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Notas del tema

Personajes del Protevangile y del Evangelio de la Infancia

Página 75 de 82

Comodidad de lectura

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ECR 202.4-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están extasiados ante el cambio que ven en Margziam. (...)

¡Oh, paz a todos vosotros! Isaac os ha encontrado. Me alegro. Gozad en paz vuestra Pascua. Cada uno de mis pastores será un buen hermano para vosotros. Isaac, antes de que se marchen tráemelos. Quiero bendecirlos otra vez. ¿Os habéis fijado, el niño!».

«¡Maestro, qué bien está! ¡Ya está más lozano! Se lo diremos al anciano. ¡Qué contento se va a poner! Este justo nos ha dicho que ahora Yabés es su hijo... ¡Un hecho providencial! Lo vamos a contar todo, todo».

«También que soy hijo de la Ley, y que me siento feliz y que me acuerdo siempre de él. Que no llore ni por mí ni por mi mamá, que la tengo a mi lado, y también él como un ángel, y la tendrá siempre y en la hora de la muerte. Si Jesús ha abierto para entonces las puertas del Cielo, pues entonces mi mamá, más linda que un ángel, saldrá al encuentro del anciano padre y le conducirá a Jesús. Lo ha dicho Él. ¿Se lo vais a decir? ¿Lo vais a saber decir bien?».

«Sí, Yabés».

«No. Ahora soy Margziam. Me ha puesto este nombre la Madre del Señor. Es como si se dijera su nombre. Me quiere mucho. Me mete Ella en la cama todas las noches y me hace decir las mismas oraciones que hacía decir a su Hijo. Por las mañanas me despierta con un beso, luego me viste. Me enseña muchas cosas... ¡Él también, eh!... Entran dentro tan suavemente, que se aprenden sin trabajo. ¡¡Mi Maestro!!». El niño se abraza a Jesús con tal adoración de acto y de expresión que uno se conmueve.

«Sí. Diréis todo esto, y también que no pierda la esperanza el anciano: este ángel pide por él y Yo le bendigo. También os bendigo a vosotros. Idos. La paz sea con vosotros».

Los grupos se separan y van cada uno por su cuenta.

ECR 203.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Anotación

Jesús sale con los suyos de una casa próxima a los muros de la ciudad (creo que del barrio de Beceta, porque para salir de los muros se tiene que pasar todavía por delante de la casa de José, que está cerca de una puerta que he oído que la llaman Puerta de Herodes). La ciudad está semidesierta en esta noche serena y lunar. Comprendo que la Pascua ha sido consumida en una de las casas de Lázaro — que no es, de ninguna manera, la casa del Cenáculo —. Ésta se encuentra completamente al otro extremo respecto a aquélla: una al Norte, la otra al Sur de Jerusalén.

En la puerta de la casa, Jesús, con ese gesto suyo cortés, se había despedido de Juan de Endor, dejándole como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo; había besado a Margziam, que también había venido a la puerta.

Ahora Jesús se encamina hacia fuera de la llamada Puerta de Herodes.

ECR 203.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a mí. Un día, varios días, me habéis dicho: “Enséñanos a orar como lo haces Tú; enséñanos, como Juan enseñó a los suyos, para que nosotros, discípulos, podamos orar con las mismas palabras del Maestro”. Siempre os he respondido: “Lo haré cuando vea en vosotros un mínimo suficiente de preparación, para que la oración no sea una fórmula vana de palabras humanas, sino verdadera conversación con el Padre”. Pues bien, ha llegado el momento; poseéis ahora lo suficiente para poder conocer las palabras dignas de ser elevadas a Dios, y quiero enseñároslas esta noche, en la paz y el amor que reina entre nosotros, en la paz y el amor de Dios y con Dios, porque hemos prestado obediencia al precepto pascual como verdaderos israelitas y al imperativo divino de la caridad hacia Dios y el prójimo.

Detalle

Jesús habla a los apóstoles.

Anotación

Me dijo, por ejemplo, en EMV 62.2 | EMV 119.10 | EMV 149.3.

