ECR 209.3 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
La sirviente abre. Jesús entra mientras la mujer repite una y otra vez sus reverencias.
«¿Dónde está tu patrona?».
«Con tu Madre... ¡Fíjate, ha bajado al jardín! ¡Es una cosa...!, ¡una cosa...! Y ayer por la noche fue al comedor... Lloraba, pero volvió. ¡Intenté que comiera, en vez de tomar el consabido sorbo de leche, pero no lo conseguí!».
«Ya comerá. No insistas. Sé paciente también en el amor hacia tu patrona».
«Sí, Salvador. Haré todo lo que dices».
En efecto, yo creo que la mujer está tan convencida de quién es Jesús y de que todo lo que Él hace está bien hecho, que haría las más extrañas cosas si Jesús se lo dijera.
Por el momento le acompaña a un vasto huerto-jardín lleno de árboles frutales y flores. Pero, si bien los árboles frutales se han encargado por sí mismos de vestirse de hojas y florecer, de formar los pequeños frutos y hacerlos crecer, las pobres plantas de flores, abandonadas desde hace más de un año, se han transformado en un bosque enano y enmarañado en que las plantas de tallo más débil y corto están sofocadas bajo el peso de las más fuertes. Los cuadros, los senderos... confundidos en una única, caótica maraña. Solamente en el fondo, donde la necesidad de la sirviente ha sembrado verduras y legumbres, hay un poco de orden.
María está con Elisa, bajo una pérgola, una enredadísima parra que deja caer, hasta tocar el suelo, sarmientos y zarcillos. Jesús se detiene y mira a su joven Madre, que, con finísimo arte despierta y dirige la mente de Elisa a cosas muy distintas de las que hasta ayer habían sido los pensamientos de esta desconsolada mujer.
La sirviente se acerca a la patrona y dice: «Ha venido el Salvador».
Las mujeres se vuelven y van a su encuentro: una con su dulce sonrisa, la otra con su rostro cansino y desorientado.
«Paz a vosotras. Este jardín es bonito...».
«Era bonito...» dice Elisa.
«Y la tierra fértil. ¡Mira cuánta fruta en vías de maduración!, ¡mira cuántas flores tienen estos rosales! ¿Y allí? ¿Son azucenas?».
«Sí, alrededor de un estanque donde jugaban mucho mis hijos. Entonces estaba ordenado... Ahora aquí todo está desastrado, ya no lo veo como el jardín de mis hijos».
«En pocos días volverá a tener el aspecto de entonces. Te ayudaré yo, ¿verdad, Jesús? Déjame unos días aquí con Elisa. Tenemos muchas cosas que hacer...».
«Todo lo que tú quieres Yo lo quiero».
Elisa le mira y susurra: «Gracias».
Jesús acaricia su cabeza canosa y luego se despide para ir con los pastores.