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Notas del tema

El colegio de escribas

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Comodidad de lectura

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ECR 207.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Todo se sentía casto, recogido, en espera... ¡de ti, de ti, Hijo! La tierra te sentía llegar... Te habrían sentido también los betlemitas, porque no son malos, a pesar de que no lo creáis. No podían ofrecernos alojamiento... En las casas honradas y buenas de Belén, se apiñaban, arrogantes como siempre, sordos y soberbios, los que hoy lo siguen siendo; ésos no podían sentirte a ti... ¡Cuántos fariseos, saduceos, herodianos, escribas, esenios había! ¡Cuántos!... Su embotamiento de ahora sigue siendo manifestación de su dureza de corazón de entonces. Cerraron su corazón al amor a su pobre hermana aquella noche... y se quedaron — y todavía lo están — en las tinieblas. Desde aquel momento, rechazando el amor al prójimo, rechazaron a Dios.

Detalle

María habla de la Natividad de Jesús.

ECR 212.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Los grandes de Israel, los nuestros, asemejan a las burras salvajes de que habla el Profeta. Están habituados al desierto de su corazón. Creedme: mientras uno está con Dios, aunque sea pobre, como Job, aunque esté solo o desnudo, no está nunca ni solo ni pobre ni desnudo, no es nunca un desierto. Ellos, sin embargo, han quitado a Dios de su corazón; por eso, están en un árido desierto. Como burras salvajes olisquean en el viento la presencia de los burros, que, en su caso, por su sed inapagable, se llama poder, dinero — además de lujuria en el verdadero sentido de la palabra —, y van tras ese olor, hasta cometer el reato. Sí, van tras él, y seguirán yendo, y no saben que no son los pies los que tienen desnudos sino el corazón, desguarnecido ante los dardos de Dios, que vengará su delito. Llegada esa hora, ¡cuán confusos quedarán reyes y príncipes, sacerdotes y escribas! Ellos, en verdad, han dicho, y dicen, a lo que es nada, o, peor aún, pecado: “¡Tú eres mi padre, tú me has engendrado!”.

Detalle

Jesús habla del libro de Jeremías.

Anotación

Libro de Jeremías 2, 19.32.34

Jer 2,19: ¡Tu impiedad te castiga y tus rebeldías te castigan! Sabed, pues, y ved cuán malo y amargo es que hayáis abandonado a Yahvé, vuestro Dios, y no tengáis temor de mí, - declara el Señor Yahvé de los ejércitos.

ECR 217.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El lugar es todavía el mismo, pero el Sol se muestra menos implacable porque se encamina al ocaso.

«Tenemos que andar hasta aquella casa» dice Jesús.

Van hacia la casa. Llegan. Piden pan y posibilidad de descanso. Pero el guarda los rechaza con dureza.

«¡Raza de filisteos! ¡Víboras! ¡Son todos iguales! Han nacido de esa cepa y dan frutos envenenados» dicen con enfado los discípulos, hambrientos y cansados. «¡Que recibáis lo mismo que dais!».

«¿Por qué faltáis a la caridad? El tiempo del talión ya ha quedado atrás. Caminemos. Todavía no ha oscurecido y no os estáis muriendo de hambre. Un poco de sacrificio, para que estas almas lleguen a sentir hambre de mí» exhorta Jesús.

Pero los discípulos — creo que más por despecho que por hambre verdaderamente insoportable — entran en todo el medio de una de las parcelas cultivadas y se dan a coger espigas, las desgranan en las palmas de las manos y se ponen a comerse los granos.

«Están buenos, Maestro» grita Pedro. «¿Tú no coges espigas? Además tienen doble sabor... Me comería todo el campo».

«¡Tienes razón! ¡Así se arrepentirían de no habernos dado ni un pan!» dicen los otros, que van caminando entre las espigas y comiendo con gusto.

Jesús va solo por el camino polvoriento. Unos cinco o seis metros más atrás le siguen Simón Zelote y Bartolomé, pero van hablando entre sí.

