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Notas del tema

Biblia, tradición y textos sagrados - Antiguo y Nuevo Testamento

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ECR 186.2.5-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, cortado el lago en dirección noroeste-sudeste, manifiesta a Pedro su vivo interés porque desembarque en Ippo. Pedro obedece, sin discutir, descendiendo con la barca hasta la embocadura de un riachuelo que ahora, debido a que es primavera, y también debido al reciente temporal, fluye lleno y fragoroso. Desemboca este curso de agua en el lago, por una hoz escabrosa y llena de escollos, como es toda la costa en este punto. Los mozos aseguran las barcas — hay uno por cada barca — y reciben la orden de esperar hasta la tarde para volver a Cafarnaúm.

«Y haceos los despistados con quien os pregunte» aconseja Pedro. «A quien os pregunte dónde está el Maestro respondedle sin vacilar: “No lo sé”; a quien quiera saber hacia dónde se dirige, lo mismo. Además es verdad, no lo sabéis».

Se separan. Jesús emprende la ascensión de un escarpado sendero que trepa por el cantil casi a pico. Los apóstoles le siguen por la penosa senda hasta la cima del cantil, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

«¡Estos fétidos animales no nos dejan pasar!» exclama Bartolomé.

«No. No nos obstaculizan el paso, hay espacio para todos» responde con serenidad Jesús.

Por su parte, los porquerizos, viendo a israelitas, tratan de reunir a los cerdos bajo las encinas para dejar libre el sendero. Los apóstoles pasan, haciendo mil muecas de desagrado, entre las porquerías que van dejando estos animales que hozan bien pingües, buscando siempre aumento de pinguosidad.

Jesús pasa sin hacer tanto teatro, y dice a los encargados de la piara: «Que Dios os pague vuestra amabilidad».

Los porquerizos — gente pobre y sólo poco menos sucia que sus cerdos, aunque, eso sí, infinitamente más delgados — le miran perplejos y se ponen a cuchichear entre sí. Uno dice: «A lo mejor no es israelita». A lo cual los otros contestan: «¿No ves las franjas de la túnica?».

El grupo apostólico se une, ahora que pueden continuar el camino juntos por una vereda bastante ancha.

(...) «Pero... ¿este argayo!».

Se separan todos de la ladera del monte porque están rodando y rebotando pendiente abajo piedras y tierra, y miran en torno a sí perplejos.

«¡Allí!, ¡allí!, ¡mirad allí! Dos... completamente desnudos... vienen hacia aquí gesticulando. Locos...».

«O endemoniados» responde Jesús a Judas Iscariote, que ha sido el primero en ver a los dos posesos que vienen hacia Jesús.

Deben haber salido de alguna caverna del monte. Vienen gritando. Uno de ellos, el que más corre, se lanza hacia Jesús: parece un pajarraco extraño desplumado, pues mucho corre y mucho bracea (en vez de brazos parece tener alas). Se desploma a los pies de Jesús gritando: «¿Has venido aquí, Amo del mundo? ¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? ¿Ha llegado ya la hora de nuestro castigo? ¿Por qué has venido antes de tiempo a atormentarnos?».

El otro endemoniado, bien porque tenga impedida la capacidad de hablar, bien porque esté poseído por un demonio que le hace tardo, lo único que hace es echarse de bruces contra el suelo y llorar bajo, para luego, sentado, quedarse como inerte, sólo jugando con las piedras y con sus pies desnudos.

El demonio sigue hablando por boca del primero, que se retuerce en el suelo en un paroxismo de terror. Parece como si quisiera oponerse y no pudiera hacer otra cosa sino adorar, atraído y repelido al mismo tiempo por el poder de Jesús. Grita: «¡Te conjuro en nombre de Dios, no me atormentes más. Déjame marcharme!».

«Sí. Pero fuera de éste. Espíritu impuro, sal de éstos. Di tu nombre».

«Legión es mi nombre, porque somos muchos. Tenemos poseídos a éstos desde hace años, con sus miembros deshacemos lazos y rompemos cadenas, y no hay fuerza humana que los pueda tener sujetos. Siembran el terror por causa nuestra, de ellos nos servimos para que contra ti se blasfeme; en ellos nos vengamos de tu maldición. Rebajamos al hombre a nivel inferior al de las fieras, para escarnecerte; no hay lobo, chacal o hiena, buitre o vampiro, que se pueda equiparar a los que están poseídos por nosotros. Pero, no nos eches. ¡El infierno es demasiado horrendo!...».

«¡Salid! ¡En nombre de Jesús, salid!». Jesús habla con voz de trueno, sus ojos centellean.

«Déjanos, al menos, entrar en esa piara que has visto antes».

«Id».

Con un alarido bestial los demonios se separan de los dos desgraciados, y, entre un improviso remolino de viento que hace cimbrearse a las encinas como si fueran tallos herbáceos, caen sobre los numerosísimos cerdos, los cuales, emitiendo chillidos verdaderamente demoniacos, dan en correr por entre las encinas como posesos; se chocan unos con otros, se hieren, se muerden y, llegados al borde del alto cantil, no teniendo ya más amparo que el agua del fondo, se arrojan al lago. Mientras los porquerizos, trastornados y desolados, gritan aterrorizados, los animales, a centenares, en una sucesión de golpes sordos, zambullen su cuerpo en las aguas serenas, y las rompen en multitud de borbollones de espumas; se hunden, vuelven a emerger, mostrando ora los redondeados vientres, ora los morros puntiagudos en cuyos ojos se lee el terror, para acabar ahogándose.

Los pastores, gritando, se echan a correr hacia la ciudad.

186.6

Los apóstoles, que han ido al lugar del desastre, vuelven y dicen: «¡Ni uno se ha salvado! ¡Les has procurado un triste servicio!».

Jesús, sereno, responde: «Es mejor que perezcan dos mil cerdos que no un solo hombre. Dadles un vestido a éstos. No pueden estar así».

El Zelote abre un saco y ofrece uno de sus indumentos; Tomás da el otro. Los dos hombres están todavía un poco atónitos, como si se acabaran de despertar de un sueño muy molesto lleno de pesadillas.

«Dadles algo de comer. Que vuelvan a vivir como hombres».

Y mientras los dos hombres comen el pan y las aceitunas que les han ofrecido y beben del boto de Pedro, Jesús los observa.

Por fin hablan: «¿Quién eres?» dice uno de ellos.

«Jesús de Nazaret».

«No te conocemos» dice el otro.

«Vuestra alma me ha conocido. Ahora levantaos y marchad a vuestras casas».

«Creo que hemos sufrido mucho, pero no recuerdo bien. ¿Quién es éste?» dice el hombre que hablaba por el demonio señalando a su compañero.

«No lo sé. Estaba contigo».

«¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí?» pregunta a su compañero.

El que era como mudo, que todavía es el más inactivo, dice: «Me llamo Demetrio. ¿Aquí está Sidón?».

«Sidón está en la costa. Aquí estás al otro lado del lago de Galilea».

«¿Y por qué estoy aquí?».

Ninguno le puede dar una respuesta.

186.7

En ese momento está llegando un grupo de personas seguidas por los pastores. La gente parece asustada y curiosa, y su estupor aumenta al ver a los dos hombres vestidos y en orden.

«¡Aquél es Marcos de Josías!... ¡Y aquél es el hijo del mercader pagano!...».

«Y aquél es el que los ha curado. Por Él han muerto nuestros cerdos, porque han enloquecido al entrar en ellos los demonios» dicen los custodios de los animales.

«Señor, reconocemos que eres poderoso, pero ya nos has perjudicado demasiado; nos has hecho un daño de muchos talentos. Te rogamos que te marches, no vaya a ser que por tu poder se derrumbe el monte y se hunda en el lago. Vete...».

