ECR 128.5
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas de la palabra clave
Comodidad de lectura
ECR 128.5
Traducción en curso
ECR 180.2-4 · Volumen 3
« Yo era rico y poderoso. Si Dios no me hubiera querido conservar para un fin suyo, yo me habría hundido en la desesperación cuando estaba leproso y me perseguían. Me habría ensañado conmigo mismo... Y, sin embargo, en medio del abatimiento completo en que me encontraba, recibí de lo alto una riqueza nueva que nunca antes había poseído, la riqueza de una persuasión: “Dios existe”. Antes... Dios... Sí... era creyente, era un fiel israelita... pero era una fe de formalismos. Y me parecía que el premio a esta fe fuera siempre inferior a mis virtudes. Me permitía polemizar con Dios porque me sentía todavía algo sobre la faz de la tierra. Simón Pedro tiene razón. Yo también estaba construyendo una torre de Babel con las autoalabanzas y las satisfacciones a mi yo. Cuando se me vino todo encima y quedé, como un gusano, aplastado por el peso de toda esta inutilidad humana, dejé de polemizar con Dios, para pasar a hacerlo conmigo mismo, con mi loco yo-mismo, y acabé de demolerlo. Y, a medida que lo hacía, abriendo paso a lo que yo creo que es el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva: la certeza de que no estaba solo y de que Dios velaba por el hombre vencido por el hombre y por el mal».
«¿Para ti qué es Dios; esto que has dicho: “el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres”? ¿Qué quieres decir con eso? No te comprendo, y además me parece una herejía. A Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas, y no hay otro Dios» dice un poco severo Judas Iscariote.
«Si aquí estuviera Juan, te lo diría mejor que yo. De todas formas, te lo diré como sé. Es verdad que a Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas. Pero, ¿en qué le conocemos?, ¿cómo?».
Judas de Alfeo interviene inmediatamente: «Poco y mal. Los Profetas que nos le describieron… le conocían; pero nosotros tenemos de Él la idea confusa filtrada a través de todo un montón de estorbos acumulados por las sectas...».
«¿Sectas? ¿Qué palabras son ésas? Nosotros no tenemos sectas. Nosotros somos los hijos de la Ley... todos» dice Judas Iscariote, indignado y agresivo.
«Los hijos de las leyes. No de la Ley. Hay una ligera diferencia. Del singular al plural. Pero en realidad ello significa que ya no somos hijos de lo que Dios nos ha dado sino de lo que nosotros hemos creado» rebate Judas Tadeo.
«Las leyes han nacido de la Ley» dice Judas Iscariote.
«También las enfermedades nacen de nuestro cuerpo, y no me vas a decir ahora que son cosas buenas» replica Judas Tadeo.
«Bueno, dejadme saber lo que es el Dios inmanente de Simón Zelote». Judas Iscariote, que no puede replicar a esta observacion de Judas de Alfeo, trata de llevar de nuevo la cuestión al punto de partida.
180.3
Simón Zelote dice: «Nuestros sentidos necesitan siempre un término para aferrar una idea. Cada uno de nosotros — me refiero a nosotros creyentes — cree, claro está, por la misma fe, en el Altísimo, Señor y Creador, eterno Dios que está en el Cielo. Pero todos necesitamos algo más que esta fe desnuda, virgen incorpórea, adecuada y suficiente para los ángeles, que ven y aman a Dios espiritualmente compartiendo con Él la naturaleza espiritual y teniendo la capacidad de ver a Dios. Nosotros necesitamos crearnos una “figura” de Dios, figura que está hecha de las cualidades esenciales que ponemos en Dios para dar un nombre a su perfección absoluta, infinita. Cuanto más se concentra el alma más alcanza la exactitud en el conocimiento de Dios. Pues bien, lo que yo digo es esto: el Dios inmanente. No soy un filósofo. Quizás haya aplicado mal la palabra. Lo que quiero decir, en definitiva, es que para mí el Dios inmanente es el hecho de sentir, de percibir, a Dios en nuestro espíritu, y sentirle y percibirle no ya como una idea abstracta sino como real presencia que da fortaleza y paz nuevas».
«De acuerdo. Pero, en definitiva, ¿cómo lo sentías? ¿Qué diferencia hay entre sentir por fe y sentir por inmanencia?» pregunta un poco irónico Judas Iscariote.
«Dios es seguridad, muchacho — interviene Pedro —. Cuando le sientes como dice Simón, con esa palabra cuyo espíritu comprendo aunque no la entienda como tal palabra — y, créeme, nuestro mal consiste en entender sólo la letra y no el espíritu de las palabras de Dios —, quiere decir que logras aferrar no sólo el concepto de la majestad terrible sino de la paternidad dulcísima de Dios; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te juzgara y condenara injustamente, Uno sólo, Él, el Eterno, que te es padre, no te juzga sino que te absuelve y te consuela; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te odiase, sentirías en ti la presencia de un amor más grande que todo el mundo; quiere decir que, segregado de los demás, en una cárcel o en un desierto, sentirías siempre que Uno te habla y te dice: “Sé santo para ser como tu Padre”; quiere decir que por el amor verdadero a este Padre Dios — que por fin uno llega a sentir tal — se acepta, se obra, se toma o se deja, sin medidas humanas, pensando sólo en devolver amor por amor, en copiar lo más posible a Dios en las propias acciones».