217.2

Otra encrucijada de caminos: un camino secundario que atraviesa el camino de primer orden. Parados en ese punto, hay un grupo de desabridos fariseos, que, sin duda, vuelven de haber asistido a las funciones del sábado en el pueblo ancho y achatado que se ve en el fondo de este camino secundario: parece un animal grande acochado en su madriguera.

Jesús los ve, los mira manso y sonriente, y los saluda: «Paz a vosotros».

En vez de la respuesta al saludo, uno de los fariseos, arrogantemente, pregunta: «¿Quién eres?».

«Jesús de Nazaret».

«¿Veis como es Él?» dice uno de ellos a los otros.

Entretanto, Natanael y Simón se han acercado al Maestro. Los demás, caminando por los surcos, están viniendo hacia el camino; todavía vienen masticando y tienen en el cuenco de la mano granos de trigo.

Jesús se para para acabar de escuchar el resto de lo que quieren decirle. El primer fariseo que ha hablado — quizás el más representativo — le habla otra vez: «¡Ah!, ¿entonces eres el famoso Jesús de Nazaret?; ¿y cómo es que estás por aquí?».

«Porque también aquí hay almas que salvar».

«Para eso nos bastamos nosotros; sabemos salvar las nuestras y las de nuestros súbditos».

«Si es así, hacéis bien. Pero Yo he sido enviado para evangelizar y salvar».

«¡Enviado! ¡Enviado! ¿Y quién nos lo prueba? ¡Tus obras no!».

«¿Por qué dices eso? ¿No te preocupa tu vida?».

«¡Ah! ¡Ya! Tú eres ese que administra la muerte a quienes no le adoran. De forma que quieres matar a toda la clase sacerdotal, ¿no?, y a la de los fariseos, y a la de los escribas, y a muchas otras, porque ni te adoran ni te adorarán nunca; nunca, ¿comprendes? Nunca te adoraremos nosotros, los elegidos de Israel, ni te amaremos».

«No os fuerzo a amarme; os digo: “Adorad a Dios” porque...».

«O sea, a ti, porque Tú eres Dios, ¿no es así? Pero se da el caso de que nosotros no somos ni los piojosos paletos galileos ni esos estúpidos de Judá que te siguen olvidando a nuestros rabíes...».

«No te agites. Yo no pido nada. Cumplo mi misión. Enseño a amar a Dios y repito el Decálogo porque está muy olvidado, y se aplica peor. Lo que quiero ofrecer es la Vida, la eterna; no le deseo a nadie la muerte corporal, y menos todavía la espiritual. La vida sobre la que te preguntaba si no te preocupaba perderla era la de tu alma, porque amo tu alma a pesar de que ella no me ame, y me apena el ver que la estás matando al ofender al Señor con el desprecio de su Mesías».

Tanto se agita el fariseo que parece víctima de una convulsión: se descoloca sus vestiduras, se arranca las cintas, se quita la prenda que cubre su cabeza y se alborota los pelos, y grita: «¡Oíd! ¡Oíd! ¡Esto se me dice a mí, a Jonatán de Uziel, descendiente directo de Simón el Justo, a mí!... ¡Ofender yo al Señor! ¡No se quién me frena para que no te maldiga, pero...».

«Es el miedo. Hazlo, si quieres, que no quedarás por ello reducido a cenizas. A su debido tiempo, sí; entonces me invocarás, pero entre tú y Yo habrá, entonces, un arroyo rojo: mi Sangre».

«Bien,

217.3

pero, mientras, Tú, que te dices santo, permites ciertas cosas... Tú, que te dices Maestro, no instruyes primero a tus apóstoles... ¡Míralos, ahí, detrás de ti!... ¡Ahí están, todavía con el instrumento de su pecado entre sus manos! ¿Ves? Han cogido espigas, y es sábado; han cogido espigas que no son suyas: han violado el sábado y han robado».