«Me voy. Yo no me impongo a nadie». Jesús, sin rebatir, regresa por el mismo camino por el que había venido.

Le sigue, al final de la fila de los apóstoles, el endemoniado que hablaba; detrás, a distancia, muchos habitantes de la ciudad para asegurarse de que se marcha.

186.8

Salvan en sentido inverso el pronunciado declive del sendero. Regresan a la hoz del torrente, donde están las barcas. Los habitantes de la ciudad permanecen todavía en el borde de la cima del promontorio, mirando. El hombre liberado baja detrás de Jesús.

Los mozos de las barcas están aterrados: han visto la lluvia de cerdos en el lago y todavía contemplan los cuerpos que emergen — cada vez más y cada vez más hinchados — con las redondeadas panzas al aire y las cortas patitas tiesas, como cuatro estacas clavadas en una voluminosa vejiga sebosa. «Pero, ¿qué ha pasado?» preguntan.

«Ya os lo contaremos. Ahora soltad y vamos... ¿A dónde, Señor?» dice Pedro.

«Al golfo de Tariquea».

El hombre que los ha seguido, viéndolos subir a las barcas, suplica: «Tómame contigo, Señor».

«No. Ve a tu casa; los tuyos tienen derecho a tenerte. Háblales de las grandes cosas que te ha hecho el Señor y de cómo ha tenido piedad de ti. Esta zona tiene necesidad de creer. Enciende la llama de la fe en señal de agradecimiento al Señor. Ve. Adiós».

«Dame al menos la fuerza de tu bendición, para que el demonio no se vuelva a apoderar de mí».

«No temas. Si tú no quieres, no vendrá. De todas formas, te bendigo. Ve en paz». Las barcas se separan de la orilla en dirección Este-Oeste. Sólo entonces, cuando aquéllas hienden las olas sembradas de víctimas porcinas, los habitantes de la ciudad que no ha recibido al Señor se retiran del borde de la cima y se marchan.

Anotación

Los empleados amarran las barcas -hay una por barca- y se les dice que esperen hasta la noche para regresar a Cafarnaún. Se trata de dos figuras anónimas, que evidentemente realizan maniobras. Sin duda estaban presentes en EMV 185.

Al menos, déjame entrar en esta piara de cerdos: El texto original habla aquí en singular: Lasciami. Esta petición en singular es interpretada ingenuamente por Pedro en EMV 203,3.

Evangelio de Mateo 8, 28-34

Mt 8, 28-34 : Cuando Jesús llegaba a la otra orilla del río, al país de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros a su encuentro; eran tan agresivos que nadie podía pasar por allí. Y he aquí que se pusieron a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?". Había a lo lejos una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a la piara de cerdos". Él les dijo: "Id". Salieron y entraron en la piara de cerdos; y he aquí que toda la piara se precipitó por el acantilado al mar, y los cerdos murieron en las olas. Los centinelas huyeron y fueron a la ciudad a contar todo esto, y especialmente lo que había sucedido a los endemoniados. Y he aquí que todo el pueblo salió al encuentro de Jesús; y al verle, la gente le rogó que se fuera de su tierra.

Evangelio de Marcos 5, 1-20

Mc 5, 1-20 : Llegaron a la otra orilla del mar de Galilea, al país de los gerasenos. Cuando Jesús bajó de la barca, en seguida salió a su encuentro de entre los sepulcros un hombre que tenía un espíritu inmundo; vivía en los sepulcros, y ya nadie podía atarlo, ni siquiera con una cadena; en efecto, muchas veces lo habían atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y los grilletes, y nadie podía retenerlo. Todo el día y toda la noche estaba entre los sepulcros y en los montes, gritando y haciéndose daño con las piedras. Cuando vio de lejos a Jesús, corrió hacia él, se postró ante él y gritó con fuerza: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! Jesús le dijo: "¡Espíritu inmundo, sal de este hombre! Y le preguntó: "¿Cómo te llamas? El hombre le respondió: "Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaron con insistencia que no los expulsara del país.

En la ladera había una gran piara de cerdos en busca de comida. Entonces los espíritus inmundos suplicaron a Jesús: "Envíanos a esos cerdos y entraremos en ellos". Él se lo permitió. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Eran unos dos mil y se ahogaban en el mar. Difundieron la noticia en la ciudad y en el campo, y la gente acudió a ver lo que había sucedido.

Cuando se acercaron a Jesús, vieron al endemoniado sentado, vestido y volviendo en sí, al que había tenido la legión de demonios, y se llenaron de miedo. Los que habían visto todo aquello les contaron la historia del endemoniado y lo que había sucedido con los cerdos. Entonces empezaron a rogar a Jesús que abandonara su territorio.

Cuando Jesús volvió a subir a la barca, el endemoniado le rogó que le permitiera estar con él. Él no consintió, sino que le dijo: "Vete a casa con tu familia y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho por ti en su misericordia". El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos se maravillaban.

Evangelio de Lucas 8, 26-39

Lc 8, 26-39 : Llegaron al país de los gerasenos, que está enfrente de Galilea. Cuando Jesús desembarcó, le salió al encuentro un endemoniado de la ciudad. Hacía mucho tiempo que no se vestía y no vivía en una casa, sino en los sepulcros. Cuando vio a Jesús, gritó, cayó a sus pies y le dijo a gran voz: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Por favor, no me atormentes". De hecho, Jesús estaba ordenando al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre, pues el espíritu se había apoderado de él muchas veces. Lo tenían atado con cadenas y grilletes en los pies, pero él rompió las cadenas y el demonio lo arrastró a lugares desiertos. Jesús le preguntó: "¿Cómo te llamas? El respondió: "Legión". Habían entrado en él muchos demonios. Y estos demonios rogaron a Jesús que no les ordenara ir al abismo. En la colina había una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios le rogaron a Jesús que les permitiera entrar en los cerdos, y así lo hizo. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Desde lo alto del acantilado, la piara se precipitó al lago y se ahogó. Cuando los pastores vieron lo que había pasado, huyeron; difundieron la noticia en el pueblo y en el campo, y la gente salió a ver qué había pasado.

Cuando llegaron a Jesús, encontraron al hombre que los demonios habían abandonado; estaba sentado a los pies de Jesús, vestido y volviendo en sí. Y estaban aterrorizados. Los que lo habían visto les contaron cómo se había salvado. Entonces toda la gente del territorio de los gerasenos le pidió a Jesús que se fuera, porque tenían mucho miedo. Jesús volvió a subir a la barca y regresó.

El hombre que habían dejado los demonios le preguntó si podía estar con él. Pero Jesús lo despidió diciéndole: "Vuelve a tu casa y cuenta a todos lo que Dios ha hecho por ti. El hombre salió y proclamó por toda la ciudad lo que Jesús había hecho por él.

ECR 186.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Habéis vuelto la cabeza cuando habéis tenido que pasar al lado de unos animales».

«Son impuros».

«Mucho más lo es el pecador. Éstos son animales hechos así y no se los debe culpar por ello. Sin embargo, el hombre es responsable de ser impuro por el pecado».

«¿Y entonces por qué nos han sido clasificados como impuros?» pregunta Felipe.

