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Notas del tema

¿Quiénes son los apóstoles?

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ECR 70.8-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Luego dice Jesús:

«Una comparación más entre mi Juan y otro discípulo, comparación en la que aparece aún más límpida la figura de mi predilecto.

Éste se despoja incluso de su modo de pensar y juzgar para ser “el discípulo”. Juan es aquel que se dona sin querer retener de sí, del sí mismo anterior a la elección, ni siquiera una molécula. Judas, sin embargo, es aquel que no se quiere despojar de sí mismo: la suya es, por tanto, una donación irreal; lleva consigo su yo enfermo de soberbia, de sensualidad, de avidez; conserva su modo de pensar; neutraliza, por tanto, los efectos de la donación y de la Gracia.

Judas: primero de la serie de todos los apóstoles frustrados. ¡Y son tantos...! Juan: arquetipo de los que se hacen hostia por mi amor: tu arquetipo.

Yo y mi Madre somos las Hostias excelsas. Alcanzarnos es difícil, es más, imposible, porque nuestro sacrificio fue de una aspereza total. ¡Pero mi Juan!... Es esa hostia que pueden imitar mis amantes de todas las clases: virgen, mártir, confesor, evangelizador, siervo de Dios y de la Madre de Dios, activo y contemplativo; él dispone de un ejemplo para todos: es aquel que ama.

Observa los distintos modos de razonar. Judas investiga, cavila, opone resistencia, y, aunque externamente parezca que cede, en realidad conserva su forma mental. Juan se siente nada, acepta todo, no pide razones, se siente satisfecho con hacerme feliz. Éste es el ejemplo.

70.9 ­¿Y no te has sentido invadida de paz ante su amor sencillo y encantador? ¡Mi Juan! ¡Y mi pequeño Juan, al que deseo ver cada vez más semejante a mi predilecto! María, acepta todo, diciendo siempre como el Apóstol: “Todo lo que Tú haces está bien hecho, Maestro” para merecer siempre que se te diga: “Eres mi amorosa paz”. También necesito alivio Yo, María. Dámelo. Mi Corazón para descanso tuyo».

Detalle

Dictado vinculado a EMV 70.1-6

ECR 71

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús habla con Judas. Están esperando a Simón el Zelote y a Juan de Zebedeo, que van a reunirse con él. Jesús le dice que Juan es su primer discípulo y Judas se siente herido, pero no dice nada al Maestro. El Maestro, que conoce el corazón, le pregunta al Iscariote por qué no le dice lo que piensa. Luego le pregunta si su padre le quería, y Judas habla de su padre con emoción. El Señor le asegura entonces que, si su padre lo educó como Judas le dice, era ciertamente un hombre justo y que se alegrará de saber que es discípulo del Mesías. Pero Judas debe ver en Jesús al padre que había perdido y no ocultarle nada. Judas declara que llegará a ser bueno si Cristo lo ama tanto. Admite que le dolía no haber sido el primer discípulo, pero Jesús le asegura que no hace diferencia en su corazón entre el primero y el último.

Simón y Juan llegan mientras tanto. El antiguo leproso saluda a su Salvador con un grito de alegría, y Jesús le bendice por la labor de evangelización que ya ha realizado. Simón aprovecha la ocasión para mencionar a Lázaro, y Jesús le promete que irá a verle. A continuación tienen lugar las presentaciones entre los discípulos. Jesús envía a Juan con Judas y pide a Simón que sea indulgente con este hombre, al que Simón-Pedro y los demás no apreciarán. Simón accede y con estas palabras van a evangelizar a la gente en el Templo.

ECR 71.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

71.1 Veo a Jesús con Judas Iscariote, pasear yendo y viniendo junto a una de las puertas del recinto del Templo.

«¿Estás seguro de que vendrá?» pregunta Judas.

«Estoy seguro. Partía al alba, de Betania, y se encontraría en Get-Sammi con mi primer discípulo...».

Una pausa. Jesús se para y mira fijamente a Judas — se le ha puesto de frente; le estudia —, luego le pone una mano encima del hombro y le pregunta: «¿Por qué, Judas, no me expresas tu pensamiento?».

«¿Qué pensamiento? No tengo un pensamiento especial en este momento, Maestro. Te hago incluso demasiadas preguntas. La verdad es que no puedes quejarte de mutismo por mi parte».