«Teníamos hambre. En el pueblo al que llegamos ayer por la tarde, hemos pedido alojamiento y comida. Hemos sido rechazados. La única que nos dio algo, parte de su pan y un puñado de aceitunas, fue una viejecita; que Dios se lo pague, multiplicado por cien, pues ha dado todo lo que tenía, pidiendo sólo una bendición. Luego caminamos durante una milla y nos detuvimos, como establece la ley, y bebimos agua de un regato. Después de la puesta de sol, fuimos a aquella casa... Nos rechazaron también. Como puedes ver, en nosotros ha habido voluntad de obedecer a la Ley» responde Pedro.

«Pero no lo habéis hecho. No es lícito, en sábado, hacer obra manual; nunca es lícito coger lo que es de otros. Estamos escandalizados yo y mis amigos».

«Pues Yo no lo estoy. ¿No habéis leído nunca cómo David, en Nob, cogió los panes de la Proposición para alimento suyo y de sus compañeros? Los panes sagrados eran de Dios, estaban en la casa de Dios, reservados, por dictamen eterno, a los sacerdotes. En efecto, está escrito: “Serán de Aarón y de sus hijos, que los comerán en lugar santo porque son cosa santísima”. Y, sin embargo, David los cogió para sí y sus compañeros, porque tenía hambre. Entonces, si el santo rey entró en la casa de Dios y comió los panes de la Proposición en sábado, y ello no le fue imputado como pecado, pues siguió siendo grato a Dios después de ello, ¿cómo dices tú que somos pecadores por coger del suelo de Dios las espigas que por su voluntad han crecido y madurado, las espigas que pertenecen incluso a las aves, las que tú niegas para alimento de los hombres, que son hijos del Padre?» pregunta Jesús.

«Esos panes los pidieron, no los cogieron sin pedirlos, lo cual cambia la situación; y, además, no es verdad que Dios no imputara a David este pecado, porque le castigó con mucha severidad».

«Pero no por eso, sino por la lujuria, por el empadronamiento, no por...» contesta Judas Tadeo.

«¡Basta! No es lícito y no es lícito. No tenéis derecho a hacerlo y no lo haréis.

217.4

Marchaos. No queremos teneros en nuestras tierras.

No os necesitamos. No sabemos qué hacer con vosotros».

«Nos iremos» dice Jesús, impidiendo a los suyos seguir replicando.

«Y para siempre, no lo olvides; que Jonatán de Uziel no vuelva a encontrarse contigo. ¡Fuera!».

«Sí. Me voy. No obstante, nos volveremos a ver. Será Jonatán el que me querrá ver para repetir la condena y para librar para siempre al mundo de mí. Pero entonces será el Cielo el que te dirá: “No te es lícito hacerlo”, y ese “no te es lícito” lo oirás en tu corazón, como pitido de cuerna, durante toda la vida, y después de la vida. De la misma forma que en sábado los sacerdotes del Templo violan el reposo sabático sin cometer por ello pecado, nosotros, siervos del Señor, podemos, dado que el hombre nos niega el amor, tomar del Padre santísimo el amor y el auxilio, sin cometer pecado por ello. Aquí hay Uno que es mucho mayor que el Templo y puede coger lo que quiera de la creación, porque Dios ha puesto todo como escabel de la Palabra. Así que Yo tomo y doy: tomo y doy las espigas del Padre, depositadas en la inmensa mesa que es la Tierra, así como tomo y doy la Palabra. Tomo y doy: a los buenos y a los malos; porque soy Misericordia. Pero vosotros no sabéis qué es la Misericordia. Si supierais qué quiere decir que soy Misericordia, comprenderíais que no quiero sino misericordia. Si supierais qué es la Misericordia, no condenaríais a los inocentes. Pero no lo sabéis. Ni siquiera sabéis que no os condeno. No sabéis que os perdonaré, o, más bien, que pediré al Padre que os perdone. Quiero misericordia, no castigo. No, no sabéis, no queréis saber; y éste es un pecado mayor que el que me imputáis a mí, mayor que el que decís que han cometido estos inocentes. Y sabed que el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado; sabed que el Hijo del hombre es también señor del sábado. Adiós...».