«Ya he aludido a ello en una ocasión. Hay razón sobrenatural y razón natural de este orden. La primera consiste en enseñar al pueblo elegido a saber vivir teniendo presente su elección y la dignidad del hombre incluso en una acción tan común como es comer. El salvaje se alimenta de todo, le basta con llenarse el vientre. El pagano, aunque no sea un salvaje, come también todo, sin pensar que comer exageradamente fomenta vicios y tendencias que rebajan al ser humano. Es más, los paganos persiguen este frenesí de placer que para ellos es casi una religión. Los más instruidos de entre vosotros tienen noticia de fiestas obscenas, en honor de sus dioses, que degeneran en una orgía de libídine. El hijo del pueblo de Dios debe saber contenerse, y, en obediencia y prudencia, perfeccionarse a sí mismo, teniendo presentes su origen y su fin: Dios y el Cielo. La razón natural es el no estimular la sangre con alimentos que conducen a ardores indignos del hombre, al cual no se le niega el amor carnal, pero debe templarlo siempre con el frescor del alma orientada al Cielo; hacer, por tanto, amor — no sensualidad — de ese sentimiento que une al hombre a su compañera, en quien debe ver la congénere y no la hembra. Los pobres brutos, sin embargo, no son culpables de ser puercos, ni de los efectos que su carne pueden a la larga producir en la sangre; y menos culpa todavía tienen los hombres que cuidan de los cerdos. Si son honestos, ¿qué diferencia habrá, en la otra vida, entre ellos y el escriba que está concentrado en sus libros y que, por desgracia, no aprende en ellos la bondad? En verdad os digo que veremos a porquerizos entre los justos y a escribas entre los injustos.

Detalle

¿Por qué se declaró impuros a los cerdos? Jesús respondió a esta pregunta después de que los apóstoles mostraran su repugnancia ante estos animales.

Anotación

Los cerdos se describen como inmundos en Levítico 11:7 y Deuteronomio 14:8. De forma más general, la clasificación de animales limpios e inmundos, así como las prescripciones relacionadas, pueden encontrarse en Génesis 7:2-3; Levítico 11 y Deuteronomio 14:3-21. Véase el altercado entre Pedro y un posadero en EMV 292.1.

Libro del Levítico 11, 7

Levítico 11, 7 : Comoel cerdo, que tiene el cuerno partido y la pezuña hendida, pero no rumia: será inmundo para vosotros.

Deuteronomio 14, 8

Dt 14, 8 : También está el cerdo, que tiene el cuerno dividido, pero no rumia: será inmundo para vosotros. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres.

Libro del Génesis 7, 2-3

Gn 7, 2-3 : De todos los animales limpios, tomarás contigo siete parejas, machos y sus hembras, y de todos los animales que no son limpios, tomarás dos, un macho y su hembra; siete parejas también de las aves del cielo, machos y sus hembras, para mantener viva su raza sobre la faz de toda la tierra.

Libro del Levítico 11

Lev 11: Habló Yahvé a Moisés y a Aarón, diciéndoles: "Hablad a los hijos de Israel y decidles:

Estos son los animales que comeréis de todos los animales que hay sobre la tierra: Comeréis todo animal que tenga el cuerno dividido y la pezuña hendida, y que rumie. Pero no comeréis ninguno que sólo rumie o que sólo tenga el cuerno partido. Como el camello, que rumia, pero cuyo cuerno no está dividido: será inmundo para vosotros. Como el jerbo, que rumia pero no tiene el cuerno dividido: será inmundo para vosotros. Como la liebre, que rumia, pero no tiene el cuerno dividido: inmunda será para vosotros. Como el cerdo, que tiene el cuerno dividido y la pata hendida, pero no rumia: será inmundo para vosotros. 8No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres: serán inmundos para vosotros.

Estos son los animales que comeréis de todos los que están en las aguas: todo lo que tiene aletas y escamas en las aguas, ya sea en el mar o en los ríos, lo comeréis. Pero todo lo que no tiene aletas y escamas, ya sea en el mar o en los ríos, de todos los animales que se mueven en las aguas y de todas las criaturas vivientes que están en ellos, usted encontrará una abominación. Os serán abominables; no comeréis su carne, y sus cadáveres os serán abominables. Todo lo que en las aguas no tenga aletas ni escamas os será abominable.

Y estas son las aves que aborreceréis; no se comerán, porque son abominables: el águila, el águila pescadora y el buitre: el milano y toda clase de halcones; toda clase de cuervos; el avestruz, el milano, la gaviota y toda clase de halcones; la lechuza, el cormorán y el mochuelo; el cisne, el pelícano y el quebrantahuesos; la cigüeña, toda clase de garzas; la abubilla y el murciélago.

Todo insecto alado que camina sobre cuatro patas es una abominación para ti. Pero de todos los insectos alados que andan sobre cuatro patas, comerás los que tienen patas por encima de las patas, para que puedan saltar sobre la tierra. Estos son los que comerás: toda clase de langostas, toda clase de solam, toda clase de hargol, toda clase de hagab. Toda otra bestia alada de cuatro patas es abominable para ti.

Estos también os harán inmundos: el que toque su cuerpo muerto quedará inmundo hasta la noche, y el que se lleve cualquier parte de su cuerpo muerto lavará sus vestidos y quedará inmundo hasta la noche.

Todo animal que tenga el cuerno hendido, pero que no tenga las patas hendidas ni rumie, será inmundo para vosotros; el que lo toque se hará inmundo. Y de los cuadrúpedos, todo lo que ande sobre las plantas de sus patas será inmundo para vosotros: el que toque su cadáver quedará inmundo hasta la tarde; y el que lleve su cadáver lavará sus vestidos y quedará inmundo hasta la tarde. Estos animales serán inmundos para ustedes.

Entre los animales pequeños que se arrastran sobre la tierra, éstos son los que serán inmundos para vosotros: la comadreja, el ratón y toda clase de lagartos; la musaraña, el camaleón, la salamandra, el lagarto verde y el topo. Estas son las cosas inmundas para vosotros entre los reptiles: cualquiera que las toque estando muertas quedará impuro hasta la noche. Todo aquello sobre lo que caigan muertos será impuro: un utensilio de madera, un vestido, una piel, un cilicio, cualquier cosa que utilices; lo pondrás en agua y quedará impuro hasta la noche, después de lo cual quedará limpio. Si algo de ello cae en medio de cualquier vasija de barro, todo lo que haya en medio de la vasija quedará impuro, y romperás la vasija. Toda comida preparada con agua quedará impura; toda bebida utilizada, cualquiera que sea el recipiente que la contenga, quedará impura. Todo objeto sobre el que caiga algo de su cuerpo muerto será impuro; el horno y la vasija con su tapa serán destruidos; serán impuros y los consideraréis impuros. Pero los manantiales y las cisternas, donde se forman los estanques de agua, permanecerán puros; pero quien toque el cadáver quedará impuro. Si algo de su cuerpo muerto cae sobre la semilla que se va a sembrar, la semilla permanecerá pura; pero si se ha echado agua sobre la semilla y algo de su cuerpo muerto cae sobre ella, la consideraréis impura.

Si muere uno de los animales que coméis, quien toque su cadáver quedará impuro hasta la noche. El que coma de su cadáver lavará sus vestidos y quedará impuro hasta la noche; el que lleve su cadáver lavará sus vestidos y quedará impuro hasta la noche.

Todo reptil que se arrastra sobre la tierra os es abominable; no se comerá. No comeréis ningún animal que se arrastre sobre la tierra, ni el que se arrastra sobre el vientre, ni el que anda sobre cuatro patas, ni el que anda sobre muchas patas; porque os son abominables.

No os hagáis abominables por todos estos reptiles; no os hagáis impuros por ellos; seréis contaminados por ellos. Porque yo soy Yahvé, vuestro Dios; os santificaréis y seréis santos, porque yo soy santo; y no os contaminaréis con todos los reptiles que se arrastran sobre la tierra. Porque yo soy Yahvé, que os saqué de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. Seréis santos, porque yo soy santo. "Esta es la ley sobre los cuadrúpedos, las aves, todo ser viviente que se mueve en el agua y todo lo que se arrastra sobre la tierra, para que distingas entre lo que es inmundo y lo que es limpio, entre los animales que se pueden comer y los que no se pueden comer.

