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Notas del tema

La Iglesia católica

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Comodidad de lectura

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ECR 211.8 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mi propuesta es una llamada. (...) Venid a servir a Dios. El tiempo está cercano. No os coja desapercibidos la Redención. Haced que llueva en terreno sembrado; si no, en vano caerá la lluvia. (...) La Salud está en seguir la Voz del Señor y creer en su Palabra. Venid en masa, (...) al servicio de Dios. Yo paso y os llamo. No seáis menos que las meretrices, a las cuales les es suficiente una palabra de misericordia para abandonar el camino recorrido precedentemente y tomar el del Bien.

Cuando he llegado me han preguntado: “Pero, ¿no nos guardas rencor?”. ¿Rencor! ¡No; antes bien, amor! Espero incluso veros entre las filas de mi pueblo, del pueblo que guío hacia Dios en el nuevo éxodo hacia la verdadera Tierra Prometida (el Reino de Dios), al otro lado del Mar Rojo de los sentidos, más allá de los desiertos del pecado, libres ya de todo tipo de esclavitud, hacia la Tierra eterna, de pingües delicias, colma de paz...

¡Venid! Es el Amor que pasa; quien quiera puede seguirle, porque para ser acogidos por Él se requiere solamente buena voluntad.

ECR 211.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pues bien, mi propuesta es una llamada. Os llamo en nombre de vuestro Juan, que se está consumiendo por haber sido santo, que sufre ahora la acción punitiva por ser precursor mío y por haber tratado de quitar de los caminos del Cordero las inmundicias. Venid a servir a Dios. El tiempo está cercano. No os coja desapercibidos la Redención. Haced que llueva en terreno sembrado; si no, en vano caerá la lluvia. Vosotros, habitantes de Hebrón, debéis ir a la cabeza, porque habéis convivido aquí con Zacarías y Elisa, los santos que merecieron del Cielo a Juan; aquí Juan ha esparcido el perfume de su Gracia con verdadera inocencia de párvulo, y, desde su desierto, os ha enviado el incienso anticorruptor de su Gracia, prodigio de penitencia. No defraudéis a vuestro Juan, que ha llevado el amor al prójimo hasta una altura casi divina, de forma que ama al último habitante del desierto cuanto a vosotros, paisanos suyos. Estad seguros de que impetra la Salud para vosotros, y la Salud está en seguir la Voz del Señor y creer en su Palabra. Venid en masa, de esta ciudad sacerdotal, al servicio de Dios. Yo paso y os llamo. No seáis menos que las meretrices, a las cuales les es suficiente una palabra de misericordia para abandonar el camino recorrido precedentemente y tomar el del Bien.

Detalle

Jesús habla a la gente de Hebrón, la ciudad donde creció Juan el Bautista.

ECR 212.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Toda Yuttá corre al encuentro de Jesús, con flores silvestres de las laderas de sus montes y con las primicias de los frutos de sus campos, además de las sonrisas de sus niños y las bendiciones de sus habitantes. Antes de que Jesús ponga pie en el pueblo, se ve rodeado de estas buenas personas que, avisadas por Judas de Keriot y Juan, que habían sido enviados con anticipación, acuden a honrar al Salvador con las cosas mejores que han encontrado; sobre todo, con su amor.

Jesús no hace otra cosa sino bendecir con el gesto y la palabra a estas personas, adultos o niños, que están pegadas alrededor de Él y le besan sus vestiduras y sus manos, o que depositan en sus brazos, para que los bendiga con un beso, a los lactantes; la primera que lo hace es Sara: le pone en su corazón a ese espléndido nene de diez meses que es ya Iesaí.