Palabras clave

ECR 204.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En la paz del sábado, Jesús está descansando junto a un campo de lino todo florecido, propiedad de Lázaro. Más que estar junto al campo, yo diría que está sumergido en el alto lino. Sentado en un caballón, se absorbe en sus pensamientos. Con Él no hay sino alguna silenciosa mariposa o alguna rumorosa lagartija, que le mira con sus ojitos de azabache, levantando su cabecita triangular de garganta clara y palpitante. Nada más. En la tarde caliente, calla hasta el más mínimo soplo de viento por entre los altos tallos.

De lejos, quizás del jardín de Lázaro, llega la canción de una mujer, y con ella los alegres gritos del niño, que está jugando con alguien. Luego una, dos, tres voces: «¡Maestro! ¡Jesús!».

Jesús sale bruscamente de su ensimismamiento y se pone en pie. A pesar de que el lino, ya completamente crecido, esté muy alto, Jesús descuella ampliamente por encima de este mar verde y azul.

«¡Ahí está, Juan!» grita Simón Zelote.

Y Juan, a su vez: «¡Madre, el Maestro está aquí, en el lino!».

Mientras Jesús se acerca al sendero que conduce a las casas, llega María.

«¿Qué quieres, Madre?».

«Hijo mío, han llegado unos gentiles, con algunas mujeres. Dicen que han sabido por Juana que estabas aquí, y que durante todos estos días te han esperado junto a la Antonia...».

«¡Ah, ya sé! Voy en seguida. ¿Dónde están?».

«En casa de Lázaro, en el jardín. A Lázaro le estiman los romanos; él, por su parte, no siente por ellos esa aversión propia de nuestro pueblo. Los ha introducido en su casa, con sus carros; en el vasto jardín, para no dar escándalo a nadie».

«De acuerdo, Madre.

204.2

Son soldados y damas romanas, lo sé».

«¿Qué quieren de ti?».

«Lo que muchos en Israel no quieren: Luz».

«¿Cómo creen en ti? ¿Qué te creen: Dios, quizás?».

«A su manera, sí. Para ellos, más que para nosotros, es fácil aceptar la idea de la encarnación de un dios en carne mortal».

«Entonces ya creen en tu fe...».

«Todavía no, Mamá. Primero debo demoler la suya. Por el momento soy para ellos un hombre sabio, un filósofo, como ellos dicen. De todas formas, tanto ese deseo de conocer doctrinas filosóficas, como su tendencia a creer posible la encarnación de un dios, me ayudan mucho a conducirlos a la verdadera Fe. Créeme que son más simples en su modo de pensar que muchos de Israel».

«Pero, ¿serán sinceros? Se dice que Juan el Bautista...».

«No. Si de ellos hubiera dependido, Juan estaría libre y seguro. Dejan tranquilos a todos, con tal de que no sean rebeldes. Es más, te diré que con ellos el hecho de ser profeta — usan la palabra “filósofo” porque la altura propia de la sabiduría sobrenatural es igualmente filosofía para ellos — es una garantía de que te respetarán. No estés preocupada, Mamá, que el mal no me vendrá por esa vía...».

«Pero los fariseos... Si vienen a saberlo, ¿que dirán de Lázaro? Tú... eres Tú y debes manifestar la Palabra al mundo. ¡Pero Lázaro... ya de por sí le ofenden mucho...!».

«Pero es intocable. Saben que Roma le protege».

«Te dejo, Hijo mío. Aquí está Maximino que te llevará adonde los gentiles». Y María, que había caminado al lado de Jesús durante todo este tiempo, ahora se retira, ligera, y se encamina hacia la casa de Simón Zelote. Jesús, por su parte, entra por una puertecita de hierro abierta en el muro que rodea el jardín, en una parte alejada, en que ya no es jardín sino pomar, es decir, cerca del lugar en que, pasado el tiempo, sería enterrado Lázaro.

Ahora está allí Lázaro, nadie más: «Maestro, he tomado la iniciativa de acogerlos en mi casa...».

«Has hecho bien. ¿Dónde están?».

«Allá, a la sombra de aquellos bojes y laureles. Como puedes observar, están a no menos de quinientos pasos de la casa».