Deuteronomio 14, 3-21

No comerás ningún animal abominable. Estos son los animales que puedes comer: el buey, la oveja y la cabra; el ciervo, la gacela y el gamo; el íbice, el antílope, el buey salvaje y la cabra salvaje. Podrás comer cualquier animal que tenga un cuerno hendido y una pata hendida y que rumie. Pero no comerás ninguno que sólo rumie, o que sólo tenga un cuerno hendido y una pata hendida; como el camello, la liebre y el conejo, que rumian pero no tienen cuerno hendido: serán inmundos para ti; y como el cerdo, que tiene un cuerno hendido pero no rumia: será inmundo para ti. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres.

Estos son los animales que comeréis de todos los que están en las aguas: todo lo que tiene aletas y escamas lo comeréis; pero todo lo que no tiene aletas ni escamas no lo comeréis: es inmundo para vosotros. Podrás comer cualquier ave limpia. Estas son las que no puedes comer el águila, el águila pescadora y el buitre; el halcón, el milano y toda clase de azor; toda clase de cuervo; el avestruz, la lechuza, la gaviota y toda clase de gavilán; la lechuza, el ibis y el mochuelo; el pelícano, el cormorán y el colimbo; 18la cigüeña y toda clase de garza; la abubilla y el murciélago. 19Todo insecto alado es inmundo para ti; no se puede comer. Debes comer toda ave limpia. No comerás ningún animal muerto. Se lo darás a comer al forastero que esté dentro de tus puertas, o se lo venderás a un extranjero, porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios. No hervirás un cabrito en la leche de su madre.

ECR 186.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La razón natural es el no estimular la sangre con alimentos que conducen a ardores indignos del hombre, al cual no se le niega el amor carnal, pero debe templarlo siempre con el frescor del alma orientada al Cielo; hacer, por tanto, amor — no sensualidad — de ese sentimiento que une al hombre a su compañera, en quien debe ver la congénere y no la hembra.

ECR 187.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús deja partir a las barcas diciendo: «No vuelvo». Luego, seguido de los suyos, atravesando la zona que ya desde la otra orilla se veía rica, se dirige hacia un monte que aparece en dirección Sur-Oeste.

Los apóstoles, poco entusiastas del camino que atraviesa esta zona, bonita pero agreste, caminan en silencio, hablándose sólo con los ojos. Es, en efecto, una zona llena de espadañas que se enredan en los pies; de cañas que hacen llover en las cabezas la fina lluvia de rocío que se ha depositado en sus hojas de forma de gruesos cuchillos; llena de nódulos que golpean el rostro con el duro mazo de su fruto desecado; de frágiles sauces pensiles, presentes en todas partes, que producen cosquilleo; de zonas traicioneras de hierba, aparentemente arraigada en terreno duro, pero que en realidad cela pozas de agua donde el pie se hunde, pues no son sino aglomerados de colas de zorra y plantas vesiculares, crecidas sobre minúsculas charcas, tan tupidas que esconden el elemento sobre el que han nacido.

Jesús, por su parte, parece deleitarse en todo ese verde con mil colores, con todas esas flores que se arrastran, o que están enhiestas o se agarran a algo para subir; flores que producen festones asperjados de leves campanillas de un rosa malva tenuísimo, o que forman una alfombra delicada de color azul (por los millares de corolas de miosotis palustres), o che abren el perfecto cáliz de su corola blanca, rosada o azul entre las anchas hojas planas de los nenúfares. Jesús contempla, admirado, los penachos de las cañas palustres, sedosos, cubiertos de aljófares; se inclina, dichoso, a observar la delicadeza de las colas de zorra, que ponen un velo de esmeralda a las aguas; se detiene, extático, ante los nidos que hacen los pájaros con un ir y venir jubiloso (hecho de trinos, zigzagueos y trabajo alegre) con el piquito lleno de pajitas, o de borra de las ramitas, o de vellones de lana arrebatada a los setos, que a su vez se la han arrebatado a los rebaños trashumantes... Parece la persona más feliz del mundo. ¡Qué lejos queda el mundo con sus perversidades, falsedades, dolores, insidias! El mundo está allende los confines de este oasis verde y florido en que todo embalsama, resplandece, ríe, canta. Ésta es tierra como ha sido creada por el Padre, no profanada por el hombre; aquí se puede olvidar al hombre.

187.2

Quiere que los otros compartan con Él su beatitud, pero no encuentra terreno propicio: los corazones están cansados y exasperados por un profundo mal humor, que trasciende las cosas, e incluso al Maestro, en forma de mutismo cerrado, parecido al ambiente quieto que precede a una tormenta. Sólo su primo Santiago, Simón Zelote y Juan se interesan por lo que a Él le suscita interés; los demás están... ausentes, por no decir de mal talante. Quizás, para no murmurar, no hablan entre ellos, pero dentro sí que deben estar hablando, y demasiado.

Sólo una exclamación, aún mayor, de maravilla, ante la joya viva de un martín pescador que viene volando y lleva a su compañera un pececito de plata, les hace salir de su mutismo.

Jesús dice: «¡Pero podrá haber algo más delicado que esto?».

Pedro responde: «Quizás más delicado no... pero te aseguro que es más cómoda la barca. Aquí se está también en el agua, con el agravante de la incomodidad...».

«Yo preferiría el camino que siguen las caravanas, antes que este... jardín, si así quieres llamarlo, y estoy completamente de acuerdo con Simón» dice Judas Iscariote.

«Ese camino no lo habéis querido vosotros» responde Jesús.

«¡Claro!... Pero yo no me hubiera dado por vencido ante los gerasenos. Me hubiera ido de allí, sí, pero luego hubiera proseguido al otro lado del río, bajando por Gadara, Pel.la, etc» refunfuña Bartolomé.

Y su gran amigo Felipe termina: «Los caminos son de todos; en fin, podíamos transitar por ellos también nosotros».

«¡Amigos! ¡amigos! Estoy muy apenado; nauseado... ¡No aumentéis mi dolor con vuestras pequeñeces! Dejad que busque un poco de alivio en las cosas que no saben odiar...».

La reprensión, dulce en su tristeza, toca a los apóstoles.

«Tienes razón, Maestro. Somos indignos de ti. Perdona nuestra estupidez. Tú eres capaz de ver lo bello porque eres santo y miras con los ojos del corazón. Nosotros, que no somos más que burda materia, sentimos sólo esta burda materia... No hagas caso. Puedes estar seguro de que aunque estuviéramos en un paraíso, sin ti, estaríamos tristes; pero, contigo... para el corazón es siempre hermoso; son estos miembros los que se resisten» susurran bastantes de ellos.

187.3

«Dentro de poco saldremos de aquí y encontraremos suelo más cómodo, aunque menos fresco» promete Jesús.

«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.

«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».

«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».

«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».

«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».

«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».

«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

ECR 187.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

187.4

«¡Será precioso! Dicen que desde la cima, concretamente desde un punto de ella, se ve el mar grande, el de Roma. ¡Me gusta mucho! ¿Nos llevas a verlo?» suplica Juan, con su rostro de niño bueno alzado hacia Jesús.

«¿Por qué te gusta tanto verlo?» pregunta Jesús acariciándolo.

