Ir al contenido

Notas del tema

¿Quiénes son los apóstoles?

Página 13 de 73

Comodidad de lectura

Aa

ECR 73

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Cristo, Judas, Juan y Simón han llegado a Belén, cerca de la tumba de Raquel. Se les acerca una mujer del lugar, que se entera de que Jesús ha venido a llevar la salvación de su Madre a algunas personas de Belén. Le invita a su casa y su marido les da la bienvenida. Pero hay mucha hostilidad hacia el Mesías, porque la masacre de los Inocentes ha tenido lugar y ha dejado profundas heridas entre la gente de Belén. Los pastores de la Natividad, en particular, son odiados por los habitantes, y el hombre que los recibe está convencido de que se dejaron engañar hace treinta años. Por eso maldice a los pastores y a los Magos y se reprocha su credulidad de entonces. Jesús le señala, sin embargo, que maldecir no está permitido, porque es contrario al mandamiento del amor, y le pregunta si está seguro de que su juicio es justo, porque los pastores y los magos pueden haberles dicho la verdad. Habló de las profecías bíblicas -el Altísimo había anticipado la venida del Salvador por exceso de amor- y mencionó en particular la estrella y las predicciones de los libros de Isaías y Jeremías. Su anfitrión lo reconoció como rabino, pero cuando Jesús quiso saber dónde estaban los pastores Elías y Leví, se volvió abiertamente hostil, porque Jesús le dijo que no los odiara y declaró que el Mesías sí había nacido aquí.

Judas se subió a su caballo, pero Jesús lo calmó y el grupo se marchó. Un poco más adelante, el Iscariote estalla y le hubiera gustado que adoraran a Jesús, pero no quiere reducir a cenizas a todos los que pecan contra él.

Finalmente, Jesús los lleva al lugar de su nacimiento, la cueva de Belén. Juan y Simón se conmueven, Judas se indigna al principio, pero luego se deja vencer por la emoción. Y Jesús les cuenta la historia de su nacimiento...

ECR 73.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

73.3 Oye, si no te repugna la casa de un campesino, ven a compartir con nosotros el pan y la sal. Tú y tus compañeros. Hablaremos durante la cena y os hospedaré hasta mañana por la mañana. Mi casa es pequeña, pero encima del establo hay mucho heno amontonado. La noche será cálida y serena. Si lo ves oportuno, puedes dormir».

«Que el Señor de Israel te pague tu hospitalidad. Iré con alegría a tu casa».

«El peregrino porta consigo bendición. Vamos. Pero tengo que echar todavía seis ánforas de agua a las verduras que han nacido hace poco».

«Yo te ayudo».

«No. Tú eres un señor; lo dice tu manera de actuar».

«Soy un obrero, mujer. Y éste es pescador. Éstos, judíos, son de censo y de empleo. No Yo». Y toma un ánfora que está recostada sobre su panza junto al bajísimo brocal del pozo, la ata y la descuelga.

Juan le ayuda, y los otros no quieren ser menos. Le dicen a la mujer: «¿Donde está el huerto? Muéstranoslo: llevaremos allí las tinajas».

«¡Dios os bendiga! Tengo los riñones hechos polvo del cansancio. Venid...».

Y, mientras Jesús extrae su cántaro, los tres desaparecen hacia abajo por un senderillo... Después vuelven con los dos cántaros va­cíos; los llenan, vuelven a marcharse... Y esto lo hacen no tres sino diez veces. Y Judas ríe diciendo: «Se está destrozando la garganta de bendecirnos. Le damos tanta agua a la ensalada que durante al menos dos días la tierra estará húmeda y esta mujer no se hará migas los lomos». Cuando vuelve por última vez dice: «Maestro, de todas formas, creo que hemos venido a parar a un mal sitio».

«¿Por qué, Judas?».

«Porque la tiene tomada con el Mesías. Le he dicho: “No blasfemes. ¿No sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios? Yeové se lo prometió a Jacob y a partir de él a todos los Profetas y justos de Israel. ¿Y Tú le odias?” Me ha respondido: “No a Él, sino al que llamaron ‘Mesías’ unos pastores borrachos y unos malditos adivinos de Oriente”. Y como ése eres Tú...».

«No importa. Sé que he sido introducido en el mundo para prueba y contradicción de muchos. ¿Le has dicho que soy Yo?».

«No, no soy estúpido. He querido cubrir tus espaldas y las nuestras».

«Has hecho bien. No por las espaldas, sino porque deseo manifestarme cuando lo juzgue justo. Vamos».

Judas le guía hasta el huerto.