«Bien, bien, bueno...

204.3

¡La Luz descienda sobre todos vosotros!».

ECR 204.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Qué quieres, Madre?».

«Hijo mío, han llegado unos gentiles, con algunas mujeres. Dicen que han sabido por Juana que estabas aquí, y que durante todos estos días te han esperado junto a la Antonia...».

«¡Ah, ya sé! Voy en seguida. ¿Dónde están?».

«En casa de Lázaro, en el jardín. A Lázaro le estiman los romanos; él, por su parte, no siente por ellos esa aversión propia de nuestro pueblo. Los ha introducido en su casa, con sus carros; en el vasto jardín, para no dar escándalo a nadie».

«De acuerdo, Madre.

204.2

Son soldados y damas romanas, lo sé».

«¿Qué quieren de ti?».

«Lo que muchos en Israel no quieren: Luz».

«¿Cómo creen en ti? ¿Qué te creen: Dios, quizás?».

«A su manera, sí. Para ellos, más que para nosotros, es fácil aceptar la idea de la encarnación de un dios en carne mortal».

«Entonces ya creen en tu fe...».

«Todavía no, Mamá. Primero debo demoler la suya. Por el momento soy para ellos un hombre sabio, un filósofo, como ellos dicen. De todas formas, tanto ese deseo de conocer doctrinas filosóficas, como su tendencia a creer posible la encarnación de un dios, me ayudan mucho a conducirlos a la verdadera Fe. Créeme que son más simples en su modo de pensar que muchos de Israel».

«Pero, ¿serán sinceros? Se dice que Juan el Bautista...».

«No. Si de ellos hubiera dependido, Juan estaría libre y seguro. Dejan tranquilos a todos, con tal de que no sean rebeldes. Es más, te diré que con ellos el hecho de ser profeta — usan la palabra “filósofo” porque la altura propia de la sabiduría sobrenatural es igualmente filosofía para ellos — es una garantía de que te respetarán. No estés preocupada, Mamá, que el mal no me vendrá por esa vía...».

«Pero los fariseos... Si vienen a saberlo, ¿que dirán de Lázaro? Tú... eres Tú y debes manifestar la Palabra al mundo. ¡Pero Lázaro... ya de por sí le ofenden mucho...!».

«Pero es intocable. Saben que Roma le protege».

«Te dejo, Hijo mío. Aquí está Maximino que te llevará adonde los gentiles». Y María, que había caminado al lado de Jesús durante todo este tiempo, ahora se retira, ligera, y se encamina hacia la casa de Simón Zelote. Jesús, por su parte, entra por una puertecita de hierro abierta en el muro que rodea el jardín, en una parte alejada, en que ya no es jardín sino pomar, es decir, cerca del lugar en que, pasado el tiempo, sería enterrado Lázaro.

ECR 205.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Juan de Endor, ven aquí, que tengo que hablarte» dice Jesús asomándose a la puerta.

El hombre estaba enseñando algo al niño. Le deja y va inmediatamente. Pregunta: «¿Qué me quieres decir, Maestro?».

«Ven conmigo aquí arriba».

Suben a la terraza y se sientan en la parte más protegida, porque, a pesar de que sea por la mañana, ya el sol calienta fuerte. Jesús recorre con su mirada los campos cultivados en que los cereales se van dorando más cada día que pasa y los árboles frutales van llenando sus frutos; parece como si quisiera extraer su pensamiento de esa metamorfosis vegetal.

«Mira, Juan. Hoy creo que va a venir Isaac para traerme a los campesinos de Jocanán antes de que regresen a sus campos. Ya le he dicho a Lázaro que le preste a Isaac un carro para que puedan acelerar su regreso sin miedo a llegar con un retardo que les acarreara un castigo. Lázaro lo va a hacer, porque Lázaro hace todo lo que digo. Ahora bien, de ti quiero otra cosa. Tengo aquí una suma que una persona me ha dado para los pobres del Señor. Generalmente el encargado de guardar las monedas y de distribuir los óbolos es uno de los apóstoles; generalmente es Judas de Keriot, aunque alguna vez son los otros. Judas no está aquí. Por lo que se refiere a los otros apóstoles, no quiero que sepan lo que tengo intención de hacer. Tampoco Judas debería saberlo esta vez. Lo harás tú, en mi nombre...».

