasta la noche. Todo aquello sobre lo que caigan muertos será impuro: un utensilio de madera, un vestido, una piel, un cilicio, cualquier cosa que utilices; lo pondrás en agua y quedará impuro hasta la noche, después de lo cual quedará limpio. Si algo de ello cae en medio de cualquier vasija de barro, todo lo que haya en medio de la vasija quedará impuro, y romperás la vasija. Toda comida preparada con agua quedará impura; toda bebida utilizada, cualquiera que sea el recipiente que la contenga, quedará impura. Todo objeto sobre el que caiga algo de su cuerpo muerto será impuro; el horno y la vasija con su tapa serán destruidos; serán impuros y los consideraréis impuros. Pero los manantiales y las cisternas, donde se forman los estanques de agua, permanecerán puros; pero quien toque el cadáver quedará impuro. Si algo de su cuerpo muerto cae sobre la semilla que se va a sembrar, la semilla permanecerá pura; pero si se ha echado agua sobre la semilla y algo de su cuerpo muerto cae sobre ella, la consideraréis impura.

Si muere uno de los animales que coméis, quien toque su cadáver quedará impuro hasta la noche. El que coma de su cadáver lavará sus vestidos y quedará impuro hasta la noche; el que lleve su cadáver lavará sus vestidos y quedará impuro hasta la noche.

Todo reptil que se arrastra sobre la tierra os es abominable; no se comerá. No comeréis ningún animal que se arrastre sobre la tierra, ni el que se arrastra sobre el vientre, ni el que anda sobre cuatro patas, ni el que anda sobre muchas patas; porque os son abominables.

No os hagáis abominables por todos estos reptiles; no os hagáis impuros por ellos; seréis contaminados por ellos. Porque yo soy Yahvé, vuestro Dios; os santificaréis y seréis santos, porque yo soy santo; y no os contaminaréis con todos los reptiles que se arrastran sobre la tierra. Porque yo soy Yahvé, que os saqué de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. Seréis santos, porque yo soy santo. "Esta es la ley sobre los cuadrúpedos, las aves, todo ser viviente que se mueve en el agua y todo lo que se arrastra sobre la tierra, para que distingas entre lo que es inmundo y lo que es limpio, entre los animales que se pueden comer y los que no se pueden comer.

Deuteronomio 14, 3-21

No comerás ningún animal abominable. Estos son los animales que puedes comer: el buey, la oveja y la cabra; el ciervo, la gacela y el gamo; el íbice, el antílope, el buey salvaje y la cabra salvaje. Podrás comer cualquier animal que tenga un cuerno hendido y una pata hendida y que rumie. Pero no comerás ninguno que sólo rumie, o que sólo tenga un cuerno hendido y una pata hendida; como el camello, la liebre y el conejo, que rumian pero no tienen cuerno hendido: serán inmundos para ti; y como el cerdo, que tiene un cuerno hendido pero no rumia: será inmundo para ti. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres.

Estos son los animales que comeréis de todos los que están en las aguas: todo lo que tiene aletas y escamas lo comeréis; pero todo lo que no tiene aletas ni escamas no lo comeréis: es inmundo para vosotros. Podrás comer cualquier ave limpia. Estas son las que no puedes comer el águila, el águila pescadora y el buitre; el halcón, el milano y toda clase de azor; toda clase de cuervo; el avestruz, la lechuza, la gaviota y toda clase de gavilán; la lechuza, el ibis y el mochuelo; el pelícano, el cormorán y el colimbo; 18la cigüeña y toda clase de garza; la abubilla y el murciélago. 19Todo insecto alado es inmundo para ti; no se puede comer. Debes comer toda ave limpia. No comerás ningún animal muerto. Se lo darás a comer al forastero que esté dentro de tus puertas, o se lo venderás a un extranjero, porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios. No hervirás un cabrito en la leche de su madre.

ECR 187.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.

«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».

«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».

«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».

«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».

«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».

«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

ECR 190.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Comienza el ocaso con un enrojecimiento del cielo. Jesús ya ve los campos de Jocanán.