«No lo sé... Porque es grande y no se ve el límite... Me hace pensar en Dios... Cuando estuvimos en el Líbano, vi por primera vez el mar. Porque yo sólo había navegado el Jordán o nuestro pequeño mar... y lloré de emoción. ¡Tanto azul! ¡Tanta agua!... ¡Y que no se desborda nunca!... ¡Qué cosa más maravillosa! Y los astros, que trazan caminos de luz sobre la superficie del mar... ¡Oh, no os riáis de mí! Miraba el camino de oro del Sol hasta quedar cegado, el de plata de la Luna hasta henchir de fijo candor mis ojos, y los veía perderse muy lejos. Esos caminos me hablaban, me decían: “Dios está en aquella lejanía infinita, éstos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para ir a Dios. Ven. Adéntrate en el infinito, remando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito”».

«Eres poeta, Juan» dice Judas Tadeo admirado.

«No sé si esto es poesía, sé que me enciende el corazón».

«Pero si has visto el mar también en Cesarea y en Tolemaida, y bien cerca; ¡estábamos en la orilla! No veo la necesidad de recorrer tanto camino para ver más agua de mar. En el fondo... nosotros hemos nacido en el agua...» observa Santiago de Zebedeo.

«¡Y, por desgracia, también ahora estamos en el agua!» exclama Pedro, que, habiéndose distraído un momento por escuchar a Juan, no ha visto un charco traicionero y se ha puesto pingando... Se echan a reír; el primero, él.

Pero Juan responde: «Es verdad, pero desde lo alto es más bonito: se ve más y más lejos; se piensa más alto y con más amplitud... se desea... se sueña...». Juan verdaderamente ya está soñando... Mira hacia delante. Sonríe ante su sueño... Parece una rosa color carne salpicada de menudísimo rocío: efectivamente, su piel lisa y clara de joven rubio aparece intensamente aterciopelada y asperjada de fino sudor, de forma que asemeja ahora más todavía a un pétalo de rosa.

«¿Qué deseas? ¿Qué estás soñando?» pregunta Jesús a su predilecto en voz baja (parece un padre dirigiéndose con dulzura a su querido hijito que habla mientras duerme dulcemente): se lo pregunta con tanta dulzura — para no lacerar el sueño del enamorado —, que realmente hay que decir que le está hablando en el alma.

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo...

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús le besa entonces en la frente y dice: «Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo».

ECR 187.4 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Detalle

Habla Juan de Zebedeo.

ECR 188.1-3.5-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

188.1

El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han salvado. El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente; van hablando de la ascensión, que todos han realizado, aunque al principio parecía que los más mayores quisieran evitarla; ahora están contentos de haber subido a la cima.

Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo. La hora es fresca. Tengo la impresión de que han pernoctado en las laderas del Tabor.

«Aquello es Endor» dice Jesús señalando hacia un humilde pueblo asido a las primeras elevaciones de este otro grupo de montes. «¿Estás decidido realmente a ir?».

«Si me quieres contentar...» responde Judas Iscariote.

«Pues vamos».

«Pero, ¿habrá que andar mucho?» pregunta Bartolomé, que, debido a su edad, no debe sentir muchas ganas de excursiones panorámicas.

«¡No, no! De todas formas, si os queréis quedar...» dice Jesús.

«¡Sí, sí, quedaos! ¡hombre! Me basta ir con el Maestro» se apresura a decir Judas de Keriot.

«Bueno, yo quisiera saber, antes de decidir, lo que hay de vistoso... Desde la cima del Tabor hemos visto el mar, y, después de lo que ha dicho el muchacho, tengo que confesar que ha sido la primera vez que lo he visto verdaderamente bien, que lo he visto como Tú ves: con el corazón. Aquí... quisiera saber si hay algo que aprender, porque entonces voy, aunque me cueste...» dice Pedro.

«¿Estás oyéndolos? Todavía no has dicho tu intención. ¿Quisieras ahora ser tan amable para con tus compañeros de decirla?» invita Jesús a responder.

«¿No fue a Endor adonde Saúl quiso ir para consultar a la pitonisa?».

«Sí. ¿Y...?».

«Pues, Maestro, que me gustaría ir a ese sitio y oírte hablar de Saúl».

«¡Ah, pues entonces voy también yo!» exclama Pedro todo animado.

«Bien, vamos».

Recorren ligeros el último trecho del camino principal para dejarlo luego por un camino secundario que lleva derecho a Endor.

188.2

Es un lugar humilde, como ha dicho Jesús. Las casas están cimentadas en las laderas, las cuales, después del pueblo, se hacen más escabrosas. Pobres gentes son sus habitantes. La mayoría de los vecinos deben ejercer el pastoreo por los pastos monte arriba y en los bosques de encinas seculares. Hay pocas y pequeñas parcelas reservadas al cultivo de la cebada — o un cereal forrajero semejante — en los recortes propicios; también manzanos e higueras. En torno a las casas, pocas vides que decoran un poco las míseras paredes, oscuras cual si fuera un lugar más bien húmedo.

«Ahora preguntamos dónde estaba el lugar de la maga» dice Jesús, y para a una mujer que vuelve de la fuente con las ánforas.

Ella le mira con curiosidad, y contesta con desaire: «No lo sé. Tengo otras cosas mucho más importantes que esas habladurías». Le deja bruscamente.

Jesús se dirige a un viejecillo que está labrando un trozo de madera.

«¿La maga?... ¿Saúl? Ya nadie se interesa de ello. No obstante, espera... hay uno que ha estudiado y quizás sepa... Ven».

El viejecito se pone a subir, renqueando, por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy mísera, desastrada. «Está aquí. Voy a entrar a llamarle».

Pedro, haciendo alusión a algunas aves de corral que están escarbando la tierra en un pequeño y sucio patio, dice: «Este hombre no es israelita». Pero no dice nada más, porque el viejecillo está volviendo, seguido por un hombre bizco, sucio y desaliñado, como todo lo que hay en su casa.

El viejecillo dice: «¿Ves? Este hombre dice que es allí, pasada aquella casa derruida: un sendero, luego un regato, luego una arboleda, y cavernas; bueno, pues la más alta de esas cuevas, la que tiene todavía a su lado muros derruidos, es la que estás buscando. ¿No es eso?».

«No. Has confundido todo. Voy yo con estos extranjeros». El hombre tiene una voz áspera y gutural, lo cual aumenta el sentido de incomodidad.

188.3

Se encamina. Pedro, Felipe y Tomás hacen repetidamente señas a Jesús para que no vaya. Pero Jesús no hace caso y se encamina detrás del hombre, con Judas; los demás le siguen... de mala gana. (...)

188.5

Llegan a una covacha hecha con bloques de paredón y aprovechando las mismas cavidades del monte. El hombre trata de afianzar la voz y dice: «Bueno, es aquí. Entra si quieres».

«Gracias, amigo. Sé bueno».

El hombre no dice nada, se queda donde está, mientras Jesús y los suyos, pasando por encima de bloques de piedra que, sin duda, habían pertenecido a muros muy fuertes, incomodando a lagartos y otros feos animales, entran en una espaciosa gruta ahumada, en cuyas paredes hay todavía — grafitos incisos en la roca — signos zodiacales y otras zarandajas de este tipo. En un rincón ennegrecido hay un nicho, debajo del cual se ve un agujero que parece una alcantarilla para la coladura de líquidos. Racimos repulsivos de murciélagos decoran el techo. Un búho, disturbado por la luz de una rama que Santiago ha encendido para ver si pisan escorpiones o áspides, se queja batiendo sus alas acolchadas y entornando sus feotes ojos heridos por la luz; está acurrucado dentro del nicho mientras un hedor de ratas muertas, comadrejas, pájaros en putrefacción entre sus pies, se mezcla con el olor del estiércol y del suelo húmedo.

«¡Realmente bonito este sitio!» dice Pedro. «¡Era mejor tu Tabor y tu mar, muchacho!». Y luego, volviéndose a Jesús: «Maestro, date prisa en complacer a Judas porque esto... ¡ciertamente, no es la sala real de Antipas!».