Se vuelve a los discípulos: «Venid. Vamos a buscar un lecho entre las arenas, que ya están cercanas. Las estrellas serán nuestras compañeras; nos procurará alivio el rocío. Dios, que mandó el maná para Israel, proveerá a nutrirnos también a nosotros, que somos pobres y le somos fieles».

Y Jesús deja plantado al grupo de rencorosos y se marcha con los suyos mientras declina la tarde con las primeras sombras violetas...

Por fin, encuentran una mata de higos picos, en cuya parte más alta, erizada de palas espinosas, están los frutos, que ya empiezan a madurar. Pero... todo es bueno para quien tiene hambre, y, pinchándose, cogen los más hechos y caminan hasta el punto en que los campos terminan en dunas arenosas. En la lejanía se oye el rumor del mar.

«Nos paramos aquí. La arena es blanda y está caliente. Mañana entraremos en Ascalón» dice Jesús... Y todos caen, derrengados, al pie de una alta duna.

Detalle

Los apóstoles tienen hambre y empiezan a arrancar espigas de trigo de los campos al no recibir comida de los habitantes (EMV 217.1). Jesús se encuentra entonces con un grupo de fariseos, entre los que se encuentra Jonatán ben Uziel, miembro del Sanedrín. Este se muestra hostil hacia él y le reprocha al Maestro el comportamiento de los discípulos.

Jesús le dará una primera profecía en 217.2 y una segunda en 217.4.

Solo Simón Pedro y Judas intervienen en este episodio (EMV 217.3), pero los demás discípulos están presentes.

Anotación

¡Raza de filisteos! ¡Víboras! ¡Siempre lo mismo! Han nacido del mismo tronco y dan frutos envenenados —refunfuñan los discípulos hambrientos y cansados—. ¡Que se os devuelva lo que dais! El país filisteo, del que forma parte Ashqelón (Ascalón), se extiende desde la actual Franja de Gaza hasta Jaffa. Reinaba una gran enemistad entre los filisteos y los judíos. Esta se remonta a las guerras que los enfrentaron, de las cuales el episodio de David contra Goliat es el más famoso. Este país todavía se identifica como tal en el siglo II a. C. Véase 1 Macabeos (libro de los mártires de Israel) 3,24: Judas lo persiguió por la bajada de Bet-horón hasta la llanura; ochocientos hombres de sus tropas fueron muertos, y el resto huyó al país de los filisteos.

¿Nunca habéis leído cómo David, en Nob, tomó los panes consagrados para alimentarse, él y sus compañeros? Los panes consagrados pertenecían a Dios, en su casa, reservados por un mandato eterno para los sacerdotes. Se dice: «Pertenecerán a Aarón y a sus hijos, que los comerán en un lugar sagrado, pues es cosa santísima». Véase 1 Samuel 21, 1-4 y Levítico 24, 9.

Dios castigó duramente a David por su lujuria y por su censo: en cuanto a su lujuria, véase 2 Samuel 12, 9-14 (véase también 94.7). En cuanto al censo, véase 2 Samuel 24, 1-17 y 1 Crónicas 21, 1-17.

Tanto a los buenos como a los malos, pues yo soy la Misericordia. Pero vosotros ignoráis lo que es la misericordia. Si supierais lo que significa, comprenderíais también que solo quiero eso. Véase Oseas 6,6, citado también en Mateo 9,13.

Finalmente encuentran un seto de higueras de India en cuyas copas, erizadas de espinas, comienzan a madurar los higos. Esta mención intriga: se supone que la higuera de India, o higuera de Berbería, fue importada de México por Cristóbal Colón. ¿Se trata de un anacronismo flagrante o de un conocimiento poco común de María Valtorta? Véase el comentario.

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Libro del Levítico 24, 9

Lv 24, 9: Pertenecerán a Aarón y a sus hijos, quienes los comerán en lugar santo; pues es para ellos cosa santísima entre las ofrendas quemadas a Yahvé. Es una ley perpetua.