Tan impetuoso es el amor, que hace difícil proseguir el camino; no obstante, es como una ola que aligera. Creo que Jesús camina, más por el impulso de esta ola que por el de sus propios pies. Sin duda, la alegría que le proporciona este amor eleva su Corazón bien alto, al cielo sereno. Su rostro refulge como en los momentos de más viva alegría de Hombre-Dios; no es ese rostro de poder, de magnética mirada, de cuando realiza milagros; tampoco es el rostro majestuoso de cuando expresa su unión continua con el Padre, ni el severo de cuando reprime un pecado: todos esplendorosos, aunque con diversa luminosidad. La luz de ahora es la de las horas de distensión de todo su yo, agredido por todas partes, obligado a vigilar siempre hasta los más mínimos gestos o palabras, suyos o de los demás, rodeado de todas las asechanzas de este mundo que lanzan — maléfica tela de araña — sus hilos satánicos para envolver a la divina Mariposa que es el Hombre-Dios, queriendo paralizar su vuelo y aprisionar su espíritu, para que no salve al mundo; queriendo amordazar su palabra, para que no instruya a los supremos y culpables ignorantes de la tierra; atar sus manos, para que no santifiquen — sus manos de Sacerdote eterno — a los hombres corrompidos por el demonio y la carne; tapar sus ojos, para que la perfección de su mirada, verdadero imán, perdón, amor, encanto que vence toda resistencia excepto la del perfecto satanás, no atraiga hacia sí a los corazones.

212.2

¡Oh! ¿Es que, acaso, no sigue siendo así con Cristo por obra de sus enemigos? ¿Es que hoy día, la Ciencia y la Herejía, el Odio y la Envidia, los enemigos de la Humanidad, nacidos de la misma Humanidad cual ramas envenenadas en árbol bueno, no hacen, acaso, todo esto para que la Humanidad muera; ellos, que la odian más aún que a Cristo, puesto que la odian activamente privándola de su alegría al descristianizarla, mientras que a Jesús no pueden quitarle nada, siendo Él Dios y ellos polvo? Sí, lo hacen.

Mas Cristo se refugia en los corazones fieles, y desde allí mira, habla, bendice a la Humanidad, y luego... y luego se da a estos corazones, y ellos... y ellos, aunque permanezcan aquí, tocan el Cielo beato, y arden hasta el punto de que todo su ser sufre un delicioso tormento (...)

Detalle

María comienza describiendo su visión, luego pasa a describir a Jesús con más detalle y continúa con una reflexión personal.

ECR 212.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Cristo se refugia en los corazones fieles, y desde allí mira, habla, bendice a la Humanidad, y luego... y luego se da a estos corazones, y ellos... y ellos, aunque permanezcan aquí, tocan el Cielo beato, y arden hasta el punto de que todo su ser sufre un delicioso tormento: los sentidos, los órganos, los sentimientos, el pensamiento y, en fin, el espíritu... Lágrimas y sonrisas, gemidos y canto, agotamiento y urgencia de vida, son nuestros compañeros; más que compañeros: son nuestro propio ser, porque de la misma forma que los huesos están en la carne, y las venas y los nervios bajo la epidermis, y todo ello constituye un solo hombre, igualmente estas cosas, verdaderamente encendidas, nacidas del hecho de que Jesús se ha dado a nosotros, están en nosotros, en nuestra pobre humanidad. ¿Y, qué somos nosotros en esos momentos, que no pueden ser eternos, porque si durasen más de algunos instantes moriríamos abrasados o fragmentados? No basta ya decir que somos hombres. No basta ya decir que somos animales dotados de razón que viven sobre la faz de la tierra. Somos, somos, ¡oh, Señor, déjame decirlo al menos una vez, no por soberbia, sino para cantar tus alabanzas, porque tu mirada me quema y me hace delirar!... ¡Somos serafines!, y me sorprende grandemente que de nosotros no salgan llamas y ardores sensibles para las personas y la materia, como sucede en las apariciones de los réprobos. Porque, si el fuego del Infierno es tal que basta un reflejo emanado de un réprobo para quemar la madera y derretir los metales — y ello es verdad —, ¿qué será tu fuego, ¡oh Dios!, que eres infinito y perfecto en todo?