«En seguida. ¿Exactamente, qué quieres saber?» pregunta a Judas de Keriot.

«Bien... Quisiera saber si — y por qué — Saúl pecó viniendo aquí... Quisiera saber si una mujer puede evocar a los muertos. Querría saber si... Bueno, en fin, habla y yo te haré preguntas».

«¡Asunto largo! Al menos vamos afuera, al sol, sobre las rocas... Así evitaremos humedad y mal olor» suplica Pedro.

Jesús accede a ello. Se sientan como pueden sobre los paredones derruidos.

«El pecado de Saúl no fue sino uno de sus pecados, precedido y seguido de muchos otros, todos graves. Dúplice ingratitud para con Samuel, que no sólo le unge rey sino que además se eclipsa después para que el rey no deba repartir con él la admiración del pueblo. Ingrato en repetidas ocasiones para con David, que le libera de Goliat, que le exonera de una muerte cierta en la caverna de Engadí y en Aquila. Culpable de múltiples desobediencias y de escándalo ante el pueblo. Culpable de haber apenado a Samuel, su benefactor, faltando a la caridad. Culpable de envidia y de atentar contra la vida de David, también benefactor suyo. Culpable, en fin, del delito cometido aquí».

«¿Contra quién?, pues aquí no mató a nadie».

«Mató su alma, terminó de matarla, aquí dentro.

188.6

¿Por qué bajas la cabeza?».

«Pienso, Maestro».

«Piensas... Ya lo veo... ¿Y en qué estás pensando? ¿Por qué has querido venir aquí? Reconoce que no ha sido por pura curiosidad de estudioso».

«Siempre se oye hablar de magos, de nigromancias, de invocación de espíritus... Quería ver si descubría algo... Me gustaría saber cómo se producen estas cosas... Creo que nosotros, destinados a asombrar a la gente para captarla, deberíamos ser un poco nigromantes. Tú eres Tú y obras con tu poder, pero nosotros tenemos que pedir un poder, una ayuda, para realizar obras insólitas, obras que se impongan...».

«¡Pero estás loco? ¡Pero qué dices?» gritan muchos de los apóstoles.

«Callad. Dejadle hablar. Lo suyo no es locura».

«Sí, bueno, me parecía que, viniendo aquí, un poco de la magia de otros tiempos podría entrar en mí y hacerme más grande. Buscando tu interés, créeme».

«Sé que este deseo tuyo de ahora es sincero; no obstante, te respondo con palabras eternas — porque están contenidas en el Libro, y el Libro existirá mientras exista el hombre; existirá siempre, ya crean en él y lo empuñen en nombre de la Verdad, ya sea objeto de burla o de risa.

Está escrito: “Y Eva, visto que el fruto del árbol era apetitoso para el paladar y agradable a la vista, lo cogió, y comió, y se lo ofreció a su marido... Y entonces sus ojos se abrieron, y se dieron cuenta de que estaban desnudos y se hicieron unos ceñidores... Y Dios dijo: ‘¿Cómo os habéis dado cuenta de que estabais desnudos? Por haber comido el fruto prohibido’. Y los echó del paraíso de delicias”. En el libro de Saúl se lee: “Apareció Samuel y dijo: ‘¿Por qué me has incomodado invocándome? ¿Por qué me consultas después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará como te he anunciado... porque no has obedecido a la voz del Señor’ ”.

Hijo, no tiendas tu mano al fruto prohibido; el solo hecho de acercarte a él ya es una imprudencia. No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno; ten temor a que el veneno satánico de la curiosidad se te adhiera. Evita lo oculto y lo que no tiene explicación. Una sola cosa debe recibirse con santa fe: Dios. Mas evita aquello que no es Dios y que no se puede explicar con las fuerzas de la razón ni crear con las fuerzas del hombre; evítalo, para que no se te abran las fuentes de la malicia y comprendas que estás “desnudo”. Desnudo: repelente de humanidad mezclada con el satanismo. ¿Por qué quieres causar asombro con oscuros prodigios? Cáusalo con tu santidad, luminosa como cosa proveniente de Dios. No desees rasgar los velos que separan a los vivos de los difuntos. No molestes a los difuntos. Escúchalos — a los sabios — mientras están en este mundo y venéralos obedeciéndolos incluso después de la muerte. No disturbes su segunda vida. Quien no obedece a la voz del Señor pierde al Señor; mas el Señor ha prohibido el ocultismo, la nigromancia, el satanismo en todas sus formas. ¿Qué más quieres saber aparte de lo que te dice la Palabra?, ¿qué más quieres obrar aparte de lo que tu bondad y mi poder te conceden que obres? No te inclines hacia el pecado, antes bien, aspira a la santidad, hijo.

No te sientas avergonzado. Me agrada que reveles tu humanidad. Lo que te atrae a ti atrae a muchos, a demasiados. Lo único que le quita peso a esta humanidad, mucho peso, y le pone alas, es el fin que has puesto en este deseo, o sea, “tener potencia para atraer hacia mí”; pero son alas de ave nocturna. No, Judas mío, ponle alas solares, de ángel, a tu espíritu; bastará el viento de estas alas para captar a los corazones, y los llevarás, por tu surco, a Dios. ¿Nos vamos?».

«Sí, Maestro. Confieso mi error...».

«No. Lo que ha sucedido es que has pretendido averiguar. El mundo estará lleno siempre de personas curiosas. Ven, ven, vámonos de este lugar maloliente. ¡Vamos hacia el sol! Dentro de pocos días será Pascua. Después iremos a ver a tu madre: evócala a ella — y no a los muertos —, evoca tu casa honesta y a tu madre santa. ¡Oh, qué paz!».

Como siempre, el recuerdo de su madre, la alabanza del Maestro a su madre, calma a Judas.

Anotación

¿No fue en En-Dor donde Saúl quiso ir a consultar a la Pitia? Como leemos en: 1 Samuel 28:3-25 | 1 Crónicas 10:13-14 | Eclesiástico 46:20, con analogías en 2 Reyes 21:6 | Isaías 8:19-20.

La historia de Saúl y sus "muchos otros" pecados, como se afirma en EMV188.5 (así como en otros pasajes como EMV 263.2) se encuentra principalmente en 1 Samuel 9-31.

La práctica de la adivinación (o magia, o nigromancia) está prohibida en Levítico 19, 26.31 | Levítico 20, 6.27 | Deuteronomio 18, 9-14.

El nombre de pitonisa dado a la maga se remonta a un dios pagano (Apolo Pitio). El "espíritu pitónico" dado a la hechicera es propio de los paganos (como vimos en EMV 59,4 y EMV 129,3). Satán "habla con los labios de los Pitias" (como leemos en EMV 420.10). La Obra muestra que la secta de los saduceos, fuertemente hostil a Jesús y opuesta a su enseñanza (como puede verse en EMV356,5 | EMV 409,6 y EMV 594,6/7), se entregaba a tales prácticas, a las que también se sentía atraído Judas Iscariote (como puede verse en EMV 334,8 y EMV 357,6). Una invectiva contra los nigromantes se encuentra en EMV 503.7.

Ingratitud hacia David, que se libró de Goliat y le perdonó la vida en la cueva de Engadi (1 Samuel24, 1-23 ) y en Hakila (1 Samuel 26, 1-25).

Dice: "Cuando Eva vio que el fruto del árbol era bueno para comer y hermoso para mirar, lo cogió, comió un poco y dio otro poco a su marido... Entonces se les abrieron los ojos y vieron que estaban desnudas, y se hicieron fajas... Y Dios dijo: '¿Y quién os ha dicho que estabais desnudas? Entonces comisteis del árbol que os había prohibido. Y los expulsó del paraíso de las delicias. "En Génesis 3, 6.