«¡Yo, Señor?... ¡Yo? ¡No soy digno de ello!...».

«Debes irte acostumbrando a trabajar en mi nombre. ¿No has venido para esto?».

«Sí, pero pensaba que en lo que tenía que trabajar era en reconstruir mi pobre alma».

«Pues Yo te procuro el medio para hacerlo. ¿En qué has pecado? Contra la misericordia y el amor. ¿Con odio demoliste tu alma?... Pues con amor y misericordia la reconstruirás. Te doy el material necesario. Te voy a destinar de forma especial a las obras de misericordia y amor. Tienes capacidad para el cuidado y la palabra, así que estás en condiciones de cuidar desdichas físicas y morales, tienes capacidad para hacerlo. Empezarás con esta obra. Ten la bolsa. Se la darás a Miqueas y a sus amigos. Divídelo en partes iguales, siguiendo estas instrucciones: divide el total en diez partes; da cuatro a Miqueas, una para él, una para Saulo, una para Joel y una para Isaías; las otras seis partes, se las das a Miqueas para el anciano padre de Yabés y sus compañeros. Así recibirán al menos un consuelo».

«De acuerdo, pero ¿qué razón les doy?».

«Dirás: “Esto es para que os acordéis de orar por un alma que se está redimiendo”».

«¡A lo mejor piensan que soy yo! ¡No sería justo!».

«¿Por qué? ¿No quieres redimirte?».

«Lo que no sería justo es que creyeran que yo soy el donador».

«No te preocupes. Haz como te digo».

«Obedezco... Concédeme, al menos, aportar algo también yo. Total... ahora ya no tengo ninguna necesidad. Ya no compro más libros, ya no tengo pollos que alimentar, a mí con muy poco me basta, así que... nada. Ten, Maestro. Me quedo sólo con una mínima cantidad, para el gasto de las sandalias...» y saca de una bolsa que llevaba en la cintura muchas monedas, y las añade a las monedas de Jesús.

«Que Dios te bendiga por tu misericordia...

205.2

Juan, dentro de poco nos tendremos que despedir, porque tienes que ir con Isaac».

«Lo lamento, Señor. De todas formas obedezco».

«Yo también siento separarme de ti. Tengo mucha necesidad de discípulos itinerantes. Ya no doy abasto. Dentro de poco enviaré a los apóstoles, luego a los discípulos. Tú lo harás muy bien. Te reservaré para misiones especiales. Entretanto, te formarás con Isaac: es muy bueno; el Espíritu de Dios le ha instruido profundamente durante su larga enfermedad; es un hombre que ha perdonado todo siempre... Por lo demás, dejarnos no significa no volvernos a ver. Nos encontraremos frecuentemente, y siempre que nos encontremos hablaré para ti; acuérdate de esto...».

Juan se repliega sobre sí mismo, esconde su cara entre las manos y, rompiendo bruscamente a llorar, dice quejumbroso: «¡Oh, entonces dime ya ahora algo que me persuada de que estoy perdonado... de que puedo servir a Dios... Si supieras cómo veo mi alma, ahora que se ha desvanecido el humo del odio... y cómo... y cómo pienso en Dios...».

«Lo sé. No llores. Permanece en la humildad, pero sin descorazonarte. Si hay desaliento, hay todavía soberbia. Ten sólo humildad, solamente humildad. ¡Venga, ánimo, no llores!...».

Juan de Endor se va calmando poco a poco...

Cuando le ve ya calmado, Jesús dice: «Ven, vamos a la sombra de aquel grupo de manzanos; reunamos a los compañeros y a las mujeres. Voy a hablarles a todos. A ti en particular te voy a decir cómo te ama Dios».

Bajan hacia el lugar indicado y, a medida que se van acercando, los demás se van reuniendo en torno a ellos. Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos. Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo. Son en total veinte personas.