Detalle

Jesús se detuvo en Belén y una lugareña charló con él. Se enteró de que había nacido en Belén, pero que se había marchado antes de la matanza de los Inocentes. Cristo quería saber más, así que le dijo:

ECR 73.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Hombre, Yo te digo: no odies, no desees el mal, no desees hacer el mal. Aquí no hay culpa. Pero, aunque la hubiera, perdona; en nombre de Dios, perdona. Díselo a los otros de Belén. Cuando desaparezca el odio de vuestros corazones, vendrá el Mesías; le conoceréis entonces, porque Él vive, Él ya estaba cuando tuvo lugar la matanza. Yo os digo que la matanza no ocurrió por culpa de los pastores y de los magos, sino por culpa de Satanás. El Mesías os ha nacido aquí, ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la casa de David abrió al mundo el río de las gracias eternas, abrió la vida al hombre...».

«¡Fuera, fuera! ¡sal de aquí! Tú, seguidor de este falso Mesías, que no podía más que ser falso, porque nos a traído desdicha, a nosotros los de Belén. Tú le defiendes, por tanto...».

«Silencio, hombre. Yo soy judío y tengo amigos en puestos importantes. Podría hacer que te arrepintieras del insulto» reacciona Judas agarrando de la túnica al campesino, y zarandeándole, violento, encendido de ira.

«No, no, ¡fuera de aquí! No quiero problemas, ni con los de Belén, ni con Roma, ni con Herodes. Marchaos, malditos, si no queréis que os deje marcados. ¡Fuera!...».

«Vamos, Judas. No respondas. Dejémosle en su odio. Dios no entra donde hay rencor. Vamos».

«Sí, vamos. Pero me la pagaréis».

«No, Judas, no. No hables así. Están ciegos... Habrá muchos así en mi camino...».

73.8 Salen, después de Simón y Juan — que ya estaban afuera, ha- blan­do en voz baja con la mujer, detrás de una esquina del esta-

blo —.

«Perdona a mi marido, Señor. Yo no creía hacer tanto mal... Mira, ten. Los tomarás mañana por la mañana. Son frescos, de hoy. No tengo otra cosa... Perdón. ¿Dónde vas a dormir?». (Da unos huevos).

«No te preocupes. Sé a dónde ir. Vete en paz por tu bondad. Adiós».

Caminan en silencio durante algunos metros. Luego Judas no se aguanta más y dice: «¡Pero también Tú...! ¡Mira que no hacerte adorar!... ¿Por qué no hacerle comer el lodo a ese sucio blasfemo? ¡Al suelo! Humillado por haberte faltado a ti, Mesías... ¡Oh, yo lo habría hecho! A los samaritanos hay que reducirlos a cenizas con un milagro. Sólo esto los mueve».

«¡Oh, cuántas veces lo oiré decir! Pero, ¡si tuviera que reducir a cenizas a alguien por cada pecado contra mí!... No, Judas. Yo he venido para crear. No para destruir».

«Ya. Pero los demás sí que te destruyen a ti».

Jesús no le rebate a Judas.

Detalle

Jesús habla con un hombre de Belén que es muy hostil a los pastores de Belén y al Mesías.

ECR 73.8-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Simón pregunta: «¿A dónde vamos ahora, Maestro?».

«Venid conmigo. Conozco un lugar».

«Pero si no has vuelto nunca, desde que huiste, ¿cómo lo cono­ces?» pregunta, todavía enfadado, Judas.

«Lo conozco. No es bonito. He estado allí otra vez. No es en Belén... un poco fuera... Torcemos por esta parte».

73.9 Jesús adelante, luego Simón, luego Judas, el último Juan... En el silencio, roto sólo por el roce de las sandalias contra la grava del sendero, se oye un sollozo.

«¿Quién llora?» pregunta Jesús volviéndose.

Y Judas: «Es Juan. Ha tenido miedo».

«No. No miedo. Había echado ya la mano al cuchillo que tengo en el cinto... Pero me he acordado de tu: “No mates, perdona”. Lo dices siempre...».

«Y entonces, ¿por qué lloras?» pregunta Judas.

«Porque sufro viendo que el mundo no quiere a Jesús. No le reconoce y no le quiere conocer. ¡Oh..., es un dolor de tal naturaleza!... Como si me hurgasen en el corazón con espinas de fuego. Como si hubiera visto pisotear a mi madre y escupirle a mi padre en la cara... Más aún... Como si hubiera visto a los caballos romanos comer en el Arca Santa y descansar en el Santo de los Santos».