Primer Libro de Samuel, 21, 1-7

1 S 1-7: David se levantó y se marchó, y Jonatán regresó a la ciudad. David se dirigió a Nob, donde estaba el sumo sacerdote Aquimélec; y Aquimélec salió corriendo, asustado, al encuentro de David, y le dijo: « ¿Por qué estás solo y no hay nadie contigo?» David respondió al sacerdote Aquimélec: «El rey me ha dado una orden y me ha dicho: “Que nadie sepa nada del asunto por el que te envío, y te he dado una orden. He fijado un lugar de encuentro para mis hombres. Y ahora, ¿qué tienes a mano? Dame cinco panes, o lo que haya». » El sacerdote respondió a David y le dijo: «No tengo a mano pan común, pero hay pan consagrado; siempre y cuando tus hombres se hayan abstenido de las mujeres. » David respondió al sacerdote y le dijo: «Nos hemos abstenido de mujeres desde hace tres días, que es cuando partí, y los cuerpos de mis hombres son cosa santa; y aunque el viaje sea profano, ¿no queda santificado en cuanto al cuerpo? » Entonces el sacerdote le dio pan consagrado, pues no había allí otro pan que el pan de la ofrenda, que habían retirado de delante de Yahvé para sustituirlo por pan recién horneado en el momento en que lo retiraban.

Segundo libro de Samuel 12, 9-14

2 S 12, 9-14: ¿Por qué has despreciado la palabra de Yahvé, haciendo lo que es malo a sus ojos? Has matado a Urías el heteo a espada; has tomado a su mujer para hacerla tu esposa, y lo has matado a espada por mano de los hijos de Amón. Y ahora, la espada nunca se apartará de tu casa, porque me has despreciado y has tomado a la mujer de Urías el heteo para hacerla tu esposa. Así dice Yahvé: He aquí que voy a hacer que la desgracia caiga sobre ti desde tu propia casa, y tomaré tus mujeres ante tus ojos para dárselas a tu vecino, y él se acostará con tus mujeres a la vista de este sol. Porque tú has actuado en secreto; y yo haré esto ante todo Israel y a la luz del sol».

David dijo a Natán: «He pecado contra Yahvé». Y Natán dijo a David: «Yahvé ha perdonado tu pecado; no morirás. Pero, como con esta acción has hecho que los enemigos de Yahvé lo menosprecien, el hijo que te ha nacido morirá».

Segundo libro de Samuel 24, 1-17

2 S 24, 1-17: La ira de Yahvé se encendió de nuevo contra Israel, e incitó a David contra ellos, diciéndole: «Ve, haz un censo de Israel y de Judá». » El rey dijo a Joab, jefe del ejército, que estaba con él: «Recorre, pues, todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Bersabé; haz el censo del pueblo, para que yo sepa el número de los habitantes». » Joab respondió al rey: «¡Que Yahvé, tu Dios, multiplique al pueblo cien veces más de lo que es ahora, y que los ojos de mi señor el rey lo vean! Pero ¿por qué mi señor el rey se complace en hacer esto? » Pero la palabra del rey prevaleció sobre Joab y sobre los jefes del ejército; y Joab y los jefes del ejército se retiraron de ante el rey para hacer el censo del pueblo de Israel.

Tras cruzar el Jordán, acamparon en Aroer, a la derecha de la ciudad, que está en medio del valle de Gad, y luego en Jazer. Llegaron a Galaad y a la tierra de Tahtim-Hodsi; luego llegaron a Dan-Jaan y a los alrededores de Sidón. Llegaron a la fortaleza de Tiro y a todas las ciudades de los heveos y los cananeos, y terminaron en el Neguev de Judá, en Bersabé. Cuando hubieron recorrido así todo el país, regresaron a Jerusalén al cabo de nueve meses y veinte días. Joab entregó al rey la lista del censo del pueblo: en Israel había ochocientos mil hombres de guerra que empuñaban la espada, y en Judá, quinientos mil hombres. A David se le aceleró el corazón después de haber contado al pueblo, y David dijo a Yahvé: «¡He cometido un gran pecado con lo que he hecho! Ahora, oh Yahvé, te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, pues he actuado como un necio».