«Me haces muchas preguntas y me das muchas informaciones detalladas sobre la ciudad y sus habitantes, pero no me abres tu ánimo. ¿Qué importancia pueden tener para mí las noticias sobre el censo y la estructura de ésta o aquella familia? No soy una persona que no tenga nada que hacer y que haya venido aquí en plan de pasar el rato. Tú sabes para qué he venido. Y, como puedes comprender, ante todo me apremia ser el Maestro de mis discípulos. Por eso quiero por parte de ellos sinceridad y confianza.

71.2 ¿Te quería tu padre, Judas?».

«Me quería mucho. Yo era su orgullo. Cuando volvía de la escuela, e incluso después, cuando volvía a Keriot desde Jerusalén, quería que le dijese todo. Mostraba interés por todo lo que yo hacía. Si eran cosas buenas, se alegraba. Si eran menos buenas, me confortaba. Si había cometido algún error — alguna vez, ya se sabe, todos erramos — y, por ello, había recibido una reprensión, él me mostraba toda la justicia de la amonestación recibida, o todo el error de mi acción. ¡Pero, lo hacía con tanta dulzura...! Parecía un hermano mayor. Terminaba siempre así: “Esto te lo digo porque quiero que mi Judas sea una persona justa. Quiero que me bendigan a través de mi hijo...”. Mi padre...».

Jesús, que ha estado en todo momento mirando fija y atentamente al discípulo, sinceramente conmovido ante la evocación del padre, dice: «Mira, Judas, estáte seguro de cuanto te digo. Ninguna obra le hará tan feliz a tu padre como el que me seas fiel discípulo. El espíritu de tu padre exultará, allí, donde espera la luz — porque si te educó así debió ser justo —, si ve que eres discípulo mío. Pero, para serlo, tú debes decirte: “He vuelto a encontrar a mi padre perdido, al padre que parecía un hermano mayor; le he encontrado de nuevo en mi Jesús, y a Él, como al padre amado que todavía lloro, le diré todo, para recibir guía, bendición o dulce amonestación”. ¡Quiera el Eterno y quieras tú, sobre todo tú, que Jesús no tenga otra cosa que decirte sino: “Eres bueno. Te bendigo”!».

«¡Oh, sí, Jesús, sí! Si me amas mucho, sabré llegar a ser bueno, como Tú quieres y como quería mi padre. Y mi madre así ya no tendrá esa espina en el corazón. Ella decía siempre: “Te has quedado sin guía, hijo, y todavía tenías mucha necesidad de ella”. ¡Cuando sepa que te tengo a ti...!».

«Yo te amaré como ningún otro ser humano podría hacerlo. Te amaré mucho. Te amo mucho. No me defraudes».

«No, Maestro, no. Estaba lleno de conflictos interiores. Envidias, celos, ambiciones de ser el primero, carnalidad; todo luchaba en mí contra las voces buenas. Incluso, hace poco, ¿ves?, Tú me has proporcionado un sufrimiento. Bueno, Tú no, me lo ha proporcionado mi malvada naturaleza... Yo creía que era tu primer discípulo... y me has dicho que tienes ya otro».

«Lo viste tú mismo. ¿No te acuerdas de que en el Templo, durante la Pascua, estaba con muchos galileos?».

«Creía que eran amigos... Creía que yo era el primer discípulo elegido y, por tanto, el predilecto».

«No hay distinciones en mi corazón entre los últimos y los primeros. Si el primero cometiera faltas y el último fuese santo, entonces sí se crearía ante los ojos de Dios la distinción. Pero Yo, Yo amaré lo mismo: con un amor beato al santo, con un amor doloroso al pecador.»

ECR 71.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

71.1 Veo a Jesús con Judas Iscariote, pasear yendo y viniendo junto a una de las puertas del recinto del Templo.

«¿Estás seguro de que vendrá?» pregunta Judas.

«Estoy seguro. Partía al alba, de Betania, y se encontraría en Get-Sammi con mi primer discípulo...».

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Jesús espera a Simón el Zelote.

ECR 71.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Yo creía que era tu primer discípulo... y me has dicho que tienes ya otro».

«Lo viste tú mismo. ¿No te acuerdas de que en el Templo, durante la Pascua, estaba con muchos galileos?».

«Creía que eran amigos... Creía que yo era el primer discípulo elegido y, por tanto, el predilecto».