«No llores, Juan mío. Dirás, ésta e infinitas veces: “Él era la Luz venida a resplandecer entre las tinieblas, pero las tinieblas no le comprendieron. Vino al mundo que había sido hecho por Él, mas el mundo no le conoció. Vino a su ciudad, a su casa, y los suyos no le recibieron”. ¡Oh, no llores así!».

«¡Esto no sucede en Galilea!» suspira Juan.

«Y tampoco en Judea» replica Judas. «Jerusalén es su capital y hace tres días te aclamaba a ti, Mesías; este lugar de burdos pastores, campesinos y hortelanos, no hay que tomarlo como punto de referencia. Tampoco los galileos, ¡vamos!, serán todos buenos. Y además Judas, el falso Mesías, ¿de dónde era? Se decía...».

«Basta, Judas. No conviene alterarse. Yo estoy tranquilo, estad tranquilos también vosotros.»

Detalle

Acaban de echar a Jesús de una casa de Belén.

ECR 73.8.9-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Simón pregunta: «¿A dónde vamos ahora, Maestro?».

«Venid conmigo. Conozco un lugar».

«Pero si no has vuelto nunca, desde que huiste, ¿cómo lo cono­ces?» pregunta, todavía enfadado, Judas.

«Lo conozco. No es bonito. He estado allí otra vez. No es en Belén... un poco fuera... Torcemos por esta parte».

Jesús adelante, luego Simón, luego Judas, el último Juan...

(...) Judas, ven aquí. Tengo que hablar contigo». Judas se llega hasta Jesús. «Toma la bolsa. Tú te encargarás de las compras. Para mañana».

«¿Y ahora dónde nos vamos a alojar?».

Jesús sonríe y calla.

73.10 Ha llegado la noche. La luna viste todo de candor. Los ruiseñores cantan entre los olivos. El riachuelo parece una cinta de plata sonora. De los prados segados llega olor de forrajes: caliente, diría... carnal. Algún mugido. Algún balido. Y estrellas, estrellas, estrellas... una siembra de estrellas en la capa del cielo, un baldaquino de gemas vivas extendido sobre las colinas de Belén.

«¡Pero aquí!... Hay ruinas. ¿A dónde nos llevas? La ciudad está más allá».

«Lo sé. Ven. Sigue el riachuelo detrás de mí. Unos pocos pasos más, y luego... luego te ofreceré el lugar de alojamiento del Rey de Israel».

Judas se encoge de hombros y calla.

Unos pocos pasos más. Luego un amasijo de casas derruidas. Restos de viviendas... Un antro entre dos aberturas de una gruesa pared.

Jesús dice: «¿Tenéis yesca? Encended».

Simón saca un pequeño farol de su bolsa, lo enciende y se lo da a Jesús.

«Entrad» dice el Maestro levantando la lamparita. «Entrad. Ésta es la estancia de la natividad del Rey de Israel».

«¡Estás de broma, Maestro! Ésta es una fétida cueva. ¡Ah, yo aquí, por supuesto, no me quedo! Me da asco: húmeda, fría, maloliente, llena de escorpiones, hasta de culebras quizás...».

«Y a pesar de todo... amigos, aquí, la noche del 25 de Encenias, de la Virgen nació Jesucristo, el Emmanuel, el Verbo de Dios hecho carne por amor al hombre: quien os está hablando. En aquel entonces, como ahora, el mundo se mostró sordo ante las voces del Cielo que hablaban a los corazones... y rechazó a mi Madre... y aquí... No, Judas, no desvíes con desagrado la mirada de esos murciélagos que revolotean, de esos lagartos, de esas telas de araña; no te recojas con asco tu bonita vestimenta bordada para que no arrastre sobre el suelo cubierto de excrementos de animales. Esos murciélagos son los hijos de los hijos de los que en realidad fueron los primeros juguetes agitados ante los ojos del Niño, por el cual los ángeles cantaban el “Gloria” que oyeron los pastores, que estaban ebrios, sí, pero sólo de extática alegría, de verdadera alegría. Esos lagartos, con su esmeralda, fueron los primeros colores que impresionaron mi pupila, los primeros después del candor del vestido y del rostro maternos; esas telas de araña, los baldaquinos de mi cuna regia. Este suelo... ¡oh!, lo puedes pisar sin desdén... Está cubierto de excrementos... pero está santificado por el pie de Ella, la Santa, la gran Santa, la Pura, la Intacta, la Puérpera deípara, aquella que dio a luz porque debía dar a luz, dio a luz porque Dios, no el hombre, se lo dijo y la fecundó de sí mismo. Ella, la Sin Mancha, lo ha comprimido con sus pies. Tú lo puedes pisar. Y Dios quiera que por las plantas de tus pies te suba al corazón la pureza que Ella espiró...».