«Aceleremos el paso, amigos, antes de que decline el Sol. Tú, Pedro, adelántate con tu hermano para avisar a nuestros amigos de Doras».

«Sí, sí, voy, que también quiero asegurarme de si el hijo se ha marchado». Pedro pronuncia esa palabra, “hijo”, en un modo que vale por un largo discurso. Y se adelanta.

Entretanto, Jesús prosigue más despacio, mirando a su alrededor para ver si hay algún campesino de Jocanán; mas sólo se ven los fértiles campos con las espigas ya bien formadas.

Por fin, de entre la frondosidad de las parras, se destaca un rostro sudoroso al tiempo que proviene un grito: «¡Oh, Señor bendito!» y el campesino sale corriendo del viñedo para venir a postrarse ante Jesús.

«¡Paz a ti, Isaías!».

«¡Hasta te acuerdas de mi nombre?».

«Lo llevo escrito en el corazón. Levántate. ¿Dónde están los otros compañeros?».

«Allá, en los pomares. Voy a avisarlos. ¿Vienes a estar con nosotros, verdad? El amo no está, así que podemos festejar tu venida. Además... un poco por miedo y un poco por alegría, es mejor. ¡Fíjate, este año nos ha concedido el cordero, e ir al Templo! Nos ha dado sólo seis días, pero... bueno, correremos por el camino. ¡Fíjate, nosotros también a Jerusalén! Y esto te lo debemos a ti». El hombre está en el séptimo cielo, de la alegría de haber sido tratado como hombre y como israelita.

«Que Yo sepa, no he hecho nada» dice Jesús sonriendo.

«¡Cómo no? ¡Claro que has hecho! Doras, y luego los campos de Doras... mientras que éstos este año están espléndidos... Jocanán supo de tu venida, y no es bobo. Tiene miedo y... y tiene miedo».

«¿A qué?».

«A que le pase con su vida y sus bienes lo que a Doras. ¿Has visto las tierras de Doras?».

«Vengo de Naím...».

«Entonces no las has visto. Están devastadas». (El hombre dice esto en voz baja, pero remarcando las palabras, como quien estuviera confiando una cosa tremenda en secreto). «¡Totalmente devastadas!: ni heno, ni cereales, ni fruta; las cepas y los árboles frutales secos... muerto... todo muerto... como en Sodoma y Gomorra... Ven, ven, que te las muestro».

«No hace falta. Voy adonde aquellos campesinos...».

«¡No, ya no están! ¡Ah, no lo sabes? Los ha repartido a todos por otros lugares o los ha despedido, Doras, el hijo de Doras; y los que han sido enviados a otras tierras tienen la obligación de no hablar de ti, so pena de ser azotados... ¡No hablar de ti!... ¡Será difícil! Nos lo ha dicho incluso Jocanán».

«¿Qué ha dicho?».

«Ha dicho: “No soy tan estúpido como Doras, así que no os digo: ‘No quiero que habléis del Nazareno’. Sería inútil, porque lo haríais igualmente, y no quiero perderos matándoos a fuerza de azotes como a animales indóciles. Es más, os digo: ‘Sed buenos, como, sin duda, os enseña el Nazareno, y decidle que os trato bien’. No quiero ser maldecido yo también”. No, él ve bien lo que son estos campos después de tu bendición, y lo que son aquéllos después de tu maldición.

190.2

¡Oh, ahí están los que me araron la tierra[1]...» y el hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés.

Pero Pedro le saluda brevemente y prosigue hacia Jesús. Antes de llegar, ya grita: «¡Maestro! ¡Ya no está ninguno de los de antes; son todas caras nuevas! ¡Todo está devastado! La verdad es que podría prescindir de campesinos aquí. ¡Peor que en el Mar Salado!...».

«Lo sé. Me lo ha dicho Isaías».

«¡Pero ven a ver! ¡Caramba, lo que se ve!...».

Jesús quiere contentarle, pero primero dice a Isaías: «Entonces, estaré con vosotros. Advierte a tus compañeros. No os molestéis por la comida, que la tengo Yo; nos es suficiente con un henil para dormir, y con vuestro amor. Dentro de nada estoy con vosotros».