En el libro de Saúl está escrito: "Samuel dijo, cuando apareció: '¿Por qué me has inquietado haciéndome llamar? ¿Por qué me interrogas cuando el Señor se ha retirado de ti? El Señor tratará contigo como te he dicho... porque no has obedecido la voz del Señor. En 1 Samuel 28, 15-19.

Dentro de unos días será Pascua: 14 de Nisán.

Primer libro de Samuel 28, 3-25

1 Samuel 28, 3-25 Murió Samuel, y todo Israel hizo duelo por él, y lo enterraron en Ramá, en su ciudad. Y Saúl había echado del país a los que invocaban a los muertos y a los adivinos.

Y los filisteos se juntaron, y vinieron y acamparon en Sunam; y Saúl juntó a todo Israel, y acamparon en Gelboe. Cuando Saúl vio el campamento de los filisteos, tuvo miedo y su corazón se turbó en gran manera. Saúl preguntó al Señor, pero el Señor no le respondió, ni por sueños, ni por el Urim, ni por los profetas. Entonces Saúl dijo a sus siervos: "Buscadme una mujer que invoque a los muertos, e iré a verla y consultaré con ella." Sus siervos le dijeron: "Hay una mujer en Endor que invoca a los muertos". Entonces Saulo se disfrazó, se vistió con otras ropas y se puso en camino, acompañado de dos hombres. Llegaron de noche a casa de la mujer, y Saulo le dijo: "Dime el futuro conjurando a un muerto, y tráeme al que yo te diga". La mujer replicó: "He aquí, tú sabes lo que ha hecho Saúl, cómo ha eliminado de la tierra a los que conjuran a los muertos y a los adivinos; ¿por qué me tiendes una trampa para matarme?". Saúl le juró por Yahvé: "Vive Yahvé, que ningún mal te sucederá por esto." Y la mujer le dijo: "¿A quién te traigo?". Él respondió: "Tráeme a Samuel".

Cuando la mujer vio a Samuel, dio un gran grito; y la mujer dijo a Saúl: "¿Por qué me has engañado? Tú eres Saúl!" El rey le dijo: "No temas; pero ¿qué has visto?". La mujer respondió a Saúl: "Veo un dios que surge de la tierra". Él le preguntó: "¿Qué aspecto tiene? Y ella respondió: "Es un anciano que sube, y va envuelto en un manto". Cuando Saúl se dio cuenta de que era Samuel, se arrojó de bruces al suelo y se postró.

Samuel dijo a Saúl: "¿Por qué me has inquietado haciéndome subir?". Saúl respondió: "Estoy muy angustiado: los filisteos están en guerra contra mí, y Dios se ha alejado de mí; no me ha respondido ni por profetas ni por sueños. Por eso te he pedido que me digas qué debo hacer. Samuel respondió: "¿Por qué me consultas a mí, si Yahvé se ha alejado de ti y se ha convertido en tu adversario? Yahvé ha hecho lo que predijo por medio de mí: Yahvé te ha arrebatado el reino de las manos y se lo ha dado a tu compañero David. Porque no obedeciste la voz del Señor y no trataste a Amalec según el ardor de su ira, el Señor te ha hecho esto hoy. Y Yahvé entregará también a Israel contigo en manos de los filisteos. Mañana estaréis conmigo tú y tus hijos, y Yahvé entregará el campamento de Israel en manos de los filisteos." Inmediatamente Saúl cayó al suelo en toda su estatura, pues las palabras de Samuel lo habían llenado de espanto; además, le flaqueaban las fuerzas, pues no había tomado alimento en todo el día ni en toda la noche.

La mujer se acercó a Saúl y, viendo su turbación, le dijo: "Tu siervo ha obedecido tu voz; yo he entregado mi vida en obediencia a las palabras que me dijiste. Ahora tú también debes escuchar la voz de tu siervo y permíteme ofrecerte un trozo de pan; cómetelo para que estés fuerte cuando sigas tu camino. Pero él se negó, diciendo: "No comeré. Sus criados y la mujer le instaron a comer, y él accedió. Se levantó del suelo y se sentó en el sofá. La mujer tenía en casa un ternero cebado, así que se apresuró a matarlo y cogió un poco de harina, la amasó y coció con ella panes sin levadura. Los puso delante de Saúl y de sus criados, y comieron. Luego se levantaron y partieron esa misma noche.

Primer libro de las Crónicas 10, 13-14

1 Capítulo 10, 13-14: Saúl murió a causa de su transgresión contra Yavé, por no haber guardado la palabra de Yavé, y por preguntar y consultar a los que invocan a los muertos. Como no consultó a Yahvé, Yahvé le dio muerte y transfirió el reino a David, hijo de Jesé.

Libro del Eclesiástico 46, 20

Si 46, 20: Cuando se durmió, profetizó y anunció al rey su próximo fin. Y alzando su voz desde la tierra, profetizó para borrar la iniquidad del pueblo.

Segundo libro de los Reyes 21, 6

2 Reyes 21, 6: Hizo pasar a su hijo por el fuego; practicó el augurio y la adivinación; instituyó nigromantes y hechiceros; haciendo así cada vez más lo que era malo a los ojos de Yahvé, para provocarlo a ira.

Libro de Isaías 8, 19-20

Is 8, 19-20 : Cuando os digan: "Consultad a los que invocan a los muertos, y a los adivinos que murmuran y susurran", responded: "¿No debe un pueblo consultar a su Dios? ¿Consultarán a los muertos por el bien de los vivos? ¡Por la enseñanza y el testimonio! Si el pueblo habla de otra manera, no hay amanecer para él".

Primer libro de Samuel 9-31

Dado el número de capítulos (casi 12), no los reproduciremos en esta nota.

Libro del Levítico 19, 26.31

Lev 19, 26.31: No comerás nada que contenga sangre. No practicarás la adivinación ni la magia. No acudas a los que invocan espíritus o adivinos; no los consultes, para no ser contaminado por ellos. Yo soy Yahvé, tu Dios.

Libro del Levítico 20, 6.27

Lev 20, 6.27: Si alguien habla a los que conjuran espíritus y a los adivinos, para prostituirse tras ellos, yo volveré mi rostro contra ese hombre y lo cortaré de entre su pueblo. Cualquier hombre o mujer que conjure espíritus o adivinos será condenado a muerte; morirá apedreado: su sangre está sobre él.

Libro del Deuteronomio 18, 9-14

Dt 18, 9-14: Cuando entres en la tierra que te ha dado Yahvé, tu Dios, no aprendas a imitar las abominaciones de esas naciones. Que no se encuentre entre vosotros nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que se dedique a adivinaciones, augurios, supersticiones y encantamientos, que utilice amuletos, que consulte a evocadores y hechiceros, y que interrogue a los muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahvé, y a causa de estas abominaciones Yahvé tu Dios expulsará a estas naciones de delante de ti. Tú serás recto ante el Señor, tu Dios. Porque estas naciones que vas a expulsar escuchan a adivinos y adivinadores, pero Yahvé tu Dios no te lo permitirá.

Libro del Génesis 3, 6

Gn 3, 6 : Cuando la mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, agradable a la vista y apetecible para adquirir conocimiento, tomó de su fruto y comió; dio también un poco a su marido, que estaba con ella, y él comió.