«No hay distinciones en mi corazón entre los últimos y los primeros. Si el primero cometiera faltas y el último fuese santo, entonces sí se crearía ante los ojos de Dios la distinción. Pero Yo, Yo amaré lo mismo: con un amor beato al santo, con un amor doloroso al pecador.»

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Judas dijo:

ECR 71.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

71.3 «Mira, allí viene Juan con Simón: Juan es el primero; Simón es aquel de quien te hablé hace dos días. Tú ya los has visto a Simón y a Juan. Uno estaba enfermo...».

«¡Ah, el leproso! Ya me acuerdo. ¿Ya es discípulo tuyo?».

«Desde el día siguiente».

«Y yo ¿por qué tanta espera?».

«¡¿Judas?!».

«Es verdad. Perdón».

Juan ha visto al Maestro y se lo indica a Simón. Aceleran el paso. El saludo de Juan es un cambio de besos con el Maestro. Simón, por el contrario, se postra ante Jesús y besa sus pies exclamando: «¡Gloria a mi Salvador! ¡Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios, y yo le dé gloria bendiciéndole por haberme otorgado a ti!».

Jesús le pone la mano sobre la cabeza: «Sí, te bendigo para darte las gracias por tu trabajo. Álzate, Simón. Mira, Juan; mira, Simón: éste es el último discípulo, también él quiere seguir la Verdad; es hermano, por tanto, para todos vosotros».

Se saludan mutuamente. Los dos judíos con recíproca indagación, Juan expansivamente.

«¿Estás cansado, Simón?» pregunta Jesús.

«No, Maestro. Junto con la salud me ha venido un vigor que aún no conocía».

«Y sé que lo empleas bien. He hablado con muchos y todos me han referido de ti que los habías instruido sobre el Mesías».

Simón sonríe contento. «Ayer por la tarde también hablé de ti con un honesto israelita. Espero que un día le conozcas. Quisiera llevarte a él».

«Esto no es imposible».

Judas interviene: «Maestro, me has prometido que vendrías conmigo a Judea».

«E iré. Simón continuará instruyendo a las personas acerca de mi venida. El tiempo es breve, amigos, y la gente es mucha.

71.4 Yo ahora me voy con Simón. Por la tarde vosotros dos vendréis a mi encuentro por el camino del Monte de los Olivos. Distribuiremos dinero a los pobres. Ahora marchaos».

Jesús, solo con Simón, le pregunta: «Esa persona de Betania ¿es un verdadero israelita?».

«Un verdadero israelita. Participa de todas las ideas imperantes, pero tiene también verdadera ansia del Mesías. Cuando le dije: “Él está entre nosotros”, respondió en seguida: “¡Dichoso yo que vivo en esta hora!”».

«Iremos a verle un día, a llevar bendición a su casa. ¿Has visto al nuevo discípulo?».

«Le he visto. Es joven y parece inteligente».

«Sí. Lo es. Tú, que eres judío, compadécele por sus ideas, más que a los otros».

«¿Es un deseo o una orden?».

«Es una dulce orden. Tú, que has sufrido, puedes tener más indulgencia. El dolor es maestro de muchas cosas».

«Si Tú me lo ordenas, seré con él todo indulgencia».

«Sí. Así. Quizás mi Pedro — y no sólo él — se escandalizará un poco al ver cómo cuido a este discípulo y me preocupo de él. Pero un día comprenderán... Cuanto peor formado está uno, más necesidad tiene de cuidados. Los otros... ¡oh!, los otros se forman incluso por sí mismos, por el solo contacto. Yo no quiero hacer todo solo. Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás para formar a un hombre. Os llamo a ayudarme... y os agradezco la ayuda».

«Maestro, ¿estás suponiendo que te va a defraudar?».

«No. Pero es joven, y ha crecido en Jerusalén».

«¡Oh! A tu lado se corregirá de todos los vicios de esta ciudad... Estoy seguro de ello. Yo, viejo y seco por el rencor, he quedado completamente renovado desde que te vi...».

Jesús susurra: «¡Que así sea!». Luego dice fuerte: «Ven conmigo al Templo. Voy a evangelizar al pueblo».

Y la visión tiene fin.

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Jesús está con Judas y Simón el Zelote y Juan se unen a él.

ECR 71.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Juan ha visto al Maestro y se lo indica a Simón. Aceleran el paso. El saludo de Juan es un cambio de besos con el Maestro. Simón, por el contrario, se postra ante Jesús y besa sus pies exclamando: «¡Gloria a mi Salvador! ¡Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios, y yo le dé gloria bendiciéndole por haberme otorgado a ti!».