La vista de las tierras de Doras es realmente desoladora: campos secos, prados pelados, secas las vides, destruidos hojas y frutos de los árboles por millones de insectos de todo tipo. También el jardín-pomar de al lado de la casa muestra el aspecto desolado de un bosque herido de muerte.

Los campesinos se mueven de un lado para otro arrancando malas hierbas, aplastando larvas, caracoles, lombrices y otros bichos semejantes; o ponen debajo de los árboles barreños llenos de agua y menean las ramas, para ahogar mariposas, gorgojos y demás parásitos que recubren las hojas que aún quedan y que agotan el árbol y le matan. Buscan un signo de vida en los sarmientos de las vides, pero éstos se rompen, secos, en cuanto se tocan, y, alguna vez, como si una siega hubiera cortado sus raíces, ceden desde la base.

El contraste con los campos de Jocanán, con los viñedos y pomares de éste, es vivísimo, siendo así que la desolación de los campos maldecidos aparece aún más violenta si se compara con la fertilidad de estos otros.

«Tiene mano dura el Dios del Sinaí» dice en tono bajo Simón Zelote.

Jesús hace ademán como de decir: «¡No lo sabes tú bien!» pero no lo dice. Sólo pregunta: «¿Cómo ha sucedido?».

Uno de los campesinos responde entre dientes: «Topos, langosta, gusanos... ¡Vete! El vigilante es fiel a Doras... No nos perjudiques...».

Jesús suspira y se marcha.

Otro de los campesinos, que está encorvado recalzando un manzano con la esperanza de salvarlo, dice: «Mañana iremos a verte... cuando el vigilante se haya ausentado para ir a Yizreel a la oración... Iremos a casa de Miqueas».

Jesús hace un gesto de bendición y se marcha.

190.3

Vuelve al cruce y se encuentra a todos los campesinos de Jocanán, jubilosos, contentos, los cuales, rodeando amorosos a su Mesías, le conducen hacia sus pobres mansiones.

«¿Has visto, allí?».

«Sí. Mañana vendrán los campesinos de Doras».

«Sí, mientras las hienas están en la oración... Así hacemos todos los sábados... y hablamos de ti, con lo que sabemos por Jonás, por Isaac, que viene a menudo a vernos, y por tus palabras de Tisri. Hablamos como sabemos, porque lo que no se puede hacer es no hablar de ti, y más se habla cuanto más se sufre y cuanto más lo prohiben. Aquellos pobrecillos... beben la vida todos los sábados... Pero, ¡cuántos en esta llanura tienen necesidad de saber, al menos saber de ti, y no pueden venir hasta aquí!...».

«Me ocuparé también de ellos. En cuanto a vosotros, benditos seáis por lo que hacéis».

El Sol declina mientras Jesús entra en una ahumada cocina. Comienza el reposo sabático.

Anotación

" El hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés. Cf. EMV 109.4: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, que ocuparon el lugar de los labradores para poder escuchar la palabra de Jesús.

El Dios del Sinaí tiene mano dura. Una referencia directa a las palabras de Jesús en EMV 109.12.

Hablamos de Ti, con lo que hemos aprendido de Jonás, de Isaac, que viene a menudo a nosotros, y de tu discurso en Tisri. Cf. EMV 109.5.

ECR 191.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Los siguen los campesinos de Jocanán, mujeres, hombres y niños; los hombres llevan dos pequeñas ánforas — bueno, pequeñas es un decir — que deben estar llenas de vino hasta los bordes; más que ánforas, son tinajas y contendrán, más o menos, sus buenos diez litros cada una (ruego también esta vez que no se tomen mis medidas por artículo de fe). Caminan hasta donde un espesa viña señala el límite de la propiedad de Jocanán; más allá, adyacente, hay una ancha zanja que mantienen siempre llena de agua (¡a saber con cuánto trabajo!).