73.11 Simón se ha arrodillado. Juan va derecho hacia el pesebre y llora con la cabeza apoyada en él. Judas está aterrado... le vence la emoción y, dejando de pensar en su bonita vestimenta, se arroja al suelo, coge el orlo del vestido de Jesús, lo besa y se golpea el pecho diciendo: «¡Misericordia, Maestro bueno, por la ceguera de tu siervo! Mi soberbia cae... te veo cual eres. No el rey que yo pensaba, sino el Príncipe eterno, el Padre del siglo futuro, el Rey de la paz. ¡Piedad, Señor y Dios mío! ¡Piedad!».

«Sí. ¡Toda mi piedad! Ahora dormiremos donde durmieron el Infante y la Virgen, ahí donde Juan se ha colocado en el lugar de la Madre en adoración, aquí donde Simón parece mi padre putativo... O, si lo preferís, os hablo de aquella noche...».

«¡Oh! sí, Maestro. Danos a conocer cómo naciste».

«Para que sea perla de luz en nuestros corazones. Y para que se lo podamos transmitir al mundo».

«Y venerar a tu Madre, no sólo por ser madre tuya, sino por ser... ¡por ser la Virgen!».

Primero ha hablado Judas, luego Simón, luego Juan con rostro lloroso y risueño, junto al pesebre...

«Venid aquí sobre el heno. Escuchad...».... y Jesús cuenta su noche natal: «...Estando por cumplírsele a mi Madre el tiempo de dar a luz, por orden de César Augusto, el delegado imperial, Publio Sulpicio Quirino, siendo gobernador de Palestina Senzio Saturnino, publicó un edicto cuyo contenido era empadronar a todos los habitantes del Imperio. Los no esclavos debían dirigirse a los lugares de origen para inscribirse en los registros del Imperio. José, esposo de mi Madre, era de la estirpe de David, como también de David era mi Madre. Obedeciendo por ello al edicto, dejaron Nazaret para venir a Belén, cuna de la estirpe real. Muy frío el tiempo...».

Jesús continúa su narración y todo termina así.

ECR 73.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Judas, ven aquí. Tengo que hablar contigo». Judas se llega hasta Jesús. «Toma la bolsa. Tú te encargarás de las compras. Para mañana».

«¿Y ahora dónde nos vamos a alojar?».

Jesús sonríe y calla.

ECR 74

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús está en Belén con Juan, Judas y Simón el Zelote. Se dirigen a la propia ciudad, porque Cristo quiere mostrarles dónde le saludaron los magos. Judas hace gala de todo su sentido práctico y utiliza artimañas para obtener información sobre Ana de Belén, que había dado cobijo a la Sagrada Familia. Hace pasar al grupo apostólico por judíos de Jerusalén, y el posadero, un hombre llamado Ezequías, les habla de la matanza de los Inocentes y de la muerte de Ana. Jesús fue a visitar las ruinas y luego habló a la gente de Belén. Pero se volvieron abiertamente hostiles cuando habló de su Madre y del Mesías. La multitud se agitó y arrojó piedras, pero Jesús fue incapaz de apaciguarlos o consolar su dolor. En un gesto heroico, Judas protege a Jesús y el grupo se retira. El Salvador no insiste y decide ir al encuentro de los pastores de la Natividad.

ECR 74.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, con los brazos cruzados, mira a todos estos animalitos alegres, y sonríe.

«¿Ya estás listo, Maestro?» pregunta Simón por detrás.

«Ya listo. ¿Los otros duermen todavía?».

«Todavía».

«Son jóvenes... Me he lavado en ese riachuelo... Una agua fresca que despeja la mente...».

«Ahora voy yo».

Mientras Simón — sólo con la prenda corta — se lava y se vuelve a vestir, salen Judas y Juan. «Dios te salve, Maestro. ¿Es demasiado tarde?».

«No. Apenas ha nacido la mañana. Pero ahora daos prisa. Vámonos».

Los dos se lavan y se ponen la túnica y el manto.

Jesús, antes de ponerse en camino, arranca unas florecillas nacidas entre las hendiduras de dos rocas y las coloca en una cajita de madera, en la cual ya hay otras cosas que no distingo bien. Y comenta: «Se las voy a llevar a mi Madre. Las guardará con cariño...»

ECR 74.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

74.2 «Vamos».

«¿A dónde, Maestro?».

«A Belén».