Anotación

Le pedí a Lázaro que le prestara a Isaac un carro para que pudieran regresar a casa más rápidamente. No debían temer un retraso que pudiera acarrearles un castigo. Yokhanan (Giocana) sólo les dio seis días para ir y volver para la Pascua. Cf. EMV 190.

Tengo aquí una suma que me han dado para los pobres del Señor. Aglaia. Cf. EMV 200.

ECR 205.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Bajan hacia el lugar indicado y, a medida que se van acercando, los demás se van reuniendo en torno a ellos. Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos. Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo. Son en total veinte personas.

Anotación

Es difícil determinar con exactitud quiénes son las veinte personas. Con Jesús y los apóstoles, son doce, excluyendo a Judas. Podemos añadir a María Salomé y María de Alfeo, ya que hicieron el viaje en AMV 198 y María menciona su presencia en los capítulos precedentes. También están presentes la Virgen, Marziam, Lázaro y Juan de Endor. Marta y Maximino tienen por fin motivos para asistir a la lección de Jesús.

En cualquier caso, el grupo presente escuchará la parábola del hijo pródigo.

ECR 205.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa, precedidos todos por Margziam, que va saltando, presuroso, delante. No obstante, el niño en seguida vuelve hacia atrás, toma a María de la mano y le dice: «Ven conmigo, que te tengo que decir a solas una cosa». Ella accede a su petición; así que tuercen hacia el pozo, que está en un ángulo del patio, enteramente cubierto por una tupida pérgola, que desde el nivel del suelo sube, formando un arco, hasta la terraza. Detrás está Judas Iscariote.

«Judas, ¿qué quieres? Déjanos, Margziam... Habla. ¿Qué quieres?».

«He obrado mal... No me atrevo a ir al Maestro, ni a presentarme ante mis compañeros... Ayúdame...».

«Te ayudaré. Sí. De todas formas, ¿es que no piensas en el mucho dolor que causas? Mi Hijo ha llorado por causa tuya, lo cual a su vez ha hecho sufrir a tus compañeros. Ven, de todas formas, que ninguno te dirá nada. Y, si puedes, no vuelvas a caer en esto mismo, que es indigno de un hombre y sacrílego respecto al Verbo de Dios».

«¿Tú, Madre, me perdonas?».

«¿Yo? Yo no cuento nada al lado de ti, que te sientes tan grande. Soy la menor de las siervas del Señor. ¿Por qué te preocupas de mí, si no tienes piedad de mi Hijo?».

«Pienso en mi madre, pienso que si tú me perdonas ella también me perdonará».

«No sabe lo que has hecho».

«Pero me había hecho jurar que sería bueno con el Maestro. Soy un perjuro. Percibo la reprensión del alma de mi madre».

«¿Eso es lo que sientes? ¿Y no percibes la queja y la desaprobación del Padre y del Verbo? ¡Oh, eres un desdichado, Judas! Vas sembrando el dolor en ti y en quienes te quieren».

María está muy seria y triste. Habla sin acritud, pero muy seria. Judas llora.

«No llores; mas bien, cambia. Ven» y le toma de la mano y entra así con él en la cocina.

Vivísimo es el estupor de todos. María previene posibles reacciones poco compasivas diciendo: «Judas ha vuelto. Haced como el primogénito después de que le habló su padre. Juan, ve a avisar a Jesús».

Juan de Zebedeo sale a la carrera.

El silencio gravita sobre la cocina... Lo rompe Judas diciendo: «Perdonadme. Tú el primero, Simón, tú que tienes un gran corazón paternal. Yo también soy huérfano».

«Sí, sí, te perdono. Por favor, no hables más de ello. Somos hermanos... y no me gustan estos altibajos de pedir perdón y volver a caer; son denigrantes, tanto para quien lo comete como para quien lo concede. Ahí viene Jesús. Ve a Él y basta».

Judas va hacia Jesús. Mientra, Pedro, no pudiendo hacer otra cosa, se pone a partir con vehemencia madera seca...

ECR 206.1.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús está hablando en presencia de los campesinos de Jocanán, en presencia de Isaac y muchos discípulos, de las mujeres, entre las cuales se encuentran María Stma. y Marta, y en presencia de muchos de Betania. Todos los apóstoles están escuchando. El niño, sentado frente a Jesús, no se pierde ni una palabra. El discurso ha debido empezar poco antes porque todavía está llegando gente...