Al día siguiente, cuando David se levantó, la palabra de Yahvé se dirigió a Gad, el profeta, el vidente de David, en estos términos: «Ve y dile a David: Así dice Yahvé: Te presento tres cosas; elige una, y yo te la haré. » Gad se presentó ante David y le comunicó la palabra de Yahvé, y le dijo: «¿Vendrá una hambruna de siete años a tu país, o huirás durante tres meses ante tus enemigos que te perseguirán, o habrá una peste de tres días en tu país? Ahora, piensa y decide qué debo responder a quien me envía. » David respondió a Gad: «Estoy en una angustia terrible. ¡Ay! Caigamos en manos de Yahvé, pues sus misericordias son grandes; ¡pero que no caiga en manos de los hombres! » Y Yahvé envió una plaga a Israel desde la mañana de aquel día hasta el tiempo fijado; y murieron, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendía la mano sobre Jerusalén para destruirla. Y Yahvé se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que estaba matando al pueblo: «¡Basta ya! Retira ahora tu mano. » El ángel de Yahvé se encontraba junto a la era de Areuna, el jebuseo. Al ver al ángel que azotaba al pueblo, David dijo a Yahvé: «He aquí, yo soy el que ha pecado, yo soy el culpable; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? ¡Que tu mano caiga, pues, sobre mí y sobre la casa de mi padre!»

Aquel día, Gad se presentó ante David y le dijo: «Sube y erige un altar a Yahvé en la era de Areuna, el jebuseo». David subió, según la palabra de Gad, tal y como Yahvé le había ordenado. Areuna, al mirar, vio al rey y a sus siervos que se dirigían hacia él; Areuna salió y se postró ante el rey, con el rostro en tierra, diciendo: «¿Por qué viene mi señor el rey a su siervo?». Y David respondió: «Para comprarte esta era y construir un altar a Yahvé, a fin de que la plaga se retire del pueblo». Areuna dijo a David: «¡Que mi señor el rey tome la era y ofrezca en sacrificio lo que le parezca bien! Aquí están los bueyes para el holocausto, los carros y los yugos de los bueyes para la leña. Todo esto, oh rey, Areuna se lo da al rey». Y Areuna volvió a decir al rey: «¡Que Yahvé, tu Dios, te sea favorable! » Pero el rey respondió a Areuna: «¡No! Quiero comprártelo por dinero, y no ofreceré a Yahvé, mi Dios, holocaustos que no me cuesten nada. » Y David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata. 25Y David construyó allí un altar a Yahvé y ofreció holocaustos y sacrificios de paz.

Así se apaciguó Yahvé con respecto al país, y la plaga se apartó de Israel.

Primer libro de las Crónicas 21, 1-17

1 Cr 21, 1-17: Satanás se levantó contra Israel e incitó a David a hacer un censo de Israel. Y David dijo a Joab y a los jefes del pueblo: «Id, contad a Israel desde Bersabé hasta Dan, y dadme un informe, para que sepa su número». » Joab respondió: «¡Que Yahvé añada a su pueblo cien veces más de lo que hay! Oh rey, mi señor, ¿no son todos siervos de mi señor? ¿Por qué, pues, pide esto mi señor? ¿Por qué traer el pecado sobre Israel?» Pero la palabra del rey prevaleció sobre Joab. Joab partió y recorrió todo Israel, y regresó a Jerusalén. Y Joab entregó a David el registro del censo del pueblo: había en todo Israel mil cien mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá cuatrocientos setenta mil hombres aptos para el servicio militar. No hizo el censo de Leví ni de Benjamín entre ellos, pues la orden del rey le resultaba repugnante a Joab.

Dios miró con desagrado este asunto y castigó a Israel. Y David dijo a Dios: «He cometido un gran pecado al hacer esto. Ahora, te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, pues he actuado como un necio». » Yahvé habló a Gad, el vidente de David, diciendo: «Ve y dile a David lo siguiente: Así dice Yahvé: Te presento tres cosas; elige una, y yo te la haré». Gad se acercó a David y le dijo: «Así dice Yahvé: Elige entre tres años de hambruna, tres meses en los que serás derrotado ante tus adversarios y alcanzado por la espada de tus enemigos, o tres días en los que la espada de Yahvé y la peste estarán en el país, y el ángel de Yahvé causará destrucción en todo el territorio de Israel. Ahora, mira qué debo responder al que me envía». David dijo a Gad: «Estoy sumido en una angustia terrible. ¡Ay de mí si caigo en manos de Yahvé, pues sus misericordias son muy grandes, y no caiga en manos de los hombres!».