Primer libro de Samuel 24, 1-23

1 Samuel 24, 1-23: David subió de allí y se estableció en las fortalezas de Engaddi. Cuando Saúl volvió de perseguir a los filisteos, vinieron y le dijeron: "He aquí que David está en el desierto de Engaddi." Entonces Saúl tomó a tres mil de los mejores hombres de todo Israel y fue en busca de David y de sus hombres hasta las peñas de las cabras monteses. Llegó a los corrales de las ovejas, junto al camino; había allí una cueva, a la que Saúl entró para cubrirse los pies; y David y sus hombres estaban sentados al fondo de la cueva. Los hombres de David le dijeron: "Este es el día del que Yahvé te habló: 'He aquí que yo entrego a tu enemigo en tus manos; haz con él lo que quieras'". Entonces David se levantó y cortó a hurtadillas el manto de Saúl. Después, el corazón de David latía con fuerza porque había cortado el borde del manto de Saúl. Y dijo a sus hombres: "¡Que Yahvé me libre de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Yahvé, que ponga mi mano sobre él, pues es el ungido de Yahvé!". Con estas palabras, David reprendió a sus hombres y no permitió que se arrojaran sobre Saúl. Saúl se levantó para salir de la cueva y siguió su camino.

Después David se levantó, salió de la cueva y empezó a gritar a Saúl, diciendo: "¡Oh rey, señor mío!". Saúl miró hacia atrás, y David se inclinó con el rostro hacia el suelo y adoró. David dijo a Saúl: "¿Por qué escuchas las palabras de la gente que dice: He aquí que David procura hacerte mal? He aquí que hoy tus ojos han visto cómo el Señor te ha entregado en mis manos hoy mismo en la cueva. Me dijeron que te matara, pero mis ojos se apiadaron de ti y dije: "No pondré las manos sobre mi señor, porque es el ungido de Yahvé. Mira, pues, padre mío, mira la falda de tu manto en mi mano. Puesto que he cortado el borde de tu manto y no te he matado, reconoce y ve que no hay maldad ni rebeldía en mi conducta, y que no he pecado contra ti. Pero tú andas a la caza de mi vida para quitármela. Que Yahvé sea juez entre tú y yo, y que Yahvé me vengue de ti. Pero mi mano no caerá sobre ti. Del malvado viene la maldad, dice el viejo proverbio; así que mi mano no será sobre ti. ¿Detrás de quién salió el rey de Israel? ¿A quién persigues tú? ¿A un perro muerto? ¿Una pulga? Deja que Yahvé juzgue y decida entre tú y yo. Que él mire y defienda mi causa, y que su sentencia me libre de tu mano".

Cuando David terminó de decir estas palabras a Saúl, éste le dijo: "¿Es ésta tu voz, hijo mío David?". Y Saúl alzó la voz y lloró. Y dijo a David: "Tú eres más justo que yo, pues me has hecho bien y yo te he hecho mal. Hoy has mostrado bondad conmigo, pues el Señor me ha entregado en tus manos y no me has matado. Si alguien se encuentra con su enemigo, ¿lo deja seguir su camino en paz? Que el Señor te recompense por lo que me has hecho hoy. Ahora sé que serás rey y que el reino de Israel será estable en tus manos. Júrame, pues, por Yahvé que no destruirás a mis descendientes después de mí, ni cortarás mi nombre de la casa de mi padre". David se lo juró a Saúl. Y Saúl se fue a su casa, y David y sus hombres subieron a la fortaleza.

Primer libro de Samuel 26, 1-25

1 Samuel 26, 1-25 Los zifeos fueron a ver a Saúl a Gabaa y le dijeron: "David está escondido en la colina de Haquila, al este del páramo". Entonces Saúl se levantó y bajó al desierto de Zif con tres mil de los mejores hombres de Israel, para buscar a David en el desierto de Zif. Saúl acampó en la colina de Haquila, al este del páramo, junto al camino, y David vivía en el desierto. Cuando David vio que Saúl lo buscaba en el desierto, envió espías y descubrió que Saúl había llegado realmente. David se levantó y llegó al lugar donde Saúl estaba acampado. David vio el lugar donde Saúl yacía con Abner, hijo de Ner, capitán de su ejército; y Saúl yacía en medio del campamento, y el pueblo acampaba a su alrededor. - Entonces David dijo a Ahimelec el hitita y a Abisai, hijo de Sarvia y hermano de Joab: "¿Quién está dispuesto a bajar conmigo al campamento a Saúl?". Y Abisai respondió: "Yo descenderé contigo".

Cuando David y Abisai llegaron de noche al pueblo, Saúl estaba tendido en medio del campamento, dormido, con la lanza clavada en la tierra a su lado; Abner y el pueblo estaban tendidos a su alrededor. Abisai dijo a David: "Dios ha encerrado hoy a tu enemigo en tus manos; ahora, te lo ruego, déjame herirlo con la lanza y clavarlo en tierra de un solo golpe, sin que yo tenga que volver." Pero David dijo a Abisai: "¡No lo mates! Porque ¿quién pondría las manos sobre el ungido de Yahvé y quedaría impune?". Y David respondió: "¡Vive Yahvé! Sólo será Yahvé quien lo golpee; o le llegará su día y morirá, o bajará a la guerra y perecerá; ¡pero Yahvé me libre de poner las manos sobre el ungido de Yahvé! Toma ahora la lanza que está junto a su lecho, con el cántaro de agua, y vámonos."

Y David tomó la lanza y el cántaro de agua que estaban junto al lecho de Saúl, y se fueron. Nadie vio, nadie supo, nadie despertó, pues todos dormían, Yahvé había hecho caer sobre ellos un profundo sueño.

David pasó al otro lado y se quedó en la cima del monte, a lo lejos; había un gran espacio entre ambos. David gritó al pueblo y a Abner hijo de Ner, diciendo: "¿No vas a responder, Abner?". Abner respondió y dijo: "¿Quién eres tú que gritas al rey?". David dijo a Abner: "¿No eres tú un hombre? ¿Y quién como tú en Israel? ¿Por qué no has guardado al rey tu señor? Porque uno del pueblo ha venido a matar al rey tu señor. Lo que has hecho aquí no está bien. ¡Vive Yahvé! Merecías morir por no haber guardado a tu señor, el ungido de Yahvé. Ahora mira dónde están la lanza del rey y la jarra de agua que estaba junto a su lecho".

Saúl reconoció la voz de David y dijo: "¿Es ésta tu voz, hijo mío David?". David respondió: "Es mi voz, oh rey, señor mío". Y añadió: "¿Por qué persigue mi señor a su siervo? ¿Qué he hecho y qué crimen ha cometido mi mano? Que el rey, mi señor, se digne escuchar ahora las palabras de tu siervo: si es Yahvé quien te incita contra mí, que acepte la fragancia de una ofrenda; pero si son los hombres, que sean malditos ante Yahvé, ya que ahora me han expulsado, para quitarme mi lugar de la heredad de Yahvé, diciendo: Id y servid a dioses extranjeros. Que mi sangre no caiga ahora sobre la tierra, lejos de la faz del Señor. Porque el rey de Israel se ha puesto a buscar una pulga, como quien persigue una perdiz en el monte."

Saúl dijo: "He pecado; vuelve, hijo mío David, pues no te haré más daño, ya que mi vida ha sido hoy preciosa a tus ojos. Pero he obrado neciamente y he cometido un gran error". David respondió: "Aquí está la lanza, oh rey; que venga uno de tus jóvenes y la tome. El Señor pagará a cada uno según su justicia y su fidelidad, porque hoy el Señor te ha entregado en mis manos y yo no he querido poner las manos sobre el ungido del Señor. He aquí que, así como hoy tu vida ha sido de gran precio a mis ojos, así también mi vida será de gran precio a los ojos de Yahvé, y él me librará de toda angustia." Saúl dijo a David: "¡Bendito sea mi hijo, David! Sin duda triunfarás en tu empeño". David siguió su camino, y Saúl regresó a su casa.