«¿Ves? Jocanán ha litigado con Doras por esto. Jocanán decía: “Esta completa devastación es culpa de tu padre. Si no quería adorarle, al menos debía haberle temido y no provocarle”. Y Doras — parecía un demonio — gritaba: “Has salvado tus tierras por esta zanja. Los insectos no la han atravesado...”. Y Jocanán decía: “¿Y entonces cómo es que ahora sufres toda esta devastación mientras que antes tus campos eran los mejores de Esdrelón? Créeme, es el castigo de Dios; habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua?... Siempre ha estado aquí; no es el agua lo que me ha salvado”. Y Doras gritaba: “Esto prueba que Jesús es un demonio”. “Es un justo” gritaba Jocanán. Y así fueron caminando un trecho, mientras les quedó resuello. Luego Jocanán, gastando mucho, hizo derivar un ramal del torrente y cavar para buscar más agua en el subsuelo y hacer todo un orden de zanjas como divisoria entre él y su pariente, y las hizo excavar más hondas, y a nosotros nos dijo lo que ayer te referimos... En el fondo él se alegra de lo sucedido. Se sentía muy envidioso de Doras... Ahora espera poder comprar todo, porque Doras acabará vendiendo todo por dos perras gordas».

Detalle

Los campesinos de Yokhanan han encontrado a Jesús y le acompañan junto con algunos de sus apóstoles.

ECR 192.5-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Engannim debe ser una bonita ciudad, no grande, bien abasteci da de agua de las colinas a través de un acueducto elevado que es probablemente obra romana. Jesús y los suyos están ya en las cercanías de la ciudad. En esto, perciben el rumor de una patrulla militar que está acercándose. Deben ponerse al seguro arrimándose al borde del camino. Los cascos de los caballos resuenan contra el suelo, que aquí, en las cercanías de la ciudad, muestra apenas la pavimentación bajo la tierra que se ha ido acumulando junto con detritos; en efecto, jamás una escoba ha limpiado este camino.

«¡Salve, Maestro! ¿Cómo por aquí?» exclama Publio Quintiliano, mientras se apea y se acerca a Jesús con una abierta sonrisa, llevando de la brida al caballo. Sus soldados, al ver esto en su superior, aminoran la marcha.

«Voy a Jerusalén por la Pascua».

«Yo también. Se refuerza la guardia para estas fiestas, incluso porque estará en la ciudad Poncio Pilatos, y también está Claudia. Nosotros patrullamos los caminos para protegerla a ella. ¡Son caminos tan inseguros!... Las águilas ponen en fuga a los chacales» dice riendo el soldado mientras mira a Jesús, y sigue diciendo en tono más bajo: «Este año, doble guardia para guardar las espaldas del sucio Antipas. Hay mucho descontento por el arresto del Profeta; descontento en Israel y, como consecuencia, entre nosotros. Pero, ya nos hemos encargado de hacer llegar a oídos del Sumo Sacerdote y demás compadres un... benigno toque de... flautas» y concluye en voz baja: «Ve seguro, que las uñas ahora están metidas en las zarpas. ¡Ja! ¡ja! Nos tienen miedo. Carraspea uno y creen que ha rugido. ¿Vas a hablar en Jerusalén? Acércate al Pretorio. Claudia habla de ti como de un gran filósofo. Te conviene porque... el procónsul es Claudia».

192.6 Quintiliano mira a su alrededor y ve a Pedro cargado, rojo y sudado. «¿Y ese niño?».

«Un huérfano que he tomado conmigo».

«¡Pero... ese hombre tuyo se está esforzando demasiado! Niño, ¿tienes miedo a ir unos metros a caballo? Te pongo aquí, bajo mi clámide; iré suave. Cuando lleguemos a las puertas, te dejo que sigas con ese hombre».

El niño no ofrece resistencia; debe ser dulce como un cordero. Publio le levanta en vilo y le sienta consigo en su montura.

Al dar la orden de ir despacio a los soldados, ve también al hombre de Endor. Le mira fijamente y dice: «¿Tú también por aquí?».

«Sí. Ya no vendo huevos a los romanos, pero los pollos están todavía allí. Ahora estoy con el Maestro...».

«¡Bien para ti! Así te sentirás más confortado. ¡Adiós! ¡Salve, Maestro, te espero en aquel pequeño grupo de árboles». Y espolea a su cabalgadura.