Dice Jesús:

«... por este temor que tan vivo siento en muchos, es por lo que hoy quiero proponeros una dulce parábola; dulce para los hombres de buena voluntad, amarga para los otros; de todas formas, estos últimos disponen del modo de abolir esa amargura: transformarse en hombres de buena voluntad, pues, si así lo hacen, cesará el reproche que la parábola suscita en la conciencia. (...)

[Jesús cuenta la parábola de las diez vírgenes.]

Queridos discípulos míos, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad. Tanto los que os quedáis como los que os marcháis, pensad que, si hacéis lo que hicieron las vírgenes sensatas, seréis llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo, sino que — como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en substitución de Vastí — seréis escogidos y elegidos como esposas, pues el Esposo “habrá encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia”. A los que os marcháis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mías, transmitídselas a vuestros compañeros. La paz del Señor esté siempre con vosotros».

Jesús se acerca a los campesinos para reiterarles su saludo. Juan de Endor le susurra: «Maestro, ya está aquí Judas...».

«No importa. Acompáñalos al carro y haz lo que te he indicado».

La asamblea se disuelve lentamente. Muchos hablan con Lázaro... el cual se vuelve a Jesús — que, habiendo dejado ya a los campesinos, estaba viniendo en este sentido — y le dice: «Maestro, los corazones de Betania quieren oír todavía tu palabra; háblanos antes de marcharte».

«Declina el día, pero el ambiente está tranquilo y sereno... Si queréis reuniros en los prados recientemente segados, os hablaré antes de marcharme de esta ciudad amiga. O, si no, mañana, al alba. Sí, llega la hora de despedirnos».

«¡Luego! ¡Esta noche!» gritan todos.

«Como queráis. Ahora retiraos. A la mitad de la primera vigilia os hablaré»...

Anotación

Si actuáis como vírgenes prudentes, no sólo seréis llamadas a escoltar al Esposo, sino que, como la joven Ester, que se convirtió en reina en lugar de Vasti, seréis elegidas y elegidos como novias. Vasti - Vasti significa "amada" en persa. Primera esposa de Asuero (= Jerjes, 486-465), rey de Persia, que la repudió porque se negó a asistir a un banquete (Ester 2, 1-18). Ester también se menciona en EMV 136.2 y EMV 414.1.

Palabras clave

ECR 206.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡(...) la humildad! Tengo dicho: “Cuando oréis o hagáis penitencia, que el mundo no se percate de ello”. En los libros sapienciales está escrito: “No se debe revelar el secreto del Rey”. La humildad es ese velo cándido y protector que recubre el bien que hacemos y el bien que Dios nos concede. No se gloríe — necia gloria humana — el corazón por el amor de privilegio concedido por Dios: inmediatamente le sería arrebatado el don; cante, más bien, internamente a su Dios: “Mi alma te ensalza, Señor... porque has vuelto tu mirada a la pequeñez de tu sierva”».

Jesús interrumpe brevemente su discurso y fija su mirada en su Madre, que, muy ruborizada bajo su velo, se inclina mucho como si quisiera ordenar los cabellos del niño, que está sentado a sus pies; en realidad lo que quiere es celar la emoción que siente a causa de su recuerdo…

Anotación

Dije, en EMV 172.5 y en EMV 172.8.

Libro de Tobías 12, 7

Tb 12, 7 : Es bueno mantener oculto el secreto del rey, pero es honroso revelar y publicar las obras de Dios.

El Libro de Tobías se clasifica como libro sapiencial o, más a menudo, como libro histórico. Es uno de los siete libros deuterocanónicos conservados por la tradición católica/ortodoxa, pero considerado apócrifo por la tradición protestante/anglicana.

"Mi alma te glorifica, Señor... porque has vuelto tus ojos a la humildad de tu sierva. " El Magnificat. Cf. Lucas 1,46, que se inspira en el cántico de Ana, la madre de Samuel(1 Samuel 2,1-10).