Jesús le pone la mano sobre la cabeza: «Sí, te bendigo para darte las gracias por tu trabajo. Álzate, Simón. Mira, Juan; mira, Simón: éste es el último discípulo, también él quiere seguir la Verdad; es hermano, por tanto, para todos vosotros».

Se saludan mutuamente. Los dos judíos con recíproca indagación, Juan expansivamente.

«¿Estás cansado, Simón?» pregunta Jesús.

«No, Maestro. Junto con la salud me ha venido un vigor que aún no conocía».

«Y sé que lo empleas bien. He hablado con muchos y todos me han referido de ti que los habías instruido sobre el Mesías».

Simón sonríe contento. «Ayer por la tarde también hablé de ti con un honesto israelita. Espero que un día le conozcas. Quisiera llevarte a él».

«Esto no es imposible».

Judas interviene: «Maestro, me has prometido que vendrías conmigo a Judea».

«E iré. Simón continuará instruyendo a las personas acerca de mi venida. El tiempo es breve, amigos, y la gente es mucha.

71.4 Yo ahora me voy con Simón. Por la tarde vosotros dos vendréis a mi encuentro por el camino del Monte de los Olivos. Distribuiremos dinero a los pobres. Ahora marchaos».

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Jesús está con Judas y Simón el Zelote y Juan se unen a él.

ECR 71.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Has visto al nuevo discípulo?».

«Le he visto. Es joven y parece inteligente».

«Sí. Lo es. Tú, que eres judío, compadécele por sus ideas, más que a los otros».

«¿Es un deseo o una orden?».

«Es una dulce orden. Tú, que has sufrido, puedes tener más indulgencia. El dolor es maestro de muchas cosas».

«Si Tú me lo ordenas, seré con él todo indulgencia».

«Sí. Así. Quizás mi Pedro — y no sólo él — se escandalizará un poco al ver cómo cuido a este discípulo y me preocupo de él. Pero un día comprenderán... Cuanto peor formado está uno, más necesidad tiene de cuidados. Los otros... ¡oh!, los otros se forman incluso por sí mismos, por el solo contacto. Yo no quiero hacer todo solo. Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás para formar a un hombre. Os llamo a ayudarme... y os agradezco la ayuda».

«Maestro, ¿estás suponiendo que te va a defraudar?».

«No. Pero es joven, y ha crecido en Jerusalén».

«¡Oh! A tu lado se corregirá de todos los vicios de esta ciudad... Estoy seguro de ello. Yo, viejo y seco por el rencor, he quedado completamente renovado desde que te vi...».

Jesús susurra: «¡Que así sea!». Luego dice fuerte: «Ven conmigo al Templo. Voy a evangelizar al pueblo».

Y la visión tiene fin.

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Jesús habla con Simón el Zelote sobre Judas y Simón Pedro.

ECR 72

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús, Juan, Simón el Zelote y Judas están juntos. El Maestro les pide que le acompañen a Judea, a no ser que les resulte muy penoso, especialmente a Simón. Pero Simón dice que tiene un nuevo vigor desde el milagro del Señor y que las escamas del odio han caído de su corazón. Incluso afirma que este milagro del corazón es mayor que el milagro físico y, refunfuñando, Judas pregunta por qué Jesús no hace esto a todo el mundo. Juan interviene y dice que el Maestro ya los está cambiando: al menos desde que el Mesías lo llamó a seguirlo. El Amado se avergüenza entonces de haber hablado delante del Maestro, pero el hermano de Santiago no quiere que Judas entristezca al Maestro. Entonces Jesús toma la palabra y dice que llegará un momento en que recibirán fuerza, gracia y sabiduría del Señor, y que juzgarán con justicia. Incluso dijo que los enviaría y que serían capaces de hacer milagros... Judas se alegró de este pensamiento, Juan menos porque ya no estarían con Jesús. Sin embargo, Simón el Zelote les indica que si Cristo actúa así es porque sabrá lo que hace y que deben confiar en él, permaneciendo humildes incluso cuando hagan milagros. Judas declara que si quiere hacer milagros es para ver triunfar al Maestro... Y Simón le habla hábilmente de los pensamientos humanos que corrompen la imagen de Cristo anunciada en las Escrituras: toma el ejemplo de los zelotes, que querían un Reino humano y que fueron castigados por Dios y por Roma. En su castigo, sin embargo, Simón conoció al Hijo de Dios y lo reconoció en el momento oportuno.