«¿Os conocéis?» le preguntan muchos de los presentes a Juan de Endor.

«Sí, como proveedor de pollos. Antes no me conocía. Una vez fui llamado a la comandancia a Naím, para fijar los precios, y estaba él. Desde entonces, cuando iba a Cesarea a comprar libros o algún utensilio siempre me saludaba. Me llama o Cíclope o Diógenes. No es malo. A pesar de mi odio por los romanos, no me mostré nunca agresivo con él porque me podía ser útil».

«¿Has oído, Maestro? ¿Ves?, han surtido buen efecto mis palabras al centurión de Cafarnaúm. Ahora voy más tranquilo» dice Pedro.

Y llegan a la mata de árboles a cuya sombra se ha apeado la patrulla.

«Mira, te devuelvo el niño. ¿Mandas algo, Maestro?».

«No, Publio. Dios te muestre su rostro».

«¡Salve!». Monta y espolea, seguido por los suyos con un

gran rumor metálico de herraduras y corazas que se entrechocan.

Anotación

Hay mucho descontento por el arresto del profeta: en EMV 180.

Mi discurso al centurión de Cafarnaún surtió efecto: en EMV 182.

ECR 198.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«He visto a José de Arimatea, Lázaro. El lunes va a venir con unos amigos».

«¡Ah, entonces ese día eres todo para mí!».

«Sí. Viene para estar juntos, y también para preparar una ceremonia relativa a Yabés. Juan, lleva al niño a la terraza, que se divertirá».

Juan de Zebedeo, siempre obediente, se alza en seguida de su sitio... Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus pataditas en la terraza que rodea la casa.

«Este niño — explica Jesús a su Madre, a los amigos, a las mujeres (entre las cuales está Marta, que ha volado para no perder un solo minuto de alegría junto al Maestro) — es nieto de un campesino de Doras. He pasado por Esdrelón...».

«¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos?».

«Están desolados. Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Jocanán me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro».

«Si los vendiera... los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para ti incluso en medio de ese nido de serpientes».

«No creo que lo consigas. Jocanán ya está pensando en adquirirlos».

«Veremos... Pero... continúa tu narración. ¿Qué campesinos son? ¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!».

«Sí. Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño. Le tenía en el bosque, como a un animal salvaje, para que Doras no le descubriera... Y estaba allí desde el invierno...».

«¡Pobre niño! ¿Y por qué?». Las mujeres están profundamente conmovidas.

«Porque su padre y su madre quedaron sepultados por el desprendimiento de tierra de las cercanías de Emaús. Todos: padre, madre, hermanitos. Él se salvó porque no estaba en casa. Le llevaron con su abuelo. Pero, ¿qué podía hacer un campesino de Doras? Tú, Isaac, has hablado de mí, como un salvador, incluso referido a este caso».

«¿He hecho mal, Señor?» pregunta humildemente Isaac.

«Has hecho bien. Dios lo quería. El anciano me ha entregado al niño, que además ha de hacerse mayor de edad en estos días».

«¡Pobrecito! ¡¿Tan pequeño con doce años?! Mi Judas era casi el doble de alto a su edad... ¿Y Jesús? ¡Qué flor!» dice María de Alfeo.

Y Salomé: «¡También mis hijos eran mucho más robustos!».

Marta susurra: «Verdaderamente es muy pequeñito. Pensaba que no tenía ni siquiera diez años».

«¡Claro! ¡Triste cosa es el hambre! Y debe haberla sufrido desde que vino a este mundo. Y además... ¿qué le iba a dar el anciano si allí todos se mueren de hambre?» dice Pedro.

«Sí, ha sufrido mucho; pero es muy bueno e inteligente. Me he hecho cargo de él para consolar al anciano y al niño».

ECR 198.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

... Hasta la plena noche Jesús no puede hablar en paz con su Madre. Han subido a la terraza. Están sentados en un asiento, uno junto a otro, cogidos de la mano. Se hablan. Se escuchan.