«¡Eres soberbio! ¡Copiar a Dios! No te es concedido» juzga Judas Iscariote.
«No es soberbia. El amor lleva a la obediencia. Copiar a Dios me parece también una forma de obediencia porque Dios dice que nos ha hecho a su imagen y semejanza» replica Pedro.
«Nos ha hecho. Nosotros no debemos ir más arriba».
«¡Mira chico, eres un desdichado si piensas así! Olvidas que caímos y que Dios nos quiere volver a elevar a lo que éramos».
180.4
Jesús toma la palabra: «Más todavía, Pedro, Judas, y vosotros todos, más todavía. La perfección de Adán era susceptible de aumento mediante el amor que le habría conducido a una imagen progresivamente más exacta de su Creador. Adán, sin la mancha del pecado, habría sido un tersísimo espejo de Dios. Por esto digo: “Sed perfectos como perfecto es el Padre que está en los Cielos”. Como el Padre, por tanto, como Dios. Pedro ha hablado muy bien, y Simón también. Os ruego que recordéis las palabras de ambos y que las apliquéis a vuestras almas».
Falta poco para que la mujer de Pedro se desmaye de la alegría de sentir alabar de este modo a su marido. Llora en su velo, serena y dichosa.
Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apoplético.
Habla Simón el Zelote. La cuestión de la fe se trata con más detalle en 180.3.
ECR 210.4-6 · Volumen 3
«¡¡¡Padre Abraham, no me dejes perder la paciencia!!! ¿Y en qué te parece que el Maestro prefiere a otros antes que a ti?».
«¡Pero no lo has visto también ahora? Llegado el momento de salir de Betsur — después de un tiempo pasado en instruir a tres pastores a los que perfectamente había podido instruir Isaac —, ¿a quién deja con su Madre? ¿A mí?, ¿a ti? No. Deja a Simón. ¡Un viejo que casi no habla!...».
«Pero que lo poco que dice está siempre bien dicho» replica prontamente Tomás, que ahora se ha quedado solo con Judas dado que las mujeres, con Andrés, se han separado y van adelante ligeras, como huyendo de un tramo de camino lleno de sol.
210.5
Los dos apóstoles hablan tan acaloradamente, que no oyen que Jesús se ha acercado, perdido del todo el ruido de sus pasos entre la polvareda del camino. Mas si Él no hace ruido, ellos gritan como diez, y Jesús sí que los oye; detrás vienen también Pedro, Mateo, los dos primos del Señor, Felipe y Bartolomé, y los dos hijos de Zebedeo llevando en medio a Marziam.
Jesús dice: «Es así, como has dicho, Tomás: Simón habla poco, pero lo poco que dice está siempre bien dicho: tiene mente serena y corazón honesto; pero, sobre todo, una muy buena voluntad. Por eso le he dejado con mi Madre. Es verdaderamente un caballero, y, al mismo tiempo, conoce la vida, ha sufrido, y es anciano. Por tanto — y digo esto porque pienso que a alguien le ha parecido injusta esta decisión — era el más adecuado para quedarse. Judas, no podía permitir que mi Madre se quedase sola — y era justo dejarla — con una pobre mujer que todavía estaba enferma: mi Madre completará así la obra que Yo he comenzado. Tampoco podía dejarla con mis hermanos, ni con Andrés o Santiago o Juan, y tampoco contigo. Si no comprendes el motivo no sé qué decirte...».
«Porque es tu Madre, joven y hermosa, y la gente...».
«¡No! La gente tendrá siempre fango en el pensamiento, en los labios y en las manos, y especialmente en el corazón: la gente deshonesta, que ve sus sentimientos en los demás. Pero su fango no absorbe mi atención: se cae por sí solo, una vez seco. He preferido a Simón porque es anciano y no recordaba demasiado a los hijos difuntos de esa mujer desolada; vosotros, jóvenes, los habríais evocado con vuestra juventud... Simón sabe tutelar y pasar desapercibido, nunca exige nada, es compasivo, sabe velar por sí mismo. Podía haber escogido a Pedro. ¿Quién mejor que él para estar con mi Madre? Pero todavía es muy impulsivo. ¿Ves cómo se lo digo a la cara y no se ofende? Pedro es sincero, y ama la sinceridad incluso cuando le supone un perjuicio. Podía haber sido Natanael, pero no ha estado nunca en Judea; Simón, por el contrario, la conoce bien y será precioso para guiar a mi Madre a Keriot. Sabe incluso ir a la casa tuya del campo, y a la de la ciudad, así que no hará...».
