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Notas del tema

Familia y parientes de los doce apóstoles

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ECR 56.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Tú también, Judas, primo mío?».

Se abrazan. Judas llora.

«¿Por qué este llanto?».

«¡Jesús... yo quiero estar contigo!».

«Te he esperado siempre. ¿Por qué no has venido?».

Judas baja la cabeza y calla.

«¡No han querido! ¿Y ahora?».

«Jesús, yo... yo no puedo obedecerlos a ellos. Quiero obedecerte sólo a ti».

«Yo no te he mandado nada».

«No, Tú no. ¡Pero es tu misión la que manda! Es Aquel que te ha enviado quien habla aquí, en el centro de mi corazón, y me dice: “Ve a Él”. Es Aquella que te ha engendrado y que ha sido para mí maestra suave quien, con su mirada de paloma, me dice, sin usar palabras: “¡Sé de Jesús!”. ¿Puedo no tener en cuenta esa voz excelsa que me traspasa el corazón? ¿Esa oración de santa que ciertamente me suplica para mi bien? ¿Sólo porque soy primo por parte de José, no debo conocerte por lo que eres, mientras que el Bautista te ha conocido — y no te había visto jamás — aquí, en las orillas de este río y te ha proclamado “Cordero de Dios”? Y yo, yo que he crecido contigo, yo que me he hecho bueno siguiéndote a ti, yo que he venido a ser hijo de la Ley por mérito de tu Madre y que de Ella he aspirado no los seiscientos trece preceptos de los rabíes, además de la Escritura y las oraciones, sino el espíritu de éstas... ¿Es que no voy a ser capaz de nada?».

«¿Y tu padre?».

«¿Mi padre? No le falta pan ni asistencia, y además... Tú me das ejemplo. Tú has pensado en el bien del pueblo más que en el pequeño bien de María. Y Ella está sola. Dime Tú, Maestro mío, ¿no es lícito, acaso, sin faltarle al respeto, decirle a un padre: “Padre, yo te quiero. Pero, por encima de ti está Dios, y a Él le sigo”?».

«Judas, pariente y amigo mío, Yo te lo digo: vas muy adelante en el camino de la Luz. Ven. Sí, es lícito hablarle al padre así cuando es Dios quien llama. Nada está por encima de Dios. Incluso las leyes de la sangre cesan, o sea, se subliman, porque con nuestras lágrimas los ayudamos más a los padres, a las madres, y por algo más eterno que no lo cotidiano del mundo. Los llevamos con nosotros al Cielo y, por la misma vía del sacrificio de los afectos, a Dios. Quédate pues, Judas. Te he esperado y me siento contento de volverte a tener, amigo de mi vida nazarena».

Se le ve conmovido a Judas.

ECR 56.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) Ven, tú que estás como avergonzado en la sombra. No temas».

«¡Señor mío!». El ex leproso está a los pies de Jesús.

«Levántate. ¿Tu nombre?».

«Simón».

«¿Tu familia?».

«Señor... era poderosa... yo también tenía poder... Pero odios de sectas y... y errores de juventud lesionaron su poder. Mi padre... ¡Oh, debo hablar contra él, que me ha costado lágrimas, no precisamente celestes! ¡Ya lo ves, ya has visto qué regalo me ha dado!».

«¿Era leproso?».

«No lo era, como tampoco yo. Tenía una enfermedad que se llama de otra forma, y que nosotros los de Israel la incluimos en las distintas lepras. Él — entonces dominaba todavía su casta — vivió y murió como poderoso en su casa. Yo... si no me hubieras salvado, habría muerto en los sepulcros».

«¿Estás solo?».

«Solo. Tengo un siervo fiel que cuida de lo que me queda. Le he instruido al respecto».

«¿Tu madre?».

«Murió». El hombre parece sentirse violento.

Jesús le observa atentamente. «Simón, me dijiste: “¿Qué debo hacer por ti?”. Ahora te digo: “¡Sígueme!”».

«¡En seguida, Señor!... Pero... pero yo... déjame que te diga una cosa. Soy, me llamaban “zelote” por la casta, y “cananeo” por madre. Ya ves que soy oscuro, en mí tengo sangre de esclava. Mi padre no tenía hijos de su mujer y me tuvo de una esclava. Su mujer, una buena mujer, me crió como a un hijo y me cuidó en infinitas enfermedades, hasta que murió...».

