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Notas del tema

¿Quién es Dios?

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Comodidad de lectura

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ECR 182.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

[Jesús] Va derecho a acariciar a un pastorcito que está hacia el centro de la lanuda aglomeración de ovejas y balidos. Le pregunta: «¿Son tuyas?». Bien sabe Jesús que no son del niño, pero lo que quiere es que hable.

«No, Señor; estoy con aquéllos. Los rebaños son de muchos dueños. Nos hemos unido por los bandidos».

«¿Cómo te llamas?».

«Zacarías, hijo de Isaac. Pero mi padre se murió; yo sirvo porque somos pobres y mi madre tiene a otros tres más pequeños que yo».

«¿Hace mucho tiempo que murió?».

«Tres años, Señor... y desde entonces no he vuelto a reír porque mi madre llora continuamente y yo ya no tengo a nadie que me acaricie... Soy el primogénito, y la muerte de mi padre, siendo todavía un niño, me ha hecho hombre... No debo llorar, sino ganar... Pero, ¡qué difícil es!». Efectivamente, descienden ahora también las lágrimas por esa carita demasiado seria para su edad.

Entretanto, los pastores se han acercado, y también los apóstoles: un grupo de hombres en medio de un bullir de ovejas.

«Tienes padre, Zacarías. Tienes un Padre santo en el Cielo y te ama siempre, si eres bueno; y tu padre no te ha dejado de querer, porque está con Abraham, en su seno. Debes creerlo, y, por esta fe, debes ser cada vez mejor». Jesús habla con dulzura mientras acaricia al niño.

Detalle

Un caso real de un niño que perdió a su padre hace tres años y ahora cuida rebaños de ovejas.

ECR 185.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo no soy “hombre”, soy el Dios-Hombre. No actúo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello, sí lo sois siempre en cuanto que os le quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia — y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda — con grave ademán que significa: “¿No me has aceptado cuando te quería ayudar? Pues ahora arréglatelas solo”. No, Yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

ECR 185.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mas vosotros, bienquistos hombres, podríais objetar: “¿Y por qué permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?”.

Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabaríais creyéndoos autores del Bien — que en realidad es un don mío — y no os volveríais a acordar jamás de mí, jamás.

Tenéis necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenéis un Padre; como el hijo pródigo, que se acordó de que lo tenía cuando sintió hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia — causa de tantos errores — y de vuestra maldad — causa de tantos lutos y dolores —, de vuestras culpas — causa de castigo que vosotros mismos os proporcionáis — y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, “vuestro” evangelio de la hora presente, pobres hijos míos. Llamadme. Jesús duerme sólo porque está angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré».

Detalle

El significado de la desgracia.

ECR 187.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

187.4

«¡Será precioso! Dicen que desde la cima, concretamente desde un punto de ella, se ve el mar grande, el de Roma. ¡Me gusta mucho! ¿Nos llevas a verlo?» suplica Juan, con su rostro de niño bueno alzado hacia Jesús.

«¿Por qué te gusta tanto verlo?» pregunta Jesús acariciándolo.

«No lo sé... Porque es grande y no se ve el límite... Me hace pensar en Dios... Cuando estuvimos en el Líbano, vi por primera vez el mar. Porque yo sólo había navegado el Jordán o nuestro pequeño mar... y lloré de emoción. ¡Tanto azul! ¡Tanta agua!... ¡Y que no se desborda nunca!... ¡Qué cosa más maravillosa! Y los astros, que trazan caminos de luz sobre la superficie del mar... ¡Oh, no os riáis de mí! Miraba el camino de oro del Sol hasta quedar cegado, el de plata de la Luna hasta henchir de fijo candor mis ojos, y los veía perderse muy lejos. Esos caminos me hablaban, me decían: “Dios está en aquella lejanía infinita, éstos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para ir a Dios. Ven. Adéntrate en el infinito, remando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito”».

«Eres poeta, Juan» dice Judas Tadeo admirado.

«No sé si esto es poesía, sé que me enciende el corazón».

«Pero si has visto el mar también en Cesarea y en Tolemaida, y bien cerca; ¡estábamos en la orilla! No veo la necesidad de recorrer tanto camino para ver más agua de mar. En el fondo... nosotros hemos nacido en el agua...» observa Santiago de Zebedeo.

«¡Y, por desgracia, también ahora estamos en el agua!» exclama Pedro, que, habiéndose distraído un momento por escuchar a Juan, no ha visto un charco traicionero y se ha puesto pingando... Se echan a reír; el primero, él.

Pero Juan responde: «Es verdad, pero desde lo alto es más bonito: se ve más y más lejos; se piensa más alto y con más amplitud... se desea... se sueña...». Juan verdaderamente ya está soñando... Mira hacia delante. Sonríe ante su sueño... Parece una rosa color carne salpicada de menudísimo rocío: efectivamente, su piel lisa y clara de joven rubio aparece intensamente aterciopelada y asperjada de fino sudor, de forma que asemeja ahora más todavía a un pétalo de rosa.

«¿Qué deseas? ¿Qué estás soñando?» pregunta Jesús a su predilecto en voz baja (parece un padre dirigiéndose con dulzura a su querido hijito que habla mientras duerme dulcemente): se lo pregunta con tanta dulzura — para no lacerar el sueño del enamorado —, que realmente hay que decir que le está hablando en el alma.

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo...

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús le besa entonces en la frente y dice: «Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo».

ECR 188.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hijo, no tiendas tu mano al fruto prohibido; el solo hecho de acercarte a él ya es una imprudencia. No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno; ten temor a que el veneno satánico de la curiosidad se te adhiera. Evita lo oculto y lo que no tiene explicación. Una sola cosa debe recibirse con santa fe: Dios.