210.6
«¡Pero... Maestro... entonces tu Madre va a ir realmente a ver a la mía?».
«¡Ya se había dicho! Cuando se dice una cosa se hace. Iremos sin prisa, deteniéndonos a evangelizar por estos pueblos. ¿No quieres que evangelice tu Judea?».
«¡Sí, sí, Maestro!... Yo es que creía... pensaba...».
«Bueno, sobre todo, es que te creabas penas por causa de una serie de quimeras de tu fantasía. Para la segunda fase de la luna de Ziv estaremos todos nosotros en casa de tu madre; nosotros, es decir, también mi Madre y Simón. Por ahora Ella está evangelizando Betsur, ciudad judía, de la misma forma que Juana está evangelizando Jerusalén con una joven y un sacerdote que fue leproso; Lázaro con Marta y el anciano Ismael hacen lo propio en Betania; en Yuttá, Sara; en Keriot, sin duda, habla del Mesías tu madre. No puedes decir que dejo privada de mensajeros a Judea; antes bien, le doy — a pesar de su mayor cerrazón y obstinación — las voces más dulces, las de las mujeres — que a la palabra unen ese arte fino suyo y son maestras en conducir los corazones a donde quieren —, además de las del santo Isaac y de mi amigo Lázaro. ¿Ya no dices nada? ¿Por qué estás casi llorando, niñote caprichoso? ¿Qué ganas envenenándote con las sombras? ¿Tienes todavía algún motivo de inquietud? ¡Ánimo, habla...!».
«Soy malo... y Tú eres muy bueno.. Tu bondad siempre me impresiona: ¡es siempre tan fresca y nueva...! Yo... yo... nunca sé decir cuándo la encuentro en mi camino».
«Tú lo has dicho, no lo puedes saber, pero es porque no es ni fresca ni nueva, sino eterna, Judas; omnipresente, Judas...»
Judas y Tomás discuten y el Iscariote reprocha a Jesús haber dejado a la Virgen María en Bet-çur.
En el segundo cuarto de luna de Ziv, estaremos todos en casa de tu madre: Ziv corresponde a abril/mayo.
Juana evangeliza Jerusalén y con ella una joven y un sacerdote: se trata de Juan sacerdote y Annalia. Cf. EMV 199,4-5 y EMV 199,6.
ECR 216.4 · Volumen 3
« Maestro... ¿qué piensas de Judas? El año pasado lloraste conmigo por él. Luego... no sé... Maestro, deja esas dos libélulas, mírame a mí, escúchame, esto que te voy a decir no se lo diría a ningún otro, ni a los compañeros ni a ningún amigo, pero a ti sí: no logro amar a Judas; lo confieso. Es él quien rechaza mi deseo de amarle. No quiero decir que me trate con desprecio, no; es más, hasta incluso se muestra cortés con el viejo Zelote, al que intuye más experto que los demás en el conocimiento de los hombres. Es su modo de actuar. ¿Te parece sincero? Dímelo».
Jesús guarda silencio durante unos momentos, como cautivado por las dos libélulas, que se han posado apenas tocando el agua y que con sus élitros irisados dibujan un pequeño arco iris, un especioso arco iris que sirve para atraer a un mosquito curioso, que acaba devorado por uno de los voraces insectos, el cual a su vez cae en vuelo víctima de un sapo que estaba agazapado (sapo o rana, no lo sé), que se la come junto con el mosquito que había cazado.
Jesús se mueve, se levanta, pues casi se había echado para observar estos pequeños dramas de la naturaleza, y dice: «Así es: la libélula tiene fuertes mandíbulas para nutrirse de hierbas, y alas fuertes para derribar a los mosquitos; la rana, garganta ancha para tragarse a las libélulas. Cada uno tiene lo suyo, y lo suyo usa. Vamos, Simón, que los otros se están despertando».
Simón el Zelote y Jesús están solos y se han acercado a observar a dos libélulas que bailan sobre el agua.
El año pasado, lloraste conmigo por él. Véase EMV 83.3/4.
«Reflexiona y lo descubrirás». Encontraremos la clave de interpretación relacionando la frase anterior: «Cada ser tiene sus medios y los utiliza» con el pasaje deMateo 12,33-35(por sus frutos se reconoce al árbol) y con el textode EMV 219.4yEMV 222.5.
________________________________________________________________________________________________
Evangelio según San Mateo 12, 33-35
Mt 12, 33-35: O bien decís que el árbol es bueno y su fruto bueno; o bien decís que el árbol es malo y su fruto malo; porque por su fruto se conoce el árbol. ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis decir cosas buenas, siendo tan malvados como sois? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno saca cosas buenas del buen tesoro de su corazón, y el hombre malo, de un mal tesoro, saca cosas malas.