La conversación se apaga y Jesús revela que van a Belén.

ECR 72.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

72.1 Ya desde las primeras horas de la mañana veo a Jesús en el momento en que llega a una cita que tiene con los discípulos Simón y Judas en la misma puerta de siempre. Jesús ya estaba con Juan. Y oigo que dice: «Amigos, os pido que vengáis conmigo por la Judea; si no os cuesta demasiado, especialmente a ti, Simón».

«¿Por qué, Maestro?».

«Es áspero el camino por los montes de Judea... y tal vez incluso te resultará más áspero el encontrar a ciertas personas que te han causado perjuicios».

«Por lo que respecta al camino, te aseguro una vez más que desde que me curaste me siento más fuerte que un muchacho joven, y no me pesa ningún esfuerzo; además, siendo por ti, y, ahora, por si fuera poco, contigo... Por lo que respecta al encuentro con los que me hicieron el mal, en el corazón de Simón, desde que es tuyo, ya no hay resentimientos, y ni siquiera sentimientos duros. El odio cayó junto con las escamas de la enfermedad. Y no sé, créelo, si decirte que hiciste un milagro mayor al curarme la carne corroída o el alma abrasada por el rencor. Pienso que no me equivoco si digo que el milagro más grande fue este último. Sana siempre con menos facilidad una llaga del espíritu... y Tú me curaste improvisamente. Esto es un milagro, porque... no, uno no se cura de repente, aunque quiera hacerlo con todas sus fuerzas; no se cura el hombre de un hábito moral, si Tú no anulas ese hábito con tu voluntad santificante».

«No juzgas erradamente».

72.2 «¿Por qué no lo haces así con todos?» pregunta Judas un poco resentido.

«Pero si lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes distinto desde que le conoces? Yo ya era discípulo de Juan el Bautista, pero me he visto completamente cambiado desde que Él me dijo: “Ven”».

Juan, que generalmente no interviene, especialmente si ello supone adelantarse al Maestro, esta vez no se sabe callar. Dulce y afectuoso, ha depositado una mano sobre el brazo de Judas como para calmarle y le habla afanoso y persuasivo. Luego se da cuenta de que ha hablado antes que Jesús, se pone colorado y dice: «Perdón, Maestro. He hablado en tu lugar... Pero quería... quería que Judas no te causara dolor».

«Sí, Juan. Pero no me ha apenado como discípulo. Cuando lo sea, entonces, si persiste en su modo de pensar, me causará dolor.

72.3 Me entristece sólo el constatar lo corrompido que está el hombre por Satanás, y cómo éste le aparta el pensamiento del recto camino. ¡Todos, ¿sabéis?, todos tenéis el pensamiento turbado por él! Pero vendrá, ¡oh!, vendrá el día en que tendréis en vosotros la Fuerza de Dios, la Gracia; tendréis la sabiduría con su Espíritu... Entonces dispondréis de todo para juzgar justamente».

«¿Juzgaremos todos justamente?».

«No, Judas».

«Pero, ¿te refieres a nosotros, discípulos, o a todos los hombres?».

«Hablo aludiendo primero a vosotros, pero también a todos los demás. Cuando llegue la hora, el Maestro creará a sus obreros y los mandará por el mundo...».

«¿No lo haces ya?».

«Por ahora sólo me sirvo de vosotros para decir: “El Mesías está entre nosotros. Id a Él”. Llegada la hora, os haré capaces de predicar en mi nombre, de cumplir milagros en mi nombre...».

«¡Oh!, ¿también milagros?».

«Sí, en los cuerpos y en las almas».

«¡Cuánto nos admirarán entonces!» — se le ve a Judas alborozado ante esta idea —.

72.4 «Pero ya no estaremos con el Maestro entonces... y yo tendré siempre miedo de hacer con capacidad de hombre lo que es de Dios» dice Juan, y mira a Jesús pensativamente, y también un poco triste.

«Juan, si el Maestro lo permite, quisiera decirte lo que pienso» — es Simón quien ha hablado —.

«Díselo. Deseo que os aconsejéis mutuamente».

«¿Ya sabes que es un consejo?».

Jesús sonríe y calla.