«No hay esclavos o libertos a los ojos de Dios. A sus ojos, una sola es la esclavitud: el pecado. Y Yo he venido a hacerla desaparecer. Os llamo a todos, porque el Reino es de todos. ¿Eres culto?».

«Soy culto. Tenía incluso un lugar entre los grandes, mientras el mal permaneció velado bajo el vestido. Pero cuando subió al rostro... no daban crédito a sus ojos mis enemigos al ver que podían usarlo para confinarme entre los “muertos”, aunque — como dijo un médico romano de Cesarea que consulté — la mía no fuera lepra verdadera, sino serpigo hereditario, por lo que era suficiente que no procreara para no propagarlo. ¿Puedo no maldecir a mi padre?».

«Debes no maldecirle. Te ha hecho todo tipo de mal...».

«¡Sí! Dilapidador, vicioso, cruel, sin corazón ni afecto. Me ha negado la salud, las caricias, la paz, me ha sellado con un nombre despreciable y con una enfermedad oprobiosa... De todo se ha adueñado. Incluso del futuro del hijo. Me ha arrebatado todo: incluso la alegría de ser padre».

«Por eso te digo: “¡Sígueme!”. A mi lado, siguiéndome, encontrarás Padre e hijos. Levanta la mirada, Simón. Allí el verdadero Padre te sonríe. Observa los espacios de la tierra, los continentes, las regiones. Hay hijos e hijos; hijos del alma para los que no tienen hijos. Te esperan a ti, y muchos como tú esperan. Bajo mi signo ya nadie será abandonado. En mi signo ya no hay soledades ni diferencias. Es signo de amor y da amor.

ECR 57

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús llega a Nazaret con sus apóstoles. Invita a sus discípulos a que le acompañen a casa para encontrarse con su Madre. A su llegada, Cristo es recibido por un rebaño de niños. Responde a sus preguntas y llega a su casa. Naturalmente, su Madre se alegra de verle, pero también se angustia, porque sus parientes le han contado lo que ha hecho en el Templo. Tras el reencuentro, los discípulos le conocen (excepto Juan, que ya la había conocido) y se sientan todos a la mesa. María de Alfeo está en la casa y Judas le cuenta su decisión de seguir a Jesús. Ella se alegra y el grupo comparte anécdotas sobre la vida de Jesús. La visión termina ahí.

ECR 57.3.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

57.3 Luego dice: «Bueno, ¿ves? Estoy aquí y no estoy solo. Me he traído a mis primeros discípulos, y otros están en Judea. También el primo Judas está conmigo y me sigue...».

«¿Judas?».

«Sí, Judas. Sé por qué te asombras. Claro, entre los que han referido el hecho estaban Alfeo y sus hijos... y no yerro diciendo que me han criticado. Pero no tengas miedo. Hoy así, mañana de otra forma. Al hombre se le debe cultivar como a la tierra, y donde hay espinos salen rosas. Judas, a quien tú amas, está ya conmigo».

«¿Dónde está ahora?».

«Ahí afuera con los otros. ¿Tienes pan para todos?».

«Sí, Hijo. María de Alfeo está sacándolo del horno. María es muy buena conmigo, especialmente ahora».

«Dios la glorificará». Sale a la puerta y llama: «¡Judas! ¡Aquí está tu madre! ¡Amigos, venid!».

(...) Acude María de Alfeo, roja y llena de harina, y saluda a Jesús, el cual la bendice; luego conduce a los seis al huerto, a la pila, y vuelve feliz. «¡Oh, María!» le dice a la Virgen. «Judas me lo ha dicho. ¡Qué contenta estoy! Por Judas y por ti, cuñada mía. Sé que los otros me reprobarán. Pero no me importa. Seré feliz el día en que sepa que todos son de Jesús. Nosotras, madres, sabemos... sentimos lo que es bueno para los hijos. Y yo siento que el bien de los míos eres Tú, Jesús».

Jesús le acaricia la cabeza sonriéndole.

Detalle

Jesús ha vuelto a encontrar a su Madre. Escucha y luego le toca hablar.

ECR 57.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

57.6 «¿No hablas, Judas? ¿Y tú, Juan?».

«Te miro, María».

«Yo también».

«También yo os miro y... ¿Sabéis?... me viene a la mente una hora lejana. También entonces tenía siempre tres pares de ojos fijos en mi rostro con amor. ¿Te acuerdas, María, de mis tres discípulos?».