Primero es Jesús quien cuenta las cosas que han sucedido. Luego, María; y dice: «Hijo, nada más marcharte, vino a verme una mujer... Te buscaba. Gran miseria y gran redención. Esta criatura necesita tu perdón para ser tenaz en su resolución. La he enviado a Susana, se la he confiado diciendo que había sido curada por ti. Es verdad. Se habría podido quedar conmigo, si nuestra casa no se hubiera convertido en un mar en que todos navegan... y muchos con malas intenciones... La mujer ahora siente repugnancia por el mundo. ¿Quieres saber quién es?».

«Es un alma. De todas formas, dime su nombre para que la pueda acoger sin error».

«Es Áglae, la romana mimo y pecadora que empezaste a salvar en Hebrón, que te buscó y te encontró en Agua Especiosa, y que ha sufrido — ¡oh, cuánto! — por recuperar su honestidad. Me ha dicho todo... ¡Qué horror!».

«¿Su pecado?».

«Esto y... yo diría más: ¡Qué horror es el mundo! ¡Hijo mío, no te fíes de los fariseos de Cafarnaúm! Se querían servir de esta desdichada contra ti. ¡Hasta de ésta!...».

«Lo sé, Madre... ¿Dónde está Áglae?».

«Vendrá con Susana antes de la Pascua».

«Bien. Hablaré con ella. Estaré aquí todas las tardes esperándola, excepto la tarde pascual, que dedicaré a la familia. Si viene, no la dejes que se marche. Es una gran redención, tú lo has dicho. ¡Y tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones mi semilla ha echado raíces con la fuerza con que lo ha hecho en este terreno infeliz. Andrés la ayudó a crecer hasta su completa formación».

«Sí, me lo ha dicho».

«Madre, ¿qué has sentido en presencia de esa miseria?».

«Repugnancia y alegría. Me parecía estar en el borde de un abismo de infierno, pero, al mismo tiempo, me sentía transportada al azul del cielo. ¡Cuán Dios eres, Jesús mío, cuando realizas estos milagros!».

Y quedan en silencio, bajo las luminosísimas estrellas y el candor de un cuarto de Luna que ya tiende a Luna llena; en silencio, amándose, descansando en su mutuo amor.

ECR 201.2-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Aquí estamos, Maestro!» es el saludo de Tomás, que está con Felipe y Bartolomé en el otro lado de la Puerta.

«¿No está Judas?», «¿Por qué aquí?» preguntan varios.

«No. Estamos aquí desde esta mañana temprano, porque temíamos que pudieras anticipar la llegada. A Judas no le hemos visto. Ayer me encontré con él. Estaba con Sadoq, el escriba. ¿Sabes quién, José?... ese anciano, delgado, con la verruga debajo del ojo. Y había también otros, jóvenes, con ellos. Le grité para saludarle, pero no me respondió, haciendo como que no me conocía. Yo me dije: “¿Pero qué le pasa a éste!”, y le seguí unos metros. Se separó de Sadoq — con él parecía un levita — y se fue con los otros de su edad, que... estaba claro que no eran levitas... Ahora no está... ¡Y sabía que habíamos decidido venir aquí!».

Felipe no dice nada. Bartolomé aprieta los labios hasta casi meterlos hacia dentro, para poner freno al juicio que le sube del corazón.

«¡Bien! ¡Bueno! ¡Vamos igual! ¡No voy a llorar por su ausencia, eso está claro!» dice Pedro.

«Vamos a esperar todavía un poco. Quizás le han entretenido por el camino» dice serio Jesús.

Se ponen junto al muro, de la parte de la sombra: las mujeres en un grupo, los hombres en otro.