«Pues bien, entonces yo te digo, Juan, que no debes, no debemos temer. Apoyémonos en su sabiduría de Maestro santo, y en su promesa. Si Él dice: “Os mandaré”, es señal de que sabe que puede enviarnos sin que le perjudiquemos a Él ni a nosotros, o sea, a la causa de Dios que todos amamos como se ama a la propia esposa recién casada. Si Él nos promete vestir nuestra miseria intelectual y espiritual con los fulgores de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros de que lo hará, y nosotros tendremos ese poder de que nos habla el Maestro; no por nosotros, sino por su misericordia. Pero, ciertamente, todo esto sucederá si nosotros no ponemos orgullo, deseo humano, en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión — que es completamente espiritual — con elementos terrestres, entonces decaerá también la promesa del Cristo; no por incapacidad suya, sino porque nosotros ahogaremos esta capacidad con el lazo de la soberbia.

72.5 No sé si me explico bien».

«Te explicas muy bien. Me he equivocado yo. Pero mira... pienso que, en el fondo, desear ser admirados como discípulos del Mesías, suyos hasta el punto de haber merecido hacer lo que Él hace, es deseo de aumentar aún más la potente figura del Cristo ante las gentes. Gloria al Maestro que tiene tales discípulos; esto es lo que yo quiero decir» le responde Judas.

«No todo es erróneo en tus palabras. Pero... mira, Judas. Yo vengo de una casta perseguida por... por haber entendido mal qué y cómo debe ser el Mesías. Sí. Si nosotros le hubiéramos esperado con justa visión de su ser, no habríamos podido caer en errores que son blasfemias contra la Verdad y rebelión contra la ley de Roma; por lo cual fuimos castigados por Dios y por Roma. Hemos querido ver en el Cristo un conquistador y un libertador de Israel, un nuevo Macabeo, y más grande que el gran Judas... Esto sólo. Y ¿por qué? Porque hemos cuidado más de nuestros intereses (los de la patria y los de los ciudadanos) que de los intereses de Dios. ¡Oh!, santo es también el interés de la patria. Pero, ¿qué es comparado con el Cielo eterno? He aquí cuanto he pensado y visto en las largas horas de persecución, primero, y de segregación, después; cuando, fugitivo, me escondía en las madrigueras de los animales salvajes, condividiendo con ellos lecho y alimento, para escapar de la fuerza romana, y sobre todo de las delaciones de los falsos amigos; o cuando, esperando la muerte, ya gustaba el olor del sepulcro en mi cueva de leproso: he visto la figura verdadera del Mesías... la tuya, Maestro humilde y bueno, la tuya, Maestro y Rey del espíritu, la tuya, oh Cristo, Hijo del Padre que al Padre conduces, y no a los palacios de tierra, no a las deidades de barro. Tú... ¡oh!, me resulta fácil seguirte... porque — perdona mi osadía que se proclama justa — porque te veo como te he pensado; te reconozco, en seguida te reconocí. Sí, no ha sido un conocimiento de ti, sino un reconocer a Uno que ya el alma había conocido...».

«Por esto te he llamado... y por esto te llevo conmigo, ahora, en este primer viaje mío por Judea.

72.6 Quiero que completes el reconocimiento... y quiero que también éstos, a los cuales la edad los hace menos capaces de llegar a lo verdadero por medio de meditación severa, sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora... Entenderéis luego. He aquí, ante nuestros ojos, la torre de David; la Puerta Orien­­tal está cerca».

«¿Salimos por ella?».

«Sí, Judas. En primer lugar vamos a Belén, donde nací... Conviene que lo sepáis... para decírselo a los otros. También esto tiene que ver con el conocimiento del Mesías y de la Escritura. Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voz no ya de profecía sino de historia. Demos la vuelta rodeando las casas de Herodes...».

«La vieja raposa malvada y lujuriosa».

«No juzguéis. Para juzgar está Dios. Vamos por ese sendero entre estas huertas. Nos detendremos a la sombra de un árbol, junto a alguna casa hospitalaria, mientras el sol abrase; luego proseguiremos el camino».

La visión termina.

Detalle

Simón el Zelote, Judas y Juan mantienen juntos una conversación sobre los milagros que Jesús obra en los corazones y el modo en que Cristo los transforma interiormente (72,1-2). Luego la conversación gira en torno al envío de los discípulos en misión, con Juan entristecido por tener que dejar al Maestro y Judas soñando con poder hacer milagros. A continuación, Simón el Zelote expone humildemente su punto de vista y habla de su propia experiencia como leproso (72.3-4).