Y Yahvé envió una peste a Israel, y murieron setenta mil hombres en Israel. Y Dios envió un ángel a Jerusalén para destruirla; y mientras la destruía, Yahvé lo vio y se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que la destruía: «¡Basta! Retira ahora tu mano». » El ángel de Yahvé se encontraba junto a la era de Ornán, el jebuseo. David, al levantar la vista, vio al ángel de Yahvé de pie entre la tierra y el cielo, con la espada desnuda en la mano, apuntando hacia Jerusalén. Entonces David y los ancianos, cubiertos de cilicio, se postraron con el rostro en tierra. Y David dijo a Dios: «¿No fui yo quien ordenó hacer el censo del pueblo? Yo soy quien ha pecado y quien ha hecho el mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho ellas? Yahvé, Dios mío, que tu mano caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre, pero no sobre tu pueblo para su ruina».

Libro de Oseas 6, 6

Os 6, 6: Volvió a quedarse embarazada y dio a luz una niña. Y el Señor dijo a Oseas: «Ponle por nombre Lo-Ruhama (es decir, “No amada”), porque ya no amo a la casa de Israel ni quiero perdonarla más».

Evangelio de Mateo 9, 13

Mt 9, 13: «Id a aprender lo que significa: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Evangelio de Mateo 12, 1-8

Mt 12, 1-8: En aquel tiempo, un día de sábado, Jesús pasaba por los campos de trigo; sus discípulos tenían hambre y empezaron a arrancar espigas y a comerlas. Al ver esto, los fariseos le dijeron: «¡Mira, tus discípulos están haciendo lo que no está permitido hacer en sábado!». Pero él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando tuvo hambre, él y los que le acompañaban? Entró en la casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda; ahora bien, ni él ni los demás tenían derecho a comerlos, sino solo los sacerdotes. ¿O es que tampoco habéis leído en la Ley que, en sábado, los sacerdotes, en el Templo, violan el reposo sabático sin cometer falta alguna? Pues os digo: aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubierais comprendido lo que significa: «Misericordia quiero, y no sacrificio», no habríais condenado a quienes no han cometido falta alguna. En efecto, el Hijo del hombre es señor del sábado».

Evangelio según San Marcos 2, 23-28

Mc 2, 23-28: Un día de sábado, Jesús caminaba por los campos de trigo; y sus discípulos, mientras caminaban, comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le decían: «¡Mira lo que hacen en sábado! Eso no está permitido». Y Jesús les dijo: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David, cuando se encontraba en apuros y tenía hambre, tanto él como los que le acompañaban? En tiempos del sumo sacerdote Abiatar, entró en la casa de Dios y comió los panes de la ofrenda, que nadie tiene derecho a comer, salvo los sacerdotes, y también dio a los que le acompañaban. » Y les decía además: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por eso el Hijo del hombre es señor incluso del sábado».

Evangelio de Lucas 6, 1-5

Lc 6, 1-5: Un día de sábado, Jesús atravesaba los campos; sus discípulos arrancaban espigas y las comían, después de haberlas frotado entre las manos. Entonces algunos fariseos les dijeron: «¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado?». Jesús les respondió: «¿No habéis leído lo que hizo David un día que tenía hambre, él y los que le acompañaban? Entró en la casa de Dios, tomó los panes de la ofrenda, comió y dio a los que le acompañaban, cuando solo los sacerdotes tienen derecho a comerlos». Y les decía además: «El Hijo del hombre es señor del sábado».

ECR 602.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Traducción en curso

Palabras clave

ECR 609.28

El Evangelio como me ha sido revelado

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ECR 609.30

El Evangelio como me ha sido revelado

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