Todos están vestidos solemnemente; Pedro, verdaderamente de gala: cubre su cabeza una relumbrante prenda novísima, cándida como la nieve, sujeta por una cinta bordada en rojo y oro; lleva su mejor túnica, de color granate oscurísimo, adornada con un cinturón nuevo (del mismo tipo que el galón que ciñe su cabeza) del que pende el cuchillo (vaina de puñal, empuñadura burilada, funda de latón toda perforada, a través de la cual se ve brillar el hierro tersísimo de la hoja). Todos los demás están también armados más o menos así. El único que no lleva armas es Jesús, que viste lino blanquísimo y un manto azulino (ciertamente lo ha tejido María durante el invierno). Margziam está vestido de rojo pálido; un galón de tono más oscuro ciñe el cuello, el extremo inferior y las bocamangas; lleva un galón igual, bordado, en la cintura y en los bordes del manto que porta plegado en el brazo (contento, con la otra mano lo acaricia); de tanto en tanto, alza la cara, mitad risueña, mitad preocupada... También Pedro lleva en la mano, con cuidado, un paquete.

201.3

Pasa el tiempo... y Judas no llega.

«No se ha dignado...» dice Pedro enfadado; quizás hubiera añadido algo, pero el apóstol Juan dice: «A lo mejor nos está esperando en la Puerta Dorada...».

Van al Templo; pero Judas no está.

A José de Arimatea se le acaba la paciencia y dice: «Vamos».

ECR 202.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Víspera de la Pascua. Jesús — sólo con los apóstoles, pues las mujeres no están con el grupo — espera a que Pedro vuelva de llevar el cordero pascual para el sacrificio.

Está hablando de Salomón al niño. En esto, hele ahí a Judas: está cruzando el patio más grande. Va con un grupo de jóvenes. Habla con grandes, ampulosos gestos y poses enfervorizadas. Su manto se agita continuamente y él se lo coloca con ademán de sabio... Creo que Cicerón no era tan pomposo cuando pronunciaba sus discursos...

«¡Mira Judas, está allí!» dice Judas Tadeo.

«Va con un grupo de saforimes» observa Felipe.

Y Tomás dice: «Voy a oír qué dice» y va sin esperar a que Jesús exprese su previsible negativa.

¿Y Jesús!... ¡Ay, el rostro de Jesús!... Su expresión es de hondo sufrimiento y severo juicio. Margziam, que le estaba mirando ya desde antes, mientras, delicado y levemente triste, le hablaba del gran rey de Israel, ve este cambio, y casi se asusta; entonces, agita la mano de Jesús para volver a atraer su atención, diciendo: «¡No mires! ¡No mires! ¡Mírame a mí, que te quiero mucho!»....

202.2

Tomás logra llegar hasta donde Judas sin ser visto, y así le sigue durante unos metros. No sé lo que estará oyendo, lo que sí sé es que suelta una inesperada exclamación retumbante que hace volverse a muchos, especialmente a Judas, que se pone lívido de rabia: «¡Pero cuántos rabíes tiene Israel! ¡Te felicito, nueva lumbrera de sabiduría!».

«No soy una piedra, sino una esponja, y, por tanto, absorbo; y, cuando el deseo de los hambrientos de sabiduría lo solicita, me exprimo para darme con todos mis humores vitales». Judas se muestra ampuloso y despreciativo.

«Se diría que eres eco fiel. Pero el eco, para subsistir, debe estar cerca de la Voz; si no, muere, amigo. Y tú, me parece que te estás alejando de ella. Él está allí. ¿No vienes?».

Judas se pone de todos los colores, con esa cara suya rencorosa y repugnante de sus momentos peores; pero se domina, y dice: «Adiós, amigos. Aquí estoy, contigo, Tomás, querido amigo mío. Vamos inmediatamente con el Maestro. No sabía que estaba en el Templo. Si lo hubiera sabido, le hubiera buscado» y pasa el brazo por los hombros a Tomás como si sintiera un gran afecto por él.

Anotación

Está con un grupo de saforim. Saforim (sopherîms): escribas. No se les nombra.

ECR 206.15-17 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Lázaro se congratula con Jesús. Dice: «Siento que te marches, pero estoy más contento que si te hubiera visto marcharte anteayer».

«¿Por qué, Lázaro?».

«Porque te veía muy triste y cansado... No hablabas, sonreías poco... Ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro. Me alegro mucho...».

«Lo era, aunque guardase silencio...».