«¡¿Sí?! Me parece que no hay un buen ambiente respecto a nosotros...».

«No importa. Vamos. Quiero mostraros dónde bajaron los magos y dónde estaba Yo».

«Entonces... Escucha... Perdona, ¿eh?, Maestro... Permíteme que hable. ¿Por qué no hacemos una cosa? En Belén, y en la posada, deja que sea yo quien hable o pregunte. En Judea no se os estima mucho a los galileos, y aquí menos que en otras partes. Es más, ¿por qué no hacemos así?: Tú y Juan tenéis aspecto de galileos hasta en el vestido, que es demasiado simple. Y luego... ¡ese pelo...! ¿Por qué os empeñáis en llevarlo tan largo? Yo y Simón os dejamos el manto y cogemos el vuestro. Tú, Simón, a Juan; yo al Maestro. Eso es... así. ¿Ves? Parecéis, en un momento, un poco más judíos. Ahora esto». Y se quita la prenda con la que cubre su cabeza: un pedazo de tela de rayas amarillas, marrones, rojas, verdes, como el manto, alternadas; sujetado por un cordón amarillo. Lo pone sobre la cabeza de Jesús, cubriendo con él ambos lados de su cara para ocultar los largos cabellos rubios. Juan coge el de Simón, que es de un color verde oscurísimo. «¡Bien!, ¡ahora está mejor! Yo tengo el sentido práctico».

«Sí, Judas. Tú tienes el sentido práctico. Es verdad. Ten cuidado, no obstante, con que no rebase al otro sentido».

«¿A cuál, Maestro?».

«Al sentido espiritual».

«¡No, hombre! Pero en ciertos casos conviene saber ser más políticos que los embajadores. Escucha... perdona otra cosa... es por tu bien... no me contradigas si digo algunas cosas... algunas cosas... que realmente no son verdaderas».

«¿Qué quieres decir? ¿Por qué mentir? Yo soy la Verdad, y no quiero mentiras, ni en mí, ni en torno a mí».

«¡Oh!, no diré más que medias mentiras. Diré que regresamos todos de lugares lejanos, de Egipto, por ejemplo, y que deseamos tener noticias de unos amigos íntimos. Diré que somos judíos que regresamos de un destierro... En el fondo, en todo ello, hay un poco de verdadero... y, además, hablo yo... una mentira más, una mentira menos...».

«¡Pero Judas! ¿Por qué engañar?».

«¡No te preocupes, Maestro! El mundo se guía por engaños. Y, de vez en cuando, son necesarios. ¡Bien!, por darte gusto, diré sólo que venimos de lejos y que somos judíos, lo cual es verdad respecto a tres, de cuatro. Y tú, Juan, no hables nunca. Te traicionarías».

«Estaré callado».

«Luego... si las cosas se ponen bien... entonces diremos el resto. Pero tengo poca esperanza... Soy astuto y las cazo al vuelo».

«Lo veo, Judas. Pero preferiría que fueras sencillo».

«Sirve para poco. En tu grupo yo seré el de las misiones difíciles. Déjame... verás».

Jesús se muestra poco entusiasta. Pero cede.

Detalle

Judas señala a Jesús que no dirá realmente la verdad a la gente de Belén sobre lo que ocurrió en el momento de la masacre de los inocentes. Pero Jesús no quiere mentiras a su alrededor ni dentro de él.

ECR 74.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«No me contradigas si digo algunas cosas... algunas cosas... que realmente no son verdaderas».

«¿Qué quieres decir? ¿Por qué mentir? Yo soy la Verdad, y no quiero mentiras, ni en mí, ni en torno a mí».

«¡Oh!, no diré más que medias mentiras. Diré que regresamos todos de lugares lejanos, de Egipto, por ejemplo, y que deseamos tener noticias de unos amigos íntimos. Diré que somos judíos que regresamos de un destierro... En el fondo, en todo ello, hay un poco de verdadero... y, además, hablo yo... una mentira más, una mentira menos...».

«¡Pero Judas! ¿Por qué engañar?».

«¡No te preocupes, Maestro! El mundo se guía por engaños. Y, de vez en cuando, son necesarios. ¡Bien!, por darte gusto, diré sólo que venimos de lejos y que somos judíos, lo cual es verdad respecto a tres, de cuatro. Y tú, Juan, no hables nunca. Te traicionarías».

«Estaré callado».

Detalle

Judas quiere saber más sobre la masacre de los Inocentes y Ana, ya que Jesús quiere ir allí. Así que le pide a Cristo que le deje contar medias mentiras y le pide a Juan que se calle.