«¡Ah, que si me acuerdo!... ¡Es cierto! También ahora tres, de la misma edad más o menos, te miran con todo su amor. Y éste, Juan, creo, me parece el Jesús de entonces, tan rubio y rosado, y el más joven».

Los otros se muestran deseosos de saber. Recuerdos y anécdotas fluyen con el tiempo en las palabras. Cae la noche. (...)

Detalle

El parecido de Juan con Jesús.

ECR 60

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Pedro pide a Jesús que vaya a su casa de Cafarnaúm (que en realidad es la casa de su mujer y su suegra). Su suegra estaba enferma y Simón pidió a su Maestro que la curara. Jesús fue allí y se encontró con las cuñadas de Pedro. Una de ellas les contó que su suegra tenía mucha fiebre y ya no comía. El médico llegó a decir que iba a morir. Pero Jesús entró en la habitación y obró un milagro. Sorprendida, la suegra de Simón ni siquiera pensó en dar las gracias al Maestro, o al menos no hasta que fue demasiado tarde. Pedro se quedó estupefacto y Jesús le dijo que dejara hacer. Le dijo que habría otros así, y que incluso había habido uno en Nazaret, cuando había salvado a la madre de la niña Sara. Pedro no soporta que la gente no ame a Cristo, pero Cristo le dice que habrá muchas más animadversiones, entre ellas la de los "santos" que desprecian a los publicanos, prostitutas, paganos y pecadores, aunque éstos les superarán.

La suegra de Pedro regresa y les ofrece una comida. Reprocha a su yerno y Jesús le anima a volver a vivir en la casa de Cafarnaún. También vendrán Juan y Santiago, que son compañeros.

Finalmente, aparece el niño Santiago y entrega una bolsa de un desconocido. Pedro quiso saber de quién se trataba, pero el niño guardó silencio... Y lo mismo hizo Jesús.

ECR 60.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.1 Pedro le está hablando a Jesús. Dice: «Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero... querría que vinieras».

«¿A Betsaida?».

«No, aquí... a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir».

«¿Por qué este deseo, Pedro?».

«Por muchas razones... y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te...».

«Termina, Simón».

«Quería decir... si te la presentasen, ella dejaría... sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verle y oírle; y si esta persona, además, cura, pues entonces...».

«Entonces cesa incluso el odio, quieres decir».

«No, odio no. Pero, ya sabes... el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella... no sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús».

«Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa».

60.2 Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje del árbol, como cabellera despeinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

«Entra, Maestro».

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándole de soslayo con curiosidad.

«Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?».

«Habla, tú que eres la nuera más mayor» le dicen tres mujeres a una que se está secando las manos con el borde del vestido.

«La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llamado al médico, pero dice que es demasiado anciana para poder sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre, especialmente a esa edad, la persona muere. Ya no come... Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gustaba tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados. Pero no creo que pueda comérsela. Y además... ¡está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca...».

«Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito.

60.3 Llevadme donde ella».

«Rabí... Rabí... no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle “ahora te traigo aquí al Rabí”».

Jesús sonríe sin perder la calma. Se vuelve hacia Pedro: «Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve».

Pedro hace una mueca significativa... Obedece; cruza la cocina, entra en una habitación y, a través de la puerta, cerrada tras él, le siento conversar con una mujer. Asoma la cabeza y una mano y dice: «Ven, Maestro, date prisa». Y añade, más bajo, apenas inteligiblemente: «Antes de que cambie de idea».

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta. Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo: «La paz sea contigo». Entra, a pesar de no haber recibido respuesta. Va junto a una yacija baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.

Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la viejecita y le dice: «¿Te encuentras mal?».

«¡Me muero!».

«No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?».

«¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces».

«Por Simón, que me lo ha pedido... y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz».

«¿Simón? Mejor sería si... ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?».

«Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo le conozco y lo sé. Le conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide».

«Entonces, ¿piensas curarme? ¿Ya no moriré?».

«No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?».

«Creo, creo. ¡Me basta con no morir!».

60.4 Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil; se pone derecho tomando el aspecto de cuando hace un milagro y grita: «¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate!», y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje, mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio; luego, la anciana exclama fuerte: «¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!». — Acuden las nueras —. «¡Mirad!» dice la anciana. «¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy. Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero!» — ¡ni siquiera una palabra para el Señor! —.