«Lo eras, sí; pero Tú eres no sólo serenidad sino también palabra. Esto buscamos en ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza, y estas fuentes parecían sin agua... Penosa era nuestra sed... Ya ves cómo hasta incluso a los gentiles les ha sorprendido, y han venido a buscarlas...».

Judas Iscariote, al cual se había acercado Juan de Zebedeo, se decide a hablar: «Sí, me habían preguntado también a mí... porque muchas veces estaba cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte».

«Sabías dónde estaba» responde escuetamente Jesús.

«Lo sabía. Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban. Los romanos también se sintieron decepcionados. No entiendo por qué has actuado así...».

«¿Y tú me lo preguntas? ¿No estás al corriente del estado de ánimo del Sanedrín, de los fariseos y de otros, respecto a mí?».

«¿Quieres decir que tenías miedo!».

«No. Náusea.

206.16

El año pasado, estando solo — uno solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si Yo era profeta —, mostré que no tenía miedo. Y tú fuiste ganado con mi audacia. Hice oír mi voz contra todo un mundo de gente que gritaba; hice oír la voz de Dios a un pueblo que se había olvidado de ella; purifiqué la Casa de Dios de las inmundicias materiales que tenía. No pretendía limpiarla de las bajezas morales, mucho más graves, que en ella anidan, porque no ignoro el futuro de los hombres. Lo hice para cumplir mi deber; por celo de la Casa del Señor eterno, la cual se había convertido en una plaza vociferadora de mercachifles, usureros y ladrones; lo hice para remover de su sopor a quienes siglos de abandono sacerdotal habían hecho caer en el letargo espiritual. Fue el reclamo que debía congregar a mi pueblo, para llevarle a Dios... Este año he vuelto... He visto que el Templo sigue lo mismo... Incluso ha empeorado. Ha pasado de ser cueva de ladrones a ser sede de conjura, y será sede del Delito, y luego lupanar, para terminar destruido a manos de una fuerza más poderosa que la de Sansón que aplastará a una casta indigna de llamarse santa. Es inútil hablar en ese lugar, en el cual, además — te lo recuerdo — se me prohibió hablar. ¡Pueblo desleal a la palabra dada, envenenado en sus cabezas, pueblo que osa poner veto a que la Palabra de Dios hable en su Casa! Sí, me fue prohibido. He guardado silencio por amor a los más pequeños. No ha llegado todavía la hora en que habrán de matarme. Son demasiados los que tienen necesidad de mí, y mis apóstoles no son todavía suficientemente fuertes como para recibir en sus brazos a mi prole: el Mundo. No llores, Madre buena; perdona esta necesidad de tu Hijo de decir, a quien quiere o puede engañarse, la verdad que sé... Yo callo... pero, ¡ay de aquellos por los cuales Dios calla!... ¡Madre, Margziam, no lloréis!... ¡Que nadie llore! ¡Os lo ruego!».

Pero en realidad todos, con más o menos pena, lloran.

Judas, pálido como un muerto, con ese indumento suyo de rayas amarillas y rojas, tiene la osadía de insistir, con una voz gimoteadora y ridícula: «Créeme, Maestro, que estoy sorprendido y apenado... No sé qué quieres decir... Yo no sé nada... La verdad es que no he visto a ninguno de los del Templo, pues he roto los contactos con todos... Pero, si Tú lo dices, será verdad...».

«¡Judas!... ¿Tampoco has visto a Sadoq?».

Judas baja la cabeza y farfulla: «Es un amigo... Le he visto como amigo, no como uno del Templo...».

Jesús no le responde; se vuelve a Isaac y a Juan de Endor para darles algunas recomendaciones relativas a su trabajo. Entretanto, las mujeres consuelan a María, que está llorando, y al niño, que llora al ver llorar a María. También a Lázaro y a los apóstoles se les ve apenados.

Anotación

El año pasado, cuando estaba solo -solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si yo era profeta-, demostré que no tenía miedo y os conquisté con la audacia que demostré. Jesús echando a los mercaderes del Templo impresionó mucho a Judas. Cf. EMV 53, y EMV 54.3.

- ¡Judas! Y Sadoc, ¿no lo has visto? Cf. EMV 201.2.