No morimos, no, de fiebre, no es ella la que nos quema, no nos consumimos de fiebre proveniente de enfermedades de la carne. ¡Tú eres nuestra fiebre, Amor! De esto se arde, se muere, nos consumimos, de esto y por esto se desgarran las fibras del corazón que no puede resistir tanto. Pero... no, digo mal, porque el amor es delirio, cascada que hace pedazos los diques y baja abatiendo todo lo que no es él; el amor es un agolparse de sensaciones en la mente, todas verdaderas, todas presentes... pero que la mano no puede transcribir, porque la mente es demasiado veloz en traducir en pensamiento el sentimiento que experimenta el corazón. No es verdad que morimos. Vivimos. Es una vida multiplicada por diez, una vida binaria: como hombres y como bienaventurados: la de la tierra y la del Cielo. Tengo la certeza de que no sólo se alcanza, sino que se supera, esa vida sin taras, sin menguas ni limitaciones, que Tú, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tú, Dios Creador, uno y trino, habías dado a Adán; esa vida que era preludio de la Vida que habría de gozarse en el Cielo tras un pacífico paso, en los amorosos brazos de los ángeles — como el dulce sueño y asunción de María al Cielo —, del Paraíso terrenal al celestial, para ir a ti, a ti, a ti... Vivimos la verdadera Vida.

Y luego nos encontramos de nuevo aquí, y, como yo ahora, nos asombramos, nos avergonzamos de haber ido tan allá, y decimos: «Señor, no soy digno de tanto. Perdona, Señor», y nos damos golpes de pecho porque sentimos un gran miedo a haber cometido un acto de soberbia, y uno corre un velo, más espeso, para cubrir el resplandor, el cual no sigue llameando, por compasión hacia nuestra limitación, en modo supercompleto, sino que se recoge en el centro de nuestro corazón en espera de volver a arder con poderosa llama en un nuevo momento de beatitud querido por Dios. Uno corre el velo para cubrir el sagrario en que Dios arde con su fuego, su luz, su amor... y, agotados, aunque también regenerados, reanudamos el camino como... embriagados con un vino fuerte y delicado, que no obnubila la razón; antes bien, nos preserva de dirigir nuestra mirada o nuestros pensamientos hacia lo que no es el Señor, Tú, mi Jesús, eslabón de juntura entre nuestra miseria y la Divinidad, medio de redención para nuestra culpa, creador de beatitud para nuestra alma; Tú, Hijo, que con tus manos heridas metes las nuestras entre las manos espirituales del Padre y del Espíritu Santo, para que estemos y permanezcamos, ahora y siempre, en Vosotros. Amén.

ECR 212.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Si el fuego del Infierno es tal que basta un reflejo emanado de un réprobo para quemar la madera y derretir los metales — y ello es verdad —, ¿qué será tu fuego, ¡oh Dios!, que eres infinito y perfecto en todo?

ECR 212.2 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No nos consumimos de fiebre proveniente de enfermedades de la carne. ¡Tú eres nuestra fiebre, Amor! De esto se arde, se muere, nos consumimos, de esto y por esto se desgarran las fibras del corazón que no puede resistir tanto. Pero... no, digo mal, porque el amor es delirio, cascada que hace pedazos los diques y baja abatiendo todo lo que no es él; el amor es un agolparse de sensaciones en la mente, todas verdaderas, todas presentes... pero que la mano no puede transcribir, porque la mente es demasiado veloz en traducir en pensamiento el sentimiento que experimenta el corazón. No es verdad que morimos. Vivimos. Es una vida multiplicada por diez, una vida binaria: como hombres y como bienaventurados: la de la tierra y la del Cielo. Tengo la certeza de que no sólo se alcanza, sino que se supera, esa vida sin taras, sin menguas ni limitaciones, que Tú, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tú, Dios Creador, uno y trino, habías dado a Adán; esa vida que era preludio de la Vida que habría de gozarse en el Cielo tras un pacífico paso, en los amorosos brazos de los ángeles — como el dulce sueño y asunción de María al Cielo —, del Paraíso terrenal al celestial, para ir a ti, a ti, a ti... Vivimos la verdadera Vida.