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Notas de la palabra clave

Lugares - Ptolemaida

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ECR 104

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús se encuentra en una ciudad que María no nombra: según una nota de maria-valtorta.org, podría tratarse del golfo de Tolemaida. Andrés le pide que venga por un asunto del corazón: un hombre quería divorciarse de su mujer porque era estéril. Jesús consiguió detener la discusión. Pedro, que es curioso, ha seguido a su hermano y a su Maestro y no puede refrenar su curiosidad. Después, José, el pastor de Belén, lleva a Jesús una carta de María: Alfeo ha muerto. También lee una misiva de Lázaro, que le informa de que Doras les dará a Jonás, a condición de que pague el doble y de que Jesús vaya a su casa. Lázaro acepta en nombre de su Maestro. Cristo decide entonces regresar a Nazaret, pero antes de hacerlo

ECR 104.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Traducción en curso

Palabras clave

ECR 174.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Si os enseño los caminos del Señor es para que los sigáis. ¿Podéis, acaso, recorrer el sendero que baja por la derecha y el que baja por la izquierda juntos? No podéis porque, si tomáis uno, debéis dejar el otro. Ni siquiera tratándose de dos senderos adyacentes podríais manteneros caminando siempre con un pie en cada uno. Acabaríais cansándoos, y equivocándoos, aunque se tratara de una apuesta. Pero es que entre el sendero de Dios y el de Satanás hay una gran distancia, que además cada vez se ahonda más, exactamente como sucede con esos dos senderos que terminan aquí: a medida que van descendiendo se alejan el uno del otro; uno en dirección a Cafarnaúm, el otro en dirección a Tolemaida.

La vida es así, fluye como arco a caballo entre el pasado y el futuro, entre el mal y el bien. En el centro está el hombre con su voluntad y su libre albedrío. En los extremos están: en una parte, Dios con su Cielo; en la otra, Satanás con su Infierno. El hombre puede elegir. Nadie lo obliga.

Anotación

Estos dos caminos (...) se separan cada vez más el uno del otro, uno va hacia Cafarnaún, el otro hacia Tolemaida. Correcto: Se trata de los caminos del noreste (camino de Magdala) y del suroeste (camino de Caná).

ECR 187.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

187.4

«¡Será precioso! Dicen que desde la cima, concretamente desde un punto de ella, se ve el mar grande, el de Roma. ¡Me gusta mucho! ¿Nos llevas a verlo?» suplica Juan, con su rostro de niño bueno alzado hacia Jesús.

«¿Por qué te gusta tanto verlo?» pregunta Jesús acariciándolo.

«No lo sé... Porque es grande y no se ve el límite... Me hace pensar en Dios... Cuando estuvimos en el Líbano, vi por primera vez el mar. Porque yo sólo había navegado el Jordán o nuestro pequeño mar... y lloré de emoción. ¡Tanto azul! ¡Tanta agua!... ¡Y que no se desborda nunca!... ¡Qué cosa más maravillosa! Y los astros, que trazan caminos de luz sobre la superficie del mar... ¡Oh, no os riáis de mí! Miraba el camino de oro del Sol hasta quedar cegado, el de plata de la Luna hasta henchir de fijo candor mis ojos, y los veía perderse muy lejos. Esos caminos me hablaban, me decían: “Dios está en aquella lejanía infinita, éstos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para ir a Dios. Ven. Adéntrate en el infinito, remando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito”».

«Eres poeta, Juan» dice Judas Tadeo admirado.

«No sé si esto es poesía, sé que me enciende el corazón».

«Pero si has visto el mar también en Cesarea y en Tolemaida, y bien cerca; ¡estábamos en la orilla! No veo la necesidad de recorrer tanto camino para ver más agua de mar. En el fondo... nosotros hemos nacido en el agua...» observa Santiago de Zebedeo.

«¡Y, por desgracia, también ahora estamos en el agua!» exclama Pedro, que, habiéndose distraído un momento por escuchar a Juan, no ha visto un charco traicionero y se ha puesto pingando... Se echan a reír; el primero, él.

Pero Juan responde: «Es verdad, pero desde lo alto es más bonito: se ve más y más lejos; se piensa más alto y con más amplitud... se desea... se sueña...». Juan verdaderamente ya está soñando... Mira hacia delante. Sonríe ante su sueño... Parece una rosa color carne salpicada de menudísimo rocío: efectivamente, su piel lisa y clara de joven rubio aparece intensamente aterciopelada y asperjada de fino sudor, de forma que asemeja ahora más todavía a un pétalo de rosa.

«¿Qué deseas? ¿Qué estás soñando?» pregunta Jesús a su predilecto en voz baja (parece un padre dirigiéndose con dulzura a su querido hijito que habla mientras duerme dulcemente): se lo pregunta con tanta dulzura — para no lacerar el sueño del enamorado —, que realmente hay que decir que le está hablando en el alma.

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo...

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús le besa entonces en la frente y dice: «Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo».

ECR 192.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Un lindo riachuelillo, que fluye hacia el mar, colmado su caudal por las lluvias primaverales y la disolución de las nieves, se interpone en su camino.

Acude Pedro y dice: «El puente está más arriba, por donde pasa el camino que va de Tolemaida a Enganmín (o Engannim)».

Jesús, dócilmente, vuelve sobre sus pasos. Cruza el riachuelo por un sólido puente de piedra. En seguida vuelven a verse montañas pequeñas y colinas de poca entidad.

«¿Llegaremos a Engannim antes de que anochezca?» pregunta Felipe.

«Ciertamente. Pero... ahora tenemos con nosotros a un niño. ¿Estás cansado Yabés?» pregunta amorosamente Jesús. «Sé sincero como un ángel».

«Un poco, Señor. De todas formas, me esforzaré en seguir caminando».

«Este niño está débil» dice con su voz gutural el hombre de Endor.

«¡Mira tú éste!...» exclama Pedro. «¡Con la vida que lleva desde hace algunos meses!... ¡Ven que te coja en brazos!».

«¡Oh, no, señor! No, que te cansas. Todavía puedo andar yo».

«¡Ven, ven, que no pesas. Pareces un pajarillo desnutrido» Pedro le sube en vilo, le sienta sobre sus anchos y fuertes hombros, a caballo, y le sujeta por las piernas.

Caminan ligeros porque el sol ya es fuerte e invita y estimula a llegar a las umbrías colinas.