Pero Jesús no se lo toma a mal. Le dice a la nuera más mayor: «Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo». Y se encamina hacia la puerta.

Simón, desconsolado, se dirige a la suegra: «El Maestro te ha curado, ¿no le dices nada?».

«¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?».

«Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y, si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa. He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado».

«¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres». Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

60.5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sen­tarse.

«¡Maestro!...».

«¿Pedro mío?».

«Estoy desolado».

Jesús hace un gesto como queriendo significar: «¡Bah!, no te preocupes». Luego dice: «No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud. Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo».

«¿Ha habido otros así? ¿Dónde?».

«¡Qué curioso eres, Simón! Pero, deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara? Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer, para que la niña, que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra... Quería curarla... Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron, diciendo: “¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga”. Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde... De todas formas la curé... por sus niños. Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije: “Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más”. La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío... Y se la castigó por haber hablado conmigo. Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo... Pero no importa».

«Yo la volvía a poner enferma».

«¡Pedro!». Jesús se muestra severo. «¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado? ¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?».

«Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero... ¡no puedo soportar el que no te quieran!».

«¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro! Personas que el mundo llamado “santo” desprecia como publicanos, y que, sin embargo, serán ejemplo para el mundo, y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia; pecadores que se enmiendan...».

«Mira: que se enmiende un pecador... todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!...».

«¿No lo crees?».

«Yo no».

«Estás equivocado, Simón.

60.6 Pero, mira, viene tu suegra».

«Maestro... Te ruego que compartas mi mesa».

«Gracias, mujer. Dios te lo pague».

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado. «Perdonad, pero no tengo más que esto» dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro: «¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija... Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas».

«Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas».

«Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer».

«Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?».

«Yo no le critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil».

«Porque está Él, que si no...».

«Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora».

«¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no...».

«Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?». Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

«Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero... ¿y éstos?» (alude a Juan y a Santiago, sus socios).

«¿No pueden venir también ellos?».

«Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo, Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades».

«Quizás venga también Zebedeo» dice Pedro.

«Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos».

Detalle

Nota: Hay dos milagros en este extracto, el de la suegra de Pedro y el de la madre de Sara en Nazaret (cf. 60.5).

Anotación

Mateo 8:14-15

Cuando Jesús entró en casa de Pedro, vio a su suegra postrada en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le quitó la fiebre. Ella se levantó y le sirvió.

Marcos 1, 29-31

Cuando salieron de la sinagoga, fueron con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Enseguida le hablaron de ella a Jesús. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le quitó la fiebre y les sirvió.

Lucas 4:38-39

Jesús salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, amenazó a la fiebre y ésta la abandonó. Inmediatamente la mujer se levantó y les sirvió.

ECR 60.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.1 Pedro le está hablando a Jesús. Dice: «Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero... querría que vinieras».

«¿A Betsaida?».

«No, aquí... a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir».

«¿Por qué este deseo, Pedro?».

«Por muchas razones... y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te...».

«Termina, Simón».

«Quería decir... si te la presentasen, ella dejaría... sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verle y oírle; y si esta persona, además, cura, pues entonces...».

«Entonces cesa incluso el odio, quieres decir».

«No, odio no. Pero, ya sabes... el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella... no sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús».

«Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa».

60.2 Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje del árbol, como cabellera despeinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

«Entra, Maestro».

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándole de soslayo con curiosidad.

Detalle

Pedro tenía dos casas: una en Betsaida, que era la suya, y la otra en Cafarnaún, que era de hecho la casa de su suegra y el lugar de nacimiento de Porfirio.

ECR 60.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sen­tarse.

60.6 « (...) «Mira, viene tu suegra».

«Maestro... Te ruego que compartas mi mesa».

«Gracias, mujer. Dios te lo pague».

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado. «Perdonad, pero no tengo más que esto» dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro: «¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija... Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas».

«Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas».

«Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer».

«Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?».

«Yo no le critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil».

«Porque está Él, que si no...».

«Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora».

«¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no...».

«Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?». Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

«Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero... ¿y éstos?» (alude a Juan y a Santiago, sus socios).

«¿No pueden venir también ellos?».

«Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo, Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades».

«Quizás venga también Zebedeo» dice Pedro.

«Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos».

Detalle

Jesús acaba de curar a la suegra de Pedro. Curada, sirvió una comida al Maestro y a sus discípulos... y reprochó a su yerno.

ECR 64.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

64.1 Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama “jefe” y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.